blis Daniel Redondo

El comienzo del universo abre la puerta a una inmensa cantidad de secretos, aunque los dioses tampoco lo saben todo. El espacio, el tiempo, la vida y la muerte tratan de planificar el futuro de la Tierra cuando un gran accidente lo arruina todo. Ahora, la vida y la muerte viven en el exilio, atormentadas por un pasado que no pueden recordar, pero que sí pueden sentir. La aparición de una nueva persona en la isla lo cambiará todo mientras una estela de culpa y dolor enreda las vidas de los dioses. Más información en: https://www.instagram.com/blis_etereas/


Fantasía No para niños menores de 13. © Patrimoniales y morales

#drama #Etereas #Vivirmuerto #culpa
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Muerte

En una isla, dos energías desconocidas sufren: la vida y la muerte. Estos dos seres son borrones en la historia, manchas del pasado. En una era muy lejana, eran dioses, en una época que no era época. Más allá de la creación del espacio y del tiempo, cuando nada existía: todo era negro, solo había un... vacío.

«No recuerdo exactamente los detalles de mi creación, solo una sensación cálida en un espacio pequeño. Estaba desnudo, flotando en ese habitáculo esférico; de repente, un orbe de varios colores iluminó mi vida. Azules brillantes y cálidos rosados llenaban el lugar de ilusión. Podía escuchar unos susurros muy sutiles y gentiles. Entonces, sentí frío y comencé a vivir. Desperté en un lugar algo extraño, aunque en aquel momento todo era misterioso; apenas sabía nada, solo lo que aquella voz me transmitió: mi función y mi nombre».

«El primer dios en existir fue Tiempo, su primer hechizo se realizó con su nacimiento: creó una línea temporal donde podríamos colocar todas nuestras hazañas y las de nuestro proyecto. Tiempo es estricto y firme en sus convicciones, quizá demasiado firme. No sé cómo un color tan tranquilo como el rosa de su pelo, sus ojos y su traje pueden intimidar tanto, supongo que es su mirada la que hace todo el trabajo. En lo que a él respecta, prefiero actuar con cautela, sobre todo cuando se enfada».

«Una vez su labor se había llevado a cabo, nació Espacio. Al igual que Tiempo, su nacimiento impulsó la realización de su primer hechizo, que creó una dimensión en la que poder llevar a cabo nuestra misión. Admiro a Espacio: su actitud calmada, pero firme; y su esbelta figura resaltada por su traje azul, que combina con su pelo y sus ojos, del mismo color. Además, hay que destacar su calidez y cercanía, es una persona en la que puedo confiar».

«Luego está Vida, fue creado al mismo tiempo que yo, así que es con quien mejor me llevo. El blanco destaca en su toga y cabello, pero su capa y sus ojos emplean tonalidades grisáceas. Siempre está de buen humor y creo que va a ser el más involucrado en el proyecto. Aunque nuestras creaciones fueron casi inmediatas, siento que hay un vacío entre los dos mayores y nosotros dos».

«Finalmente estoy yo, aunque mi toga negra y el representar a la muerte puedan llegar a intimidar, no soy mala persona, creo. Espacio y Tiempo se burlan diciendo que soy hiperactivo, pero solo soy energético; también soy algo tímido, pero muy sociable a la vez… aunque depende del día. Me cuesta reconocer que puedo llegar a ser un poco envidioso y bastante despreocupado, pero no soy problemático».

Tenían entre sus manos el poder de crear vida de la nada, arrebatarla, controlar el flujo del tiempo y manipular el espacio; sin embargo, eran jóvenes y necesitaban entrenamiento. Los cuatro aprendices entrenaron y debatieron en profundidad sobre su cometido en la misión que tenían entre manos: crear un mundo. Esta era fue conocida como el Prólogo Sagrado. Para llevar a cabo sus labores crearon un lugar donde vivirían: ‘Oslem’.

Tiempo y Espacio avanzaron rápidamente, lo suficiente como para crear un universo en el que crear vida y una línea temporal que al fin podía avanzar. Su proyecto progresaba adecuadamente, pero por desgracia, a este plan le faltaban dos miembros; tanto Vida como Muerte se quedaron atrás en el entrenamiento y no podían controlar sus poderes. A pesar de esto, intentaron hacer su trabajo.

Espacio creó una gran bola de fuego y la llamó ‘Sol’; también creó varios planetas y eligieron uno para crear vida: ‘la Tierra’. Era un mero experimento, pero se convertiría en el planeta más vivo del universo. Espacio asistió a vida en la creación de agua, bosques, una atmósfera respirable, etc. El planeta estaba terminado, Vida no podía crear nada más avanzado que un puñado de plantas, pero al menos esto fue sencillo. Llenaron el planeta de dispositivos de observación que les permitirían vigilar a las criaturas que fuesen a crear: eran unos artefactos con forma de rombo llamados ‘estrellas’. Colocaron muchas rodeando todo el planeta, además de en su interior, ocultas entre arbustos, árboles, cuevas… No habría un solo detalle que se les escapase.

...

Oslem era un palacio flotante en la atmósfera de la Tierra, una especie de torre que iba descendiendo hasta acabar casi en punta. En el piso superior se situaba un patio rectangular cubierto de césped, alrededor del cual se establecían el resto de estancias: una sala de reuniones, una sala de control que contaba con un sistema de vigilancia que les permitía observarlo todo; una sala de descanso y otra de experimentación, donde se podrían crear criaturas en un ambiente seguro para comprobar su compatibilidad y futura inclusión en el ambiente. Rodeando el patio, se disponía un pasillo exterior cubierto.

Entre la sala de reuniones y la sala de control estaba la entrada a unas escaleras, que bajaban rodeando la torre y dando, desde lejos, la impresión de una concha turritella. Cada cierta distancia. En los dos últimos pisos, había una puerta que daba a un pasillo con dos puertas de habitaciones. El penúltimo pertenecía a Vida y a Muerte, mientras que el último a Tiempo y Espacio.

Nada más nacer, los dioses fueron recibiendo información en sus cabezas, como recuerdos de cosas que nunca habían aprendido. Desconocían el origen de esta información, ignoraban la razón o el funcionamiento de sus creaciones; se hacían mil preguntas que no iban a ser contestadas. Un enorme velo cubría sus vidas, había algo que no tenía sentido. Entre estos “recuerdos” se encontraba la idea de que no iban a ser los únicos dioses, de que tenían que prepararse para el resto.

En aquel momento, no podían prever la cantidad de dioses que habría, lo que llevaría a futuras remodelaciones. Oslem había sido fabricado con un material parecido al mármol pulido en el tacto, pero con un tono azulado oscuro con brillos y toques morados. Estaba diseñado para fundirse con el espacio, cumpliendo ese rol a la perfección.

Tras terminar de crear Oslem, los dioses se reunieron en el patio. Los cuatro se tiraron al césped y, mirando a las estrellas, Tiempo preguntó: «¿No creéis que esto es muy raro? Es decir, acabamos de ser creados y ya estamos trabajando, se supone que los comienzos son lentos, ¿no?». A esa reflexión, Espacio añadió su punto de vista: «¿Y cómo es que sabemos cómo son los comienzos? ¡Nadie nos lo ha enseñado! Siento que tenemos todo muy claro, pese a haber sido creados ahora. Estamos creándolo todo desde cero, pero no tenemos problema hablando o pensando. Esto no es posible, tenemos un universo entero de posibilidades y en vez de conocernos a nosotros mismos estamos aquí, siguiendo un plan que ni siquiera hemos trazado. Aunque ha salido de nuestras bocas, no siento ningún control sobre el devenir del futuro. Quizá deberíamos parar y pensar mejor lo que queremos hacer con este proyecto. ¿Quiénes somos? Apenas nos conocemos».

—Esperad —dijo Vida—, ahora no sabemos casi nada, no podemos pensar qué es bueno para el futuro porque no hemos tenido un pasado. Sin experiencia no podremos saber qué es bueno y qué es malo. —Vida parecía decidido a intentar llevar a cabo la misión Entonces se dirigió a Espacio—. Una vez hechos varios intentos, puede que sepamos lo que funciona y lo que no, no sirve de nada cuestionarnos nuestra existencia si no tenemos información. ¡Solo míranos! ¿A quién le vas a preguntar? Todos sabemos lo mismo que tú.

Mientras los demás exponían sus puntos, Vida agarraba la tela de su toga con fuerza: se sentía nervioso estando frente a Espacio y Tiempo. En sus ratos libres se reunía con Muerte para poder evitarlos, no por odio, sino por vergüenza. Los veía como seres superiores frente a los cuales sus pensamientos se paseaban desnudos.

—Quizá tengas razón —respondió Espacio, no muy convencido—, aunque comprende mis cavilaciones, tenemos todos estos pensamientos, planes e ideas; una determinación que no sabemos de dónde procede y un lenguaje para comunicarnos. ¿Me estáis escuchando? ¡Un lenguaje! ¿Cómo es posible que yo sepa eso? ¿Cómo sé lo que es un lenguaje siquiera? ¿Y cómo sé que no tendríamos que saber esto? ¡Quizá sea normal venir a la existencia sabiendo cosas! Pero no sabemos nada, ¡porque somos los primeros seres en existir! O quizá no, podría ser que haya otros dioses y que estén muy lejos. ‘Dioses’, otro concepto que no sé de dónde proviene.

Espacio estaba lleno de dudas, a su miedo se sumaba la posibilidad de que nunca fuese a hallar respuestas.

—Espacio —Muerte comenzó—, no sé absolutamente nada de este universo, de nosotros o de nuestro objetivo, pero lo que sí sé con seguridad es que no te vas a hacer ningún bien con esas preguntas. Estás agobiado, pero puedes ahogarte con todas esas preguntas complejas o puedes tratar de avanzar. Si no haces nada más que reflexionar, pensarás que no estás haciendo nada y eso te hará sentir peor. Como puedes ver, no hay nadie que pueda resolver esas incógnitas, pero quizá venga en el futuro. Y cuando ese momento llegue, lo mejor que podrás haber hecho es haberte mantenido ocupado para que el tiempo pase rápido. Lo único que te espera al final de ese camino es ahogarte en tus pensamientos y quedarte petrificado durante mucho tiempo. A veces lo mejor es hacer cosas y luego hacer más cosas, hasta que más adelante, tu futuro se presente alto y claro. Y antes de que me preguntes que de dónde he sacado este conocimiento, anímate y haz algo. Trata de no pensar en ello, si no encuentras la solución, ya te encontrará ella a ti.

Espacio se había quedado plasmado ante el consejo de Muerte, sus dudas se quedaron en segundo plano y pudo pensar en el futuro. Todos consideraban a Muerte como el más torpe y despreocupado, no se habrían esperado algo así. Lo único que Espacio pudo pronunciar fue: «Gracias, Muerte». La sonrisa de Espacio se estableció como una de las prioridades en Oslem, todos los allí presentes se quedaron maravillados ante la luz que irradiaba su felicidad. Cuando Espacio era feliz, todos eran felices. Nadie quería verlo triste o desanimado.

A lo largo de la semana, Vida y Muerte duplicaron sus esfuerzos para alcanzar a sus hermanos. Tras 5 días de trabajo, Vida se creía casi preparado. Se acercó al pequeño mirador que había entre la sala de descanso y la de experimentación Mirando al firmamento y con una voluntad férrea, se posicionó con las piernas ligeramente abiertas. Su respiración estaba agitada, pues era consciente de lo titánica que era esta tarea. Una suave brisa hacía bailar sus prendas y sus albinos cabellos. Extendió sus manos y exclamó: «¡Pyr-Bios!». Un círculo mágico de color verde se extendió bajo sus pies, la tierra empezó a temblar, ondas de energía comenzaron a fluir alrededor del círculo y luz emanó del suelo. En un instante, las partículas de luz se convirtieron en un rayo ascendente que, trazando un arco, llegó hasta la Tierra. Del suelo emergieron unos seres bípedos y algo deformes: eran los actos de un dios puro, sin planes ni ideas. Esas criaturas no eran más que la voluntad de vivir de su progenitor. A estos primeros seres los llamarían ‘ánzropos’. Al darse la vuelta, se percató de que el césped del patio había crecido. Muerte lo miraba atónito y Vida se sonrojó, no pretendía hacerlo todavía, pero lo consiguió.

La Tierra por fin se convirtió en una fuente de vida y los dioses estaban eufóricos. Muerte corrió a felicitar a Vida tras su sorpresa inicial. Aunque no controlaba sus poderes, Vida pudo cumplir su misión. Los dos dioses más jóvenes estaban en el mismo nivel, por lo que este acontecimiento le dio esperanza a Muerte. Espacio estaba muy ilusionado, comenzó a pensar en la educación de los ánzropos, en cómo de lejos querían y debían enseñarles. Entonces se dio cuenta, su cabeza se estaba llenando de ideas, pero de una forma diferente: estas sí eran sus ideas, podía sentirlo, ahora era él el que tomaba decisiones. Por primera vez sentía verdadero entusiasmo, ganas y dudas. Había un mar de posibilidades y quería explorarlas todas.

En ese momento de alegría, Muerte empezó a retorcerse de dolor, su cuerpo expulsó unas partículas negras de energía que flotaban en el ambiente, como esporas. Una voz en su interior le animaba a aguantar y a mantenerlas dentro; no sabía lo que era, pero tenía claro que quería salir de su cuerpo. Los dioses trataron de ayudarlo, pero estaban desconcertados. Pasados unos segundos, no pudo más y la energía negra salió disparada en forma de esfera, una onda que surgía de su cuerpo y formaba un campo efímero a su alrededor. Los dioses no tenían clara su función, entonces Vida exclamó: «¡Mirad al patio!». La onda de energía había cubierto todo el primer piso de Oslem y, como resultado, el césped se vio afectado. Ahora era marrón y no poseía el brillo de antes. Un escalofrío recorrió los cuerpos de los dioses: esa era la muerte. Aunque tenían claro lo que significaba, no la habían visto en persona y menos experimentado. Espacio y Tiempo estaban sorprendidos, Muerte había expulsado la energía que buscaban: el éxito estaba cerca.

Apenas habían creado a las primeras formas de vida, pero ya estaban pensando en su final. Sus rostros albergaban una profunda emoción por el futuro, hasta que Muerte les paró, señalando a Vida. Ahí no solo contemplaron la muerte, también descubrieron sus consecuencias. Vida, sin tener claro el porqué, estaba llorando. No se había percatado de ello hasta que Muerte le señaló. Con su mano derecha se secó las lágrimas, no se sentía mal, solo eran un par de lágrimas.

—No pasa nada, no sé porqué estoy llorando, solo es hierba —aseguró Vida rápidamente—. En fin, me alegro por ti, Muerte. ¡Lo has conseguido! O casi, pero no te preocupes, te falta poco.

—¿Estás seguro de que estás bien? —preguntó Muerte, que presentaba otro sentimiento nuevo: la culpa. Aunque no era consciente, su interior estaba pensando en lo que su felicidad y satisfacción podía costarle a otros, al fin y al cabo, su función sería acabar con el trabajo de Vida por toda la eternidad.

—No te preocupes, solo ha sido un momento. No puedo negar mi conexión con las formas de vida —dijo Vida con una sonrisa no muy convincente—, pero seguro que es la sorpresa, pronto podrá ocurrir sin que siente nada —él también estaba preocupado por Muerte. Sólo fue culpa de la mala suerte, que les entregó papeles antagónicos en la obra de la creación.

—Vida, tenemos que asegurarnos de que esto no te va a afectar —remarcó Tiempo—, ¿qué pasará cuando una cría de los ánzropos muera? La reproducción será un medio de mantener a la especie viva de cara a su mortalidad, pero creando lazos afectivos por el camino. ¿Estás seguro de que esos lazos no te influenciarán?

—No os preocupéis, en serio, no me interpondré en el proyecto. Además, siempre podemos hacerlos inmortales, ¿verdad? —el silencio se hizo en la sala mientras los demás se miraban entre sí—. ¡Es broma! ¡Sólo bromeaba! —dijo Vida riéndose incómodamente.

—Bueno, me alegro de que ambos hayáis progresado tanto —les felicitó Espacio—. Aunque espero que dejéis al patio en paz la próxima vez. Vida, ya tienes tarea, no podemos dejarlo tan demacrado.

Los dioses mayores se apartaron a una esquina. Tiempo se acercó a Espacio y le susurró al oído: «Si esto se vuelve un problema, podríamos usarlo». Espacio negó con la cabeza, argumentando que, por el momento, no era necesario. Debido al cansancio de estrenar su magia, Vida decidió retirarse a su habitación, dispuesto a acabar con ese día. A la mañana siguiente, Muerte se dirigió a Vida:

—¿Estás mejor?

—Ya te dije que no fue nada, no tenéis de qué preocuparos.

—Me refiero a lo de tus poderes, ¿ya se te ha pasado el cansancio?

—Ah, eso. Sí, sí, estoy mucho mejor. Voy a la sala de reuniones: mientras tú entrenas, nosotros vamos a planificar las pruebas de los ánzropos.

—Diles que ya tengo un nombre para nuestro idioma: ‘el Iasodia’. ¿Qué te parece?

—Me gusta, se lo diré ahora.

—Gracias.

Viendo cómo se alejaba Vida, Muerte no podía ocultar su preocupación. Se decía a sí mismo que no era nada, que no debía darle importancia, pero había algo que no le permitía descansar.

Tras dos días de planificación poco productivos por las constantes discusiones y puntos de vista, los dioses decidieron tomarse un descanso; el ambiente de agotamiento apretaba sus cabezas y no les permitía pensar con claridad. Habían estado trabajando a base de descansos de menos de media hora, es por ello que Vida, motivada por el bienestar de los ánzropos, decidió anteponer la calidad a la velocidad. Estos dos días habían eliminado cualquier incomodidad que pudiese haber entre Vida y Muerte, se les veía más unidos.

El descanso finalmente duró 24 horas, en las que Muerte presentó a Vida sus avances con la magia. Estuvieron toda la tarde riendo, con parones ocasionales provocados por luces y ruidos provenientes del cuarto de Tiempo; aunque cada vez que bajaban a mirar se encontraban con una excusa de Espacio, que aunque parecía esconder algo, consiguió convencerlos.

Más tarde, mientras Muerte entrenaba, Vida se tumbó en el césped y cerró los ojos. Ningún pensamiento rondaba su mente, solo el silencio. Cuando quiso darse cuenta, ya habían pasado dos horas y se sentía mucho más recuperado. «Estabas respirando de una manera extraña, más profunda. No estabas aquí, o al menos tu alma se había alejado», le comentó Muerte. Sin haberlo planeado, habían descubierto el acto de dormir. Este se convirtió en el primer punto de la siguiente reunión, siendo aprobado al instante: era un mecanismo perfecto para que los seres vivos recuperasen energías. La rotación de la Tierra alrededor del Sol provocaba unos ciclos de luz en el planeta, que ahora ya tenían una función. También crearon a la ‘Luna’, un cuerpo que serviría para llenar el vacío del cielo nocturno, que según Muerte era demasiado simple. Los dioses no necesitaban dormir, y a Tiempo le parecía una pérdida de tiempo —redundancia que suscitó burlas entre los dioses—. Aquel día libre pasaría a conocerse como ‘domingo’.

Estos días de planificación, que se extendieron por tres jornadas más debido a las nuevas aportaciones de Muerte, endurecieron ligeramente el carácter de Tiempo, que ya presentaba signos de cansancio mental —aunque seguía rechazando la siesta—. Muerte se presentó en medio de una reunión con una idea: todos los fallidos intentos de realizar un hechizo se produjeron por la falta de voluntad, no sabía qué era lo que querían de él, y aparentemente los otros tampoco. Aunque habían reflexionado bastante, aún no habían discutido en qué consistiría la Muerte. Este tema se llevó el protagonismo de las reuniones, dejando las otras tareas y problemas sin solución. Sin embargo, discutiendo las condiciones de la Muerte, surgieron numerosos conceptos cruciales que les ayudaron a avanzar, como la importancia de la alimentación, la hidratación, las temperaturas y la respiración.

Vida no mostró mucho entusiasmo y su participación fue mínima; los otros dioses lo notaron y, a pesar de que no se lo comentaron directamente, sí que tuvieron alguna que otra charla en privado lejos de los dos más jóvenes. Tiempo y Espacio mantuvieron a Muerte al margen de estas intervenciones, pues sabían que tenía un lazo más fuerte con Vida y contar con él sería extraño. Adicionalmente, el secreto que compartían era razón de más para mantener alejados al dúo de la mortalidad. Lo que hicieron el domingo en la habitación de Tiempo ya había llamado bastante la atención, pero ahora las sospechas de Muerte iban en aumento y les costaba cada vez más mantener la compostura.

Había llegado el jueves y este fue el día en el que delimitaron las normas. Estas seguían la línea de: «si pasan X días sin alimentos, el ánzropo muere», «si pasan X días sin beber, el ánzropo se muere», «si X órganos son dañados, el ánzropo muere»... Vida se limitó a aprobarlas, pero no parecía muy contento.

«No quiero hacer esto. Les prometí que no me importaría, ¿pero acaso lo puedo cumplir? ¡Soy la vida! Es mi responsabilidad y mi identidad el permitir que los seres puedan existir. Si todo lo que creo está determinado a desaparecer, ¿para qué trabajo?», pensaba él mientras todos en la sala hablaban entusiasmados, compartiendo una gran cantidad de propuestas con fluidez. No había bloqueos creativos y las ideas adecuadas aparecían en sus mentes a la primera. Vida se limitó a esperar y contemplar como toda su descendencia caminaba hacia su inevitable final. Un destino inalterable que permanecería así para toda la eternidad: millones de almas elevarían sus manos hacia el cielo tratando de alcanzar lo divino en honor a la vida, el regalo por el que existían y que se les arrebataría poco después.

Esa misma tarde y con un objetivo claro en el horizonte, Muerte siguió practicando; aunque ahora con diversos movimientos y una nueva mentalidad. Antes pensaba en lanzar su energía al planeta, pero con los nuevos planes en mente, pensó que sería mejor crear un campo de energía en el que se establecieran las normas. Solo le llevó unas pocas horas, pero cuando creía tenerlo listo, llamó al resto de dioses. Entonces, con todos mirando, liberó su poder de forma positiva. Ya no era negra y no se parecía a la vez anterior: presentaba una tonalidad morada que acariciaba la vista con gracilidad y presencia, sin resultar deslumbrante. Con las palabras «¡Nomos-Zanaos!», los ojos de los dioses se abrieron de par en par, al mismo tiempo que las luces bailaban alrededor del planeta: formando una gran figura que rodeó a la Tierra, como si se tratara de un abrazo. De cerca, se podían leer las diversas leyes que se habían aprobado: «Un ser muerto no puede revivir», «Los dioses no se ven afectados por estas reglas», «Las plantas también pueden morir»…

Vida no sintió nada negativo esta vez. «Me llama, este aura es muy distinta al de la otra vez. Es cálida, una luz que me acompaña por toda una existencia hacia mi destino. Un adiós tras un gran día de celebraciones. ¿Por qué estoy llorando? Esta vez no es triste. No, sí lo es. Estoy dejando todo atrás, a pesar de mi corta existencia, no quiero irme todavía. No quiero, no puedo, ¡no debo!». Lo que había a su alrededor desaparecía, arrastrado por las arenas del tiempo mientras la oscuridad lo rodeaba. Su corazón albergaba miedo, incluso terror. En medio de las más oscuras tinieblas había una llama púrpura que bailaba al son de unos susurros indescifrables. «Este es el fin, no noto nada más allá de este calor», el frío proveniente del más allá hizo tiritar a Vida. La brisa que propiciaba el descenso de su temperatura corporal se convirtió en un vendaval. El corazón de Vida pegó un brinco, obligándole a saltar hacia atrás, como por instinto.

Los dioses estaban centrados en el hechizo y no se fijaron en él. Al comprender que seguía ahí y que todo había sido una ilusión, se levantó y recobró la compostura. Tembloroso, su cuerpo seguía cautivado por el hechizo de la muerte. Levantó su brazo derecho y un sutil destello verde brotó de su palma. Vida no era consciente de lo que estaba haciendo, su cuerpo estaba actuando por supervivencia: «¿Cómo voy a entregar a mis creaciones a esa llama? ¡No puedo! Mi responsabilidad es crearlos, asegurarme de que viven. No puedo permitir que mueran y seguir llamándome el dios de la vida. Pero entonces Muerte no tendría función…». La mirada de Vida estaba perdida, su mente recorría la totalidad del planeta y su cuerpo se preparaba para realizar algo de lo que se arrepentiría, su propia esencia trataba de destruir a la muerte sin contemplaciones.

«¡No!», exclamó Vida en su cabeza, volviendo a la realidad. Canceló lo que fuese que iba a hacer y, por suerte, nadie se percató. El brillo morado seguía iluminando el cielo, inspirando la creatividad del resto de dioses. Espacio tuvo la visión de un cielo lleno de estrellas, muchas más de las que tenían. Cientos de colores iluminarían la inmensidad del espacio gracias a la labor de un nuevo dios. Tiempo solo podía pensar en las miles de normas aún por crear, tenían un arduo trabajo por delante. Muerte solo podía concentrarse en finalizar su espectáculo, luego ya tendría tiempo para planes. Frente a ellos, el futuro resplandecía con fuerza; Vida era la excepción.

En un hechizo, los sentimientos de la persona que lo realiza se marcan perfectamente, pues son una plegaria que produce milagros. Muerte tuvo el suficiente tiempo como para conseguir crear un hechizo que evocara felicidad y no tristeza, sin importar lo que llegara a hacer. Sin embargo, Vida no era inmune, pues su propia naturaleza contradecía a la del hechizo. La luz desapareció del planeta: el hechizo ya surtía efecto. Tiempo y Espacio se fijaron atentamente en Vida, que pareció responder de una manera positiva ahora que ya se había recompuesto del susto inicial. Se esmeraba en ocultar sus preocupaciones, consiguiendo eludir a sus superiores. «Al final no nos va a hacer falta», le susurró Espacio a su contraparte. Estas palabras animaron a Tiempo y lo empujaron a anunciar algo: «Vida, Muerte, habéis despejado todas mis dudas; creo que ya es hora de dar el paso y revelaros esto». Tiempo bajó las escaleras en dirección a su cuarto y, mientras estuvo ausente, Vida se acercó a Muerte.

—Me alegro mucho de que lo hayas conseguido, al final eras más capaz que yo; lo único que te faltaba eran instrucciones más claras, siento que no te las diéramos. —Vida mostraba un brillo esperanzado en sus ojos que eliminaron cualquier miedo de Muerte, quién, en ese momento, se sentía completamente feliz y optimista.

Cada vez que Vida se forzaba a sonreír para él, más sufría por dentro. Vivía en un sistema en el que sus sentimientos y preocupaciones no cabían, en el que debía crear para destruir. Y aún así, conseguía engañar al más inocente de los dioses, aunque no fuese difícil.

—No sabes lo importante que es esto para mí, estos últimos días he estado un poco inestable: he tenido bastantes explosiones, como la del otro día. No puedo emocionarme sin que eso ocurra, ya sea por felicidad o por tristeza. No sé cuánto tardaré en solucionarlo, pero ver como avanzo por fin, me ha animado bastante.

—No lo sabía. ¿Cuándo ha ocurrido?

—Me ocultaba para que no me vieseis, pero ya no es un problema, o eso espero. Si puedo hacer esto, seguro que puedo controlar unas explosiones pequeñitas —realizó una breve pausa para abrirse a su amigo, confiaba en él y tenía que serle sincero—. Pensé que quizá no valía y en el fondo lo único que me importaba era dañarte, si esto te hubiera afectado, habría sido yo quién hubiese saltado del proyecto. No quiero que te enfades conmigo y me importas más que todo esto.

—Eso es maravilloso, pero ya te dije que no tenías que preocuparte por mí, yo lo superaría y podríamos seguir adelante, así que… —Tiempo interrumpió lo que Vida estaba diciendo y pidió silencio.

—Bien, hace unos días notasteis ciertas cosas extrañas que provenían de mi habitación. Se trata de un proyecto en el que Espacio y yo hemos trabajado duro. Es algo que nos va a ayudar en la misión y que va a ser interesante de cara al futuro. No lo quise revelar porque temía que vuestros impulsos fueran a llevaros a cometer un error muy grave —Tiempo confiaba en ellos dos y creía que estaban preparados, lo cual era raro en él.

Por primera vez desde el comienzo, Tiempo se mostraba más confiado y cálido: la distancia entre él y los dos jóvenes se estaba reduciendo. Detrás de esa fachada seria, se escondía una persona desconfiada, sencilla e insegura. Se entregaba al máximo en sus tareas porque quería probar que era eficiente. Con cada intervención, su corazón se aceleraba sutilmente, temiendo que los demás fuesen a descubrir su verdadero rostro. No quería defraudar a nadie, pero se negaba a demostrar que eso le preocupaba: solo quería ser útil. Desconocía de dónde provenía su necesidad de aprobación, pero no podía deshacerse de ella.

Aquel misterio que Espacio y Tiempo habían guardado, se convertiría en la primera sorpresa de la historia. Tanto Vida como Muerte estaban deseando descubrir la verdad y estaban emocionados. Al no haber crecido en sociedad, los dioses eran similares a los infantes en ciertos aspectos. Tiempo sacó una pequeña bola arcoiris de su bolsillo y la posicionó en el balcón que da a la Tierra, se aseguró de ponerla en el lugar del suelo en el que el dibujo confluía. Tiempo era muy perfeccionista y quería asegurarse de que quedaba bien. Con la pronunciación de las palabras «Amplius-Tempus», la esfera se abrió, revelando un extraño objeto que comenzó a aumentar de tamaño: resultó ser un arco de herradura de unos 3 metros de alto y 2 metros de ancho. La parte del centro comenzó a brillar, proyectando la imagen de la Tierra, pero desde una posición más lejana de la que separaba al planeta de Oslem, como si se tratase de una fotografía. Desde aquel balcón, se podía contemplar la mitad del planeta; sin embargo, el objeto mostraba la visión completa del lugar.

—Esto es un portal —dijo Tiempo—, nos permitirá viajar en persona a cualquier lugar del planeta para estudiar a los ánzropos desde cerca. No quise revelároslo ya que temía que fuerais a usarlo, pensé que seríais demasiado inestables, que podríais arruinarlo todo. Pero supongo que me equivocaba y que os estaba infravalorando. Admito que os veía poco capacitados para esta tarea, pero será un honor trabajar a vuestro lado como iguales. Me disculpo por veros de esa forma.

—Entiendo tu preocupación —admitió Muerte—, quizá sí que tenías motivos para desconfiar, pero eso ya es asunto pasado. ¿Podemos usarlo ahora? —sus ojos no mentían, ahora el portal lo era todo en su vida. No pararía hasta poder estrenarlo, era su juguete nuevo.

—No —dijo Espacio—, aún tienes que controlar tu onda y tenemos que asentar más las reglas. Si trabajamos duro esta semana, quizá podamos usarlo a la siguiente. Tenemos que ser cautelosos.

—¿Sabíais lo de la onda? Pensé que lo había ocultado bien.

—Lo del otro día no fue a propósito, por lo que podría repetirse —respondió Tiempo—. Desconfiamos un poco, así que te vigilamos de cerca.

—Me había hecho ilusiones con mi discreción, pero tenéis razón —admitió Muerte—. Voy a tratar de eliminar mi problema. Vida, me voy a asegurar de que veas a los ánzropos lo antes posible.

El momento caballeroso pilló a todos por sorpresa, Muerte no era ni muy grácil ni elegante. Su fama de patoso y despistado le traicionó, provocando risas entre todos. Posiblemente por primera vez, Tiempo mostró una sonrisa genuina. Todos estaban unidos, por lo que Muerte no se molestó. Gracias a él, pudo disfrutar de un alegre recuerdo, ya no eran extraños. Vida parecía feliz, eso era todo lo que le preocupaba.

—Lo siento, es que no te pega nada —añadió entre risas él—, pero gracias —su expresión cálida y acogedora fue todo lo que Muerte necesitaba.

Una semana entera pasó volando, los días se hacían horas y las horas minutos. Los dioses se habían vuelto más cercanos y los silencios reflexivos del pasado ahora se llenaban de risas. Tiempo pasaba a menudo por delante del portal: por mucho que quisiera ocultarlo, seguía temiendo que alguien lo usase. Aquel objeto simbolizaba la fragilidad de un Tiempo completamente expuesto, una prueba de fe ciega en los demás. Tenía miedo de ser traicionado, de no poder confiar en los únicos seres del universo. Con el paso de los días, sus rondas se volvieron menos frecuentes, sus nervios se calmaron y cada vez sonreía más. Decidió tratar de descansar y pasar tiempo con los demás.

La imagen de un dios callado y serio, que apenas dejaba de trabajar, ya no era más que un eco en las estancias de Oslem. Vida y Muerte finalmente notaron como la separación entre ellos dos y los demás se cerraba. Ahora podían acercarse a Tiempo y preguntarle cualquier cosa, aunque no estuviese relacionada con el trabajo. Esto les ayudó a volverse más decididos, ya no había temor a proponer algo erróneo.

Cuatro días después de la revelación del portal, Muerte seguía enzarzado en toda clase de entrenamientos para evitar las explosiones; en el fondo, todos esperaban que el hechizo hubiera provocado un cambio en las tendencias de Muerte, pero no fue el caso. Solo quedaban tres días para cumplir el plazo y temía que todos fueran a bajar a la Tierra sin él; este pensamiento le comenzó a presionar con insistencia, no quería quedarse atrás y menos quedarse solo en Oslem mientras los demás se iban a la Tierra. «Quizá sea el único dios que no esté a la altura. ¿Y si no me necesitan una vez complete este hechizo? Cuando aparezcan los nuevos dioses, puede que no me vuelvan a hablar. No, ¿qué estoy diciendo? El otro día lo pude observar, no me dejarían atrás. Simplemente tengo que esforzarme por ellos, no por miedo, sino para que podamos ir todos juntos». Irónicamente, este pequeño aumento de confianza suscitó una pequeña explosión.

—Esta es la decimotercera vez que le arrebatas la vitalidad al patio —se quejó Vida.

—¿Decimotercera?

—Sí, viene del número trece, ¿recuerdas el doce? Pues este es el siguiente. Gracias a tus constantes fracasos estoy creando una gran cantidad de números —bromeó Vida—. Oye, ahora que lo pienso, ¿cómo es que puedo revivirlo? ¿No se supone que está prohibido según tus normas? —preguntó mientras realizaba el hechizo.

—No, las normas solo se aplican a la Tierra, estamos fuera de su rango —Muerte estaba centrado en su entrenamiento y apenas se fijó en el baile que Vida tuvo que realizar para revivir a las plantas, que supuestamente le ayudaba a estar concentrado.

Tras un breve silencio, Vida se levantó, limpiándose la túnica. «Voy a sustituirlos, que llevan vigilando la Tierra dos días sin descanso y seguro que desean parar». Tiempo y Espacio no habían pensado aún en ser sustituidos. Cada vez que caía la noche en un lado del planeta, pasaban al otro inmediatamente. Estaban tan enganchados que no querían levantarse.

El tiempo apremiaba y el límite de la promesa se aproximaba. Las explosiones solo disminuyeron ligeramente, no lo suficiente como para que Tiempo y Espacio confiaran en la seguridad del viaje. En cambio, los demás sí habían terminado de planificar lo básico; esto solo empeoró las preocupaciones de Muerte, que temía fallar a Vida, pero más el no poder ver a los ánzropos nunca. Temía nunca poder llegar a controlar las explosiones, el pesimismo le manipulaba sin reservas. Muerte era consciente de lo egoísta que estaba siendo y se sentía aún peor. Antes de que cayera la noche previa al día señalado, Muerte fue a hablar con Vida.

—Creo que no podré cumplir mi promesa, no estoy listo. Siento que no puedas ir.

—No te preocupes, puedo aguantar, ya tendremos toda la eternidad para verlos —Vida mentía, pero no quería preocuparlo más. Aún así, estaba preparando un plan B.

—No pasa nada, si Muerte no está listo, vamos nosotros y luego ya irá él otro día —explicó Tiempo.

Por la mente de Vida se pasó el deseo de ir. Ahora ya no sería su idea, por lo que no era tan egoísta. Su conexión con los ánzropos cada vez era más fuerte y más precisa. Los susurros lejanos que para él carecían de sentido se volvieron nítidos. Podía experimentar fragmentos de aventuras distantes, alimentando sus deseos. No quería dejar solo a Muerte, pero no podía evitar pensar en esa posibilidad. «Sé que no debería ir sin él, ¡pero me llama! Tengo que responder a su llamada. Él es el dios de la Muerte, que cronológicamente va después de la vida. Sería normal que yo fuese primero. No quiero mantenerme alejado de algo que forma parte de mí», pensaba él sin apenas miramientos.

—Tiempo, o vamos todos o ninguno. ¡Piensa en Muerte! Dejarlo solo no me parece bien —añadió Espacio.

—Pues te quedas aquí con Muerte y vamos nosotros —bromeó Tiempo, quien dejó de sonreír al ver la reacción de su contraparte.

—No vamos hasta que no estemos listos los cuatro —concluyó.

Esa misma noche, Muerte se levantó y pasó por delante del portal. No podía aguantar sus ganas, pero no quería restarle valor a las palabras de Espacio; no quería traicionar a Vida y tampoco violar las reglas de Tiempo. A pesar de esto, fue a escribir las coordenadas: «Solo será un vistazo, una pequeña motivación para seguir con mi entrenamiento», pensó para sí mismo. Se acercó al panel de control, un pequeño pilar de piedra con unos símbolos marcados en la parte superior. Esta tenía una pequeña hendidura en la que conservaba agua, bajo la cual estaban sendos símbolos. Comenzó a teclear las coordenadas adecuadas, iluminando por unos segundos las runas. Debía ir a un lugar en el que fuera de noche para no ser detectado. Le apareció, como por arte de magia, una isla perfecta en el atlántico, en el mar de Sargazos. Había pocos ánzropos, para que en caso de explosión, solo afectase a unos pocos. Era una isla bastante llamativa, servía como cuarta punta del actual triángulo de las bermudas, que en ese entonces formaba un cuadrado. Aquella noche, Vida estaba durmiendo, le había cogido el gusto a la práctica. Muerte dudó en el último momento: «Esto puede que no salga bien. Pero Vida está dormido… Este es el mejor momento. Si no me ve, no habrá problema, supongo».

El portal se proyectó como un rayo de luz sobre la isla, el viaje duró bastante más de lo que Muerte esperaba: 1 hora entera. Esto se debía a que el rayo iba a mucha velocidad, algo que el cerebro podría no aguantar. La percepción del tiempo estaba alterada, en realidad el viaje duró 10 minutos.

Una vez pisó la isla, comenzó a sentir la suave brisa del clima, que contrastaba con la falta de atmósfera de Oslem. Miró al cielo en busca de dicho lugar, pero era imperceptible a esa distancia. Con cada paso notaba la diferencia entre el césped del patio y el de la Tierra. El vuelo cercano de un pájaro sorprendió a Muerte, sintiendo una pequeña perturbación. Por suerte, no hubo explosión alguna. Las grandes dimensiones del mundo a sus pies le cautivaron, la belleza de la naturaleza era inigualable.

Nada más escuchar el ruido de una fuerte respiración, se escondió rápidamente detrás de una roca. Se asomó con miedo, pero cuando descubrió lo que era, su cuerpo le pidió acercarse: eran ánzropos durmiendo a la intemperie, Muerte casi se desmayó. Se olvidó por completo de Oslem, lo único que quería era acercarse y poder hablar. «Quiero que sepan que existo, que estoy ahí. Los tengo tan cerca… Todo nuestro esfuerzo ha merecido la pena». Dio 10 pasos y se quedó a 5 centímetros de uno; extendió su brazo, repitiendo el gesto de su hechizo. «Es mi conexión con ellos», susurró. El espectáculo de luces que protagonizó hace unos días no era nada en comparación.

Su mente le recordó un pequeño detalle que se le había pasado: «No ha habido explosión alguna. ¿Significa eso que ya lo he pasado?». Mirando al ánzropo más pequeño a la cara lo comprendió: «Esto era lo que me faltaba, tenerlos cerca es lo que necesitaba. Quizá no tener algo a lo que proteger era lo que me retenía. Creo que ya es hora de regresar». Con una suave sonrisa, caminó de vuelta al punto exacto en el que aterrizó, buscando la marca del portal para poder regresar. La calma no duró mucho y antes de irse, un triste recordatorio acarició su gesto, alterando la disposición de sus rasgos. La caricia áspera en la mejilla de sus recuerdos ralentizó el tiempo alrededor: «Yo… les voy a matar», retrocedió, mirándolos a la cara. Todas aquellas familias juntas, todas iban a perecer: «A todos y a cada uno de ellos le espera un final terrible, ¡por mi culpa!». Comenzó a hiperventilar y su cabeza se llenó de dudas. Sus sentimientos nublaron su percepción de la realidad, ignorando las pequeñas partículas negras a su alrededor. «¡Tengo que aguantar! Por ellos, por Vida… Duele… mucho». Muerte se retorcía, arrastrándose por el suelo. Intensos dolores de cabeza y de estómago le impedían concentrarse. Era consciente de la cruda realidad: esta explosión iba a ser mucho mayor que las anteriores. «Tiempo me encerrará, Espacio se alejará de mí para siempre y Vida… Vida estará destrozado, ¡no puedo hacerle esto!». Estaba solo y el clima se estaba volviendo seco y frío. Apenas podía ver por culpa de las lágrimas, Muerte solo era otro ser vivo más en la inmensidad del universo. Se sentía solo, triste, agotado, y una sensación de presión como ninguna otra recorrió todo su cuerpo. Con el paso de los segundos, apenas podía imaginarse la posibilidad de salir vivo de esta.

«Alguien… Socorro… No puedo… más», susurraba agotado. Aquella familia que dormía plácidamente nunca supo que sería la última vez que estarían juntos. Recién creados, apenas habían vivido, pero ya tenían una comunidad en la que poder pasar el resto de sus días. Ya era tarde, en cuestión de segundos, la energía acumulada en su cuerpo se liberó, todos los pensamientos positivos y negativos salieron disparados en forma de onda de energía como ninguna otra hasta ese momento. Esta vez, el planeta retumbó; el impacto alcanzó a Oslem y al resto del universo. Tiempo y Espacio se despertaron de golpe, sintiendo un fuerte vacío en sus corazones acompañado de una breve sensación de asfixia. Vigilando, se habían quedado dormidos y, en sueños, les había parecido escuchar una voz familiar pidiendo ayuda. Espacio estaba angustiado y Tiempo se dispuso a investigar la fuente de todo esto; aunque de un solo vistazo pudo descubrirlo.

Todas las plantas y criaturas comenzaron a caer, los tonos verdes y amarillos se volvían grises y una niebla comenzó a rodear el lugar. Aunque no podía saberlo, Muerte tenía la certeza de que el impacto había rodeado al planeta entero: la obra de Vida, de Tiempo y de Espacio estaba arruinada. Todas sus preocupaciones y miedos anteriores no eran nada en comparación a lo que sentía en ese momento. «Les he fallado a todos…», susurraba apoyado con sus brazos sobre el suelo. No se atrevía a levantar la cabeza, limitándose a observar cómo sus lágrimas caían sobre las áridas tierras que hace tan solo unos segundos eran verdes.

Un grito desgarrador hizo reaccionar a Muerte, aterrado por lo que iba a continuar.

—¡Vida!

19 de Junio de 2021 a las 11:05 0 Reporte Insertar Seguir historia
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