gera-rm1585440255 Gerardo Roma

Ser una mujer indígena para Raquel no ha sido nada fácil, los prejuicios de la gente han hecho que reprima lo que siente, sabe que los tiene que enfrentar, aunque primero debe amarse a ela.


LGBT+ Sólo para mayores de 18.

#amor #libertad #respeto #todosomosiguales
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Esencias Multicolores

Después de tantos años regresé a este lugar, nunca fue fácil, nada lo ha sido, estoy sentada sobre las rocas en el río donde me bañaba de niña imaginando que sería de mí cuando creciera, y aquí estoy luchando día a día.

Todos los padres del mundo saben que el silencio puede ser una señal que algo pasa, ese día yo estaba más callada que nunca, había regresado de la escuela y no tenía fuerza, dentro de mi comunidad solo existía el kínder, y para estudiar la primaria tenía que caminar varios kilómetros hasta llegar al otro pueblo, ahí las clases no eran en mi lengua originaria (tzeltal), así que tenía la oportunidad de aprender español.

- Raquel, ¿qué estás haciendo? – gritó mamá.

Me encontraba en el baño, una sombra tocó mi ser, no es como cuando juego con mis amigas y amigos, pensé; fue diferente, dolorosa.

Tenía que ayudar a prender el fogón para hacer la comida, mi padre y mis hermanos trabajaban en el campo, estaban a una hora de regresar a casa, así que me limpie las lágrimas y fui con mamá para ayudar hacer las tortillas.

- ¿Qué te pasa hija? – preguntó mi madre.

Sabía que si hablaba nadie me creería, me expulsarían de la comunidad y también a mi familia, así que decidí callarme. Terminé los quehaceres hasta que llegó la hora de dormir, ¿cómo podía pensar en dormir si tenía aquella sombra que hizo que todo cambiara en mí?.

A la mañana siguiente, me levanté muy temprano, mi madre trenzó mi cabello como cada día, tenía temor de irme a la escuela, no quería encontrarme con esa obscuridad nuevamente, pero sabía que la escuela sería la única que me sacaría de la comunidad.

Los años pasaron lentamente y con ellos los abusos incrementaron, y mis sentimientos tenía que reprimirlos cada vez más, mis intenciones eran claras, ir a la universidad. Mi padre siempre decía que eso era para gente inteligente, a diferencia de él, mi madre me aconsejaba a escondidas para no tener problemas, ella no hablaba español, así que me decía:

- Pajalme jamuk´ul sok yantike, mame ts´ay ta ja wotan- Dándome un beso en la frente

(Vales tanto como todos, que nunca se te olvide. )

A mis 14 años finalmente me acepté como mujer lesbiana, aunque no sabía lo que eso significaba del todo, sentía atracción cuando me encontraba cerca de otra mujer pero no podía expresarlo, el miedo corría en mis venas, sabía que mi vida e integridad podía estar en riesgo si alguien se enteraba.

México es un país machista y en mi estado, Chiapas, es aún más difícil, ser mujer es complicado, de cierta manera en mi comunidad nos ven con la función de casarnos y procrear, dejando nuestros sueños en el fogón de la cocina y verlos consumirse al calor de las brasas.

Decidí probar suerte e ingresé a la universidad, nunca antes había salido de la comunidad y la ciudad es diferente, me he sentido expuesta. Aún no me acostumbro; la bulla, los carros, es duro estar aquí. Extraño a mi familia, el campo, sentir el aroma de café y recibir el beso de mi madre cada mañana.

Necesitaba trabajar para pagarme los estudios y mi estadía, asi que busqué empleos de medio tiempo que me permitieran hacerlo, toqué muchas puertas y la respuesta era la misma. “No estamos contratando empeladas domesticas por el momento, gracias”, y cuando les explicaba que aspiraba a la oferta mencionada solamente recibía burlas a cambio. La gente piensa que no puedo ocupar un lugar u otro puesto porque no poseo el nivel de educación como el de una persona urbanizada.

El caminar por la ciudad me genera estar alerta todo el tiempo, a veces escucho comentarios por mi color de piel, mi forma de vestir, o por la simple razón de ser mujer. Parece como si los kashlanes (mestizos) quisieran que dejara a un lado mi cultura para poder aspirar a los mismos derechos que ellos. La ciudad no queda excenta de este tipo de acoso o de aceptación.

Cuado más voy entrando en la sociedad me doy cuenta que hay diferencias entre la gente indígena y un mestizo, a ellos siempre les dan prioridad, un mejor trato, mientras que a mi me siguen rechazando.

Tampoco es fácil ocupar un lugar en esta facultad, mi español no es el mejor y he levantado mi voz muchas veces para que mis profesores y compañeros me tomen en cuenta. “Ella es india” “no sabe nada” “no vale nada” “no perteces aquí’’, son unas de las tantas palabras que recibo al día por parte de ellos y que a veces me hacen dudar del porque estoy aquí.

He tenido la oportunidad de conocer a más tzotziles como yo en la facultad, algunas veces nos comunicamos en nuestro idioma originario y a la gente le molesta, nos piden que hablemos español.

La impotencia nos ha callado historicamente, pero también nos ha hecho fuertes, sabiendo que tenemos que esforzarnos, no el doble, sino el tripe para aspirar a lo que nos debería tocar por la simple razón de existir.

He cursado mas de la mitad en la carrera de periodismo y comunicación, todo lo aprendido me ha servido para no sileciar mi voz, para que más personas sepan que lo que sentimos y queremos esta bien, sin niguna etiqueta que nos distiga del resto de la sociedad. Al recopilar información en diferentes comunidades me soprendo de lo mucho que las personas se tienen que guardar y callar, solamente estan en esta vida esperando cumplir su ciclo a costa de lo que realmente quieren.

Hace unos años tuve la oportunidad de regresar a mi comunidad y realizar un taller con la mayoría de mujeres, el representante me autorizó con la condición de que no les contara historias de la ciudad que puedieran despertar sus ganas de seguir preparandose para la vida.

Lucía y Margarita estaban ahí, crecimos juntas y fuimos mejores amigas, sus rostros me trasmitieron una profunda tristeza, a pesar de tener la misma edad aquellas arrugas mostraban sueños y esperanzas frustradas que fueron arrebatadas sin permiso alguno, ellas también querían seguir estudiando, pero sus padres las vendieron con hombres mayores en el pueblo desde los 10 años, a mi madre también le pasó lo mismo y alguna vez le pregunté:

-¿Eres feliz? ¿amas a papá? ¿cuáles eran tus sueños?-

Su expresión fue de sorpresa, eran preguntas a las que no estaba acostumbrada a escuchar y siento que le tocaron el corazón, fue la primera vez que la vi llorar.

- No tuve elección, me vendieron a las 12 años y aprendí a vivir con eso, como si fuera un objeto, mis sueños se guardaron con el tiempo depositándolos en todos mis hijos- respondió.

Esas palabras me hacen pensar que el camino que decidí tomar es el mejor, el obstáculo más grande fue mi padre, quería que mis hermanos estudiaran la universidad pero ellos no tuvieron interés alguno de hacerlo, al contrario, se casaron y esa fue la elección que los hizo felices.

Aún no tenía claro como iba a expresar mi orientación sexual con ellos, todavía no era tiempo pero quería estar lista para finalmente sentirme plena y no ocultarles nada.

Desconocía mucho del tema hasta que en una clase vimos conceptos sobre la sexualidad, ahí me enteré un poco más del movimiento LGTBI+ que existía. Que los derechos que los miembros y no miembros poseen son los mismos.

Después de escuchar con atención tomé nota y comencé a investigar más por mi cuenta, la biblioteca de la universidad poseía libros del tema y encontré algunos que me ayudaron a aclarar mejor mis preguntas, dudas e ideas, las respuestas que tanto buscaba estaban finalmente en mis manos, había una esperanza de poder compartir mis sentimientos con más gente como yo, aún era un reto declararme como mujer lesbiana y creer que podía tener una vida normal sin que la gente me siguiera rechazando, el simple hecho de ser indígena ya era difícil.

Realice entrevistas sobre la sexualidad y discriminación a la que se enfrentan estudiantes en su entorno local y fuera de el.

Las respuestas no fueron ajenas, de cierta forma todos experimentamos lo mismo, muchas mujeres tuvieron que huir de casa para que su suerte no fuera como la de Lucía, Margarita y mi madre. Algunos hombres expresaron que su infancia no fue la mejor; abusos, golpes y sombras que los tocaron y marcaron por el resto de su vida. La discrimación fue la respuesta principal, aquí no importaba el género, hombres y mujeres indígenas sufrían en estos aspectos.

Una respuesta captó mi atención; solo existe una raza, pero el ser humano se ha encargado de dividirnos y segregarnos dejándonos en el último peldaño.

Al terminar la entrevistas uno de los profesores me comentó que existía una forma en la que yo podía ayudar a mas personas a informarse. Fue asi como me uní al colectivo en la universidad donde podía expresar lo que pensaba sin temor, conocí a más mujeres indígenas con el mismo sentimiento, queríamos ser vistas y no escondernos.

Comenzamos la planeación y creación de un programa de radio interno que nos permitiera hablar en español, tzeltal, tzotzil y otros idomas originarios para que la información llegara a más personas que pasaban por lo mismo, el impacto fue tan grande que más mujeres dentro de la universidad comenzarón a unirse al colectivo, después de ser 3 mujeres de la misma etnia y con una identidad sexual diferente deseabamos algo en común, que nuestros derechos de igualdad sin importar género o raza fueran tomados en cuenta.

Me faltaba algo por hacer y era el tema que más daba vueltas en mi cabeza, había ayudado a muchas mujeres en el camino de la aceptación de ser quien son, esperé por años este momento, no sería fácil pero tenía ganas de compartirlo con la gente que más amo, al final mi orientación no me alejaba de la mujer llena de valores que soy, en la comunidad el ser lesbiana, homosexual o transexual es algo que se ve pero la gente hace como que nada pasa, muchos son sometidos a violencia física para tratar de llevar una vida “normal”.

“Aquí eres hombre o mujer” “es azul o es rosa” “te hacemos mujer o te hacemos hombre a la fuerza”.

El tiempo llegó, regresé a casa, extrañaba tanto a mis padres, pero sobre todo, estaba lista para decirles quién soy; cuando mi padre y mis hermanos escucharon, la respuesta fue inmediata, papá se levantó de la silla y agarró mis cosas tirandolas a la calle:

- ¡Vete del pueblo y no regreses jamás! -.

Con la cara en alto, me acerqué para despedirme de mi madre, limpié cada una de sus lágrimas y la abracé esperando volver a verla.

A pesar de todo me siento plena y orgullosa en lo que me he convertido, cada paso y cada tropiezo han marcado mi camino, haciendome más valiente sin importar lo que la gente opine por mi razgos físicos, herencia cultural y orientación sexual.

Estoy sentada sobre estas rocas, en este preciso momento sé que existo, que soy mujer, hija, hermana pero sobre todo humana.

12 de Mayo de 2021 a las 21:24 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

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Gerardo Roma desde que naces empiezas a crear solo necesitas un poco de imaginación para hacerlo realidad

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