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moonlovesmin 𝓂𝑜𝑜𝓃

Durante años Jeon Jeongguk ha contrabandeado mercancías de un extremo al otro del mundo. Cuando el negocio gira en una dirección que Jeongguk no está dispuesto a seguir, decide retirarse y por las apariencias se establece en un alejado pueblo llamado Busan. Pero su verdadero plan es esperar unos años, dejar que el FBI pierda el interés y entonces mudarse a la costa y vivir la vida que siempre ha soñado. Severamente autista, Yoongi no puede mirar a las personas a sus ojos, identificar la izquierda de la derecha, y tiene tics incontrolados. Sin embargo, ha superado todos los obstáculos que la vida ha arrojado a su camino. Y cuando Jeongguk Jeon se muda al pueblo de Yoongi, él no es nada tímido en dejar que el hombre sepa lo mucho que lo quiere. Aunque la atracción es mutua, Jeongguk aleja a Yoongi. Al igual que el resto del mundo, no puede ver más allá de los extraños comportamientos de Yoongi. Entonces Yoongi muestra a Jeongguk que la misma la luz te deja ver, también te deja ciego. Y una vez que Jeongguk abre los ojos, pierde su corazón ante el hermoso enigma de un hombre que cambia el curso de su vida. →Mencion de relaciones violentas →Violencia →Mención de drogas →Lenguaje vulgar


Fanfiction Bandas/Cantantes No para niños menores de 13.

#suga #jungkook #jeongguk #yoongi #bts #kookgi #yoonkook
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Toolies estaba situado en una de las pocas calles pavimentadas que atravesaban Busan. El desayuno, caliente, frito y casero, se podía ordenar todo el día. Por la noche, cuando las personas que iban a la iglesia estaban en sus hogares leyendo sus Biblias, Toolies corrompía los espíritus.

Había conducido delante del lugar una docena de veces yendo y viniendo desde la ferretería, pero nunca había entrado porque mi idea de un bar no incluía sabrosas galletas.

Pero ya era tarde y estaba demasiado cansado para conducir las treinta millas hasta Maysville, donde había cierta apariencia de civilización. A diferencia de Busan, en Maysville los teléfonos móviles tenían una señal confiable, el agua te llegaba desde una tubería en lugar de un agujero en el suelo, y la televisión recibía una señal real sin servicio satelital. Eran sólo tres canales, pero tres eran mejor que ninguno.

El lugar estaba lleno, lo que significaba quizás una docena de personas, incluyendo el camarero y el barman. Había varios camiones estacionados al otro lado del camino, así que la mitad de los clientes probablemente no fueran de la ciudad.

Mientras la cerveza estuviese fría y fresca, no me importaba.

Unos pocos clientes levantaron la mirada de sus bebidas y comidas sólo el tiempo suficiente para darme una mirada. Supongo que pasé la inspección porque no me echaron. Era agradable saber que no había olvidado todas las idiosincrasias de un pequeño pueblo a pesar de haber pasado los últimos veinte años en Seúl.

El triste lamento de la música country me siguió hasta la barra. Una mujer cerca de la punta hablaba con el barman sobre el borde de su vaso de cristal. Él se excusó y se acercó.

—Bienvenido a Busan. ¿Qué puedo servirte?

—Lo que sea que tengas de grifo y que no esté diluido.

El barman llenó un vaso.

—Eres el tipo del norte que compró el viejo lugar de Leetuk, ¿verdad?

—Sí. ¿Cómo lo supiste?

—Mina me lo dijo. —Puso la cerveza en el mostrador.

—¿Quién?

—Es la agente que te vendió la casa y también mi prima segunda.

Primero, segundo, tercero, era como estar de regreso en casa en medio del sucio pedazo de tierra en el que yo había crecido.

—Llevó tiempo para que alguien comprara esa casa. —Limpió un poco de cerveza del mostrador—. Estaba empezando a lucir desvencijada.

—Creo que pasó lo de desvencijada hace unos años. —Bebí mi cerveza. Suave, cuerpo medio, muy poca carbonatación. Era el tipo de cerveza que se encuentra en un restaurante de lujo, no en un bar. Y definitivamente no en un bar en algún pequeño pueblo rural en medio de la nada.

—¿Te gusta?

Asentí.

—Realmente buena.

—Pareces sorprendido. —Sonrió—. No te sientas mal, la mayoría de la gente lo está.

Tomé otro trago. Bajó mejor que el primero.

—Creo que encontré mi nuevo bar favorito.

—Es bueno escucharlo. ¿Qué te trae a Busan?

Me encogí de hombros.

—Supongo que necesitaba un cambio de escenario. —Era en parte verdad. Necesitaba un cambio, pero sólo porque con la muerte de tantos empresarios de la vieja escuela, las reglas habían cambiado de una manera en que yo no podía. La palabra de un hombre ya no era su evangelio y la gente sólo mantenía sus promesas para evitar el recibir un disparo.

No me malinterpreten. Yo no era tímido usando un arma si tuviese que hacerlo, pero no era mi primera opción o incluso mi segunda. Después de todo, los hombres muertos no pueden pagar el dinero que deben.

—¿A qué te dedicas?

—Estoy jubilado, pero solía ser dueño de una compañía privada de transporte.

—Así que eres el tipo responsable de todas esas etiquetas "Made in China" en las cosas que compramos en estos días.

Me reí.

—No, no. Ni por asomo. Mi especialidad eran los coches. — Antiguos, modernos, de colección... eran muy pocos los que tenían menos de cinco ceros detrás de un número entero.

—¿Ganaste lo suficiente para vivir bien?

Contuve una sonrisa. De acuerdo con los registros de mis cuentas en el extranjero, me alcanzaría para vivir bien por varias vidas.

—Razonablemente.

—¿Entonces, por qué fuiste por esa maldita casa de campo? —Me ahogué con un trago de mi cerveza y el barman sonrió.

Me limpié la boca.

—Me gusta trabajar con mis manos. Pensé que una casa en ruinas me daría algo que hacer.

—Debes estar realmente aburrido.

Tenía dos, quizás tres años para quemar antes de que pudiese arriesgarme a mover los fondos y encontrar una casa de playa en una isla remota fuera de la jurisdicción de EE.UU. Hasta entonces, tenía que ser cauteloso, gracias a cierto hijo de puta agente del FBI.

—Oye, ¿estás sirviendo bebidas o qué? —Uno de los hombres en el otro extremo de la barra sostenía su copa.

—Es mejor que me ocupe de eso. —El camarero le tendió la mano—. Por cierto, soy Kim Namjoon.

—Jeon Jeongguk. —Sacudimos las manos, y se fue a cuidar del cliente medio borracho.

Acuné mi cerveza mientras escudriñaba el ambiente pintoresco.

Que era una broma.

Gallos mezclados con carteles de cerveza, escenas de la naturaleza en platos de china montados en la pared. Un cartel vintage de Betty Davis al lado de una cabeza cortada de un ciervo.

En otras palabras, el lugar tenía todo el aspecto de pertenecer a un abuelo campesino y alcohólico.

Un camarero vistiendo pantalones vaqueros y gastadas flip-flop* fue hasta una de las mesas de atrás. Era difícil decir cuántos años tenía, diecisiete, dieciocho años. No demasiado alto, pero casi demasiado delgado. Su holgada camiseta le colgaba a un lado mostrando una dispersión de pecas sobre su hombro.

Limpió los platos con cuidado exagerado. De vez en cuando, su brazo izquierdo se sacudía y él levantaba su mano a su sien y movía sus dedos como si estuviese descartando pensamientos.

El hombre sentado dos asientos abajo escupió "Marica" lo suficientemente fuerte para que fuese imposible que la mitad del bar no lo escuchase, mucho menos el chico.

Él continuó limpiando la mesa. Un tenedor. Una cuchara. Servilletas.

Mi vecino dio un codazo a su amigo.

—Te apuesto que Yoongi te chupará el pene por veinte dólares.

—Me estás tomando el pelo. Probablemente él tendría que pagarme veinte dólares para que lo dejara. —Ellos se carcajearon.

Mi vecino se recostó en el taburete.

—¿Oíste eso, Yoongi? Minho dice que te dejará chupar su pene por veinte dólares.

El camarero, Yoongi, levantó un vaso sucio y lo sujetó a la luz que colgaba sobre la mesa. Su otra mano se abrió y cerró varias veces cerca de su hombro antes de regresar cerca de su sien para descartar más pensamientos.

Repitió el comportamiento mientras giraba el vaso hacia adelante y hacia atrás.

—Oye, Yoongi. —Namjoon silbó lo suficientemente fuerte como para hacer sonar mis oídos. Yoongi no respondió hasta él que lo hizo nuevamente.

Yoongi se volvió.

—Los platos, Yoongi. No van a saltar dentro del lavabo por su cuenta.

Yoongi puso el vaso en la tina y terminó de limpiar la mesa. Se movió a otra cabina ocupada por un tipo con un traje arrugado de negocios.

El hombre cogió a Yoongi por la muñeca y le acercó. Yoongi mantuvo la cabeza baja y los hombros encorvados. El tipo habló y Yoongi sacudió la cabeza.

Mi vecino gritó por Namjoon.

—Aquí hay un vaso vacío. Tal vez quieras llenarlo.

—Contén tus caballos, Seung. —Namjoon volvió a la conversación en la que estaba enganchado con un tipo en mono.

—Servicio lento y ayudantes maricones. ¿Qué clase de lugar están dirigiendo aquí?

—Oye —le dije—. ¿Te importa?

Seung resopló.

—¿Debería importarme?

En Seúl, muy pocos hombres me habrían hablado así. Ellos sabían quién era yo y quiénes eran mis socios. Pero ahora yo estaba en Busan, y era nada más que otro chico blanco alimentado con maíz en un pueblo lleno de lo mismo. Nadie me debía favores aquí. Demonios, ni siquiera me debían respeto.

—Eso es lo que pensé. —Seung se burló de mí y golpeó su vaso en el mostrador. Namjoon se abalanzó y lo reemplazó con un nuevo vaso—. Ya era hora. —Seung se bebió la mitad en unos cuantos tragos.

Cuando Yoongi pasó de camino hacia la parte de atrás, Seung lo agarró por su camisa. Yo agarré a mi vecino por su muñeca.

—Suéltalo.

—¿Quién diablos te crees que eres?

—Sólo alguien que piensa que estás cometiendo un error del que te arrepentirás.

—¿De verdad?

—Sí. De verdad. —Apreté mi agarre y por un momento, los ojos de Seung se ensancharon—. Ahora suéltalo.

—Creo que tiene algo por ti, Yoongi —dijo Seung.

Yoongi bajó la cabeza y las olas de cabello rubio ocultaron su rostro.

—No voy a pedírtelo de nuevo —bajé mi voz de la manera en que sabía que podía llamar la atención de un hombre y agitar sus instintos de supervivencia.

Seung sostuvo mi mirada, y yo me pregunté si iba a tener que cumplir mi amenaza. No quería causar problemas con la policía local, pero había aprendido hace mucho tiempo a nunca decir algo que no estuviese dispuesto a cumplir.

La bravucona expresión de Seung pasó a vergüenza, luego a la ira.

Lo dejé sacudirse fuera de mi agarre.

—Idiota. —Se giró y me miró por el rabillo del ojo.

A Yoongi, le pregunté: —¿Estás bien?

Con una mano sostenía la tina contra su cadera y la otra rondaba cerca de su sien. Los oscuros ojos marrones encontraron mi mirada antes de desaparecer bajo su flequillo.

Yoongi golpeó sus dedos contra la palma de su mano antes de sacudir la mano y chasquear los dedos.

—¿Necesitas que consiga a Namjoon? —Antes de que Namjoon pudiera acercarse, el chico huyó a la parte de atrás.

—Él estará bien. —Namjoon apoyó el codo en el mostrador.

Seung y su amigo se rieron con la televisión mientras comían cacahuetes.

Eché un vistazo al lugar por donde Yoongi se había ido.

—¿Que está mal con él?

La pregunta estaba dirigida a Namjoon, pero Seung respondió:—El chico esta dentalmente mañado *.

Namjoon tomó el vaso de cerveza de la mano de Seung.

—Vete a la mierda de aquí antes de que te eche fuera.

—Solo lo digo como lo veo.

—Fuera, Seung. O llamaré a Leena y le diré que te vi haciéndole ojitos a una de mis camareras.

La sonrisa en la cara de Seung se encogió y se bajó del taburete. Balbuceó unas pocas palabras hasta la puerta. Tiró de ella en lugar de empujar. Dos veces. Su amigo le ayudó a averiguar cómo abrir y se fueron.

—Sabes, en realidad es un tipo decente cuando no está borracho. —Namjoon se inclinó sobre la barra—. Me alegro de que Yoongi no haya oído decir eso a Mike.

—Creo que todo el bar oyó que Seung lo llamo maricón. —La palabra dejó un sabor amargo en mi lengua. Lo lavé con un sorbo de cerveza.

—Yoongi no se preocupa por las personas que lo llaman marica, maricón, o cualquiera de las otras etiquetas coloridas que ellos le dan. Es solo que no quiero que escuche que Seung lo llamó retrasado.

—Creo que el término es mentalmente discapacitado.

Namjoon se encogió de hombros.

—Como sea que lo llamen, Yoongi no lo es. Es autista, y eso le molesta cuando la gente insinúa que es retra... quiero decir, mentalmente discapacitado.

—Eso no tiene sentido.

—Claro que lo tiene. Yoongi es gay, no es discapacitado.

—¿Él es gay?

—Sip.

—¿Quién decidió eso?

—Él lo hizo.

¿Estaba bromeando? Alguien como Yoongi ni siquiera sabría qué era el sexo, menos aún la sexualidad. Reprimí mi argumento e intenté ocultar mi incredulidad detrás de otro trago de cerveza, pero mi vaso estaba vacío.

—Aun así, eso no le da a nadie el derecho de darle sobrenombres.

—No, no lo hace. Pero confía en mí. Cuando le moleste, se ocupará de ello.

—¿Cómo puedes decir que lidiará con ello? Es incapaz.

—Voy a fingir que sólo no escuché esas palabras salir de tu boca

¿Por qué no? Yoongi obviamente había estado aterrado. ¿Por qué otra cosa sino correría hacia la parte de atrás?

El tipo con el traje de negocios se detuvo en la barra y puso veinte en el mostrador frente de Namjoon, y dijo: —La comida fue decente y la cerveza buena. Gracias de nuevo. Namjoon se metió el dinero en el bolsillo.

—¿Nos vemos en tres meses?

—Aproximadamente. —Don traje de negocios se dirigió en dirección al cuarto de baño.

—Ahora, ¿qué estaba diciendo?

—Que Yoongi se ocupará de los sobrenombres.

—Sí. Eso. Lo hará, así que no te preocupes. —Namjoon alzó mi copa—. ¿Quieres otra?

—No, gracias. —Me deslicé del taburete—. Tengo que levantarme temprano.

Tenía que levantarme temprano, pero no quería otra copa porque no confiaba en que lo que saliera de mi boca. ¿Cómo podría cualquier ser humano medio decente pensar que alguien como Yoongi podría defenderse solo? No sé por qué esperaba algo más. Ciudad pequeña, mentes pequeñas. Ya había tenido experiencia de primera mano.

Quiero decir, toda esa buena gente de la iglesia cuando regresaban a casa no veía nada de malo en que un padre pateara a su hijo a la calle por besar a otro chico. No era como si Seúl no tuviera fanáticos; todo el mundo allí odiaba a alguien por alguna razón, así que se igualaba.

Dejé uno cinco en el mostrador y me retiré. Para ser el baño de hombres de un bar, estaba limpio. El olor a la madera contrachapada y pintura fresca sobrepasaba cualquier rastro de pis de cerveza. Había un espacio entre los azulejos alrededor del urinario cerca de la puerta y suministros para instalar uno nuevo en el suelo.

Es bueno saber que no era el único con proyectos inacabados. Acababa de bajar la cremallera cuando un murmullo bajo vino de la dirección de los puestos. Un gemido lo siguió.

No sería la primera vez que entré en un baño con dos chicos intercambiando un trabajo rápido de mano. De cualquier manera, eso no era de mi incumbencia.

Me lavé y tiré de una toalla de papel del dispensador. El puesto se reflejó en el espejo, junto con dos juegos de pies enfrentados. Uno llevaba brillantes zapatos de vestir, los otros flip-flop.

Otro gemido, pequeño, asustado...

Pateé la puerta y la cerradura cedió lo suficiente para que se abriera.

El tipo del traje de negocios se dio vuelta.

—¿Qué demonios?

La camisa de Yoongi estaba medio levantada, y sus vaqueros estaban bajos. Las lágrimas resplandecían en sus mejillas enrojecidas.

—Hijo de puta enfermo. —Agarré el trajeado por su corbata y lo arrojé fuera del puesto. Él golpeó el cubo de basura y rodó hacia un lado.

—¿Qué diablos te pasa, hombre? —Alzó una mano.

—¿A mí? —Lo cogí por su chaqueta y lo puse en pie.

—Detente —Yoongi golpeó su palma sobre la pared del puesto mientras sostenía sus vaqueros con la otra—. Detente. Detente. Detente.

—Su mano se movió bruscamente y sus dedos bailaron junto a su sien. Entonces, un sonido agudo salió de su garganta. Se giró como si fuese para golpear el puesto de nuevo, pero su brazo se levantó bruscamente y su mano regresó a su sien, tirando pensamientos entre sus dedos. Su expresión se retorció e hizo este extraño siseo como un animal herido detrás de los dientes apretados.

Mientras mi atención estaba en Yoongi, el hombre de negocios salió por la puerta dejando su chaqueta en mi agarre. Esta se me cayó.

—Está bien. —Empecé a caminar hacia él, pero no quería que pensase que estaba tratando de meterlo dentro del puesto. O peor, hacer lo mismo que el otro hombre había hecho.

Yoongi dio unos pasos hacia delante y hacia atrás. Finalmente salió del puesto. Se jaló el cabello con temblorosa mano.

—Está bien, Yoongi. Todo estará bien.

Se giró alejándose y se volvió a girar hacia atrás. El rubor en su rostro era casi rojo remolacha. ¿Debía dejarlo e ir a buscar a Namjoon? ¿O solo llamar a la policía? Me tanteé alrededor por mi móvil.

Yoongi levantó la barbilla, y yo me quedé helado por la cruda ira que ardía en sus ojos oscuros. Era la primera persona que me había detenido con una mirada.

Yoongi sacudió su mano hacia mí.

—Gracias por joderme el polvo, idiota. —Entonces se giró y se fue.


──── ∗ ⋅◈⋅ ∗ ────


La ferretería se había convertido en mi segunda casa en las últimas semanas. A veces iba por allí dos veces al día. Para ser honesto, me sorprendió que Taehyung no se hubiera cansado de ver mi cara, a pesar de cuánto dinero gastaba.

Mientras que lo gastaba, tuve cuidado de no mostrar demasiado y siempre jugué el papel de cuidar cada centavo. Había mantenido sólo el mínimo en mi cuenta de ahorros en el norte, ya que no quería hacer nada para llamar la atención del FBI. No es que el exceso de gastos en una ferretería lo hiciese, pero como fracasaron en meterse en mi operación, habían desarrollado un interés personal en mi vida.

—Hola, Jeongguk. ¿Qué puedo hacer por ti? —Taehyung vino desde el mostrador.

—Necesito más clavos y mi lijadora murió sobre mí esta mañana.

—Te dije que el modelo barato no era adecuado para el trabajo. —Sonrió y metió los pulgares en las correas de su mono.

—Sí, lo hiciste.

—Deberías haberme escuchado.

—Sí, debería haber hecho eso.

Sacudió la cabeza en dirección a los pasillos.

—¿Necesitas que te muestre dónde están?

—Nop. Casi he conseguido memorizar el lugar.

—Sabes, si te diera un trabajo aquí, obtendrías un diez por ciento de descuento.

Me reí.

—Si yo trabajase aquí, nunca arreglaría la casa. Tal vez cuando termine, charlaremos. —No lo haríamos. No me malinterpreten. Me gustaba Taehyung, pero trabajar para el hombre haría que fuera demasiado fácil ser su amigo y no necesitaba amigos en Busan. Sólo necesitaba una parada para descansar antes de continuar con mi vida.

El material de ferretería, los taladros eléctricos y las sierras manuales cubrían los estantes. Las lijadoras estaban al final al lado de las sierras eléctricas.

Las campanas de la puerta resonaron y Taehyung gritó un saludo.

Recogí una de las lijadoras. La estantería era lo suficientemente baja como para que el cabello rubio de Yoongi flotara por encima mientras pasaba.

Él tarareaba mientras caminaba por el pasillo. Me paré en los dedos de los pies.

Yoongi se detuvo frente a las herramientas de corte situadas directamente en el otro lado. Como antes, sostenía sus dedos bailando cerca de su sien.

—Necesito el cortador de vidrio con mango rojo. —Su mirada se quedó en el suelo.

Taehyung se acercó.

—Se me terminaron, pero los de la marca Martin son realmente buenos.

El hombro de Yoongi se sacudió y apretó el puño.

—Tiene que ser el del mango rojo. —Yoongi buscó en los estantes.

—Entonces tendrás que esperar. Tengo una orden llegando mañana. Deberían estar en el camión.

—Lo necesito hoy, Taehyung.

—Y yo no tengo.

—Se supone que debes tener algunos extras para mí. Acordamos eso. —Yoongi se balanceó sobre los dedos de los pies.

—Y tú los compras más rápido de lo que puedo ponerlos en el estante.

—Se desafilan.

—Por eso te digo que uses el Martin. Ellos duran el doble de tiempo.

Sacó uno del paquete.

Yoongi meneó la cabeza.

—Necesito el rojo.

—¿Y si te doy este para que te lleves a casa, sólo para probarlo?

—Sólo compro los rojos.

—No lo comprarías. Sería un regalo.

Yoongi se quedó quieto y tomó la herramienta de la mano de Taehyung. Lo sujetó a la luz, la giró y la volteó. Cuando la bajó, trazó el lado plano con elegantes dedos que pertenecían a sus fuertes manos. Los músculos dorados hacían líneas sutiles en sus brazos, y había un agujero en el costado de su camiseta. Cuando él se movió hacia la derecha, se vislumbró su ombligo.

Entre la mala iluminación y su constitución, en el bar me había equivocado al juzgar su edad. No era un muchacho, sino un hermoso hombre.

Alejé la mirada.

¿Qué mierda estaba mal conmigo? Allí estaba yo, en la maldita ferretería lujurioso por un pobre tipo discapacitado. La sensación de malestar en mi estómago fue agravada por el hecho de que a mi pene no parecía importarle que Yoongi no fuese normal.

Agarré una de las lijadoras que Taehyung recomendó y me dirigí a la parte de atrás donde él guardaba los clavos. Sólo había dos cajas de galvanizados de cuatro centímetros, así que cogí ambas. Me di la vuelta y golpeé a Yoongi. Él retrocedió y yo lo agarré por el brazo para evitar que se cayera sobre un estante de martillos.

—Jesús, lo siento. No te vi.

—Deberías prestar más atención, entonces. Soy difícil de ignorar.

—Fijó su mirada en mí, y su boca se curvó de una manera que hizo que mis mejillas ardieran. Entonces volvió a mirar el suelo.

Lo solté y traté de averiguar algo que hacer con mi mano libre.

Yoongi se pasó la mano por el brazo.

Una costura rasgada en la esquina de su bolsillo trasero mostró un flash de un pedazo de piel desnuda.

Maldición. Él iba de comando.

Yoongi se inclinó sobre los rollos de cableado. El delgado denim se apretó sobre su culo, y unos cuantos hilos más amenazaron con ceder. Se giró un poco, y si no lo hubiera sabido mejor, habría pensado que lo hizo deliberadamente.

Cuando nuevamente se puso de pie, sus vaqueros estaban lo suficientemente bajos como para mostrar los hoyuelos en su espalda baja. Me sorprendió mirándole, inclinó la cabeza y sonrió.

Yo hui hacia la caja registradora.

Necesitaba ir a la ciudad para encontrar un pedazo de culo antes de que me metiese en problemas.

—¿Eso es todo?

Puse mis cosas sobre el mostrador.

—Sí, debería serlo. —¿Taehyung me había visto mirando a Yoongi? Recé para que no lo hubiese hecho. Terminaría seguramente quemado en la hoguera.

Y yo lo merecería. Taehyung giró la lijadora.

—Maldita etiqueta, debe de haberse caído. ¿Recuerdas cuánto costaba?

—No.

Ni siquiera había mirado el precio porque había estado demasiado ocupado viendo a Yoongi.

—Espera mientras miro esto. —Taehyung sacó un libro de debajo de la registradora.

Yoongi apareció al final del pasillo y se dirigió hacia mí. Se detuvo a unos cuantos metros de distancia, y me esforcé por evitar que mis ojos vagaran sobre partes de él por las que no necesitaban vagar.

Se acercó detrás de mí y cavó a través de un cubo de chocolates en el mostrador. Mi culo se tensó al ser presionado contra sus caderas y la línea de su pene siguió el pliegue de mi grieta. Apreté los dientes y me aferré al borde del mostrador hasta que mis nudillos lucieron blancos bajo la piel.

Yoongi sacó un trozo de caramelo del envase, lo desenvolvió y su descarada mirada encontró la mía. Casi en cámara lenta, Yoongi deslizó su lengua entre sus labios entreabiertos. Se burló de la superficie del caramelo, dejando una línea brillante y húmeda en el borde antes de meterlo en su boca. Entonces chupó el chocolate de cada dedo con la fuerza suficiente para hundir sus mejillas.

—Aquí está. —Taehyung golpeó ligeramente la página y levantó la lijadora.

Yoongi se frotó contra mí una última vez antes de retroceder. Busqué mi cartera mientras luchaba contra la fantasía de esos labios sobre mi pene.

Las cejas blancas y espesas de Taehyung se amontonaron.

—¿Estás bien?

—¿Huh?

—Te tiemblan las manos.

—Uh, no, estoy bien. Probablemente demasiado café.

Me miró con los ojos entornados.

—¿Estás seguro? Te ves un poco afiebrado. Hay un virus dando vueltas. Será mejor que te cuides, no quieres enfermarte.

Oh, ya estaba enfermo. Pero no en la forma en que Taehyung creía.

—Sí, lo haré. —Agarré mis cosas—. Probablemente te veré mañana.

Él sonrió, y su mirada se deslizó de Yoongi a mí. No esperé para averiguar si sospechaba algo o no.

Para el momento en que estaba detrás del volante, tenía al padre de todas las erecciones presionando contra mi bragueta. Jesucristo, ¿cuándo me había convertido en el tipo de hombre que codiciaba a alguien con la mente de un niño?

Aunque no había sido un niño el que estuvo frotándose en mí.

Tenía que habérmelo imaginado. Yoongi apenas podía levantar los ojos. Pero cuando lo hizo, fue como si supiera lo bien que se veía y lo que un cuerpo como el suyo podría hacerle a una persona.

—Cálmate, Jeongguk. —Me miré a mí mismo en el retrovisor—. Te estás convirtiendo en un pervertido clase A.

Encendí la camioneta y retrocedí. El camino estaba despejado, así que giré a la derecha. El rojo brilló en mi periferia. Apenas hubo un golpe cuando el parachoques de la camioneta atrapó la rueda trasera de la bicicleta, pero fue suficiente para empujarla y arrojar al ciclista al suelo.

—Maldito infierno. —Tiré la camioneta en el estacionamiento y salí. Rayos* rotos y el volante estaban enredados en el parachoques. El ciclista estaba de rodillas examinando su codo ensangrentado.

—Lo siento. No te vi...

Yoongi miró hacia mí.

—Tú verdaderamente deberías prestar atención por dónde vas. —Se puso de pie y pasó una mano por uno de los rayos rotos—. Maldición.

—Lo siento.

—Ya lo dijiste. —Trató de tirar de la bicicleta, pero la camioneta no la soltó. Yoongi se rindió y se limpió la palma raspada en su camiseta, dejando una mancha de sangre.

—Espera aquí. —Señalé con mi pulgar sobre mi hombro—. Llamaré una ambulancia.

—¿Para qué?

—Estás herido.

—Es un rasguño y algunos pocos moretones. No necesito una ambulancia. —Yoongi se balanceó y movió la muñeca y los dedos junto a su cabeza—. Si quieres hacer algo, ayúdame a sacarla. —Traté de averiguar de dónde agarrar la cosa sin acercarme a él—. Para hoy sería bueno.

Desentrañamos los rayos y examinó la rueda rota.

—Aquí. —Empujó la bicicleta en mi dirección—. Tú llevas esto y yo conseguiré el resto. —Yoongi cogió una de sus flip-flop y se la volvió a poner. Entonces puso su bolsa con los suministros en la caja del camión.

—¿Qué estás haciendo?

—Tú destrozaste mi bicicleta. No tengo forma de volver a casa. Así que me vas a dar un paseo. —Sacó la bicicleta de mis manos y la pasó por sobre el borde de la caja de la camioneta.

Yoongi sacudió una roca de su otra flip-flop y subió a la cabina. Golpeteó con los dedos en el tablero, giró la visera hacia abajo y abrió la guantera.

Ese chico en mi camioneta podría hacer que cayese en la cárcel.

Yoongi se asomó por la ventana.

—Tengo que ir a algunos lados, así que, si no te importa, me gustaría que nos fuésemos. —Contó sus dedos contra su palma y dejó caer su mano sobre su regazo.

Cuando no hacía esos extraños movimientos, casi podía convencerme de que no había nada malo con él, excepto que él no podía verme a los ojos más de un segundo o dos.

Me metí en la camioneta.

—¿Y los cinturones de seguridad?

—No tiene ninguno.

—Es ilegal conducir sin un cinturón de seguridad.

—La camioneta es más vieja que yo, no vino con ninguno. La ley no aplica.

Yoongi siguió buscando. Tal vez él no me creyó. Finalmente se detuvo y apoyó un codo en la ventana.

—Deberías de ver cómo instalar algunos.

Apreté el volante.

—¿Quieres el paseo o no?

—¿Por qué otra cosa podría estar yo en tu camioneta?

Oh, las razones a las que podría llegar. Y a diferencia de la falta de cinturones de seguridad, ninguna de ellas podría ser legal.

—¿Dónde vives?

—En el camino Porter Creek.

—¿Dónde está eso? —Cerca. Tenía que estar cerca. Cualquier cosa a más de cinco kilómetros y yo estaría jugando con fuego.

—¿Sabes dónde está el depósito?

Maldición. Tanto por lo de cerca.

—Sí.

—Porter Creek está a unos ocho kilómetros de allí, cerca por el camino a Water Way.

—¿Conduces dieciséis kilómetros hasta la ciudad en bicicleta?

—Si tuviera un coche, no iría en bicicleta.

No es de extrañar que su trasero estuviera tan bien. Me maldije a mí mismo y encendí la camioneta.

Otoño pintaba el denso bosque bordeando la carretera en tonos oro y rojo. De vez en cuando, una hoja revoloteaba y quedaba atrapada en el parabrisas. Pronto las ramas estarían desnudas. Había pasado mucho tiempo desde que había visto tantos árboles, y después de haber crecido en Alabama, nunca había experimentado este tipo de color.

Franjas de luz de sol rompían a través del dosel, dispersándose en formas sin nombre en el camino. Los fragmentos de luz se deslizaron a través de la capota de la camioneta y entraron en la cabina.

Yoongi extendió la mano sobre el tablero y sacudió los dedos a través de los luminosos parches.

Su boca se inclinó en una suave sonrisa, y por alguna razón, la combinación me dejó con la más extraña sensación de inocencia.

Golpeé los dedos en el volante y mantuve un ojo hacia fuera para no perderme la señal a Water Way. Después de unos cuantos kilómetros más de misterioso silencio, donde Yoongi persiguió la luz a través del aire, la señal apareció a la derecha.

—¿Ocho kilómetros? —Le di una mirada. Él sostenía sus manos cerca del parabrisas. La luz cambió de dirección, tirándola hacia el borde del tablero—. ¿Yoongi?

Inclinó la cabeza y siguió bailando los dedos. La expresión de su rostro no tenía nombre, pero era pacífica.

Apreté el volante. ¿Qué se suponía que debía hacer para llamar su atención? Namjoon había silbado así que decidí que valía la pena intentarlo.

Yoongi parpadeó unas cuantas veces.

—¿Sí?

—¿Ocho kilómetros? —Fue una lucha mantener mis ojos en el camino con él mirándome. De alguna manera supe que era un momento raro que no duraría.

—Ocho kilómetros, dieciocho cajas de correo, sin contar la caja de correo aéreo.

—¿Correo aéreo?

—Lo sabrás cuando lo veas. —Puso sus manos sobre su regazo—. ¿Entonces, qué haces para vivir?

Después del largo silencio, mi cerebro parecía tener problemas para descifrar sus palabras.

—Estoy retirado. O algo así.

—¿Retirado? No pareces lo suficientemente viejo como para retirarte. —Golpeó sus dedos con un ritmo extraño en el salpicadero. Me tomó un momento el darme cuenta de que coincidía con el ritmo de las ruedas que al golpear las vetas de alquitrán contrastaban con el sonido contra las grietas en el asfalto.

—Tuve suerte.

—¿Así que debes ser rico?

Él no tenía idea, tampoco la tenía ese hijo de puta agente del FBI. Vivir en una casa de campo en el medio de la nada era un pequeño precio que pagar para mantenerlo así.

—No realmente.

Yoongi dejó de tocar el tablero.

—Correo aéreo. —Señaló hacia arriba. Delante de nosotros, un buzón había sido sujetado a un poste a no menos de seis metros de altura.

Correo aéreo. Resoplé.

—¿Crees que usan una escalera o simplemente suben por el poste? —Yoongi inclinó la cabeza, siguiendo la caja de correo aéreo cuando la pasamos. Empecé a reír, pero me detuve porque no estaba seguro de si él hablaba en serio. Quiero decir que realmente no sabía cuánto entendía él.

Yoongi me agració con una visión momentánea de su oscura mirada. Su sonrisa se inclinó hacia un lado.

—Estaba bromeando.

—Lo sabía.

—No, no lo sabías. —Golpeó el parabrisas—. Tres más luego giras a la izquierda. Árbol muerto a la derecha, vigila a las ardillas porque se te meterán delante.

—Sé que la camioneta es vieja, pero estoy bastante seguro de que se mantendrá unido si golpeamos a una ardilla.

—No me preocupa el coche.

Desaceleré cuando nos acercamos a los restos de un enorme roble en la curva de la carretera. Las astillas de madera señalaban al cielo. Un par de ardillas se peleaban entre sí en la escisión de la base. Ellas desaparecieron en un destello de piel marrón cuando pasamos.

Giré a la izquierda en Porter Creek. Antes de que pudiera preguntar por dónde, Yoongi habló: —Casa blanca de la derecha. Cerca de madera con muchas botellas.

¿Botellas?

Tuve mi respuesta tan pronto como giré al camino de entrada. Un surtido de botellas se alineaba contra las estrechas vigas transversales de la valla que rodeaba el patio delantero de la casa. Arriba y abajo, el cristal coloreado era dos veces más brillante contra el cerco blanco.

Estaban organizadas por tonos que ascendían desde la luz a la oscuridad. El tamaño y la forma no parecían importar.

No había coches en la entrada. No era raro que las personas en un pueblo como Busan fueran demasiado pobres como para tener un coche, pero nadie llegó a la puerta. Me detuve junto a un montón de leña esperando para ser cortada. Un hacha estaba clavada en el centro de uno de los tocones.

—¿Tus padres están en casa?

—¿Padres?

Había un cordón de madera junto al columpio del porche. Era gris como las contraventanas. Toda la pintura de la casa era tan perfecta que no podía tener más que un par de meses.

Yoongi saltó del camión.

—¿Por qué no entras y te preparo un vaso de té?

Salí para ayudarlo con la bicicleta.

—¿Tengo café si prefieres?

—Aprecio la oferta, pero no puedo. —Comencé a estirarme por la bicicleta.

—Déjala. —Tomó su bolsa de suministros—. La llevaré a lo de Jennie cuando me lleves de regreso al pueblo.

—Espera...

Pero él ya había despejado el porche y había entrado.

¿Qué diablos hacía ahora?

Su voz flotó a través de la puerta pantalla.

—¿Té o café?

—No puedo quedarme.

—¿Cómo? —La imagen borrosa de su silueta era tragada por las sombras.

Contra mi mejor juicio, lo seguí adentro. El mobiliario de la sala era rústico y organizado de forma ordenada alrededor de una gran estufa de leña. No había pared entre el salón y el comedor. La cocina estaba en la parte de atrás. Todos los electrodomésticos estaban bien acomodados, pero los productos eran de una generación que precedía a la de mis padres.

—Estoy aquí. —La voz de Yoongi salió de detrás de la puerta a medio cerrar en el costado de un pequeño rincón a mi izquierda. La visión de su trasero desnudo me detuvo en seco—. El té está en la nevera, el café está en el gabinete sobre la estufa. —Se giró, y yo retrocedí. Los estrechos confines no ofrecían mucho refugio, y terminé golpeando mi cadera con la mesa del comedor.

Yoongi salió de la habitación vestido con unos pantalones vaqueros limpios con agujeros en las rodillas. Tenía una camiseta en la mano.

—¿Pudiste encontrar el café?

Rodó un hombro y miró al suelo.

—¿O querías algo más? —Sus ojos oscuros brillaron detrás de una cortina de rizos rubios. Yoongi cerró el espacio entre nosotros, y mis pulmones se apretaron—. ¿Problemas, Jeongguk? —Acarició la manga de mi camisa y pasó sus dedos por mi pecho, deteniéndose sobre uno de mis pezones.

Levantó la barbilla. El peso completo de su mirada me golpeó con la fuerza de un puñetazo a las costillas. Pasó su lengua por su labio inferior dejando la rosada carne brillando.

Más que nada, quería apretar mi boca contra la suya y ahogarme en su sabor.

—¿Qué estás pensando? —Yoongi dibujó una línea con su pulgar desde mi barbilla hasta el frente de mis jeans. Palmeó el creciente bulto y apretó—. Lo que sea debe ser bastante interesante. —Su exhalación calentó mi oído—. ¿Así que, qué es, joderme o chupar mi pene?

No podría haberle dicho lo que quería, porque la lluvia de mis pensamientos desordenados no tenía sentido.

Los nudillos de Yoongi rozaron mi mejilla.

—¿Hmmm? —Abrió el botón de mis jeans—. ¿Qué tal si hago esto fácil y empiezo por ti? —Su mano libre revoloteó junto a su sien.

El comportamiento desarticulado me golpeó en las bolas, empujé sus manos lejos de mi entrepierna.

—¿Hay alguien a quien pueda llamar para hacerle saber que estás aquí?

Yoongi levantó una ceja, pero su mirada se mantuvo enfocada cerca de mi hombro.

—¿Llamar?

—Sí, a quien sea que te cuide.

Yoongi dio un paso atrás.

—¿Cuide de mí?

Busqué por mi teléfono, pero no pude encontrarlo. La maldita cosa siempre se caía de mi bolsillo en la camioneta.

—Mencionaste a alguien llamado Jennie.

—Mi tía.

—¿Cuál es su número?

—¿Por qué?

—Así que puedo hacerle saber que estás bien.

Yoongi se apartó bruscamente y levantó el puño. Esperaba que él me golpeara, pero se cernió cerca de su sien. Los tendones se destacaban en sus muñecas y sus nudillos estaban blancos. Un tic saltó a lo largo de la mandíbula de Yoongi, acompañado por ese sonido agudo que había oído antes. Él retrocedió un paso.

—Mira, lamento que la gente se haya aprovechado de ti. —Sus fosas nasales se encendieron—. No me importa ayudarte, pero no tienes que hacer... esto. Estoy seguro de que tu familia... tía... quien sea no quisiera que tu...

—¿Qué? ¿Tener sexo?

—No espero que lo entiendas.

Dio otro paso atrás.

—Porque es difícil de entender.

—Sí, exacto.

Giró sobre sus talones y entró en la cocina. El repiqueteo en un refrigerador fue seguido por puertas de gabinetes golpeando contra marcos de madera.

Lo seguí.

—Lo siento si te ofendí.

Puso el cántaro que sostenía en el mostrador con la suficiente fuerza para que el té se deslizara por encima. La tensión en sus hombros cayó y él bajó la cabeza.

—Está bien. —Su voz era tan suave que casi perdí lo que decía—. Es difícil, ya sabes. —Yoongi se limpió la cara con el dorso de la mano. Su inhalación era más un resoplido que una respiración.

—Sería un mentiroso si dijera que lo hago. —Pero estaba seguro de que era duro. Si yo hubiera confiado en mí mismo, habría puesto un brazo alrededor de él y lo hubiera abrazado mientras él lloraba.

—¿Estás seguro de que no te importa darme un paseo a la ciudad?

—Estoy seguro.

—Y no esperas que yo... sabes.

—Por supuesto que no.

—Aprecio eso. A la enfermera que me cuida no le gusta cuando le pido un paseo.

—¿Por qué no?

Yoongi se encogió de hombros.

—Tiene que haber una razón. —Y sea lo que fuese, no sería suficiente.

—Ella dice... —Un escalofrío recorrió su espalda, y su sollozo fue casi un sonido asfixiado—. Dice que ya hace lo suficiente. Ya sabes, con la limpieza, la cocina y otras cosas. Ella dice que llevarme por ahí... — Flexionó su agarre en el mostrador—. No está en la descripción del trabajo. Así que yo monto la bicicleta y es tan duro.

—¿No hay nadie que pueda darte un paseo?

—No. —Sollozó de nuevo.

—Por favor, no llores.

—Sólo desearía no ser tan inútil.

—No lo eres.

—Lo soy. No puedo hacer nada.

—Lavas platos para Namjoon.

—¿Y qué?

—Eso es que estás haciendo algo.

—Pero cualquiera puede lavar platos. Ojalá fuese inteligente como todos los demás. Tal vez incluso podría conducir. Me encantaría conducir, pero soy demasiado estúpido.

Maldición. Me acerqué y lo empujé en un abrazo.

—Está bien. —Negó con la cabeza—. Si, está bien. Apuesto a que hay muchas cosas que puedes hacer que otras personas no pueden.

—No hay nada.

—No lo creo.

Otro resoplido.

—A veces puedo contar palillos de dientes.

—¿Palillos de dientes?

—Sabes, como en esa película, ese tipo es especial como yo. Contó los palillos.

—Muy bien, eso es bastante impresionante.

—Nah, todo el mundo como yo puede hacerlo.

—Bueno, es impresionante para mí.

—¿De verdad? —El tono roto de su voz fue reemplazado por una emoción casi infantil.

—Sí, de verdad. —Mi sonrisa se desperdició en la parte superior de su cabeza.

Se apartó y se limpió la nariz con el brazo. Olas del cabello de Yoongi me impedían ver sus lágrimas. No quería verlas. Me odiaba lo suficiente sin hacerlo.

—¿Puedo mostrarte?

—Por supuesto.

Abrió uno de los cajones.

—Yo gané un dólar entero una vez de Namjoon. No creía que pudiera. —Yoongi dejó un destornillador en el mostrador y luego un par de alicates—. Sé que tengo algunos. —Abrió un cajón diferente—. Aquí están —la caja llenaba sus dos manos—. A veces me olvido donde pongo las cosas. Ya sabes, al ser como soy.

—También olvido las cosas, así que no te preocupes.

—Toma esto. —Extendió la caja—. Mira, no se ha abierto. Así que tienes que abrirla.

Me di la vuelta y rompí el sello de la cinta con mi navaja.

—Vale, ¿ahora qué?

—Toma unos cuantos palillos de dientes. Cualquier número y no me dejes verlos. Luego tira el resto en el suelo.

—¿La caja entera?

—Sí, todos ellos. Entonces los contaré muy rápido.

—Hay miles de aquí.

—Mil quinientos. —Señaló la caja—. Pero puedo contarlos, promesa. Ahora saca algunos. —Se cubrió los ojos—. No miraré, pero asegúrate de que no me dejas ver.

—No lo haré. Lo prometo.

Mantuve la solapa levantada y conté más o menos una docena. Aunque se equivocara, nunca lo sabría. Nope. No soportaba la idea de romper su frágil ego.

Me metí los palillos en el bolsillo y dejé el resto en el suelo.

—De acuerdo, puedes descubrir tus ojos.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—¿Tiraste todos?

Sacudí la caja.

—Cada uno.

Yoongi golpeó sus dedos contra su palma y luego los golpeó cerca de su oreja. Todavía no podía ver sus ojos, pero lentamente volvió la cabeza como si siguiera la inundación de mondadientes que cubrían el suelo de la cocina.

—¿Yoongi?

Él miró fijamente.

—Espera.

El reloj de la pared marcó los segundos de silencio. Pasé una mano por encima de mi cabeza.

—¿Todavía no has terminado?

—Casi. —Yoongi sacudió sus pensamientos, entonces logró encajar su mano rebelde en uno de sus bolsillos. Su hombro se sacudió unas cuantas veces como si no estuviera contento con el arreglo.

Me aclaré la garganta.

—Está bien, lo tengo —dijo.

—De acuerdo, ¿cuántos?

Yoongi levantó la cabeza, no había nada suave, sutil, o inocente en sus ojos y no había una sola lágrima en sus mejillas.

—Joder si lo sé, pero es mejor que empieces a limpiar el desorden que hiciste. Tengo un lugar al que ir. —Me pasó por delante—. La escoba está en el armario. Estaré esperando en el camión.

La puerta pantalla se cerró de golpe, y me quedé de pie en la cocina sosteniendo palillos de dientes.





All the love, x.

25 de Noviembre de 2020 a las 21:50 0 Reporte Insertar Seguir historia
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