isaac_clemente_g Isaac Clemente

Issana, la diosa del estudio y la sabiduría, gobernante de Gessea, ha huido y abandonado a sus discípulos. 200 años después de ello, el planeta ha perdido a gran parte de los magos, cayendo en picado y siendo vistos como un problema a resolver. Gessea vive un tiempo de revolución. Uniones entre países enemigos, rivalidad entre Central, la nueva nación del progreso, y, en medio de todo eso, Saj. Los periódicos hablan de rebeliones, libertad, poder y lucha, pero nada de eso le importa a los Cazadores. Amados y temidos a partes iguales por todo el mundo, son magos que se dedican a matar a todo aquel que haya sucumbido a la magia oscura. Viver, el más famoso de todos ellos, acepta como pupilo a un extraño mago con habilidades inusuales que puede tener la llave para poderse retirar de por vida. Issana, la diosa del estudio y la sabiduría, gobernante de Gessea, ha huido y abandonado a sus discípulos. 200 años después de ello, el planeta ha perdido a gran parte de los magos, cayendo en picado y siendo vistos como un problema a resolver. Gessea vive un tiempo de revolución. Uniones entre países enemigos, rivalidad entre Central, la nueva nación del progreso, y, en medio de todo eso, Saj. Los periódicos hablan de rebeliones, libertad, poder y lucha, pero nada de eso le importa a los Cazadores. Amados y temidos a partes iguales por todo el mundo, son magos que se dedican a matar a todo aquel que haya sucumbido a la magia oscura. Viver, el más famoso de todos ellos, acepta como pupilo a un extraño mago con habilidades inusuales que puede tener la llave para retirarse de por vida. . Esta historia es una continuación de Arena Negra, pero más allá de que comparten un personaje, no hay ningún tipo de spoiler ni hay que leerse Arena Negra para entender nada. Es una obra a parte que, más allá de referencias, poco tiene que ver con la historia principal. Sin embargo, si os gusta la historia, siempre podéis entrar a mi perfil y leer más a cerca de este mundo.


Fantasía No para niños menores de 13.

#fantasía #magia-dura #arena-negra
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PRELUDIO

TarTar corría todo lo lejos que sus cansadas piernas le permitían correr. Trataba de dar pasos firmes y rápidos, pero el miedo y la piedra mojada por la lluvia le impedían dar dos pasos sin resbalarse, tropezarse, perder el equilibrio o caerse. Su aliento entrecortado exhalaba vaho por el inhumano frío que hacía en esa selva perdida de la mano de Issana. Cada paso que daba, cada giro que hacía y, en resumen, cada decisión que tomaba para escapar de la bestia le hacía repetir las mismas palabras en su cabeza, las mismas que escuchó un día antes en la taberna de los hermanos Raven: “Ya no estás en casa, muchacho”.

Dobló la esquina en un intento desesperado por perder de vista al monstruo. Sacó de su bolsillo una pequeña daga para abrirse paso por las hojas y lianas del espeso bosque, fallando la mayoría de las veces e insistiendo en los lugares donde había acertado, pues su única arma estaba roma.

Suspiró, tratando de calmarse. La bestia, que bien podía haber salido de la mente del mismísimo Salinos, seguía haciendo ruido en la lejanía. Sus graves y sonoros rugidos hacían retumbar los árboles, obligándolos a derramar en TarTar las gotas que portaban. Como un terremoto, la tierra se sacudía en cada rugido. Cada vez más cerca, penetrando cada vez más y más en los tímpanos de TarTar. El sonido que producía se asemejaba al de miles de trompetas de guerra sonando al mismo tiempo, peleando unas con otras para hacerse notar entre tanto caos. Hubiera jurado que hasta podían atravesar su piel, adentrarse en sus huesos y agitar su alma.

«Está bien», pensó TarTar, «has perdido el camino, has perdido la bandolera con todos tus materiales de Cazador, pero todavía puedes darle la vuelta a esto».

Una de las mayores virtudes de TarTar era su rápida adaptación en situaciones de máxima presión, fruto de su trabajo en las fábricas de Central. El problema era qué hacer una vez se había adaptado.

La solución más fácil, aunque no le hiciera mucha gracia, sería usar sus maldiciones. Para su desgracia, no le quedaban casi reservas de poder en su cuerpo. Ese último empujón que me queda era su única esperanza de salir con vida en caso de otro encontronazo con la bestia

«Sé sincero contigo mismo, TarTar. No tuviste ninguna oportunidad siquiera con el tanque lleno».

Una vez aceptada su muy segura muerte en el caso de una pelea directa, usó una pequeña parte de sus reservas para la maldición de fuerza, lo que le sumaba un gran porcentaje de su fuerza, que de base no era demasiado elevada. Sintiendo cómo sus músculos se hinchaban al momento, partió por la mitad las lianas que le bloqueaban el paso.

Esa maldición no aumentaba sólo su fuerza, sino también sus sentidos y su factor de curación. En teoría, según lo que contaban las leyendas de los Cazadores, existía alguna manera de separarlas o algo así. No estaba muy puesto en los aspectos técnicos. Por experiencia, cuanto menos supiera de sus maldiciones mejor. De todos modos, TarTar nunca fue una persona estudiosa.

Odiaba a los típicos magos que malgastaban su vida en aprender trucos que luego no podrían utilizar. Una vida sentado escribiendo en una mesa por la que todos peleaban, ¿y para qué?

Central estaba llena de gente así, por eso huyó lo más rápido que pudo. La vida de la gran ciudad no era para él. No, a él le gustaban las aventuras, así que decidió hacerse Cazador.

«Y mira donde has acabado».

Consiguió pasar al otro lado y, a la distancia, divisó un pequeño campamento amurallado, ‘El corazón del bosque’, según decían algunos Cazadores. Se trataba de una zona apartada del gobierno de Saj donde los cazadores más habilidosos descansaban cuando estaban haciendo algún contrato. La única pega era que un pequeño y muy resbaladizo barranco lo separaba de su ansiada recompensa.

TarTar tiró las lianas al suelo. Una persona más lista las hubiera usado para tenderle una trampa a la bestia, pero él no era uno de ellos. Era un chico de corazón puro y bravo, o por lo menos así le gustaba imaginarse, pero desde luego no era ningún cerebrito, Issana le salve de eso. No, ellos estaban muy tranquilos en la ciudad intentando besar los pies de cualquier nombre medianamente importante para que les den las migajas que le sobran. El repudiaba esa vida, por eso había salido a la aventura, por eso…

«Por eso estoy atrapado en medio del bosque y huyendo de un monstruo».

Pensó en subirse a un árbol y esperar a que la tormenta amainase, pero el musgo húmedo le impedía trepar, además que la bestia a la que intentaba dar caza, aunque acabase siendo él la presa, podía cortar las raíces de los árboles con su alargada y afilada barbilla y luego arrancarlos con su potente mandíbula, así que comenzó a bajar cuidadosamente hasta el fondo de la grieta.

La altura de esta podían ser de unos siete metros, teniendo al menos el doble de anchura. Bajar era fácil, lo complicado sería volver a subir por el otro lado, pero eso era un problema para el TarTar de dentro de diez minutos.

Desde la lejanía todavía se podía escuchar a la bestia rugir. Con calma por la alta probabilidad que tenía de salir con vida, se sintió mal consigo mismo por volver con las manos vacías. La bestia, que no recordaba su nombre, valía mil monedas de oro, a parte de lo que podía sacar por su piel impenetrable y su dura barbilla, que era habitualmente utilizada para armamento. El monstruo había acabado con la vida de cinco personas y tres hómalis sólo esa semana.

«Has tenido suerte, maldito bicho. Hoy no serás presa de TarTar, el Cazador».

Casi como si a algún dios con un sentido de humor bastante retorcido le hubiera escuchado TarTar se resbaló, cayendo al fondo de la brecha. Su tobillo se fracturó, lo que le hizo gritar de dolor. Al darse cuenta de lo que había hecho se llevó la mano a la boca y usó un poco de su maldición para calmar su miedo.

Como si el bosque entero hubiera escuchado su grito, todo quedó en silencio. Hasta la lluvia, que había sido como una enorme cascada durante toda la cacería, empezó a menguar. Parecía que hasta ella tenía miedo de la bestia.

TarTar trató de mirar en silencio hacia la lejanía de la grieta, pero los árboles y la espesa niebla que empezaba a aparecer le impidió ver más allá de unos metros. Sin embargo comenzó a notar algo. Una vibración, como si las mismísimas montañas estuvieran caminando. Seguía sin ver nada, pero la vibración cada vez era más cercana. Trató de levantarse, pero el dolor ampliado por la magia se lo impedía, y no podía desprenderse del poder de su maldición, pues gracias a ella no se había desmayado todavía.

Como su última esperanza, agarró la daga con las dos manos. Empezaba a escuchar como la bestia arrancaba árboles enteros a su paso. Desde la lejanía, comenzó a ver la copa de estos caerse al suelo, como titanes muriendo a su paso. Era hombre muerto, ya era un hecho.

El miedo le impedía mantener firme su arma, pero trató de no prestar atención a eso. Ya estaba, era un hombre muerto. No había marcha atrás, nada que pudiese hacer para salvarse. Ese era el fin de TarTar, el aspirante a Cazador. Ya lo había aceptado.

El rugido, una vez más, se apoderó de todo el bosque. Los pájaros salieron volando, los ciervos corrieron, hasta los gusanos volvieron a meterse en el suelo. Ellos sabían quién era el rey ahí.

La bestia, ya a unos metros de él, estaba incrustando su afilada barbilla en el suelo, cortando las raíces. Abrió la boca y mordió el tronco con sus poderosas fauces, dejando marcados sus dientes en él. TarTar se levantó, afrontando a la bestia con honor.

«No me vas a matar, estúpido animal rabioso. Mi destino es ser Cazador».

El monstruo, que tenía una piel grisácea debajo de su pobre pelaje, medía al menos tres metros. Sus cuatro ojos, rojos e imponentes, le miraban fijamente. Salvo, claro, el que había conseguido arrancarle momentos atrás. Con el tronco aún en su boca golpeó a TarTar, haciéndole volar varios metros, hacia una pequeña cavidad de la pared de piedra.

El golpe de la criatura le cortó el aliento, y el de la caída se lo devolvió, como si su vida solo fuera un juego a los ojos de unos espectadores ansiosos por ver algo de pelea, de sangre por intentar sobrevivir. No iba a darles ese gusto, no era de los hombres que negaban su destino.

La bestia tiró el tronco y trató de entrar por la cavidad en la que había metido a TarTar. Este, con una pequeña sonrisa en el rostro, se llevó el dedo índice y corazón a la frente. Un rezo rápido hacia una diosa que ya no los escuchaba.

«De acuerdo, Issana. Nunca he sido de rezar y eso, pero si esto es una señal de que me quieres salvar, tal vez ahora sea un buen momento para tu regreso triunfal».

Aún así, se acercó al ser como pudo. «Si Issana quiere salvarme, me salvaré. Sino, cumpliré mi destino».

La bestia utilizó su larga barbilla para sacarle, haciéndole un enorme tajo a TarTar en el proceso, que volvió a aterrizar en el exterior. La bestia se giró, mirándole a los ojos y cogiendo impulso. TarTar ya no tenía más trucos bajo la manga, ni magia que pudiera utilizar. Ese era su final, tal y como habían escrito los dioses. No se arrepentía de nada, salvo tal vez no haberle preguntado la dirección a la camarera.

La bestia se acercaba, amenazando con cortarle por la mitad y comerle de dos veces, y no podía hacer nada para evitarlo, así que hizo lo que mejor se le daba.

Sonrió y aceptó su muerte con los brazos abiertos.

11 de Abril de 2021 a las 01:23 4 Reporte Insertar Seguir historia
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