anyakiohne11 Anya Kiohne

Dotado de una extraña habilidad onírica, el introvertido adolescente Dorian Kingsleigh se extravía en el umbral del mundo de los vivos y los muertos mientras busca pistas para encontrar a su desaparecido padre. Su destino se entrelaza con el de Orlaith, una misteriosa hada que le ofrece ayuda a cambio de realizar un pacto feérico.


Fantasía Fantasía oscura Todo público.

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Capítulo I

Dicen que el futuro de cada ser está escrito por el destino, que nada ocurre por casualidad, que todo está planificado para que funcione a la perfección como si fuese un minucioso mecanismo. Por tanto, intentar cambiar algo es imposible. Sin embargo, hay otras personas que dicen que existe la libertad de forjar tu propio camino con base en las decisiones propias ante las circunstancias que se presentan a lo largo de la vida. ¿Cuál de ellas será la verdad? Tal vez nunca lo sabremos. Lo único que quedará claro es que alguna de estas favoreció el surrealista encuentro entre dos jóvenes: Clarisse Baudelaire y Dorian Kingsleigh. Ambos eran contemporáneos y residían en Londres, Inglaterra más allá del Támesis. Aunque viviesen en distintos distritos, solían visitar algunos sitios en común y caminar por las mismas calles, pero sin llegar a coincidir ni una sola vez en sus vidas. Aquella peculiar situación habría de cambiar hasta un verano de 1892, cuando ambos llegaron a la edad de 14 años.

Desde que Dorian Blakesley Kingsleigh tenía memoria siempre había tenido extrañas visiones a través de sus sueños. Al principio pensaba que se trataban de pesadillas causadas por su subconsciente, más pronto se dio cuenta de que si bien poseía una imaginación desarrollada no era tan grande como para idear situaciones y escenarios estructurados, pero sobre todo era incapaz de recrear la atmósfera fantasmal presente en cada una de ellos. Durante sus primeros años de vida poseía una curiosidad innata (que terminó por conservar en su adolescencia), natural para un niño por lo que pronto comenzó a cuestionarse sobre el origen de aquellos misteriosos e inquietantes sueños. Uno de los que mejor recordaba fue un presagio que tuvo antes de la desaparición de su padre, hecho indudable que dejó un gran impacto en su corta vida. La medianoche del 31 de octubre de 1882, un pequeño niño de negros cabellos dormía en su cama, sumergido en un sueño profundo después de una agitada fiesta familiar. Tan pronto cerró los ojos los sonidos fueron apagándose y la oscuridad se desvaneció por completo revelando una vívida escena. Su padre se encontraba en una oficina redactando su próximo artículo científico cuyo título era: “La comprobación de la selección natural: la adaptación de la polilla moteada" Keith Hugh Kingsleigh era un reconocido naturalista, desde muy joven había tenido una gran fascinación con la naturaleza por lo que recibió con entusiasmo la mayor parte de las ideas de Darwin. Sus trabajos de investigación comenzaron a publicarse en 1878 en la revista Terra. En el borrador de su artículo de divulgación se esforzó por explicar de manera acertada que el incremento de polillas negras se debía a que dicha coloración les permitía ocultarse entre los árboles manchados de hollín. El nombre del proceso de camuflaje de los lepidópteros era melanismo industrial, estaba claro que con sus habilidades de escritura podía lograr dar a conocer esta información. Incluso antes de escribir el manuscrito le expuso a su hijo el contenido con la mayor simplicidad posible para la comprensión de un niño de 4 años, tenía confianza en ese aspecto. Dorian no se molestó en leer aquel complicado texto lleno de tecnicismos que no lograba entender. En cambio, dirigió la mayor parte de su atención al hombre de ojos grises que tachaba algunas palabras, para sustituirlas por otras.

—¿Qué más se supone que debería hacer? Lo que estoy escribiendo es polémico. Podríamos perder el apoyo monetario de algunos de nuestros inversores más conservadores. ¡Por mi culpa esta revista podría ser satirizada! Hablando conmigo mismo en mi escritorio, debo estar perdiendo la cabeza —dijo frotándose las gafas con un sutil frenesí y pellizcando el puente de su nariz.

—No es como si alguien pudiera escuchar mis quejas, no me gusta preocupar a ningún amigo mío mucho menos a Lily. Ella misma debe estar harta de escuchar a sus ineptos colegas.

Entonces el espectador fue conmovido y olvidándose de que aquel acontecimiento era onírico decidió acercarse a su afligido progenitor para consolarlo. Al intentar darle algunas palmaditas en la espalda (como su padre hacía cuando él estaba triste) su manecita atravesó la columna del científico como si fuera aire. Pasmado por lo que acaba de suceder se dio cuenta de que no solo era invisible e intangible, sino que también inaudible. Por más que le hablase a su padre él no podía escuchar su voz. ¿Acaso se había convertido en un fantasma? No, no podía ser cierto.

—Los fantasmas no existen, solo son un invento para asustar a los niños y a los adultos crédulos —se dijo a sí mismo. Siguió reflexionando sobre el gran dilema en el que se había metido y al darse cuenta de la absurda que era la situación volvió a su mente la reminiscencia del sabor del trozo de pay jaspeado que había probado antes de acostarse.

—Era de calabaza con chocolate. Odio la calabaza. Poco después mamá me contó un cuento y me dormí —pensó.

En ese momento al fin lo comprendió. Todo era un sueño. Pero este era diferente a todos los que había tenido antes, era un sueño lúcido. Pero no podía controlar nada de lo que pasaba, solo estaba consciente. Aunque le costaba admitirlo, debía de rendirse. Solo había una opción y era retomar su observación científica, que por suerte era algo muy emocionante. A simple vista la monocromática oficina del centro de investigación contrastaba con el colorido estudio personal del señor Kingsleigh. A Dorian le parecía que este último era muy acogedor, pero algo desordenado así que preferiría el estilo sobrio de la oficina. Revisó los atestados estantes que lo rodeaban, leyendo los lomos de los libros que estaban a su alcance. Advirtió que estaban muy alineados y ordenados por secciones; sus ojos recorrieron los títulos repisa por repisa, como un buen naturalista no podían faltar "El origen de las especies" de Charles Darwin, y un libro con grabados llamado "La oruga maravillosa transformación y extraña alimentación floral" de Maria Sybilla Merian. Al poco tiempo comenzó a aburrirse y se alejó de los anaqueles, al sentirse atraído por la luz que emitía la única ventana de la habitación. El paisaje de la ciudad se dejaba vislumbrar a través de las persianas venecianas semiabiertas.

Contempló a los edificios envueltos en la bruma y también algunos coches pasando por las calles iluminadas por el tenue alumbrado de las farolas. Así era la ciudad londinense, con un aire sombrío pero majestuoso. Pese a ello Londres siempre palidecía en comparación con la belleza del lienzo nocturno. Aquel día la luna llena resplandecía con su halo dorado, oculta entre las nubes y las estrellas. La noche era como un océano oscuro que comenzaba a desvanecerse en tonos azules ultramarinos, y violáceos cediendo su paso al amanecer. De pronto las persianas se bajaron ruidosamente irrumpiendo con su ensoñación mientras que Keith Kingsleigh dio un respingo desde su escritorio y se incorporó de su silla dominando sus temores, tomó un paraguas como arma. Desde hace tiempo que se sentía observado, así que no estaba de más tomar precauciones. Al llegar a la ventana descubrió que era una falla mecánica en la polea, debido a que estaba rota. Suspiró aliviado al comprender lo que realmente había sucedido, algo decepcionado de sí mismo por sugestionarse.

«¿Qué asuntos podrían tener unos malhechores con un científico como yo?»

Cuando estaba por regresar a su escritorio escuchó un repiqueteo, sin duda era un goteo constante causado por las pasadas lluvias.

«¡Goteras, justo lo que faltaba!»

Giró sobre sus talones y alzó su cabeza hacia el techo para confirmar sus sospechas. Desconcertado notó que en lugar de agua rezumaba un líquido negro similar a la tinta, pero con una consistencia más viscosa como la savia. La sustancia se extendía por las paredes hasta derramarse por el suelo, estaba bastante seguro de que eso no estaba cuando había llegado. Entonces, ¿por qué no lo vio antes?

—Seguramente es una broma de Cartwright, que voy a hacer con él. Esta vez ese muchacho ha ido demasiado lejos para asustarme.

Se acercó para tocar el fluido que inmediatamente comenzó a escurrirse entre sus dedos.

«¡Qué sensación más extraña, podría jurar que esto era más espeso»

Un escalofrío recorrió su cuerpo de pies a cabeza advirtiéndole que algo peor estaba por ocurrir.

Cuando miró el charco que se había formado al derredor suyo vio horrorizado que estaba rodeado por una especie de círculo que le recordó al rosetón de una iglesia. Luego el suelo se abrió debajo de sus pies, y unas manos fantasmales emergieron desde las grietas para arrastrarlo hasta el fondo del abismo. Poco después volvió a cerrarse sobre él con la misma prontitud con que fue engullido por las entrañas de la tierra.

Ni siquiera tuvo el tiempo necesario para gritar, las persianas de la ventana se abrieron y una ráfaga volcó el tintero sobre el escritorio provocando a su vez que todos los papeles volaran hasta el lugar vacío. No había ningún rastro del líquido tampoco, ahora todo era silencio.

Nadie parecía percatarse de su misteriosa desaparición, sí le hubieran preguntado a cualquier persona que estuvo presente a esa hora en el edificio sobre el señor Kingsleigh se limitarían a dar respuestas ambiguas. La mayoría estaban concentrados en sus propios asuntos como para reparar en un desconocido hombre de ciencia. Únicamente su asistente y el jefe de redacción se alarmaron por su ausencia.

Quién hubiera pensado que su hijo había presenciado la verdad mientras dormía. Aún para la gente supersticiosa de aquellos tiempos eso era algo descabellado, más que el ectoplasma emergente de la boca de un médium en sesiones de espiritismo.

Cuando Dorian despertó estaba tan pálido y sudoroso que alarmó a sus padres quienes habían corrido hacia su habitación al escucharlo gritar en sueños. Su respiración era irregular como si le costase respirar. Lilian, su madre lo sacudió ligeramente para despertarlo de lo que parecía un sueño terrible y cuando el niño abrió sus ojos, ella lo abrazó con fuerza hasta que se calmó.

—Solo es una pesadilla cariño, vuelve a dormir —afirmó su madre con voz suave, mientras lo arropaba con el edredón. El pequeño sostenía con la mano derecha el encaje de las mangas de su madre y comenzó a interrogarla.

—¿Mamá dónde está papá? ¡Padre mío, no te veo!

El rápidamente se acercó a la cabecera de su cama y tomando una de sus manos entre la suya la besó con delicadeza.

—Aquí estoy Blake, no me he ido.

El niño se aferró con fuerza al brazo de su padre sin soltar tampoco a su madre.

—Papá, quédate con nosotros. Mamá dile que no se vaya.

Keith se sorprendió mucho al ver a su hijo romper en llanto, él era un niño tranquilo y poco propenso a las lágrimas. Sin lugar a dudas estaba muy enfermo y en su estado febril había comenzado a delirar.

—Está ardiendo en fiebre, será mejor que uno de nosotros se ausente hoy al trabajo para cuidarlo. Si quieres puedo quedarme, solo tengo que redactar varios telegramas —dijo Lilian. Él contempló embebido los profundos ojos marrones de su esposa buscando sinceridad en ellos y la encontró cuando ella le sostuvo la mirada con serenidad.

—¿Estás segura de ello Lily? Tengo un plazo muy amplio para entregar mi artículo.

—Bastante segura, pero puedes ayudarme por ahora. Trae un paño con agua fría para bajarle la fiebre, cuando llegues iré a la cocina a preparar una compota de manzana. ¡Vamos date prisa Hughie!

Pasadas un par de horas el niño comenzó a recuperarse y el señor Kingsleigh se alistaba para ir al trabajo. Él se despidió de su esposa dándole un suave beso en los labios y a su hijo, uno en la sien, en cuanto surgieron las primeras luces del alba el salió de la casa rumbo a la estación de trenes.

Ese lejano primero de noviembre de 1882 fue el último día en que se vio al señor Kingsleigh. En la tarde su jefe de redacción envió un telegrama en el que solicitaba ver a la señora Lilian Prince porque su esposo había desaparecido desde la mañana y nada se sabía de su paradero. Dorian nunca había sentido tanta tristeza y desesperación como aquel día, muchas personas esparcieron rumores difamatorios sobre su padre diciendo que tenía otra familia, que los amaba tanto que fingió su muerte y que los abandonó por ello, no hizo caso por un tiempo pues creía que todo se arreglaría pronto.

A partir de ese entonces madre e hijo se unieron en la incansable búsqueda del señor Kingsleigh, la señora Lilian aprovechando sus dotes como pintora realizó más de 1000 retratos que distribuyó en la ciudad y los colocó en puntos estratégicos de la ciudad, en quioscos, paredes, en tiendas…en innumerables sitios concurridos por la sociedad londinense. Dorian siguió los pasos de su madre y comenzó a perfeccionar sus habilidades en dibujo para lograr hacer más retratos.

La tristeza se hospedó en la casa de los Kingsleigh por más de una década, pero la esperanza permaneció.

❀∘❀∘❀

Clarisse Baudelaire nunca había conocido a su madre, pero su padre se esforzó en educarla de la mejor manera en que podía hacerlo. Desafío a todos aquellos que lo criticaron por ser un adolescente que formaba una familia monoparental sin ser un viudo. Su hija había nacido poco antes de que él y su novia cumplieran apenas 16 años.

Tenía mucho a su favor cuando llegó a Bayswater, nadie conocía su pasado. No podían juzgarlo porque también venía de un país lejano como la mayoría de esa comunidad, buscando un mejor futuro para sus familias. Al llegar se instaló en un vecindario de amables personas. Una antigua “clienta” a la que salvó su vida le había obsequiado una casa modesta para su familia. No era una mansión acaudalada, ni una casa moderna. Era simplemente un lugar tan apacible y pintoresco con un bonito jardín al cual al fin podrían llamar hogar. En el distrito las conversaciones fluían en cientos de idiomas distintos y la mayoría de los vecinos eran comerciantes. Su hija creció en un entorno cosmopolita escuchando cuentos de hadas provenientes de lugares tan lejanos como Nigeria y Arabia. También desarrolló interés por la música de oriente y de Europa en su infancia. Pero sin lugar a dudas ambos se enamoraron de la comida de distintas culturas: la focaccia, el baozi, la paella, el knafeh,… pero Clarisse especialmente del chocolate amargo y el croissant.

Por el simple hecho de vivir en un lugar tan diverso culturalmente, Valerian inculcó a su hija la tolerancia y el respeto a quienes tenían diferentes formas de pensar. Clary como le llamaban todos de cariño utilizaba tan bien su optimismo y elocuencia que nunca tuvo que preocuparse por altercados entre ella y los otros niños.

Sin embargo, el notó que conforme pasó el tiempo cada vez le preguntaba más por su madre. No podía culparla por sentir curiosidad, pero tampoco podía evitar sentir nostalgia y dolor cuando ella comenzó a preguntar por ella.

Una cálida tarde de verano mientras comían sorbetes de limón para refrescarse y juntos miraban la puesta de sol, la pequeña niña jugaba con los rubios mechones de la cabeza de su padre, esperando el momento para cuestionarlo.

—¿Père por qué maman no está con nosotros? Los otros niños del kindergarten siempre hablan de sus mamás y cuando me preguntan por la mía no sé qué decirles.

—Ma petite princesse, mamá no está con nosotros porque está ocupada con los asuntos de su reino. Ella es una reina muy importante.

—¿Entonces soy una princesa? —preguntó con los ojos llenos de ilusión.

—Si. Una de un reino fuera de este mundo, y por eso no puedes contarle a nadie sobre esto. Es nuestro secreto.

El joven padre Timothée Valerian, mecía entre sus piernas a la niña rubia de espesos rizos que a su vez jugaba con un caballo de felpa.

—¿Y cómo se veía ella?

—Su cabello era rizado como el tuyo, pero era rojo…

—¿Como las flores del jardín?

—Como las flores del jardín, sus ojos eran tan negros como la medianoche sin estrellas. Ella era muy bonita, te lo he dicho muchas veces.

—¿Y la extrañas papi?

—Mucho, no hay día que no piense en ella.

Ya es hora de ir a la cama y las niñas traviesas deben de dormir.

—Oui, buenas noches papi.

Esa noche Clarisse no tenía mucho sueño, así que decidió vigilar a su padre después de subir a su recámara. Caminó con sigilo, muy lento para que él no la escuchara bajar de las escaleras. Sabía que su padre estudiaba para sus exámenes cuando ella dormía ya que medicina era una carrera muy difícil. Desde el rellano de la escalera divisó la mesa llena de libros polvorientos, se escondió detrás del sofá de la sala para verlo mejor. Escribía muy rápido mientras leía en voz clara, esa voz que entonaba dulces canciones de cuna casi todas las noches. Pronto cayó rendido de cansancio y al parecer se durmió. Sus ojos cerrados se llenaban de llanto y susurraba el nombre de una mujer.

—Aine mi amada. vuelve pronto conmigo —su voz se quebraba cada vez más.

Entonces quitándose el guardapelo que pendía de su cuello, lo abrió y sacó una diminuta pintura que Clarisse nunca había visto antes. Era el retrato de una beldad pelirroja, muy joven con el cabello atado en una larga trenza y un vestido color verde, holgado más bien parecido a una túnica. Se parecía a las valientes heroínas de los grabados de cuentos de hadas que leía antes de dormir, tenía ese porte regio y aquella mirada altiva que imponía admiración. Siempre había tenido una imagen distinta de su madre en su mente, la de una mujer tranquila, más acorde a la personalidad de su padre. Al parecer ella era todo lo contrario: una mujer inalcanzable, aunque no era correcto juzgar todo por una imagen.

—Está tarde me ha vuelto a preguntar de ti y casi no podía contener mi llanto. No se que más decirle, prometiste que regresarías con nosotros, pero me temo que comienzo a creer que nos has olvidado.

En ese momento volteó hacia donde estaba Clarisse y sus ojos verdes parecían brillar como los de un gato en la oscuridad.

—¿Quién está ahí? Muéstrate.

Clarisse nunca había visto el amable rostro de su padre volverse pétreo por el enojo hasta ese día, ni siquiera cuando ella hacía travesuras como la vez en que untó toda la confitura de naranja en un bollo para el desayuno. O cuando rayó el piso de su cuarto para jugar a la rayuela o marelle (como decía su padre) con Sophia y Noura. No pudo evitar temblar por el miedo, aunque lo conociera muy bien de toda la vida, él parecía otro hombre. Su cara enfurecida parecía más tosca que su habitual sonriente rostro juvenil.

—Sé que me han estado vigilando desde que llegué a esta casa —anunció con voz ronca y amenazante. También sé que no son unos inofensivos brownies que quieren ayudarme en los deberes del hogar. Así que me veo en la obligación de advertir que si te atreves a hacerle algo a mi hija te matare con mis propias manos.

La niña blonda con el rostro lívido salió al fin de su escondite, sus dientes castañeaban y balbuceaba.

—¡Clary! ¿Qué estás haciendo aquí? Es muy tarde para estar levantada.

—¡P-papi lo siento mucho! No volveré a espiarte sin permiso.

Sus ojos reflejaban angustia, más ninguna lágrima se asomaba en ellos. Por más asustada que estuviera su hija nunca lloraba, no desde que había dejado los pañales.

Su rostro se relajó y se inclinó en cuclillas para estar a la altura de su hija.

—Ven aquí, no quise asustarte. Creí que eras alguien más.

Después extendió sus brazos y al poco tiempo Clarisse se arrojó a sus brazos.

Por mucho tiempo estuvieron abrazados fuertemente en silencio hasta que ella se durmió. No se dio cuenta de esto hasta que notó que ella babeó su camisa y al escuchar los suaves ronquidos de la pequeña. La llevó a su habitación y decidió vigilar su sueño sentado en un cabriolet. Se apartó de la frente los rubios cabellos que comenzaban a alborotarse.

Sabía que algún día llegaría el momento en que tendría que contarle todo sobre su origen. Por ahora quería permitirse disfrutar de la frágil paz que había tardado tanto en construir para proteger a su hija.

7 de Abril de 2021 a las 17:40 2 Reporte Insertar Seguir historia
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Martha López Martha López
Interesante, me gusta como se oye. Me fascina la fantasía oscura.
April 16, 2021, 13:51

  • Anya  Kiohne Anya Kiohne
    ¡Muchas gracias por dejar su comentario, de verdad me ha dado una gran satisfacción! Es la primera vez que trato de escribir de forma más seria y sin prisas. Espero que le guste el ritmo de la historia. April 17, 2021, 02:26
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