lihuen Lihuen

Cuando la pequeña y curiosa Olivia pone un pie en un extraño cementerio, no sabe que, al hacerlo, ellas ya la han elegido.


Horror Todo público.

#misterio #fantasmas #maldiciones #plantas-malditas
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OLIVIA

Con la ventisca se mecían las plantas y los árboles, incluso las nubes obedecían a las fuerzas aéreas formando y deformándose en la dirección de las corrientes invisibles; también los pájaros planeaban según el viento y los navegantes de los veleros que se veían a lo lejos seguramente eran más felices si la ventosidad los favorecía. Y aunque desde el montículo, todo encajaba en perfecta armonía, la pequeña observadora no podía quitarle la vista al manojo de enredaderas que se arrastraban por entre los caminos de lo que parecía viejo cementerio olvidado, donde había unas pocas lápidas, apenas visibles, por entre los lazos posesivos de sus dueñas que, si bien no eran muy diferentes a otras plantas, su terrible rigidez ante el viento fue más q suficiente para atraer un ojo tan minucioso. Y no solo eso. También la embelesaron los latidos. Porque sus largos y lánguidos brazos palpitaban extrañamente como si algo espeso corriera en su interior. Suave y con pereza al comienzo y, luego, con la cercanía de la pequeña, los tallos parecieron hincharse un poco mientras que sus hojas tomaron un tinte azulado o eso le pareció a la pequeña Olivia. E incluso se maravilló cuando los pequeños capullos blancos se abrieron de par en par, como si fueran bocas hambrientas, de labios gruesos, lenguas largas y gargantas sedientas.

«Si que parecen bocas, pensó. Y creo que desean beberse al sol»

Porque extrañamente el sol parecía huir de en aquel páramo. ¿Se debía quizá a la sombra protectora de los gigantescos árboles que rodeaban el lugar? ¿O se debía a esa neblina mezclada con ese extraño hedor que parecía provenir del extenso pantano que se veía a unos metros de allí? Estiró un poco más el cuello para vislumbrar mejor a las aguas estancadas y putrefactas despedían ese olor nauseabundo…parecido al vómito…o quizá provenían de un cadáver descompuesto.

Se inquietó. El vívido recuerdo de un Timo en descomposición cruzo por la mente de la pequeña que hizo una mueca de asco y de dolor al mismo tiempo. Timo. Su querido perrito que fue envenado por el viejo de la calle de enfrente.

―Sí, debió ser ese reverendo desgraciado hijo de puta―había dicho su padre cuando lo encontró tendido en el patio, con la lengua negra afuera y el vientre hinchado.

¡Y cuánto debió sufrir!, fue lo primero que todos pensaron cuando lo vieron en ese lamentable estado. Un perro tan noble y juguetón como él nunca debió terminar así. Aun recordaba la vez que ella se había perdido en el parque, por entre la gente, con tan solo cuatro años. Y entonces él la encontró y la cuidó: su guardián, su guía y mejor amigo.

―Y yo sabía mamá que iba a pasar…yo sabía que iba a morir porque lo había soñado…lo soñé mamá…lo soñé y no hice nada…

―Ya pasó hija…ya pasó…vos no podías saberlo….no es tu culpa…¿entendes?

Pero como dolía. Como punzaba la culpa…la impotencia…y sobre todo como olía…

―¡Olivia!

El pequeño pie se detuvo.

―¡¡¿¿Olivia ¿donde estas??!!

Pero Olivia volvió a oler. Y esta vez olía diferente. Olía a un acido dulzón… como a naranjas…como a al limón recién cosechado…como al té de cedrón que tanto le gustaba a su madre. Mmm. Volvió a avanzar. Y al acercarse sintió un repentino cambio de aire, en la presión, hasta en la gravedad. Se sentía como si estuviera en otra dimensión: como si allí pudiera flotar y el tiempo se estancara.

―Mierda Olivia ¿¿¿no me oís????

El tirón en el brazo le dolió. Su mama podía ser bien bruta cuando se enojaba o algo la asustaba. El olor a cigarrillo que emanó su boca le atravesó las fosas nasales y los dedos huesudos le arrancaron un quejido.

―¡Que es este espantoso lugar! ¡Dios mío hija! ¿Cuantas veces te tengo que decir que no te alejes de nosotros y menos a lugares tan asquerosos como este?

Olivia quiso refutar esa descripción mientras su madre la arrastraba cuesta arriba, pero entonces, cuando volvió la cabeza hacia el lugar que momentos antes le había parecido tan mágico, vio como las platas se erguían sobre sí mismas como si algo las agitara descubriendo bajo sus innumerables hojas un montón de pequeños huesos… y no solo huesos también había cabezas…colas…y cuerpos peludos de roedores que parecían disecados.

Volvió a girar la cabeza hacia adelante y se le aflojaron las piernas y, de no ser por el agarre firme de su madre y de sus regañinas, ella habría gritado a toda voz o habría corrido velozmente hacia alguna parte. Con tal de huir de allí. Con tal de dejar de oler y de sentir ese frío a muerte que aun le calaba los huesos.

―¡Y mira tus zapatos nuevos!― explotó la madre cuando ya estaban cerca de la vieja casona-museo. ―¡Nuevos y caros! Y míralos ahora parecen cualquier cosa…

Los dedos de la madre luchaban con las tiras. Pero la niña no se quedaba inquieta.

―Sácamelos mami. Sácamelos―tiritaba y daba pequeños saltitos.

―¿Pero qué es esto? Mira amor…mira por donde caminó tu hijita

Ramón bostezó.

―¿Que decís?

―Que veas, eso digo

―Parece baba de sapo…pero mas gelatinosa y mierda que apesta…tíralos por favor que sino el auto nos va a quedar hediondo.

―¿Ves Olivia? ―la buscó con la vista―. Un par de zapatos nuevos a la basura…¡a la basura! Como si las cosas no costaran

La niña que ya se había metido al auto, no sin antes dejar en el suelo sus medias y sus calzas.

Melisa se agachó de mala gana para recoger las prendas que despedían el mismo hedor que los zapatos y hasta más. Y pensar que alguna vez creyó que adoptar una niña no le daría tantos problemas como los varones: que sería más limpia, más ordenada, mas controlable y obediente. ¡Pero que como se había equivocado! Con solo siete años, Olivia superaba en todo a Martin de diez y a Pedro de once. Los superaba en lo bueno y en lo malo; en todos los sentidos. Ella era la mejor en la escuela, en el hacer de los quehaceres de la casa, y hasta en la forma de expresarse, pero así de intensa era también en sus travesuras. Era diez veces más rebelde que sus dos hijos mayores y que todos los chicos del barrio juntos. Tenía una mente insaciable de curiosidad, además de terca, porque que cuando algo se le ponía en la cabeza era capaz de hacer cualquier cosa con tal de lograr lo que deseaba.

Es era como tratar de ser madre de un misil. Pero nadie puede controlar a un misil. Nadie.

………………………………………………………………………………………………………………………………………………..

El auto apenas si se balanceaba con el viento a pesar de que iba a gran velocidad. La familia cabeceaba, excepto el conductor y Pedro (el copiloto) que se empecinaba en continuar batallando en el último nivel de una guerra épica entre humanos y demonios.

En el asiento de atrás, Olivia dormitaba sobre el hombro derecho de su madre mientras que su hermano lo hacía sobre el izquierdo. A Melisa (que ante todo poseía una alma de madraza) le encantaba verlos así, con los ojitos cerrados y la expresión relajada de la cara que les daba un aspecto angelical.

«Son tan lindos», pensó mientras le acariciaba el pelo a su hija. Le estaban haciendo pomada los brazos, pero por tenerlos así tan cerca le llenaba el alma.

Tenía un pelo castaño clarito un poco ondeado y tan fino que se la nada se le enredaba en los dedos. El mismo pelo que tenía ella y hasta del mismo color de ojos que no era ni verde ni marrón.

«Es como si la hubiera parido», pensó Melisa orgullosa y la acomodó un poco mejor sobre su pecho y le luego le acomodo el brazo y la manito enlazada por una pulsera verde.

«Que bella y delicada », pensó sorprendida.

Estaba trenzada de forma prolija y las delicadas hojas caían sobre la piel dándole un toque decorativo casi perfecto.

«Lástima que en unos días se va a secar y se romperá; lástima…porque es una obra de arte…más que las joyas de plata diría…más que…»

Los ojos de Olivia la sobresaltaron. La estaba observando entre dormida, con la frente arrugada y una expresión de enojo.

―T-tengo sed, ma―carraspeó.

―Ahí te doy un poco de agua―dijo y se inclinó un poco para alcanzar la botella que yacía a sus pies, sin darse cuenta que al hacerlo hizo que la cabeza de Matías rodara por su hombro y se callera sobre el regazo.

―Ma me tiraste―se quejó el niño.

―Perdón hijo. No me di cuenta―sonrió Melisa al verlo mirarla con expresión de confusión y enojo en la cara, por lo que enseguida intentó distraerlo ofreciéndole agua

Los niños bebieron empinado cada uno su botella. Pero a Matías algo lo seguía irritando.

―Esta tibia. No me gusta tibia―se quejó cerrando botella y arrojándola a sus pies.

―Paciencia que ya llegamos a la estación de servicio―intervino el padre relojeandolos por el espejo retrovisor.

―¿Y cuanto falta, eh?―quiso saber el chiquillo que le devolvió una mirada cargada de impaciencia.

―Como media hora―le respondió su padre.

―Es mucho. Demasiado. Y yo tengo sed.

―Vamos duerme de nuevo―sugirió Melisa como para calmarlo, pero el niño ya tenía clavada la vista en algo de mayor interés.

―A ver Oli ¿qué es eso que tenés en la mano?―pregunto maliciosamente mientras se abalanzaba como un gato sobre su madre como para alcanzar a su presa.

Olivia chilló cuando su hermano le tironeó la muñeca.

―Vamos mostráme, quiero ver.

―Basta Matías que lastimás a tu hermana―gritó Melisa mientras intentaba apartarlo.

Olivia pego un tirón y al mirarse la mano, gritó espantada.

―¿Que pasa hija?

Al principio todos pensaron que se había enojado porque su hermano le había roto la pulsera. Pero al mirarla mejor, Melisa se alarmó, pues el brazo de la niña se estaba volviendo morado.

―S-s-sacamela ma…s-sacámela…

Melisa le tomó el brazo con urgencia tratando de hacer lo posible por arrancar a la planta que se ceñía con fuerza, como si tuviera vida propia.

Es como una sanguijuela, pensó Melisa. Como una maldita sanguijuela camuflada en la forma de una planta.

―¡¿Qué pasa ahí?? ¿Qué le pasa a Olivia?―Se escuchaba la voz de su marido histérico.

―Deja de preguntar y pásenme un encendedor

―¿Un qué?―El auto hizo un movimiento brusco.

―AHORA Pedro, un encendedor y mis cigarros. ¡Y paren el auto ya!

Melisa acercó el cigarrillo encendido al tallo y enterró varias veces la brasa a lo largo del cuerpo latiente. Casi de inmediato, la planta aflojó el agarre y se retorció hacia atrás. Melisa no lo dudó. La agarró y la arrojó por la ventana.

Al ver su mano libre, Olivia se abrazó con desesperación a su madre y, por primera vez, no le molestó el olor insano del tabaco quemado.

15 de Febrero de 2021 a las 17:12 0 Reporte Insertar Seguir historia
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