cynstories Cyn Romero

Los desencuentros de Tadeo y Leyla no parecen tener un fin. Ni amantes, ni amigos, solo en el campo de batalla han sido un buen equipo. Pero la familia de ella tiene raíces muy profundas y la de él tiene alas muy grandes, para desperdiciar el potencial de una sociedad en común. En una nación llena de conflictos, nunca faltan las misiones para agentes como ellos. La codicia y el deseo de poder de más de uno los tendrá en la mira, como las herramientas de siempre. Sin embargo, las cosas podrían ser diferentes, al menos una vez. Por separado, son impresionantes. Y juntos, nadie lo sabe.


Erótico Sólo para mayores de 18.

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Hablando de inicios

Si tengo que ser sincero, no sé adónde se remonta el comienzo de esta historia. Sé que pude haber evitado todo este lío dando un paso al costado en algún momento, pero no logro identificar cuál. O es que no quiero renunciar a lo que más he amado en nombre de mi tranquilidad. En la vida, una cosa está tan ligada a las demás, que es imposible desear que una desgracia no haya ocurrido sin quitar de nuestra existencia uno de nuestros mejores momentos.

En realidad, sí se me ocurre algo. Puedo pensar en una noche en particular que se acerca a esa noción de «si no hubiese estado allí...». Resumiendo, que si me diesen la oportunidad de borrarla junto con sus consecuencias, mi vida no hubiese estado tan revuelta.

Mi nombre es Tadeo Montana y fui uno de los locos que ingresaron a Gorna, la ciudad independiente, para armar el lío que nos llevó a la Rebelión de Clanes y el cambio de presidente hace dos años. Este continente, en general, no tiene muchos años de tranquilidad, pero mi país ha logrado batir el récord de conflictos. Esto nos ha marcado, no solo a los Montana, también a varias de las familias más poderosas de la región. Así es como herederos como Carlos Siler, Juana Velari y yo ejercemos de agentes para defender el interés que convenga en el momento. En otra realidad, mi padre estaría muy aburrido en su caserón lleno de sirvientes, con sus caballos o sacando a mis hermanos de sus escándalos. Yo sería uno de esos insulsos que solo muestran personalidad a través de los autos de lujo que compran con el dinero que hicieron sus ancestros.

No sé si he tenido suerte viviendo en esta realidad o si preferiría un mundo en el que no existiese la magia, con tal de dormir más horas o no haber visto ciertas cosas. Pero no es mi intención lamentarme, lo que hago me sale muy bien y he aprendido a enorgullecerme de lo que gano con mis manos.

La noche a la que voy a referirme no es la que llevó al enfrentamiento con Iriarte, el tirano que nos sacamos de encima. Es otra, muy posterior a ésa.

La recuerdo muy bien. ¿Cómo no hacerlo? Si entre los poderes del fuego está el grabar las cosas, moldearlas para convertirlas en algo que luego no podrá ser deshecho. En los que utilizan este elemento, como yo, esto se traduce en una memoria detallada. Lo cual es algo muy útil para la vida cotidiana, pero en ciertos casos puede convertirse en una tortura.

Era casi primavera y, en los pueblos de las montañas del este de mi país, la costumbre era armar grandes celebraciones en las que casaban a todos los jóvenes que cumplían edad suficiente. No me pregunten a mí qué criterio usaban y menos si estaba de acuerdo con eso, yo tenía treinta y todavía estaba soltero.

Lo sé, un casamiento colectivo parece cosa de la Edad Media, pero a todos les hacía mucha ilusión. Yo acababa de recibir el dinero por un encargo bastante engorroso para un grupo local, así que no me convenía burlarme. Siempre hay que mantener abiertas las puertas de un antiguo cliente y las posibilidades de nuevos negocios, o eso dice mi hermano mayor.

Me había visto arrastrado hasta allí por la noticia de que un demonio se había apoderado de Airan, un pueblo cerca de la frontera, y nadie podía entrar o salir. En ese momento organicé un pequeño rescate.

La situación había escalado a tal punto, que todas las mujeres jóvenes fueron abducidas y encerradas en el Palacio del Concejo, el pueblo empezó a correr el rumor de que había un demonio devorándoselas y el miedo y la desinformación empeoraron las cosas. Cuando llegué con mi equipo, los demás pobladores no se acercaban por la zona, habían cerrado los caminos y cada salida del pueblo con carteles de advertencia. Los airanos habían quedado encerrados, en el terror y el sufrimiento.

Agradecí el estar allí, siempre prefería las misiones en las que podía hacer un bien. No es que pudiese elegir demasiado, a veces me tocaba ser solo la destrucción que daba paso a que otros construyesen una nueva realidad, más acorde con las preferencias del cliente de turno de la agencia. Y ya que aquí me tocaba hacer el papel de bueno, lo haría con gusto. Pero no imaginé que tendría compañía en aquella batalla.

Había olvidado que Airan era el lugar de origen de otra agente. Y si su gente estaba en peligro, no se contendría en intervenir. Así que allí estaba, la dueña de mis ojos, la única a la que una vez rendí una jugosa recompensa por el gusto de verla sonreír. Leyla Robledo.

Pertenecíamos a agencias que competían entre sí, respondíamos a distintos intereses la mayoría de las veces, por lo que encontrarnos trabajando en una misma misión no solía ser buena noticia. Ver que estábamos en el pueblo de Airan solo para liberar a esas personas fue un alivio enorme.

Trabajamos juntos. Por primera vez desde aquella única ocasión, dos años atrás, en la que hice el papel de idiota con ella. En esta oportunidad, me porté como un profesional. Pensé que se lo debía. En respuesta, ella colaboró conmigo de la misma manera. Fue una satisfacción extraña, una sensación agridulce que se instalaría en mí por el tiempo que durara todo aquello.

Por suerte, no fue demasiado.

El gran demonio había resultado no ser más que un genio que quería hacer escándalo y quedarse con todas las mujeres airanas para él. Y por genio no me refiero al simpático personaje de alguna película infantil. El que escribió Las mil y una noches se quedó corto con lo tramposos y peligrosos que pueden llegar a ser esos engendros.

Investigando el origen de la invocación, descubrimos que habían sido los propios integrantes del Concejo del Pueblo de Airan quienes lo habían llamado a esta dimensión, sin tener consciencia de que no podrían controlar una entidad como ésa.

Al menos pudimos llegar a tiempo de evitar que el caos terminase en tragedia.

Y no fuimos los únicos en llegar hasta ahí. La legendaria agente Mayra Robledo, hermana mayor de mi pequeño tormento, nos acompañó. Sobra decir que fue ella el factor decisivo en que pudiésemos atrapar al genio. Como dicen los cuentos, un genio es fácil de liberar pero muy difícil de volver a encerrar. Ella logró hacerlo, atrapándolo dentro de un elemento que hizo las veces de portal. En este caso, un anillo.

Mis agentes y los de Leyla terminamos trabajando juntos, creí que con esa satisfacción tendría suficiente para el resto de mi carrera. Había visto el último golpe de la impresionante Mayra, que con esta victoria pudo obtener su retiro. Yo tendría más de una anécdota para contar, aunque la gloria fuese ajena.

Aunque Leyla volviese a salir de mi alcance y tal vez nunca volviese a tener una oportunidad como ésa.

Los ancianos que habían invocado al genio fueron apresados, por lo que el pueblo quedó sin autoridades. Con Mayra, como representantes de ambas agencias, debimos hacernos cargo del Palacio del Concejo, hasta que llegaron los enviados del gobierno nacional.

Luego, colaboramos con la policía. Perdí de vista a Leyla y en parte lo agradecí. No podía hacerme a un lado de mis obligaciones, así que me mantuve ocupado por una semana. Sería la perfecta excusa para contener mis esperanzas, guardarlas en el baúl donde debían quedarse, por mi tranquilidad.

Hasta ese día, en que la agencia me notificó que las cosas ya estaban en orden y podía marcharme en paz, de vuelta a casa, a la capital. Me pregunto qué sería de mí si me hubiese ido de inmediato. ¿Hubiesen cambiado en algo las cosas?

Debí empezar con mis sospechas cuando vi llegar a Airan a mi progenitor, el mismísimo Floriano Montana con su comitiva. Jamás se metía en mis asuntos, él solo daba las órdenes y yo me limitaba a ejecutar y cobrar. Pero el viejo estaba contento, dijo que venía a pasear. Ingenuo de mí, le creí. Incluso lo dejé arrastrarme a esa fiesta cuando bajó el sol.

Aunque no entendiese sus intenciones, como de costumbre.

No supe por qué, pero me encontré aquella noche sentado en los almohadones rojos y morados del salón de la casa Robledo. Las bandejas de comida del servicio iban y venían, los invitados más inquietos ya estaban moviéndose al ritmo de la percusión y las guitarras de la banda ubicada en un rincón. Yo no podía apartar la mirada de mi único interés en ese pueblo.

En medio del lugar, bailando como si no hubiera un mañana, estaba otra de las responsables de ese asunto. Leyla no se había marchado de Airan.

Todavía no podía creer que nos hubiéramos reencontrado.

Así que, si pudiese identificar el momento en que se abren dos caminos diferentes para mí, con la posibilidad de que mi vida no llegase a ser lo que es hoy, creo que debería ser éste.

¿Volvería atrás? No lo creo.

Algo parecido al destino nos había vuelto a reunir.

19 de Abril de 2021 a las 23:59 0 Reporte Insertar Seguir historia
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