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jancev Jancev

La navidad puede ser muy fría, si quien mantiene tibias tus manos desaparece sin decir adiós... Jules tendrá una navidad llena de desesperanza y melancolía, hasta que una estrella plateada de navidad, le conceda una oportunidad de cinco minutos, que cambiará su vida.


Drama Todo público.

#CategoríaSuspirando #NavidadenInkspired #inkspired
Cuento corto
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Cinco minutos de una navidad sin ti.


La navidad había cubierto de nieve las calles y contagiado de alegría los corazones, al menos eso parecía inundar el ambiente mientras caminábamos por la acera esquivando transeúntes y sintiéndonos en nuestro propio mundo.

Habíamos disfrutado de la lectura de un libro en la librería más escondida de la ciudad, luego, hecho trampa en las máquinas de videojuegos de un pequeño local y por último, probado más de diez sabores de helado en la recién inaugurada paletería.

Ninguna era una actividad propia de adultos, ni mucho menos de jóvenes emprendedores que normalmente tenían que vivir detrás de un escritorio con costosos trajes y en aburridas reuniones, pero Jake siempre encontraba la manera perfecta de hacernos olvidar quienes éramos para disfrutar de quienes deseábamos ser.

Y lo mejor de poder ser yo, era estar con ese irreverente ser.

Nos detuvimos frente a un gigantesco árbol de navidad que se erigía en medio de la plaza, la nieve cubría los gorros, las chaquetas y las bufandas mientras el hermoso hombre frente a mí, besaba nuestras manos unidas.

—¿Cuánto me amas? —preguntó mientras su aliento rozaba mis dedos.

Había olvidado mis guantes, y cuando me negué a usar los suyos, entonces decidió calentar nuestras manos juntas durante todo nuestro trayecto

Mi corazón latía con fuerza, como si quisiera salirse de mi pecho solo por estar con él, solo por oír su risa o ver el dulce hoyuelo en su mejilla, ¿cómo podía ser tan alto y fornido y parecerme tan adorable?

—Mucho —respondí, enterrando la cabeza entre su pecho.

Él sabía cuánto me apenaba demostrar afecto, pero también sabía que no podía negarme a sus ojos ámbar, diáfanos y suplicantes.

—¿Cuánto es mucho? —insistió, dando delicados besos en mi frente.

Con solo eso, mi corazón se hinchaba de gozo y mis sentimientos no hallaban cómo detenerse.

—Hasta la luna y de regreso —musité débilmente, degustando su suave aroma almizclado invadiendo mi olfato y todos los recovecos de mi mente.

—¿Eso es mucho? —alegó riendo, levantó mi rostro y me robaba un beso.

Y su risa, su aliento, y sus brazos a mi alrededor eran lo único que necesitaba para dejar de lado mis inhibiciones y ser sincera sobre los sentimientos que albergaba.

—Jake Evans, te amo con cada uno de los latidos de mi corazón, hoy y para toda la vida. ¿Te es suficiente? —pregunté mirándolo a los ojos.

Su sonrisa se ensanchó antes de que sus hermosos orbes se oscurecieran, rodeó mi rostro con sus palmas y pronunció:

—Y yo te amo con todos los latidos de mi corazón para toda la eternidad, en esta vida y las siguientes, incluso cuando mi corazón no lata, estará resonando junto al tuyo —confesó.

Jake era madurez y juventud, calma y diversión, sosiego y pasión, ¿Cómo es que de todo el cúmulo de personas en el mundo, él había elegido a mi pobre alma sombría?

—Dios, que tontos somos —Las personas atareadas de bolsas y regalos nos veían con recelo— No hablemos de muerte, es de mala suerte.

—No hay nada que temer, nada me alejará de ti —afirmó.

—¿Lo prometes? —inquirí, olvidando que era una adulta, dejando de lado la seguridad que manejaba día a día, porque cuando se trataba de Jake, nada de eso prevalecía.

Jake juntó una vez más nuestras manos y cual niños pequeños, cruzó nuestros dedos meñiques en una tonta “Pinky promise”.

—Lo prometo.

Y aunque todo era incierto, creí ciegamente en esa promesa.



La puntual y traicionera alarma del reloj, me sacó de mi sueño, y desperté sola sobre las sábanas de lino en las que nunca más le sentiría.

Odiaba soñar contigo, Jake… y despertar en una realidad sin ti.

El sonido estruendoso del reloj solo aumentó el dolor de mi cabeza, y a pesar de estirar mi brazo para callar al instrumento infernal, no lo logré, así que me levanté con mil improperios y lo estrellé contra el piso, mirando con un poco más de calma los trozos desperdigados en la alfombra.

«Bien, amigo, ahora estamos iguales».

Tal vez debería arreglarlo, sabiendo que no quedaría igual, así como yo no era la misma desde que me había roto en mil pedazos.

Ya había perdido medio día de trabajo, una nueva proeza…

Me acerqué a la ventana, la nieve cubría las calles abarrotadas y por los colores verdes y rojos que en la lejanía observaba moviéndose como hormigas… Hoy era ese día.

El día en que Jake rompió su promesa.

Maldita navidad.

La vibración del teléfono aumentó mi mal humor, en su pantalla se reflejaba el nombre de mi madre.

Suspiré con fuerza, sabiendo que era momento de comenzar el día, me trasladé hasta el tocador y me arreglé todo lo que el ánimo me permitía, vestí mi cuerpo con ropaje negro que desde hacía un año no abandonaba y trencé mi cabello con cuidado, no deseando sentirlo en mi cara, lo único que me costó fue cubrir las ojeras bajo mis ojos, pero no había nada que el maquillaje no disfrazara.

Me observé unos segundos en el espejo, no logrando realmente sostenerle la mirada al reflejo lastimero que allí se encontraba.

¿Realmente había pasado un año?

El calendario lo anunciaba, pero el dolor en mi pecho sin importar los días, nunca aminoraba. Todos los días dolían como ese día. Mi cuerpo pesaba más de lo humanamente posible, tal vez era la insondable piedra en mi pecho que aplastaba mi corazón, ya no podía sentir mis pulsaciones, sin el resonar de los latidos de su corazón, el funcionamiento del mío no tenía sentido.

Pero eso terminaría hoy.

Abandoné las cuatro paredes a las que en tu presencia llamé hogar y ahora solo acogían mis pesadillas y conduje hasta la oficina, tratando de ignorar cada risa y detalle navideño que atiborraba las esquinas, las trancas eran imposibles de evadir, y mi cómodo auto terminó siendo inservible para alcanzar mi fin. Lo dejé aparcado a dos cuadras y tomando mi maleta y bufanda, me dispuse a caminar con la nieve cayendo sobre mi cabeza y haciendo cada recuerdo revivir.

No quería odiar al mundo, pero no sabía cómo evitarlo, tú seguramente tendrías una respuesta para eso, pero yo seguía aquí sola en un mundo al que ya no pertenecías.

Con cada paso que daba, podía distinguir tu silueta en los hombres frente a mí, con cada risa que escuchaba miraba los hoyuelos que se formaban en tus mejillas al sonreír, con cada mano entrelazada, miraba la mía resentir el frío y la soledad que nunca podría revertir.

Sentía envidia de las personas que me rodeaban, siendo felices por el hecho de vivir, yo ya no recordaba qué se sentía estar viva, solo sentía pesadez y remordimiento de no haber acudido a ti.

Toqué la puerta de vidrio del edificio y la calidez de su interior me recibió, sacudí la nieve de mi abrigo y me dirigí al primer ascensor disponible que encontré, antes de mí, ingresó una mujer atareada de bolsas y una pequeña encima, que al verme me ha dedicado una sonrisa que no pude corresponder.

Con nostalgia recordé lo fácil que era ser feliz cuando niña, y ahora, no sabía qué esperar de la vida. Rememoré las ilusiones de en un futuro planificado tener una niña con Jake, que en honor a su madre se llamaría Kate.

La niña notó mi rostro agrió y por la luz en su mirada, las travesuras la carcomían, tomó su bufanda colorida y la lanzó sobre mis hombros con una mirada complacida, dándole color a mi cuerpo cubierto de tonos sombríos.

Sopesé arrancarme la bufanda pero sin querer importunar a la niña, decidí no hacer nada hasta que bajáramos de aquella guillotina, al final no era su culpa que yo viviera por inercia odiando cada minuto de mi existencia marchita.

El ascensor se abrió y le tendí amablemente la bufanda a la madre avergonzada mientras caminaba hasta el final del pasillo hasta mi segunda morada. Dejé mi abrigo en el perchero y tomé un vaso de agua, sentándome en mi asiento y sacando las pastillas ya tan acostumbradas del cajón más cercano y tragándolas en una sola pasada.

Cerré los ojos con fuerza, tratando de dejar atrás la migraña que me atacaba. Solo debía atender un par de imprevistos y terminaría antes de que el frío nocturno arreciara, dejaría todo arreglado y emprendería mi última hazaña…

—Así que has llegado, bien, coordinemos a qué hora llegarás a la cena de navidad —preguntó la voz chillona de mi hermana menor entrando a la oficina sin siquiera tocar.

—Hola, Marianne, ya he quedado de cenar con la madre de Jake —dije por salir del paso de las cenas navideñas que no deseaba contemplar.

—Justo he hablado con Kate esta mañana, está vacacionando en Cabo —pronunció con tono de reproche al sorprenderme en plena mentira.

Mi estómago rugió, no sabía qué me causaba mayor estupor, si saber que había sido descubierta en la mentira, o saber que su propia madre, apenas a un año de su partida parecía ya haberlo superado.

—Qué raro, no me avisó del cambio de planes —me burlé—. Supongo entonces que estaré ocupada durmiendo —confesé.

—Jules, por favor, tienes que abandonar esas cuatro paredes —sugirió—; salir, reunirte con la familia, con amigos, disfrutar… —Sabía que lo decía con la intención de ayudarme, eso era lo único que evitaba que la mirara mal.

—Estoy bien, no tengo ánimos de ir a fiestas —aclaré.

—No tienes ánimo de nada, he pasado por tu casa antes de venir, de nuevo no hay comida en tu despensa, ¿cuándo fue la última vez que comiste?

Ni siquiera lo recordaba, y lo peor, es que realmente no me importaba.

—Recordaré pasar por el Market antes de volver a casa, no te preocupes —prometí.

—Ven a nuestra casa —pidió con ojos de cachorro.

—Marianne… —suspiré.

—Estoy cansada de esto, Jules, no puedes seguir atada a él, seguir dañándote de esta manera, no puedo dejarte sola esta noche pensando que quizá se te ocurra una locura.

Y allí estaba el problema, el recuerdo de los días oscuros que acompañaron su partida y las decisiones que tomé en esos días. Sonreí con desgano, si supiera lo atinado de sus pensamientos se asustaría, pero no era el momento de que supiera nada, no volverían a impedirme alcanzarlo…

—Estaré bien, cumplo con mi trabajo, voy a las sesiones a las cuales me obligaron, ¿alguien te ha puesto una queja de mí?

—Jules, déjalo ir de una vez, esto no es vivir, él no hubiera querido esto para ti —sugirió.

Levanté mi cabeza y dirigí mi mirada a sus mezquinos ojos.

¿Vivir? Tenía razón, esto no era vivir, nadie más que yo para saber lo difícil que era levantar mi cuerpo de la cama.

—¿Qué sabes tú de lo que él hubiera querido? —espeté—. Ni siquiera pudiste respetar lo que yo hubiera querido.

—¡Te hicimos un favor! —exclamó sintiéndose ofendida— Cayó desde un risco, el auto se incendió. Nadie merecer ver en ese estado a un ser querido, Jules.

—¡Era mi decisión! Era yo quien debía afrontar las consecuencias de verlo así, de poder despedirme de él, de decir que hasta su último momento lo acompañé. Tú y la familia, me quitaron el derecho de honrar su partida —reproché, irguiéndome en mi puesto y enterrando las uñas en los reposabrazos de mi asiento.

—Él no lo merecía, sabes muy bien que una mujer desconocida lo acompañaba, mientras tú lo esperabas sola en un restaurant creyendo sus mentiras de que pronto llegaría. Él no es quien pensabas y es hora de que te des cuenta y sigas con tu vida.

—¡Basta! —grité, y empujé las cosas de mi escritorio al suelo, y entre todo lo que cayó, una bola de nieve que anteriormente había pedido que quitaran, se volvió trizas al impactar con la superficie fría.

No importó que personas afuera escucharan mi voz desgarrada, ni que la persona frente a mí fuera mi hermana, estaba hastiada de tantos rumores que tras bastidores se colaban, y me dolía que mi propia sangre quisiera manchar la memoria del único ser en quien yo confiaba.

Me repuse y alisé las arrugas de mi chaqueta antes de dirigirme a la puerta de la oficina y abrirla.

—Agradezco la invitación a la cena, pero no tengo ganas de aplaudir el quinto niño de la prima Inva, ni de sonreír efusivamente cuando tu novio te entregue la sortija que pidió para ti hace tres meses, puedo estar desequilibrada, pero aún no me va la hipocresía, y si alguien más de la “familia” viene aquí a hablarme de Jake, haz el favor de advertirles que no estoy de humor y que se alejen de mi vista.

—Jules…

—Vete, Marianne, que tengas una hermosa navidad.

Marianne salió cabizbaja de la oficina, mientras el nudo en mi garganta con cada segundo se hacía mayor, mi estómago ardía y mis ojos picaban con lágrimas que me negaba a dejar salir por quien no las merecía.

Si no pude llorar en su féretro, entonces las lágrimas no formarían parte de mi vida, porque no podía dejar de amarle, ni de recordar los tiempos de ambrosía, y era mi promesa segura que antes de poder encontrarme de nuevo con Jake, ni una lágrima lloraría.




Las horas pasaron con calma, dejando que el ultimo rayo de sol matutino se colara por las persianas, troné mis dedos sobre el teclado sintiendo cada dedo entumecido, ya casi terminaba con los reportes que con prisa requerían e incluso estaba dejando en orden cada una de las obligaciones futuras para mi reemplazo de año nuevo; todo estaba tomando su sitio perfecto.

Salí en búsqueda de un café en la máquina de expresos, por primera vez desde que había llegado, noté la oficina vacía, salvo el hombre de seguridad, ya todos habían partido con sus familias, todos menos yo, que igual que la oficina, estaba completamente vacía.

Regresé a mi lugar, me perdí entre el trabajo y mi flameante cappuccino, la nieve estaba arreciando y aunque no estaba afuera podía sentir el descenso en la temperatura, no me ilusioné con mis cavilaciones, seguramente era solo yo quien sentía aquella noche abrumadoramente fría.

Muchos cafés después, y horas de epifanía, no había nada más que atender al menos en la temporada de “alegría”.

Recogí todo el desorden causado por mi euforia con mi antigua compañía, limpiando el suelo de los fragmentos de la pequeña bola de navidad regalada por cortesía y mientras los vidrios cortaban superficialmente mis palmas pensé en la situación con mi familia.

Me extrañarían cuando partiera o finalmente sentirían paz luego de este año de pesadillas, realmente los amaba, aunque desde la muerte de Jake no lo parecía, pero el cascarón vacío en el que me convertí no podía compartir sus alegrías. Quizá con los años entendieran que no era culpa de Jake, que era solo culpa mía, que no era dependencia lo que me hacía una mujer tan sombría; era una decisión propia no poder ver la vida bella sin su sonrisa.

¿Jake me engañaba con una chica? Era imposible, no por falta de métodos, tampoco era tan ingenua sobre la vida, pero nuestra conexión no era cosa de solo cuerpos o de solo alegrías, era producto del conocimiento de nuestros miedos, verdades y mentiras. Solo conmigo era él, más allá de Jake, más allá de un estigma, y solo con él era yo, más que una chica bien vestida.

Pero Jake no había llegado a la que era nuestra última cita, realmente había dicho una mentira, y aunque lo amaba con locura, la duda me carcomía, por saber qué era lo que después de tantos años juntos, la mitad de mi alma me escondía.

«¿Por qué me mentiste Jake?»

«¿Por qué no llegaste ese día?»

«¿Por qué decidiste irte, y no me llevaste contigo?»

Tantas preguntas que me atormentaban y que soñaba con que al llegar al otro mundo, él me respondería.

Iría hasta ese acantilado, y antes de lanzarme al abismo, le rogaría a Dios, porque del otro lado de la vida, realmente me dejara tenerle.

Acomodé todos los libros por orden de primacía, recogí todos mis efectos personales y dejé cada una de las cartas que escribí para mi familia sobre una mesita de la esquina, abrí todas las persianas para disfrutar por última vez de la vista de la ciudad en una época en que antaño también encontraba llena de dicha.

Arreglé mi ropa, tomé mi abrigo, mi bufanda y las llaves del coche procediendo a abandonar la oficina, cerré la puerta con llave y caminé hasta el ascensor, yendo sobre mis pasos hacia mi última salida, presioné la planta baja y me recosté del metal, cerrando los ojos un segundo y deseando que por ser medianoche la calle no estuviera tan concurrida.

De pronto me rodeó la oscuridad y la guillotina de acero que me trasladaba hasta la planta baja, se detuvo causando un sonido chirriarte con el cual la migraña volvió a la vida.

¿Un corte de luz?

Realmente el destino me quería ver jodida, miserable en vida, y frustrándome la muerte.

Intenté buscar mi teléfono, pero por imbécil y suicida, olvidé tomarle del escritorio en la oficina, toqué la campana de emergencia y el silencio que se mantuvo me hizo maldecir a mi suerte, la oscuridad era tal que apenas y podía reconocerme y pese a que gritaba como histérica nadie vino a socorrerme.

«No habrá nadie, Jules, es navidad», sopesé.

Solo yo había decidido quedarme en un edificio sola solo por terquedad, me lancé en el suelo del ascensor frustrada sintiendo como el movimiento lo hizo vibrar, pensando que tal vez si brincaba como loca lo podría hacer caer, ¿pero a quién iba engañar?, era una persona tan perdedora que mis deseos no se cumplirían ni por ser navidad.

Y las horas pasaron, sintiendo la oscuridad y el desasosiego en mi alma aumentar, deseando no recordar con tanta precisión los detalles de aquella triste navidad, no pudiendo en aquel tétrico silencio escuchar la voz de Jake, y como le gustaba en mis oídos declarar que sería el amor de su vida hasta su último palpitar.

—Por favor vida —supliqué a la oscuridad—, permíteme dejar de sufrir, poder cumplir mi deseo de abandonar este lugar, la opresión en mi pecho no me deja respirar, ya no puedo seguir fingiendo que estaré bien en algún momento, cuando he perdido todas las ganas de luchar.

Y después de mucho tiempo, la paranoia me hizo rezar.

Jodido infierno el que hizo que mis plegarías llegaran a algún sitio, porque pronto escuché a alguien gritar, informando que traería apoyo para sacarme de aquella caja de metal, y mientras esperaba por mi rescate, esa misma voz peculiar, empezó a hablarme de su noche buena y del árbol emblema de la ciudad, que adornado con guirnaldas y luces de navidad, poseía un elemento secreto que hacía a todos suspirar.

Supuestamente sus estrellas plateadas guindadas en lo más alto del gran árbol tenían poderes mágicos imposibles de replicar, cada una de sus estrellas era capaz de cumplir un deseo especial, pero ese deseo debía nacer del corazón y no ser algo material.

Y mientras me amargaba a cada segundo por escuchar tonterías de navidad, sentí que no era la única desgraciada en el mundo perdiendo su tiempo en las vísperas… si el hombre que imaginaba era el guardia de seguridad, estaba pasando la noche entreteniéndome y parloteando sobre la mágica navidad.

«Trágica navidad», pensé.

La ayuda finalmente llegó, unos bomberos con mala cara abrieron a fuerza el ascensor arrastrándome con su fuerza por el espacio que pudieron liberar, y extenuada, desarreglada y sin aire agradecí sin mucha emoción el trabajo de chicos que al igual que yo deseaban estar en otra ubicación.

Una vez liberada del ascensor infernal, me despedí del hombre viejo que era el guardia de seguridad y me abalancé por las escaleras hasta que pudiera sentir la liberad, bajé los quince pisos a increíble velocidad, a pesar de no haber hecho ejercicio desde la anterior navidad.

Necesitaba llegar a mi destino. Necesitaba llegar a Jake.




La calle estaba casi vacía, alguno que otro rezagado caminaba en zigzag botella en la mano, suponiendo que la botella era su única compañía, podía aseverar que esas almas compartían un poco de mi desdicha.

Miré mi reloj, marcaba las tres y media de una madrugada fría y amarga para los que vagaban solos, suspiré con desgana viendo el vaho provocado por mi respiración y la helada.

Odiaba caminar sola, Odiaba la navidad y odiaba el frío, porque solo me hacían recordar con fiereza, que Jake ya no tomaría mi mano y la entrelazaría con la suya, que no besaría mis mejillas haciéndome sonrojar, ni me abrazaría al verme tiritar.

Porque él es la razón de mi frío y mi soledad.

«Solo un poco más», me repetía.

Solo tenía que caminar dos cuadras hasta donde había estacionado el auto, encenderlo y manejar hasta el sitio donde su alma y la mía se encontrarían. Deseaba tanto verlo que dolía, necesitaba que dejara de doler.

Al cruzar la primera cuadra me encontré con el gigantesco árbol de navidad, mostrándose imponente con su grandeza inesperada y que en mi anterior recorrido no quise realmente apreciar, pero era como el señor comentaba, insondable en altura y apenas en su pico se veían las supuestamente mágicas estrellas plateadas.

La nieve cubría su ramaje verde esmeralda y apenas y las luces navideñas sobrevivían a la nevada, todos los demás adornos se cubrían con el manto blanco que tanto detestaba.

Lo admiré unos segundos observando lo entramado de su decorado y las estrellas tan deseadas, decidí moverme, antes de que algo más me distrajera de lo que con tiempo había planificado.

Era hora de marcharse para no regresar.

Sin embargo, algo en el árbol acaparaba mi atención y antes de continuar mi trayecto, una de esas estrellas tan anheladas capaces de cumplir los deseos del corazón, cayó desde la punta del árbol y aterrizó sobre mi palma, como una señal del cielo, de esas en las que ya no confiaba.

El objeto navideño de cinco picos brillaba con elegancia y contra todo pronóstico del clima y la altura a la que se encontraba, la sensación de la estrella en mi mano… era sumamente cálida.

Decidí que si era mi día de morir, podría esperar un poco más.

Me senté desganada en la superficie de concreto que rodeaba al árbol y en un último acto de desvergüenza, decidí creer en algo más allá de mí, ese mismo algo a quien le pedí el regreso de Jake mil veces y decidió no escucharme, a quien le pedí que me llevara con él y se propuso ignorarme.

Cerré los ojos y musité.

—Si en realidad existe un Dios, o algún ser sobrenatural capaz de cumplir el deseo de mi corazón… entonces deseo cinco minutos a su lado.

Abrí los ojos, y claramente no estaba allí… pero comencé a llorar como niña por algo que desde el principio estaba destinado al fracaso.

Las lágrimas corrieron por mis mejillas, incumpliendo con la promesa que todo el año había mantenido indemne, solo que antes de caer al suelo, fueron capturadas por las dulces manos que cada día y cada noche añoraba.

No podía ser…

Contuve la respiración y me obligué a no parpadear, grabando con mis ojos, mis manos y mi alma, la vista del hombre que más amaba.

¿Realmente era él?

Levanté mi temblorosa mano, temiendo desde mis entrañas que al intentar tocarlo se esfumara, pero su mano tomó la mía y las entrelazó depositando un suave beso en ellas, como siempre lo hacía. Pude sentir piel contra piel, la caricia helada de sus labios y la calidez de la otra mitad de mi alma.

Me lancé a sus brazos mientras lloraba, llorando por un año de dolor, un año de silencio, un año de cargar con todo lo que guardaba. Lloré con alegría, con dolor y con rabia.

—¿Cómo? —pregunté mientras me reponía de una impresión imposible.

Ignorando la realidad, de si su presencia era un sueño o una alucinación causada por algún químico en la estrella plateada, decidí seguir el juego macabro que me hacía sentir viva, quizá solo eran Dios y el diablo disputándose mi alma.

Pero él estaba conmigo, y nada más importaba.

Jake sonrió con su tan característica calma.

—Los deseos solo funcionan si ambas almas están conectadas, lo que has pedido, yo también lo deseaba —susurró mientras me sujetaba.

—Quédate conmigo —pedí desesperada.

—Sabes que no puedo, mi alborada, solo tenemos cinco minutos —musitó sobre mi frente donde decenas de besos depositaba.

—Entonces llévame contigo —supliqué.

—Jamás te haría eso.

—¡Me lo debes! —reproché— ¡Tú no entiendes cuánto duele! ¡Rompiste tu promesa y me dejaste sola para vivir con las consecuencias! ¿Por qué?

—Yo no te abandoné.

—Solo dime por qué no llegaste ese día —exigí, soportando el dolor de que sus palabras confirmaran las sospechas de Marianne.

Jake me miró a los ojos con ilusión y con una sonrisa forzada, se perdió en sus pensamientos hasta que dijo:

—Era una sorpresa, solo tu abuela lo sabía, me entregó algo que atesoraba para que, llegado el día, lo colocara en la mano de la mujer que yo amaba.

Se alejó un poco de mí y se arrodilló en el pavimento mientras que de su abrigo, sacaba una pequeña cajita.

No. La vida no podía ser tan desgraciada. ¡No!

Jake sacó el anillo de la caja, aquel que tantas veces vi en las manos de mi abuela adorada, con un hermoso trabajo de pulitura y una frase grabada.

Mis latidos, para toda la eternidad.

Tomó mi mano entre las suyas y colocó el anillo en mi dedo anular, mientras mi mano derecha luchaba con las lágrimas que me abandonaban sin cesar.

— La mujer que me acompañaba era la intendente de la joyería que se encargó de adaptar el anillo para mi hermosa damita —explicó, acabando con todas los rumores que ponían en duda su valía—. En el accidente… lo perdí, pero necesitaba que supieras la verdad, no podía dejarte ir sin que supieras que nunca dejé, ni dejaré de amarte.

—No es justo, ¡esto no es malditamente justo! —grité a un cielo en pleno apogeo de amanecer— No me pidas que después de todo, te deje ir —musité.

—Tienes que hacerlo —dijo posando sus manos en mis mejillas.

—No —respondí tajante, sin saber qué tanto llanto podía salir de mi cuerpo a través de mis ojos.

—Jules… —repitió, tratando de unir nuestras frentes y que mirar fijamente sus cristalinos ojos.

—No, no y no. Yo ya estoy decidida… solo vine a esta fuente antes de ir a ti y eso no va cambiar.

—Jules, eres el amor de mi vida —profirió—. Conocerte siempre será el mejor regalo que pude tener.

—¡Y tú el mío!

La nieve parecía haberse detenido, porque en aquel instante, perfecto y cargado de aprehensión, no existía el frío. Mis manos lo apretaban con fuerza, intentando que el deseo de mi corazón fuera lo suficientemente fuerte como para mantenerlo a mi lado.

—No, Jules. El mejor regalo que tienes, es la vida —sentenció—. Tienes que vivir, conocer, llorar y reír, dejarme ir y hacer cada uno de tus sueños realidad y quizá, cuando llegue el momento y todavía me ames, yo te estaré esperándote, para toda la eternidad.

—No puedo, no puedo sin ti.

Jake parecía no entender que mis latidos se habían detenido el día que había partido, que todo seguía girando, menos yo, porque los días ya no eran brillantes sin sus bonitos ojos ámbar, que las noches eran asfixiantes sin su voz para calmarme.

—Puedes, ya te he procurado un año de dolor, no me hagas responsable de arrebatarte la vida —rozó nuestras narices como antaño siempre lo hacía— Hazlo por ti y por mí, si me amas como dices, déjame verte siendo feliz —imploró.

Ser feliz.

¿Qué era ser feliz?

Quería seguir renegando, quería seguir aferrándome a su cuerpo y a su amor, ¿pero de que valdría?

Si de verdad estaba allí, si realmente no estaba enloquecida, Jake había llegado para darle un cierre a mis dudas, para acabar con el remordimiento y para darme una oportunidad de dejarlo ir.

—No sé cómo hacerlo sin ti —confesé.

—No tienes que hacerlo sin mí, yo siempre estaré a tu lado, cada vez que tu corazón lata, el mío estará resonando a su lado —pronunció.

Miré sus ojos ambarinos antes de que sus labios atraparan los míos, en un beso profundamente suave, de cariño, adoración y amor, de saludo… y de despedida.

Cuando abrí los ojos, Jake ya se había ido.

Y mis labios se sintieron de nuevo helados, abandonados por el único ser que deseaba los mantuviera tibios.

—¡Jake! —grité a los cuatro vientos, y las calles vacían se repartieron el eco de mi sentir pero de Jake ya no quedaba nada, caí de rodillas en la superficie fría y lloré hasta quedarme sin energía.

Rodé sobre mi espalda mirando hacia el cielo que apenas se iluminaba con la luz del alba y mientras sopesaba que todo había estado en mi cabeza, un peso cálido en mi mano izquierda me hizo girar a verla.

El anillo de compromiso brillaba entre mis dedos, la despedida de navidad me había dejado un agridulce obsequio. Llevé mi mano a mi boca y besé su superficie, honrando un encuentro del más allá que me pedía seguir viviendo.

Cerré los ojos y escuché mi corazón.

Mis latidos resonaban con fuerza contra mis oídos, porque no era uno, sino dos bajo un mismo compás.

Sonreí débilmente mientras las lágrimas seguían escapando… No sería fácil, pero cumpliría su deseo y cargaría con mi dolor a través del tiempo, recibiendo el regalo de la vida… hasta que llegara el momento de volvernos a encontrar.

Para toda la eternidad.




26 de Noviembre de 2020 a las 04:00 6 Reporte Insertar Seguir historia
11
Fin

Conoce al autor

Jancev Seudo escritora de historias que llevan a un mundo de maravillas en el cual escapar de la rutina y lo ordinario... apasionada del arte en todas sus expresiones, entre ellas, la literatura una de las mejores, capaz de plasmar sueños e imaginaciones desbordadas en palabras ingeniosas. Creo en la eternidad, pues no hay mejor forma de permanecer en el espacio y en el tiempo que con un libro. El único limite del ser humano está en sí mismo. Si lo puedes creer lo puedes hacer. Embajadora.

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Franyelis Ramirez Franyelis Ramirez
En este momento estoy llorando. Que historia tan hermosa y desgarradora a su vez. Además de un final que transmite esperanza a corazones que lamentan la pérdida de un ser querido. ¡Me encantó!😍

  • Jancev Jancev
    Muchas gracias mi colega hermosa, me alegra y me honra mucho haberte conmovido con esta historia sabiendo todo lo que puede significar para ti. Gracias por darle una oportunidad💜💜 2 weeks ago
Is Bel Is Bel
Esta historia desgarra mi corazón hasta límites insospechados . No es solo por su contenido, la manera en la que está escrita... es poético. Tienes una sensibilidad increíble y plasmas las emociones de una forma tan plena y detallada que me llevará horas asentar todo lo que me ha producido este relato. ¡Una maravilla!
November 27, 2020, 21:24

  • Jancev Jancev
    Qué hermosa la forma en que esta historia hace mella en ti, mi querida Bel. De verdad, recibir estos comentarios, que las personas dediquen su tiempo a leerme y poderlas conmover son todo lo que necesito para sentirme feliz de seguir creando nuevas historias. Gracias por estar allí :) November 27, 2020, 21:30
N.V. Scuderi N.V. Scuderi
¡Diablos, señorita! Ya lo leí dos veces y me sigue haciendo llorar. No tengo palabras para describir cuán bello es y no sólo en lo romántico. ¡Te quedó muy bien, Jan! 😭💜
November 26, 2020, 17:51

  • Jancev Jancev
    Aw mi Nat, créeme que hasta a mi me puso sentimental, si lo imaginaras d ela misma forma en que vivieron en mi mente, llorarías por día, espero que todos puedan enternecerse con esa historia💜 Muchísimas gracias por tus palabras tan bonitas😭 November 26, 2020, 18:24
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