lucy-valiente-escritora Lucy Valiente

Paula y su hermano han perdido a sus padres y conviven con Samuel, su tío político. Él es un buen padre y no tiene la culpa de que ella le desee, pero Paula se ha cansado de esperar. Una noche, después de volver a intentar tentarle, se cuela en la habitación de Samuel y le pilla haciendo algo indebido. Romántica contemporánea +18 Primera versión publicada. Obra registrada en Safe Creative. Derechos de autor reservados.


Romance Erótico Sólo para mayores de 18.

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Capítulo 1. Mi camisón nuevo

Me miré en el espejo una vez más antes de bajar a la cocina. Samuel estaba preparando la cena y me recorrió una vez con sus ojos del color de la miel. Como era habitual, no dijo nada en absoluto y siguió con lo que estaba haciendo, pero esta vez me sentí particularmente decepcionada.

―¿Qué hay de cenar? ―pregunté, acercándome a él.

Detuvo el cuchillo un instante y cortó otro trozo de zanahoria antes de contestar:

―Fajitas.

―Mmm... Me encantan.

Vi oscilar su nuez y fui hasta la nevera para poder sonreír en secreto. Cogí la jarra de agua y luego me procuré un vaso, y en todo momento le sentí observarme y no escuché el cuchillo, pero al darme la vuelta, él había regresado a su tarea.

Alejandro llegó corriendo del salón y nos dio un abrazo a cada uno. Samuel le revolvió el cabello negro como el carbón con una mano y le entregó un trocito de zanahoria, pero tuvo que darle también uno de pollo para que lo aceptase. Luego le indicó que me ayudase a poner la mesa.

Como todas las noches, comimos repasando lo que había sucedido en nuestro día. Miré a Samuel casi todo el tiempo, pero él no lo hizo conmigo más de lo habitual. De hecho, parecía incluso rehuirme. Al terminar quise quedarme para limpiar y recoger, pero él me dijo que me fuese a la cama.

―Yo me encargo ―repuso cuando insistí―. Hasta mañana.

Le di un beso en la mejilla, que le dejó paralizado, y le deseé buenas noches antes de marcharme. Esperé en mi cuarto a oír que acostaba a mi hermano y que se metía en su habitación, y entonces, salí al pasillo y me acerqué despacio a la puerta. Con el corazón en la garganta, así el manillar y abrí con rapidez, y lo que vi al otro lado hizo que me palpitase también el sexo.

Samuel se sacó a toda prisa la mano del pantalón.

―¿Qué haces? ―pregunté, cerrando la puerta.

―¿Qué haces tú? ¡Vuelve a tu cuarto!

Me puse un dedo sobre los labios para pedir silencio y avancé hacia la cama. Él me observó con unos ojos que a cada instante se abrían más de la sorpresa. Solo cuando me vio subirme a la cama se movió y pretendió escapar, pero no opuso apenas resistencia cuando tiré de él para que volviese a estar tumbado y me senté a horcajadas en sus caderas.

―¿Qué estás haciendo? ―musitó. Me froté contra la erección que padecía―. Paula...

―¿Te gusta mi camisón? No me has dicho nada.

Volví a frotarme y se le escapó un jadeo. Clavó los ojos en el techo.

―Es nuevo ―insistí, acariciando su pecho con una mano. Alcancé uno de los botones, pero él me detuvo cuando fui a quitarlo y me miró con exigencia, aunque sin decir nada―. Cuando lo vi pensé que te gustaría. ¿No es así?

Me recorrió entera con la mirada y noté cómo mis bragas se mojaban un poco más. Me froté de nuevo y entonces él se fijó en mi entrepierna.

―Paula, tienes que irte. Esto no...

Una vez más me moví, y acto seguido me aparté un poco para poder meter la mano en su pantalón, pero él me agarró de la muñeca justo antes de lograrlo.

―Quieta ―ordenó―. No sigas. Vete a la cama.

―¿Eso es lo que quieres? ―Tiré del camisón para mostrarle mis bragas, que atrajeron su atención enseguida―. Estoy tan húmeda que sería una pena que no quisieras otra cosa.

Me miró como si estuviese loca, aunque apenas un segundo, y miró entonces mis pechos como si quisiera comérselos, así que bajé los tirantes de mi camisón y se los enseñé. Él los taladró con esos ojos tan bonitos, y yo aproveché para zafarme de su agarre y para colarme en su pantalón.

―¿Pero qué es esto? Es enorme, Samuel. Y está tan duro...

Me mordí el labio inferior mientras acariciaba toda su largura. Su respiración se empezó a agitar, y se le escapó un gemido cuando apreté sus testículos de improviso.

―No sé yo si cabrá entero ―añadí, subiendo hasta la cima para pellizcarla.

―Paula ―pidió.

No me quedaba claro si lo que quería decir era que parase o todo lo contrario, pero su mirada era límpida como el agua de manantial. Le quité uno a uno los botones, y al descubrir su pecho, no pude evitar inclinarme para inspirar del aroma de su piel y probar su sabor. Él no tardó en empezar a jadear, ni en volver a decir mi nombre, aunque esta vez fue más un suspiro que otra cosa.

Me saqué los tirantes del camisón para poder tener los brazos libres y que él pudiera ver mis pechos, y con una mano aparté la tela de mis bragas mientras con la otra le guiaba hacia mi interior. Me fui llenando poco a poco de él, y él cerró los ojos y se agarró a las sábanas.

―Mmm... Me encanta. ¡Qué grande es! Se siente muy bien.

―No digas esas cosas ―murmuró.

Apreté un poco las nalgas. Él gimió antes de suplicarme que no hiciera aquello.

―¿El qué? ―pregunté repitiéndolo.

―Paula...

―Vamos, mírame. Quiero que veas mi camisón nuevo.

Negó con la cabeza. Empecé a moverme y cogí sus manos para ponerlas en mis muslos, y él los apretó enseguida.

―No te gusto, ¿es eso? ¿Y lo que estoy haciendo, te gusta?

―Paula...

―¿En quién pensabas mientras te tocabas? Porque si era en mí, podrías habérmelo dicho. No sabes cuánto tiempo llevo deseando esto. Y encima es mejor de lo que me imaginaba.

―Paula, por...

Se encogió y le sentí pulsar en mi interior. Se volvió blando mientras no dejaba de jadear, pero abrió los ojos por fin y enseguida se centró en mis pechos. Me acaricié uno, encerrando el erguido pezón entre mis dedos.

―¿Ya? Yo aún estoy muy mojada. ¿No me vas a dejar así, verdad?

Me miró durante un largo instante, larguísimo, y entonces nos giró para colocarme debajo suya. Se metió en la boca uno de mis pezones y coló su mano entre mis piernas, no tardando en introducirme sus dedos. Revolví su cabello castaño y lleno de rizos hasta que me alcanzó el orgasmo.

Se tumbó a mi lado y me observó mientras me recobraba. Cuando nuestros ojos se encontraron, me dijo que era el momento de que me fuese a mi habitación. Ya me había dado lo que yo quería, o más bien lo que podía querer, así que decidí complacerle.

A la mañana siguiente, bajé con una camiseta de tirantes y unos pequeños pantalones de pijama que apenas me tapaban las nalgas, aunque me había tentado mucho la idea de ir directamente en bragas. Samuel estaba preparando el desayuno e hizo lo mismo que por la noche.

Alejandro comía de su tazón de cereales con los ojos medio cerrados. Le di un beso en la mejilla y luego pretendí hacer lo mismo con Samuel, pero él me esquivó yendo a la nevera y diciéndome que me sentase a la mesa.

―¿Has dormido bien? ―pregunté conteniendo una sonrisa.

―Perfectamente ―murmuró.

―Me alegro. Yo no he podido hacerlo del todo.

―¿Por qué? ―intervino Alejandro. Samuel se quedó mirando el interior de la nevera como si realmente estuviese buscando algo―. ¿Tuviste una pesadilla?

―No, tranquilo. Es solo que tenía calor.

Samuel cerró la nevera con algo más de fuerza de la necesaria y se acercó a la mesa para servirme zumo de naranja. Luego cogió los panes del tostador, volvió a abrir la nevera para sacar la mermelada y se lo trajo todo a la mesa.

―¿Y la mantequilla? ―indagué.

Chasqueó la lengua e hizo el amago de levantarse, pero yo se lo impedí poniendo una mano en su brazo. Y cuando volví con la mantequilla, le acaricié la nuca. Me encontré con sus ojos nada más sentarme, pero pronto los bajó y se centró en desayunar.

―Esta tarde tienes fútbol, ¿no? ―le dije a Alejandro. Él asintió con la cabeza―. Yo voy a salir, ¿te acompaño andando o prefieres que te acerque Samuel?

―No, vamos andando.

―No le gusta que le lleve ―dijo Samuel―. Me hace dejarle a dos calles de distancia.

Sonreí y los dos nos quedamos mirándonos durante todo el segundo que él tardó en clavar su atención en su tostada.

―Es que él es un hombre ya ―dije.

Alejandro, complacido, se levantó para darme un abrazo y decirme que me quería.

―Yo también, bichito. Os quiero mucho a los dos. Sois mis hombres preferidos.

―¿De todo el mundo?

―Del universo.

Volvió a abrazarme y regresó a sus cereales. Cuando me fijé en Samuel, él dejó de mirarme y se puso en pie.

―Venga, que vamos a llegar tarde.

―No has terminado ―protesté―. Y yo tampoco.

―Vale, pero date prisa. Alejandro, vamos a vestirte.

Ya con el uniforme puesto, Samuel me miró de arriba abajo y a mí me entraron unas ganas enormes de abalanzarme sobre él. Y cuando me monté en el coche, se fijó en mis muslos y mi excitación creció. No quería pensar en todas las horas que quedaban por delante y que me separaban de él, así que me entretuve con el paisaje tras la ventana hasta que recordé que aún no había revisado mis redes.

Alejandro quería que Samuel nos dejase a cierta distancia del colegio y se bajó del coche en cuanto este se detuvo. Besé a Samuel en la mejilla y le deseé un buen día antes de seguir a mi hermano. Él se limitó a observarme mientras me alejaba, y seguía haciéndolo cuando me giré para decirle adiós con la mano. Entonces, el coche se movió y avanzó despacio. Alejandro le hizo señas para que se largara, pero él no aceleró hasta que nos vio alcanzar la entrada del centro.

Lamentaba no poder hablar con nadie de lo que había conseguir hacer con el hombre del que estaba enamorada desde que mi tía me lo presentó, hacía ya casi tres años. Pero por encima de mi necesidad se hallaba el hecho de que él era como un padre para mi hermano y para mí, que aunque yo fuese mayor de edad, Samuel podría tener algún problema que involucrase a Alejandro. Así que tendría que hacer como si nada hubiese ocurrido.

28 de Marzo de 2021 a las 22:02 0 Reporte Insertar Seguir historia
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