alray Al Ray

“Amara se sentía encarcelada, necesitaba un poco de libertad. Toda su vida había trascurrido en la Casona, entre las mismas paredes y huertas. Las hermanas siempre le decían que debía tener cuidado con el mundo exterior. Pero un día ella decidirá alejarse, y eso lo cambiará todo. Cuando un grupo de mercenarios la secuestra, Drage no será capaz quitarle los ojos de encima. Al final tendrá que tomar una decisión. ¿Se arriesgará por ella? ¿O la dejará a su suerte?”


Romance Erótico Sólo para mayores de 18.

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Prólogo

El primer día de verano el gallo cantó un poco antes de lo acostumbrado. Parecía casi una señal.

La muchacha se levantó de un salto de la cama y se vistió haciendo el menor ruido posible. Las hermanas la iban a regañar cuando volviera, seguro, pero el cielo gris del amanecer la llamaba y la brisa dulce se colaba por la ventana abierta. Era demasiado tentador para resistirse.

Se hizo una apretada trenza con el pelo rubio para domar los rizos, se ató las botas de piel y sacó la bolsa de tela de debajo de la cama. Comprobó que llevaba todo lo que necesitaría y se asomó a la puerta. Nadie, aún. Aunque no le quedaba mucho tiempo hasta que la casa comenzara a bullir de actividad, igual que cada día. La jornada siempre empezaba temprano para ellas.

Como no se quiso arriesgar a cruzar el pasillo, abrió las ventadas de par en par y con cuidado se subió al alfeizar. Miró a ambos lados por si alguna otra ventana estuviera abierta, respiró profundamente para disfrutar del momento y saltó.

Abrió las alas tras caer un par de metros y aleteó con fuerza hasta elevarse por encima de la casona de piedra. Los rayos del sol, todavía tímidos, le acariciaron la cara y ella sonrió con alegría. Después de un par de vueltas sobrevolando el terreno puso rumbo al valle. Sentía el viento entre las plumas azules, revolviéndole el flequillo y jugando con su vestido. Apretó la bolsa contra su pecho y tan sólo se sintió feliz.

Las hermanas no podían entenderla. Ella las adoraba con todo su corazón, daría la vida por ellas sin dudarlo, pero necesitaba el cielo casi tanto como respirar. La casona se le venía encima si pasaba demasiado tiempo encerrada. A su regreso le esperaba una buena regañina y un sermón sobre los peligros del mundo exterior, ella pondría cara de arrepentimiento y prometería no volver a hacerlo con los dedos cruzados en la espalda. Luego les daría algunas hierbas que sabía que necesitaban y que nunca recogían por encontrarse demasiado lejos, y todo volvería a la normalidad. Por lo menos en una buena temporada. Cenarían juntas en el salón frente al fuego y ella sería capaz de soportar el encierro hasta el otoño.

De todas las estaciones, el verano era sin duda alguna su preferido. Era especial, con los frutos maduros de la primavera pesando en los árboles y un tiempo que permitía disfrutar del exterior sin un abrigo.

Se recordó a si misma pasar cerca del trigal salvaje a su vuelta. El pan que la hermana Clara hacía con él era el mejor que nunca hubiera probado, aunque a estas alturas del año quizás no tuviera la suerte de encontrarlo maduro. Pero no había podido esperar más, se sentía languidecer día a día y sus plumas anhelaban la frescura del infinito. La pasada primavera sólo pudo disfrutar de un par de horas de libertad que le supieron a muy poco. Una tormenta la atrapó, tan fuerte y súbita que no tuvo otra opción que regresar rápidamente.

Y lo tenía muy claro, se lo había prometido a sí misma: un único vuelo largo por estación. Era lo mínimo que podía soportar y lo máximo que eran capaces de sobrellevar las hermanas. Se había convertido en un pequeño acuerdo, uno que ninguna de las dos partes reconocería jamás pero también lo que les permitía seguir con sus vidas de una manera pacífica y feliz.

La muchacha agitó la cabeza y sobrevoló la falda de la montaña, siguiendo el curso del río. El bosque, su bosque, se extendía a sus pies como una alfombra verde y gloriosa. Lo sentía como volver al hogar después de un largo viaje, aunque nunca había tenido oportunidad de conocerlo a fondo.

Alrededor de la casona los árboles habían sido talados hacía muchos años, de manera que quedara espacio para las huertas y los animales. Las ovejas y el par de vacas solían pastar por las lindes, haciendo que la separación entre el bosque y la construcción de piedra se mantuviera de forma natural. La leña casi siempre la conseguían de ramas caídas y árboles secos. El respeto por la naturaleza y todo lo que las Diosas ofrecían estaba inculcado profundamente en todas ellas. Cuidaban de su entorno y a su vez se veían recompensadas por ello.

Sólo la dejaban alejarse de la casona acompañada por alguna hermana, lo que le impedía llegar a la parte profunda. Pero conocía cada árbol y cada planta de las áreas que solía frecuentar. Le había llamado tanto desde siempre que ya había leído todos los tratados de botánica de la biblioteca. Con el paso del tiempo había aprendido las utilidades y peligros de cada brizna, de cada baya. Y sabía que tarde o temprano acabaría por convencer a las hermanas de que la dejaran ir sola a la parte profunda. Era muy insistente cuando se lo proponía.

Perdida en sus pensamientos, habían pasado un par de horas en un instante. El sol ya calentaba y se podía ver los reflejos que creaba en las aguas del lago. Aún quedaba casi una hora de vuelo, pero ya podía verlo en la lejanía.

Comenzó a volar en serio y aceleró. Necesitaba estirar y ejercitar los músculos después de todo el tiempo que llevaba sin recorrer una larga distancia. Las hermanas nunca le habían prohibido volar pero en su presencia no podía alejarse mucho de la casona. El límite siempre había sido que pudieran verla desde allí. Y eso era completamente insuficiente para ella, por lo menos a largo plazo.

Sobrevoló el lago unas cuantas veces antes de bajar a tierra. El bosque lo rodeaba casi por completo, con el valle extendiéndose a sus pies. Este era el punto más lejano al que se había aventurado. Era consciente de que abandonar las montañas era peligroso y se sentía expuesta si volaba sin tener la cobertura vegetal a los pies.

Aterrizó con delicadeza, aleteó un par de veces e hizo desparecer las alas. Un simple pensamiento y sintió el cosquilleo. Brillaron con suavidad por un instante y desaparecieron a la vez que le aparecían unas marcas grises en la piel del cuello. Comenzaban detrás de cada oreja y bajaban en volutas enroscadas hasta parte de la espalda.

Sacó una manta de la bolsa, la extendió en la hierba cerca del lago y se quitó la ropa. Con un gritito de alegría corrió a meterse de cabeza en el agua. Estaba completamente helada, pero era vigorizante. Se sumergió un par de veces y recogió algunas algas, las dejó cerca de la manta y volvió al agua. Nadó hasta el mediodía, flotando a ratos en la superficie con despreocupación. Cuando empezó a notar el frío en los huesos dejó el lago. Se deshizo la trenza para que el sol le secara el pelo, su color rubio acababa por volverse dorado si pasaba suficiente tiempo en el exterior. Comió un poco de pan y queso y finalmente se tumbó a descansar. Los rayos del sol le entibiaban el cuerpo, alrededor podía escuchar los sonidos del bosque y del agua movida por el viento que llegaba a la orilla en pequeñas olas. Los pájaros cantaban con despreocupación. Se quedó dormida en apenas un instante.



Un crujido. El sonido de una rama al romperse. Un grupo de pajarillos alzó el vuelo ruidosamente.

Se despertó de pronto, con el corazón agitado. Miró entre los árboles y no pudo distinguir nada. Pero sabía que había algo, su instinto se lo gritaba. Se incorporó y se envolvió en la manta, intentando ver entre los árboles. El bosque estaba en completo silencio.

Un nuevo ruido, esta vez en una posición completamente diferente.

La muchacha se puso en pie e hizo aparecer sus alas con una pequeña explosión de luz. Y en ese momento lo vio, entre las sombras de dos robles. Un hombre encapuchado la miraba fijamente, con unos ojos de un color amarillo que debería de haber sido imposible. Se le pusieron de pusieron de punta todos los vellos del cuerpo, el corazón le dio un vuelco.

Sin pensar en nada más, echó a correr en el sentido contrario dejando caer la manta. Tropezó y se levantó con rapidez mientras escuchaba pasos de botas detrás de ella. Extendió las alas y cuando iba a tomar altura, una red la derribó.

Gritó de dolor y de miedo. Forcejeó frenéticamente y cuando casi se había deshecho de ella, una segunda la golpeó. Siguió peleando, pero estaba completamente inmovilizada. Las cuerdas se le enredaban en las plumas y se le clavaban en la carne.

Escuchó pasos pesados y risotadas. Aterrada, se quedó paralizada cuando un grupo de cinco encapuchados llegaron hasta ella. Tapó como pudo la desnudez de su cuerpo mientras los hombres la miraban impasibles.

­ ― Por favor… - suplicó con un hilo de voz.

Uno de ellos la examinaba con ojo crítico.

― Dormidla – les ordenó a los otros finalmente, asintiendo para sí mismo.

Otro de ellos rebuscó en un saquito hasta coger un trozo de tela y un frasco. Vertió el contenido en el retazo y se agachó junto a ella. Aunque intentó resistirse por todos los medios, la joven no pudo evitar que se lo pusieran en la cara y lo mantuvieran sujeto unos instantes.

A los pocos segundos ya había perdido el conocimiento.

11 de Julio de 2021 a las 22:01 0 Reporte Insertar Seguir historia
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