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MR JOE


Benicio era actor. "La joven promesa del cine español" para algunos. En efecto, era joven. A sus 19 años había conquistado a la crítica como si de un territorio se tratase. Para la AACCE , su marcha al extranjero supuso la pérdida de cientos de beneficios económicos. Pero a él no le importaba: Frederick Hoffman, aclamado director a nivel mundial, había contactado con él para realizar algunas tomas en Los Ángeles, California. Descubre como la vida de alguien reconocido puede verse retorcida por las ingentes fatalidades del destino. Cualquiera puede verse enano ante las inmensidades marítimas.


Drama Todo público.

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Parte 1: “Como pez en el agua”

Benicio hojeaba las páginas del periódico. Estaba cómodo en su tumbona de terciopelo. Los rayos de sol se filtraban por las nubes mientras la gente reía y disfrutaba en las piscinas públicas. Se encontraba en la terraza de un transatlántico. ¡Caray! Un Transatlántico. Esa palabra se solía asociar a gente adinerada. Debería acostumbrarse a eso.

Benicio era actor. “La joven promesa del cine español” para algunos. En efecto, era joven. A sus 19 años había conquistado a la crítica como si de un territorio se tratase. Su semblante se encontraba por todas partes: panfletos publicitarios, revistas, camisetas, libros… y por extraño que pareciese, siempre era el mismo: pelo oscuro y bien peinado, facciones fuertes y serias, rematadas por unos anteojos que recorrían sus orejas, y su tez más bien pálida.

Para la AACCE, su marcha al extranjero supuso la pérdida de cientos de beneficios económicos. Pero a él no le importaba: Frederick Hoffman, aclamado director a nivel mundial, había contactado con él para realizar algunas tomas en Los Ángeles, California. Eran pocas las escenas en las que aparecería, pero la pequeña fortuna que recibía a cambio lo compensaba.

Después de todo, el transporte marítimo no había sido mala idea. A Benicio no le entusiasmaba viajar durante horas en una especie de corcho flotante, pero la luz menguante del sol, el fuerte olor a salitre y la agradable brisilla, hacían que se sintiera mejor que nunca. Pese a esto, había algo que no le agradaba. No sabía si era aquel dichoso periódico sensacionalista que rezaba títulos como: <<Escándalo en la familia real>>, <<Se encuentran carbonizados los restos de un avión >>, <<Chica resulta huérfana en un accidente de tráfico>> o los ridículos flirteos de los hombres que tenía a su derecha, apoyados en la barra del Cocktail Bar, bebiendo ginebra y riendo tontamente a lo que las mujeres les decían, incluso sin saber de qué hablaban.

Benicio se incorporó en la tumbona y miró su reloj de pulsera.

-<<Las ocho en punto... En quince minutos comienza el concierto... He escuchado por ahí que Diana Vaughan es una prodigio con el piano. Me vestiré y bajaré a cenar mientras escucho a esa tal Vaughan.>>-

Se levantó entonces, dirigiéndose a la puerta metálica. Esta unía la terraza exterior con los interminables pasillos que albergaban los camarotes. El suyo era el número 753. Necesitaba recorrer casi todo el lateral derecho del barco, para después tomar el tercer pasillo a su izquierda y contar desde el 800 hasta el 753 en cuenta regresiva. Los primeros días podía ser divertido, pero, después de llevar varias jornadas allí, resultaba insufrible. Tras atravesar los pasillos desiertos, encontró el número que buscaba: 753. Palpó en sus bolsillos y buscó el llavero. Su mano derecha descansaba en el pomo mientras introducía la llave. Cerró la puerta con un golpe ensordecedor.

Su camarote era todo lo contrario a modesto. El mobiliario, en su mayoría, era de mármol blanco y sus esquinas estaban ornamentadas con pliegues que acaban en punta. La cama era de matrimonio, por supuesto, aunque Benicio no tuviese pareja para compartirla. El baño se encontraba junto al marco de la puerta. Estaba ingeniosamente tapiado por una pared retráctil, pintada del mismo gris oscuro que envolvía la habitación, de forma que, si alguien entraba en la estancia, pasaría totalmente desapercibido. Lo que más destacaba era aquel ventanal blindado que incorporaba un sillón improvisado: el marco inferior era más profundo que el superior, de forma que se podía adornar con cojines y telas para que el huésped se pudiese sentar (o incluso tumbar de costado) mientras observaba las profundidades del mar. Para Benicio, ser rico tenía sus ventajas.

Se dio un baño y se vistió con sus mejores ropas. Su sombrero de copa siempre hacía juego con cualquier prenda. De todas formas, vestía en traje: los sombreros siempre combinaban con ellos. Sacó brillo a sus zapatos de cuero negro y se ató firmemente el nudo de la corbata. Salió del camarote y anduvo pasillo abajo. Las personas se impresionaban al verlo. No podía negarlo, era famoso. Su poca experiencia le impulsaba a asentir o saludar cortantemente a aquellos que se dirigían a él, aunque no fuese su intención.

Las puertas del comedor estaban decoradas con salientes de oro, o al menos eso parecía. A la derecha de los portones había un cartel pegado a la pared. En él se apreciaba a una negra tocando el piano. Su rostro oscuro resaltaba con la luz de los focos, las cejas arqueadas y mirada penetrante, imponiendo respeto. Era la sensacional Diana Vaughan. Benicio solo la había escuchado un par de veces en el tocadiscos de su padre, pero no tenía tiempo suficiente para eso, ya no. Entró en el comedor con paso ligero. Era enorme, parecía un pequeño anfiteatro. Las mesas circulares estaban repartidas por toda la superficie y Benicio se sentó en la más cercana al escenario, situado enfrente de las mismas. La gente cenaba y conversaba a su alrededor. Un camarero se acercó a su mesa y preguntó:

- ¿Alguna bebida para empezar, caballero? -

- Un Martini, por favor… y, oiga, tráigamelo antes de que empiece el concierto si es posible. No me gustaría que me interrumpiesen mientras escucho a la señorita Diana. ¿Sabe?, nunca he estado en un concierto y me gustaría relajarme. Le daré una propina al terminar la cena. Gracias. –

El camarero apareció por la puerta con el Martini en la bandeja. Benicio dio las gracias cuando le ofreció la copa y se acomodó en la silla. Los focos que colgaban del techo se atenuaron y el telón rojo se abrió. Diana Vaughan estaba sentada al piano. Una retahíla de aplausos recorrió toda la habitación.

El concierto resultó ser embriagador y relajante. Sin duda alguna, Diana era magnífica tocando el piano: sus gruesos dedos se movían a una velocidad contradictoria, aporreando las teclas como si fueran mazas, para después reducir el ritmo y acabar prácticamente acariciando el piano con la precisión de un francotirador. El contrabajista y el batería acompañaban suavemente las rítmicas melodías de Diana, que eran puro sentimiento. La música de Vaughan no consistía en repetidas escalas cromáticas. Cada instante que pasaba, parecía que tocaba una canción diferente: podía unir diferentes notas con la pulcritud de un maestro y la imaginación de un niño.

Benicio sintió una punzada en la nuca; algo iba mal. Tenía un leve presentimiento desde que se sentó a leer el periódico. Comenzó a escuchar voces ahogadas y gritos por los pasillos. Diana seguía tocando su música, pero el ruido de las voces se anteponía a los redobles de la batería e incluso a la propia voz de Vaughan. A Benicio se le hizo un nudo en la garganta. Un hombre flaco abrió las puertas del comedor:

- ¡Agua! - vociferó.

- ¡¿Qué ha ocurrido?! – preguntó una mujer mientras abrazaba a sus hijos.

- ¡Aguaaa!... - repitió el hombre- ¡nos hundimos!

No podía ser. A Benicio nunca le había ocurrido nada parecido a esto. Debía ser un error. ¿Cómo iba a hundirse un transatlántico de lujo? Sus dudas fueron acalladas cuando divisó un torrente de agua abriéndose paso por los pasillos.





7 de Abril de 2021 a las 13:20 0 Reporte Insertar Seguir historia
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