german335 German Martinez

El investigador se encuentra esta vez con una persona que le relatará los terribles hechos perpetrados por los integrantes de una secta conocida como el culto a Moloch. Esta historia fue realizara para el reto #Lospecadosdelwendigo usando las palabras que me fueron dadas por la usuaria KaeGhost.


Horror Horror gótico Sólo para mayores de 18.

#horror #misterio #religion #suspenso #culto #laguaridadelwendigo #Lospecadosdelwendigo
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Expediente 07

A las dos de la tarde ingresé a la clínica general, la entrevista a la que me dirigía era una que, a pedido de Edward y Loreine, debía hacerse con la mayor discreción posible. También se me pidió que cumpliera con unas pautas establecidas por la persona que daría su testimonio, las cuales eran dos: la primera era que no debía, bajo ningún motivo, revelar el nombre del caballero entrevistado mientras mi grabadora estuviera encendida, pudiendo llamarlo solo con un seudónimo sugerido por él. La segunda pauta decía que, si él se negaba a responder una de mis preguntas, no podía presionarlo de ninguna forma.


El motivo de esto era sencillo, la persona en cuestión era una celebridad del cine anglosajón y no quería darse a conocer. Para mi fortuna, este hombre tenía raíces latinas y dominaba muy bien el español. Yo entendía el inglés casi en su totalidad, pero hablarlo… era otra historia.


Cuando llegué a la recepción de la clínica me identifiqué, luego anuncié mis intenciones de visitar la habitación 135, ya que según Loreine, allí se encontraba mi testigo. Tuve que esperar varios minutos mientras la enfermera que hacía de recepcionista, con mis documentos en mano, tecleaba mis datos en su ordenador. Instantes después, la mujer se alejó casi una docena de metros, tomó un teléfono y esforzándose por no ser escuchada, hizo varias llamadas en las cuales con dificultad pude leer mi nombre en sus labios, todo al tiempo que me miraba con disimulo.


En esos momentos aproveché para destapar un par de empaques de galletas de vainilla rellenas con crema de fresa. Luego bebí algo de agua de uno de los filtros ubicados en la sala.


Al finalizar, la enfermera me regresó mis documentos y me pidió disculpas por la demora. Seguidamente me dijo, señalando un corredor a su izquierda, que caminara hasta ver la habitación que buscaba.


Asentí y agradecí a la joven, luego enfilé por el pasillo que me indicaron, dejando atrás a los numerosos profesionales de la salud que me veían de reojo al pasar a su lado. El ambiente en la clínica era sumamente fresco. Las baldosas relucientes, el techo con largos tubos fluorescentes y la pulcritud en las paredes transmitía la imagen de un lugar destacado por su aseo y cuidado.


Al arribar a la habitación toqué la puerta y escuché una débil voz que desde su interior me invitó a pasar. Estando adentro noté una ventana panorámica con las persianas a medio abrir que impedían al sol bañar en su totalidad la estancia. No obstante, ese nivel de iluminación permitía apreciar el lugar a la perfección.


Acostado en una cama de sabanas celestes vi a un hombre blanco de semblante cadavérico, sus cabellos castaños se estaban rindiendo a la calvicie y unas pronunciadas ojeras manchaban su rostro al punto de parecer un antifaz. Un atril a su izquierda sostenía una bolsa transparente con lo que supuse, debía ser suero. Sabía que ese individuo no tenía ni cincuenta años, pero su estado de la salud le sumaba, como mínimo, quince años. Todo debido a un cáncer de pulmón que lo consumía poco a poco.


—Muchas gracias por recibirme —comenté al cerrar la puerta.


—¿Eres el investigador que envió Loreine a confesarme? —preguntó el enfermo riendo un poco.


—En efecto, señor, pero confesar no es una palabra que me guste mucho, prefiero decir que seré un amigo al que le relatará algo interesante.


—Ya veo… —El hombre asintió y señaló una silla metálica que estaba al lado derecho de la cama.


Entendí la seña dada por el paciente y tras sentarme en la silla saqué mi grabadora, ubicándola en una pequeña mesa plateada cercana al lado derecho superior de su cama. Entre la mesa y la cama había una papelera, en esta detallé una botella vacía de ron que estaba pobremente envuelta en algunos periódicos.


—¿Lo dejan beber licor en las instalaciones? —cuestioné sin dejar de mirar la papelera.


—Solo cuando las enfermeras no me ven —musitó él riendo un poco para luego tomar una gran bocanada de aire—. Pero en mi estado ya no me interesa mi hígado… No con esa otra cosa comiéndome por dentro.


—Eso puedo ver… ¿Se encuentra en condiciones de realizar esta entrevista? —pregunté viéndolo con atención.


—Bueno, la verdad es que no es mi mejor momento —contestó con esa voz ligeramente distorsionada gracias a la mascarilla conectada a un moderno respirador, el cual reposaba al lado de un monitor cardiaco que emitía débiles pitidos en intervalos de dos a tres segundos—. Pero podré hacerlo, quiero sacarme esto de encima, por eso insistí en que viniera hoy.


—Lo comprendo, pero es que no se ve muy bien…


—En mi condición actual no puedo hacer más que empeorar, si no hacemos esto ahora, mucho menos podremos en el futuro.


—Entiendo… Primero quiero agradecerle, en nombre de nuestra organización, que pueda regalarnos algo de su tiempo, pienso que es algo digno de respeto y admiración, más si consideramos la importante información que tiene para darnos. También le informo que a partir de este momento me dirigiré a usted en la forma que solicitó… Señor John —agregué encendiendo mi grabadora.


—No se preocupe, pero no me elogie tanto, investigador. Al acabar esta charla no será tan amable… Bueno, vamos al punto —agregó John haciendo una pausa para, a mi juicio, recuperar el aliento—. Lo que te relataré ocurrió en el año 2009, en la inauguración del Yankee Stadium en New York, Estados Unidos. Supongo que ya lo sabes, pero la celebración oficial tuvo como invitados principales a leyendas del béisbol como Riggei Jackson y Rickey Henderson entre otros.


—Tendrá que disculparme, no soy muy aficionado al béisbol local, mucho menos al norteamericano, tampoco me gusta acudir a esos eventos tan concurridos. Pero tomaré su palabra y daré por sentado que son personalidades importantes.


—Haces bien.


—Claro, después de todo, usted, siendo de ese país, conoce más sobre las altas personalidades que se han desempeñado en ese deporte y…


—No lo digo por eso —dijo John a secas.


—¿A qué se refiere entonces?


—Me refiero a que haces bien al rechazar ese tipo de concentraciones.


—¿Por qué lo dice?


—Luego te lo explicaré, pero permíteme seguir, por favor.


—Claro que sí —añadí asintiendo, aunque las palabras del paciente me dejaron fuera de lugar en ese momento.


Segundos después, John empezó a respirar profundamente, parecía esforzarse por llenar sus pulmones con la mayor cantidad de aire posible. Después volvió a hablar.


—Como bien sabes, yo he participado en la elaboración de películas que han sido taquilleras en el cine, de igual manera asumo que estas enterado que yo estuve en ese evento de inauguración que te comenté. ¿Por qué crees que fui?


—Imagino que lo invitaron, dada su fama sería lo más normal.


John negó débilmente con su cabeza.


—Al ojo público eso podría parecer lógico, la realidad es que yo fui obligado a acudir. Pero esa celebración del tres de abril del 2009 no fue a la única a la que asistí. A puerta cerrada y sin que la gran mayoría de la población, no solo norteamericana, sino del mundo en general lo supiera, ocurrió otro acto en las mismas arenas del estadio. Uno que se llevó a pocos días antes, a media noche.


—Espere… ¿Cómo que lo obligaron? —pregunté con curiosidad mientras cruzaba mis piernas y me inclinaba para escuchar mejor las débiles palabras de John.


—Todo era parte de un contrato que debía renovar si deseaba continuar en la industria. Cosa que sucedería en ese acto clandestino que no podía salir en las cámaras de televisión, mucho menos ser expuesto al público.


—Creo que no lo estoy entendiendo, señor John.


—Lo harás, solo sigue escuchando... —John hizo una pausa para toser un poco, luego retomó la conversación—. La noche de la que te hablo fue la del primero de abril. Yo llegué al lugar en compañía de un viejo amigo, Will.


—¿Yo he visto a ese Will? —pregunte.


John asintió.


—Todos lo conocen, es ampliamente reconocido por su participación en una serie muy recordada de los años noventa y en varias películas, es muy querido.


—¿Me puede dar una pista?


—Es un hombre afrodescendiente que nació en Filadelfia, a finales de la década de los sesenta. Con eso basta.


—Gracias… Continúe, por favor.


—Siempre era grato hablar con Will, pero esa noche no conversamos. Él iba manejando en silencio y se veía muy apático, aunque entendía la razón… La celebración a la que íbamos no era muy agradable a sus ojos, pero ambos debíamos acudir por compromiso. Al arribar notamos una fuerte presencia de agentes del United States Secret Service y la National Security Agency, todos se encontraban apostados en los puntos que podrían emplearse para entrar al estadio. Nosotros nos identificamos e ingresamos al recinto. A medida que caminábamos los guardias y escoltas fueron quedándose atrás para dar paso otros hombres sin identificación, pero igualmente vestidos con galantes trajes negros. No hubo uno que no nos inspeccionara inquisitivamente con la mirada al vernos pasar por los bien iluminados pasillos de la edificación.


—¿Les dijeron algo?


—Ellos nunca hablaban a menos que fuera necesario. Al cabo de unos minutos llegamos a una puerta doble de color rojo que, con seguridad, sería el área que ocuparían los integrantes de los equipos deportivos para cambiarse y preparase para los partidos de los días siguientes. Encontramos a dos de esos caballeros haciendo guardia en la entrada. Cuando nos vieron nos preguntaron nuestros nombres. Como si ver nuestras caras no bastara para reconocernos… —musitó John finalizando con una leve risa.


—¿En serio no los reconocían?


—Parece que no, solo al cotejar nuestras identificaciones con una lista que poseían nos dejaron cruzar la puerta. Al ingresar nos vimos en una habitación poblada de bancas y casilleros de los cuales colgaban carteles con nombres. Nos tomó algo de tiempo, pero al final identificamos nuestros lockers y los abrimos. Dentro del mío encontré una bolsa que contenía un manto blanco con capucha. Miré a Will y noté que su indumentaria era oscura, totalmente opuesta a la mía. Me sentí tentado a hacerle la broma de que lo hacían porqué él era negro, pero la verdad es que tampoco me sentía de humor para chistes. Cuando nos cámbianos deslizamos las capuchas por encima de nuestras cabezas y salimos de la habitación. En el pasillo nos esperaban tres de aquellos hombres de traje, estos nos indicaron que los siguiéramos rumbo a las gradas. Allí me percaté de que la audiencia que vería el evento estaría conformada por un público de unas doscientas personas. Todas ubicadas muy cerca del diamante donde debían estar las bases y con atuendos como el nuestro. La decoración del lugar también era otra, dado que no íbamos a ver un juego de béisbol o una celebración común.


—Solo por la ropa puedo suponer eso… ¿Pero a qué se refiere con exactitud?


—Todo el infield estaba cubierto por una enorme y pesada lona negra. El viento nocturno la azotó varias veces, pero fue incapaz de levantar siquiera una de sus esquinas. No sé cuántos kilos de peso tendría esa cosa, pero con certeza era mucho. Sobre esa lona yacía una tarima con un muro en forma de triángulo al fondo, aunque este era apreciable en su totalidad por todos los que estaban frente a la base de home del ahora oculto diamante del campo.


—¿Y esos eran ustedes desde las gradas?


John asintió.


—¿Me puede dar más detalles del muro triangular?


—Más allá de lo obvio pues… estaba pintado en colores de diversas tonalidades que iban desde el dorado al negro, también contaba con un ojo en el medio.


—Estamos hablando entonces de…


—Del ojo que todo lo ve.


—¿También era dorado?


—Con negro, sí… —afirmó débilmente John para toser una vez más.


—¿La tarima tenía algo más?


—Frente al muro había una estatua de bronce de un hombre musculoso con una gigantesca cabeza de becerro y alas de águila, estaba sentado en un trono, sosteniendo en brazos a un bebé hecho del mismo metal, el cual mantenía sobre sus hombros, pero dirigiéndolo a su boca.


—¿Cómo si quisiera devorarlo?


—Estás en lo correcto. Adelante del busto de bronce también había una mesa con varios cuchillos y un gran cáliz azabache.


—Tengo una duda… ¿Qué tan altas eran las paredes y la estatua?


—El muro debía medir unos cinco metros desde la punta superior hasta el suelo. El hombre con cabeza de becerro… unos dos metros y medio. Era curioso porque el ojo en la pared parecía mirar la parte trasera del cráneo de la estatua.


—Todo eso es perturbador… —musité negando con la cabeza.


—Amigo, aún no llegamos a lo peor, así que tome aire —me recomendó John con una honestidad que me hizo sentir un escalofrió—. Mientras estaba en las gradas pude ver a un gran número de personas, figuras reconocidas, pero eso tampoco era raro, sabía que algunas estarían allí.


—¿Puede decirme algunos nombres o pistas?


John asintió.


—Te podría hablar de un hombre llamado Dan, conocido por ser productor de varias series de televisión juveniles, ese individuo no faltaba en esos actos. Dan se encontraba dos filas debajo de nosotros. A su lado estaban el ahora fallecido Jeffrey Epstein y la que fuera en el pasado su compañera sentimental, Ghislaine Maxwell. El manto de ambos hombres era blanco, como el mío.


—Me da la impresión de que esas personas son…


—Son y han estado vinculadas con escándalos pedófilos, Epstein sobre todo. No tienes idea de las cosas tan aterradoras que han pasado en su isla. Supongo que merecía que lo mataran, es una pena que lo hicieron antes de que cantara verdades y diera nombres.


—Jeffrey Epstein se suicidó —acoté.


—Sí… Supongo que eso dicen —agregó John riendo un poco.


—¿Quién más estaba allí?


—Banqueros, cardenales de la iglesia. Créame, había mucha gente importante.


—Lo que me está contando es difícil de…


—¿Creer? —comentó John finalizando mi pregunta—. Lo sé, esa es la idea, investigador, que la gente no sospeche y lo vea todo como una conspiración fantasiosa. Pero la verdad es otra… No en vano la pedofilia es uno de los negocios más lucrativos para la elite, uno que además se vincula con la deidad a la que se dedicó ese acto.


—¿A quién se refiere?


—Todos los que estábamos allí éramos parte del culto de Moloch. Cuando alguien entra al culto hay requisitos que debe cumplir. Debes hacer esas cosas si deseas tu premio. Una vez que cumples con los recaudos quedas en su poder, la gente no suele pensar en ello en su momento, solo les interesa la fama, el dinero o lo que sea que busquen. Asistir y participar en actos como el de ese estadio suelen ser de los requerimientos más habituales.


—¿Podría explicar quién es Moloch? Es necesario que sea usted quien lo diga.


—El ser que describí antes, la estatua de ese hombre con cabeza de becerro es Moloch. El ojo que todo lo ve es, para esos creyentes, otra de las formas en las que Moloch se manifiesta. En realidad, el ojo es un portal, muchos seres pueden usarlo. Pero ellos lo usan para llamarlo a él exclusivamente.


—¿Espera que crea que ellos hacen todo eso para adorar a un dios con cabeza de chivo? ¿Quién les asegura que ese ser existe?


—Ellos piensan que su creencia está fundamentada, poco importa si tú o el resto de los ciudadanos del mundo creen en Moloch. De hecho, están felices con que la gente lo ignore. Pero para ellos es un ser real.


—Continúe, por favor, deseo saber todo lo que ocurrió en esa celebración.


—Desde las gradas vimos como salían al campo multitud de personas, debieron ser unas cien o algo así. Las primeras en subir a la tarima fueron unos jóvenes. Mujeres y hombres por igual, todos eran mayores de edad y lucían unos mantos blancos semitransparentes llamados Bardocúcullos. No tenían ropa interior, portaban una gran cesta cada uno y se movían en una forma que hacía pensar que estaban aturdidos, borrachos o algo más…


—¿Estarían drogados?


—Estos jóvenes iban en compañía de hombres que portaban enormes mascaras con la forma de la cabeza de una cabra, además sus cuerpos eran cubiertos por pieles negras y blancas. En lugar de cestas arrastraban unas mesas metálicas pintadas en negro —comentó John ignorando mi pregunta—. Cuando las subieron a la tarima, los hombres cabra soltaron las mesas y se fueron arrodillando ante la estatua de Moloch, uno tras otro. Esto hasta que emergió desde el interior del estadio un individuo con un disfraz similar al que te describí, pero tanto la máscara como el pelaje que lo cubrían eran dorados. Era ese quien serviría como maestro de ceremonia por todo el tiempo que le restaba al evento.


—¿Qué ocurrió después?


Los jóvenes de blanco dejaron sus cestas entre la estatua de Molock y la mesa, todo a manera de ofrenda.


—¿Qué contenían esas cestas?


John enmudeció unos instantes.


—¿Señor John?


—Solo le diré que muchas vidas se perdieron para llenar esas cestas, investigador. Al finalizar las ofrendas, los hombres cabra organizaron sus mesas hasta que formaron una estrella de seis puntas, visible en forma clara desde las gradas donde nos encontrábamos. La manera en la que lo hicieron me hizo suponer que habían practicado eso con antelación.


—Entonces tuvieron hasta tiempo de practicarlo…


—Después de eso, el hombre cabra dorado empezó una danza frente a la mesa que servía como altar. Su baile consistía en pasos y movimientos que lo hacían lucir más como un orangután que otra cosa, sin embargo, eso le bastó para ganarse los aplausos de las personas a mi alrededor. Luego de eso, se arrodilló y empezó a menear su cabeza de un lado a otro mientras sus brazos y tronco superior se movían de manera enfermiza. Lo siguiente que vimos fue a los hombres cabra tomar a los jóvenes de blanco y ponerlos sobre las mesas que habían traído, después empezaron a copular con las mujeres y sodomizar a los hombres.


—¡Aguarde un momento…! ¿Escuché bien? —pregunté con un asombro que me hizo abrir mis ojos al máximo.


—Tus oídos no te engañan, investigador.


—Pero frente a todas esas personas… ¿No sería que simularon…?


—Yo no suelto palabras en vano.


Aquello sin duda era una misa negra. Pero sospechaba algo, sobre todo por las cestas. En el pasado escuché y leí algo sobre Moloch, eso me hizo suponer que John me estaba ocultando algo, pero para no interrumpir su narración decidí esperar a que acabara.


—¿Qué ocurrió después?


—Mientras la orgía tomaba lugar, apareció otra figura. Se trataba de una mujer que simulaba ser un ángel hermafrodita y tenía un falo colgando de su cadera.


—¿Cómo sabía que era un ángel?


—Ya yo estaba familiarizado con la simbología. La mujer tenía puesta una gigantesca máscara blanca cuya forma era la del rostro de un bebe deforme y tres pares de alas plateadas atadas a su espalda. Cuando subió a la tarima, empezó a recorrerla bailando de un lado a otro. Tras pasar unos minutos, alguien en las gradas se levantó, era otra persona que como Dan y Epstein lucía un manto blanco. Me costó reconocerlo en su momento, nunca lo había visto en esos actos, pero cuando se quitó la capucha y empezó a aplaudir lo tuve claro, se trataba de un ex presidente de los Estados Unidos, a su lado, haciéndole compañía, estaba otro hombre que también ostentó ese cargo en el pasado.


—¿Me está diciendo que dos expresidentes se encontraban…?


—Así es.


—¿Puede darme pistas de quiénes eran?


John se quedó pensando unos instantes, luego dijo:


—Fueron los que vinieron antes del negro. Ambos hombres pertenecían a partidos políticos adversos pero la política no es más que un juego para las masas, investigador.


— Esto no puede ser verdad…


—No se sorprenda tanto, aún quedan sorpresas.


—¿Qué hicieron los expresidentes? —cuestioné sin saber si me estaban tomando el pelo o si ese hombre, cuya identidad aún al día de hoy no puedo revelar, me decía la verdad.


—Creo haberte mencionado que había dos tipos de indumentarias, los que llevaban mantos negros y blancos, ¿correcto?


Asentí.


—Pues ambos expresidentes, junto a otros que poseían esos vestidos blancos bajaron por unas escalerillas que conectaban las gradas con el campo.


—¿Cuántas personas bajaron?


John se quedó pensando unos instantes, luego de eso respondió con un claro:


—Doce. Mientras descendían, un numero idéntico de jóvenes, encerrados en unas jaulas fueron llevados al centro de la tarima por otros hombres cabra, similares a los que aún copulaban con los jóvenes que formaban estrella de seis puntas. Aquello era horrible... Las manos de esos desafortunados se encontraban fijadas con clavos a una estructura con forma una cruz, ubicada en el centro de esas prisiones.


—Espere un momento… Usted también tenía esa indumentaria, recuerdo que me dijo…


—Lo sé, yo bajé con ellos a la tarima. Allí nos pusimos cada uno frente a una de las jaulas. Segundos después, el ángel hermafrodita empezó a abrirlas. Cuando abría una, elegía a uno de nosotros y lo escoltaba hasta el interior de la jaula, luego nos encerraba con uno de los jóvenes.


—¿Qué…? —empecé a decir siendo incapaz de acabar mi pregunta, tuve que tomar algo de aire y calmarme un poco para seguir interrogando a John. Cuando agarré ánimos lo encaré—. Entonces ustedes… ¿Qué les hicieron?


—Lo indescriptible, investigador… Fui participe de ese acto ruin y oscuro que tu mente se imagina. Si te sirve de algo, no me sentí bien haciéndolo, aunque te confirmaré que varios de los que estaban a mi lado se veían muy animados, Dan era un ejemplo de lo que le digo.


—¿Entonces por qué lo hizo? —cuestioné sin estar muy seguro de si estaba conteniendo mi enfado en la forma apropiada.


—Por las mismas razones que todos los que estábamos allí lo hacíamos. Ya se lo dije. Unos querían poder, otros deseábamos fama, los más reconocidos buscaban impunidad para hacer ciertas cosas y continuar en determinadas actividades, ese era el precio. El culto a Moloch daba todo eso, pero a cambio debíamos participar en ese tipo de… celebraciones. Eso con la finalidad de que, si alguno de nosotros quería salirse del carril, los que están en la cima puedan hundirlo luego…


—¿Cree que se pueda hacer algo contra ellos?


—Nada, investigador, ellos están por encima de todo. Ponen presidentes y cuando no los necesitan los quitan. Crean enfermedades y gestionan economías, dicen que país será próspero y cual caerá en la pobreza. Controlan la religión e inician las guerras. Son el quinto poder que rige el mundo.


—¿Entonces no hay manera de hacerles frente?


—Solo con guerra abierta.


—¿Guerra abierta?


—Arme un ejército y empiece a matarlos a ver que sucede.


—No estoy bromeando, señor John —acoté con seriedad.


—Yo tampoco, investigador…


—¿Qué fue de esos jóvenes en las cruces una vez que ustedes acabaron su…?


—¿Nuestra obra vil? Esas eran personas sin mucha importancia. El culto usa gente poco relevante, para que nunca existan investigaciones serias sobre su paradero. Los jóvenes por quienes preguntas acabaron envueltos en mortajas y quemados frente a la estatua de Moloch horas después. De esa forma se aseguran de que ese recinto le pertenezca por siempre al dios con cabeza de becerro. En otras palabras, ese estadio es su casa ahora, por eso te dije que haces bien en alejarte de ese tipo de eventos… Nada bueno puede salir de allí. Debes saber algo, ese tipo de actos ocurre mucho alrededor del mundo en ese tipo de lugares, y se hacen cada cierto tiempo, para reafirmar la influencia de Moloch sobre ese lugar. Recuerdo que uno tuvo lugar en la sede de las Naciones Unidas hace poco.


—¿Qué pasó con los que tuvieron relaciones con los hombres cabra? ¿Los mataron de igual forma?


—No… Tanto los jóvenes de blanco como los hombres cabra son adeptos de bajo nivel, personas que están iniciando su camino en la orden y hacen esas cosas para ir subiendo y ganando favores, es posible que los veas en unos años lanzando sus primeros videos musicales, debutando en películas o cosas por el estilo. Aunque claro, tendrías que saber sus nombres para reconocerlos.


—¿Su amigo Will también participó en ese acto?


—No, él no hizo nada, fue un mero espectador. Solo los de túnicas blancas lo hicimos, la de Will era negra.


—Entiendo que esa vez no lo hizo, pero… ¿Tiene conocimiento de si lo ha hecho antes?


—Sin comentarios.


—Pero…


—¡Sin comentarios, investigador! —reafirmó con fuerza.


—Tengo una duda más —dije respirando profundamente.


—¿Cuál es?


—Moloch es una deidad que demandaba sacrificios de niños, cuando pienso en las cestas que se ofrecieron y los jóvenes crucificados se me viene a la mente algo que… ¿Podría decirme si las cosas que usted y los otros hombres de manto blanco hicieron esa noche fueron perpetradas a…?


—Sin comentarios.


—¿Por qué? —bramé.


—No responderé a eso, investigador, no me siento cómodo ¡Respete nuestro arreglo! —demandó John empezando a toser.


—¿Entonces qué sentido tiene esta entrevista? ¡Debería responderme! —demandé molesto.


—Yo me voy de este mundo, investigador, pero dejo una familia aquí, gente que amo y que no tiene nada que ver con esto, debo cuidarlos en todo sentido, además, siento que ya cumplí. Más allá de si puedes creer en Moloch o no, ya sabes que los más grandes monstruos no son esos extraterrestres y demonios cuyos avistamientos has documentado. Lo peor de lo peor está entre nosotros: en nuestros televisores, cines, iglesias, componiendo las canciones que escuchamos. Allí está el origen del mal.


Yo enmudecí al escuchar a John, estuve en silencio un par de minutos hasta que me tranquilicé y pude hacer las últimas preguntas de la entrevista.


—¿Cree usted en Moloch? ¿Piensa que existe?


—A Moloch lo adoran los gobernantes del mundo, compartí mucho con esa gente y le aseguro que ellos no son idiotas, ni supersticiosos ridículos… Sí, definidamente Moloch es real y tanta es su influencia en este mundo, que aquellos que lo siguen llegan a lo alto, pero todo viene con un precio.


—¿Cuál sería ese precio? Porqué veo que usted solo tuvo cosas buenas en su vida desde que hizo… aquello —comenté molesto.


—La agonía eterna. Moloch me espera, investigador, lo he visto deambulando por los pasillos de esta clínica. Los médicos podrán atribuirlo a delirios de un enfermo, pero la verdad es que desde el día del acto lo veo. No soy solo yo, aquellos que me acompañaron esa vez lo han visto a lo largo de sus vidas y me lo han confirmado, él nos espera a todos.


—Ya comprendo…


—Veo su cara de enfado. Le aseguro que todo el mal que me desea, Moloch me lo hará vivir. No se desgaste odiándome, no creo que pueda superar lo que siento por mí en ese aspecto.


Yo estaba molesto, saber esto era indignante. Como dijo John, me hacía ver lo podrido y nauseabundo que era este mundo. Por otro lado, le creía, no sabía por qué, pero algo en mi interior me impulsaba a pensar que lo que decía era correcto. Tal vez Moloch sea un demonio digno de estar en los expedientes desconocidos. Pero pienso que más allá de él, los verdaderos monstruos son aquellos como John, ellos son los que mantienen el manto de sombras que cubre este mundo.

4 de Abril de 2021 a las 01:02 4 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

Conoce al autor

German Martinez Saludos, me llamo German Martinez y me gusta crear historias de fantasía y ciencia ficción. Espero que disfruten los escritos en este espacio, de la misma manera que yo disfruto haciéndolos. Saludos y nos leemos pronto.

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Leónidas G. Leónidas G.
Tremenda historia, compa. Realmente la disfruté muchísimo. La narrativa es impecable. Vas sumergiendo en la misticidad de los hechos, de una manera excelente. El final, ¡WOW! Como siempre, encantado de leerte 👏👏👏
April 28, 2021, 00:50
Jancev Jancev
Una ficción tan real que puede erizarte la piel y hasta el pensamiento, los detalles, los personajes, y la moraleja final. ¡Te ha quedado genial Germán!
April 04, 2021, 03:08
N.V. Scuderi N.V. Scuderi
Diablos, señorito, ¡qué historia! 😱 Pero lo que lo hace más impactante, aparte de la excelente narración y los sentimientos del investigador, es que no está lejos de lo que puede realmente suceder en este mundo y da para reflexionar. ¡Muy bueno, Germán!
April 04, 2021, 02:59
Elizabeth Vázquez Elizabeth Vázquez
Maitgat! Este tipo de historias me gustan. Jamás me imaginé leer algo así fuera de lo que se dice en redes. Asombroso. ✨
April 04, 2021, 02:46
~
Expediente Desconocido
Expediente Desconocido

Bienvenidos a los expedientes desconocidos, estos archivos los enviarán a una realidad que superará con creces a la ficción. Aquí muchos de los mitos y leyendas de nuestro planeta cobraran vida, dándonos una visión un poco diferente de ellos. Pero tengan cuidado, ya que este mundo puede ser implacable con los incautos. Nunca olviden que estos relatos están basados en hechos reales. Leer más sobre Expediente Desconocido.