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La diosa más bella


Allá por el horizonte, encima del aire y entre nubes cargadas de agua Xochiquétzal observó la preparación de la temporada de lluvia. Los Tlaloques, sus fieles sirvientes (y de su marido), vaciaban jarrón, tras jarrón de agua en las, ya de por sí, esponjadas nubes. Tláloc no les daba descanso, los sirvientes tenían que tomar agua del lavabo de la cocina, llenar los jarrones, salir al jardín y pasar por los sembradíos de frijol, tomate y calabazas. Luego regresar atravesando el campo de maíz para empezar el ciclo otra vez.

Dispuesta a causar algo de alboroto Xochiquétzal tomó uno de los jarrones y lo lanzó entre las nubes. El impacto lo hizo pedazos y el fuerte ruido hizo temblar a los mortales que estaban debajo. Unos gritaron, unos saltaron, otros se rieron de las reacciones de sus acompañantes.

¡Oh cómo extrañaba Xochiquétzal correr por las tierras de los mortales en estas épocas, con los cabellos mojados y la ropa húmeda, con el sonido de los truenos y la luz de los rayos, con la compañía de los animales y el amor de la gente!

–Cariño, por favor, deja trabajar a los sirvientes que ya vamos retrasados –le dijo Tláloc– si tanto quieres ver a los mortales ¿por qué no lo haces desde las aguas de la mesa en la casa?

Xochiquétzal entró a la casa sin responder, pero hizo lo que le sugirió su marido, se sentó y miró la superficie líquida de la mesa de centro y vaya sorpresa que se llevó. Un barco, que trajo una tormenta en forma de cuatro diosas extranjeras, desembarcó en las costas de Veracruz. Las diosas continuaron su viaje por tierra y finalmente se detuvieron en Ezequiel Montes, uno de los municipios de Querétaro, y el estado con el clima más cambiante del país de México.

–Típico –se dijo Xochiquétzal al ver a las otras diosas sentarse en un cafetería de renombre, tantos lugares únicos por disfrutar y los extranjeros eligen sentarse en el que es igual en cualquier parte del mundo.

Curiosa, decidió escucharlas. Encendió el sonido. Oyó.

Apagó el sonido.

Venus, Afrodita, Laksmí y Freya se había gritado por más de diez minutos, cada una presumiendo sus atributos.

No, eso sí que no lo iba a permitir, ¿discutir sobre la diosa más bella sin incluirla a ella, Xochiquétzal, diosa de la belleza mexica y, además, en su propio territorio? NO, no, no, no, no, esas diosas engreídas no la iban a dejar fuera, iría tras ellas, y les enseñaría lo que es la belleza.

El detalle era que tenía prohibido ir a la Tierra.

Bien, no había problema, solo tendría que hablar con Tezcatlipoca, no era la gran cosa, es decir, fue un pequeño malentendido entre ellos, falta de comunicación, una situación que tal vez se salió un poquito de control.

–¿Crees que Tezcatlipoca me dejaría bajar a la Tierra, si es por un asunto urgente?

Tláloc escupió el pedazo de maíz que tenía en la boca.

–¡No! ¿Sabes cuánto me costó que te dejará salir? Y ¿para qué quieres hablar con él?

Xochiquétzal se echó a reír.

–No te pongas celoso, ya les dije mil y un veces que lo que pasó no es lo que creen, en fin, hay un grupo de diosas que estoy segura van a hacer muchos destrozos, solo quiero evitarlo.

Tláloc se recargó en la pared y cerró los ojos un momento.

–Dile a Quetzalcóatl que te ayude, está jugando a hacer sombras en la Pirámide del Sol justo ahora, aunque no estoy de acuerdo.

Xochiquétzal no lo pensó dos veces, besó a su marido y se fue.

–No –dijo Quetzalcóatl– Tezca y yo al fin nos entendemos.

Xochiquétzal ya se lo esperaba

–Mira, Quetzalcóatl, –le dijo– yo creo que si no detenemos a las diosas, bueno ¿te acuerdas de Troya? No queremos repetir la broma de Eris ¿o sí? Ese joven París causó un gran alboroto llevándose con él a Helena, el regalo de Afrodita; sería una pena que el Quinto Sol terminara porque el dios regente dejó que sucediera algo parecido en sus tierras.

El dios suspiró y Xochiquétzal supo que lo había convencido.

–De acuerdo Xochi, ve, convence a las diosas de que se lleven su discusión a otro lado y luego veremos.

En un parpadeo Xochiquétzal se encontró en la Peña de Bernal junto a las extranjeras. Freya le estaba dando un collar, que parecía ser muy valioso, a un turista que intentaba pasar del medio del monolito en su camino a la base, el pobre tenía los ojos bien abiertos, como venado a punto de ser atropellado; Laksmí, estaba entretenida con una chinche gigante que caminaba sobre su brazo y Venus intentaba recuperar su cabello de las manos de Afrodita.

–Bellas diosas– les dijo. Las diosas la miraron. –Como saben yo soy Xochiquétzal diosa de la belleza de éste territorio, no me voy a detener en explicar cómo es que soy la más bella entre ustedes, ni les voy a presumir las ropas y plumas que me adornan, vengo a pedirles que abandonen este sitio, sus peleas están arruinando las verdes hojas, trozando la roca y asustando a los mortales.

Sin darles tiempo de responder uso uno de los vientos que le prestó Quetzalcóatl y transportó a las diosas a la base de la Peña. Varias personas las observaron con curiosidad.

–¡¿Qué hiciste?! ¡Ese hombre estaba a punto de coronarme como la más bella! –gritó Freya

–¿Tú? Por favor todos saben que yo soy la más hermosa –dijo Afrodita– tanto, que esta romana me imitó y nada más se cambió el nombre, no me lo puedes negar Venus.

–¿Y eso qué? –dijo Venus– yo soy tú, pero mejorada, más hermosa.

–Señoras cállense –les dijo una niña de pronto, en su mano llevaba un llavero de obsidiana negra. –Miren doñas, intento recibir la energía positiva para que mi año sea muy bueno y si están gritando así no me concentro ¿qué tal si se van para allá –señaló una zona donde había varios puestos de piedras y recuerditos– se compran algo de tomar y se calman? La única belleza que quiero ver aquí es la de la buena vibra que me va a dar puros dieces en la escuela.

Cuando terminó su discurso, la niña le dio a Xochiquétzal su espejito de obsidiana y regresó al lado de sus padres.

La diosa comenzó a reír. A través del espejo vio los pensamientos de la gente, todos volvieron a sus asuntos, esperaban un buen año y unas diosas engreídas no los iban a distraer más.

Nadie ahí votaría por ellas.

Avergonzadas, las diosas decidieron retirarse a sus respectivos países, se disculparon y Laksmí, encantada con los insectos del lugar prometió volver, esta vez para conocer más de ese país.

Cuando las diosas se fueron, Xochiquétzal observó a la gente del lugar correr a resguardarse de la lluvia que comenzó a caer. Sostuvo el espejo de obsidiana sobre su pecho, al parecer Tezcatlipoca estaba arrepentido por lo sucedido entre ellos, quizás y hasta podrían volver a hablar.

Pero, por ahora, la diosa Xochiquétzal, se quedó en la tierra y se dispuso a disfrutar de las cálidas gotas que caían del cielo.

15 de Enero de 2021 a las 23:14 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

Conoce al autor

Leo Valladares Soy Leo, egresada de Psicología educativa y artista autodidacta, eterna estudiante de la vida con gusto por la escritura fantástica, ciencia ficción y terror; la pintura, la ilustración, la animación y la Inteligencia Artificial.

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