pepe-cantalejo1615297303 Pepe Cantalejo

Apasionante historia de dos estudiantes de flamenco, donde el amor, la amistad y la lealtad, darán paso a una trepidante aventura; persecuciones, secuestros y torturas. Todo un largo día, con la música como telón de fondo, se dan cita en Sevilla. Secretos por descubrir, mafia empresarial y un proyecto energético que podrá quedar en el aire. El maestro no dudará en mover todos los hilos que hagan falta, y al precio que sea, para capturar a los estudiantes. Sin embargo, Masao y Quinet pondrán todo su ingenio para salir bien parados del embate.


Crimen No para niños menores de 13.

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AZUL

El día que su amante le preguntó por el tatuaje ella le contó, de manera superficial, que se le antojó:

—Fue una época muy oscura de mi vida, pero comenzaba a remontar el vuelo. Entré con mi amiga Andrea en su casa, su padre es peluquero, aunque también realiza dibujos. Estaba pintando el golpeador de una guitarra, con flores y mariposas negras, para una telecaster de color rojizo pálido. Y entonces, no recuerdo bien, pero plasmó en un papel una mariposa azul a petición mía, luego fui a tatuármela. Y desde entonces se dirigían a ella por su seudónimo de Azul. Sin embargo, no le contó este detalle a Masao.

Todo surgió a la edad de siete años, cuando el tribunal tutelar de menores retiró la custodia a sus padres biológicos. La triste niña —hija de una prostituta toxicómana y de un chulo con muy mala leche que se dedicaba a dar palizas, durante sus horas de matón de poca monta, a personas con gran debilidad física— fue llevada a un centro tutelado por los servicios sociales. Al poco engordó lo justo para alejarse del frágil aspecto de desnutrida que presentaba. Sí, poco a poco se fue recuperando, aunque hasta pasados unos años no pudo librarse del castigo psicológico al que fue sometida. A los pocos días de cumplir su octavo año de vida se le acercó una mujer:

—Me llamo Julia, y quisiera que te vinieras a vivir con nosotros. Te cuidaremos como si siempre hubieras sido hija nuestra —le dijo a la pequeña pelirroja.

La menor, pese a la reticencia y al odio que tenía contra los hombres —a causa de las torturas y vejaciones que sufrió a manos de su padre biológico— aceptó irse a casa de esta señora porque vio algo en su mirada que la llevó a entender que estaría mejor con ella que en aquel centro para menores con problemas de marginación social. Tiempo más tarde comprendería que lo que brotaba de la mirada de Julia no era más que un profundo amor.

Fausto, su padrastro, siempre mantuvo una actitud serena para con la niña. Quizá nunca supo hacer el papel de padre, tan bien como Julia desempeño el de madre, pero jamás le hizo un mal reproche, ni una regañina. Sabedor de que la niña tenía cierta animadversión hacia los hombres, debido a un maltrato que jamás podría borrar de su memoria, creyó conveniente no forzar ningún tipo de situación y dejó que Julia se encargara de la educación de la menor.

En aquel momento, la mañana de aquel primero de julio de 2017, miraba en su baúl de los buenos recuerdos, y contemplaba la escena que vivió en su primera visita a la ciudad de Sevilla: Aquella pequeña vestida con un gracioso vestido de tonalidades verdes que, junto a su hermano, daba besos y los echaba a volar —en el cruce de la avenida de la Borbolla con Carlos V— mientras sus padres la observaban. Ahí pensó que esa parte de su infancia le fue robada por sus progenitores. No guardaba ningún recuerdo de felicidad antes de la llegada de Julia a su vida. La joven dejaba escapar aquellos tiernos recuerdos de la que consideraba como su única y verdadera madre; Julia. El amor que volcó hacia ella le hizo ser quién ahora era.

Todas aquellas caricias, los primeros meses que Julia pasó durmiendo en la habitación, junto a la niña, y los cuentos por las noches para que ella pudiera dormir, enraizaron en la niña momentos inolvidables. Se sobresaltaba con la menor cada vez que esta tenía esas pesadillas hasta que alcanzó la edad de trece años donde comenzaron a remitir, gracias a Fausto. Julia, psicóloga de profesión, inculcó en su hija la fortaleza y la seguridad que cualquier mujer debería tener, pero le faltó recuperar la confianza hacia el hombre, ese obstáculo nunca pudo superarlo.

Postrada sobre la silla de la habitación —y con la poca luz que aquella mañana entraba en la sala donde la pelirroja se encontraba retenida— recordaba con gran dolor la pérdida de su madre tras una enfermedad que la dejó postrada en la cama más de once meses. Una enfermedad agonizante que provocó que Julia se fuese marchitando como la flor que permanece dentro de una urna de cristal. Azul la visitaba a todas horas, antes y después de su vuelta del instituto. Le contaba todo lo que su día le había propuesto para cada momento.

Cuando Julia falleció, sintió volver atrás en el tiempo para quedarse de nuevo sola. Fausto estaba con ella, siempre desde una posición distante porque intuía que la chica no quería más acercamiento. La niña se hizo mayor e independiente, estudió psicología por seguir los pasos de su madre y porque ayudar a los demás era como si venciera, una y otra vez, su propia batalla. Asistía a clases de defensa personal policial, practicaba natación y empleaba una hora diaria en correr a trote por el parque del retiro. Ya era toda una mujer, fuerte, guapa, con un cuerpo hermoso, y muy inteligente, pero también desconfiada, pues seguía manteniendo las distancias con los hombres.

Por su cabeza no dejaban de corretear las incongruencias a la que sería sometida. Sabía quién iría a terminar con su vida; Fausto. Y mientras, recordaba el día en que le ayudó a superar las pesadillas. En aquella ocasión el cirujano no se lo pensó dos veces y decidió actuar.

# # # #

No entendía, cómo ahora, aquella misma persona que tanto la protegió la tenía presa y maniatada. Sabía que su futuro era muy oscuro, y que su traición le costaría muy caro. Trajo a su memoria la escena del día en que terminó sus estudios de psicología y de cómo hizo prácticas en la misma clínica en la que trabajaba su padre. Comprobó de primera mano la profesionalidad, la seriedad y la serenidad con la que Fausto trabajaba. La novata psicóloga comenzó a seguir esos mismos pasos de profesionalidad y hasta le llegaron a ofrecer trabajo en otras clínicas y gabinetes que se dedicaban a eliminar fobias y filias. La idea de ayudar a los demás para superar sus miedos le parecía muy buena, pero cada vez que acudía a las entrevistas siempre era recibida por algún hombre y no le gustaba cómo la miraban. Al final, después de las prácticas, y gracias a su padre, Carmen se quedó a trabajar en la misma donde lo hacía el cirujano. Y fue gracias a este como terminó también en la organización criminal.

—La tapadera es la clínica, hija —le dijo, contradiciendo a la despistada chica.

Meses atrás lo observaba y escuchaba sus tejemanejes hasta que, sin venir a darse cuenta de ello, se encontró con un pie dentro de tal empresa. Pensó que, al lado de aquel hombre tan poco afectivo, la vida le sería mejor y, tal vez, su condición de víctima infantil la había convertido en una persona con la suficiente capacidad para castigar a aquellos que hacen sufrir a los demás de forma gratuita, sin pensar que ella ya formaba parte de ese tipo de maquinaria.

Su cometido en la organización consistía en recabar información sobre la presa; vida social, familia, aficiones y fobias, trabajo, y manera de ser. Todo ello le servía para establecer un perfil de la persona a investigar. Con esos datos se establecía un patrón de comportamiento para mayor seguimiento y adelantarse a sus movimientos.

Su viaje a Sevilla fue el primer trabajo que tuvo fuera de Madrid, también fue el primer extranjero al que tuvo que acercarse. Aquello le pareció una magnífica idea para, a través de alguien, conocer otras culturas.

Las primeras semanas, y a expensas de saber el paradero del japonés, alquiló una habitación en Las Casas de la Judería. Aquel hotel la deslumbró.

—Parece que estás en otro tiempo —le decía a su padrastro.

Desde los patios de las casas, con sus tranquilos jardines con árboles, se sentaba a leer libros de historia grecorromana y escuchar la música que salía de sus auriculares[1]. Nada perturbaba su ambiente, ni siquiera se oía el tránsito de vehículos que a diario transcurren por Santa María la Blanca.

Durante aquel primer año utilizó mucho el servicio público de autobuses de la ciudad. Se iba a pie hasta la plaza de la Magdalena y cogía el bus de línea 43. Le encantaba esa línea, se decía a sí misma que, de aquella gente de Triana, se podría elaborar un estudio antropológico. La gente de aquel barrio sobrepasó todas sus expectativas en cuanto al aspecto social.

«De forma generalizada, son personas que pasan a pies juntillos de todo aquello que las ata a la seriedad, creando una realidad alternativa acorde a sus necesidades. Son pues, pasotas por naturaleza y a la vez abiertas con el visitante, alegres en el trato y capaces de aguantar cualquier situación de bullicio. Una cerveza con tapa es el justo aliciente para estar horas de cháchara», recalcaba la psicóloga en su diario.

Una de las situaciones que más gracia le hizo ocurrió un domingo a las diez de la mañana. Fue a entrar en el autobús, número 206 que prestaba servicio en aquella línea 43, con segunda cabecera en la barriada de El Carmen, cuando se encontró a dos mayores discutiendo por un mismo asiento.

—Y eso que está todo el autobús vacío —le decía el chófer.

El primero de ellos estaba ya acomodado en un par de asientos, pues a su izquierda colocó una gran mochila. El segundo y último viajero en entrar, hasta ese momento, le pidió al anterior que quitase la mochila que iba a sentarse allí mismo, y estalló la trifulca.

Durante varias semanas, y en horario matinal, la mujer salía y se subía en el oportuno autobús de aquella línea. Le encantaba aquellos atascos que se producían en el centro y se reía al ver que eran los pensionistas quienes se quejaban de lo tarde que irían a llegar a ninguna parte.

El puente de “El Cachorro” —con sus peatonales aceras cargadas de sus grandes toldos que libran al viandante de la climatología propia de la ciudad— le indicaba el cambio a lo que muchas de las personas le contaban; pasar de Sevilla a “la república independiente de Triana”.

También los había quienes hablaban de dos ciudades, dos hermanas separadas por un mismo río. La torre diseñada por el arquitecto que daba nombre a la misma, aún sin terminar, suponía un nuevo estandarte para la ciudad, pues se veía desde cualquier punto de acceso a esta.

Cuando llegaba a Ronda de Triana se apeaba del bus y desayunaba en la tienda especializada en pasteles del onubense pueblo de Moguer, y se acercaba a la iglesia del Cristo de la Expiración para contemplar a las personas que allí, día tras día, rezaban y pedían por la salud de los suyos. Por último, volvía a coger el mismo autobús que proseguía su viaje por la Ronda de los Tejares.

El diseño de la línea parecía una madeja a desligar. Su transitar continuaba por la avenida de la Coruña y la de Coria hasta llegar a la plaza de San Martín de Porres, plaza en la que la línea hacía el cruce del ocho; pues regresaba para pasar por ese punto a la vuelta, después de visitar la barriada del Carmen y el Tardón con sus tres arcángeles. Sin embargo, el punto que más le gustaba del trayecto dibujado por la 43 era el paso por la calle Castilla, contemplaba el palacio de San Jorge y la gitana del altozano. Meses más tarde arrastraría hasta allí a su amante para mostrarle a esa mujer con guitarra en mano y para degustar los pasteles del obrador alemán que Juan Carlos servía en el café que tiene dentro del mercado.

Alguna que otra tarde, cuando más adelante se matriculó en la escuela de bellas artes y se trasladó al piso de la Plaza de la Concordia, contiguo al del japonés, comenzó a realizar cortas excursiones en bicicleta con la intención de observar los movimientos que el estudiante de música hacía desde la residencia hasta el conservatorio.

Ocultándose, bajo un tinte en rubio, pedaleaba detrás del muchacho sin separarse de él, al mismo son, hasta que a la altura del conservatorio ella seguía la recta dibujada por la línea 3 del servicio público de autobuses para seguir en dirección hacia la Bachillera y llegar hasta el lugar de la ciudad de más tranquilidad y belleza; la cara norte del parque del Alamillo, que asomaba por el humilde barrio de San Jerónimo. Lugar que escogió como residencia perpetua.

Llegaba al parque, anclaba su bicicleta a las vallas y daba un largo paseo en compañía de sus sueños y aspiraciones.

# # #

Fausto entró en la sala, miró a su hija, cogió una silla y se sentó frente a ella apoyándose con el respaldo de aquella hacia delante. Retiró la mordaza de la mujer, y con un suave pañuelo le limpió el rostro. Luego la besó en la mejilla.

—Sabes que lo que has hecho se llama traición, ¿no? —Le dijo con esa serenidad que siempre poseyó.

—Todo depende desde el prisma con que se mire. Mi trabajo para con la organización lo hice, y con creces —Azul respondió. Al momento se oyó una voz:

—Fausto, el maestro te requiere.

—¡Enseguida voy! Ya mismo vuelvo para seguir esta charla, preciosa. Te he quitado la mordaza, no hagas nada que sugiera el tener que volver a colocártela.

El hombre salió de la sala. Carmen quedó en silencio a solas con sus recuerdos.

# #

De nuevo echó la vista atrás: Recordó la primera vez que pisó la residencia de estudiantes donde estaba el chico.

Aquel día, teñida de un negro intenso y con polvos para tapar las pocas pecas que le quedaban de su infancia, iba con un elegante y veraniego vestido azul que dejaba figurar esas perfectas curvas que poseía, y que a más de uno y una dejó con la boca babeante. En los ojos de los chicos podían verse ardientes deseos sexuales. Se subió en el autobús de línea 3 a la espera de que entrase el reconocible chico de color que portaba un contrabajo. Se bajó en la misma parada que el muchacho y, a corta distancia, se fue tras sus pasos.

En varias ocasiones el francés giró la cabeza fingiendo buscar a otra persona, pero con la intención de fijarse en la despampanante mujer que le seguía. Y al llegar a la escuela ya estaba el japonés esperando al francés, y tampoco podía apartar la vista de la fantástica chica que les pasaba de largo.

Hubo más ocasiones en las que fue a coincidir con Masao sin que este tuviera la mínima sospecha, hasta que un fin de semana coincidieron en un bar del centro, quedaba poco más de un mes para que el curso académico terminase.

La chica se mantuvo alejada de los juegos de los estudiantes. Los vigiló hasta que ambos salieron con dos chicas dirección a la plaza de la Concordia.

«No es más que otro tipo que mira a la mujer como si de un objeto de placer se tratase», acertó a decir al verlos salir.

Fue más tarde, cuando después de alquilar el piso contiguo al de Masao, tuvo un mayor acercamiento con él y pudo recabar toda la información que necesitaban sobre el estudiante, amén de controlar las visitas y las despedidas de aquellas chicas que pasarían por el piso.

Auxiliada por uno de los observadores de la organización; Matías, supo alejarse de la vista de las personas más cercanas al nipón. En primer lugar; Quinet. Y después, algo más tarde; la bailaora, Macarena Moreno.

Semanas más tardes, una noche, decidió abrir su balcón mientras fumaba un cigarrillo que, minutos antes, había liado con mucho esmero. La música melancólica que salía de la guitarra de Masao la hizo asomarse a la terraza. El humo que se colaba hacia el salón donde estaba el guitarrista provocó que aquel se fuera también hasta la ventana.

—Disculpa si te ha molestado el humo del cigarrillo, no era mi intención. Quise salir para oír esa triste melodía que estabas tocando.

—No tienes que disculparte. No sabía que este piso estaba habitado, de haber sido así no hubiera tocado a estas horas de la noche. No fue mi intención alterar tu tranquilidad.

—Tranquilo, hombre. No pasa nada, la música me relaja. Soy Carmen y desde hace un par de días soy tu nueva vecina.

—Masao Inoue. Encantado de conocerte.

La pelirroja se despidió aquella noche con una simple oración:

—Ya nos veremos por aquí.

Lo que más le llamó la atención fue que el japonés, a pesar de que ella vestía con un camisón con encajes de seda azul —con gran escote que dejaba al descubierto su sensualidad—, centrase su mirada en sus ojos.

Desde aquel momento comenzaron a conversar cada noche.

Le mintió, al igual que a todos sus vecinos, cuando contó que estaba casada con un militar que siempre se hallaba en el extranjero, con destino en misiones humanitarias y que, salvo el mes de vacaciones, pocas veces regresaba a España. No quería que ningún hombre se le acercase y, aunque más tarde creyó que pudo haber cometido un error, advirtió que la mentira le proporcionaba una estupenda tapadera para que el guitarrista no le hablara de ella a nadie de su entorno, y para cuando más adelante fuera a verla que lo hiciera con gran precaución.

Añadió en posteriores conversaciones con el guitarrista que trabajaba en una clínica y que había venido a Sevilla para estudiar su pasión, bellas artes.

#

Aquella mañana, incómoda, sentada y maniatada a la silla que la tenía rea, buscó una razón convincente que ofrecer a ese hombre que, desde los siete años, cumplió con el papel de padre. Aquel mismo que, tiempo atrás, eliminó de sus horas de descanso las terribles pesadillas que sufría.

Una y otra vez se preguntaba cómo podría explicarle que nunca quiso traicionarle, y que tampoco quería traicionar a Masao.

Rebuscó en los vagos recuerdos de su infancia, en los de su adolescencia, en sus años de universitaria y en estos últimos años. No vio un pretérito más perfecto que el vivido con el japonés.

Pocos meses atrás entendió los sentimientos que tenía por Masao; puro amor. Jamás tuvo una sensación tan maravillosa. Su bienestar se incrementaría a su regreso de las vacaciones, cuando le dijo que todo cambiaría para ambos, auguraba una vida en común con él.

Estaba dispuesta a abandonar la organización. Ya había iniciado conversaciones con varios gabinetes de psicología para buscar una alternativa a la clínica y desvincularse de todo aquello que le ataba a su pasado. Pero la brusca realidad se entrometió, y la organización decidió que ya era hora de acometer el rapto, y Carmen fue trasladada de nuevo a Madrid; aquellas supuestas vacaciones de las que le habló a Masao. Y después del secuestro, no regresaría a Sevilla, no a corto ni a medio plazo. Ahí comenzó a tomar conciencia de los problemas a los que podría enfrentarse el estudiante. No podía quedarse quieta sin tomar cartas en el asunto.

Fausto volvió a entrar en la sala. Permaneció en silencio observando a su hija. Una mirada despectiva como muestra de rechazo hacia su traición, como si de una despedida se tratase. Entre dos tierras se encontraba cuando decidió dar aquel paso. Por un lado, el señor que siempre la había protegido. Por otro, el único amor que había conocido.

En cierto modo terminó por traicionar a ambos, a Masao mucho antes del plan de secuestro, al padre durante el proceso de investigación y después del mismo. Mentiras que forman parte de las caras de una misma moneda donde por una se reflejaba la verdad y por otra la farsa de esta historia.

Al japonés no solo le mintió con el cuento de que estaba casada, tampoco pretendía entablar la relación que le unió a este. Después no tuvo más remedio que fingir una relación más cercana para sonsacarle la información que necesitaba. Y luego llegó el verdadero amor trastocándolo todo. Y, a pesar de haber facilitado a sus superiores todos los datos que recabó sobre Masao, retuvo siempre la idea de que él le perdonaría ese gran desliz. Al padre le dio a probar de la misma medicina que a su amante. Le ocultó que se enamoró. Sin embargo, no sabía si el médico dejaría pasar por alto aquella afrenta. Dejó de esquivar las miradas de Fausto, no quedaba más que apechar con las consecuencias. Ambos eran conscientes de que tal situación debería quedar zanjada en aquel tris. El rostro y sufrimiento de Carmen, mostraba una pigmentación lívida. La tristeza inundaba sus ojos.

Volvió a revivir la escena: la primera vez que se entregó por completo a Masao tuvo que hacer un enorme esfuerzo; el de rechazar los recuerdos de su infancia —aquellos en las que su progenitor la violaba cada vez que llegaba borracho mientras su madre biológica yacía, de un modo apacible y recostada, después de haberse metido un chute de caballo. Después de aquella, poco a poco, comprendió que el sexo era la parte activa de la pasión que forma parte del amor. Jamás contó las vejaciones a las que fue sometida de pequeña y cómo, a estas alturas de la vida, ya habían desaparecido casi de su mente —gracias a aquellos ojos disecados que conservaba en la misma caja con dibujos de mariposas, que años atrás Fausto le regaló.

Ya, en el presente, miró a Fausto.

Minutos antes, el cirujano pidió a todos que salieran de la sala quedándose a solas con su hija; lo único que le mantenía vivo. El único ser que le traía el recuerdo de Julia, aquella a la que le juró en su lecho de muerte que siempre protegería a la pelirroja. Su gesto, el del verdugo que fue invitado para ofrecer la justicia que la banda solicitaba, no denotaba ningún tipo de sentimiento, ni amor, ni odio, ni pasión. No hubo ni juez ni defensa, solo padre e hija. Este no recriminó a su hija. Le dio un beso en la frente. Le dijo que todo sería rápido y le introdujo por vena la sustancia que, en poquitos segundos y sin dolor, acabaría con la vida de su hija.

Atrás quedaban unas horas de angustias para todos; Masao y Quinet seguían bajo el sometimiento de la criminal organización.

El círculo se cerraría horas más tardes, cuando Jota, el subinspector, daba el «alto, Policía».

[1] Música [m01]: Flamenco — Adam Ben Ezra.

13 de Junio de 2021 a las 00:17 0 Reporte Insertar Seguir historia
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