lunanuevamcr S.T. Moon (LunaNuevamcr)

A veces la vida te enseña de una manera poco convencional a dónde perteneces y esas raíces ayudan a conectarte con lo que más importa. Todos los derechos reservados registro 2104167522066


Drama Todo público.

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La niebla cubre la montaña, no ha amanecido y solo la luz del fuego aún ardiente ilumina desde las canecas. Voy con mi padre, ayudándolo a andar mientras descendemos el poco terreno que hay desde nuestra casa hasta el sembradío. El olor a tierra mojada inunda mi nariz y una sonrisa se dibuja en mi cara, detrás del pasamontañas.

Hace un año que regresé, después de pasar más de diez años en la ciudad. Partí de mi casa un diez de enero, con mis maletas casi vacías, pero mi mente llena de ilusiones. Me esperaba la universidad y una carrera en mecatrónica. Mis padres, orgullosos, me acompañaron a la terminal de transportes para que diera comienzo a la que sería la aventura más grande de mi vida. Hoy reconozco que no fue la aventura más grande, solo fue aquella que me reafirmó el lugar al que pertenezco; aunque la universidad sí fue una de las mejores experiencias de mi vida, ya que aprendí y conocí sobre aquello que realmente deseaba. Sin embargo, no dejaba de sentirme vacío.

Cinco años después, mis maletas ya tenían más peso, pero mis ilusiones estaban mermadas. La ciudad y los amigos eran buenos alicientes, pero no lo suficiente. Me sentía muy solo, más de lo que nunca me había sentido, pero lo soportaba bien debido a que me emocionaban la incertidumbre y la adrenalina que me producía ser retado intelectualmente en el trabajo.

Comencé una nueva carrera, me casé y tuve una niña. Solía salir a jugar con ella en el parque y le enseñaba el nombre de las flores. Era una actividad que disfrutaba muchísimo y que descubrí que me llenaba más que el resto de mis tareas diarias. Para ese entonces hablaba con mis padres solo una vez a la semana, ya que las comunicaciones cerca de casa eran bastante nefastas. En una de esas llamadas mi padre me aconsejó que enseñara a sembrar a su nieta y me gustó tanto la idea que de inmediato compré todo lo necesario. El siguiente fin de semana armé con ella una huerta casera, que dejamos a la entrada del patio del apartamento que nos servía de hogar. Pronto el sembradío que comenzó con algunas semillas de pensamientos y besitos de alegría se expandió para que tuviéramos no solo plantas ornamentales, sino algunas hortalizas y aromáticas, que llenaron de vida y olor nuestro patio, y nuestra cocina de sabores más puros e incluso nuevos para mi niña y mi mujer.

Volví a descubrir, junto a mi pequeña, el placer que me daba tener tierra entre las manos, sentir el olor a hierbabuena y cavar pequeños hoyos para las semillas. Volví a conectar con el niño aquel que disfrutaba levantándose todos los días a cruzar la niebla de la madrugada para ir a ver las nuevas hojas que tenían mis plantas. Sí, porque esas plantas que sembramos con mi padre, y que luego íbamos a vender en la carretera, eran mías hasta que, para poder cosecharlas, debíamos arrancarlas. Las papas, las zanahorias y los cubios eran mis juguetes de pequeño y el aguapanela con queso, que mamá nos daba antes de salir, eran mis alimentos preferidos.

Le enseñé a mi hija cómo cosechar las hortalizas, cómo cuidar las flores y cómo aporcar la tierra. En pocos meses ya disfrutaba tanto como yo. No podíamos viajar a menudo a casa, pero cuando lo hacíamos nos pasábamos más tiempo con mi padre en los terrenos que reunidos con la familia.

Mi vida comenzó a tener más ritmo y me sentía un poco más vivo, tanto que aprendí a disfrutar de mi trabajo y de las horas en que todo era distinto de cómo había crecido. Lo disfrutaba; lo disfruté, hasta que llegó ese oscuro día.

La ruta del colegio pasaba sobre las seis de la mañana a recogerla. Todos solíamos levantarnos temprano a regar las plantas y a arreglar la cocina. Nuestras risas sonoras llenaban de color aquel apartamento hasta el último rincón, mientras Mónica, mi mujer, llamaba a gritos, pocos ortodoxos para la hora, a Sarita para que fuera a desayunar. Esa fue la última vez que le di dos besos a mi pequeña regordeta y a la mujer de mi vida. Fue la última vez que las vi atravesar la puerta, mientras que yo alistaba todo para salir a la oficina y fue la primera y última vez que escuché la ruta frenando en la vía, el chirrido de las llantas derrapando y gritos de miedo en vez de risas.

Salí corriendo, con mucha prisa, descalzo y aún sin el saco sobre la camisa, para encontrarlas a ambas inertes sobre la calzada, esperando un auxilio que no llegaba. Me acerqué, grité, lloré. No había nada que hacer, estaban solos sus cuerpos recortados por la luz del amanecer.

Llené sus tumbas con cientos de flores, pero no iba a mentirme, volvía a estar solo. En ese espacio no había más que restos, su esencia se había lejos y yo ya no podía mantenerme cuerdo. La vida regresó a ser lo que era: un entorno aburrido, sin sentido; ya no me hallaba ni siquiera cerca de la huerta y sabía que necesitaba un nuevo camino, algo que me permitiera honrar sus memorias para no terminar buscando algún tipo de alivio en un sitio vacío.

Así que renuncié al trabajo, vendí el apartamento y regresé a mi casa. Volví con las maletas llenas y la mente sumida en la tristeza. Abracé a mis padres, como tal vez nunca había hecho desde que era un niño, y construí mi casa en el jardín trasero, lugar que habían destinado para eso desde que era chico. Comencé de nuevo mi rutina conocida, volví a tomar aguapanela con queso todos los días. Salía con papá a arar la tierra, pero a eso le sumé otras cosas que antes no hacía.

Me di cuenta de que los diez años que había pasado por fuera no pasaron en vano y mi padre ya no tenía la fuerza de antes; le costaba caminar en terrenos con desnivel, que son los que en su mayoría rodean nuestra casa, pero aun así lo intentaba hasta llegar incluso a bajar a gatas. Así que decidí ayudarle mantener su ritmo y convertirme en el hijo que quizás nunca había sido. Le cambié el berraquillo por un bastón robusto y me convertí en su andador de madrugada.

Ser padre me enseñó a ser un mejor hijo. Perder a mi hija me enseñó a no perderme nada con mis padres y en honor a ella es que ahora con él camino y lo tomo de las manos para ir a los rosales. Vemos juntos crecer las papas, las zanahorias y los cubios. Aporcamos las plantas de flores y recolectamos frutas. Ayudo a trasladarlo de un lugar a otro y hago las tareas de ordeño, corte de leña, aparte de la siembra. Desde hace unos meses estoy haciéndolo todo solo, pero no me importa porque él está conmigo, sentado, acompañándome. Ese detalle solo es la muestra que mi padre y yo hemos cambiado de lugares. Así es como debe ser; como siempre debería ser.

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Fin

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S.T. Moon (LunaNuevamcr) Escribir es la mi forma de exorcizar mi alma. Mi manera de sacar de adentro todos aquellos sentimientos escondidos, replegados y que necesitan salir, es la forma en que mi corazón habla a través de las líneas y le dan sentido a todo lo que vivo a diario, es mi amor escondido, mi escondite clandestino, el descanso de mi alma, la pasión de mi mente.

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