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Santos L


La Leyenda de las Mapanares es una colección de historias aterradoras ambientadas en una república bananera plagada de comunismo, cárteles de droga y vampiros.


Horror Sólo para mayores de 18.

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La Bomba del Sargento Aponte

El cabo primero Jaime Sánchez estacionó su corolla del noventa y siete destartalado, con el estribo abollado y con la pintura carcomida por el óxido. En alguna época había sido rojo brillante, pero décadas del verano eterno venezolano y la negligencia de muchos dueños anteriores, le habían dejado el chasis pelado y descromado. El motor soltó un último ronquido perturbado antes de fallecer, como el que propina uno cuando se despierta de un susto, y el freno de manos escupió un relincho desgastado. Lanzó las cholas al asfalto caliente e insertó en estas sus dedos esqueléticos y callosos al apearse del vehículo y plantarse frente a la entrada de la bodega. Esta se hacía llamar “Fin de Mundo” en un cartel descolorido colgado sobre la santamaría y las vitrinas sucias y peladas de productos.

Vestía de civil, como lo hacía normalmente cuando no estaba de guardia. Cargaba su pistola reglamentaria colgando precariamente de la liga de sus chores de playa, mal escondida debajo de la camiseta sin mangas. Ni de vaina se ponía el uniforme de la Guardia Nacional Bolivariana si no era saliendo del cuartel con otros cinco carajos, todos armados hasta los colmillos y con tres motos por si acaso hay que salir pirados.

El sol del mediodía estaba tan iracundo como su carácter. La negra Rosa lo había despertado a las diez de la mañana y, a coñazo limpio, lo había mandado a hacer un mercado. Y eso que la negra tenía la mano pesada. Lo de caer a coñazos era una costumbre que le había quedado después de parir cinco malandros.

El cabo Sanchez era uno de ellos.


FEO DE DÍA, ESCALOFRIANTE DE NOCHE


Primera Parte: El Sargento Aponte


Tres horas antes:

—Pero bueno, negra, ¿desde tan temprano vas a comenzar comenzar con la ladilla? —cometió el error de balbucear semidormido. Terminó de despertarlo entonces el impacto de una chola en la jeta.

—¡Me haces el favor y te parás de una buena vez! Y no creas que no me di de cuenta que llegaste a las cinco de la mañana borracho hasta las nalgas. Todos mis hijos nacieron borrachos, puteros y pendencieros como el papá. Pedazos de malandros sin oficio. Y segurito terminarán como él también: un cadáver tirado en un callejón de barrio, oliendo a caña y no con una, sino con siete balas en el pecho.

—No digas eso tan feo, negrita. Además, si quieres llámame “malandro” pero no “sin oficio” —increpó el cabo a su madre. — Recuérdate que de todos tus hijos yo soy el único que tiene un trabajo, digamos, de verdad. ¿O es acaso el drogadicto de Maicol el que te trae tu cajita CLAP cada quincena? Y no es de las cajas que se les da a los tierruos muertos de hambre del pueblo, sino de la buena y de la surtida. Tú lo sabes.

—¿ Tú crees que yo soy pendeja, muchacho? —Y ahí fue cuando la negra lo cogió por la oreja, lo arrastró hasta la cocina entre quejidos y tropiezos y, de un hueco en la pared que pasaba por despensa, empezó a sacar uno por uno los productos de marca bolivariana: la bolsa de arroz estaba llena de gorgojos y chiripas; la botella de aceite todavía sellada estaba sin etiqueta y por la mitad; y las sardinas mostraban fecha de vencimiento desde hacía un mes. Por lo menos los frijoles no se veían mal, señaló el cabo. Entonces la negra, como si estuviera experimentando con químicos corrosivos en un laboratorio, llenó una taza con agua de apariencia no potable. La cogió de una inmensa cacerola de aluminio semi llena, la que suplía de agua a todo el rancho, y se la echó encima a un perol con medio kilo de frijoles adentro. Los ojos del cabo Sanchéz se hincharon de la impresión al notar el agua convertirse en un lodo semi viscoso y tóxico. Sin duda aquella caja CLAP no era de las buenas.

A pesar de las advertencias de que el carro no tenía mucha gasolina y de que tendría que conseguir una bomba que le surtiera, la negra Rosa lo botó a chancletazos de la casa, advirtiéndole que no regresara sin un mercado bueno.

¡Y con aquel guayabo!

De vaina no se quedó varado en el medio de la nada. Ya había recorrido el pueblo entero y hasta se había atrevido a coger la carretera hacia El Palito para ver si conseguía una gasolinera abierta. La aguja del indicador de combustible apuntaba incluso más abajo del punto de vaciado, cuando por milagro divisó una cola kilométrica de automóviles aparcados en el hombrillo de la carretera. El cabo no se dignó a detenerse en el último puesto de la fila, sino que se dirigió directamente hasta la entrada de la bomba y, sin vergüenza alguna, se coleó frente al dispensador de gasolina delante de la pickup blanca que seguía en turno. El dueño de la pickup se apeó inmediatamente al notar el corolla destartalado incrustarse delante de él. Era un señor ventrudo con unos cuantos años encima; de esa gente de pueblo que, por el bigote blanco bien peinado y la camisa abotonada hasta el cuello a pesar del calor, se le notaba que no había robado un céntimo en su vida.

—¿Pero bueno, muchacho, te volviste loco? —le increpó luego de plantarse al lado de la ventana abierta del cabo. —Estoy haciendo la cola desde las 5 de la madrugada, ¿y tú crees que te puedes colear así tan descaradamente?

—Quédese tranquilo, viejito. Yo echo gasolina rápido y luego va usted. Métase de vuelta en su camioneta que aquí no ha pasado nada.

—No seas tú tan pendejo, carajito. Muévete ese carro de allí antes de que causes un alboroto. —En efecto, el cabo observó por el retrovisor como no pocos de los subsiguientes conductores se habían apeado de sus vehículos y se dirigían hacía él con tufo de turba indignada.

—¿Qué es lo que pasa aquí? —exclamó el bombero que había terminado de atender al conductor del vehículo anterior y se había acercado para tomar cartas en el asunto. —No, mi pana, tú tienes que hacer la cola como todos los demás. Hazme el favor de retirar tu vehículo pero ya. —El cabo Sanchez, sin inmutarse, sacó su carnet de la GNB y, desde el interior del vehículo, se lo enseñó al bombero. Este al verlo se puso más pálido que culo de vampìro y cambió su actitud con el cabo como si se hubiera encontrado con el espíritu del mismísimo Hugo Chávez: —cómo no, mi oficial, pase usted. Déjeme que yo mismito se la hecho, no tiene ni que bajarse del vehículo. Sólo hay con plomo, pero no se preocupe que por suerte su carrito todavía ruge como cunaguaro macho. ¡A ese motor le gusta beber ron barato solamente!

—¡Y a mí también! —carcajeó el cabo primero, simultáneamente que aceleraba el carro y lo aparcaba junto al dispensador a pesar de las quejas indecorosas del señor de la pickup, quién azoraba de la iracundia.

El resto de los conductores de la cola arribaron justo cuando el bombero insertaba la manguera en el tanque del carro. El cabo, intuyendo que se le venía un problemita encima, se apeó y se cruzó de brazos, esperando al primer pendejo que se le acercara. El primero fue un tipo enorme vestido con pinta de mecánico; su rostro y su mono azul estaban embadurnados en aceite y grasa. Era un gigantón pueblerino y malhumorado que se la había pasado toda su vida metido en un taller cargando cauchos y cambiando aceite. El cabo Sanchez dedujo, quizás correctamente, que ahí había mucha papa pero pocos sesos.

—¿Qué pasa, mi pana? —retó el cabo Sanchez al gigante antes de que este siquiera abriera la boca. —¿Cuál es el problema? Te notó a ti y a los amiguitos detrás tuyo algo alterados. No se me vayan a poner cómicos que no quiero tener que poner preso a nadie. Mira que aquí yo soy autoridad y se me respeta. —El teniente volvió a sacar su carnet de la GNB de su bolsillo y lo exhibió para que todo el mundo lo viera. —La verdad es que a mi no me gusta chapear a la catira, pero si lo tengo que hacer... —entonces deslizó explícitamente su mano libre por debajo de su camiseta y cogió su pistola por el asa pero sin desenvainarla.

—¡Qué descaro, chico! —gritó por detrás el señor de la pickup.

—¡Como si esta dictadura no jodiera la vida suficiente! —respingó una doña por detrás.

—¡Este país me tiene harto! En lo que consiga los reales me piro de esta vaina así sea caminando —profanó otro pobre diablo en la muchedumbre.

—¡No joda! —increpó finalmente el gigantón. —Tenemos aquí varados sin comida y sin agua desde la madrugada, esperando a que la gandola de PDVSA se dignara a llegar y surtiera la bomba. Cuando llega, resulta que no abre porque no hay quien atienda. Y cuando por fin abre, nos toca calarnos este calor sin aire acondicionado por horas mientras arrastramos nuestros vehículos en chancletas. Y resulta que va a llegar un militarcito malandro a robarse mi puesto en la cola — el mecánico dio una finta de medio paso hacia el cabo Sanchez y le retó: —Entonces, oficial. ¿Nos va a caer a plomo a todos?

El cabo desenfundó la Glock de su short y la apuntó instantáneamente a la cabeza fornida del mecánico. Éste al ver el agujero negro del cañon en su frente, retrosedió ligertamente pero sin claudicación. —¿Ya viste lo que hiciste? —continuó el cabo. —Me hiciste sacar a la catira y a ella no le gusta que la molesten. Se pone como explosiva.

El cabo primero desbloqueó el seguro de la pistola con un “click”, justo cuando dos colegas uniformados del cabo hicieron acto de presencia. Ambos habían venido con su casco de combate, botas negras hasta las rodillas y sendos rifles colgando de los hombros.

—Pero bueno, Fuentes, mira a quién tenemos aquí. Nada más y nada menos que a Jaime Sanchez del cuartel de Cabimas.

—Así es. Este carajo es famoso por ser busca-peo. Parece que su fama no es de embuste, ¿dígalo ahí, Mujica?

—Está dicho. El man le hace honores a su reputación —respondió este y dirigiéndose al cabo Sanches, añadió: —Haga el favor de bajar el arma, cabo primero, que al Sargento Aponte no le gustan los bochinches en su bomba.

El cabo Sanchez entonces bajo la pistola lentamente y la volvió a enfundar dentro de su short.

—¡Pero si son mis panas Fuentes y Mujiquita del destacamento ciento once! ¿Qué hacen por aquí tan lejos de casa? ¿No me digan que también se quedaron sin gasolina? Apúrense y echen mientras todavía queda, miren que estos escuálidos se la quieren todita para ellos. No le quieren dar ni un poquito a uno. Son una cuerda de lambucios como todos los escuálidos que odian al gobierno. Especialmente este malandro apestoso de aquí en frente mío —dijo el cabo Sanchez apuntando al gigantón con gesto de asco.

—Usted como que no tiene los oídos bien puestos, Sanchez. ¿No me escuchó decir que al Sargento Aponte no le gustan los bochinches en su bomba? —respondió Mujica.

—Nosotros no nos quedamos ningún “sin gasolina”. Estamos aquí de guardia por órdenes del Sargento. —completó Fuentes.

—Así es. Se nos había pasado toda la mañana sin pleito hasta que llegó usted y la cagó con tanto alboroto.

—Y para colmo buscando peo vestido de civil.

—No les voy a mentir, camaradas. —replicó el cabo Sanchez. — La fama no es de embuste: a mí no me asusta buscar peo. Pero ahorita mismo no lo ando buscando porque no tengo tiempo. En cambio, el que sí está buscando que le metan tres balas en la frente es el pelabolas mugriento este que está aquí —. Hizo una pausa retando al gigantón con la mirada y luego continuó con tono calculador: —No importa si estoy vestido de civil o de militar. Yo vine aquí para llenar el tanque de mi carcacha, que aunque es carcacha, le pertenece a la autoridad. A menos que la Guardia Nacional Bolivariana ya no sea la autoridad en este país, ustedes, mis panas, saben tan bien como yo que estos escuálidos tienen que obedecer, ¿sí o no?

Mujica y Fuentes no tuvieron otra opción más que callar ante tal perspicaz, y al mismo tiempo miserable, despliegue de raciocinio. El cabo Sanchez había de pronto retomado el control de la situación con aquella actitud arriesgada. En este país los “sin escrúpulo” eran los que mandaban y el cabo Sanchez lo sabía. Por eso nunca se permitía tenerlo.

En ese momento se llenó finalmente el tanque del corolla y el dispensador de gasolina se cerró con un “clank”, interrumpiendo el pequeño silencio de tensión entre el cabo y sus dos colegas. El Cabo Sanchez, sin pronunciar una palabra, se volteó y se subió a su carro. El bombero corrió hasta el dispensador y sacó el pico de la manguera del hueco del tanque; trancó la puertecilla y sacudió el capote con dos palmadas. El cabo Sanchez comenzó a subir el vidrio de la ventana pero cuando iba por la mitad se arrepintió. Lo bajó de nuevo, estiró la cabeza hacia afuera y se dirigió a sus colegas:

—¿Es verdad que esta bomba le pertenece al Sargento Aponte?

—Así es, camarada —asintió Fuentes.

—El mismo que viste y calza. —reiteró Mujica. —Aunque últimamente no se le vea mucho.

—Así que este es el famoso Sargento Aponte desaparecido de los rumores. En el cuartel lo chamos dicen que unos malandros le cayeron a plomo por haber vendido unas hallacas que no le pertenecían.

—Lo de las hallacas es verdad, pero al Sargento nadie lo ha tocado. Sigue vivito y coleando, sólo que ya no sale de día. Yo creo que es porque se está escondiendo de la gente de Diosdado.

—¡No sea imprudente, Fuentes! —chistó Mujica. — ¿Qué cree que va a pasar cuando el Sargento se entere que usted anda regando rumores y diciéndole a la gente que él está metido en un barullo con los Soles? Al Sargento lo que le pasa es que está enfermo. ¿No ve cómo no quiere salir nunca de un encierro? Sino está en su casa, está aquí en su oficina, día y noche. Si el man necesita hacer una diligencia, nos manda a nosotros o a su señora. Yo no le he visto siquiera salir a comer ni ir al baño en las últimas dos semanas. Eso para mí es un soplo de los malos.

—¿Ustedes, camaradas, no saben si hay alguna manera de hablar con él? Tengo una urgencia familiar. Si regreso a la casa sin aunque sea una bolsita de arroz, la negra me va a matar. A lo mejor el sargento me puede ayudar a conseguir una por aquí cerca con sus contactos de la alta alcurnia.

—A usted como que de verdad se le junta la sordera al no escuchar, Sanchez —atizó Mujica. —¿No está oyendo que el Sargento se la pasa encerrado?

—¿Cuál es el peo? ¿Acaso no se le puede echar una llamadita al celular?

—Ese no le atiende ni a su mamá —respondió Fuentes.

—Además cómo cree usted que nosotros vamos a traicionar la confianza del patrón regalándole su número a un perfecto extraño? —complementó Mujica.

—Aunque si usted se atreve, le puede hablar desde detrás de su puerta. —se apresuró Fuentes para el reproche de Mujica. —La oficina del Sargento está en la entrada de Falcón cerca de la alcabala, a veinte minutos manejando de aquí. Coja para allá y pregunte por la finca Santa Cruz. Cuando llegue allí dígale a doña Gertrudis que lo manda Mujica y Fuentes y que lo deje entrar. Ni se le ocurra decirle al Sargento que lo mandamos nosotros.

El cabo Sanchez sonrió y agradeció a su colega por la información antes de subir el vidrio de la ventana. Aparentemente y ante la desaprobación de Mujica, a Fuentes se le hacía chistosa la buena pela que el Sargento le iba a propinar al Cabo Sanchez por atreverse a presentarse ante él como un lambucio a pedirle comida.

El motor del Corolla encendió con un gruñido enfermizo. Hasta entonces la turba de conductores, ligeramente apartada de la conversación entre el cabo Sanchez y los uniformados, había guardado un silencio sanguíneo. Quizás ingenuamente esperaban alguna forma inusitada de justicia, pero al ver que el Corolla partía con el tanque lleno y su conductor impune, la turba se volvió a chispar. El grandulón muerto de rabia se abalanzó sobre la puerta del piloto pero antes de que pudiera alcanzarla, lo noqueó el impacto del asa de un FAL en la frente. Mujica soltó el seguro de su rifle y lo apuntó directamente a la turba, mientras que Fuentes esposaba al gigantón derribado en el suelo. El cabo Sanchez pisó el acelerador y se piró tranquilamente de la bomba con un guiño de gracia en los labios. Había captado el tono irónico de la propuesta de Fuentes de ir a visitar al Sargento, pero se le antojó que este tal Aponte no podía ser tan bravucón si ni siquiera se atrevía a salir de su oficina. —¿Quién sabe? Si es verdad que este tipito se puso a vender perico ajeno, quizás tenga mucho que perder si se niega a darme una ayudita —pensó el cabo Sanchez.

29 de Marzo de 2021 a las 19:21 0 Reporte Insertar Seguir historia
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