valemonarancibia Valentina Arancibia

En la mística torre del protector de mundos, el Mago del Tiempo, hay un recién creado mundo que está por definirse ¿Será duradero o se esfumará en un instante? ¿Qué provoca el constante cambio? En ese cambiante mundo, dos pequeñas brujas, Meredith y Melisa; tratarán de encontrar sus destinos ¿El final que les depara, será feliz? ¿Podrán cumplir sus sueños? ¿O sus sonrisas se apagarán antes de siquiera comenzar? El enemigo avanza silencioso. Las almas se destruyen, el reino se sumerge en caos, y el mundo, se cae a pedazos. "—Lo haré... ¡Por el bien del mundo!"


Fantasía Fantasía oscura No para niños menores de 13.

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Prefacio.

Mundo nuevo

El mago del Tiempo, se encontraba subiendo la extensa escalera de caracol, llevaba entre sus manos unos pequeños libros, con pocas hojas hacía la cúpula de la torre, que es dónde se encuentran los mundos que están por nacer.

Los colocó con delicadeza, uno al lado del otro.

Tres mundos nuevos. Con nuevas historias para contar, todavía no definidos si serían o no perpetuos. El mago, con cierto orgullo, miró desde lo alto, su biblioteca. En la gran torre del mago, existían muchos, muchísimos libros, y para organizarlos, cada uno, tenía un color.

Los mundos nuevos, aparecían con una portada anaranjada, con los tonos de un amanecer, justo como cuando el sol está por asomar tras las montañas, representaban el despertar de una nueva historia que sería contada.

Los mundos que han llegado a su fin, pierden los colores de sus portadas, y se vuelven grises. Su contenido, está permitido ser leído, ya que, no se puede modificar ningún acontecimiento. No importa cuantas veces, se regrese el tiempo en esos libros, lo que sucederá, seguirá siendo lo mismo.

También, están los mundos paralelos, que usualmente aparecen en compañía del mundo nuevo, sus colores, como los del mar, representan todos los, “Y sí…” o los “¿qué hubiera pasado sí…?” las personas de esos mundos, pueden ser o no iguales a las del original, y toman las decisiones que en el mundo original no se tomaron.

O puede precipitarse, un acontecimiento que ocurrió doscientos años después, se adelanta.

Usualmente, estos libros terminan pronto, pues, se acumulan muchas acciones erróneas que lo llevan a su destrucción. Otras, es mucho mejor que el original.

Después, están los libros de cada persona que vive en los distintos y diversos mundos. Ubicados en una dimensión aparte, que solo el mago puede abrir. Los colores violetas, en las portadas, pertenecen a personas que nacieron con magia. Y, los tonos marrones, para los seres humanos.

Uno de los trabajos, del mago, es acelerar el tiempo de algún mundo, cuando este trae consigo demasiado sufrimiento, él, se encarga de terminar con aquello. También puede detenerlo o dar consejo a algún aventurero que quiera salvar su pequeño hogar.

No puede intervenir en un mundo muchas veces, o tendrá que marcharse y ser u mero espectador. Una regla impuesta por alguien antes de él, desconocido e incorpóreo.

Aunque es un sitio maravilloso, la torre, es solitaria. El mago es el único que vive allí. Y… a veces, es triste.

Pensaba en eso, cuando las letras de un libro, brillaron. El mago del tiempo, sonrió con ternura al leer las primeras páginas de aquel nuevo mundo. La era de paz y tranquilidad estaba quedándose atrás, y un incierto destino se estaba abriendo paso.

Y él, sería un espectador de todo lo que envuelve, a esa larga y retorcida travesía.

Todo tiene un inicio, y esta historia, comienza en una mañana de invierno, en una parte de la ciudad llena de humo y escombros. Con tres personas cubiertas por una manta, mientras veían destruido el fruto del trabajo de toda su vida.

La familia Dutche, veía como su pequeña empresa era reducida a cenizas por personas con malas intenciones.

Afra la única hija de los señores Dutche, tenía en la boca un caramelo, mientras observaba a Enzo Moys, una de las personas que le ayudó; hablar con los otro involucrados de aquel desafortunado evento.

Una lágrima silenciosa descendió por su mejilla, todavía, sintiendo el calor del fuego abrazarla.

¿Cómo pudo terminar todo así? Afra, limpió con la tela su rostro. De repente, sus hombros se vieron cubiertos nuevamente por la manta que se había deslizado por el suelo, y una voz que ella conocía bien, tranquilizó su ser.

—¿Estás bien? —preguntó en un susurro, muy cerca de su oído. Las mejillas de Afra, que permanecieron frías hasta ese instante, se calentaron. Una cansada sonrisa apareció en sus labios, y lentamente, giró su cabeza. —A salvo —respondió, dejando que él, acariciará una de sus mejillas.

Al oírla hablar, él suspiró aliviado. Afra, aferró la manta a sus manos, y bajó la mirada. —¿Mi padre está…?

—Siendo atendido, —el muchacho a su lado, le tendió la mano. Y, con suma delicadeza la ayudó a levantarse. Estando frente a frente, con una diferencia de estatura mínima, los brazos del chico rodearon su cintura y la estrecharon contra sí. Afra, dio un pequeño suspiro, derramando un par de lágrimas en el hombro de su amado. Mientras él, repetía en voz baja, “todo estará bien”; en un tono preocupado mezclado con enfado.

—Debo ir con Moys, —murmuró, dándole un beso en la mejilla. Afra, se separó y asintió, limpiando su cara. Erick Chardaff, delineó con sus dedos, sus labios y, suavemente, depositó un beso en la frente de la chica, uno fugaz y un tanto tímido, que provocó una sonrisita en ella.

Al ver su espalda alejarse, Afra, llevó una de sus manos a su corazón, observando el edifico destruido.

Desafortunado destino. Suerte de estar vivos. —pensó.

No pasaron ni cinco minutos cuando Erick, regresó, ahora, con un cofre entre sus manos, ella lo reconoció de inmediato. Eran las ganancias de los últimos tres meses de la familia.

—Gracias… —musitó, tomando del brazo al joven, —muchas gracias… —murmuró, sintiendo un nudo en su garganta, sus piernas, parecieron dejar de responder, y, lentamente se acuclilló.

Erick, se arrodilló y rodeó los hombros de Afra con uno de sus brazos, acercándola así besando su frente con delicadeza.

—Nada malo te sucederá, de ahora en adelante. Lo prometo, amor mío. —el corazón de ella, dio un vuelco al oír esas palabras. Dejándose llevar, por la calidez ofrecida por Erick, cerró sus cansados ojos, y se durmió, en una paz que parecía más una ilusión que otra cosa.

Días después.

Erick Chardaff, apareció en la cárcel en dónde las personas que se hacían llamar “Domurt”, estaban. Los guardias lo llevaron a la celda, en donde ya se encontraba su buen amigo Moys.

—Es bueno verte, Enzo —el mencionado torció los labios. La piel trigueña de su rostro se arrugó y su mirada azulada le provocó un escalofrío a Erick. —Odio ese nombre. Solo llámame por el apellido. No es tan difícil ¿O sí? Suena bonito —dijo, deletreando su apellido, un poco ofuscado por la efímera sonrisilla traviesa que le brindó su amigo.

Erick, enfocó su vista en otro lado, ignorándolo, plantándose frente a la celda, en dónde, los simpatizantes de Domurt se hallaban. Estaban encadenados al suelo y a la pared, sin posibilidad alguna de que sus extremidades se movieran.

—¿Has logrado algo?

—Ni con toda la tortura del mundo he podido sacarles algo. Parece que ni sienten el dolor —una risa desde dentro, erizó la piel de ambos.

—No lo sentimos… —musitó uno de ellos, —por algo somos “incompletos”.

—¿Qué han venido hacer aquí? La empresa de los Dutche no es la única que han atacado ¿No? —Moys, se puso serio y habló en un tono demandante, exigiendo respuestas. La sangre en la mejilla del hombre que abrió la boca, cayó lentamente. —Solo… queremos un sitio aquí… nada más. No fuimos nosotros, quienes quemamos ese lugar.

La burla en la expresión del hablante, enfureció a Erick, que, fue detenido por su amigo para que no hiciera nada fuera de lugar. Moys resopló. Esa no era la respuesta que estaba pidiendo. —Mataron a tres ministros del rey, al general de la guardia real… ¿Qué es lo que pretendían con eso?

—Tener poder… —el hombre que no había estado mirando a la nada, movió lentamente su pupila hasta enfocar a los dos. —Todavía hay más, ahí fuera. Mezclados entre la gente, esperando en silencio… Si nadie quiso darnos un lugar, nosotros… nos haremos uno.

Moys bufó y estuvo a punto de decir improperios, pero Erick lo detuvo, no valía la pena seguir discutiendo con él.

Tres años después.

Afra Chardaff Dutche, cargaba con su hijo Adriel de un año, para dejar una carta al correo, pasó por el lado de los periódicos y dio un vistazo curioso a los titulares. Una sonrisa se posó en sus labios cuando leyó que su esposo había atrapado a los que se deducían, eran los últimos simpatizantes de Domurt.

Al fin, podía caminar con tranquilidad en la calle, sin temer a que de un de repente la atacasen. Para celebrar tal hazaña, fueron a la granja del señor Dutche, que con los ahorros que rescató, se fue a vivir lejos de cualquier peligro.

Todo, marchaba bien, Afra, era feliz en compañía de su pequeño y su amado esposo. Erick sería el próximo ministro de los decretos relevando a su padre, el aclamado señor Chardaff.

Su vida, estaba en el máximo apogeo, y esperaba que se mantuviera así, por muchos… muchísimos años más.

Mientras eso sucedía en la pequeña familia Chardaff, en un barrio acomodado, cálido, y rodeado de buenas personas, en el bosque del reino de Jik, el más grande que podía existir, se hallaba alguien, armado, rodeado de sangre que no era suya. Jadeaba, y sentía que su corazón latía desenfrenado en su garganta.

Tenía unas vestimentas extrañas, un gran abrigo de nieve lo cubría hasta las rodillas, usaba un cinturón que estaba puesto en su hombro hasta su abdomen lleno de cristales de distintos colores, botas pesadas y cómodas, y unos lentes especiales, para ver en oscuridad. Esta persona, sostenía entre sus manos una lanza.

—¡Vamos! ¡Sé que quedan más traidores! —gritaba, pisando la mano de quien alguna vez, fue su compañero, de repente, se paralizó, sintiendo el filo de un arma rasparle el cuello. Ni siquiera pudo girarse, su cabeza, cayó al suelo, la sangre salió y el filo de la espada que le dio muerte se cubrió de aquel líquido.

—¿No qué nos eliminaría a todos? —la risa de un muchacho, resonó. Su piel trigueña, estaba manchada en sangre. Usaba un traje similar al del hombre que murió. —¿Puedes no ser tan sádico, Ergo?

Otra figura apareció. —Así nunca vamos a conseguir almas.

—¡Bah! Tenemos cientos de almas, ahí afuera, Edna, querida —Ergo, rio por lo bajo. Después de eso, ambos regresaron al que, desde hace un tiempo, era su hogar, las alcantarillas. Llena de miseria, personas que apenas sobreviven, y muchas cunas de bebés.

Es triste ¿No? Algunos nacen con la vida ya hecha, llenos de calidez y amor. Y otros, empujados para sobrevivir.

14 de Marzo de 2021 a las 20:38 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Leer el siguiente capítulo Capítulo 1: Dos nuevas vidas, en aquel pacífico mundo.

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Los mundos de la torre
Los mundos de la torre

En un sitio, existen miles de mundos, los denominados originales, son los que se toman las decisiones y el camino correcto. Los "alternos", son los ¿Qué hubiera pasado sí...? ofreciendo un abanico de nuevas posibilidades, nuevos caminos que pueden terminar bien, como pueden terminar mal. Todo, custodiado en un solo lugar. Leer más sobre Los mundos de la torre.