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A raíz de la inminente muerte de Abel Falk, sus dos hijos y dos nietos se congregan en la vieja granja para despedirlo, donde una tormenta de nieve los imposibilita para volver a sus respectivos hogares. Durante la reunión familiar forzada, Dakota Falk, el nieto de doce años, devela oscuros secretos de su primo Sommer, que lo harán elegir entre el camino correcto que exige su corazón y la sangre que lo llama. Advertencia: Sólo adultos +25, alto contenido de violencia, temas delicados y sensibles como abuso, drogadicción y trastornos físicos y psicológicos.


Suspenso/Misterio Sólo para mayores de 21 (adultos).

#misterio #suspenso #thriller #terrorpsicológico #dolor #abuso #drama #crimen #violencia
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LLÁMALO

A veces, la muerte llama a la puerta.


En una extensa y vieja granja a las afueras de una nevada ciudad, la muerte llamó en distintas ocasiones y nunca se quedó, pero esta vez, Abel Falk la había recibido, la sentó frente a la chimenea y le pidió unos días para ordenar algunos asuntos pendientes antes de partir con ella.


La batalla contra la muerte en forma de cáncer fue dura y larga, y ese invierno, Abel decidió no escapar más; como para honrar su implacable lucha, la muerte le permitió agonizar lentamente mientras reunía a su familia, que constaba de dos hijos adultos.


El primero en arribar a la granja de Abel Falk fue el varón menor, se retrasó porque viajaba en una camioneta obsoleta que estaba hecha de muchos carros y sin ninguna pieza propia, que el hombre se aferraba a reparar quizás empujado por la nostalgia. En el asiento junto a él iba su hijo, a quien el enfermo exigió ver aun si se separaron sólo un par de semanas, porque vivía con él.


La granja Falk era tan vasta que apenas lograban divisarse los límites cercados con inútiles barrotes carcomidos; el hombre los vislumbró cuando se apeó de la camioneta y se enredaba la bufanda para cubrirse nariz y boca.


—¡Mira eso, Dada! —El hombre señaló el primitivo cercado a su hijo— Tu abuelo, tu tío y yo colocamos cada poste hace más de veinte años y aún están en pie. —Atendiendo el comentario, el niño se bajó también de la camioneta y se colocó un gorro.


—Están roídos por los castores, papá.


—¡Y a pesar de eso no han caído! —exclamó como cántico de victoria y extendió el brazo para pedirle al chico que anduviera.


—El abuelo ha puesto puertas eléctricas por toda la casa, ya le he sugerido que levante un gran muro alrededor de la granja.


—¿Acaso quieres perderte de este paisaje ártico? —Y el niño reflexionó en eso.


—No preguntes mucho sobre la enfermedad del abuelo, papá, podría ser incómodo —Lo instruyó como si el adulto fuera el niño, y al llegar a la entrada de madera, tuvo que ver hacia arriba para distar el dintel—. La Navidad pasada te fuiste sin pintar la puerta.


—Tenía compromisos, Dada.


—Dirás prisa por volver porque el abuelo no te deja emborracharte aquí. —Al oír la sagaz acotación, el padre hizo una mueca y abrió el portón.


—Esta vez no beberé, lo prometo.


Dada giró los ojos, no era la primera vez que escuchaba ese juramento lanzado fútilmente.


En cuanto supo que el cáncer volvió a su cuerpo, Abel Falk contrató a las dos enfermeras que le socorrieron antes y se negó a someterse de nuevo a la quimioterapia, «Ya no más», le advirtió en el teléfono a su hijo menor y se quedó en cama esperando que la enfermedad le carcomiera hasta hacerlo desaparecer de este mundo, ¡total!, ya tenía sesenta años, sus hijos eran adultos y enterró a una esposa diez años atrás por la misma causa, Abel Falk suponía que había cumplido su misión en el mundo, sólo restaba repartir sus bienes y despedirse de los suyos.


Y así lo hallaron, sentado en la cama de cobijas esponjosas, rodeado por artefactos médicos y una enfermera junto a la cama, meciéndose mientras registraba una bitácora de recaídas.


—¡Duncan, hijo mío! —El anciano soltó el control remoto de la televisión instalada en la pared frontal y extendió los brazos— ¡Duncan, ven rápido! —El hombre se quitó la bufanda y la chamarra, las lanzó sobre una silla y obedeció a su padre, quien le revisó la cara y le besó varias veces— ¡Ingrato, apestas a licor! —increpó Abel, aunque no parecía molesto— ¡No dejas la botella ni porque visitas a tu moribundo padre!


—No he bebido, mi camisa está impregnada, papá —alegó Duncan y miró de soslayo a su niño, quien también se desprendió del exceso de ropa mientras andaba a la cama—. Además manejé hasta aquí y Dada viene conmigo, ¿acaso crees que me arriesgaría a un accidente? —Pese a que el argumento le resultaba creíble, Abel conocía a su hijo, así que movió la cabeza, pero eligió no debatir.


—¡Ven aquí, Dada! ¡Te extrañé estos días! —Al escucharlo, el niño se subió a la cama y estrechó con fuerza al anciano— Cumpliste doce años sin mí.


—Lo sé, abuelo, lo lamento.


—Tengo tu regalo guardado desde ese día. Abre el armario —Indicó el granjero—, busca una caja grande con un moño azul.


Dada se emocionó y fue a donde le enseñó el enfermo. En tanto buscaba, Duncan se sentó frente al anciano y tomó su mano para acariciarla, le sonreía sin importar los recientes regaños y la anunciada muerte, pues entendía que el cuerpo de Abel ya estaba muy cansado.


—¿Hablaste con tu hermano, Duncan?


—Sí, papá, y sabes que no vendrá, aún está molesto por su discusión de hace tres años.


—¿Le has dicho que estoy muriendo?


—Sí, pero él no vendrá aquí sin su hijo, le ofrecí tus disculpas por insultarlo, pero no cree que realmente quieras que vengan a la granja.


—Llamémosle ahora mismo entonces, ¡anda, Duncan! ¡Llama por teléfono a tu hermano! ¡Me disculparé enseguida por lo que pasó! ¡Si no quiere venir por eso, lo arreglaremos ya! Sí, le dije bastardo a su hijo, sé que estuvo mal, no quiero irme a la tumba sin hacer las paces con tu hermano.


Duncan suspiró y se puso en pie para buscar el teléfono.

24 de Marzo de 2021 a las 06:27 2 Reporte Insertar Seguir historia
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Shiori Shiori
Excelente inicio! felicitaciones!
Angel Valbuena Angel Valbuena
Como es costumbre en ti: me embelezas ♥
March 24, 2021, 07:13
~

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