zeuge Manuel Esteban

¿Nacemos o nos hacemos? Demos una vuelta por una vida ajena; una vida alegre y triste, llena de amor y de odio, de trabajo y de ocio, de placeres y desdichas. La bonita imagen usada en la portada es de cocoparisienne de Pixabay.


Drama No para niños menores de 13.

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algunos caracoles se pueden convertir en plaga

Cuando alguien me pregunta sobre mi experiencia en las escuelas donde estudié, no me queda claro con qué intenciones lo hace. Cabe la posibilidad de que con su pregunta me quiera menospreciar por el hecho de que estuve saltando de escuela en escuela debido a mi "mal comportamiento" y mis pésimas notas; en pocas palabras, me quiere recordar que soy un animal bruto que ahora intenta hacer malabares usando las pocas neuronas que los golpes han dejado. Si hay algo que no me hace enojar es que se diga la verdad sobre mi persona, y bueno, tampoco me hace enojar que se digan mentiras sobre mi persona porque al fin y al cabo las mentiras son solo eso, mentiras, y si hay alguien que las cree entonces me parece que no soy yo el único animal que intenta hacer malabares con lo que ofrece este mundo de altibajos en el que he vivido.

Decir que ocupé un puesto distinguido en mi trayectoria escolar no significa nada, al menos no para mí, porque el sistema educativo en mi país lo considero basura, y es que ahora todo se ha vuelto negociable, incluso la basura; y en la actualidad todo se reduce a una sola palabra: capital. Pero no estoy aquí para hablar de asuntos incorregibles y olvidados por los estados y la sociedad, solo estoy aquí para mal hablar de una persona ligeramente incorregible que casi se ha olvidado de la sociedad.

Los años preescolares y los dos primeros años de primaria, conté con la ayuda incondicional de mi hermosa e incansable madre, pero a partir del tercer grado empecé a arreglármelas por mi propia cuenta, tanto así que mi madre al ver que prescindía de su ayuda, se desligó por completo de mi proceso de enseñanza-aprendizaje para así ocuparse de muchas otras cosas, porque como buenos pobres que éramos, todo el tiempo debíamos estar todos ocupados en algo productivo si queríamos mejorar nuestra calidad de vida. Sonrío cuando recuerdo que en esa etapa de mi vida yo soñaba con convertirme en abogado o en actor, pero la ilusión de ser abogado se desvaneció cuando me enteré de los pormenores del caso de O. J. Simpson, y eeemh bueno, el sueño de ser actor nunca se ha desvanecido del todo, pero se supone que eso es un secreto. Shhh.

Volviendo a lo de las notas. Debido a las buenas notas que obtuve en la primaria, en el quinto grado me tocó llevar el estandarte de la escuela durante los desfiles de las fiestas patrias. Lo odié. Resultó que para ese mismo tiempo se dieron en nuestra área vientos fuertísimos y bueno, como yo era un niño muy flaco, tuve que aferrarme bien fuerte al soporte del estandarte para así evitar que el viento llegara a levantarme con todo y estandarte, aunque me parece que en muchas de esas ocasiones deseé que eso sucediera para así irme lejos de la aglomeración que es algo que siempre me hace sentir incómodo. Al siguiente año me tocó portar el pabellón nacional, y con esa carga no tuve problemas porque era bastante liviana, pero también la odie. Me parece que para empezar a darle forma a esta patética historia vestida de confesionario aquí debo decir que un problema menor recurrente surgía cada vez que desfilaba, y los maestros siempre me llamaban la atención por esa tontería, como si la culpa fuera mía: Sucedía que, como el que lleva el pabellón siempre va al frente de cada grupo, y la banda mediocre de mi escuela iba lejos de mí por allá al final, casi nunca lograba agarrar el paso de marcha correcto porque la banda más audible para mí era la de la escuela que iba delante. Y así quedó evidenciado en un video que filmó una de mis queridas vecinas, en el que salí con cara de cabreado y era porque estaba a punto de mostrarle a la vecina el dedo corazón para ver si así me dejaba tranquilo.

La vecina que me había filmado desfilando era una mujer que vivía en la casa que quedaba casi al frente de la nuestra. Ella era una mujer cuarentona a la que muchos en el vecindario llamaban bruja; y me parece que para facilitar la narrativa, de ahora en adelante para referirme a ella lo haré añadiendo bruja a cualquier otra palabra con la que decida llamarla. Tal parece que a aquella adorable señora bruja, le gustaba comparar ciertas características de su querido hijo, que era mi compañerito de clases y de juegos, con las mías, y pienso que de tanto compararnos se dio cuenta que ciertas cosas de su hijo no le gustaban; como por ejemplo: No le gustaba que su hijo durmiera hasta tarde, mientras yo a las seis de la mañana ya estaba listo para ir a comprar pan donde un señor que se parecía a Yoda, y que hacía los panes artesanales más delicioso que he probado en mi vida; tampoco le agradaba que su hijo no comiera mucho, mientras yo comía a cada rato, pero lo que ella no sabía era que lo que yo comía a cada rato era ese pan que iba a comprar a las seis de la mañana donde ese señor que se parecía a Yoda. Recuerdo que en aquel tiempo por un dólar me daban veinticuatro panes pequeños, y que yo me comía la mitad de ellos, cosa que ahora extraño porque para mi desgracia hace un par de años me enteré que soy celiaco, y tal parece que estuve comiendo demasiado pan sin saber que con cada bocado estaba matando a mi pobre intestino delgado. Cuanto daría por volver a sentir aquel aroma del pan de Yoda, y cuánto más para volver a comerlo sin remordimientos.

Otra cosa en lo que me diferenciaba del hijo de la bruja era en mis notas, que como ya están enterados, eso era algo que poco me importaba. Pero bueno, terminó pasando algo bueno gracias a mis notas: La escuela me otorgó una beca que cubriría mi escolaridad, y me darían unos cheques para alimentación (más pan de Yoda) y transporte. El único requisito para conservar el beneficio consistía en no descuidar mis notas. Desde ese momento las notas empezaron a tener más relevancia para mí, porque esa era una de las pocas maneras en las que podía ayudar indirectamente a mis padres y a sus finanzas.

Con el hijo de la bruja siempre tuve mis roces desde muy pequeño, como aquella tarde en la que nos agarramos a pelear unas pelotas de tenis que por cierto, eran mis pelotas, pero él decía que eran suyas. Anyway, los niños saben cómo resolver sus problemas. Pero sucedió que cuando se interpuso la envidia de su madre la bruja, las cosas se pusieron peor entre nosotros: Azuzado por su madre, ese chico a cada rato me estaba fastidiando, y aunque yo era muy pacífico y me aguantaba hasta cierto punto, si me molestaban demasiado perdía la paciencia y así daba con toda la rabia que tenía en reserva. Y una de esas peleas sucedió a mitad del cuarto grado, el día posterior al de las votaciones donde se escogió a la nueva directiva estudiantil donde me habían postulado en contra de mi voluntad al puesto de secretario, y en la cual desafortunadamente salí electo. Aquel día el hijo de la bruja, más otro compañero al que le decían fruta verde, empezaron a molestarme desde muy temprano, me decían que ahora yo era el novio del presidente estudiantil que era un compañerito "afeminado" con el que me llevaba muy bien y con el que me tocaría reunirme a menudo durante nuestro periodo de gobierno estudiantil. A la hora de la salida esos dos niños intensificaron sus ataques contra mí y mi paciencia estaba por rebasarme, pero ocurrió que siguieron fastidiando y poco antes de yo perder la paciencia, el presidente estudiantil, que al parecer había estado escuchando que estaban hablando estupideces no solo de mí sino de él también, se les acercó y por los cuellos de las camisas blancas, parte esencial del uniforme, jaló a los chicos hasta el patio donde un día atrás se habían quemado las boletas de las elecciones estudiantiles y una vez allí los hizo caer, y bueno, yo enseguida me uní a la paliza y cuando ya estuvimos cansado de darles de lo bueno esas blancas camisas ya estaban más negras que el crudo.

Como los chicos saben arreglar sus diferencias a sus maneras, mi vecino y yo hicimos las pases en la navidad del 2005, cuando la bruja me invitó a mí y a otros compañeros de clases a su flamante cena navideña, en la que se platicó mucho sobre a qué colegio iría cada uno tras culminar la primaria, y finalmente acordamos todos los chicos presentes que iríamos al mismo colegio para que así no se perdiera la amistad.

Durante el séptimo grado no pasó nada, o no pasó mucho en aquel año aparte de mi primer contacto con el vino, que fue en la ceremonia de la primera comunión. El 2007 fue un año del que una de las pocas cosas que recuerdo de él es que en ese año mi hermana que se había ido a la capital a trabajar me regaló un Nokia 3250, que debido a que su parte inferior se podía girar casi por completo, me recordaba a la cabeza de Regan MacNeil, la niña poseída de El Exorcista, en la memorable escena en la cual le practicaban el exorcismo. Ese teléfono a pesar de que lo adoraba, siempre olvidaba que lo llevaba encima, y muchas veces, al igual que los paraguas, se me quedaba en los taxis que me llevaban de la casa a la escuela y de regreso a casa, y los taxistas como muchos eran conocidos me lo regresaban al día siguiente, y fue así hasta que un día se me quedó en el taxi equivocado y adiós teléfono, y adiós paraguas. Ese año me adapté al turno matutino de una escuela mucho más grande que la primaria, tan grande que todos mis antiguos compañeritos habían quedado repartidos en diversos salones por diversos pabellones. Y eso fue todo. Bueno, casi todo; recuerdo que en mis tiempos libres me dedicaba a escribir cartas a las niñas que me gustaban, cartas que por cierto nunca entregaba, y lo irónico era que la compañera que me ayudaba a escribirlas, era la única que realmente gustaba de mí, y no me lo dijo sino hasta el final de año, y todos los días de las vacaciones me los pasé pensando en ella.

En octavo grado me otorgaron en el colegio una beca por las buenas notas obtenidas en séptimo. En ese año escolar me tocaría ir a clases en el turno vespertino, y llegado el momento, desde el día uno lo odié por completo. Mis compañeros de primaria quedaron en salones de clases aún más alejado de lo que nos había tocado en séptimo; a los que habían sido mis compañeros de séptimo grado los distribuyeron en otros grupos, y desde el primer día empecé a buscar a a mi compañerita de las cartas, pero no fue hasta el tercer día que me enteré que la habían cambiado de escuela.

En aquel tiempo el periodo escolar estaba dividido en cuatro bimestres y entre cada bimestre había una semana de descanso. El primer bimestre fue uno bastante regular a pesar de mi descontento con el horario, bueno aunque no tanto porque fue durante ese tiempo que se sentaron las bases para la pésima relación que más adelante tuve con mis nuevos compañeros y con algunos profesores.

Al presentir que algo no iba bien conmigo y que era muy probable que se pondría peor, y además, también estaba lo del descontento que me causaba el horario escolar, en la primera semana de descanso pedí a mis padres que por favor me cambiaran de escuela, pero no quisieron escucharme y dijeron que aquello conllevaba un proceso engorroso y me pidieron que le diera una segunda oportunidad a la escuela. Fastidiosa burocracia. Y lo que hicieron para contentarme fue comprarme una BlackBerry Pearl.

Durante el segundo bimestre empecé a llegar tarde a clases. ¿Por qué motivo? Porque mis compañeros eran idiotas y yo prefería verlos el menor tiempo posible. El ambiente era pesado y todos estaban siempre con esa actitud pendeja de Antonella de la serie Patito Feo que en ese momento estaba muy de moda entre la población juvenil.

Poco a poco me empecé a alejar de la escuela, literalmente. A propósito incumplía las reglas de vestimenta para que no me dejaran entrar al colegio, y bueno pues, supervisores no me esperen que no regreso. Me quedaba en la calle pisándola fuerte, escondiéndome en las tiendas cada vez que veía a los polis cerca. Poco a poco descubrí que yo no era el único estudiante que se fugaba del colegio, pero también advertí que todos los demás chicos que se fugaban eran mayores que yo por lo menos un año, todos repetidores de grado en su mayoría. Poco a poco me hice amigos de esos colegas fugitivos, pronto intercambiamos códigos de BlackBerry, y cuando no nos veíamos, nos chateábamos a cada rato por BB Messenger. Casi a diario nos reuníamos en los parques, nos manteníamos juntos hasta que la policía sospechaba y se nos acercaba, entonces nos dispersábamos. A veces íbamos a los cibercafés, y fue en uno de esos locales de reunión juvenil donde me ayudaron a crear mi primera cuenta de una red social llamada Facebook, causante de mi ruptura con MySpace y mi progresivo distanciamiento de Window Live Messenger y sus adorables zumbidos. También íbamos a restaurantes de comida rápida, o a locales donde se podía jugar a la Playstation 3, a la Xbox 360, incluso a Mario Striker o Resident Evil en una GameCube en pleno 2008.

En esos días de delincuencia estudiantil me terminé enganchando a una morena a la que veía en los restaurantes de comida rápida, y poco a poco fuimos formando una relación tipo Bonnie y Clyde que bueno lastimosamente se vio interrumpida por una citación a mi padre por parte de la dirección del colegio, una citación que yo había estado intentando detener durante varias semanas, y aunque por buen tiempo logré evitar que ese papel llegara a manos de mis padre, este terminó llegando a su destino.

Ya faltaban pocas semanas para los primeros exámenes bimestrales cuando padre y yo acudimos a la citación. Durante la reunión la gente del colegio decidió que se me daría otra oportunidad, solo porque tenía una beca; allí mismo me advirtieron que para salvar la beca debía sacar las máximas notas en todos los exámenes bimestrales. Menuda presión. Nunca he funcionado de esa manera, si me veo presionado a hacer algo, lo que hago es salir corriendo, y eso fue lo que sucedió: Al final salí corriendo a pesar de que algunos profesores en una charla patética pidieron a mis compañeros de clase que me hicieran sentir parte del grupo. No gracias, no quería ser parte de Patito Feo. Y bueno, mis compañeros tuvieron pensamientos similares a los míos, porque la actitud de la mayoría se volvió hacia mí aún más hostil. Y qué decir de algunos profesores que odiaban a los chicos como yo, que a pesar de no haber asistido al cincuenta por ciento de las clases, les daban la oportunidad de recuperarse con tan solo sacar buenas notas en los exámenes finales; y bueno, como yo estaba muy estresado porque tenía la presión de que debía sacar la nota máxima en cada materia, empecé a no controlar lo que salía de mi boca a la hora de responder a los profesores, y muchas veces lo hacía de manera “irrespetuosa”, así que la cosa siguió empeorando y cuando dieron los resultados de los exámenes se vieron los resultados de esas erupciones volcánicas: fracasé en dos exámenes y eso significaba que ya no había más beca para mí.

Otra vez, en la semana de descanso...¡Les dije a mis padres que quería cambiar de escuela! Y otra vez que no. Me quería arrancar la cabeza. Lo único que me servía de consuelo era conversar con mis amigos de Facebook y el chat del BB Messenger.

El tercer bimestre empezó mal: Uno de mis compañeros, el gigante del salón, que no se llamaba Goliat, pero le diré Goliat de ahora en adelante, empezó a rozarme y a amenazarme, y pronto se le unieron sus amigotes, y yo como si nada, pero por dentro me estaba llenando de rabia, una rabia que el miedo evaporaba, porque yo sabía que esos chicos entre otras muchas cosas, eran drogadictos y fanáticos de las golpizas, y no andaban precisamente con gente que se regía por reglas, y una amenaza que viniera de ellos no era una amenaza que se debía tomar a la ligera.

Las amenazas se hicieron más frecuentes cuando uno de los grupitos del salón, no recuerdo cómo se hacían llamar pero seguro era alguna cursilería, decidió darme un espacio para que me integrara. Ese era el típico grupito donde todos están enamorados de alguien, o si no lo están todos, les están buscando novia o novio a sus integrantes que están solteros, y a que no adivinan quién estaba soltero, el recién integrado, su servidor. Me hicieron comprar unas tarjetas estúpidas llenas de corazones y de dibujos de Mickey Mouse y Minnie Mouse.Okay las compré, pero entonces ¿a quién coño se las daría? Empecé a buscar alguien al azar para seguir el estúpido juego. No podía dárselas a quien me gustaba, a la morena, porque hacía rato que no sabía nada de ella, y cuando a ella le daba la gana de ir a la escuela poco la veía porque ella estaba en noveno grado en los salones más alejados. Cuando entre la multitud estudiantil que caminaba como zombie por el pasillo frente a nuestro salón, vi a una chica que lucía mojigata, les dije a los del grupito cursi, señalando, que a esa chica le pensaba regalar las tarjetas de amor amor. Todos se quedaron sorprendidos, con la boca abierta, pero no le tomé importancia a esa reacción porque pensé que era parte de la estupidez, y para mí eso de la tonta ceremonia de las tarjetas fue asunto cerrado. Al día siguiente me enteré que aquella chica a la que había elegido al azar para entregar las tarjetitas de amor amor, era la chica que le interesaba a mi compañero el gigante drogadicto, perdón, era la que le interesaba a Goliat. ¡Qué, ¿en serio?! ¡Me lleva! Para qué fue eso. Las amenazas fueron cada vez más serias, y hasta me sentenciaron a muerte; dijeron, siempre de manera indirecta, que me matarían si me atrevía a tan si quiera mirar a aquella chica. Y pues bien, si de eso dependía mi vida, bien, porque esa chica no me interesaba para nada, no me interesaba ni ella, ni nada en esa estúpida escuela.

Volví a vagar por las calles cargando a mi espalda mi mochila Samsonite llena de libros y de cuadernos que ya no revisaba, llevando las manos metidas en los bolsillos y sintiendo demasiado espacio libre y una falta de peso en esos bolsillos, porque para acrecentar mi desgracia de melodrama adolescente, mis padres me habían quitado la Blackberry porque pensaban que ese aparato que yo adoraba tanto era mi principal distractor y causante de mis terribles fallos escolares.

Un día de fuga fui a los restaurantes de comida rápida con la única intención y la esperanza de encontrar a la morena en alguno de ellos, y no demoré mucho en encontrarla, realmente no era algo difícil de hacer. Me puse tan feliz al verla y apenas la vi me acerqué a ella, pero al parecer ella no se alegró de verme: cuando ella me vio acercarme su reacción no fue la que yo esperaba: se mostró esquiva, y luego cuando le pregunté qué sucedía, me dijo que ya no quería saber más nada de mí, dijo que se había enterado que yo estaba flirteando con otra chica de la escuela, y no volvió a hablar. Pensé en humillarme y rogarle e intentar explicarle lo que había ocurrido, pero me detuve cuando me percaté que en una de las filas de clientes estaba una de las hijas mayores de mi vecina la bruja, esa que me había besado cuando yo tenía nueve años, esa que decía ser una de las mejores amigas de mi hermana mayor y que se hablaban por teléfono cada vez que podían; ella estaba mirándome directamente a los ojos y en su boca sostenía una sonrisa coqueta y a la vez burlona. Me tenía en sus manos. Pero lo que más me motivó a no dar explicaciones a la morena, fue la persona que estaba detrás de la hija de mi vecina la bruja, detrás de ella estaba uno de los profesores a los que había insultado en clases, uno con los que había reprobado el bimestre anterior. Me largué del lugar lo más rápido que pude sintiendo a mi espalda la pesada sonrisa de mi vecina y la mirada juzgadora del profesor.

7 de Abril de 2021 a las 20:51 7 Reporte Insertar Seguir historia
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Karasu Dioniso Karasu Dioniso
Me encantó tu forma de narrar! Juré que se trataría de un relato de la vida cotidiana 😮
February 04, 2021, 05:32

  • Manuel Esteban Manuel Esteban
    Hola. Aprecio mucho tu comentario. Bueno, y tienes razón, el relato no es tan cotidiano que digamos :) P.D. Me he pasado por tu perfil. February 04, 2021, 06:12
Carolina Borjas Carolina Borjas
Terminé de leer el primer capítulo y es muy interesante tu forma de escribir, como entras en la mente de tu personaje y haces que nosotros los lectores sintamos que nos lo cuenta como si estuviéramos charlando, en un rato más leeré el capítulo 2, es una pena que no se pueda mandar mensajes privados pero bueno gracias a tu historia ya tengo una nueva palabra para mi diccionario ''azuzado''.
January 21, 2021, 14:29
Carolina Borjas Carolina Borjas
¿Podrías hacer una reseña de mi novela? me interesaría saber que opinas, se ve que escribes bonito aunque aún no leí por completo tu historia.
January 21, 2021, 04:02

  • Manuel Esteban Manuel Esteban
    No sé qué tipo de historias te gustan, pero si te interesa leer cosas raras, mezclas de géneros, ahí tienes mi vitrina a disposición. Y por supuesto que me pasaré por tu historia, enseguida iré porque para eso estamos, para apoyarnos. January 21, 2021, 04:34
Ero Bap Ero Bap
¡Wow! es un poco perturbador saber que un chico pase por tantas cosas, la verdad. Si decís que esto proviene de aquella historia muy alocada y un poco rara a la vez. Tiene su encaje.
January 21, 2021, 03:08

  • Manuel Esteban Manuel Esteban
    Qué tal, Ero. Gracias por darle seguimiento a esta historia alocada y rara ;) Y viene más. January 21, 2021, 04:29
~

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