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El Sibilino

El Sibilino


Buscaba un letrero en la puerta que debería decir: «El Sibilino. Lectura del presente.» Así lo había leído en el diario. Era un pasillo solitario. En un piso cuatro de un viejo edificio. De esos a los que siempre les falta el uno. «Adivino su pasado», anunciaba otra puerta. ¿Para qué?, si yo ya sé. Y justifico todo lo que fue con un determinismo inexorable. Siempre hay algo que no gusta de nuestras fotos viejas. El cabello. La ropa. Una sonrisa. Son una burla de nosotros. Estamos seguros de la ridiculez del pasado, pero desconocemos la del presente. El que adivinen mi pasado lo más que haría es: ¿qué, sorprenderme? Na. Yo ya sé qué paso, y lo que pasó aún se ve. O acaso no son estas cicatrices que tengo en la piel lo que ha sido. Las llagas de mi alma. Y el olvido la sanación de mi mente. Una reacción natural al dolor y a la vergüenza. Olvidar. El que lo haga sin consultarme es una maravilla. ―Te ha ido de la mierda ― dijo el adivino. ― Oh sí señor, ¿cómo lo supo? ― Te ha ido mal en el amor ― continuó. ― ¡Oh por dios sí!, ¿cómo es posible? ¿cómo lo supo? ― Todas te han abandonado y dejado enamorado, lleno de ellas ― lo tenía el adivino. ― ¡Por dios sí!, así ha sido maestro. Así exactamente. ―Y aún estás enamorado y deseas que vuelva con todas tus fuerzas. Pese a sus engaños. A ti no te importa nada. Quieres que vuelva a tus brazos, a tus labios, a tu lado; y cambiarías todo lo que tienes por eso ― ¡Sí maestro sí! ¡Oh por dios sí! Ya no puedo más maestro, usted es impresionante maestro. El tipo lloraba desconsoladamente. El maestro seguía: le diste todo, te endeudaste, renegaste de tu familia y de tus amigos; a sus advertencias de que te estaban engañando, de que no te amaban. Le diste lo que tenías y no tenías. Perdiste todo para que ella quisiera estar allí y cuando no hubo más: se fue y te dejó, así. Así como estás. Tirado en la calle y en el vicio. Sin familia, sin amigos. ― ¡Si maestro sí!, así ha sido maestro y sufro, y enloquezco. Y no puedo más ―replicaba ya sin medirse y en total desesperación aquel hombre. ― Y peor aún: has pensado en matarte, para no pensar en ese amor que te come cada célula. ― seguía seguro ya el maestro sin titubear. ― ¡Sí maestro sí!, ya por favor. ¡Pare! - ahogado sin aire. Los mocos lo ahogaban y las lágrimas y el sudor se encontraban en su pecho, ya expuesto fuera de una camisa que lo oprimía. ― Y sientes que ya perdiste la razón y quieres matarla o morir, al imaginarla desnuda encima de otro ― le dijo filosamente. ― ¡Ya no más! ¡Ya por dios, ya no más! ― Carne con carne. Su piel desnuda y sudada, resbalándose. Aferrándose ambos. Sus pechos enhiestos vibrando en sus labios. Ella subiendo y bajando como jamás subió y bajó contigo. Su cabello suelto, mojado y pegándose a su cuello y sus hombros. Sus ojos cerrados para no volver jamás de ese placer que él le da y que jamás los viste cerrar contigo. Con las manos de aquel una en cada… ¡Pum! Un golpe seco contra el linóleo del piso. ― Se murió este hijueputa, dijo el maestro; y con una voz ahora susurrante: ¡amigo, amigo! El hombre abrió los ojos. Había parado de llorar. ― Maestro no pude más, perdóneme y dígame: ¿qué hacemos ahora? Ayúdeme por favor, dígame qué hago ― rogó el hombre sollozando. ―Son 150 dólares y en la puerta dice: «Adivino su pasado»; no: «Salvo su presente».


Otra puerta del mismo pasillo, del mismo edificio, anunciaba: «Adivino su futuro». ¿Para qué? Para qué ver un futuro. Para qué quitarme esta incertidumbre que soy. Este porcentaje a medias de esperanzas y de penas que puedo llegar a ser. O seré la totalidad de una o la totalidad de la otra. Siempre al final estará la pena. Pero viviré respirando esperanzas. No quiero saber mi futuro. Que es justo ahora cuando paro de escribir esta sandez. Ahora será futuro. Ahora es presente. Ahora es pasado y ya fue todo lo demás. Anhelo y hecho. Futuro pretencioso. Pasado resiliente y un presente que soy. ― Estoy aquí porque quiero saber que ve en mi futuro ― preguntó el cliente. ― Eso ya lo sé. La cuestión es: ¿está conforme con su pasado?, preguntó el adivino. ― De algunas cosas sí, de algunas cosas no. Todos quisiéramos ser mejor de lo que fuimos. Tal vez, mejor de lo que somos ― contestó fatuo el cliente. ― ¿Y cómo cree usted que está ahora; en este presente que ya está por pasar? ― consulta de nuevo el adivino. ― Pienso que… si estoy aquí, averiguando: ¿qué seré?, no debo estar muy bien ― contestó ahora inseguro el cliente. ― No piense eso ―, recomendó casi indicando el adivino. ― Sería una gran ventaja saber su futuro ―. Y continuó: tengo tres ofertas siempre. Cada una con un precio. Del futuro más lejano, que es el más costoso. Al futuro venidero o a medias próximo. Y el futuro inmediato, que es la tarifa mínima ― explicó metódicamente el adivino. ― Quiero los tres. Dígame los tres ― no dudó ahora el cliente en responder, ahora obviamente curioso. Se miraron fijamente por un tiempo incierto. Reinó el silencio. El silencio es un vacío. Un privilegio. Una sirena lejana se oyó. La exhalación del cliente. Un zapato al presionar la alfombra. Se levantó y camino hasta él. Todo tiene un sonido, lo que falta es atención. Se puso por detrás y puso una mano en su hombro. Un tacto sin intenciones. Ahora pone sus dos manos sobre la cabeza del cliente. Metió sus dedos entre sus cabellos. El pulgar pasaba suavemente sobre los otros dedos, con el cabello en medio como un cómplice lúbrico. Yendo y viniendo. Desmenuzando entre las hebras. Luego, apretaba el cráneo. A veces suave. A veces fuerte. Llegaba a ser agradable. Movió su cabeza hacia un lado. Hacia el otro. Buscando. ¿Frenología? ― ¿Es usted un freno…? ― ¡Shh!, lo interrumpió el que buscaba. ― Es tu futuro inmediato el más barato de mi servicio, y paradójicamente el más importante: lo que seremos después del ya, es lo que determina el futuro que podemos ser, más allá. Es decidirse, la raíz de todo futuro. ― Pero señor… ― ¡Shh!, lo interrumpen nuevamente. Parsimonioso, regresaba a su escritorio. El cliente carraspeó. Extrañando aquellas manos. Reponiéndose de aquel contacto. ― Tu futuro venidero es tierra fértil a tus pretensiones. De que se dé todo lo que esperas. Lo que sea. Porque podría estar lleno de intenciones o lleno de actos. De un gran empeño en algo: ¿en qué?, eso solo tú lo sabes. Porque el empeño es energía y la esperanza fuente de ella. Esa intención que aviva el anhelo. Pero no es la intención digna de reconocimiento. Solo el hecho lo es. Todos tenemos deseos. A mí no me interesa si es el tuyo un deseo justo o abyecto. Es deseo al fin. Es asunto tuyo. Del que anhela. Hizo una pausa que aparentaba necesitar. ― Tu futuro más distante, el más lejano; es un lujo que te das. Que te permites. La enjundia de estar aquí. ― ¿Dígame que ve, dígame que hay más allá?, imploró aquel hombre. ― Te vas a morir hijueputa. ― ¡Pero señor cuá…! ― ¡Que putas se yo! Te vas morir. Y saco un arma de un cajón. ― ¡Ya! ¡Aquí está ridículo!, ¡Ya si quieres! Y puso el revolver sobre la mesa, entre los dos. ― Sé muchas cosas malas que no quiero saber. Nada que no haya pasado antes pasará. Todo futuro ya ha sido. Ponla en tu sien y tira del gatillo. Vuélate los sesos: aquí, en esta oficina, y habré tenido razón. O sal de aquí dispuesto a empezar a construir el tuyo. En el tiempo que aún tienes, porque el tiempo no es propiedad, solo está. Nadie tiene tiempo, sino el tiempo a todos. Aferrados a él sin dignidad. Y él, sin piedad de nadie. Rogamos que pase y rogamos que se detenga. En esta inconformidad malagradecida que somos. Tal vez hagas algo por ser el recuerdo ocasional de alguien, o de algunos, o tal vez no, y no importa. Igual tendré razón. O tal vez al final solo te conformes con esperar y ahí llegará, por ti. Por fin. Al gusto de ella. La muerte. Y morirás. Este futuro es el más caro, porque yo nunca he fallado.

Al final estaba la puerta que buscaba. «El Sibilino. Lectura del presente.» Este es el hombre. Mi mal está en el ya. En el ahora. Una panacea que alivie todo. ― Bienvenido, pase. Siéntese ― una voz que invitaba a que todo estuviera bien. ― Gracias. Que música tan bonita señor. ¿Quién es? ― preguntó. El hombre olía un vaso con un trago que lucía muy sofisticado. Era una oficina oscura. Había en las esquinas objetos que no alcanzaba a ver. ― Se llama Gnossienne No. 1. Es Erik Satie ― respondió parco. En un cuadro un viejo enjuto era iluminado por un reflejo. Sus brazos abiertos y su mirada al cielo pedían perdón, pedían piedad o esperaba simplemente resignado una decisión. ― Es un hermoso cuadro señor ― y admiraba fijamente el cliente. ― León Bonnat ― respondió con solemnidad. ― Fue lo que me quedó del divorcio. Lo cambié por la custodia de mis hijos. ―Oh, improvisó el cliente. Había un delicado olor a buen tabaco. Satie llenaba el espacio del cuarto con su lamento. El sonido espesaba todo aquello. En otro cuadro, una foto en sepia. ― Una mujer sin brazos. Pero que hermosa y elegante a pesar de todo. ¿Quién es? ― preguntó sin malicia. ― Lorenza Bottner― respondió con amabilidad. ― Es una hermosa mujer ― murmuró con empatía. ― Fue un hombre. Era homosexual. Repuso sin tono alguno el sibilino. ―Oh, ya veo ― repuso el cliente avergonzado. ― Perdió ambos brazos de niño. Se electrocutó salvando unos pájaros de un nido y tuvieron que amputárselos desde el hombro. Así creció. Le gustaba ver el mar desde un alto rocoso. Soñó muchas cosas. Bailar. Amar. Vivir. Un día, no pudiendo más con la tristeza de su condición; se tiró de cabeza a ese mar desde aquel alto. Se estrelló en las rocas. Para suicidarse. Pero no murió. Se rajó la cabeza. Se sintió morir. Luchó por salir y lo logró. Se arrepintió. Entonces vivió. Plenamente. Hizo todo lo que soñó y quiso; y también fue en él lo que vino de cuentas de la vida. ― Qué bonita historia señor ― añadió estúpidamente el cliente. ― Pero entonces, luego de todo eso: vivió feliz ― siguió el cliente intentando un buen final. ― Murió de sida. ― Oh. Pero a los años. ― No, muy joven. Vivió lo que le dio la gana. Bailó. Cogió. Modeló. Fue un marica muy famoso. De los mejores. ― Oh ― no pudo decir más el cliente. Satie terminaba su Gnossienne. Ahora iniciaba lentamente su Gymnopédie No 1. ― Señor, su música me está atravesando el pecho: ¿me brindaría un trago de whisky por favor?, se me ha venido la vida encima, el tiempo. Ahora no sé qué vine a hacer aquí, no sé qué vine a buscar. No sé si quiero algo más que este instante ―. El sibilino guardo silencio. Ambos oían el piano y rogaban que no terminara jamás. Y que eso fuese la vida. Una canción consolando un dolor sin lugar. Una pena sin razón. Ahora, cualquier palabra estará de más. El sibilino le preparó el trago. Todo estaba en envases finos de vidrios gruesos. ― Señor, este momento es maravilloso. Sublime. Me siento desvanecer en cada nota. Siento en mi garganta lo que entra por mis oídos. Lo que entra por mis oídos lo siento en el paladar. Y dentro de mí. Donde yo no sé qué soy. Yo no quiero que pase ― dijo el cliente. ― Sinestesia. Este es el presente amigo mío, lo comparto contigo y tu compartes conmigo, el tuyo. Te diré un secreto amigo: lo elegante es el vaso, el trago es una mierda. Carta vieja oscura. Sabe a culo. Oigamos a Satie y roguemos juntos que no termine jamás.

2 de Mayo de 2021 a las 16:33 0 Reporte Insertar Seguir historia
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