shiori_taekook Shiori

En un puente, miles de historia, una sola.


Cuento Sólo para mayores de 18.

#drama
Cuento corto
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I

- Leer con discreción -

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Bostezo. Estiro los brazos hacia atrás, esperando que ese movimiento me libere de los restos del sueño. Por delante me espera la vida. La vida es una mierda.

La alarma repiquetea desesperada. Ya lo hizo tres veces. Suena como mi madre. Aguda. Porfiada. Insistente. Levanta con sus hilos este cuerpo que pronto alcanzará los 30 y se siente gastado. Quisiera abrir el placar y cambiarlo por uno de temporadas pasadas. Uno del verano 98 en las playas de Jeju, por ejemplo.

Saludo al portero en recepción y avanzo hacía la noche que empuja como si estuviera por detrás de la puerta, tratando de evitar que llegue a destino.

—Tarde —me dice, señalando el reloj de la pared.

Claro. ¿Qué excusa tengo? ¿Que la vida me quiere en otro lugar? ¿No encerrado en este cubículo compartiendo gaseosas y dando reportes, atendiendo el teléfono y lidiando más que nada con bromistas?

Mi compañero es policía y yo me gradué en psicología en la Universidad de Seúl, lo cual, según los cálculos del gobierno, es suficiente red para atrapar a los pececitos de colores que se arrojan al río Han. Sin embargo, cada año que pasa, me siento más y más inseguro.

—Es la segunda vez que se sienta ahí —aclara después de darle un profundo sorbo a su café. Toca las pantallas, insistente — ¿Deberíamos dar la señal de alerta? ¿Qué le pasa a esta juventud que no lee esos mensajes bonitos del puente?

Me río. Primero porque el oficial debe tener unos 23 años y segundo porque el chiste de los mensajes positivos puestos para disuadir a los suicidas siempre funciona conmigo.

—Debe estar aburrida —le respondo.

— ¿Desconoce la existencia de Internet?

— ¿Cuánto se quedó la primera vez?

— Diez minutos.

— ¿Diez minutos? ¿Y no llamaste a nadie?

—¡Tranquilo vaquero! Sí llamé, pero había un accidente quíntuple en la autopista y me dijeron que no habían móviles ni oficiales disponibles cerca.

Me preocupan los protocolos. Cualquier error y lo pagaremos con una mancha en nuestro historial, puede que terminen inhabilitándonos profesionalmente.

—Llama —le ordeno, pero ni bien el moreno levanta el teléfono, ella decide marcharse. — ¿A qué estás jugando?

[…]

Para las 10 de la noche no ha pasado nada interesante. Algunos borrachos tambaleantes. Algún frenazo. Tráfico y más tráfico.

Pasamos las horas saltando de un tema a otro, sin hilo conductor ni sentido. Al menos este chico no tiene nada que ver con mi anterior compañero. Siento una comodidad absurda a su lado. Estamos sincronizados.

— ¿Qué le pasó al anterior policia?

— Se suicidó.

Pongo mucha atención a la reacción. Levanta la ceja y la comisura del labio al mismo tiempo. Creo que va a reírse. Y es lo que finalmente termina haciendo. Es contagioso el sonido, como una profanación. Ridiculiza la gravedad de la vida, las consecuencias, las nubes negras, los puentes oscuros. ¿Hace cuánto no reía hasta llorar?

[…]

El sonido de la llamada casi me empuja fuera de la silla, estaba a punto de quedarme dormido. Kim acerca su bonita nariz a la pantalla. Repiquetea su uña en el cristal, sobre la imagen.

—Es ella.

Creo que olvido toda mi preparación, todo lo que sé en ese instante. Ruego porque sea una broma de mal gusto. Siento palpitar mi cuerpo como si fuera un solo órgano a punto de reventar.

—Hola, mi nombre es Jeon Jungkook. Estoy aquí para escucharte.

¿Es así? Lo dudo. Me llega su respiración pesada. Me da la horrible impresión de que su boca está pegada a mis oídos y eso hace que la busque en los monitores, solo para asegurarme que siga en el mismo lugar.

— ¿Hola? ¿Me escuchas? ¿Puedes hablar?

Su imagen pequeña de abrigo gris me resulta familiar y al mismo tiempo, foránea. Acunada en otra dimensión. Venida de otro tiempo. El pelo negro se extiende largo y sedoso. Retiro la mirada con esfuerzo, ante el temor de perder el control. Siento como mi cuerpo se baña de una transpiración fría y pronto mi camisa está completamente mojada, adherida a la piel. Tartamudeo.

—Es- está bien. Si no te importa, hablaré yo… soy bueno hablando. Pero soy mejor escuchando.

—Ya se fue.

Vuelvo a mirar. Ha dejado el fono colgando. Camina con pequeños pasos hasta salir de la mira de las cámaras.

—Tranquilo. Puede que… solo esté jugando.

— ¿A qué?

—A llamar la atención de alguien.

Suspiro, aliviado, pero no por completo. Es posible.

[…]

— ¿Mucha gente se tira del puente por amor?

Tres de la madrugada. La pregunta me descoloca. Amor. Siento que pestañeo excesivamente. Señal de nerviosismo. Trato de controlar el tic.

— Por depresión o brote psicótico.

—Si se deprimen o tienen un momento de locura, porque los dejaron, por ejemplo, es por amor.

—No es tan simple ¿A qué viene la pregunta?

El agente sonríe con cierta culpa. O timidez.

—No sé explicarlo, pero ella me parece del tipo.

—¿Del tipo que se tira de un puente por amor?

—Luce como esas mujeres trágicas a las que han abandonado.

—Un duelo lleva a la depresión, es cierto. Pero no todos los duelos te llevan a la depresión, y no todas las depresiones a la muerte. Por eso te digo que es más complejo. La sensación de total vacío y desesperanza acarrea cuestiones más complejas, incluso biológicas, hormonales…

Kim levanta los hombros. Señal de que para él estoy enredando la verdad solo para justificar mi profesión. Como si fuera tan simple reparar una vida de soledad con una sola presencia. No. Así no funciona y lo sé bien. Pienso que va a dejarlo ahí pero su voz ronca regresa.

—Yo creo que ella te conoce y está buscándote ¿Dejaste un corazón roto Jeon?

De nuevo me sorprende. ¿Cuánto llevamos trabajando juntos? Seis meses. Hace seis meses en el mismo lugar que ocupa, se sentó un hombrecito calvo en cuyos ojos se hundían los suicidas, uno tras otro. En cambio este chico tiene una mirada vibrante, de escamas doradas. Me pregunto si se irá apagando con lentitud o con dramatismo. ¿Quién estuvo antes que el oficial Lee? Encuentro un vacío donde debería encontrar una persona ¿Quién?

—Lo dudo mucho.

—¿Por qué?

—Porque soy gay.

Me gusta incomodar a la gente con esta declaración. Más si es un policía. Siento que escupo en la cara de la homofobia y el machismo al hacerlo. Lo que recibo es un gesto con la boca que puede significar cualquier cosa viniendo de él.

—Déjame adivinar. Estudiaste psicología porque querías saber si estabas enfermo y tenías cura…

—¿Qué acaso entraste a las fuerzas porque creías en la justicia?

Sueno a la defensiva. Ojalá pudiera evitarlo. Pero eso sucede cuando alguien mete sal en la herida. No lo hace adrede. Es casi un niño travieso al que uno está obligado a perdonar porque sigue sin aprender una norma social básica: la verdad es incómoda, brutal y no se dice.

—Adrenalina. Quería sentirme vivo… y así fue al principio. Pensaba que estaba salvando a todas esas personas… que todas estas personas dependían de que hiciera bien mi trabajo

—¿Entonces qué es lo que hacemos?

Me acerco para escuchar la respuesta pero me entretengo en su perfil. Así es como lo conozco. Siempre fijo en los monitores. Tiene el perfil más hermoso que he visto. Claro que debo ser prudente ahora que él sabe y deslizo la mirada hacia mis manos.

—Es como oponerse al aborto en cierta forma. Queremos que esa criatura nazca y hacemos todo lo posible para que salga del útero pero luego… lo dejamos solo. Es lo mismo. El Estado los saca del hoyo de la muerte pero no se ocupa de lo que significa la vida de estos hombres y mujeres a los que obliga a seguir. Si de verdad no pueden ayudarlos ¿por qué no dejarlos morir?

—Es darles una segunda oportunidad. Son decisiones que por lo general se toman en un estado emocional alterado… y como decisión, es determinante.

—Así no funcionan las oportunidades. ¿Oportunidad de seguir siendo las mismas miserables personas viviendo sus mismas miserables vidas? Así no funcionan las oportunidades…

[…]

Duermo intranquilo esa noche.

Ella toma el teléfono pero no es a mí a quien llama. Veo sus labios moverse con prisa. Rogar. Pedir por algo o por alguien. Grita. Las venas de su garganta se hinchan dolorosamente. Sin embargo no puedo escucharla. El puente se eleva y todas las cosas sobre él se deslizan hacia la izquierda. Trato de sostenerme. Ella rueda sin gravedad. Flota por sobre el hierro y el concreto. Mis manos se aferran a la cabina de teléfono para no seguir cayendo. Desde el fono descolgado me llega un grito agudo, desesperado. Descubro con horror que soy yo. Es mi voz.

Grito.

[…]

Acuerdo conmigo no mencionar la pesadilla.

Kim parece haber dormido peor que yo.

Bosteza.

—¿Mal día?

—Me costó tres meses acostumbrarme a este turno… y cuando pensé que lo había logra…

Vuelve a bostezar sin poder completar la oración.

Trabajar cuando todos descansan y descansar cuando todos están activos tiene una consecuencia: una total desconexión con el enjambre. Me da pena que alguien tan joven se vea apartado del ajetreo cotidiano. No ver rostros infantiles cargados de energía, no atascarse entre el apurado paso de los que siempre llegan tarde, o dar con el reflejo de una mujer bonita en las vidrieras de una tienda comercial.

Para los que no pueden participar de las mañanas preñadas de sol y rutina, para los que solo les queda el ocaso, hay profundas cicatrices.

—Deberías dejar de tomar tanto café.

—¡Estás loco! Me estarías quitando una de mis pocas razones para vivir.

Asumo que es una broma pero no consigo sonreír. Estoy de mal humor.

Por supuesto que la esperamos y por supuesto que aparece. Miro el reloj: 11.12.

—Nunca cambia el tapado. Es como si fuera la misma noche siempre.

Me remueve las tripas escuchar eso.

—Voy a llamar a una patrulla. Les pediré que la asusten para que deje de pasear a cualquier hora por el puente. Nos hace perder el tiempo.

Pero existe una automática conexión entre esa acción y la joven, porque ni bien marco, ella se aleja.

—Debe vivir cerca, ¿No crees?

[…]

—Paciente psiquiátrica.

Cinco noches. Cinco noches con su presencia rondando sin que nadie pueda atraparla. Llamando sin hablar. Caminando peligrosamente por los márgenes. Activando las alarmas. Yéndose luego de jugar con nuestras mentes.

—Puede ser.

—Debe ser —afirma él, cuyas sombras debajo de los ojos me permiten saber que su dormir se ha alterado por completo. Me da pavor pensar que su estabilidad mental también se balancea.

Ayer llamó un joven que había reprobado el SAT por cuarto año consecutivo. Lloraba sin consuelo pensando en la decepción que ocasionaría a su familia. Las palabras honor, fracaso, esperanza, iban y venían. Dejé que hablara. ¿Qué iba a decirle? Su pena era tan honda.

La sociedad pide y pide y los frágiles humanos, que vinieron al mundo a cumplir, solo fallan y fallan.

Kim me sirve café. Manos delicadas. Dedos largos que no concibo puedan enredarse en un arma. Ya no me parece de mirada brillante. Tengo miedo. Veo su nuca de pelo corto y me parece atractivo aún de espaldas… no, no es eso, es la abstinencia. Mi soledad. Un año y nueve meses de encuentros casuales.

Él se cansó de que no levantara la toalla del suelo, de que nunca pudiéramos despertar abrazados, que aumentara un par de kilos. No. Miento. La verdad es que no sé por qué dejamos de vernos. Si existió una razón la he olvidado. Quisiera traer su rostro pero solo consigo un hoyo muy oscuro. ¿Dónde estará?

—Mañana es nuestro día libre ¿Tienes algo qué hacer?

No. Por supuesto que no. Aunque no estoy seguro de querer aceptar su invitación. Sé a dónde quiere ir porque al igual que yo, está obsesionado.

[…]

3 de la tarde.

Seúl podría tener un día espléndido, soleado, lo que corresponde en la mitad de la primavera. En cambio la contaminación nos deja esto: bruma. Detrás de esa cortina neblinosa encuentro a Kim con ropa deportiva. Me sorprende lo bien que lleva cualquier cosa que se ponga, sobresaliendo de la mediocridad sin proponérselo ¿Por qué desperdicia su vitalidad encerrado en ese cubículo noche a noche? Una pecera pequeña para su cuerpo.

Va dejándolo sin aire. Consumiendo. Masticando sus escamas doradas.

Debería aceptar esa propuesta que le hicieron. Comenzar un emprendimiento comercial como socio suena a una buena aventura para mí. Para mí que ya estoy solidificado y solo espero mi jubilación para echarme a morir frente a otras pantallas. No sé por qué no lo alenté cuando me lo contó. Quizás me niego a que se vaya. Tengo que admitir que ver su sonrisa al llegar es un poco por lo que sigo caminando.

—¿Llegaste hace mucho?

—Media hora. Pero no fui al puente, lo prometo.

Abre mucho los ojos cuando quiere reflejar honestidad. Me da igual. No creo que podamos encontrarla. Obviamente ella está preparada para no ser encontrada. Es como si fuera su gran objetivo, además de perturbar nuestras ya de por si alteradas mentes.

Caminamos en silencio, bajo un mismo ritmo. Para ser domingo, hay bastante tráfico. ¿A dónde irá la gente? ¿Qué hace la gente normal un domingo por la tarde? El viento da con insistencia. De noche no es tan atractiva la zona. Sin luces, sin la silueta de la ciudad recortada en el fondo. Las flores que dejan a los suicidas, quedan maltratadas y se esparcen, un poco en el río, un poco por el cemento.

Nos detenemos al lado de la escultura donde los hombres dorados permanecen sentados. Uno consuela al otro. Mi compañero toca sus cabezas en una actitud paternal. Está perdiendo la fe.

Las barandas son altas y en algunas franjas incluso electrificadas. Lo cual nunca detienen a quien está decidido. Esto es un déja vú. El aire que se levanta me resulta familiar.

—Al principio pensaba que elegir este lugar era una clara señal. Quieren ser vistos, quieren que una mano los detenga —dejo que reflexione y de pronto olvido a lo que vinimos. —Pero ya no. Pienso que este lugar, este río… es un símbolo.

—¿De qué?

Antes de que responda escucho un leve sonido debajo de los motores. Giro sobre mis pasos. Busco el insistente susurro que va deslizándose como una garra repiqueteando en mis tímpanos. Es el teléfono descolgado. ¡Dios santo! El aire me abandona y pierdo estabilidad ¡No puede estar sucediendo, no!

Me obligo a acercarme. Son diez dolorosos pasos que hago en el medio de una pesadilla donde el puente se eleva y nos arrastra. El ambiente sórdido me aleja del mundo. Solo existimos él y yo. Ese aparato de letras verdes. “¿Estás cansado de todo? Aquí estamos para ayudarte” reza su logo… pero al tomar el fono no encuentro el sonido humano de la persona que cubre mi día libre. Es un timbre femenino. Llora. Llora. Pero luego el llanto da paso a las palabras. No, ya no es ella. Es una voz aguda sí. Es la mía. ¿Qué dice? ¿Qué digo?

—No podrás.

¿No podré qué? Me llena de angustia. Estoy aturdido, demasiado para comprender. Y cuando lo hago, es tarde. Claro.

Allá va su cuerpo junto a su sonrisa. Es un símbolo, me dice. Este puente, este río. Es un símbolo de lo que no puede detenerse.

Ahora recuerdo porque ya no estamos juntos.

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12 de Junio de 2021 a las 22:39 3 Reporte Insertar Seguir historia
9
Fin

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t tetek
Me encanta todo lo que haces. Gracias 💜
🎨🇸​🇺​🇷​🇮​📸 🎨🇸​🇺​🇷​🇮​📸
Aluciné, me encantan tus relatos
June 14, 2021, 02:04
AnitaMin 🍊 AnitaMin 🍊
Maravilloso y cortazariano. Te superás con cada relato, autora.
June 13, 2021, 23:06
~