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louisernandes Louiser Nandes

Es un micro-relato que deja un final abierto a la expectativa e interpretación del lector.


Cuento Todo público.

#crimen
Cuento corto
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¿DÓNDE ESTÁ MAMY?


—Ramiro préstame tu camioneta. Necesito ir a la capital y ya ves como son las viejas de tercas; están chingue y chingue que no se quieren ir en el camión. Échame la mano, es más, cuando regresemos de allá le digo a la Mamy que te presente a su prima, al cabo que en el camino yo las convenzo de que salgamos los cuatro juntos. Dime antes de ponerle otra moneda al teléfono porque se va a cortar...

—¿Qué te dijo Ramiro?

—¡Que simón! Ya ven muchachas, les dije que si es chido. Nomas espérenme en lo que voy por las llaves y ya nos vamos.

Arturo salió corriendo de la única tienda en el pueblo que tenía un teléfono público y se dirigió a la casa. Si se apresuraba podía llegar antes de que Ramiro regresara de trabajar y ni se daría cuenta de que se había llevado la camioneta. El chulas ya no ladraba tanto. Hasta parecía que se había acostumbrado a que se brincara y las llaves estaban en donde mismo.

—Te digo Mamy que los hombres están bien locos. Por querer regresar de la capital más noche hasta pidió una camioneta.

—Pues si, pero mejor para nosotras, yo no quería irme en camión y además nunca vamos a la capital. Anímate Carlita nomas va a ser un rato.

—Pues ya que.

—Tu tranquila y yo nerviosa…y ya mejor cállate que se me hace que ahí viene y nos va a escuchar.

Del pueblo a la capital se hacían tres horas en camión pero la mayoría de los pueblerinos preferían cortar camino por la sierra a pesar de que el lugar era más peligroso.

—¿Y tú cómo te llamas?

—Mi prima se llama Carlita, pero como no ha salido con muchachos, pues es más calmada.

—¿Entonces tú eres más aventada o qué Mamy?

—No pues. Lo normal.

—Deberíamos de salir junto con Ramiro un día de estos, así nos vamos en parejita y a Carlita se le quita lo miedosa.

—Si Carlita quiere, pues sí.

—¿Vas a querer Carlita?

—Pues ya veremos

En el templo de la capital siempre había fiesta los sábados y era común ver a todos los muchachos cayéndose de borrachos. Aunque también había juegos mecánicos, algodones de azúcar y una casa del terror que daba más lástima que miedo; ya que había agarrado fama porque los niños decían que ahí mataban gente para colgarla de adorno.

—Aquí mero es muchachas, les dije que por la sierra llegábamos rápido. ¿Qué, nos tomamos un tequilita?

—Yo si me lo tomo Arturo.

—¿Y tú Carlita?

—Pues, poquito nomas.

Las botellas tintineaban en el piso que yacía apestoso de aguardiente. Ya no había música a las dos de la mañana y Carlita en una banca no sabía si vomitar por el alcohol o por el sonido que emitía la lengua de Arturo al besarse con su prima.

—Ya vámonos Mamy, me siento mal. Además ya es bien tarde y nos van a regañar.

—Pues que nos regañen Carlita.

—Estás loca, yo me largo en el autobús que salga primero.

—Pues vete.

La estación no quedaba lejos y el alcohol le dio el valor que se necesitaba para marcharse de ahí. Además de que sabía perfectamente que su prima era de carrera larga y siempre se amanecía cuando andaba borracha.

—Que bueno que se largó el estorbo, Ya bésame Arturo.

—No, tengo una mejor idea. Además tu prima tiene razón tenemos que llegar a dejar la camioneta con Ramirillo.

De la capital al pueblo se hacía hora y media en la camioneta, así que les quedaba un poco de tiempo para aprovechar que estaban a solas, y la sierra era el lugar perfecto. Al llegar no habían pasado ni cinco segundos cuando su blusa salió volando hacia los matorrales dejándose rasgar por las espinas. Arturo siempre se daba su tiempo para medir los pechos y compararlos con los de las otras mujeres, después la falda se iba junto con las bragas. Besaba sus pies y le pasaba la lengua a cada uno de sus dedos para lubricarlos. El secreto estaba en mirarlas a los ojos cada que las penetraba dura y repetidamente. Le excitaba contemplar un rostro perdiendo el control de sus facciones cuando con sus manos presionaba sus pequeños pechos. Era el acto que solo podía ser obra de un desconocido. Después, tranquilamente subía a su cuello y en ese pequeño pedazo de cielo quedaba completamente dormido.

—¡Ramiro¡

—¿Dónde demonios estás Arturo, son las cuatro de la mañana y por qué te llevaste la camioneta?

—¡Ramiro escúchame! Ya no traigo más monedas para el teléfono. ¡Por favor necesito que me ayudes! ¡No encuentro a Mamy¡ Me quedé dormido en la sierra y cuando desperté ya no estaba.

—Cálmate Arturo, voy para allá.

La noche era peligrosa en Santuario. Para llegar a la sierra se debía de atravesar el río y si subía la corriente era imposible cruzarlo.

—¡Ramiro pensé que nunca ibas a llegar! ¡Por favor ayúdame!

—Necesitas calmarte Arturo. Serénate.

—¡No puedo Ramiro! Tenemos que encontrarla, entiende.

—Arturo, todavía está muy obscuro y no se ve nada, espérate a que amanezca un poco.

—¡Entiende que necesito encontrarla!

—Arturo no inventes, si apenas la conoces. Se fue sin decir adiós, no es para tanto.

—¡Necesito encontrarla Ramiro!

—Yo no sé porqué le das tanta importancia.

— ¡Ayúdame Ramirillo! Por el amor de dios.

—¿Pero por qué tanta urgencia?

—Porque cuando me quedé dormido ella ya estaba muerta.


27 de Noviembre de 2020 a las 09:31 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

Conoce al autor

Louiser Nandes Nacido el 22 de junio de 1992 En Guadalajara, Jalisco. México.

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