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A treinta minutos de la medianoche.

Faltaban treinta minutos para que el años 2020 terminase, había sido un tiempo de dolor, sufrimiento y pérdidas. La pandemia había golpeado a todo el mundo por igual. Sin embargo, así como de las grandes desdichas suelen generarse los más increíbles fenómenos de esperanza, ese tiempo no fue la excepción.


Carla pensó que lo había perdido todo en su vida: sus padres, su casa, incluso su mascota. Todos formaban parte del otro lado ahora. Un incendió, un virus tan misterioso como avasallador, un restricción de volver a su provincia natal, todas causas tan diversas como terribles, la habían golpeado al mismo tiempo.


Algunas veces no hay tiempo para levantar la guardia, ni mucho menos para huir. En ciertas oportunidades, debía soportarse el golpe. Directo y pleno, sin intentos de esquivar, a toda certidumbre de que fuese lo que fuese, la Última Marea, hacia girar -tarde o temprano- todos los botes del mar.


Pero ella no estaba preparada, no estaba lista para decir adiós, no después de todo lo que perdió en esos meses. Había alcanzado un nivel tan profundo e intenso de dolor, que no lograba encontrar un solo sentimiento de bienestar. Se encontraba ella absolutamente adormecida. Era un fantasma jugando a respirar.


No obstante, una llama, pequeña y débil, aún ardía en el centro de su pecho. Tantas pérdidas y abandonos, tanto soltar, no se permitiría dejar aquello que sus otros más cercanos no pudieron mantener: al vida misma. Debía ser como una de esas esperanzas que germinaban en el centro del infierno, como una planta dura e incolora que crecía entre los pedazos calientes e infértiles del asfalto citadino.


Y por algún motivo extraño pero no por ello falto de energía, Carla decidió volver a una de sus bases. Resolvió buscar a su primer amor.


Así, en medio de toda esa muerte inesperada, ella buscaría una ilusión para aferrarse, algo que le diera sentido a su vida hasta el momento de partir.


Edgardo vivía a unos diez kilómetros de donde estaba ella. Carla debería sortear barreras, controles, pasos intermedios, y quién sabe qué otras cosas más para encontrarlo. Sabía por unas amigas que él todavía vivía en la casa de sus padres. Que se había recibido de ingeniero eléctrico y se había casado y separado en un lapso de cinco años.


Edgardo nunca más volvió a comunicarse con ella, aunque sabía que algo quedó sin cerrarse entre ambos: la sensación lejana de que aun restaba algo de vigor en lo que habían construido juntos. Pero las equivocaciones propias de la adolescencia, la impulsividad y mezcla de emociones de ambos, los habían separado muchos tiempo antes de lo que debería, dejando en la adolescencia de cada uno una marca a fuego que se encendía en los momentos de tinieblas. Y nada más tenebroso y oscuro que ese año de pandemia.


«No sé qué es de su vida actualmente», pero tengo que averiguarlo.


Empacó sus cosas en la mochila y comenzó a caminar en dirección a donde recordaba que estaba la casa de Edgardo.


«Sus padres están muertos» recordó, «Verónica me lo contó el año pasado».


—Pero él no, —se dijo, y retomó la marcha con absoluta decisión.


A medida que avanzaba, Carla compartía sus pensamientos no solo con el viento, sino con alguien más que no podía escuchar, pero que indefectiblemente parecía completar todo lo que ella reverberaba, como una especie de mantra vigorizante que la ayudaba a dar un paso después del otro.


Hablaba de una forma poética, de esas inexplicables que solo aparecen en momentos de gran anhelo y devoción:


—Muchas historias de amor han recorrido los infinitos cielos nocturnos, buscando un significado concreto y sincero en este mundo. Muchas historias de amor he vivido a lo largo de mis cansados años de vida. Sin embargo, ninguna ha podido siquiera pisar los talones de tus rastros, de tus recuerdos y tu aromática presencia. A veces me pregunto cómo habría sido mi existencia si jamás te hubieras cruzado en mi camino. Quiero ver el cielo y sentirte rondar mi sangre, como en aquellos días de juventud que devoraban ferozmente mi cuerpo y mente. Días en los cuales tu nombre, era sinónimo de rebeldía y libertad.


En otro lado, aunque aún estático y sin movimiento, un tanto más inseguro y desconfiado, alguien más completaba sus sentimientos:


Solo tu me has hecho sentir completo y a gusto conmigo mismo; tú has sido el amor de mi vida y fielmente te declaro que lo seguirás siendo hasta el final de mis enfermos atardeceres.


Recuerdo en mi infancia casi olvidada, como los señores de edad hablaban de tí a mis espaldas, y eso me intrigaba aún más. Recuerdo incluso, los traumáticos discursos de mi madre al sentir tu perfume en mi ropa, sin nombrar los mudos consejos de mi padre sobre nuestro futuro juntos. Creo que siempre supe que acabarías por encontrarme, y yo por aceptarte.


Aquella primera vez, cuando mis manos temblaban y retorcías mi aire mareando y brindando pasajeras náuseas a mi razón, una neblina espesa y mágica envolviendo mi cuerpo, dejándome soñar, dejándome respirar en toxicidad.


Eran largas noches de dolor y cuestionamientos, hasta que tú aparecías. Era como volar por las nubes, como poder tocar el cielo con mis húmedos dedos y volver con ganas de emprender un nuevo viaje. Nunca me faltaste, admito que había momentos en que te abandonaba e incluso buscaba mi indiferencia, pero jamás pude lograrlo.


Tu suavidad y sensualidad me arrastraban sin control, tú llevabas las riendas de mi salud a abismos empinados y peligrosos. Quien no ha vivido en tus labios, no ha vivido realmente.


Has retardado mis viajes y prolongado mis retrasos, has irrumpido en cada espacio privado que he creado. Me tomas por sorpresa en la madrugada y lloro a ti en mis noches de insomnio. ¿Acaso eso era amor?, ¿acaso tú me amabas como yo lo hacía?


Son incontables las veces que te hallé en brazos ajenos y escuché de tus muchas formas y nombres; que recorres el mundo envenenando y acortando las vidas de millones de hombres, a cambio de falsa tranquilidad y comprensión. Pero igual te amo y perdono tu infidelidad, porque el amor todo lo perdona, todo lo comprende. Yo daría ciega, y quizás tontamente mi vida por ti. Por sólo rozarte, por sólo probarte una vez más.


Estos días han sido eternos sin tu presencia, las mañanas se vuelven dolorosas y arrepentidas. Al despertar, sólo deseo volver a cerrar mis ojos y poder soñar contigo. Tu olor me es familiar en muchos lugares y sé que no hay día en que no hayas aparecido en mi vida. Nunca dejaré de amarte, te lo juro.


¿Recuerdas aquella tarde de otoño?, aquel caluroso miércoles de abril; cuando cerré la puerta y dije adiós para siempre...


Y así de amargo como podía resultar el destino de forma tan inesperada, de la misma manera que lograba sorprender en lo terrible del vivir, así también sorprendía -desde el extraordinario don de la esperanza-, con sucesos asombrosos y de una calidez incomparable.


Al doblar la esquina, con la medianoche del año viejo cargándola sobre sus hombros, a pocos metros de la casa de Edgardo, Carla lo vio caminando hacia ella. Solitario, decidido y enamorado.


—Te estaba yendo a buscar —le dijo, como si los años no hubiesen pasado entre ambos.


—Somos dos entonces —respondió ella, sellando sus palabras con un beso.


Así, minutos antes de finalizar el año, volvieron a encontrarse. Y esta vez, no se separaron hasta que, muchos años después, la Última Ola volteó al mismo tiempo los barcos de ambos.



Fin.





12 de Diciembre de 2020 a las 14:52 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Gabriel Mazzaro Alguien más...

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