john-job John Job

Relatos de terror, todos los que vaya escribiendo o haya escrito.


Horror Sólo para mayores de 18.

#cuento #relato #sobrenatural #miedo #terror
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El Abismo

El repiqueteo constante del agua en el tejado viejo del patio empezaba a ponerle de los nervios, no por la monótona tonada que formaba junto al crepitar del fuego, sólo era que le daba la sensación de estar tremendamente cansado y eso desencadenaba en tener mucho sueño; si se iba a dormir casi a las cinco de la tarde esa siesta se resumiría en no dormir esa noche, eso le obligo a sacudir la cabeza para despejarse y centrarse un segundo en algo que se movía fuera, probablemente uno de los muchos gatos que había en ese pueblo, que estaría indudablemente "feliz" gracias al baño inesperado.

A los pocos segundos sus ojos volvían a pesar terriblemente y casi comete el error de dejarse llevar por aquellos golpes: Pum, agua sobre el tejado, clac, agua contra el suelo... De golpe, se levanto, despertándose y por el camino consiguiendo que su cabeza diese un giro por la inesperada acción.

Café, esa sería la solución momentánea más agradable a su problema si no se hubiese bebido dos hoy, lo que le hizo recordar la voz de su madre diciéndole: Uno oro, dos plata, tres mata. Enterró esa advertencia en el fondo de la mente, hoy necesitaba café, si eso lo mataba en la fosa ya no tendría ningún problema, podría descansar.

En piloto automático preparo la cafetera italiana y la puso al fuego, había sido roja pero los dibujos del exterior se habían emborronado por el calor dando la sensación de que estaba sucia de una sangre digna de una película de serie B, que a decir verdad le gustaba más que los corazoncitos originales.

El simple hecho de escuchar el silbido de la cafetera y el olor que desprendía hizo que todo le pareciese superfluo, el cielo debía oler a café con toda certeza, era una pena que si existía él no fuese a acabar allí; aunque pensándolo bien, ¿Qué más daba?

Se sirvió un vaso y se sentó en la mesa de la cocina, volver a la mecedora con el fuego al lado era una tontería si lo que quería era despejarse.

Al primer sorbo de aquel líquido amargo sonrío sabiendo exactamente lo que pensaba hacer al acabarse la taza, no sabía como no había contemplado la posibilidad de salir antes, el tiempo en la ciudad lo había vuelto idiota, ¿A quién le asustaba una lluvia helada en pleno invierno? Desde luego a el nunca le importo y hoy no iba a ser el día de cambiar eso.

La taza se acabó demasiado rápido para su gusto, incluso con la perspectiva maravillosa de salir por delante.

Las campanas le advirtieron que eran las cinco, siendo invierno era mejor darse prisa si no quería que anocheciese, cogió la chaqueta más gruesa que encontró, sus guantes y su sombrero, y maldiciendo no tener nada realmente impermeable salió dando un portazo, sólo acompañado por sus llaves.

Empezó a caminar sin un rumbo fijo, sus pies ya conocían todos los caminos posibles que escoger y él no pensaba objetar nada sobre a donde le dirigían. Vio a una mujer esconderse tras una cortina, siempre se preguntó que sensación debía producir verle sólo en mitad de una tormenta, siendo el único ser vivo que en vez de correr a resguardarse prefería caminar y pasar frío... No le importaba que pensaran, más bien le parecía curioso que a él desaprovechar una tormenta le pareciera la verdadera locura.

Sin darse cuenta ya había pasado el escudo del pueblo que marcaba la salida, reconoció que su subconsciente lo había llevado a un camino inesperado, no solía ir al cementerio, era muy corto el recorrido y solías encontrarte demasiada gente caminando, aunque hoy eso no iba a ser un problema realmente.

Se dio cuenta al alejarse del pueblo que la tormenta hacía que casi fuese de noche, lo que le causo un pánico a ese túnel negro en el que se iba convirtiendo por minutos el camino, su miedo a la oscuridad empezaba a pasarle factura pero no iba a detenerse ahora sólo porque le atacase el miedo: lo que uno empieza, uno lo acaba.

Procuró distraerse pensando en otra cosa, como justificar que había acelerado el paso porque el agua que caía empezaba a calar el abrigo y cada racha de viento por leve que fuere se sentía terriblemente helada al tocar la piel. Su mente no tardó en traicionarle, con voz de cuento, el recuerdo de su madre le decía: Era oscuro, como la boca oscura de un lobo de pelaje oscuro. Podía parecer la frase mas absurda de la historia y no se acordaba en que cuento inventado su madre la había dicho pero, si de algo estaba seguro era de que no ayudaba a no empezar a ver formas a su alrededor, a distorsionar el lamento lejano de un perro.

La puerta del cementerio ya estaba frente a el y no supo si alegrarse o maldecir que ahora tenía todo el camino de vuelta.

Una pregunta que hubiese preferido no hacerse le atacó sin previo aviso: ¿En serio tan si quiera vas a entrar? Sabía que era tan estúpido como para abrir la puerta como respuesta.

El cementerio le dio la bienvenida con un chirrido, sonó ensordecedor, quizá por la suavidad del resto de sonidos que inundaban la noche. Al entrar, a pesar de que su vista estaba acostumbrada a la oscuridad del camino, le costo distinguir los pasillos y los nichos del cementerio sin hacer memoria para vislumbrar algo. Comenzó a caminar siguiendo la pared adornada de flores muertas, no podía ver los nombres, pero dudaba conocer a alguien así que no era relevante.

Un pájaro hizo un ruido en un ciprés y no pudo evitar dar un salto, sólo entonces descubrió lo tenso y asustado que estaba y rápidamente perdió toda su falsa compostura. Se giró para volver, no valía la pena el sufrimiento...

Una luz cegadora lo detuvo, en el lugar donde antes había estado la puerta de hierro había más nichos, repletos de luces anaranjadas y carteles parpadeantes dignos de un circo. Un sudor frío le recorrió, el conocía el cementerio, y definitivamente eso no debía estar ahí.

La lluvia seguía cayendo, tenía frío, los oídos empezaban a pitarle, había unas luces de circo en un cementerio y lo peor, la salida había desaparecido. Sólo pudo quedarse quieto, deseando que al pestañear ahí hubiese una puerta pero con demasiado miedo hasta para eso.

Su cuerpo empezó a caminar hacia las luces, eran hipnóticamente atrayentes y cuando se dio cuenta estaba frente a ellas, como una polilla. Leyó el cartel, no sabía como no pudo hacerlo antes, claramente era de circo: ¡Pasen y vean el increíble... No se leía el resto pero la flecha brillante señalaba a la derecha y aunque no tenía ganas de averiguar que era lo increíble, sus pies como si fueran de un autómata y no suyos lo guiaron hacia allí.

Un montón de figuras y siluetas con expresiones grotescas aparecieron en lo que ahora era un pasillo de nichos, pero su vista iba a lo que parecía un armario al final este.

Aquel armario parecía inalcanzable, se alejaba, y las sombras empezaban a susurrar cosas inteligibles.

Cerró los ojos, su cuerpo si reacciono a esa orden. Al abrirlos el armario estaba delante suyo, sus manos lo tocaban pero no sentía su tacto, solo una vibración dentro que consiguió reconocer como tic-tacs de reloj tras afinar su oído pues, estaba inundado por el sonido del romper de las olas a su espalda.

Tardó en reaccionar y pensar porque oía el mar, entonces un olor a salitre inundo sus fosas nasales no dejándole lugar a la duda. Recuperó el control de su cuerpo, lo supo porque al fin sintió la madera bajo sus dedos. Algo le dijo que debía girarse antes de que fuese tarde y así lo hizo.

Mar, pero muy, muy lejano. Un abismo se abría a sus pies y sólo allí al fondo se intuía el azul. Una sensación de vértigo le invadió y tuvo que obligarse a quedarse inmóvil y no perder el equilibrio. Lo que no pudo evitar fue mantener la vista fija en ese abismo y empezar a vislumbrar algo que trataba de subir. Cuanto más cerca estaba, más parecía una forma humana escalando de una forma inhumana aquel abismo. Un poco más cerca y vio clara la figura de una niña casi cadavérica, supo que no podía quedarse ahí, venía a por él.

Cerró los ojos para pensar, pero al abrirlos el abismo ya no estaba delante de él, allí sólo quedaba un páramo vacío. Miró hacia arriba como si supiese que debía mirar allí, el mismo abismo pero al revés se burlaba del poco sentido común que podía quedarle, la niña parecía que luchaba por bajar subiendo del cielo para llevárselo, como si respondiesen a gravedades distintas. Aquella criatura en macabro empeño estaba cada vez más cerca, podía ver ya su desencajada sonrisa y sus cuencas completamente vacías que en ningún momento dejaban de observarle.

Un pensamiento intruso tomó el control y cerro de nuevo los ojos, al abrirlos el abismo había vuelto a su lugar y aquel ser casi estaba al borde.

Pudo casi sentir sobre él aquellas manos que no eran más que garras de hueso y piel, pudo percibir como en cada movimiento se desencajaban sus brazos y piernas en ángulos imposibles con un sonido sordo, pudo mirar a esas cuencas y... Algo en el vacío de esos ojos sin ojos invitaba a dejarse caer. Sin dudarlo un segundo, saltó, como una polilla.

Un trueno le despertó de su trance, la taza de café seguía en su mano, el último trago estaba allí aún, esperando a ser bebido.

La lluvia sonaba fuera, el calor del fuego lo envolvía... Tenía frío, en su cabeza la imagen de aquella criatura aún perduraba. Vacío.

Abandono el café y aun temblando volvió a sentarse al lado del fuego. La salida se borro de su cabeza y mirando la hora se quedó más que helado, aún eran las cinco.

21 de Enero de 2021 a las 11:19 2 Reporte Insertar Seguir historia
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Manuel Esteban Manuel Esteban
Hola. He leído cientos de cuentos o microrrelatos que arruinan el final diciendo que todo lo narrado anteriormente “solo era un sueño”. Te juro que los detesto. Dejando eso a un lado, quiero decirte que gusta mucho tu habilidad para dar descripciones rápidas y efectivas, como lo demostraste desde el inicio del relato. Sigue escribiendo que lo haces bien.
January 27, 2021, 02:28

  • John Job John Job
    Sí, sé que es un poco cliché, pero me gustó ese final aquí, aunque entiendo tu punto. Me alegro que al menos las pinceladas de descripción te gusten. January 27, 2021, 07:37
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