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En una tarde lluviosa, Friday Holloway encuentra a una chica en un edificio abandonado, quien prontamente le deja saber que el mundo corre grave peligro de ser controlado telepáticamente hasta que todas las mentes de las personas en el mundo sean un calco unas de las otras y él es el único que puede impedirlo. Con su compañero de escuela más fastidioso como único aliado, Friday no mira sus posibilidades de supervivencia con demasiado optimismo. Pero Herschel le jurá que lo salvará y a veces, solo a veces, Friday se atreve a creerle un poco, tanto como cree que ser especial por primera vez en su vida debería ser mejor que tener fecha de caducidad antes de cumplir los diecisiete.


Fantasía Fantasía urbana Sólo para mayores de 18.

#fantasia #drama #aventura #amistad #bullying #violencia #telepatia
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Uno


Friday Holloway conocía un secreto sobre Cole. No era un secreto que solo él supiera, aunque estaba seguro de que su rubio atormentador no había pretendido que él fuera recipiente también de esa información. Jamás se lo había dicho, naturalmente, porque no había muchas entradas para compartir detalles íntimos entre empujar a Friday en los pasillos o robarle sus libros, sin embargo, Friday se había dado cuenta por sí mismo y se sentía muy orgulloso al respecto.

Cole estaba enamorado de June. Friday, ocupado en barrer los últimos papeles dejados en el suelo de su clase de dibujo, supuso que su entendimiento de este hecho no estaba tan relacionado a algún intelecto superior, sino que al mero hecho de que a él también le gustaba June, así que la miraba, y June siempre hablaba con Cole, por lo que había visto inevitable verlos interactuar día tras día. Y así lo había notado: Cole enrojecía y tartamudeaba y actuaba muy no-como-Cole.

Cole, que había huido de sus labores de ayudante de limpieza de esa semana, dejándolo solo en esa tarea. Probablemente estaba con June, pensó Friday, y no dejó que esa información le hiciera arder la lengua. Conocía a June desde antes que Cole la hubiera conocido a ella, lo que era una ventaja innegable, como niños habitando el mismo vecindario antes de que él se mudara.

Barrió un poco más. Le estaba empezando a doler la cabeza. Afuera, la lluvia inundaba la ciudad y cada recoveco del bosque. June no le hablaba tanto como antes, a pesar de estar en la misma escuela. Quizás su ventaja no era tan grande como él creía. Friday, con la delantera de toda persona taciturna e ignorada que solo puede dedicarse a observar y no participar, sabía otro secreto, uno más difícil de aceptar. June le sonreía de una manera muy particular a Cole: ojos entrecerrados, dientes resplandecientes. Una cosa difícil de ignorar.

Friday suspiró. Ya todo estaba suficientemente limpio. Dejó la escoba arrumbada en una mesa y se largó de la escuela a grandes zancadas, tratando de sacudirse la letargia que le había regalado su hilera de pensamientos. La humedad y la niebla en la ciudad no ayudaron su humor.

No se decían nada, a pesar de que era obvio. ¿Por qué no se decían nada? Friday frunció el ceño, haciéndose paso entre la bruma. Su cabeza ardía. Le habrían hecho la vida más fácil a él si se hubieran hecho novios ya: probablemente Cole enfocaría toda su rabia impotente en tener una novia en lugar de torturarlo a él y él podría dejar de pensar en June. Y no tendría nada que ver con él, que sería la mejor parte.

Le daba un poco de asco imaginarlo.

Llegó a su casa cuando la lluvia se estaba afianzando. Los paraguas de sus hermanos estaban colgados afuera y el auto de sus papás estaba estacionado. Debían estar haciendo planes para la cena. Entró a una casa cálida, donde su papá y su hermano mayor estaban discutiendo sobre un show en la televisión, mientras su mamá, sentada en la mesa del comedor, anotaba rápidamente algo en una libreta. Al oírlo entrar, levantó la cabeza a mirarlo.

—¿Cómo estuvo el colegio? —preguntó. Friday apenas le sonrió a su papá

y a su hermano. Estaban demasiado enfrascados en su debate como para saludarlo apropiadamente.

—Igual que siempre —murmuró, sacándose la mochila de la espalda y estirándose. Necesitaba cambiarse de ropa—. ¿Te ayudo a cocinar después?

—Por favor —dijo su mamá, sonriéndole—. Dile a Vivienne que baje.

Vivienne, encerrada en el baño arreglándose para salir a alguna fiesta de fin de semana, apenas hizo un ruido como respuesta. Friday pasó de largo a su habitación, se cambió de ropa y prendió su computadora. No tenía mucho qué hacer con eso, pero, siendo que era el único día en que sus papás no lo perseguían preguntándole acerca de sus estudios, podía al menos tratar de hallar algo con lo que distraerse. Si no, quizás se pondría a dibujar. Tenía unos bosquejos de hacía días sin terminar.

La lluvia estaba sonando fuerte contra las tejas del techo y chocando insistentemente contra la ventana. Llovería todo el fin de semana, estaba seguro. Tenía dos mensajes sin leer. June, que le preguntaba si le podía prestar sus apuntes de Historia y, como siempre, Herschel, que le preguntaba, en muchas mayúsculas y signos de exclamación innecesarios, si había visto a Cole. El mensaje había sido enviado hacía dos horas. Friday titubeó. Si contestaba, solo alentaría a Herschel a seguir conversándole y no tenía ganas de aguantar el entusiasmo excesivo y la simpatía deshonesta de su compañero de Botánica. Friday ni siquiera estaba seguro de por qué había tomado esa clase y el darse cuenta de que Herschel estaba en ella solo había aumentado su desgana.

Herschel, mejor amigo de Cole. June, futura novia de Cole. La vida de Friday estaba indeleblemente ligada a las personas más irritantes que conocía, sin posibilidad de deshacerse de ellas a menos que decidiera convertirse en un ermitaño y retirarse a lo más remoto de los bosques que rodeaban Kingstone. Suspiró.

Miró el mensaje de nuevo. Respondió que no. Herschel, casi inmediatamente, contestó de vuelta que ya no importaba porque ya había pillado a Cole por su cuenta, y acompañó eso con una carita feliz que se sentía un poco burlona. Friday decidió no mandarle más mensajes y dedicar lo que quedaba antes de cenar a dibujar.



El lunes seguía lloviendo y Cole era la misma persona de siempre. Sus secuaces, a excepción de Herschel, quien había estado misteriosamente ausente durante esa mañana, no habían hallado nada mejor que trabar su casillero y dar vuelta su mochila en un momento de distracción. Al menos ninguno había decidido patearle las canillas hasta hacerlo estallar, lo que habría terminado con alguno, probablemente Cole, con un ojo en tinta y Friday con el labio reventado.

No que eso fuera mejor.

—¿Estás bien? Te ves enojado —preguntó June mientras él trataba de ganarle la batalla a su casillero. Friday masculló algo ininteligible—. ¿Quieres que te ayude?

—Un poco tarde para eso —espetó. El arrepentimiento fue inmediato, pese a que June solo frunció un poco el ceño, se afirmó los pinches en el cabello y se fue con total dignidad, sin siquiera congraciarlo con una respuesta.

Al final no pudo abrir nunca su casillero, incluso con la ayuda aleatoria de algunos samaritanos. Ya iba tarde a clases, además, y tener que explicar que la razón de su tardanza era que los perpetradores usuales habían roto su candado no sonaba como una muy buena idea si quería una mañana tranquila. Suspiró y afirmó la frente contra el metal helado de la puerta de su casillero. Era el último periodo antes del almuerzo. Probablemente sería terrible: era la hora en la que Cole solía encestar sus más grandes hazañas de tortura.

Decidió capear. Echó una mirada al pasillo desierto y a la salida al final de este y, sin dejar que la ansiedad lo dominara por completo, se apresuró allá. Si algún profesor lo veía, correría. No estaba dispuesto a soportar ni quince segundos más de eso.

Puso un pie en la vereda que lo llevaba a la libertad, escuchó a alguien decir oye y casi se fue de bruces escalera abajo. Se dio vuelta, listo con una excusa perfecta o listo para huir, pero solo se halló con Herschel Satkowski al principio de las escaleras que acababa de bajar, completamente mojado y con un cigarrillo prendido entre los dedos. La osadía de fumar a dos metros de la escuela habría sido increíble en cualquier otra persona; en Herschel, era algo tan común como la lluvia que estaba cayendo encima del pueblo.

—¿A dónde vas? —preguntó a la par que bajaba los escalones de dos en dos. Era unos buenos centímetros más bajo que Friday y, mirándolo desde ese ángulo, el hecho de que estaba temblando de frío era muy aparente. Los dientes chuecos le castañeaban. A pesar de estar lloviendo estruendosamente al punto que Friday ya se sentía empapado, no hacía un frío tan insoportable como para justificar tal respuesta.

—A mi casa.

Herschel sonrió en medio de fumarse su cigarro, que seguía milagrosamente seco aparte de unas cuantas gotas de humedad marcadas en el papel.

—Ah, capeando. Qué rebelde.

—¿Y qué hay de ti? —replicó, mosqueado, empezando a caminar para alejarse de la escuela en caso de que alguien los viera. Herschel lo siguió.

—No sé. Estaba aburrido y quería fumarme un cigarro, pero adentro siempre me pillan. Luego te vi a ti.

—¿No vas a volver a entrar?

—Lo iba a hacer —dijo Herschel, adelantándose hasta estar caminando unos pasos frente a él, dándose vuelta a sonreírle—, pero verte ser rebelde me dieron ganas de serlo, también.

—Ja-ja.

—Es en serio. ¿Quieres uno? —ofreció, indicando su cigarro—. Para que completes la pinta.

Lo aceptó solo porque decir que no se sentía humillante. Odiaba los cigarrillos de Herschel, que siempre eran los más fuertes posibles, duraban una eternidad y eran como inhalar carbón. No como que se fuera a quejar en voz alta—la vez que había comentado que sus cigarrillos le raspaban la garganta, Herschel simplemente había replicado entonces no los fumes, ¿para qué sufres? de una forma tan burlona que Friday no había hallado nada más que hacer aparte de fumarse lo que quedaba en silencio.

—Ahora, dime, ¿de dónde viene esto? ¿Estuviste leyendo El guardián entre el centeno? ¿Quieres ser Holden Caulfield?

—No sé de qué estás hablando.

—Algo más cultura pop, entonces. ¿Jim Stark?

—Solo quise capear clases.

—¿Por qué?

—Porque Cole es un hijo de puta.

Herschel no dijo nada por un rato. Terminó de fumar su cigarro, lo botó en un basurero errante y se metió las manos en los bolsillos del abrigo.

—¿De verdad se caen tan mal?

—¿Por qué no me caería mal? —masculló, a poco de gruñir. Herschel se encogió de hombros.

—No, digo, entiendo por qué —dijo Herschel, con una risita extraña—. Pero no son tan diferentes, ustedes dos.

—¿Y si te vas un poquito a la mierda?

—Perdón, perdón —interrumpió Herschel, levantando ambas palmas. No se veía particularmente arrepentido—. Da igual. Qué bueno que capeaste, de todos modos.

Friday lo miró de reojo.

—¿Por qué?

—Cole andaba de mal humor hoy. Probablemente se iba a desquitar contigo y con medio mundo.

—¿Por qué me estás siguiendo? —preguntó, sin muchas ganas de continuar una charla. Herschel tosió secamente.

—¿Siguiéndote? Para nada. Es un país libre y puedo caminar a donde se me dé la gana, Friday.

Decidió no insistir. No era la primera vez que ocurría eso y el tono con que Herschel decía su nombre, parte como un insulto y a la vez como un extraño cumplido, le recordaba a una amenaza apenas tapada con cortesía, como almejas enterradas en la arena.

—Creo que a Cole le dé rabia que le hables a June —dijo Herschel de pronto, sin sonreír ni sonar como que estaba buscando algún chiste.

—Qué sabré yo…

—No sería raro —dictaminó él, entonces—. Si todos sabemos que siempre andas mirándole las tetas a June.

—No hago eso —respondió de inmediato, inseguro de si se estaba defendiendo a sí mismo o el honor de su amiga. No era completamente una acusación infundada y la mirada poco impresionada de Herschel le decía que no era el único consciente de ello.

—Claro. Lo debo haber imaginado.

—¡De hecho!

—Al menos Cole lo admite.

—Pero yo no la miro —insistió, ya no del todo seguro de por qué. Herschel rodó los ojos con tanto ímpetu que se le podrían haber quedado atascados dentro de sus cuencas.

—No digo que andes salivando, tampoco, no sé por qué estás tan a la defensiva.

—¡No estoy salivando!

—¡Eso acabo de decir! Dios, Friday, para con la represión sexual. Es raro.

—No voy a conversar esto contigo.

El teléfono de Herschel vibró. Lo sacó de su bolsillo, haciendo una mueca de asco ante lo que sea que hubiera recibido. Friday lo miró extrañado y él negó con la cabeza.

—Más reprimidos sexuales, nada de lo que preocuparse.

Friday terminó de fumarse su cigarro y lo botó al suelo, para la pronta irritación de Herschel. Muchos no entendían cómo era que Friday, callado y taciturno, podía conversar por más de cinco minutos con Herschel. Lo cierto era que, descontando algunas acciones criminales de años pasados y otros rumores turbios sobre su acompañante, Herschel era manejable en pequeñas dosis. Era irritante en extremo y no parecía querer entender cuando ya no se quería hablar con él, pero esas no eran características dignas de alguien a quien tenerle respeto alguno.

Lo único que Friday quería de Herschel era que por favor lo dejara en paz, pero ya habían sido dos años de eso y no parecía ser que Herschel fuera a captar el mensaje en un futuro cercano.

Se preguntó si Herschel lo seguiría hasta su casa, lo que era muy angustiante en sí, mas cortó la duda a la mitad al hallarse incapaz de seguir caminando. Se detuvo y junto con él Herschel hizo lo mismo, dedicándole una mirada alarmada.

—¿Estás bien? Te pusiste como pálido…

Estaba sudando frío y no estaba seguro del por qué. Se dio vuelta a mirar a sus alrededores, pero las calles estaban vacías, sin siquiera el ruido de los autos que pasaban por el pavimento húmedo, y hasta el sonido de la lluvia parecía estar siendo succionado por algún agujero negro que no podía ver. Las cosas se estaban cerrando a su alrededor y con cada uno de sus pestañeos podía oír estática entre sus oídos y en el centro de su cabeza.

Herschel estaba diciéndole algo. No podía oírlo en absoluto. Lo agarró de su muñeca huesuda solo para tener algo tangible a lo que aferrarse. Tal vez se iba a desmayar, pensó erráticamente, pero seguía tan alerta como antes. Era solo que, de súbito, todo lo que existía en sus rededores estaba sordo y todos esos ruidos estaban dentro de él, mezclados entre sí en un mejunje imposible de entender.

—Cálmate —logró entenderle a Herschel solo al leerle los labios.

La estática se convirtió en un pitido intenso que lo hizo erizarse y apretar la muñeca de Herschel con más entereza. Miró los ojos de Herschel y notó que su confusión se había mezclado con un horror mal escondido, muy atento a observar algo en su cara. Friday, con una presión descomunal en el pecho, se tocó el rostro y halló sangre. Le estaban sangrando las narices.

Algo le estaba hablando y no era Herschel. Sonaba desde el interior de sus tímpanos, callado y lejano, más un cuchicheo que una palabra normal, y el esfuerzo de tratar de entender qué decía parecía alejarlo cada vez más de la realidad hasta que Friday se sintió simplemente despegado de todo lo que existía fuera de él. Hasta Herschel se veía alienígena y falso y sus propias manos no se parecían a las suyas. Algo que no era completamente él lo estaba conduciendo en piloto automático, notó sin la emoción suficiente, angustiado ante esa misma insensibilidad.

—¿Friday? —preguntó Herschel con una voz asustada y ligera. Era un poco reconfortante, notó con distracción.

—Estoy bien —dijo, temblando de pies a cabeza. Herschel lo miró con desconfianza.

—¿Seguro? Porque casi me diste un infarto.

—Estoy… bien.

Estaba buscando algo. Soltó a Herschel, que procedió discretamente a sobarse la muñeca, y contempló la calle. Comenzó a caminar sin rumbo definido, alienado de sí mismo, ignorando a Herschel que aún le cuestionaba si de verdad estaba todo bien.

—Tienes cara de loco.

Frida se sentía muy demente por el momento, pero casi lo podía disfrutar. Se sentía más en su piel que en sus órganos internos, como la capa encima de algo más importante que lo estaba conduciendo con firmeza hacia algo que lo llamaba con fervor. El camino estaba descrito con claridad en su mente y lo debía seguir, pero aun así Friday, quién era él en su totalidad, no podía no cuestionarse qué estaba pasando.

Estaba aterrado.

—Necesito ir allá —dijo, apuntando sin mucha fuerza a una dirección en general. Herschel arrugó el entrecejo.

—¿A dónde?

—Allá.

—Okay, voy a necesitar más información que esto. Allá puede ser a la siguiente avenida o literalmente a Nueva York.

Friday comenzó a caminar sin explicar. Herschel, no sin bufar antes, lo siguió diligentemente, casi pisándole los talones, todavía preguntando a dónde exactamente estaba yendo y si estaba seguro de ir a dónde fuera, considerando que tenía la cara cubierta de sangre.

—¿No te quieres sentar un rato, al menos?

No respondió. Dobló bruscamente en una esquina y escuchó a Herschel quejarse, sus pasos todavía resonando detrás de él. Era una especie de consuelo saber que no estaba solo en medio de esa locura incomprensible, con lo que sea que lo estuviera controlando como su única compañía. Caminó por calles que no conocía hasta cruzar el puente entre ambos distritos de la ciudad, donde el río estaba casi desbordándose con la intensidad de la lluvia, y llegó a avenidas que no se le hacían familiares y que apenas recordaba de paseos de infancia y de viajes fortuitos con sus padres.

—¿Puedes caminar más lento, mínimo? ¡No todos somos jirafas como tú!

Se detuvo y Herschel chocó con él con una maldición escupida entre dientes. Estaban frente a un edificio de a lo menos veinte pisos, amplio y a medio construir. Carecía de puertas y ventanas y los materiales de construcción estaban abandonados por todo el campo rodeado por una reja alta que sostenía un letrero que leía, muy elocuentemente, no entrar. Se veía viejo y destruido por el paso del tiempo, lleno de grafitis y basuras varias. Friday podía imaginar a algunos vagabundos y otros pocos drogadictos alojándose adentro durante tiempos de temporales inclementes.

—Sé que ser rebelde se siente muy bien, pero esto es francamente una exageración —murmuró Herschel.

—Debo entrar.

—¿Me estás escuchando, siquiera?

La reja estaba atada con cadenas y varios candados de diferentes tamaños y niveles de vejez. Las movió un poco, sin efecto, y finalmente miró la reja. Era alta y terminaba en puntas, pero tenía suficientes apoyos horizontales como para que trepar no fuera imposible. Tomó un respiro, se limpió la sangre de la cara con la manga del suéter y se dejó sentir enloquecido por un segundo. No quería hacer eso. Se iba a terminar matando.

Puso ambas manos en la reja.

—¿Estás de broma? —preguntó Herschel con incredulidad pura en la voz—. ¿Cuál es tu problema?

—Ayúdame a subir.

—¿Qué? ¡No! Te vas a matar allí adentro. ¿Y qué quieres hacer ahí, de todos modos?

Friday no podía explicar porque no sabía el por qué. Era solo algo dentro de él que se lo estaba exigiendo, que hacía a su cabeza querer estallar ante el menor intento de resistencia. Comenzó a subir por sí solo, músculos ardiendo con el esfuerzo de no resbalar en el metal húmedo y de batallar con el peso de su mochila. El descenso al otro lado de la reja fue menos elegante y, casi en los últimos metros, se dejó caer en su espalda sin mucho espectáculo. Al ponerse de pie, cubierto de barro y jadeando, Herschel lo estaba observando desde afuera, frío.

—Friday, eres un imbécil —anunció sin mucha emoción, empezando el ascenso también. Lo hizo más aprisa que Friday, lo que en otro momento probablemente lo habría irritado, en particular porque Herschel logró caer en sus pies en lugar de como una piedra. Sus rodillas debían haber resentido el impacto, pero si fue así Herschel pretendió que no le había afectado en lo más mínimo—. Ya. Estamos dentro. ¿Cuál es la idea? ¿Tienes un cadáver enterrado o qué?

Friday paró. No estaba seguro de a dónde ir, en realidad, porque abruptamente lo que sea que hubiera dominado su cerebro se había deshecho como en una explosión de escarchilla, dejándolo abandonado a la angustia del momento. ¿Qué estaba haciendo? Trastabilló con sus propias palabras, sintiéndose observado y temeroso, todavía tiritando por el nerviosismo. Herschel, a su lado, temblaba de frío y lo miraba como se contempla a un aparato electrodoméstico cuando se niega a funcionar como corresponde.

—Te estoy hablando.

—¡Te oigo, te oigo! Es solo que…

—¿Qué?

Si estaba allí, era por una razón. Eso no se había sentido como un acceso de esquizofrenia, aunque quizás la negativa a pensar eso era una muestra más de su desquicio creciente. Y si realmente hubiera sido un momento de locura, no tenía sentido que hubiera ido a parar a un lugar tan lúgubre en específico, especialmente porque no lo conocía. Apenas recordaba el camino de vuelta a su casa. Eso estaba más cerca de la casa de Herschel que de la suya propia.

—¿Vamos a explorar? —preguntó tentativamente, no muy dispuesto a ir solo ahora que sí podía sentir su propio miedo. Herschel lo miró impávido.

—¿En serio?

—Pues ya que estamos aquí…

—Aún tienes sangre en la cara.

Se la limpió. Herschel no pareció apaciguado.

—Y cara de fantasma, pero hablemos de novedades. ¿Para qué quieres entrar ahí?

—¿Para… ver?

Herschel suspiró, notoriamente cansado. Aun así, no se movió y solo se encogió de hombros.

—Ya qué no hay de otra. Te sigo para que no te maten, ¿te parece? —dijo con una ligera sonrisa. Friday sonrió de vuelta, algunos nudos en su estómago deshaciéndose.

Comenzó a andar y Herschel lo siguió de cerca, y ambos observaron el salón principal del edificio con curiosidad. Estaba empapado, sin ninguna clase de ornamentación, desprovisto de todo, oscuro y lleno de basura. Había gente que vivía ahí de vez en cuando. Era obvio.

—Te apuesto a que nos pillaremos a algún viejo indigente y loco, hablando acerca del Tercer Reich.

—Sería interesante.

Herschel se rio entre dientes.

—Hasta que nos amenace con una botella de vodka rota, sí. —Y, dicho eso, lo empujó un poco por el hombro—. Andando.

Subieron las escaleras destrozadas por el tiempo, sumergiéndose en la oscuridad de los pisos superiores. Herschel evitaba las laderas y las ventanas y Friday revisaba cada recoveco que veía, algo desalentado ante la apariencia desértica del lugar. Lo único que había eran ratones en los rincones, que chillaban y se escabullían a sus escondites a medida que ellos avanzaban por los pasillos. No había puertas en ningún lugar, por lo que podían ver, lo que hizo particularmente llamativo que en el piso nueve sí hubiera una, torpemente ensamblada.

Friday codeó a Herschel, que estaba distraído examinando los ratones acurrucados en una esquina.

—Mira ahí. —Apuntó a la puerta al costado del pasillo, rodeada de otros umbrales desnudos. Herschel chasqueó la lengua.

—No me da buena espina, qué quieres que te diga —susurró Herschel, acercándose de todos modos. Friday hizo eco de sus pisadas y Herschel, sin muchas dudas, abrió la puerta un poco. No se veía nada más que oscuridad adentro—. Creo que esta perilla me dio tétanos, Friday.

—¿Alcanzas a ver algo?

—No —dijo y la abrió un poco más, pero aun así lo único que se alcanzaba a ver era gracias a la tenue luz del cuarto en el que se encontraban—. Tengo una idea.

Herschel, después de solo revolver por unos instantes, sacó su celular e iluminó lo que podía de la habitación con su luz, comenzando a adentrarse. Friday lo siguió de cerca, aguantando las ganas de agarrarse de su suéter, lamentándose de haber tenido el brillante plan de seguir con sus ideas dementes.

—¿Escuchaste eso? —preguntó al sentir algo arrastrarse a un lado del lugar. Antes de poder responder, tres ratas corrieron alrededor de sus pies, logrando que Herschel saltara de la sorpresa y que él tuviera que contener un grito de disgusto. La puerta detrás de él, en la confusión del breve terror, se cerró suavemente.

—¿¡Por qué cerraste la puerta!? —chilló Herschel, tratando de iluminar todo lo posible y aferrándose al costado del suéter de Friday, aparentemente sin su misma timidez para hacer lo mismo.

—¡Se cerró sola!

—¡Sola mis pelotas, ni brisa hay aquí adentro!

Lo que se hubiera movido antes se arrastró de nuevo, más obviamente, y ambos quedaron en silencio. Lo único que se alcanzaba a escuchar era la tormenta descomunal de afuera, la respiración rápida de Herschel, la suya y una tercera, que sonaba apenas más acompasada y otro poco más aguda. Había alguien con ellos, mirándolos, y la luz que ofrecía el teléfono de Herschel temblaba tan fuerte que Friday estaba seguro de que eso ya no era solo producto del frío.

—¿Puedes abrir la puerta de nuevo? —preguntó Herschel, quedo. Friday tanteó el aire atrás suyo, en busca del metal húmedo, pero solo halló aire.

—Podría si me soltaras.

Herschel titubeó por un instante y dejó ir de su suéter. La tercera persona con ellos se movió una vez más, insistente, y Friday tuvo la idea de que quizás quería que la vieran. Buscó la puerta en la oscuridad y la encontró, pero lo que fuera que había allí se estaba arrastrando continuamente y Friday dudó. Los monstruos no existían, se dijo, y ese era un muy mal lugar para un asesino en serie buscando a sus víctimas. Con todo eso en mente, tornó la perilla, pensando que quizás afuera podrían llamar a la policía o volver con más gente, pero la halló cerrada. Solo se podía abrir por fuera.

Esto le decía dos cosas muy importantes: quién fuera que estuviera ahí estaba encerrado en contra de su voluntad y, además, ahora ellos estaban con él.

—¿No funciona? —murmuró Herschel, con calma inusitada. Friday no dijo nada, solo le dio otra vuelta inútil—. Okay, entonces.

—¿Qué vas a…?

Herschel iluminó una esquina específica con su teléfono, aun temblando como un conejo con hipotermia. Friday se tensó, esperando algún desquiciado o, contrario a su razonamiento anterior, una bestia asquerosa dispuesta a succionarles el alma, pero no halló ninguno de los dos. Allí, mirándolos con cautela, había una chica rubia, de pelo enmarañado y cara sucia, arrodillada en el suelo y presionada contra la pared, vestida precariamente para el clima con solo un vestido viejo y gris, parecido a los que su hermana utilizaba para sus salidas de sábados por la tarde. Se veía menos asustada que ambos y sus ojos contraídos ante la luz parecían más desconfiados que temerosos.

Se quedaron callados por largo rato. Herschel retrocedió un poco hacia atrás, echó una mirada a toda la habitación y luego, sin ni un segundo de duda, empujó a Friday para que diera un paso al frente, dejándolo más cerca de la chica. Se veía un poco mayor que ellos, si debía apostar solo por las apariencias, lo que no era difícil porque Herschel se veía de doce, con suerte. Más allá de eso, lo que más lo extrañaba era el temple con el que los estaba contemplando. No estaba sorprendida en lo más mínimo y hasta parecía levemente impaciente con ellos.

—¿Quién eres? —preguntó, más por su propia timidez ante su presencia que por algún interés por ayudarla. Escuchó a Herschel suspirar con hastío detrás de él, dirigiéndose a la puerta cerrada y usando su celular para iluminarla, dejando a Friday y a esa chica sumidos en la oscuridad nuevamente—. ¡Oye!

—Si te asesina es selección natural. Déjame intentar abrir esto. Tú háblale, mientras.

Volvió su atención al lugar donde antes había estado la muchacha, pero la oscuridad le impedía ver más allá de sus rodillas cubiertas de cicatrices.

—¿Me puedes decir tu nombre? —repitió. La chica solo dejó ir unos pocos segundos de silencio.

—Faith.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Herschel antes de que Friday pudiera presentarlos a ambos—. ¿Desde cuándo estás aquí?

Faith no respondió. Herschel dejó su teléfono en el suelo y rebuscó algo en su mochila, que Friday no logró ver en la luz tenue, y volvió a trabajar en la puerta.

—N-No sé.

Se puso de pie con cuidado, sacudiéndose la tierra en el vestido. Debía tener frío, dedujo Friday, descalza y precariamente vestida en medio de una tormenta que se había mantenido firme desde que habían entrado a ese edificio. Miró a Herschel, que aun trabajaba diligentemente en abrir la puerta con unos pinches para el pelo. Friday no estaba del todo seguro de si podía confiarle esa tarea, pero Herschel se veía bastante seguro de su capacidad para lograrlo.

Friday se quitó el suéter, tratando de sacudirse la vergüenza de tal gesto, y se lo extendió a Faith, que solo lo miró sin expresión por unos segundos antes de recibirlo. No dijo ni una palabra de gracias y Friday asumió que era algo arrogante de su parte esperar tal cosa en la situación en la que la había hallado. Intentó no tiritar ante el frío ni arrepentirse demasiado de su decisión de no llevar un abrigo a la escuela. Herschel se puso de pie y los miró sin revelar nada y, sin decir palabra aún, abrió la puerta.

—Abracadabra.

—Engreído —murmuró Friday. Herschel simplemente sonrió.

—Vamos o me van a tener que amputar los dedos del pie —dijo y luego añadió, con un vistazo significativo a las prendas de Faith— y a ella las piernas enteras. Andando, galán.

Friday decidió no responder a la afrenta y dejó pasar a Faith antes que él, ignorando la sonrisa burlona de Herschel. Tenían cosas más importantes que hacer que enfrascarse en una pelea.

Salir del edificio fue más difícil que investigarlo en primer lugar, primariamente porque tenía mil escaleras y mil pasillos y al parecer diferentes salidas. Escaparon el lugar por una puerta de emergencia en la parte de atrás, pero Friday estaba tan aliviado a esas alturas de no estar adentro de ese lugar que no le importaba mucho tener que rodear el edificio para poder llegar de vuelta a la reja principal. Ya estaba oscureciendo y, sumado a la lluvia, las calles ya estaban oscuras y solo iluminadas por la luz naranja de los faroles.

Herschel miró la reja con preocupación y luego se volvió hacia Friday, que de inmediato entendió el problema. Faith, por su parte, solo avanzó unos cuantos pasos temblorosos y los miró contemplativa.

—Paso yo primero, tú la ayudas y yo la recibo. ¿Te parece? —preguntó Herschel y Friday asintió. Sonaba razonable y Faith no dijo nada al respecto, lo que era casi una confirmación de su consentimiento para proceder de ese modo. Herschel cruzó sin muchos problemas, solo tropezándose un poco al caer, y Friday ayudó a Faith a llegar un poco más alto que lo que habría llegado sola, dándole algo de soporte desde abajo y teniendo problemas para decidir a dónde mirar para no acabar siendo acusado de depravado por Herschel.

Herschel, inusualmente suave, tomó una mano de Faith y la ayudó a bajar rodeándole la cintura. Friday cruzó raudo, ya irritado con la lluvia que caía sin dar pistas de parar pronto. Una vez estaba al otro lado, Herschel sacó su celular de su bolsillo y comenzó a marcar algo rápidamente. Friday sintió un ardor incómodo en su pecho.

—¿A quién estás llamando?

Herschel levantó una ceja.

—¿A quién crees tú? La policía.

—¿Qué? ¡No!

Se miraron por un momento. Herschel, con el pelo mojado pegado a la cara y la expresión más irritada que Friday hubiera visto en su rostro alguna vez, y él, probablemente un poco más pálido de lo normal, casi translúcido.

—¿Disculpa?

—No puedes hacer eso.

—¿Por qué no? —espetó Herschel, apretando su teléfono peligrosamente fuerte—. Acabamos de encontrar una chica secuestrada dentro de un edificio abandonado, ¿y no quieres llamar a la policía? ¿Acaso tienes mierda en el cerebro?

Tenía que darle un punto a Herschel, porque tenía razón. Llamar a las autoridades era lo que tenía más sentido en esa situación, pero había algo inexplicable, si bien poderosamente convincente, que evitaba que pudiera tomar esa decisión con tanta ligereza. Era el sentimiento de antes, notó, pero diluido con sus propias emociones. Quería deshacerse de eso, de ella, irse a su casa y fingir que eso no había sucedido, pero por el otro lado no podía lograr convencerse a sí mismo de que debía hacer eso.

—¿Cuál es tu idea, entonces? —siguió Herschel, levantando un poco la voz. Le recordaba mucho a cuando ambos habían tenido trece años y Herschel aún se había burlado de su falta de amigos. El recuerdo solo hizo que su garganta empezara a arder.

—¿No te parece raro, todo esto? —inquirió, mirando brevemente a Faith. Herschel frunció el ceño con más ímpetu—. ¿Ni un poco?

—No quita que debemos llamar a la policía. ¿Qué otra cosa podemos hacer?

—Creo que d-deberías escuchar a Friday —interrumpió Faith. Friday sonrió a la vez que Herschel la miraba con abrupta desconfianza, dejando de lado su furia de hacía unos instantes.

—¿Ves? No puedes forzarla.

—¿Entonces qué vas a hacer? —dijo Herschel más calmado, pero cauteloso.

Friday pensó. Algo lo estaba dirigiendo, lo podía sentir, y el modo en que Faith lo estaba observando solo lo hacía más seguro de que eso no era tan simple como dejarla en alguna estación de policía e irse a cenar a su casa, como si nada. Más encima, hacer eso parecía extremadamente insensible.

—¿Puedes llevártela tú?

Herschel apretó los dientes.

—Ándate a la mierda.

—Pero…

—No puedo creer esto.

—No puedo llevarla a mi casa…

—¿Y yo sí?

—¿No puedes?

Herschel entornó los ojos.

—Solo por hoy. Y me la debes.

Friday sonrió y miró a Faith, que parecía solo un poco más calmada que antes.

—Me devuelves mi suéter mañana —dijo a Herschel, que se alzó de hombros.

—Si me importa lo suficiente. Ya, vamos. Me estoy congelando y me cansé de ver tu cara. —Habiendo dicho eso, empezó a andar con Faith tras suyo, quien solo se volvió una vez a ver a Friday, que no estaba del todo seguro de cómo proceder desde ahí.

Debía irse a su casa. Ya era bastante tarde y debía secar su ropa.

La cabeza aun le dolía un poco.

17 de Febrero de 2021 a las 01:55 0 Reporte Insertar Seguir historia
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