querubinne Tamine Rasse Cartes

La vida le sonríe a Sunny, un chico risueño que ha vivido toda su vida en un pequeño pueblo costero que recientemente ha ganado popularidad entre los turistas. Él y Violeta son los mejores amigos desde que tienen memoria, y aunque sus vidas no siempre son fáciles, ambos están decididos a mirar las cosas con la mayor esperanza posible. Blas es un chico avergonzado de su pasado, quien está decidido a aprovechar el traslado de su padre como una oportunidad para reinventarse en un lugar donde nadie lo conoce. Que su familia sea la encargada de abrir el primer centro comercial del lugar ciertamente ayuda, especialmente cuando la hija del gobernador lo reclama como suyo. El problema es que el pasado de Blas no está dispuesto a dejarlo ir, y Sunny deberá aprender que a veces sonreirle a la adversidad no es suficiente para hacer que el corazón deje de doler.


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(Blas) Sol de Mediodía

El cómo había llegado a estar conduciendo camino al festival de verano con una hermosa chica en el asiento del copiloto era todavía un misterio para mí.

Hasta hace poco menos de tres meses tal escena me habría parecido imposible; tenía un auto, sí, pero no tenía una fiesta a la cual ir y mucho menos una chica que me hiciera compañía. Y no cualquier chica, una novia. La palabra todavía me sabía extraña, como si no lograra acostumbrarme de todo a las silabas, y mucho menos a relacionarla con alguien como yo. Pero las cosas habían cambiado, y había pasado de ser un chico más de un buen barrio en una gran ciudad, a ser el chico nuevo de un pueblo donde sólo había una escuela y ni siquiera tenían un centro comercial. De hecho, era esa la razón por la que estábamos aquí; mi padre había sido ascendido y con el puesto venía la responsabilidad de instalar un nuevo y brillante centro comercial en esta tierra de nadie que había ganado popularidad durante los últimos años por su gran cantidad de lagos y pequeña playa de inusual arena blanca en la zona. Había ciertas cosas de las que tendría que hacerse cargo, tareas no demasiado agradables, pero solía ser así en el mundo de los negocios. Si quieren mi opinión, el ascenso no había sido más que una excusa para que mi padre aceptara aquella responsabilidad, una carga que nadie quería encima, pero el dinero era incluso mejor de lo que ganaba antes. Por su parte, mi madre estaba encantada con la idea de una casa con vistas al mar y la perspectiva de nuevas amistades con las que transformar este pueblecito en algo digno donde sus antiguas amistades vinieran a vacacionar.

Después de que mi padre aceptara el trabajo todo pasó muy rápido, en apenas un par de semanas él y mi madre viajaron hasta aquí para comprar nuestra nueva casa, en unos días la empresa de mudanza estaba metiendo nuestras cosas en cajas cuidadosamente rotuladas. En un abrir y cerrar de ojos estábamos instalados en nuestro nuevo hogar, con muebles y vecinos nuevos que nos invitaban a una invariable velada de parrilladas y tardes de piscinas que se asomaban sobre el mar como mi madre tanto lo había soñado.

De alguna manera todo eso había terminado conmigo y Rocha besándonos una tarde, y la siguiente y la siguiente a esa, hasta que sus amigos (y ahora los míos) asumieron que éramos novios y luego realmente lo fuimos porque ese era el curso natural de las cosas. No era una queja; Rocha era verdaderamente hermosa, de personalidad fuerte y un gusto impecable por la moda, y lo cierto es que el ser visto con ella ayudaba bastante a la nueva imagen que deseaba proyectar, así como yo ayudaba a la imagen de que ella podía conseguir lo que fuera que ella tanto deseaba. En ese sentido, nos habíamos entendido a la perfección desde el primer momento. Además, besaba bien y sabía cómo divertirse, así que a lo largo del verano me había dejado arrastrar a cuanto evento social le parecía imprescindible y al menos así no había tenido oportunidad de extrañar tanto las abarrotadas calles de la ciudad.

—Blas, mi amor —dijo Rocha poniendo una mano sobre mi pierna—. ¿Estás escuchándome?

—No —admití—, perdón. Estaba pendiente del mapa, de alguna manera siempre logro perderme por aquí.

—Ya te acostumbrarás —me aseguró restándole importancia—. Te preguntaba si tenías ganas de ir a la fiesta del fin del verano esta noche.

—¿No estamos yendo ahora a la fiesta del fin del verano? —pregunté confundido­— ¿No es por eso que tuve que comprar una corona de bayas?

—No seas tonto —me reprendió—. Hablo de la fiesta fiesta, para celebrar como se debe. Al picnic al que vamos solo se le dice fiesta para que los niños pequeños no se sientan excluidos de las celebraciones.

—Pensé que era un gran festejo local…

—Dobla aquí —me dijo, y lo hice aunque el mapa indicaba otra cosa—. Bueno, sí, es una tradición, pero eso no evita que podamos divertirnos un poco más por nuestra cuenta. Además, más que nada voy porque el mercadito y el jardín donde se hacen los picnics son el lugar perfecto para mostrar el mejor outfit del verano. Ya sabes, es una de esas reglas no escritas de las que todo el mundo está al tanto.

La escuchaba solo a medias, concentrado en seguir la nueva ruta que marcaba el mapa. Rocha hacía eso a menudo, me desviaba de la ruta principal para poder hacer una entrada. A mí no me molestaba, pero me habría gustado que fuera más transparente con sus razones en vez de pretender que una ruta que nos desviaba al menos un par de kilómetros resultaba más conveniente que la original.

—Ahora temo que mi ropa no esté a la altura —bromeé por decir algo. Sí lo estaba, por lo demás, el buen gusto al vestirnos era algo que ambos compartíamos.

—Lo cierto es que podrías haberte esforzado más —se burló con una sonrisa—. Pero te perdono por ser tan lindo.

Dicho esto, Rocha se apoyó en mi hombro y comenzó a jugar con el cuello de mi camisa floreada, moviendo sus dedos entre los botones y la piel expuesta de mi pecho. La dejé divertirse un rato mientras me estacionaba en el reservado de su padre en el estacionamiento que ya estaba prácticamente lleno. Uno de los muchos beneficios de que su padre fuera el gobernador de la provincia era tener siempre a disposición un buen lugar para dejar el auto, aunque a Rocha le gustara llegar ‘elegantemente tarde’ a todos los sitios.

—Ya llegamos —anuncié cuando hube apagado el motor.

—Dame un último beso antes de retocarme el labial —pidió, y accedí con ganas. Su maquillaje siempre era espléndido pero la textura del gloss que usaba no terminaba de gustarme al momento de besarla.

—¿De verdad tengo que usar esto? —le pregunté mientras me ponía la corona de bayas sobre mi cabeza rasurada. Rocha solo asintió mientras se retocaba, aburrida ya de que le preguntara lo mismo.

Ella misma tenía una corona de margaritas sobre su cabello cuidadosamente trenzado, y mientras me parecía que veía preciosa, me era difícil entender por qué los hombres se prestaban para semejante estupidez como un adorno de bayas. De donde venía, los novios de chicas como Rocha jamás se habrían dejado ver usando algo como eso, pero en aquí en el pueblo parecían ser más permisivos al respecto, puesto que cuando llegamos al sitio del picnic donde ya nos esperaban sus amigos, todos los demás chicos llevaban también su corona de frutas. Bueno, me dije, al menos no seré el único.

—¡Blas! —me saludó Emil con un breve juego de manos que compartía con los demás chicos del grupo. Los demás me saludaron desde la mesa, mientras las amigas de Rocha la abrazaban como si no se hubieran en mucho tiempo—. Bonita corona —dijo, y no estaba seguro de si estaba siendo sarcástico o no a pesar de que el también llevaba una.

—Lo mismo digo —dije sentándome.

Alguien había llenado de grandes cojines para que fuera más cómodo almorzar, y una enorme manta se extendía sobre el césped. Repartidas encima de ella había una nevera portátil con cervezas y una botella de licor de cereza, de comida ni hablar, Rocha me había dicho que solo aquellos sin dinero traían sus propios bocadillos, que la gracia era pasearse por los distintos puestos del mercadillo y comprar comida que realmente valiera la pena. En mi opinión, la comida que preparaban la mujer que trabajaba en la casa de Rocha habría sido perfecta, y la de mi propia casa no estaba nada mal, pero no valía la pena decir nada. Estos chicos tenían dinero, y al igual que a mis amigos en la ciudad, les gustaba que se notara. Tuve que reprimir una sonrisa al pensar en cómo se verían todos estos chicos en los ojos de los chicos de mi escuela anterior; era cierto que tenían dinero, y sus casas no tenían nada que envidiarles a la que había dejado atrás, pero había algo intrínsicamente… pueblerino en ellos. Definitivamente me llevaría un tiempo acostumbrarme.

—Ya se habían tardado —se quejó Lola, ella y Rocha mantenían una rivalidad que se escondía bajo abrazos y selfies. Nunca dejaban pasar ninguno de sus deslices—. Unos minutos más y habríamos comenzado sin ustedes.

—Ya —desestimó mi novia—. Todavía no se ha llenado, estoy segura de que todavía queda de todo.

—Quizás tengas razón —admitió Amelia—, pero de todas formas es mejor darnos prisa. Los mejores puestos se quedan sin bocadillos rápido.

—Blas, ¿podrías ir tú? —me pidió Rocha—. Ya iré más tarde contigo para ver la parte de las artesanías, por ahora prefiero cuidar mis pies —dijo mirando significativamente sus zapatos de tacón—. Tráeme una ensalada, o lo que sea mientras sea bajo en grasa, ¿sí, amor?

—Pero… —ni siquiera estaba seguro de saber qué cosas le gustaban.

—Vamos campeón —me llamó Emil, riendo—. Yo te ayudaré.

Nos alejamos de la zona de picnic mientras los demás muchachos se burlaban de las elecciones culinarias de las chicas. Me mantuve callado todo el trayecto al mercadillo, ya que apenas entendía nada de lo que estaban hablando, pero gracias a eso, cuando llegamos ya tenía más o menos una idea de lo que debía comprarle a Rocha.

Aunque Emil dijo que me ayudaría a conseguir la comida, desapareció junto con los demás tras el olor de las patatas asadas. Por mi parte me decidí a caminar a una distancia prudente de los puestos, mirándolos de lejos y acercándome cuando algo me llamaba la atención. Por lo que podía ver, la gastronomía del mercadillo variaba mucho de puesto en puesto, con solo algunos platos locales que se repetían y que no parecían ser lo que Rocha tenía en mente cuando me pidió un plato ‘bajo en grasa’. Entre los panes de cebolla, pasta con queso y puestos de pasteles, encontré un carrito que vendía ensaladas coloridas y decoradas con bayas como las que traía en la cabeza. Escogí una que traía una mezcla de hojas que parecían maleza, nueces y frambuesas con una salsa que se veía y olía como vinagre pero que la cocinera me aseguró que no lo era, y lo complementé con un jugo de pomelo. Para mí compré una tradicional ensalada césar, porque no tenía ganas de ir a otro lugar, y me encaminé de vuelta a la zona de picnic.

En el lado opuesto del mercadillo había un puesto donde un grupo de chicas y sus madres se habían congregado. Sobre una mesa larga, había una gran cantidad de pasteles, galletas y bollos decorados en colores suaves y altas torres de crema y merengue. Me acerqué, curioso por lo atractivo de los diseños, y vi que también tenían varios tarros de mermelada, postres en envases desechables y pan dulce. Entre ellos encontré una elegante copa llena hasta el tope con el tiramisú más apetitoso que había visto, y recordé que a Rocha le gustaba mucho el café. Un postre no le haría daño, especialmente en un día donde todo el mundo estaba disfrutando de la comida sin ninguna culpa.

Me puse a la fila tras las mujeres pensando que tendría que esperar, pero en seguida un chico que debía tener mi edad me saludó y preguntó en qué podía ayudarme. Llevaba el cabello teñido de color morado deslavado y su rostro estaba cubierto de pecas, tenía una paleta que había estado comiendo en la mano, y se notaba por el estado de su cuerpo que disfrutaba de la pastelería que estaba vendiendo. Le pedí el tiramisú, y lo puso alegre sobre la bandeja junto a la ensalada, completamente ignorante de que lo había estado juzgando hasta hace un momento. Después de que le pagara, me entregó una tarjeta de color rosa y me deseó un buen día antes de volverse a atender al siguiente cliente.

Incómodo, me apuré a volver a donde estaban Rocha y los demás. Había algo en su sonrisa que me había perturbado, o quizás habían sido sus ojos… lo cierto es que no sabía exactamente qué, pero incluso me alegré de que mi novia se quejara de mis elecciones culinarias, porque me estaba costando sacármelo de la cabeza.

—Ay, Blas —dijo arrugando la nariz—. Esto es salsa de cebolla dulce.

—¿No te gusta la cebolla?

—No, la cebolla está bien. Pero ¿acaso no sabes todo el azúcar que tiene?

—Oh —fue mi única reacción—. Entonces quizás quieras compartir este tiramisú con tus amigas.

—¿Me compraste un postre? —me acusó, molesta—. Blas, ¡te dije que bajo en grasa!

En ese punto todo el mundo alrededor de la manta estaba mirándonos, por suerte, Amelia, la mejor amiga de Rocha, puso la mano en su hombro para distraerla.

—No seas dura con él —le dijo en tono de broma—. Ese tiramisú tiene una pinta espectacular, ¿no es cierto chicas? No creo que tengamos problemas en terminarlo entre todas.

—Sí —estuvo de acuerdo Marianne—, además estamos de fiesta.

—Y ya tienes un cuerpazo —añadió Emil—. No tienes de qué preocuparte.

—Así es —le aseguré, rodeándole la cintura con mi brazo. No se me escapaba la forma en que la miraba, pero Rocha se apegó a mí—. Además, se ve bastante bien, mira, prueba un poco.

Tomé la cucharita con un poco de postre y se la acerqué a la boca, atento a la reacción de Emil. Rocha estaba igual de atenta a la reacción de sus amigas, y no podía culparla. No importaba si los chicos que eran parte de su grupo eran mejores que yo, yo era la novedad y ella estaba marcando territorio. Por mí estaba bien, no me molestaba que me usara para probarse algo a sí misma, porque era exactamente lo mismo que yo estaba haciendo con ella. No fue sólo la ciudad y mis amigos lo que dejé atrás cuando mis padres me trajeron a este pueblo, sino también el antiguo Blas. No todos tenían la oportunidad de empezar de nuevo en un lugar diferente, pero yo sí, y estaba decidido a sacar algo bueno de todo esto, aunque fuera difícil al comienzo.

—Esto está delicioso —comentó Amelia sacando una segunda cucharada—. Marianne pruébalo, es incluso mejor que el que hace Celia en la casa de Rocha.

—Es cierto —Rocha le dio la razón—. Y Celia cocina muy bien.

—No puedo —dijo Marianne, hastiada—. Soy vegana, ¿recuerdan?

—Ay sí, es cierto, lo siento —se disculpó Amelia.

—Tú te lo pierdes —le dijo Rocha, como si ella misma no se hubiera negado a comerlo en un comienzo.

—Oigan, aquí dice que es vegano —dije leyendo la tarjeta que el chico había dejado junto a mi bowl de ensalada—. Al menos eso creo, tiene ese logo de una V terminada en una hoja.

—¿En serio? —preguntó Marianne—. Déjame ver eso.

Se lo di, algo apenado de que sus amigas no la apoyaran. Sonrió al comprobar la etiqueta, y su rostro se iluminó al probar el postre. Rocha le dijo que podía quedárselo, y se guardó la tarjeta en el bolso sin siquiera darle una mirada. Finalmente se comió la ensalada luego de haber sacado todo el aderezo posible, pero me agradeció las frambuesas, y Emil confirmó que eran su fruta favorita. Habría dicho algo, pero en ese momento una chica con un enorme vestido rosa pasó cerca de nuestro picnic, y tras de ella, iba el chico de cabello morado.

30 de Diciembre de 2020 a las 03:11 0 Reporte Insertar Seguir historia
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