lukas_bel Lukas Bel

Tras una vida en la que las desgracias se encadenan unas tras otras, Adú se encuentra con una mujer que le llevará a las últimas instancias y que le hará comprender el verdadero motivo de las circunstancias en las que se encuentra su vida


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Sobre una Chica

Siempre que he estado jodido es porque hay una tía de por medio, y, tonto de mí, intento arreglarlo con otra tía. Mi madre murió cuando tenía quince años y me fui a vivir con mi tía, que se vació mis ahorros para la universidad en un viaje con su novio solo de ida. Le pedí un préstamo al banco, que casualmente me lo dio una tía, pero no pude pagarlo a tiempo y una tía vino a embargar la casa que no podía permitirme. Acabé viviendo en un albergue social dirigido por una mujer, al menos hasta que me salió un trabajo reformando el casoplón de una pija del centro. Las pijas suelen ser madres pijas que tienen hijas pijas (obviaré que Hijas Pijas sería un nombre de puta madre para un grupo de punk) y las hijas pijas a mí me ponen…, no voy a decir cómo me ponen, pero, en resumen, jodido. Mi abogada pactó con la jueza y todo acabó relativamente bien, porque no había ido más allá de unos tocamientos y, por suerte, la ley estaba de mi parte. Nueve meses dentro de la cárcel, efectivamente, como si fuera un feto dentro de una tía. Una entrevista en un local de comida rápida y a trabajar a los treinta años bajo las órdenes de otra tía que, tras verme comerme unos fingers de pollo, me tira. Sinceramente, no sé cómo la gente puede contenerse trabajando allí, con toda esa tentación friéndose en la claustrofóbica cocina, si se le puede llamar así.

Jodido, jodido, jodido, jodido, jodido, jodido, jodido, legalmente no jodiendo, jodido y jodido encontré a la última tía, la que me jodería pero bien. No era la primera vez que la veía, llamaba mucho la atención, pero siempre tenía compañía y nunca había podido acercarme sin que sus acompañantes saltasen sobre mí. Pero es que... menuda mujer. Solía verla en clubs, las pocas veces que podía permitirme entrar en uno.

Sin embargo, una noche me encontré con un viejo amigo, uno de esos que no has visto en tu puta vida pero que os encontráis en el escenario más inesperado y terminas liándola más que un murciélago en un mercado chino. También es la clase de amigo al que le ha ido bien en la vida, seguramente, porque los fajos de papá no le habían faltado.

El caso es que, mientras mi viejo amigo y yo nos poníamos más ciegos que Stevie Wonder, vi como la chica se paseaba por el club de la mano de un chico joven que no tenía pinta de ser un ejemplo a seguir. No obstante, ella paseaba, ausente, dejándose guiar por el brazo del chico que la apretaba con ansias y la llevaba decididamente al lavabo. Mientras, anécdota tras anécdota, la energía de mi viejo amigo se iba deshinchando, mi mirada seguía el trayecto de la extraña pareja con atención incondicional. Mi mirada se quedó clavada en la puerta del baño cuando se cerró, como un dardo olvidado.

Miré a mi viejo amigo. Estaba llorando por no sé qué tiempo perdido con sus hijos y como, en ese mismo instante, podía estar dándole lo suyo a un par de tías en una isla de las Maldivas. Esa imagen se materializó en mi mente, la de, por una vez, ser yo el que jodía a una tía y, como si un ímpetu se hubiera apoderado de mí, me levanté y fui directo al baño donde había visto aquella chica.

Los baños de cualquier local son como el subconsciente de este, puedes conocer en el primer momento la ambición del dueño con una rápida ojeada. El hecho de que la pila de mármol estuviese rota me decía que el de aquel local no tenía mucha. Justo cuando la puerta se cerró tras de mí, se abrió la de la cabina del váter, asomando por ella el tipo que había entrado asiendo a su chica como una pata de jamón. En su rostro se percibían los resquicios del placer reciente, la calma posterior a la tormenta. Tardó un poco en fijar la mirada en mí y un poco más en, supongo, diferenciarme del espacio borroso que era la realidad para él en ese momento, porque tras medio minuto, logró dirigirme la palabra después de estar un rato plantado y tambaleándose sobre su propio eje.

- ¿Quieres terminar con Azúcar Moreno? He dejado un poco para compartir. – acompañó su oferta con el lanzamiento desinteresado de su brazo hacia la cabina del váter

Tuve que ponerme de puntillas para mirar por encima de la burda imitación de un vocalista de rock californiano. La tal Azúcar Moreno estaba sentada con la cabeza apoyada en las rodillas y la mirada perdida. No tenía ninguna emoción. Fuera lo que fuera lo que le hubiese hecho aquel tipo, no esperaba que tuviese esa consecuencia en su rostro. El susodicho se quedó un rato mirando a la nada, intentando mantener el equilibrio y obstaculizando mi curiosidad. Hasta que no le di un leve empujón, no pude acercarme a la chica. Recalco lo de leve, porque el tipo salió disparado del baño como si dentro se recreara la típica pelea de los bares en las películas del oeste.

Con la expresión curiosa de un arqueólogo que se adentra en un templo milenario, me senté en la taza del váter que Azúcar Moreno usaba como respaldo. No era muy difícil saber de dónde le venía el apodo. El tono de su piel hervía todas las células de mi cuerpo, haciéndome anhelarla, el brillo de su piel parecía casi una capa de plástico que la envolvía y se pegaba a ella y, la mirada perdida, la ausencia de emoción, solo me incitaba a acercarme más aquella mujer.

Con cuidado, posé la mano sobre su abultado pelo y lo acaricié suavemente. Ella no tardó ni un segundo en reaccionar, aunque mantuvo su expresión. Se dio la vuelta con un movimiento casi coreografiado y se puso de rodillas mientras me miraba fijamente con los atractivos y atractores agujeros negros que formaban sus iris. Allí dentro podía ver las mayores pasiones prohibidas del hombre desde el origen de los tiempos, podía verme a mí mismo deseando todas y cada una de ellas.

En ese mismo instante en el que el deseo surgió en mí, mientras seguía hipnotizado por la profundidad de aquellos ojos, sus largas uñas se clavaron ligeramente alrededor de mi codo. Azúcar Moreno separó la mirada y se dirigió a mi oreja. Yo ni siquiera podía moverme, seguía obnubilado por la visión que había presenciado, se me había inundado la boca de saliva, se me había acelerado la respiración hasta niveles hiperventilatorios... Los susurros brotaron de su boca como una dulce melodía que terminó de enredarme del todo en su alucinógena tela de araña.

No eran palabras, no sabría decir qué eran, esos susurros eran universos, eran vidas enteras, siglos de historia, mundos de distancia. Todo empezó a temblar a mi alrededor de una forma tan intensa que me extrañó que los cimientos no se desmoronasen. Me miré las manos que temblaban a un ritmo tan frenético que me hicieron pensar si no era yo mismo el que agitaba la base de la realidad. Pero todo eso terminó cuando los colores se separaron de las formas y me adentré en una dimensión de la que no existen palabras para definirla. Lo que muchos religiosos denominarían el alma se desprendió de mi forma terrenal y ascendió por los cielos a una velocidad que generaría envidia en los físicos de la NASA. El metafórico viento me azotaba la cara mientras no sabía que me estaba pasando. Al llegar a la inmensidad del universo, me detuve y floté en aquel ambiente. ¿Ingrávido yo o ingrávido él? La luz de las estrellas se alargó y todo se volvió jodidamente raro. Podía surcar el tiempo como se recorre un camino de baldosas amarillas, pero veía el espacio pasar ante mí sin que pudiera hacer nada para detenerlo. ¿Me había metido en la puta cabina telefónica del Doctor Who?

Dudo que, si eso fuera así, un fogonazo me deslumbrase tanto que me trajese de nuevo al plano de existencia mortal. Por fogonazo entiéndase la bombilla que más resacosos ha jodido, el sol. Reconocía el descampado en el que había despertado por ser de las afueras de la ciudad, pero podría haberme despertado mecido por el rítmico vaivén de las aguas del Ganges y no me habría extrañado más.

Allí, sentado y rodeado de basura y televisiones de segunda mano, me rasqué la flexura del codo derecho con la mano izquierda y la barbilla con la mano derecha en actitud pensativa. Esa Azúcar Moreno me había abierto un mundo, un mundo en el que nadie me iba a joder, un mundo en el que no había nadie que quisiera joderme. Un mundo que necesitaba.

Me deslicé por las calles a una velocidad que superaba la comprensión de la física cinética de un vagabundo. Cuando llegué al local en el que suponía que había estado la noche anterior, golpeé la persiana metálica al ritmo de una canción grunge. Supuse que fue la noche anterior, pero podían haber pasado años sin que me hubiera dado cuenta. La policía no tardó en personificarse a mis espaldas cuando ya iba por el tercer redoble.

No me detuvieron de primeras, pero ya me encargué yo de eso. Con la emoción a flor de piel no se es el mejor interlocutor. Si a eso le sumas la narración de mi viaje psicodélico y mi escasez de higiene, el resultado suele ser un tranquilo paseo en coche patrulla. Sin embargo, como si los magos de la causalidad hubiesen decidido confabular a mi favor, al otro lado de las rejas del calabozo me esperaba la belleza morena de mis fantasías alucinatorias.

Esta vez la escoltaba una chica pelirroja que tenía la vista desenfocada y fija en otra dimensión. Azúcar Moreno, al igual que la otra noche y que su compañera, parecía abstraída en su propia realidad hasta que me lanzaron dentro de la celda. La chica pelirroja ni siquiera se dio cuenta de mi magistral aparición, pero Azúcar Moreno sí. No puedo decir que se sorprendiese de verme, algo en mí me preguntó si siquiera se acordaría de mí. porque se limitó a seguirme con la mirada, sin ningún cambio perceptible en su actitud.

Me senté en el banco contiguo, un poco incómodo ya por la intensa mirada de Azúcar Moreno que, a pesar de estar completamente pendiente de mi existencia, parecía no caer en que era consciente de su atención.

- ¿Quién es tu amiga? – le pregunté tras un considerable rato

Azúcar Moreno no mostró signos de haberme escuchado, aunque su compañera sí pareció recibir el primer estímulo desde su último colocón de a saber que psicotrópico. Con un titánico esfuerzo que desde mi punto de vista parecía patético, la chica se irguió sobre su asiento y logró mantenerme la mirada una milésima de segundo.

No sé qué farfulló, pero, tras un minucioso estudio, deduje que lo más probable, en base a las circunstancias en la que nos encontrábamos, era que me hubiese preguntado si me dirigía a ella.

- Estaba hablando con ella. – señalé, no muy educadamente, a Azúcar Moreno que no separó los ojos de los míos cuando le apunté

- Ah… - pensé que era todo lo que tenía que decir, pero dos minutos después continuó con un – Ya… - esperé a ver si seguía hablando, pero desistí a los cinco minutos, aunque me sorprendió con un – Toda tuya.

Supuse que era lo que había dicho, porque me lanzó la muñeca de Azúcar Moreno como si fuera una bolsa de droga y a ella le siguió todo su cuerpo. Cayó de rodillas a mis pies, sin muestras de que le hubiera importado el tratamiento denigrante que le había dado la pelirroja. Asustado por si se encontraba bien, me lancé a su lado y le cogí las manos para ayudarla a levantarse. Al hacerlo, sus profundos ojos negros volvieron a adentrarse en los míos y, antes de que pudiera entender lo sucedido, sus susurros se deslizaron por mi conducto auditivo.

Así empezó lo único que ha empezado en toda la historia, el fin. No sé qué maleficio me lanzó aquella pelirroja, pero Azúcar Moreno no se separó ni un momento de mí. Mi mano siempre apretaba la suya y tiraba de ella bajo la soberbia mirada de todo con el que me cruzaba por la calle. Como si fuera un maniquí sin voluntad, me acompañaba a todas partes y, cuando encontrábamos un escondite, la arrodillaba a mi lado y dejaba que me susurrara toda la noche. No podía evitarlo, cuando la belleza brota, todo trago parece insuficiente. Era mi heroína.

Sin embargo, como toda mujer en mi vida, acabó jodiéndome. Cuando tu vida gira en torno a las corredurías que vives con una morena pasiva que solo te mira y calla, no te da para vivir. Podía haber buscado trabajo como en otras ocasiones, pero Azúcar Moreno no se separaba de mí, y yo no quería que se separara, algo en sus siseantes susurros me atrapaba tanto que me impedía poder soltar esa mano que apreté durante semanas. Algo en esas alegóricas alucinaciones me enganchaba tanto que, al volver a la realidad, me invadía una furia que recriminaba a la verdadera vida el hecho de ser verdadera. Resumiendo, tuve que robar, atracar, amenazar y extorsionar a todo el que pasaba por los callejones que compartía por las noches con Azúcar Moreno para poder sobrevivir.

La culpa era suya, me decía, ellos entraban en nuestro callejón. No me di cuenta. No me di cuenta cuando fue un niño al que se le perdió el balón en nuestro callejón, no me di cuenta cuando rajé a uno por primera vez, no me di cuenta cuando le rajé otra vez, no me di cuenta cuando maté a la primera persona. Estaba enfadado, la rabia corría por mis venas, eso que Azúcar Moreno había depositado en mí me calentaba la circulación y hervía mi cuerpo hasta hacerlo evaporarse como el agua en una olla a fuego lento. Muy lento.

Estaba enfadado con todo, incluso con Azúcar Moreno. Cuando su imperante perorata empezaba noche tras noche, empecé a mirarla de reojo, juzgándola. No tenía ningún motivo para hacerlo, y no llegaba a ningún sitio, pero el hecho de encontrar sus defectos me atraía más que el contenido de sus misteriosos susurros. Noche tras noche tras noche tras noche. Hasta que ya no hubo “tras”.

Esos susurros tenían la culpa, seguro que eran veneno. Azúcar Moreno solo había sido otra mujer que me había jodido, que me había exprimido con su incesante cuchicheo y había sacado todo lo que había podido de mí hasta que solo quedó lo peor. Y lo peor de todo, me ha hecho depender de eso. Mientras los espasmos se apoderaban de mi sistema nervioso y la espuma manaba de mi boca, le dediqué una última mirada cargada de odio. Pero no acerté. Con la última mirada que lanzaría sobre la faz de este basurero al que llaman planeta contemplé a Azúcar Moreno tal y como era. Ya no quedaba nada en ella. Lo había usado todo. La bolsita de plástico se fue, mecida por la brisa, esparciendo los pocos restos de droga que quedaban y yo morí al descubrir que era el único culpable.

7 de Mayo de 2021 a las 19:14 0 Reporte Insertar Seguir historia
1
Fin

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Lukas Bel Lector a media jornada y escritor la otra media Gracias por leerme

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La Realidad
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Esto no es un universo fuertemente interconectado, pero siempre he concebido mis historias como algo que ocurría en el mismo mundo, siempre hay algún personaje que aparece en más de una historia o algún suceso que se menciona, esto es un recopilatorio de ello Leer más sobre La Realidad.