holoceno11701 Jorge B. Mahoney

Bernie Mills jamás se imaginó la tragedia que le esperaba, mucho menos, con lo que se encontraría cuando mirara al otro lado de su viejo espejo.


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#laberinto #Extraviado #Precipicio #Despeñadero #hogar #Sonámbulo #sangre #extraño #espejo #buho #Risco #Fatal
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EXTRAÑOS AL OTRO LADO DEL ESPEJO

La tarde del fatal accidente en que perdió el control del auto que conducía, acabando luego en lo profundo de un despeñadero, Bernie Mills no pudo sino contemplar impotente a su mujer atrapada entre las llamas sin poder hacer nada para salvarle la vida.


El viejo Mills se encontraba a siete u ocho metros de distancia quizá, de lo poco que había quedado de su auto. Apenas se aproximó al fuego, miró un momento hacia la parte alta del precipicio reflexionando acerca del número de veces que habría tomado esa misma curva y el cuidado en frenar para disminuir la velocidad.

Por más que hubiese gritado pidiendo auxilio a esa hora, ni pensar en escalar aquel risco tan escarpado, comprendió en ese instante con resignación que nadie lo escucharía ni vendría en su ayuda para rescatar a su esposa Eva del fuego.

El señor Mills no estaba seguro de poder salir de aquel extenso barranco, ni tenía cabeza para entender lo que le había sucedido en ese momento. Solo consiguió recordar que un destello de luz lo había cegado.


«¿Un conductor en estado de ebriedad… tratando de adelantar a otro auto en la curva? —elucubró por unos instantes—. ¿Un cambio repentino a luz alta, quizá? Todo sucedió muy aprisa… no estoy seguro. Tal vez no debimos venir. ¡Oh Dios mío, perdóname, Eva!, no pude reaccionar a tiempo».


Bernie agachó la cabeza y miró hacia abajo advirtiendo que le faltaba una media y ambos zapatos, eran los marrones nuevos que Eva le había regalado para su cumpleaños. No lograba pensar con claridad.


«Aún tengo la flor en mi mano, debí olvidar dársela a Eva cuando salimos de la tienda. ¿Por qué no estoy a su lado, acaso estoy atrapado en una especie de limbo?», reflexionaba, mientras vagaba sin rumbo de un lado a otro.


Le parecía extraño el hecho de que hubiera podido salir arrastrándose por entre todo aquel amasijo de hierros retorcidos y vidrios hechos añicos. En nada se parecía a su vieja camioneta, se dijo. Advirtió entonces que por debajo de lo que parecía ser una de las puertas se colaba un débil hilo de sangre que seguía la pendiente del terreno.


«Allí vas mi querida Eva. Tú, que ahora vas peregrinando en esta tierra por última vez», sentenció mientras contemplaba el rastro de aquella vena oscura de color carmín, cuyo extremo estaba a punto ya de alcanzar la orilla de una quebrada.


El lejano resplandor de las luces de los autos imprimía una suerte de giro en media luna en el momento de tomar una curva, parecido al centelleo que hace la luz de un faro costero en la distancia cada vez que completa su traslación. Estas alertaban a Bernie a cada tanto advirtiéndole que seguían de largo, pues ningún conductor se detenía a curiosear, nadie a esas horas se iba a bajar de su auto para fijarse en las defensas rotas que había a un lado de la carretera. No sabiendo en ese momento si debía continuar su camino, de nuevo miró hacia lo alto de la cumbre rocosa y trató de calcular la altura del despeñadero, pero la claridad de la luna no era suficiente como para hacerse una idea de la profundidad a la que había caído.


«Es posible que haya salido disparado de la camioneta apenas unos segundos antes de impactar con el suelo —se dijo sin estar convencido mientras examinaba su entorno—… ¿Qué puedo hacer? Hace frío, mi Eva está sola y no conozco este lugar … necesito salir de aquí e ir por ayuda».


Extraviado en un paraje extraño y desconocido, como si se tratara de un sonámbulo, Bernie comenzó a deambular de un sitio a otro antes de poder salir de aquel laberinto de matorrales, árboles y caminos confusos. Estaba demasiado aturdido como para detenerse a pensar en el frío que hacía abajo.

Algo más allá, posado sobre la quieta rama de algún árbol, un sereno Búho nevado, de mirada sabia y circunspecta, de vez en cuando daba un giro completo con su cabeza dando la impresión de seguir con la mirada al intruso que invadía su territorio Silvano. Durante largos minutos el soñoliento duende blanco levantó el vuelo y acompañó los penosos pasos del señor Mills en un recorrido silencioso a través del sendero y en cada rama que se posaba ululaba una retraída melodía. Bernie agradeció aquella compañía durante gran parte del camino, aunque el solemne rapaz pareció ignorar su presencia a lo largo de todo el trayecto.

De pronto los árboles y las ramas comenzaron a escasear en el camino, la brisa de la noche dejó de silbar y poco a poco se fue apagando su canto. Por fin, algo más adelante, el viejo Mills divisó un cercado de alambre que marcaba el final del bosque, donde había un solitario y fatigado fresno que parecía aguardar por él para decirle adiós.

Pese a la débil luz de la luna, todavía pudo distinguir una carretera de tierra, al otro lado de la cual se extendía un vasto escampado por delante que terminaba fugándose en la distancia. Habiendo salvado el alambrado, Bernie hizo un alto en el camino para dar una última mirada hacia el lugar del accidente advirtiendo que el fuego se había reducido a un tímido y distante resplandor. Aun cuando la penosa escena no le era ajena, fue incapaz ya de sentir dolor. En mitad de una noche oscura y sin estrellas, tuvo que dejar atrás a su indiferente lazarillo sin estar seguro del rumbo que seguiría.


«Qué falta de cortesía —reflexionó apesadumbrado en medio de la vía. Si bien las luces de los automóviles lo encandilaban, cada uno de aquellos conductores invidentes continuaba impasible su camino sin detenerse—. Qué pronto se han olvidado del viejo Mills».


Nadie tuvo la decencia de parar un instante, viendo que se trataba de un anciano, y darle un empujón hasta la campiña. Sus pisadas dejaron de ser firmes y, aunque tampoco había ninguna prisa en su andar, Bernie continuó vagando ingrávido a la luz de la luna hasta que al fin llegó ante las puertas de lo que siempre fue el feliz hogar de los esposos Mills.


***


Algo más temprano, en horas del mediodía, Eva había dejado en el horno algo de pavo que había sobrado del día anterior, los esposos recién habían terminado de celebrar su aniversario de bodas número cincuenta. La señora Mills tenía todo preparado, además de media botella de vino que también había guardado para cuando ambos estuvieran de regreso de la reunión dominical. Cada semana, como de costumbre, solían asistir a las obras de caridad cristiana en la ciudad, pero antes de marchar decidieron hacer algunas compras en horas de la tarde.

Bernie sonrió con pena al advertir que la mesa estaba toda arreglada, impecable como siempre. Los platos y las copas, una vela en medio, los individuales con sus cubiertos uno frente al otro, y las servilletas plegadas con la delicadeza que solo Eva sabía doblar. Aún estaba la rosa roja, la más grande que Bernie había cortado del jardín y que había dejado sobre la mesa para su mujer, disimulada bajo un sobre. Al frente, adherida a la puerta de la nevera, se veía una nota sencilla escrita a mano y que decía en letras mayúsculas: "TE AMO"

Contemplando todo aquello, con los ojos del más profundo amor, Bernie dejó escapar una lágrima tornasolada que resbaló por los cansados surcos que había en su mejilla, pero esta nunca cayó al piso. Jamás pensó que esa noche volvería a casa sin ella.


«¿Para qué comer? —murmuró entre dientes, mientras contemplaba la mesa puesta—, si mi Eva ya no estará más conmigo acompañándome».


Bernie prefirió dejar todo como estaba.


Encogiéndose de hombros, siguió de largo por el solitario corredor de su vivienda y se detuvo un momento en el escalón de la escalera que daba al piso de arriba. El señor Mills se dio vuelta de medio lado y divisó hacia el pequeño salón de estar, desde allí logró distinguir sus zapatillas que estaban colocadas frente a la chimenea, a un lado del sillón donde solía sentarse a descansar todos los días, ojear la prensa o bien disfrutar la lectura de un buen libro. Pensó en ir a buscarlas, sin embargo, parecía algo extrañado, pues notó que ese no era el lugar exacto donde acostumbraba a dejarlas.


«No tiene importancia —se dijo—. Siento mis pies lo suficientemente ligeros como para tener que andar con ellas».


Luego de vagar el resto de la noche por las habitaciones vacías, comprendió lo grande que le resultaba la casa sin su Eva. A partir de ese día, Bernie decidió enclaustrarse para siempre y vivir con sus viejos recuerdos. Errar solitario por la casa fue lo que el señor Mills hizo durante algún tiempo.

Severos fueron los inviernos y largos los veranos que transcurrieron uno tras otro, y nada parecía haber cambiado para Bernie.

Muy temprano, durante un soleado amanecer de abril, el señor Mills despertó sobresaltado después de haber escuchado un corrido de voces diferentes que parecían hablar y reír todos al mismo tiempo. Enderezándose apenas, notó que llevaba puestas las mismas ropas del día anterior.


«Debí quedarme dormido en mi sillón —murmuró dando un bostezo, mientras se veía los pies—. Sí, no fue más que un sueño».

Mientras advertía que una fina capa de polvo reposaba sobre sus viejas zapatillas, escuchó los murmullos de nuevo. Estas daban la impresión de venir de diversas áreas de la casa y desde las habitaciones del piso de arriba. Bernie, quien se había recostado de nuevo en su cómodo sillón de la sala, se incorporó esta vez de un salto y quedó sentado en el lugar como si un resorte lo hubiera recogido. Creía estar seguro de que aquellos sonidos no eran simples ecos, y mucho menos producto de su imaginación. En ocasiones sonaban graciosas e infantiles.


«¡Eh! ¿Niños en nuestra casa…? ¿Pequeñines que juegan y corren libremente por las habitaciones? —se preguntó sobresaltado—. Pero ¿quién los habrá dejado entrar tan temprano a nuestra propiedad?».


Sin embargo, todas aquellas voces diferentes se mezclaban al mismo tiempo con otras algo más apagadas, que en ocasiones parecían venir del otro lado de la calle. El señor Mills las volvió a escuchar y, gracias a que esta vez fueron más nítidas, concibió un giro muy peculiar en ellas, muy diferente a las anteriores que reclamaron aún más su curiosidad.


«Tal vez vienen del ático —susurró un poco desconcertado—, o quizá se trata de los niños del vecino corriendo en el jardín. ¡Oh no!, destruirán las flores del jardín de mi Eva».


Estas se silenciaron de repente. Bernie juzgó entonces que ya no estaba tan seguro de lo que había escuchado, aunque las últimas voces sonaban más graves, como si fueran las de dos adultos hablando en forma apresurada.


«Puede que sea algún vendedor fastidioso de la ciudad entrando de nuevo a mi porche. No debió haber abierto el portón sin mi permiso —se dijo el señor Mills—. Pues será mejor que pase una nota bajo la puerta, pienso que es demasiado temprano para venir a molestar a estas horas de la mañana».


Un nuevo pandemónium de murmullos terminó inundando esta vez la casa en todos los rincones, llamando por completo su interés y conminándolo a mirar hacia el pasillo de arriba. Al notar que un débil reflejo de luz iluminaba la parte superior de las escaleras, sospechó entonces que la puerta que daba al desván bien pudiera haber estado abierta y no lo notaron cuando salieron de compras a la ciudad. Bernie tenía mucho tiempo que no visitaba esa área de la casa. Eva y su esposo habían acordado no subir al ático a menos de que fuese necesario, puesto que ya eran muy mayores como para estar subiendo y bajando escaleras. Recordó que en esa parte del altillo no había sino algunos trastos anticuados y muchos muebles viejos que necesitaban ser reparados. Sin embargo, estimó que aquellas voces podrían tratarse de algo importante como para ir a revisar qué era lo que estaba ocurriendo en su desván. A medida que fue remontando los escalones, Bernie se dio cuenta de que los descansos de la escalera ya no crujían bajo sus pies como solían hacerlo en años anteriores.


«Supongo que habré bajado de peso», se dijo.


De todos modos, por nada del mundo el viejo Mills hubiera permitido que le arreglaran aquella vieja escalera de madera, alguien tan desconfiado y susceptible como él, hubiera preferido mil veces escuchar la madera rechinar antes de que un extraño irrumpiera en la tranquilidad de su hogar.

En efecto, la puerta del ático estaba entreabierta, lo que le llevó a pensar en que tal vez Ann debió haber subido a buscar algo que necesitaba para la cocina, solo que olvidó decírselo luego.


«No debió subir sin decirme na… bueno, ya no importa. De todos modos, no pensaba bajar de nuevo hasta la sala y buscar la llave para volver a subir», caviló.


Bernie hizo el intento de empujar la puerta para entrar, pero una suave corriente de aire terminó de abrirla. Tan pronto como franqueó el marco de la puerta sentimientos encontrados y los recuerdos de otros tiempos comenzaron a alborotarse en su corazón. También los ecos de aquellas voces extrañas se habían apagado, por lo que el viejo no hizo sino otear de manera superficial por todo el desván. De pronto su mirada se detuvo.


—¡Oh, nuestro viejo baúl! —articuló en voz baja—. Casi me había olvidado de ti, amigo. Todos estos años sin subir hasta acá arriba. Pienso que debí arreglarte hace mucho tiempo, en el mismo momento que Eva me lo pidió. Ahora no me siento con ánimo de trabajar... perdóname, otro día será.


En ese momento dulces recuerdos del pasado se avivaron en su memoria cuando contempló aquel antiguo baúl de madera tallada que yacía abandonado en un rincón.


«Después de todo, creo que fue una excelente idea haberla comprado en aquella subasta del pueblo. Fue hace algunos cincuenta y tantos años», hizo memoria, sentándose sobre la gruesa tapa de madera tallada.


»Tanto tu como yo queríamos comprar ese precioso Baúl ¿No es así, mi querida Eva? Recién había llegado a la ciudad en busca de trabajo. Pero fui yo quien terminó adquiriéndolo por un precio muy alto, fue así como tuvimos que conocernos y desde ese maravilloso momento quedamos flechados el uno al otro.


Los recuerdos de Bernie se interrumpieron de pronto, cuando una vez más creyó escuchar los murmullos de varias risas. Fueron como ecos distantes, los que iban y venían, hasta que de pronto volvieron a silenciarse. Esta vez estaba seguro de que se trataba del mismo grupo de niños jugando y corriendo en las cercanías de su jardín. Poniéndose de pie entonces, caminó apresurado hasta el tragaluz del altillo, y para su sorpresa, a nadie llegó a ver jugando ni corriendo afuera en la calle. El señor Mills advirtió que las luces de los postes permanecían encendidas aún, aunque por un momento tuvo sus dudas acerca de que las horas hubieran transcurrido tan aprisa.


«Quizá no me haya dado cuenta y se deba al letargo debido a la siesta, ¿cómo pude quedarme dormido tanto tiempo, no entiendo? —se preguntó—… Supongo que la larga caminata me fatigó y solo es mi imaginación, nadie hay en la casa».


Decidido a irse a la cama, Bernie Mills echó una última ojeada por los alrededores del ático y volvió a sonreír al ver el viejo baúl.

La mañana siguiente amaneció con una lluvia persistente y ligera, era de esas lluvias que a Bernie y Eva les gustaba ver por la ventana mientras se tomaban un café caliente, y en ocasiones sentados en las sillas mecedoras de su porche. De repente esta arreció con fuerza, y no queriendo probar un bocado de comida aún, subió las escaleras de nuevo para quedarse toda la mañana observando a través de la ventana del ático.

Se fijó en que los autos circulaban con gran lentitud por la calle. Atisbó hacia el garaje que él mismo había construido, cruzando al otro lado del jardín, y al ver la puerta abierta supo que su vieja camioneta nunca más volvería a estar allí. A lo lejos divisó al chico repartidor de periódicos en su bicicleta, quien pasaba todas las mañanas temprano por el vecindario, parecía divertirle mucho el hecho de entregar la prensa bajo la lluvia.


«Estos alocados chicos, hoy en día todo les parece gracioso».


Advirtió cuando arrojó la prensa al pórtico del señor Olsen, su viejo vecino. Bernie le hizo un par de señas desde la ventana para que también le dejara el suyo, pero el pequeño mensajero tan solo se detuvo a lanzar una piedra con su honda hacia una de las ventanas.


«¡Oye muchacho insolente, ¿qué haces arrojando piedras a mi casa?!».


Aun cuando solo dio en el marco, el chico no volvió a insistir y decidió seguir a la carrera bajo la lluvia.

El señor Mills observó por la ventana un auto aparcándose frente a la casa de los Olsen y recordó las ocasiones en que sus amigos los frecuentaban, pero desde hacía algún tiempo, nadie solía ya visitar la casa de los Mills.


«Fueron otros tiempos», murmuró...


Habiéndose apartado de la ventana, Bernie se dio cuenta de que la mayoría de sus pertenencias estaban encapuchadas con sábanas. Se trataba de grandes cobijas blancas como las utilizadas en ocasiones para resguardar los enseres y demás utensilios contra el polvo. La verdad es que esto había extrañado bastante al señor Mills, puesto que no recordaba el que alguien, y mucho menos su mujer, hubiera subido alguna vez al ático para ponerle funda a unos trastos viejos y casi inservibles.


—Estoy seguro de que Eva no hizo esto. ¿Por qué entonces habría pedido que viniera alguien a cubrir todo nuestro mobiliario usado y viejo? —se preguntó en voz baja—. El candelabro de siete brazos que le regaló su madre, este caballete roto... ¡Vaya!, nuestro viejo sofá, y el...


De pronto, una suave corriente de aire tiró la sábana que cubría el antiguo espejo de marco que tanto le gustaba a su mujer. Se acercó a él y recorrió con el dedo los delicados altorrelieves anacarados que sobresalían en los bordes. Había sido aquel un regalo sorpresa que le trajo Bernie. Lo había mandado a colocar en el dormitorio justo frente a su cama, para que, al subir y entrar a la habitación, fuese lo primero que vieran sus ojos. El señor Mills hizo memoria de cuando eran más jóvenes, recordaba que Eva solía pasar largo rato sentada sobre un gran almohadón rojo, cepillando su hermosa y abundante cabellera dorada. Pensó que tal vez debería ajustar los laterales, puesto que el marco en dos de sus esquinas estaba algo desprendido.

Usando uno de los extremos de su camisa, Bernie trató de limpiar y repasó con delicadeza una parte de la luna de cristal y, sin volver a cubrirla, la dejó tal como estaba.


«Está toda manchada y llena de polvo —se dijo, luego de soplar sobre la superficie—. Será mejor que venga mañana y la limpie un poco».


Se fijó en la claraboya que había arriba en la pared, frente a la ventana y al otro lado del ático. La tenue claridad que se colaba por ella y que iluminaba con timidez una parte del techo le decía que el sol se estaba poniendo demasiado rápido por detrás de la casa.


«Que extraño… Debo haberme pasado todo el día enfrascado en mis recuerdos, que no volví a darme cuenta del tiempo transcurrido».


Luego de contemplar todos aquellos enseres domésticos y haber suspirado un instante, pensó que sería conveniente bajar a leer un libro y tomarse luego una siesta tardía en su sillón. Sabía que después de eso, en cuestión de nada, las horas pasarían irremediablemente y llegaría el momento de irse a la cama de nuevo.


***


Bernie despertó agitado esa mañana, más temprano que de costumbre. De pronto recordó que era domingo de resurrección. Poniéndose enseguida de pie y tomando su lugar de siempre, hacia la otra esquina de aquella cama impecablemente hecha, el viejo Mills permaneció sentado como cuando aguardaba por Eva para asistir a la iglesia. Por un momento la imaginó en su puff rojo frente al espejo mientras la observaba en silencio, recogiendo su cabello y acomodándose en la cabeza el velo de todos los domingos.

De pronto el sólido sonido de un par de tacones se sintieron constantes sobre el piso de madera en la parte de abajo, las que se fueron alejando poco a poco y no volvieron a escucharse. Pero en esta ocasión las diferentes voces se oyeron con más potencia, obligando a Bernie a descender las escaleras para escudriñar por el área de la cocina y la sala de estar.


«Tal vez sean esos chicos de nuevo intentando forzar la puerta del frente —se decía a medida que bajaba apresurado los escalones—. Mejor me asomo al porche».


Una vez que el señor Mills llegó al vestíbulo, muy extrañado, notó que las voces volvían a escucharse distantes, como si se hubieran alejado de la puerta de manera apresurada. Por un instante estuvo a punto de creer que se trataban de ecos viajeros encerrados dentro de su propia vivienda. Fastidiado y a punto de gritar algunos insultos, tuvo la impresión de como si de nuevo las voces estuvieran saliendo de las otras dos habitaciones de arriba.


«Pero... ¿Se puede saber qué rayos es lo que está sucediendo en mi casa? —se dijo molesto, mientras se rascaba su ya pelicana cabeza—... ¡Esto ya es el colmo de los colmos!».


Tomó aire con profundidad, y a continuación murmuró un infame rosario de palabras inconfesables, por el solo hecho de haber tenido que correr casi y regresar una vez más hasta todo lo alto del desván. Por si aquello fuera poco, tuvo la irrazonable impresión de como si todas aquellas personas, quienesquiera que fueran, estuvieran celebrando felices una gran fiesta dentro de su propia vivienda.


«Ahora solo falta que se estén ocultando de mí —se dijo afinando el oído para poder escuchar—... Pero ¿por qué rayos no consigo ver a nadie?».


Sin embargo, como no logró ver a ningún extraño merodeando por la casa, ni después de haber subido al ático, Bernie decidió hacer una revisión más a fondo. Se dio a la tarea de explorar por entre los enseres y trastos viejos que estaban tapados con las fundas.


«Como no sea algún gracioso escondido entre las sábanas, dispuesto a jugarme alguna broma pesada —reflexionó—. Pero ¿a quién demonios se le ocurriría hacer algo así precisamente un domingo? Bueno, como agarre yo a alguien en mi propiedad, ya verá».


El señor Mills no estaba de humor para esa clase de bromas, y menos para estar subiendo y bajando escaleras todo el día.

La zona del ático era un espacio reducido y no había muchos rincones donde registrar, por lo que todo le pareció normal en esa parte del desván. Desde el tragaluz que había en la pared, tampoco veía niños jugando afuera en el jardín. Fue en ese instante que escuchó la voz de una mujer que parecía haberle susurrado algo al oído. Bernie se dio la vuelta, estaba perplejo, pues solo vio arrinconado el antiguo espejo de luna de su mujer, hasta que por segunda vez escuchó el eco de aquella voz. Intrigado por completo, dio entonces un tímido paso hacia adelante.


—¿Es tu voz… Eva, acaso eres tú, que me quieres hablar del más allá? ¿Estás aquí conmigo, amor? —dijo registrando con cautela detrás del espejo y buscándola con la mirada por todo el ático—. ¿Eres tú de verdad…? No me hagas estas cosas, vieja.


Bernie se aproximó para mirar de cerca a través de la manchada luna de cristal. Algo había visto, pero no era la imagen del ático con los viejos enseres que había a su espalda lo que apreciaba reflejado en el antiguo espejo, sino el umbral de una vivienda. Se dijo que el porche de aquella casa le parecía familiar, y por más que lo intentó, no supo reconocer a la familia que en ese momento entraba por el portal. A Bernie se le metió en la cabeza la absurda idea de que pudiera tratarse de unos inquilinos queriendo invadir su vivienda a la fuerza, o peor aún, tratando de apoderarse de ella. Tenía que bajar y hacerles una advertencia. Decirles en su cara que esta era su propiedad, el hogar de los esposos Mills y que no deseaba ser molestado por extraños. Pero al igual que cuando vio a Eva atrapada en medio de las llamas el día del accidente, tampoco esta vez pudo hacer nada por evitar que los nuevos residentes entraran a su vieja vivienda. Los chicos fueron los primeros en correr hacia la sala, seguidos por una joven mujer, tal vez se trataba de su propia madre. El sonido firme de los tacones fue más claro en esta ocasión.


—¡Esas voces de nuevo! —recordó Bernie—. ¡Seguramente son las mismas que escuché de los niños! Pero… ¿quiénes son esos extraños? ¿Qué demonios hacen viniendo a mi casa tan temprano? ¿Y por qué todos se ven tan felices? Yo no he invitado a nadie para una fiesta.


—¡Ann, cariño!, tu ve por la izquierda con los chicos a escoger las habitaciones.


—¿Ann, yo no conozco a ninguna Ann?


—¡Vaya vista que tiene! —dijo el nuevo inquilino, deteniéndose a mirar por el ventanal de la sala—. El vendedor tenía razón cuando hablamos la primera vez con él. Fue una verdadera suerte que nos haya encontrado esta.


—¡Si claro!, celada para mansos. Todos se valen de las mismas artimañas. Suerte es el que haya accedido a prestarnos las llaves antes de cerrar el contrato con nosotros, para que pudiéramos venir a revisar la casa la semana pasada —refutó su mujer.


—Bien, yo subiré un momento al ático para asegurarme de que todo esté en orden. No quiero llevarme otra sorpresa como la que tuvimos al rechazar la casa anterior.


—Muy bien Matt, querido, haz eso entonces —señaló Ann—. ¡Vamos niños, en fila india todos!


«¿Para asegurarse de qué todo esté en orden? —dijo Bernie acercándose aún más al espejo—. ¡Por Dios! ¿Qué significa todo esto? ¿Matt, Ann, quiénes se supone que son ellos…?».


El solo hecho de haber escuchado toda aquella retahíla de presunciones terminó enfureciendo al señor Mills, quien al borde de la desesperación comenzó a estremecer el espejo de forma frenética.


—¿¡Qué significa todo esto, díganme!? En primer lugar, ¿quiénes rayos son ustedes y quién los autorizó para invadir mi casa? —gritó aterrorizado—. ¡Vamos, los quiero fuera de mi propiedad ya!


De nuevo, los ecos apagados de una voz que gritaba y que parecía venir desde arriba atrajeron al inquilino e hicieron que subiera las escaleras de forma apresurada. Una vez que llegó al piso de arriba, el hombre dobló rápidamente a mano derecha y corrió hasta el fondo del corredor. A Matt le pareció muy raro que la puerta estuviese abierta, puesto que la vez anterior cuando vinieron a recoger las llaves se aseguró de haberla dejado bien cerrada. Giró el pomo varias veces en ambos sentidos, pero advirtió que no había señales de haber sido forzada. Apenas empujó la puerta hacia adentro, notó enseguida un débil reflejo de luz en el piso y terminó pasando al interior de la buhardilla.


«Mmmm... qué extraño, no recuerdo haber dejado la luz encendida, a menos que los niños…. A no ser que el vendedor también haya estado por aquí inspeccionando la vivienda —murmuró Matt, echando un vistazo por el lugar—. Me pregunto de dónde habrá venido esa voz».


»Tal vez solo fue una corriente de aire que se coló desde afuera. ¡Rayos! no me había percatado de lo lleno que estuviera el recinto, hay demasiadas cosas. Bueno, supongo que no son más que trastos inservibles de sus antiguos dueños. Más tarde vendré a revisar y veremos si hay algo para tirar a la basura.


«¿A la basura? ¿Piensa tirar nuestras cosas a la basura? —se preguntó Bernie—. ¿Quién te estás creyendo que eres para disponer de nuestros enseres?, eso lo decido yo».


En ese momento, estando a punto de apagar la luz, unos débiles retumbos que procedían del otro lado del espejo alertaron una vez más al nuevo propietario.


—¡Eh!... ¿Quién diablos anda allí escondido? —preguntó en voz alta, haciendo un examen rápido por el desván—. Es mejor que salga de una buena vez amigo, o tendré que llamar a la policía. No toleraré que ningún niño intruso esté usando mi ático para jugar a las escondidas.


«¿Cómo puedes decir que este es tu ático? Aquí el único intruso eres tú», dijo Bernie sacudiendo el espejo de nuevo.


Pero el nuevo residente no parecía estar muy convencido de que aquellos frágiles martilleos estuvieran viniendo del otro extremo del ático, sino del interior del mismo espejo. Al aproximarse para examinar y ver de cerca aquella vieja luna de vidrio, cubierta completamente de polvo, por un momento creyó haber distinguido una sombra mirando también desde el otro lado y que golpeaba enfurecida la superficie oxidada del cristal.


—Pero ¡¿qué demonios?! —dijo el inquilino apartándose con violencia del marco y buscando todo confundido a sus espaldas como si fuera el reflejo de otra persona a la que hubiera visto detrás suyo—. ¿¡Qué diablos significa...!? Esto no puede estar ocurriendo. ¿Cómo puede haber alguien allí adentro?


Matt se había puesto pálido como una hoja de papel, pero en ese momento, el grito súbito y sorpresivo de su esposa desde la habitación principal lo hizo recapacitar. Por un instante trató de dominar la situación y se contuvo con firmeza, sin embargo, rió nervioso y tragó con dificultad algo de saliva seca. Pensó dos veces antes de tomar una decisión apresurada. Persuadiéndose entonces de que nada de lo que había visto podía ser real, sin quitar la mirada del espejo por un segundo y con la respiración entrecortada, el hombre fue retrocediendo con lentitud hasta la puerta para luego salir disparado hacia el corredor.


—¡Ann querida, Ann! —exclamó Matt algo más controlado, al tiempo que bajaba por las escaleras urgido de hablar con su mujer—. ¿Puedes creerlo?, acabo de ver a una persona al otro lado del...


—¿Por qué bajas corriendo así papi, viste un fantasma en el ático? —rió la mayor de las niñas.


—Es que pensé… Olvida eso que dije hija, debe ser por la emoción del viaje.


—Claro papi, la emoción del viaje —ironizó de nuevo—. Creo que mami te llama.


—¡Papi, papi! ¡Afuera hay una casita para perros! ¡Queremos que nos compres un perrito! —gritaron los más chicos desde el porche.

—Ann, creo que debes subir conmigo y ver esto.


Pero Ann estaba demasiado pálida como para darle importancia a lo que su marido tenía que decirle.


—Un extraño estuvo sentado aquí —dijo señalando la cama.


—Sí, ya veo, en la cama. ¡Mira!, vengo del ático y acabo de… ¿Qué quieres decir con que un ex…traño estuvo…? —balbuceó intrigado, colocando la mano donde la tenía su mujer—. ¿A qué… te refieres, querida?


Daba la impresión de que ninguno de los dos había estado prestándose atención.


—Pues a eso mismo, y que no solo debió alguien estar sentado por horas en esta esquina de la cama, me atrevería a jurar que también durmió toda la noche en ella —aseguró la mujer, mirando con sobresalto las sábanas—. La almohada aún está tibia.


—¡Ann, pero ¿qué dices?!


—Esto no me está gustando nada, Matt. Te digo que alguien estuvo durmiendo anoche en esta cama y no hemos sido nosotros.

Matt observó la cama y luego vio a su mujer de reojo.


—Claro, es solo una broma —sonrió a medias—… ¿No es así? Pero ¿qué disparates estás diciendo, mujer?, esta casa debe tener por lo menos tres meses abandonada. Sus antiguos dueños fueron los últimos en habitarla.


—¿Y eso que tiene que ver con lo que te estoy diciendo? Bien pudieron haber vuelto y entrado a buscar algunas de sus pertenencias. La vez anterior que vinimos dijiste que en el ático había algunos enseres tapados con sábanas.


Matt negó varias veces con una leve oscilación de cabeza.


—La verdad, Ann, es que no quise decir nada para no asustar a los niños, pero, el vendedor me dijo en las oficinas de la ciudad que ambos perecieron en un accidente —tartamudeó Matt. Hablaba confuso y algo nervioso, como buscando relacionar lo que decía su mujer con lo que creía haber visto arriba en el desván.


»Ocurrió no muy lejos de aquí, al parecer cayeron al fondo de un precipicio justo cuando tomaban una curva. Es por ello que esperaba que subieras conmigo un momento al desván.


—¡Yo no pienso subir a ninguna parte, y tampoco estoy loca! Te aseguro que alguien durmió anoche en esta cama —gritó molesta.


En ese preciso momento, cuando ambos discutían, Matt y Ann fueron testigos de unos murmullos, murmullos que al principio se escucharon débiles, pero luego se transformaron en porrazos escalofriantes, algo parecidos a un mueble dando tumbos o tratando de moverse por sí solo y que daban la impresión de venir desde el ático.


—¡¿Matt, los niños, por Dios?! —masculló Ann con la voz trémula—. ¡Haz algo!


—¡Calla un momento! ¿Escuchaste lo mismo que yo…?


Paralizados repentinamente por una sensación indescriptible de pánico, los inquilinos recién llegados enmudecieron y no hicieron más que mirarse a la cara unos instantes. Enseguida sobrevino un silencio, un largo silencio, frío y sepulcral. Fue entonces, cuando menos se lo esperaban, que escucharon un estallido ensordecedor, un estallido como el de un enorme espejo que acababa de hacerse añicos y que terminó helándoles la sangre...

10 de Junio de 2021 a las 01:03 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Conoce al autor

Jorge B. Mahoney Geólogo. Autor de "RELATOS SOBRE LO INESPERADO", "EL MENSAJERO" "EL FANTASMA DE LAS NIEVES "(en revisión) "TRILOGÍA DEL TIEMPO" (en revisión) "SAGA ÉPICA" (borrador en revisión)

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