diana-guiland1602362788 Diana Guiland

Agamenón no debió de haber matado a Heleno, hermano de Héctor de Troya que tenía el inicio de una maldición que acabaría con el mundo tal y como lo conocen.


Cuento Todo público.

#Literatura-griega #postapocalipsis
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Los griegos

I

A Agamenón se lo habían advertido. Se lo habían advertido en varias ocasiones y el rey se había hecho de oídos sordos.


—¿Qué problema caería sobre el pueblo de los aqueos cuando ya estaban bendecidos por los propios dioses?— Había dicho ante la asamblea de los demás reyes y varios incautos se lo habían creído. El legendario Odiseo había sido uno de ellos, Aquiles cegado por la ira era otro, su fiel hermano Melenao y muchos otros pensaban como él. Pero hubo una voz de razón que no logró hacer eco, esa fue el anciano Néstor, quien tenía un presentimiento, y con anterioridad había escuchado las historias relacionadas con los mellizos del rey Príamo cuando vivían en los tiempos de paz.


Néstor intentó por todos los medios que ignoraran como a un perro sarnoso a Heleno, pero sus palabras cayeron en oídos sordos y manos ansiosas de matar. Algo que lamentaría por el resto de su ahora más corta vida.


Aquiles solo quería la vida de Héctor y demás príncipes troyanos para la pira de su amante Patroclo, luego seguiría con su destino escrito. Él no creía esa historia que parecía ser con todas las luces sacada debajo del tapete como una artimaña desesperada de Príamo para infundir temor en las tropas aqueas. Pero todo cambió cuando lo presenció de primera mano y las tinieblas surgieron debajo de la tierra para llevarse a los compañeros de su lado.


Los pocos que lograron escapar y sobrevivir a aquello pensaron de forma separada lo mismo como una sola cabeza:


Nadie debió de haber matado a Heleno.


Agamenón lo vio en una pequeña colina, estaba huyendo de la batalla a la cual había entrado de forma clandestina.


Aquel joven no debía de estar allí en primer lugar, debía de estar en custodia como lo había estado cuando la guerra por Helena había comenzado. Tal como lo hacían con su hermana Casandra, para impedir que esta muriese por alguna causa accidental en el palacio. No obstante, no podía ver como sus hermanos morían en la guerra y ver como Héctor comandaba gallardamente por una guerra que no había iniciado él arriesgo de perder su vida, a riesgo de no ver crecer a su hijo. Patroclo había anunciado su muerte y Heleno no quería ver morir a su hermano más querido después de Casandra, no sin hacer nada estando protegido igual que un niño a las faldas de su madre. Él también era un príncipe de Troya y combatiría por su ciudad como cualquier otro. Debía de hacerlo por la tierra que le había dado a luz y por la felicidad de la mujer que amaba en secreto. Se escapó y se armó para la batalla.


Fue como una broma de los dioses. El asesino del mundo sería quien se había burlado primero de la maldición del fin del mundo.


El gran rey de los aqueos, de la esplendida ciudad de Micenas, no vio a un hombre ni a un origen de la desgracia, vio a un cordero perdido y él se transformó en un león salvaje.


Heleno no pudo hacer nada.


Heleno no pudo sacar su espada o protegerse con su escudo.


La armadura no sirvió de nada cuando el león lo atravesó con ese diente de metal en el cuello.


A Heleno no le dio tiempo de suplicar por su vida, de advertir del mal del que desataría si no impedía que su espíritu saliera de su boca y las tinieblas cubrieran sus ojos. No hubo tiempo porque la muerte no es condescendiente con el tiempo ni con los humanos. Ni siquiera pudo proferir el nombre de su amada secreta, ni el de su hermana, ni el de su madre. Solo un intento de palabra que quedó marcada en su cara por siempre en su cuerpo.


Desde ese punto la naturaleza debía de seguir su curso, una muerte en una guerra que no causaba ningún peso significativo en la contienda. Sin embargo no fue así.


Del cuerpo del príncipe caído comenzó salir algo, algo desconocido que al principio no tenía color ni una presencia en el ambiente. Luego las cosas se convirtieron bastante escalofriantes y por supuesto, muy oscuras.


Para los aqueos y troyanos en el campo de la amurallada ciudad de Troya, la señal fue clara para ellos. La señal para quienes estaban en el vasto palacio no lo fue tanto.


No era raro que nadie creyera lo que decía Casandra a pesar que tarde o temprano estás se cumplían. Pero nadie dudó de ella cuando comenzó a gritar una serie de palabras inentendibles, pertenecientes a una lengua antigua, olvidada y hablada por criaturas mucho más antiguas que el tiempo, incluso más que los dioses mismos.


Hécuba fue la primera en reunirse con ella en su cuarto, tomándola entre sus brazos como cuando era una niña en un intento por tranquilizarla, mas ella seguía gritando a todo pulmón, mientras una lágrima por su hermano caía sobre su mejilla.


Todos los que conocían bien la maldición que penaba sobre los dos hermanos entendieron el mensaje.


Varias mujeres fueron corriendo a los templos cuando sintieron la primera embestida, otras pensaron que debían de ser el último contingente de la ciudad en contra de las fuerzas aqueas. No importaron sus motivos, todas se pusieron en las manos de los dioses del Olimpo con sus oraciones silenciosas o ruidosas. Sin embargo, los dioses no pudieron escuchar nada y cada pueblo inmiscuido se preparó para esperar lo peor.


II


Los días calurosos se habían vuelto sumamente largos y pesados para los hombres quienes debían de aprender a vivir en un mundo de arena con criaturas oscuras asechando desde los rincones de las casas. Todos se lamentaban en silencio, ya los dioses no escuchaban ningún ruego y solo pocas personas entendían lo que había pasado al mundo. Los héroes olvidados, y que nunca llegaron, estaban en el saco de los que conocían y no se sentían orgullosos de ello.


Aquiles caminaba en un paramo desértico pensando sobre eso. ¿Qué les pasaría a ellos si todos se enteraban de quienes era la culpa? Ya nada valía en esas tierras. Ni la gloria, ni la familia en que habías nacido, ni el linaje que fluía en las venas.


El antiguo héroe aqueo, el que lucía una melena rubia y un pilar fundamental en la guerra contra los troyanos ya no era nadie allí. Era un fantasma en un umbral de espejos rotos. No quedaba nada de aquel hombre que había perdido todo por no haber escuchado las aseveraciones de un anciano. Ya no tenía un reino en donde gobernar, ni riquezas, ni padre, esposa o hijo. Ni siquiera le quedaba alguno de sus dos hados. Nunca antes se había sentido tan desolado, ni siquiera con la muerte de su amado Patroclo.


Llegó a su destino, una casa hecha de palos en medio del desierto de alguna parte. Su nuevo hogar. Entró sin hacer ruido y miró a la figura encorvada vestida con harapos, su madre. Ella no volteó a verlo, estaba absorta contemplando un enorme cuenco de agua cristalina que reflejaba tenuemente la sombra de un hermoso rostro.


—No he conseguido nada de comida…madre —dijo a modo de saludo, pero esta no pareció escucharlo en lo más mínimo.


Aquiles respiró de forma profusa. Se decía que ya no tenía sentido hablarle, no era la misma que él había conocido, la misma que lo había criado y protegido en el palacio de su padre. Aunque no debía de perder sus esperanzas.


—Todavía tenemos algo de ese cordero mancillado de la otra noche y… —la voz se le quiebra con tan solo recordar la monstruosidad del hades que se había encontrado y había dado muerte por puro instinto. Su carne no parecía ser perjudicial para los mortales o inmortales caídos, pero la forma de su cara sonriente en espiral le causaba un malestar que creyó que jamás experimentaría. Sus patas traseras alargadas y volteadas del revés le hicieron reconsiderar todo lo que sabía sobre la movilidad de los animales, además de que le colgaban viseras que se enrollaba en el lomo. Ver aquel tipo de espécimen le recordaba que el mundo se había extinguido y no existía nada para remediarlo.


Tose para aclarar su garganta y termina su enunciado hacia alguien quien no estaba allí enteramente.


—…y podremos subsistir por otro amanecer más —aunque en silencio se preguntó si habría un sentido en perpetuar sus vidas, mientras la nereida de los argentados pies comenzó a mecerse.


III


Las troyanas le rezaban a Atenea sin saber que ella quería ver su ciudad tomada por los aqueos, también lo hicieron con Hera y sus deseos eran lo mismo. Su suerte estaba echada, Troya ardería y ellos no lo sabían. Lo único que podían hacer para conservar una libertad que ya estaba escrita que no lo sería, era enviar a sus mejores hombres al frente y orar por la compasión de sus despiadados dioses. Siendo lo más raro que lo habían conseguido, aunque Troya si había ardido, ya no por los enemigos llegados en sus fatuas naves, sino por uno de sus hijos malditos.


El fuego que surgió desde las profundidades de la tierra, no se detuvo con nada y no tuvo la más mínima contemplación. Derribó los palacios y los hogares de los nobles, erradicó las casas de los comerciantes y de los más humildes. Se comió a los jóvenes y viejos por igual, sin hacer ningún tipo de discriminación. Era un mar de flamas rojas y negras vivientes que recorrió a la ciudad de Ilión, la cuna de los mejores domadores de caballos.


Muy pocos se salvaron y nadie supo porqué. ¿Quizás eran puros de corazón?, ¿tenían una tarea que no habían realizado?, ¿fueron salvados por los dioses que vieron aquello? ¿O acaso fue algo todavía más grande? Sin embargo, poco importaba la razón de su supervivencia, pues ¿qué importaba vivir en un mundo donde la vida se había vuelto más difícil y carente de cualquier sentido?


Lo que siguió después fue la caída paulatina de las estrellas, entidades que alumbraban la oscuridad de la noche. Luego cayeron Artemisa y Selene, no hubo luna, no hubo brillo lunar, no hubo animales normales para cazar. La oscuridad se tragó la noche, pero Érebo no se tragó a Nix. El sol tampoco pudo aguantar por mucho tiempo y todavía así había luz en el día, pero por Helios no fue. Ya no había nada en los altos cielos, el olimpo se había perdido, Tifón andaba suelto por la tierra y mil criaturas del averno mil veces muertas. Los ríos y lagunas se salaron, los mares hirvieron como puestos debajo de un gran fuego y los sembradíos se pudrieron.


El caos volvía a reinar en la tierra, decían los sobrevivientes que mermaban con cada paso del día. No obstante estaban equivocados. No solamente Heleno estaba maldito desde el nacimiento, también su melliza, Casandra, quien luego de la muerte de su hermano cayó en una especie de sueño permanente donde balbuceaba sus habituales comentarios salidos de la nada. Ella continuaría la maldición que acabaría por completo el mundo entero. Por tal motivo los supervivientes de su familia se empeñaban en mantenerla con vida.


Héctor se había convertido en el cabecilla del pequeño plan de nómadas que era ahora los guardianes de la salvación. Su esposa Andrómaca y su pequeño hijo estaban a su lado, junto a cuatro de sus hermanos y su hermana Laódice. Los infames Paris y Helena no se hallaban entre ellos y a pesar de todos los años de guerra causados, esperaban que siguieran con vida en algún lugar lejano.


Se movían en el desierto montando carpas para descansar o buscaban ruinas de ciudades para habitarlas por algunos días. No tenían un rumbo claro. Caminaban como dentro de un túnel mirando una ilusión de luz, no sabían que podría haber en ella, lo único que sabían era que debían de seguir adelante para saberlo. La dirección predilecta era el norte.


—Esposo, ¿crees que esto se pueda revertir? —le había preguntado Andrómaca en un ocaso de una explosión de colores en el firmamento, un arcoíris que ocupaba todo la cúpula celestial.


Él, que tenía en brazos a un letárgico Astianacte, le respondió con una voz lúgubre y con la mirada carente de brillo:


—Si ni siquiera los dioses pudieron combatirlo, dudo mucho que esto vuelva a ser lo que era.


—Pero debemos de seguir protegiendo a mi cuñada.


—Sí —le corroboró mirando la tienda donde reposaba su hermana la durmiente dentro de una improvisada tienda de campaña—. Debemos de seguir protegiéndola.


Las tormentas de arenas eran molestas y constantes, causando que tuvieran que retrasar su viaje sin sentido a alguna parte, aunque representaban un problema menor en comparación con las noches. En estas el mundo se convertía en una oscuridad que no daba cabida a ninguna luz, dejándolos completamente ciegos. El fuego, por más empeño dedicado, no surgía y el frío se apoderaba de sus cuerpos. Tenían que acurrucarse entre ellos desnudos, envueltos en sus mantas de algodón y lino. Rezaban en silencio a cualquier criatura piadosa que los pudiera escuchar antes de cerrar los ojos y esperar volverlos a abrir con el despunte del sol, agradeciendo la presencia de este pues nadie quería una larga noche.


Buscar agua era complicado, porque debían de cavar por largas horas en busca de los pocos pozos de agua potable que lograron sobrevivir en ese desierto. Debían de restringir su uso para hacerla durar lo máximo posible. La comida también era difícil, muchas veces y de forma secreta, los hombres debían de ir a cazar por carne humana o simplemente despellejar a un cadáver, después regresarían con carne “de cordero atrofiado” para saciar el hambre de su familia.


De esta manera el clan de la familia real troyana vivía lo mejor posible resguardando a una bomba que terminaría con su miseria con su último respiro.


IV


Varias desgracias no procedieron debido a este evento que rompió el destino. No hubo un combate singular afuera de las murallas de Ilión, ni tampoco un rescate, ni mucho menos hubo un enorme caballo hueco. Muchas mujeres se salvaron de ser esclavas, los hijos no tuvieron que matar a sus madres, los dioses dejaron de disputarse por asuntos humanos y no quedó ninguno capaz de decidir sobre la victoria de un bando.


Al no quedar absolutamente nada, no hubo por tanto ninguna razón por la cual pelear, naciendo como resultado alianzas peculiares que bajo las circunstancias anteriores no se hubieran dado. Un ejemplo sería Agamenón y Eneas, un aqueo y un troyano. Ambos unidos por lo que quedaba de la fuerza del destino. ¿Para qué? Era una pregunta sin una respuesta clara. Podría ser la supervivencia, algo que uniría a dos enemigos sin rechistar. Pero un rumor en sus cabezas les decía que no era de esa forma.


Pensaban que tenían una misión importante, una que los obligaba a seguir las huellas de las ciudades muertas, buscando algo, buscando unos residuos de algo.

La voz no era clara y no parecía conforme con su progreso.


—Si tan solo tuviéramos una pequeña ayuda de los dioses —soltó Eneas, mientras rebuscaba una cosa desconocida en los escombros de un palacio, que no podía darle ningún nombre.


—¿Llamarías a tu madre acaso? —le pregunta en un gruñido el antiguo rey de Micenas escarbando cerca de él.


—Quizás… —dice subiendo y bajando los hombros. Parecía exhausto y harto de no encontrar nada. Sus ojos lo reflejaban, además de una enorme amargura que nunca lo dejaba.


Ambos parecían despojos de la sociedad. Sus ropas y aspecto físico no eran lo que una vez fueron. Eran simples sombras andantes.


—¿Cómo eran tu esposa y tu hijo? —rompe el silencio, Agamenón.


Eneas puso una expresión de dolor.


—No… eran… ellos… —toma una bocanada de aire para responder de una forma correcta—. Mi esposa era bella, de brazos níveos y era una buena cuidadora de la casa. Mi hijo era inteligente y tenía buenas manos para el combate.


—¿Y los amabas?


Eneas volteó para verlo con ojos serios.


—Con todo el corazón.


Agamenón asintió cerrando los ojos y ambos continuaron con su tarea sin final.


—Yo tenía dos hijas y un hijo. Una bella esposa en un palacio magnifico —vuelve romper el silencio el antiguo rey con un tono parco— como este— señala con una movimiento de la cabeza a las ruinas que los rodeaban.


Eneas sintió un nudo en su pecho. Si él sufría por desconocer el estado de sus seres queridos, no podría imaginar lo que podría sentir aquel aqueo guerrero por no saber nada por ninguno de sus hijos. Por eso sintió la necesidad de preguntarle:


—¿Los extra…?


—Maté a una de mis hijas para recuperar a la mujer de mi hermano —suelta con rabia en la voz. El troyano quedó sorprendido por lo que acababa de escuchar, quedando paralizado. Agamenón continúo como si nada—. Maté a mi hija por una mujer que no era para mí, necesitaba calmar la ira de unos dioses que murieron cuando nosotros pudimos aguantar esto—. Se relame los labios, sin dejar de buscar, sin dejar de oír el rumor dentro de su cabeza que le insistía en encontrar, encontrar, ¿qué cosa? No sabían—. Siento que he sacrificado tantas cosas por otros que ya nada bueno me puede esperar y aún sigo aquí…


Eneas podía simpatizar con esa línea de pensamiento. Ambos seguían existiendo a pesar de querer justo lo contrario. Pero lo único que podrían hacer realmente era seguir escarbando en las ruinas de una ciudad sin nombre, en medio de un desierto, en un mundo que se hallaba maldito.

12 de Junio de 2021 a las 14:42 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Diana Guiland Escribo desde los 10 años, siempre he sido muy tímida y la escritura ha sido un modo de expresarme con el mundo.

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