atverno

En un continente protegido por una dividida Orden, un cruzado recorre las vivas tierras en busca de la Bendita espada que el fundador de la Causa empuñó para acabar con el renacido Mal. Sin embargo, lucha contra las malignas expresiones que aún deambulan por la zona, conociendo más sobre lo que sucede y su propia Causa.



Fantasía Medieval No para niños menores de 13. © Todos los derechos reservados.

#travesía #mostruos #cruzados #espagiria
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La iglesia abandonada.

Los sonidos del bosque tomaron forma en cada gota derramada tras la tempestad. El claro color de los arbustos, moho, abedules y camalotes vivos se mezcló con el verde fuerte de las palmeras, pequeños pinos, flores blancas y moras silvestres alrededor de la iglesia abandonada. Los estanques naturales se apaciguaron, los brotes respiraron, la savia corrió y las cortezas se desquebrajaron lentamente. Esa mañana despertó consigo el metálico sabor de guantes manchados, el sonido de hombreras y botas abolladas, cota de malla, pieles, petate, bendita espada de plata y un casco decorado por una pluma, todo sobre una gran figura de blanca tela de roja cruz por emblema. Aquel guerrero despertó debajo de una pequeña saliente del terreno, donde pasó la noche camuflado entre enredaderas y grandes hojas abrazadoras, conocidas por doblarse sobre sí mismas y formar una verde capa protectora alrededor de quienes buscaron cobijo entre sus tallos. Levantó su pequeño escudo de madera del suelo, aseguró su vaina y se abrió camino hasta la entrada del edifico, coronado por una pequeña ventana donde vio el feo rostro grisáceo y deformado del monstruo que debía de acabar.


Las dríades eran hadas malignas que alguna vez fueron encerradas por el dios Yur Hilgald en el infierno o Moor, lugar donde no existía el fuego y se caminaba entre frías dunas de arena con las heridas abiertas. Por años, la Orden se encargó de matar a esos seres que cazaron humanos, enseñándoles el filo de sus espadas de plata, cortando sus puntiagudas orejas y creando talismanes ceremoniales. Los cruzados fueron fieles a su Causa, evitaron discriminar las distintas creencias sobre el Hilgald en aquella región, aceptaron todo tipo de encargos, cobraron por estos y trataron de no caer en el error del desinterés monetario o el exceso de piedad.


Una vez el naranja se vertió sobre el lienzo, el acorazado sujeto se paró frente a las grandes puertas de abeto oscuro, las hizo ceder y se adentró, alentado por el viento y las hojas desprendidas de los pinos, preparado para sacar su pequeño cuchillo en caso de que las deplorables condiciones del lugar afectaran sus ataques rápidos. Aquella iglesia se construyó en homenaje al desaparecido Ry Ormuz, pero no se diferenció de las locales por su forma o materiales, sino por la silueta que la luz natural formó cada día alrededor del edificio durante sus cien años en pie. La criatura gritó furiosa desde el piso superior y partió algún mueble de madera cuando el preparado cruzado ingresó, envuelto en el peso del mango que dictaría la sentencia de aquella herejía con alas de mosca que revoloteaba escaleras arriba. Caminó lentamente, siempre alerta al aún oscuro ambiente, los restos de candelabros, bancas, taburetes, maderas y un atril partido, que podrían jugarle en su contra si la fiera decidía saltar o volar hacia él, optando por mantener en alto el poco confiable escudo, desgastado de tanto maltrato recibido. Sin perder de vista las escaleras de caracol, se inclinó y levantó del suelo un viejo libro de tapas azules, hojas arrugadas, papeles sueltos y escritos en draganario, el cual seguramente perteneció a algún alabador.


El guerrero ajustó sus guantes, avanzó un escalón a la vez, precisó los posibles ángulos desde los cuales podría ser atacado, paró en seco centímetros antes de entrar, sacó una pequeña roca y la lanzó al interior. La dríade no se molestó en hacer ruido o buscarla, pues era de las listas y pacientes, aquellas que no se molestaban en sacar las garras hasta que se le diera la espalda, si es que la presa no huía al oír su desgarrador grito. Se abrió paso rápidamente antes de que la bestia pudiera realizar algún movimiento, embistió con su escudo, miró delante, a sus costados y detrás suyo, pero no encontró nada en aquella pequeña habitación de una sola litera destartalada, rotas cortinas apiladas a los costados, dos sillas con menos de cuatro patas y una hermosa vista del pueblo donde aceptó aquel encargo por su pequeño ventanal. Se dio la vuelta lo más rápido posible mientras empujó al hada, que había saltado hacia su cuello desde el interior de una camuflada abertura en el techo que terminó por ceder cuando el acorazado la azotó contra este. Pero el blando y liviano cuerpo de las dríades era resistente a golpes contundentes, por lo que se incorporó rápidamente antes de que él pudiera apuñalarla, partió con sus tres encarnizadas garras las moradas cortinas enroscadas, sacó sus alas de mosca y lo levantó del suelo. El cruzado soltó su espada y metió el escudo en la grotesca boca llena de largos colmillos, para luego estrellarse contra la pared y aplastar su mandíbula y cráneo reiteradas veces, dejándola inmóvil y lista para recibir el filo de plata. Caminó con dificultad hasta su arma y la levantó sin perder de vista a la criatura, que embistió contra él en un último esfuerzo, obligándolo a blandir la plata diagonalmente y realizar un limpio corte que la partió a la mitad. Se dejó caer de rodillas bajo un cálido rayo de sol.


Una vez regresó al pueblo de Aureola, caminó hasta el cuidado árbol del centro, decorado con tallados del Blanco Búho, giró a la izquierda y llegó hasta el deshilachado puesto de una vieja vendedora ambulante de rostro jovial, ubicado entre un establo y un peletero. La mujer lo reconoció a pesar del casco e intercambió cinco hiervas medicinales poco comunes por dos monedas de oro y una de plata, además de entregarle un saquito de té a cambio de algunas nueces que él llevaba en un bolsillo de su precario petate. Luego siguió su camino hasta la casa del tesorero, ubicada en un camino empedrado, de dos pisos y unas bellas macetas bajo sus ventanas, donde tocó la puerta y fue recibido por el gruñón hombre de bigote.


—Vaya, veo que ha regresado en buenas condiciones¡Ah, ah, ah! El casco, por favor.


Un hombre cuarentón, algo de papada, robusto cuello, facciones levemente marcadas, ojos celestes, corto cabello e ínfimo bello facial completamente blancos fue quien corto las orejas del hada. Para disgusto de la mujer de la casa, vestida todavía con la ropa que alguna vez perteneció a una persona que ascendió de golpe y se negaba a gastar en empleadas que no tuvieran sus manos, el barro de sus botas no salió tan fácilmente.


—Buenas tardes, caballero. Me alegro de volverlo a ver por aquí.

—Nuestro querido empleado parece haber cumplido con la tarea que se le encomendó, ¿o me equivoco?

—No. Traigo aquí las orejas de la dríade, aunque no me queda cuerda con las que atarlas.

—Lo ataremos en mi despacho, acompáñeme.


Una vez que las orejas atadas por el cruzado fueron guardadas en un cofre especial, el dueño de la casa hizo sonar las bolsas de monedas y objetos mientras él aguardó de pie frente a la puerta de la habitación iluminada por lámparas y velas. Extrajo una pequeña gema de color rojo y la depositó en un platillo de la oxidada pesa sobre su lugar de trabajo, la cual logró igualar cinco monedas de oro sin excederse.


—Una de estas bastará para cubrir sus gastos y conseguir una moneda más en algún intercambio, ¿qué le parece?

—Por supuesto.

—¿Se quedará un tiempo en Aureola?

—Quizás marche mañana.

—Pues entonces…


El hombre de bigote pulió con su dedo la gema y, palma en alto, se acercó con una pícara expresión, aquella de un hombre que acompañaba un secreto.


—...vaya por esa moneda.


Los trueques entre los tesoreros de las comunidades fueron posibles por la diversidad de valores que cada material tenía entre territorios, un tanto divididos por brechas de pensamientos y avances. Una de sus consecuencias fue la necesidad de conservar la única moneda de valor compartido y otorgar riquezas equiparables, como pendientes, objetos o gemas en pagos particulares que eran seleccionados arbitrariamente por el tesorero de turno. Nadie sabía la verdadera finalidad de admitir arcanos trueques superiores de carácter exclusivo en un avanzado y dinámico sistema que se veía afectado por la historia, importancia, peso e intereses.


Debía aprovechar bien sus monedas, pues el día acabó y no le quedó comida en su petate, le harían falta infusiones, reparar el cuero y cambiar su vencido escudo. Parte de su oficio era despegarse fácilmente de lo que ayer sobró, pues la Bendita Búsqueda exigía pulir el filo para volverlo a desgastar las veces que fueran necesarias con tal de escuchar el último canto abismal de los oscuros Eférestres en el cielo, una vez el Mal fuese erradicado del Continente. Entre tanto, la noche en una habitación de la cantina local era su mejor manera de celebrar la bien pagada victoria y final de la pesadilla para quienes caminasen cerca de la iglesia, o al menos por un tiempo. Era hora de tocar las puertas de la Pepita del Oro, pues al día siguiente volvería a pasar la noche en vela, buscando especias, terminando con algunas mujeres fantasmas o Grimas hasta que alguna soltara una celeste lengua de fuego, con la cual cocinaría una poderosa receta antes de hacer una visita al pueblo de Vigia, custodiado por un cíclope.


No eran más de las ocho cuando el cruzado atravesó las puertas con su casco en brazos, pidió una habitación al cantinero de apropiada convicción física y brazos de un hombre que pasó por alguna guerra, pagó con una moneda y subió a la última disponible. Era una de buen aspecto, rechinar de maderas, vista al mar, una cama, un baúl y básicamente lo mismo que las demás, pero sin mantas disponibles.


—¡Ah! Esta noche tendremos una pequeña celebración donde habrá música, pequeños platillos gratis y precios más bajos de lo habitual. Queda invitado.

—Gracias, bajaré en un momento.


Nada mejor que música, gritos, ver a la gente apostar, pisotones entre los bailarines abalanzados a la comida y postres a mitad de precio, cosas que lo hubieran pelear por ocupar un lugar de serlo necesario. Pero antes debía tratar sus heridas con los ungüentos de hiervas y descansar por algunos minutos, por lo que enrolló y guardó las pieles, la tela cruzada, los guantes y el petate bajo la cama, sacó las últimas hojas, las molió en agua limpia, agregó el saquito, pasó un paño húmedo por sus hombros, abdomen, manos y bebió del té restante. Dentro del cofre vacío dejó su espada envainada, casco, pociones y el libro que rescató. De este último le llamó la atención una nota suelta en su interior que sobresalía del resto, la cual decidió leer sentado al borde la cama.


Vieja carta del Curandero Mosdalem al consejero (ininteligible).


…Nuestra posición no durará demasiado. Admito que nuestra investigación sobre el Maligno Arte se volvió confusa e insolvente a causa de las propias medidas que rigieron sobre este rebelde pueblo, el cual nos quiere fuera de sus sucias calles para abrir paso al...


…Las aberraciones salen durante la noche, carecen de gónadas y sus cuerpos se adaptan a condiciones adversas gracias a esa curiosa fisionomía, mezcla vegetal y animal. Se arrastran hasta las aldeas y ciudades, evitando la luz, capturando personas desprevenidas, adueñándose de sus ropas, camuflándose, esperando y atacando al desprevenido. A primera vista, no parecen presentar necesitad de sustento, por lo que solo desgarran la piel, escupen la carne, desaprovechan la grasa y dejan un verdadero desastre...


…Recuerde que esto solo es una opinión sin fundamento. En cuanto a la Orden, aconsejo aceptar la capa que esta arrojó a nuestros pies...


(Ininteligible).

11 de Junio de 2021 a las 15:40 1 Reporte Insertar Seguir historia
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Frank V.Browner Frank V.Browner
Me ha enganchado la historia desde el primer momento. Gracias por publicarla 👌
June 22, 2021, 06:46
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