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El lago de la sinceridad

Agitados huían por el bosque. La primavera casi llegaba, y eso significaba que varios de los demonios habían despertado. Y no era una buena idea andar recorriendo el bosque, incluso si era por una necesidad urgente. Pero ellos se habían atrevido a entrar, o de cierta manera era una forma de decirlo, porque en realidad se les olvidó que no debían ingresar en el bosque. Lo olvidaron por el estúpido motivo de ir tonteando como enamorados.

Los pedazos de madera le dificultaban avanzar, las espinas de los arbustos y los pinos le raspaban las manos y los brazos. Bai sangraba de las heridas, pero a ella no le importaba, no podía detenerse. No con esas cosas oliendo su miedo, su cariño, y lo más valioso, su amor sincero.

Su pecho se hinchaba, y su corazón se encontraba sobresaltado. Entre los troncos blancos de los alerces se podía avistar las siluetas oscuras, como sombras, de los demonios acosarlos. Se movían veloz, como destellos. Atosigaban con la intención de aumentar el miedo y disminuir el sincero cariño entre ellos. Cuanto más miedo, mejor les iban a servir como alimento. Era cuestión de presentarse un momento de vida o muerte, en donde ambos se olvidarán del otro, y eligieran volverse egoísta, y pensar únicamente es su propia supervivencia.

Kal la llevaba del brazo, ojeando de a ratos a ella y luego al frente. A pesar de las dificultades, Kal avanzaba por buen camino. Si, se chocaban y al paso también se iban hiriendo y estropeando la ropa, sin embargo, conseguían huir con éxito de las deformidades.

Bai y Kal continuaron huyendo por largo rato. El bosque parecía no tener fin, pese a ello prosperaban igual. Más Kal, no se detenía por ningún obstáculo, estaba poseído, o eso manifestaba en su constante jadeo mientras la zarandeaba al esquivar árboles, pozos y rocas grandes y puntiagudas. En un mal paso, Bai apoyó la mano en un tronco cubierto de musgo, se resbaló. Cayó al barro. Con el corazón palpitando temió lo peor. No pasó. Rápido, Kal la sujetó y la ayudó a levantarse. Todavía temblorosa, y con los latidos desbordando adrenalina contempló a Kal y le dio las gracias. Kal asintió, en su rostro se vislumbró un atisbo de sonrisa, pero no llegó. En cambio, posó la atención hacia delante y continúo andando.


Más tarde. En lo alto de las copas de las coníferas, y muy adelante, se podían ver rayos de luz que ingresaban anunciando que pronto iban a encontrar una salida y así escapar del bosque. No demoró en revelarse el umbral. Se acercaba la puerta. Pisando plantas, corriendo sobre tierra irregular, y aplastando pedazos de madera podrida, aumentaron la marcha. El polvo de cientos de flores comenzó a caer desde arriba e introducirse en las narices de Bai y Kal. Bai estaba desairada. El panorama frente a ellos cambió, ahora se iba llenando de luz y disminuyendo los árboles. No faltaba mucho. Tomó aire.


Salieron del bosque. Bai suspiró como nunca antes lo hizo. Vio el rostro de Kal, residía tranquilo, y observaba expectante hacia el interior de la espesura. El sol ardía en lo alto del cielo. Su calidez le quemaba la nuca y la mejilla de lado derecho.


Sin embargo, en un instante, el suspiro de alivio se convirtió en un duro golpe que los dejó sin respirar. Tarde se dieron cuenta, pero habían acudido a un lugar peor, a un sitio sin escapatoria… o casi. Frente a ellos se hallaba un lago conocido por permanecer con el agua fría mucho tiempo después de iniciada la primavera. Bai y Kal vieron a los lados. Nada, no había lugar por donde irse. Al lago lo encerraba el bosque, únicamente al otro lado del inmenso charco de agua verde y azul se divisaba un campo abierto. Bai notó como Kal negaba con la cabeza, incrédulo. Ambos se miraron, frustrados, y pensando lo mismo. Era el final. No había otra ruta que tomar, las opciones se habían desvanecido, y solo quedaban dos. Lanzarse al agua y soportar el frío, y a la vez no terminar ahogados; o volver a ingresar en el bosque, e intentar no morir entre los colmillos podridos de los demonios sombras. Ambas opciones implicaban la muerte.

El sol no era impedimento para que las criaturas abandonaran el bosque, no era habitual que salieran en busca de comida por el día. Aunque, después de haber estado dormido todo el otoño e invierno, era muy posible que lo hicieran sin importar si se calcinaban un poco: el alimento que obtendría los iba a regenerar en menos de un minuto.


En medio de la desesperación y los temores un viento arribó como un soplo delicado y tranquilo. Luego, surgido de la nada, un impulso dominó a Bai, y la incitaba a correr en dirección al lago. Bai apretó la mano de Kal. No buscó razones y comenzó a caminar hacia el lago. Kal intentó retenerla cuando se adelantó, no pudo, tardó un segundo en entender. Sin más, la acompañó. Los dos avanzaron. Detrás, desde el interior del bosque estalló un grito fino y extendido. No los detuvo.

Miles de hojas brotadas explotaron de los pinos y volaron hacia el aire. De inmediato, decenas de figuras obscuras y verde musgo emergieron de entre los árboles. Se trasladaban por el campo arrastrando sus estirados y deformes cuerpos, y mientras marchaban, se les derretían varias de las extremidades.


Bai y Kal seguían avanzando hacia el lago, sin alterar el paso. No voltearon con el fin de corroborar que tan cerca se hallaban los demonios. No, continuaron y continuaron confiados. Movidos por un impulso que no entendían. Ya se acercaba la orilla del lago. Bai no titubeó. Dio el paso. Uno más, y en seguida otro, y otro. Asombrada, caminó sin poder creerlo, estaba caminando sobre el agua. Sobre el agua, y no se hundía, era increíble. Era un sueño, un sueño hermoso después de una pesadilla. No obstante, a pesar del asombro, ambos siguieron andando tomados de las manos. Felices, casi extasiados de alegría. Era un regocijo que embriagaba su corazón. Yacían a salvo. Bai no sabía por qué razón, tampoco quiso conocerla.

Bai se detuvo en mitad del lago. Kal también lo hizo. Sujetos de la mano giraron y miraron atrás. De tanta felicidad no se percataron que los demonios habían permanecido gritando mientras ellos circulaban encima del lago. Las horrendas figuras se encontraban en la orilla gritando e intentando ingresar. En vano, se los veía extender las extremidades para ser rechazadas por una corriente cuando tocaban el agua, o una pared cuando se arrojaban con todo el cuerpo en dirección al lago.


Bai sonrío. Luego, de la nada, una voz les habló, era de una mujer: y les dijo. —Por su lealtad ante la adversidad, la confianza que uno en el otro mostráis, y la sinceridad que desbordad, tomaré sus nombres y a este lago lo llamaré Baikal, el lago de la sinceridad. En él solo podrán caminar aquellos que tengan bondad, se quieran y pretendan un bienestar general. A estas aguas el mal no llegará, de él los protegerá. Y si mal no mostráis, cruzaran, pero sí egoísmo si llevan, se hundirán.

18 de Septiembre de 2021 a las 16:34 0 Reporte Insertar Seguir historia
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