luzbel-illuxit1611051570 Luzbel Illuxit

Dinero, alcohol, caprichos y sangre. Lo que una familia de adinerados puede hacer con tal de divertirse una noche escapa del juicio de todos. Lo oscuro que puede ser el mundo, y la satisfacción que da vivir en la ignorancia termina por ser un regalo divino que muchos desconocen. El juego, la música, y la paz van ligados a la muerte y supervivencia. Las invitaciones están listas, cada uno tiene la suya. Incluso Gabriel. ¿Por qué él? ¿Cómo acabó metido en todo esto? Entre engaños, misterios, eventos bizarros y un pequeño toque de sutileza. ¿Es verdad qué somos capaces de adaptarnos a un nivel extremo de dificultad con tal de sobrevivir? Y cuando la orquesta dé la última balada, y el sonido de la copa del anfitrión avisé la campanada de la medianoche; las cartas estarán sobre la mesa, la última copa de tu vida servida, y el hambre por sobrevivir punzante revolviéndote las tripas. La vida es hermosa con todo y sus defectos, pero a veces es caprichosa. Envuelve a inocentes, abriéndole los ojos, y dando a conocer que el verdadero horror se encuentra dormido en la fantasía de los propios humanos. Se verá lo que es ser humano, pero lo que también es carecer de humanidad. Asimismo, la pregunta fundamental es; ¿Quién mueve los hilos detrás de todo esto?


Horror Horror adolescente Sólo para mayores de 18.

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Capítulo Uno: Gabriel

Siempre pensé que Alfred era un tipo excéntrico y un tanto extraño a la manera de comportarse, pero no pensaba que llegaría a tal extremo. Francamente, no me es muy simple de explicar todo esto, pero bueno, en realidad, ese sujeto es un caso realmente muy bizarro. ¿Cómo seria la manera perfecta de introducir todo esto? ¿presentarme? ¿hablar de Alfred? Realmente no lo sé, pero de seguro algo surgirá. Obvio, lo fundamental sería explicar y contar como yo, acabé relacionado en todo este asunto fraudulento, oscuro, y si ahondamos un poco más, tétrico y grotesco.

Pero antes que nada, ¿cómo una persona tan culta y sofisticada como Alfred podría ser capaz de todo aquello? Esa pregunta siempre permanece inmutable en mi mente. Aquello fue demasiado para mi a decir verdad, y no puedo negarlo, aún me quedan secuelas de aquella noche. ¿Pero qué dio lugar a todo aquel suceso que por ahora es un misterio por contar? De acuerdo, todo eso a continuación:

Era invierno, como olvidar esas implacables noches de esas gélidas brisas que te calaban cada maldito hueso de tu cuerpo. Como de costumbre salíamos tarde del colegio, apenas caía la tarde el frío y la oscuridad nos aplacaban, es sin duda un asco el invierno en el hemisferio sur. Pero eso no era lo peor, sino que justamente yo era de esos pocos alumnos que vivían en una zona en la cual pocos frecuentaban a ir. O sea, mi casa quedaba en dirección opuesta a la de todos los demás estudiantes, y para mi desgracia siempre a esas horas quedaba solo en aquella oscura parada de autobús. Sintiendo el frío invernal mientras que todos los demás se deleitaban con el calor de hogar. Sin duda alguna era costumbre el llegar a mi casa más tarde que el resto de los demás. Era viernes, no podría olvidarle con dificultad. Había recibido un texto de Elizabeth, quería que nos viésemos el sábado por la tarde, casi lo de siempre ya que durante la semana nos mirábamos poco y los fines de semana aprovechábamos para darnos un poco de calor de pareja. Se me hacía difícil la verdad, mantener una novia feliz, mantener mis estudios parejos, realmente me costaba mucho mantener todo en una perfecta homeostasis. Aunque a mi manera, la sabía llevar, todo ajustado, así me gustaba. Pero más allá de Elizabeth y mis cosas de novio, entre otras responsabilidades de cualquier adolescente de diecisiete años. Fue raro en sí lo que pasó mientras aún no llegaba mi autobús.

Alfred sí era un caso, sus padres, una familia realmente adinerada que no tenía problemas con pagar el colegio más caro para su hijo, optaban por enviarlo a uno cualquiera, tal cual era al que asistíamos todos nosotros. Aquel chico, por lo que sabíamos, y cabe destacar que Alfred era uno de los cuales componían mi círculo de amistades. No era muy bueno en los estudios, y había sido expulsado de otras instituciones privadas de élite como lo eran; el prestigioso Scottish School, o el Phoenix High School. Instituciones a la cuales en mi vida podría asistir ya que la cuota de ingreso acabaría con todo lo que tengo, inaccesible, e inalcanzable para mi estatus monetario y económico. Es más, mi madre se mataba y destrozaba la espalda trabajando para mantenerme en aquel colegio “privado”, donde según el eslogan el futuro estaría en mis manos. (“The future is in yours hands”). Y sin más divagues, Alfred tenía lo suyo, siempre fue bueno en una sola cosa, literatura. Ese muchacho tenía futuro para las letras, y una imaginación realmente muy envidiable. Pero si se le preguntaba lo que le interesaba a futuro, el desdichado no lo sabía, es más, no debía ni decidirlo él, iba a heredar todo lo de su padre y de seguro se llenaría de dinero de una manera cómoda y casi regalada. Cruel y crudo. Podría decirse que todo eso no importa, Alfred no era como sus padres, no era lo que aparentaba ser, al ser uno de mis amigos y yo uno de los suyos, yo sabía como él era en realidad. A mi no me podía mentir, le conocía como debía de conocerlo. Y era consciente de que ese muchacho no estaba para nada bien. Tenía ideas crueles, bizarras, y anti-estéticas. No era alguien de ética, y fallaba en cada código de la amistad que se pueda llegar a conocer. Ni siquiera sé como sigo siendo su amigo, pero bueno.

En mi bolsillo, un rectángulo de papel color canoso, que era manchado por unos retazos de morado febril. Era una invitación que había recibido hoy al correr del día. Fue todo muy extraño, ni siquiera supe el porqué de aquella invitación. Ni puede comprender con exactitud lo que la carta buscaba transmitirme.

— ¡Hey Gabriel! Era Ezequiel, que por detrás venía con un trozo de papel en su mano agitándole.

— Hola...

Respondí yo, ser una persona enérgica no estaba en mi naturaleza.

— ¿Te ha llegado la invitación de Alfred?

Aún la tenía en mi mano, recién le había recibido por parte de Valezca. La lamebotas de Alfred, y su querida "secretaria".

— Oh sí, por supuesto. Valezca me la dio hace unos momentos. — respondí yo al instante.

— Pero no sé realmente, se supone que me iba a ver con Elizabeth este finde...

La cara de Ezequiel cambió por unos momentos para luego lanzarme un golpe con su puño, no fue fuerte ni nada por estilo, sino que fue algo como un "¡espabila!".

— Oh vamos Gabriel. ¿Hace cuánto que no vamos a una fiesta juntos? además, es Alfred quien la organiza.

Alfred y sus cosas, era algo ya sabido que si la organizaba él sería algo grandioso, a decir verdad, parecía que todos eran los lamebotas de Alfred, su dinero era como un atractivo, Alfred y su dinero era lo que un incienso era para los Pokémon. Para los que entiendan la referencia.

Espabilé, sólo para responderle.

— Tienes razón, pero sabes como es Elizabeth.

Respondió rapidísimo Ezequiel:

— ¿Acaso no se ven todos los findes? ¡Vamos Gabriel!

Cuando entraba en plan de insistir, sin duda alguna resultaba ponerse un poco pegajoso y molesto. A lo cual, respondí casi accediendo:

— De acuerdo, lo pensaré. Además, que debo de pensar en una excusa para que Elizabeth no se enoje conmigo por cancelar nuestra cita.

— No lo pienses mucho. ¿Ya la leíste?

Realmente no, no me había dado tiempo siquiera para eso.

— No, aún no... — respondí desganado. ­

Enérgico Ezequiel me dio otro golpecito y respondió:

— ¡Pues vamos hombre! ¿Qué esperas?

Y abrazándome de una forma un poco invasiva, se apegó a mi sacudiéndome como si fuera un muñeco de trapo. Era una despedida de mejores amigos. Sin duda alguna Ezequiel era de esos amigos los cuales siempre estaban para animarte el día, pero cuando estabas de malas, eran de esos que te cargaban el malhumor hasta las nubes con sus actos invasivos. Pero así era él, con el tiempo, uno se adapta.

Le vi irse contento, parecía que la idea de la fiesta que daría Alfred le llenaba de felicidad. Aunque, para no mentirles, todas las fiestas hacían feliz a Ezequiel. Y cómicamente no faltaba a ninguna el desgraciado.

— ¿Una mascarada veneciana? — ya tenía la carta abierta en mano.

Tenía mi nombre, y luego de una empalagosa y cordial invitación seguían con las normas de vestimenta y demás tonterías de ese estilo de gente fina y excéntrica.

No le di mucha atención a la idea de asistir a la fiesta y sin mucho cuidado envié la carta a mi bolsillo. Y como si nada cabizbaja me marché de allí.

Lo pensé, no les mentiré, y la idea me cautivaba un poco. Recuerdo que una vez leí "Romeo y Julieta" y la imagen de aquella fiesta de máscaras donde ambos se conocieron por accidente no se miraba para nada mal. Inclusive hasta me resultaba algo divertido. Quizá sí, quizá sí asistiría a la fiesta de máscaras de Alfred. Todo eso era el resultado de el claro aburrimiento de estar allí sentado esperando el transporte. De vez en cuando ojeaba la hora en mi celular. Eran apenas siete de la tarde. Pero el asqueroso invierno provocaba que todo a esa hora estuviese hundido en la oscuridad.

Menudo guapo era yo, para estar sólo en aquel lugar, sin protección alguna esperando un autobús que nadie más en la zona se tomaba. Sin duda alguna "coraje" era mi segundo nombre. A veces hablaba solo, y me reía de algunas cosas que pasaban en el día. Por si algún ladrón me miraba con cariño se pensara que estaba loco. Tonterías, sólo eran puras bromas. Pero sí, estar allí sólo en esa oscuridad podría acobardar hasta al más valiente. Y ni hablar de mi madre que todas las noches me esperaba en casa con el corazón en su boca esperando a que yo llegase sano y salvo. No era menos, viviendo en una zona tan peligrosa. ¿A quién se le ocurre construir un colegio privado de esa estirpe en una zona tan movida como esa? siempre me preguntaba lo mismo. Pero ya estaba. Allá venía el autobús, su cartel en anaranjado con el nombre del destino era inconfundible. Ya me tocaba regresar a casa, hogar dulce hogar.

Tomé asiento en los lugares de atrás, cerca de la ventana, me gustaba ver el trayecto a casa. Ver a esas personas por la calle, o sentadas en sus respectivas paradas esperando el autobús. Como sus noches comenzaban poco a poco pese al frío gélido del invierno sureño. Y claro, mi día acababa por hoy. A decir verdad, mi vida era de lunes a viernes el colegio, y los fines de semana era Elizabeth y mis amigos. Pero pereciera que este fin de semana sería Alfred y su fiesta de máscaras. El viaje me daba mucho tiempo para pensar en eso, me estaba haciendo el difícil, ya que no era algo que necesitara de tanto pensar, sino que era una básica respuesta positiva o negativa. Pero no estaba de buen humor cuando Ezequiel apareció y simplemente me quise hacer el interesante frente a él con la clásica; "Am... lo voy a pensar". Más allá de eso, entre esos pensamientos vagos, se me cruzaron otras cosas que pasaron en el día. Incluso pensé que la bella Elizabeth. Realmente me traía como un loco enamorado.

— Gabriel... ¡Gabriel! Elizabeth que me llamaba, y yo como siempre metido en mi mundo de fantasías.

— Sí. ¿Qué pasa? Respondí lo mejor que pude.

Hay momentos y momentos, y digamos que nunca estoy en esos momentos que son los "buenos".

— ¿Estás bien? te miras muy raro...

Siempre se preocupa por mi, aunque sea el más mínimo cambio en mi semblante, en todo momento al pendiente de mis sonrisas. Por cosas así, yo la amo.

— Sí mi amor, estoy bien. — contesté rápido. — Es que hoy no fue una gran mañana. Ya sabes como es mi clase. Ezequiel de nuevo tuvo una discusión con Benjamín y casi acaban a los golpes.

Ella sonrió y angelical tocó la punta de mi nariz con su dedo índice.

— No te preocupes por eso. Que los problemas ajenos no perturben tus sonrisas. Eres hermoso cuando sonríes, y no me gusta verte con cara larga. Acomodé mis gafas, y no supe como responder a aquello, fue demasiado para mi. A lo cual, tuve que reaccionar besándola.

— Gracias, necesitaba algo así.

Respondí bobamente, y haciéndome el tonto, acomodé de nuevo mis gafas en busca de calmar la adrenalina del momento. Es que ella me ponía el corazón a mil.

— No agradezcas, estoy para eso. Para recordarte que nuestra felicidad es lo más importante del mundo.

Sonreí.

— Ay Elizabeth, no lo digas así, suena tan pesado y serio. No contestó, sólo me besó tal cual como yo a ella.

— ¡Pero mira eso...!

Y una voz extra se agregó, y su llegada hizo que inclusive rompiéramos el beso. Era Benjamín que venía hacia nosotros.

— ¡Hey Benja! ¿Cómo estás?

Elizabeth se me adelantó, yo aún estaba con el efecto post-beso. Así que no dije nada.

— Como decirlo, estoy de puta madre. ¿Te contaron que hoy casi le parto la cara a Ezequiel?

Lleno de orgullo al decirlo.

— En realidad no fue tan así...

Interrumpí yo. ¿Quién mejor que yo?, que atestigüé todo aquello.

— Sí, justamente me contó eso Gabriel.

Elizabeth y yo estábamos tomados de la mano. Ella apretó la mía en señal de que me callara.

— ¿Cómo que no?

Benjamín frunció el ceño para dirigir su mirada a mi. No estaba muy contento con lo que dije.

— Lo que quise decir fue... —, Elizabeth me atropelló y habló antes que yo. — Lo que quiso decir fue que estuvo muy pareja la cosa, o sea, muy reñida.

Sonrió, y nos miró a ambos para calmar el ambiente.

— ¡Oh sí! Pero no te creas Eliza, estuve a nada de partirle su cara.

Volvió con lo mismo, pero relajado por lo que dijo Elizabeth.

— Ni lo dudo. — volvió su mirada a mi para ver con aquellos ojos azules hermosos.

Me besó. Y yo quedé atónito.

— Ya debo irme amor. Tengo cosas que hacer, ten mucha suerte en tus clases. Nos vemos en el siguiente receso.

Era una despedida. ¿Me dejaría solo con Benjamín luego de aquello? pareciera que sí.

— Gracias amor, hasta luego.

Contesté, pero Benjamín al instante:

— ¿Y mi beso?

En tono de burla a lo que acababa de pasar. Elizabeth sólo sonrió y se marchó del lugar.

— Por cierto Gabriel. — rebuscó algo en uno de sus bolsillos. — ¿Te llegó esto?

Tenía en su mano la carta de invitación de Alfred y su fiesta de máscaras. Para ese entonces yo aún no la tenía.

— No. ¿Qué es eso?

Inquirí con la esperanza de ganar una respuesta.

— Valezca las anda repartiendo, parecen ser unas invitaciones a un baile con máscaras que Alfred va a organizar. Otro de sus típicos clichés estúpidos. Ya sabes como es él.

Benjamín, siempre tan amoroso con los demás. Ni me imagino lo que dirá de mi a mis espaldas, o lo que dirá de Elizabeth.

— A mi aún no me llegó tal invitación.

Contesté con humildad, al menos eso creo yo.

— Oh... En ese caso, quizá Alfred no te haya invitado. Que pena por ti.

Sonrió encantado por no verme con tal papel.

— Ha de ser eso... ¿Cuándo es el baile?

Pregunté por preguntar, mera curiosidad.

— Mañana a las nueve de la noche. ¿Por qué? Respondió Benjamín ojeando la invitación.

— Por nada, pura curiosidad. — sonreí — Además, a esa hora quedé de estar con Eliza, este fin de semana me tocaba quedarme en su casa. No podría ir de ser invitado.

Igual tenía planes, así que el ir o no ir me era indiferente en ese entonces.

— ¿Y Elizabeth no irá?

Preguntó Benja.

— No me ha dicho nada. Ni siquiera algo de la invitación.

Que yo supiera no me había dicho nada al respecto.

— Quizá tampoco la haya invitado. O por otra parte, quizá te oculte cosas.

Se sonrió para luego lanzarme esa típica mirada de; "abre los ojos campeón, no todo lo que brilla es oro".

— Quien sabe, es un 50-50. Me lo tomé a chiste, no era de esos que caían en las provocaciones de Benjamín, era ya mucho de conocernos.

— En fin Romeo, me retiro por el momento, quedé de verme con Paula.

Paula, otra más de la calaña de Benjamín, su nombre era un semejante de problemas en el colegio. Elizabeth era una de sus amigas, pero le pasaba lo mismo que a mi con Benja.

— Hasta el rato entonces, aprovecharé para darme una vuelta. ¿Cuánto queda de receso?

Pregunté, había olvidado el celular en el bolsillo pequeño de la mochila.

— Diez minutos.

Contestó Benjamín ojeando su reloj de muñeca. Para luego acortar la distancia y dando un golpecito en mi hombro se despedía de mi.

— Suerte con Paula.

Dije por decir, una manera de acabar la conversación de una forma educada.

— Sí sí... Benja acababa por ignorarme, menuda educación la suya.

Ya estaba a una cuadra de casa, restaba tan sólo ponerme de pie y bajar del autobús. Así que acomodando mi mochila en mi espalda. Sacudía un poco mi cabello ya que lo encontraba un poco incómodo, a veces me pasaban tales cosas como esa, eran actos reflejos, algunos inconscientes. Es que yo sufro de ansiedad y a veces o me toco la punta de la nariz con la mano, simulando rascarme con disimulo, o alboroto mi cabello sin darme cuenta. Pero sin más que agregar. Atinaba a llamar a que el chófer me abriera la puerta en la siguiente parada presionando el botón que activaba la alarma de la puerta, era "solicitar la bajada". Y me mantuve allí el intervalo que tardó en llegar hasta ahí. Pude sentir el gélido aire en mi rostro y en un intento por ocultarlo tras la bufanda que llevaba daba de lleno con que ya me encontraba caminando por la fría acera. Unos pocos postes de alumbrado público iluminaban mi andar. Igual no vivía muy lejos, sino que a una cuadra de donde el autobús me dejaba. Era costumbre que un grupo de policías se conglomeraban en la esquina de mi casa, pero pareciera que hoy no. La esquina estaba desierta. Que los policías estuviesen ahí o no, no hacían la gran diferencia, a lo cual simplemente ignoré aquello y continué cabizbaja caminando como si nada. Era ya un veterano en el barrio y todos nos conocíamos, ¿miedo a ser robado? lo había perdido ya hacía mucho, me había criado allí, y aunque a uno le cueste creer, los mismos indigentes o "mal vivientes" son mejores personas y más solidarias que las otras de clase media-alta. Así que el miedo a ser robado, ya no era una de las cosas que me causaban inquietud. Lo que importaba ahora era llegar a casa, ya eran casi las ocho y cuarto de la noche según el reloj de mi celular, estaba casi ajustado, ya que tenía tiempo hasta y media para llegar a casa antes de que comenzara el "toque de queda" que establecía mi madre todos los días.

Pasé directo, y cerré el portón detrás, inmediatamente fui recibido por mi cachorro al abrir la puerta de casa, la misma rutina de todos los días. Saludé al pequeño como era de costumbre, palmeé su cabeza y sacudí un poco su barbilla de bebé en señal de cariño. Al fin y al cabo yo era su dueño. Mi madre ya estaba esperándome, le pillé justo haciendo la cena. Con un típico saludo de un beso en la mejilla contestaba la clásica y gastada pregunta; ¿Cómo te fue?. Fantástico, siempre era lo mismo, aunque el día haya sido un asco, la misma respuesta cada vez que hacía tal pregunta.

— Ma, Alfred va a hacer una especie de baile con máscaras en su casa mañana. Se me dio por mencionarle, además, era muy factible que mañana asistiera a la misma.

— ¿Máscaras?

Soltó ella mientras que manipulaba unos platos. Estaba lavando los mismos.

— Sí, máscaras venecianas, de esas que son elegantes y finas. Ya sabes como es Alfred y su familia. Les gustan esas cosas.

Respondí mientras que dejaba la mochila sobre uno de los sofás de la sala.

— ¿E irás? Inquirió ella dejando los platos a un lado y volviéndose hacia mi.

— Supongo, es de vestimenta formal, y debo ir con la máscara puesta.

Atiné a sacar la invitación de uno de mis bolsillos. Y de pie se la pasaba para que ella pueda verla.

— Que fina invitación. — mencionó al tenerla en sus manos. — ¿"Mantener el anonimato por favor"?

Eso sí, incluso a mi se me hizo extraño.

— Creo que debo de inventar un apodo y presentarme con dicho seudónimo en la fiesta. Para que mi identidad no sea revelada. — hice una pausa. — Por eso también lo de la máscara.

En realidad no tenía ni idea, pero de seguro era eso. Siempre fui muy perspicaz, y no tardaba mucho en asimilar las cosas y digerirlas, pero el procesarlas tardaba un poco. Pero al final, lo hacía con éxito. Era aquello, de seguro sí.

— Suena divertido, deberías ir. Sonrió ella y me devolvió la invitación.

— Lo pensé, pero también había quedado con Elizabeth.

Cierto, era imposible olvidar a Elizabeth. Era el condicionante de que yo no me volcara de lleno en el ir a la fiesta.

— Se ven todos los fines de semana. En uno que no se vean no se acabará el mundo.

Estaba muy risueña mi madre sin duda, demasiado para ser honesto.

— Tienes razón. — me lo pensé un momento. — ¿Pero la ropa? ¿Y la máscara?. Era lo fundamental para ir.

— No te preocupes. Yo puedo conseguir ambas cosas, lo importante es que te diviertas. Además, una mascarada veneciana es un evento muy elegante y bonito. Se mostraba muy motivada con lo de mañana. Inclusive más que yo que era el invitado.

— De acuerdo. Entonces, iré. Aunque debo de hablar con Elizabeth para cancelar lo de mañana en la noche.

Me causaba cierta incomodidad tener que dejarla botada por algo como eso. Era pensar de una forma egoísta y no en nosotros juntos. Pero tampoco éramos siameses para estar siempre pegados, de seguro lo iba a entender.

— Bien, ahora ve a lavar tus manos que vamos a cenar. — sonrió de lado. — Hice pasta, tal como te gusta a ti. Sonreí y acate la orden de mi madre yendo a la lavar mis manos, definitivamente el día había acabado para mi, y estaba detonado.

19 de Enero de 2021 a las 10:45 0 Reporte Insertar Seguir historia
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