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alien Alien Carraz

Darse de bruces con una oportunidad tan fácil es apenas el principio en la vida de un hombre y de un camino que lo puede llevar a descubrirse a sí mismo. Para otros, es el comienzo de un corto viaje, el más seguro, hacia el precipicio que siempre porfiaron en construirse. Para ellos, fue la encrucijada que los puso en el paraíso


Acción No para niños menores de 13. © Alien Carraz
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...De esa Agua no Beberé

La casualidad lo había puesto a descubrir lo que ocurría al interior del laboratorio el día aquel que su jefe del garaje donde trabajaba ocasionalmente, le pidió que fuera a comprar un galón de ácido cítrico para limpiar unas piezas metálicas.

Alfredo Cifuentes, salió a la calle y de pronto notó que llevaba la mascarilla puesta. Después de tanto tiempo protegiéndose de una pandemia causada por un virus que había asolado al planeta entero durante años, aún actuaba de modo reflejo y se descubría a si mismo llevando mascarilla. A muchas personas les pasaba lo mismo. Era gracioso ver los gestos que le hacía la gente cuando la llevaba puesta por la calle sin darse cuenta. La tiró en el primer basurero que encontró en su camino.

Cuando entraba al vestíbulo del laboratorio y se encaminaba al mesón de atención al cliente, ocurrió que el hombre que venía justo detrás de él cargando unos envases plásticos de gran dimensión, no se percató del lápiz en el piso. En el instante en que puso un pie sobre él, se precipitó de espaldas y cayó violentamente al suelo. Los envases se escaparon de sus manos, volaron por el aire y finalmente se reventaron en el piso. El tipo se demoró más en caer que en levantarse. Pegó un salto y se subió en la primera silla que encontró. Un líquido amarillento y humeante se desparramó por todo el salón. Alfredo, escuchó la imprecación del tipo al momento de resbalar, pero al darse vuelta para ver lo que estaba sucediendo, ya tenía los zapatos y parte de sus pantalones cubiertos por el líquido humeante. El vapor tóxico le hizo cubrirse al boca con las manos, y de un brinco se metió por la primera puerta que tuvo a su alcance.
Los tres tipos de las batas blancas se quedaron petrificados ante la violenta irrupción del hombre en la sala. Alfredo, reaccionó presto para mostrarle sus pantalones y zapatos

Lo siento, pero alguien desparramó un líquido allá afuera...y no es bueno

Uno de los hombres, al percibir el olor, le gritó, señalando con la mano

¡Es ácido clorhídrico!, métase en ese baño. Primero lávese en la ducha y después se quita los zapatos y la ropa de inmediato...¡Apure!

Los ojos siempre ávidos de Alfredo, se pudieron percatar de la bolsa repleta de fajos de billetes que había sobre la mesa.

¡Son dólares...miles de dólares! - se dijo emocionado

Calculadamente, dejó junta la puerta del baño sin cerrarla por completo, se metió en la ducha, lavó rápidamente los zapatos y los pantalones antes de quitárselos, y después, tras secarse a toda prisa, se fue a mirar a través de la puerta entreabierta. Vio cuando uno de los hombres intentó levantar la mesa de un lado y, sin embargo, no logró moverla

Claudio, no levanta - exclamó el hombre

Dale de nuevo al botón...

El hombre metió la mano debajo de la mesa

Uno, dos, tres...pausa...uno, dos – repitió en voz alta como hablando consigo mismo. Se oyó el click de un mecanismo

Después, el hombre levantó un lado la mesa cuyas patas estaba adheridas a un rectángulo del piso que dejó al descubierto un hueco del mismo ancho y largo de la mesa, donde metió la bolsa.

Alfredo, con los ojos abiertos de par en par, luchaba por controlar la emoción que le hacía sentir un cosquilleo por todo su cuerpo.


Las maniobras de Claudio Maturana en la fabricación de productos sin certificar, convenios confusos con la gente de Centroamérica y otras artimañas suyas que sabía encubrir con truculencias que sus dos socios no eran capaces de vislumbrar con claridad, eran la fuente de las discordias entre ellos. Sin embargo, ambos se daban cuenta perfectamente que aquellas prácticas suyas eran la verdadera fortaleza económica del laboratorio y que permitían no solo pagar las deudas millonarias, sino también depositar en sus cuentas personales buenas sumas para sostener sus privilegios y también para aquellas otras inversiones imprescindibles de la expansión y la renovación instrumental.

Ambos, sabían desentenderse muy bien de indagar demasiado en los asuntos de la empresa en los que estaba la mano de Maturana. De hecho, terminaron por dar un paso al costado en la toma de decisiones y dejaron que fuera él quien se hiciera responsable de cualquier cosa que pasara.
Alfredo, alcanzó justo a cerrar silenciosamente la puerta en el instante en que uno de los hombres preguntó por él

¿Y qué pasó con el tipo que entró al baño?

Ahí está todavía

Escuchó los golpes de nudillos en la puerta

¿Todo bien?

¡Voy!

Abrió la puerta con una toalla alrededor de su cintura

Estoy complicado – exclamó con cara de angustia - No tengo pantalones, están empapados...

Espere, veré que puedo conseguirle

Tres veces, pausa, y luego dos más – repitió Alfredo en su cabeza y sintió una especie de corriente eléctrica recorriéndole entero. Se sacudió la emoción que le produjo imaginar todo ese dinero en su poder y rápidamente se concentró en mirar en detalle el baño. Abrió la otra puerta que había y se topó con una despensa que contenía útiles de aseo. Calculó que tendría un metro de fondo y 70 centímetros de ancho. Su mente, acostumbrada a los planes de emergencia, imaginó un fondo falso.

Después de vestirse con el overol que le trajeron, usó la pequeña cinta métrica que traía su llavero y midió con exactitud la despensa. Con su celular tomó varias fotos calculando que no le costaría nada reproducir el color del fondo. Pensó que lo mejor sería hacer un fondo que pudiera doblarse en dos. Sería más fácil tanto para llevarlo al lugar como también para instalarlo una vez adentro del pequeño espacio.
Con la excitación de todo ese dinero al alcance de sus manos, Alfredo, sufrió una noche de insomnio imaginando con todo detalle cómo haría para volverse millonario y dejar esa ciudad de mierda para irse a disfrutar de la vida en alguna isla paradisíaca con una nativa de ojos cariñosos, curvas deliciosas y una piel perfumada con olor a coco. Le daban estertores con solo imaginárselo. Esta vez, no quería cometer ningún error. Como tampoco quería que ninguna parte de su plan pudiera echarse a perder por culpa de algún compinche estúpido, tal como le había ocurrido con el último asalto fallido que lo puso en la cárcel.

Su cómplice - mientras él se afanaba haciéndole un boquete a la caja fuerte - había descubierto el bar de la casa y, tras zamparse, de un golpe, casi la mitad de una botella completa de Johnnie Walker Blue Label, había terminado tropezándose con el cable de una lámpara de pie y con toda su humanidad sobre la mesa de cristal que se hizo añicos. Con el estruendo se despertaron los empleados, los dueños de casa, los perros y las alarmas que empezaron a resonar como si estuvieran anunciando la llegada de algún meteorito y el fin de la humanidad. No alcanzó ni a apagar la antorcha sobre la caja fuerte cuando un par de pistolas le apuntaban directamente a su cabeza. Su cómplice, desmayado, parecía dormir plácidamente sobre los cristales rotos.

Esta vez, haría todo él solo. Lo primero que pensó fue cómo familiarizarse con todo lo que ocurría al interior de laboratorio. Para eso, analizó todas sus posibilidades con el asunto de la devolución del overol. Se dijo que ese era el momento clave para sacarle partido a su visita de “agradecimiento”.

Con el fin de causar una buena impresión, lo llevó a la lavandería y compró una caja de cartón de color blanco en la que, una vez doblado como lo hacen en las tiendas de ropa, el overol calzaba a la perfección. Más parecía un regalo que una devolución. Eligió ponerse el mostacho hipster de Clark Gable, que le daba un cierto aspecto de tío divertido y que, de seguro, desconcertaría un tanto a los del laboratorio. Se vistió impecablemente y se puso sus zapatos nuevos tipo Oxford de dos tonos que había conseguido de oferta en una tienda de ropa americana. Cuando terminó de arreglarse, se parecía muy poco al modelo original.


Claudio Maturana, ingeniero químico, era un tipo que había aprendido que cada cosa tiene su afán y que cada afán tiene su momento. Siempre imaginó que el laboratorio sería un buen escalón para alcanzar la meta de alguna de sus ambiciones. Y la primera meta que logró fue la de conocer a cierto tipo de gente poderosa que estuviera dispuesta a ayudarlo a potenciar sus habilidades. No lo movía tanto el dinero ni los deseos de hacerse de cosas. Lo que verdaderamente lo motivaba era el gusto por hacer de las potencialidades de la química el instrumento más relevante para obtener poder, dominio y para lograr convertirse en alguien a quien la gente le tuviera respeto y admiración. Le fascinaba sentir la atención y cortesía que le brindaban algunos de aquellos poderosos cuando en sus reuniones secretas les exponía las espectaculares capacidades de algunas aleaciones. Sus expresiones de asombro le llenaban de orgullo y placer. Claudio Maturana, era una persona especialmente soberbia, pero que sabía perfectamente, ante cualquier público ajeno a sus negocios, cubrir con una refinada fachada todos aquellos rasgos de su personalidad megalómana.


La mujer de recepción lo miró con cierto recelo y recibió la flor con una mueca parecida a una sonrisa.

Buen susto pasamos aquel día con el ácido...¿Verdad? - exclamó él haciéndose el desentendido de la mirada de interrogación de la recepcionista

¡Oh, sí...ahora lo recuerdo!...¡Muchas gracias por la flor! - sonrió abiertamente, aunque seguía sin reconocer en lo más mínimo al hombre de la flor - ¿Cómo está usted?

Aquí me tiene...Vine para agradecerle todas sus atenciones, y también para darle las gracias y a hacerle entrega de esta caja a don Claudio Maturana, el hombre que me ayudó a sacarme el ácido de encima...

Ah, qué bien...Estee...déjeme ver si don Claudio está disponible en este minuto...- levantó el auricular - ¿Cual era su nombre?

Alfredo Cifuentes

Don Claudio, está aquí el señor Alfredo Cifuentes, que es la persona que estuvo involucrada en el incidente del ácido del otro día...¿Se acuerda?...Bueno, él está aquí y quiere hablar con usted...

Levantó la vista para brindarle una mecánica sonrisa

Me dice don Claudio que si lo puede esperar unos minutos. Está en una junta...

Sí, claro, no hay problema, dígale que, encantado...

Tras colgar, la mujer le señaló la sala adjunta

Si gusta, puede sentarse en aquel vestíbulo

Notó que la recepcionista se había puesto seria y parecía querer centrarse en sus asuntos

Se recostó en un sillón y se puso a mirar a su alrededor a través de los dedos de sus manos cubriéndole la frente y los ojos, como si estuviera haciéndose un masaje con sus pulgares en las sienes. Buscaba alguna aparato de vigilancia. Se dio cuenta que no había cámaras de seguridad. Se había preguntado repetidamente qué hacía una bolsa llena de dólares en un laboratorio como ese. Por su cabeza pasaron imágenes de alguna organización delictiva con una empresa de fachada. Sin embargo, le pareció que aquel lugar se veía muy poco custodiado para ser algo como eso y para mover tanto dinero. Algo raro había en todo aquello, pero por más vueltas que le daba, no podía dar con alguna respuesta que le pareciera medianamente lógica.

¿Será que son solo unos idiotas que no saben del peligro que significa andar poniendo bolsas de plata debajo de una tonta mesa?

Lo otro que lo intrigaba era justamente aquella mesa y su absurdo escondite pretendiendo ser una especie de caja fuerte o algo parecido

¡Já, qué estupidez!

De pronto, apareció la mujer de recepción que con una seña le indicó seguirle. Fueron hacia la misma oficina que él ya conocía. Claudio Maturana, hablaba por teléfono sentado tras la mesa. Alzó una mano a modo de saludo y le hizo una seña para que ocupara la silla en frente suyo.

No, hermano, no creo que ese cargamento deba moverse de Costa Rica...Pienso que es solo una fachada, algo que invite a hacer algún movimiento equivocado...

Alfredo, con su mejor pose de indiferencia a la conversación del hombre, sostenía la caja en sus rodillas y pensaba que aquello del “cargamento” sonaba a algo muy interesante.

Tendremos que dejar la carga en el mismo lugar. No hagamos nada nuevo. Sin embargo, dejemos que nuestros amigos piensen que nos movemos y que estamos algo inquietos...

La mente febril de Alfredo sacaba conclusiones a mil por hora

Bien, Zacarías, mantengamos todo en orden y deja que el tío aquel sienta que tiene todo bajo control. Ya sabes que es mejor tener a nuestros... contrincantes... aún más cerca de lo que ya están. Un abrazo.

El hombre extendió el brazo por encima de la mesa y le dio un insulso apretón de manos. Inmediatamente, Alfredo se dio cuenta que aquel sujeto no le daba ninguna importancia a su presencia. Junto con hacerle sentir una pizca de resentimiento, lo invadió una buena cuota de energía en forma de ganas ardientes de dejar al idiota que tenía en frente sin ninguna de las bolsas repletas de dinero que estarían bajo la mesa.

Claudio Maturana, trataba de recordar el incidente y a ese personaje que parecía salido de alguna película antigua. Sin embargo, desistió del intento.

¿Qué tal? ¿Cómo ha estado usted? - preguntó por decir algo

Yo, muy bien, señor. Solo vine a agradecerle su ayuda y a devolverle el overol que usted gentilmente me prestó – le pasó la caja por encima de la mesa

El hombre quedó sorprendido al ver el overol prolijamente doblado al interior de una caja impecable.

No tenía para qué molestarse tanto...¿Alfredo...me dijo?

Si, señor

¿A qué se dedica usted, Alfredo?

Trabajo en un taller mecánico. Claro que la mecánica no es exactamente lo mío...

¿Ah sí? ¿Y qué es, exactamente, lo suyo?

Alfredo, presintió que ahí había una oportunidad

Bueno, mi padre fue mecánico y aprendí el oficio porque él así lo quiso. Sin embargo, yo quería ser policía. Tuve la oportunidad de hacer varios cursos vespertinos en la escuela de detectives y también seguí la carrera de administración en el Instituto Profesional Hollander...- hizo una pausa.

Calculaba aceleradamente lo siguiente que diría

...Pienso que lo mío es la investigación...

La investigación... – repitió el empresario mientras hacía rebotar la goma del lápiz sobre la mesa – Interesante. O sea, usted es una especie de detective privado...

Alfredo, pensó que la oportunidad estaba más cerca que nunca

Oh, no, señor. Lo mío tiene que ver con la seguridad. O sea, la investigación al servicio de la seguridad

Ahá... - el hombre soltó el lápiz y se recostó en el respaldo de la silla - ¿La seguridad de una casa, por ejemplo?

Sí, señor...o de una fábrica...o de una empresa... - agregó, calculadamente

Ahá...bien...muy bien - tomó el auricular del teléfono sobre la pequeña mesa adjunta – Permítame un minuto...

Pedro...¿Puedes venir?...Bien... Mire, Alfredo, hace algún tiempo que estamos dándole vueltas a un tema de seguridad en nuestra empresa. De vez en cuando recibimos remesas de la fábrica y nos parece una cosa incómoda y mal orientada. A lo mejor, usted nos podría hacer alguna propuesta que sirva para mejorar este asunto...

El corazón de Alfredo latía con más celeridad que de costumbre.

En ese instante, se abrió la puerta y entró un hombre que le resultó familiar. Estaba seguro que era uno de los tres que estaba en la sala del incidente.

Pedro, te presento a Alfredo, un especialista en investigación y seguridad

La mirada seca del tal Pedro, más el apretón de su mano - que supo devolver con igual firmeza - le hicieron presentir que tendría que ser impecable si es que quería salir de allí con algún proyecto en sus manos

Pedro Ramirez, se fue a sentar en el sillón a la cabecera de la mesa

¿Cuál es la propuesta? - dijo, por decir algo

No, Pedro...aún no hay propuesta. Solo estoy evaluando la posibilidad de que ¡por fin! echemos a andar el proyecto de seguridad que hemos conversado tantas veces... - señaló a Alfredo – Una vez que tengamos su currículo y los demás antecedentes, podríamos solicitarle que nos haga un planteamiento para que tengamos un protocolo de seguridad en nuestra empresa y en las operaciones...No me refiero a un gran proyecto de seguridad como el que tenemos para operar como laboratorio, sino uno simple y efectivo que nos sirva para defendernos de la delincuencia, por ejemplo...¿Qué te parece?

Pedro, miró fijamente al hombre del bigotillo. Le recordó a alguien, quizás a algún actor mexicano haciendo de detective en una película de los años 50. Le pareció un tipo bastante peculiar.

Me parece – dijo. Aunque lo que en verdad quiso decir era ¿Y a mí qué?

Bien, entonces – Claudio Maturana, se puso de pie y le extendió su mano – Alfredo, quedamos a la espera de sus antecedentes. Si todo está en orden, acordamos los términos y de inmediato usted se pone a trabajar en el proyecto...¿Qué le parece?

Alfredo, hacía rato que estaba haciendo sus cálculos de cómo le haría para conseguir el mejor currículo del mundo y unos antecedentes diáfanos y transparentes.

¡Por supuesto, señor! En un par de días le hago llegar todos los documentos... A pesar de su excitación, el insulso apretón de manos le hizo sentir que aquel tipo era un fraude


Cuando Pedro Ramírez abandonó la sala, iba tratando de imaginar cuál podría ser la triquiñuela que su socio estaba tramando.


Alfredo, se recostó en la silla del restaurante con una sensación de satisfacción vibrándole por todo el cuerpo. Tal como había disfrutado una cuba libre en otras ocasiones, le dio vueltas a los hielos con el índice hasta que la superficie del vaso quedó completamente empañada. Entonces, lo bebió con ansioso deleite, de un solo sorbo y hasta la última gota. Dejó que el sopor del alcohol se le subiera hasta sentirlo en sus sienes. Su mente se centró en el rostro de Claudio Maturana y le pareció que tenía la cara del hombre más tonto del planeta o del más ingenuo. De hecho, hasta le preocupaba que aquello pareciera el robo más fácil del mundo. No le cabía en la cabeza que alguien de ese nivel pudiera poner en manos de un desconocido la seguridad de su empresa. Sus pensamientos insistían en conectarse con algo turbio, algo que parecía un plan maquiavélico.

Pero...¿Qué mierda estás pensando?...¡Qué plan maquiavélico ni qué nada! ¡No jodas!...

El alcohol hizo su efecto y Alfredo solo tuvo ganas de reír. Todas sus aprehensiones se diluyeron por completo. El segundo ron, lo llevó a la isla paradisíaca y a los brazos de la morena con aquellos pechos turgentes y deliciosos entre los cuales imaginó su boca y su nariz paladeando y oliendo una piel exquisita con el sabor y el aroma del coco.


Si de algo le había servido la cárcel, había sido la cantidad de trucos y pillerías que había aprendido, más los contactos con algunos falsificadores que transformaban cualquier demonio en un ángel. Tuvo que ceder un par de sus cosas más preciadas para pagar por los servicios. Al día siguiente, los documentos “oficiales” indicaban que sus antecedentes civiles eran impecables y su nivel de estudios y preparación eran los óptimos para el trabajo. Armó una carpeta digna del más experto de los especialistas en seguridad. Esta vez, cuando fue a dejar los documentos, la mujer de recepción lo recibió con una encantadora sonrisa.


Dos días más tarde y después de una corta reunión donde pactaron las condiciones y un suculento pago por el diseño del proyecto, le asignaron una pequeña, pero muy cómoda oficina que tenía un escritorio con una computadora de última generación, varios estantes, un mueble archivero y hasta un baño privado.

Alfredo, se sentía en la gloria. Sin embargo, sus pensamientos seguían porfiando en hacerse preguntas e insistiendo en imaginar cosas nebulosas. Tenía esa cargante sensación de que algo no encajaba. Hasta la oficina que le asignaron le parecía una exageración.

¿Será que estos tipos son tan...demasiado ingenuos y bienintencionados?

De un golpe, le vino a la mente la imagen de Pedro Ramírez y tras recordar con toda claridad los detalles de la severidad de su rostro y la fuerza en el apretón de su mano, se dijo que, ahí, no había ni una pizca de ingenuidad.

Entonces – se dijo – tendré que moverme impecablemente si es que quiero salir con la plata de aquí
Una de la cualidades de su inteligencia y voluntad, era su capacidad para asimilar lo que ocurría a su alrededor y actuar en consecuencia. No tuvo que hacer demasiado esfuerzo para asumir el papel de un ejecutivo de la seguridad a cargo de un proyecto.

Su compañero de celda, un pillo experto, maestro del camuflaje y miembro desterrado de una familia rica y de abolengo, lo había instruido bastante bien en el arte de refinarse cuando las circunstancias lo ameritaran o había una buena cantidad de plata que echarse al bolsillo. Se podía decir que, Alfredo Cifuentes, era un excelente actor de sí mismo. La naturaleza que lo dominaba era capaz de transformarlo en casi cualquier personaje que encajara con sus anhelos.
En los días siguientes se dedicó a garrapatear distintas opciones de un proyecto de seguridad copiando cosas que bajaba por internet. Esa voz interior que lo mantenía alerta con aquella persistente sensación de algo raro, también le hacía tomar precauciones. Le pegó un pedazo de tape a la cámara del computador y siempre borraba la caché y los datos de las web de seguridad de donde sacaba información.

Le parecía extraño que por momentos olvidaba casi por completo su misión de hacerse con el dinero oculto debajo de la mesa. De repente, se encontraba a sí mismo enfrascado en la idea de elaborar un verdadero proyecto de seguridad. Pero, que idiota eres...Tú, no sabes nada de seguridad...¡Concéntrate en el dinero, imbécil! - se decía enrabiado


Helmut Berger Schule, tenía deseos de castigar. La rabia que lo dominaba no cesaba casi nunca de empujarlo hacia la orilla de un precipicio sin fondo que le parecía la única salida lógica a su dolor, a esa emoción desgarradora que le hacía despreciar su vida. Era un adolescente roto que tenía algunos espacios de gran lucidez en los que parecía recuperar sus anhelos de ser feliz, pero que se esfumaban apenas sus dedos crispados sobre el teclado empezaban a golpear las teclas para testimoniar sus poemas que eran apologías repletas de rabia y donde plasmaba su frustración de un mundo al que describía como el símbolo de la explotación del hombre por el hombre, de la infamia del mercantilismo, de una sociedad sexual sucia y extraviada, de la codicia de los países poderosos por hacerse de los recursos y de sus malvadas prácticas que producían contaminación y otros venenos en la Naturaleza...

Sentía que su corazón ardía de rabia mientras las palabras se iban desgranando en sus escritos. Solo su amigo, amante y compañero, Claudio Maturana, era el único a quien, muchas veces, podía hablarle de aquello que bullía en su cabeza y en sus emociones. Le encantaba ese hombre, porque más allá de la pasión que le despertaba sentirlo, estaba totalmente seguro que era una de las personas más inteligentes que había conocido en su vida. Le fascinaba el dominio que tenía. Es que, después de topar fondo en su tragedia, surgió en él una ansiedad oscura y neurótica por los hombres mayores.

Sin embargo, aquellas sensaciones que le parecían positivas en su relación, no le duraban demasiado. También existían otras cosas de la bipolaridad de Claudio Maturana que le dolían: Esa repentina indiferencia, su impasibilidad, sus aspavientos de superioridad y su falta de empatía, le resultaban propias de un egocéntrico insensible. Tras episodios como aquellos y apenas estaba solo y absorto en sus pensamientos y exaltaciones, se acrecentaba en él la ira y unos irrefrenables deseos de venganza en contra de todo.

Por su parte, Claudio Maturana disfrutaba de la compañía de Helmut, de sus locas divagaciones, de sus fanáticos y ridículos pensamientos, pero mucho más de su juventud y de su arrebatada y apasionada forma de entregarse.


Los planes de “emergencia” que tenía Claudio Maturana incluían a quien él llamaba, el “cortocircuito mental Helmut”. Le parecía que su rabia y las ganas que tenía de castigar al mundo, podían servirle perfectamente para en algún momento utilizar esa frustración, esa ira, en contra de aquellos que habían decidido no alinearse con su proyecto y ponían en peligro su continuidad.

Es que ya no soportaba la constante presión que ejercían sus socios en relación a la elaboración de algunas muestras de productos para exportación que se etiquetaban de manera fraudulenta. Pedro Ramírez y Fernando Benavente, no estaban nunca tranquilos y siempre temían que algún día llegaría la policía y los pondrían tras las rejas. Sus intentos por convencerlos de que todo estaba perfectamente controlado no servían de nada.

El par de cobardes se encargaban de arruinarle el vuelo de su imaginación y de sus ansias de crear y producir “aleaciones químicas geniales”. Estaba convencido que sus reproducciones de algunos productos industriales y farmacéuticos eran tan buenas como las originales. Le indignaban los números de las falsificaciones chinas que estaban presentes en cantidades bestiales en casi todo el mundo. Sin embargo, a pesar de sus enormes ambiciones, se daba cuenta que no podía competir con los chinos ni tampoco le convenía siquiera gastar energía en darle vueltas a ese asunto.

Cuando pensaba en Helmut como el instrumento para sus planes, imaginaba una trama en la que el chico podría descargar toda su furia y sus socios estarían allí para recibirla. Le daba vueltas al asunto y sin embargo no lograba conectar con claridad una cosa con la otra. Entonces, su cerebro recurría a la figura del sicario colombiano Edgar Elices.


El cartel Tico había encontrado en su laboratorio una fuente ideal para lavar dinero a manos llenas introduciendo en Centroamérica sus productos químicos de bajo costo que estaban teniendo gran éxito entre los industriales y agricultores. Ese flujo empezaría a ser constante una vez que se terminara de legitimar la sucursal internacional de su laboratorio en San José.

Claro que el asunto no era simple. En Costa Rica y en todo Centroamérica, había mucha presión sobre cualquier empresa relacionada con productos químicos. Especialmente, por los agentes infiltrados de la DEA, que estaban siempre muy atentos a todos los movimientos de mercaderías y los tipos de componentes químicos presentes en ellas. Los muestreos eran frecuentes. El juego de la corrupción hacía circular enormes cantidades de dinero. A pesar de la rotación de agentes que la agencia llevaba a cabo para, justamente, combatir la corrupción, el cartel aplicaba métodos de influencia que mantenían tal nivel de complicidad con las autoridades, que les permitía pasar controles sin grandes inconvenientes. Para los efectos de demostrar gestión al gobierno de turno y anestesiar a la prensa, la policía local, hacía de vez en cuando, algunos decomisos de fachada de contenedores falsos, en conjunto con la DEA.


Alfredo Cifuentes, estaba nervioso. Sin embargo, supo mantener una actitud serena y relajada, mientras, en frente suyo, al otro lado de la mesa, Claudio Maturana, leía en un murmullo los detalles principales del plan de seguridad enumerados en una lista de 15 puntos elementales.

Para el empresario, lo más importante era que el proyecto pareciera ser un asunto lo suficientemente serio y profesional que supusiera que su laboratorio cumplía con todas las normas de seguridad frente a la delincuencia o los ataques externos en cualquier circunstancia. Quedó más que sorprendido con el nivel del planteamiento. Habría esperado algo mucho menos acucioso y tan bien definido. De hecho, no contaba conque el tipo que tenía al frente resultara ser demasiado prolijo. Había calculado que Alfredo Cifuentes era solo un mediocre al que se le podría sacar provecho justamente por sus limitaciones.

Muy bien, Alfredo...Me parece que...aunque hay que afinar detalles...en general, está muy bien...

Gracias, señor – sintió un cosquilleo de satisfacción


La oficina privada de Claudio Maturana, era un espacioso recinto dominado por un elegante escritorio de nogal, un par de sillas ejecutivas, un espacio con una mesa de centro, un sofá de cuero, unos sillones y un bar. Al fondo, un amplio ventanal hasta el piso que daba a un patio interior.

El asunto es sencillo, don Claudio, pero es más conveniente que sea uno solo de sus socios el que tenga el...problema. Es mejor que sea don Pedro...

Edgar Alices, era un meticuloso especialista en trabajos sucios. Un sicario al que le gustaba que todo cuadrara perfectamente antes de dar el primer paso

¿Por qué?

Porque es el hombre que manda, mueve y presiona. Don Fernando, solo lo sigue...Una vez sin apoyo ni compañía, aquel se va a desmoronar y se va a entregar a lo que usted quiera...

Eso no lo tengo tan claro – le rellenó el vaso con ron – No sé de dónde sacas tanta claridad sobre lo de Fernando. Hay veces en que lo desconozco...Y no me parece tan pusilánime...así como lo pintas tú...

El hombre, tomó un sorbo del ron y luego sacó una libreta del bolsillo trasero de su pantalón

Mire, don Claudio, aquí tengo varias páginas con notas de todos los seguimientos que le he hecho a don Fernando. Sé lo que le digo...

Ok. Vamos a suponer que es como dices – se puso de pie y caminó hasta el ventanal – Tengo claro que Pedro es el hombre que ejerce la presión, pero...yo había pensado que un accidente con los dos de protagonistas podría ser más...eficiente

Se dio vuelta para encararlo. En sus ojos se leía una fiera determinación

No tengo ganas de continuar ninguna relación con ninguno de los dos...¡Me tienen harto!

Lo entiendo, don Claudio, pero no debe usted correr ningún riesgo con la policía, las conclusiones, los análisis o las coincidencias...

¡No va a ocurrir nada de eso! - caminó de vuelta a su escritorio de donde sacó una carpeta que abrió y deslizó hasta ponerla justo bajo la mirada del hombre – Mira, este es el tipo que se va a llevar toda la culpa y todo el peso de la ley...


Alfredo, estaba alucinado con su proyecto de seguridad. Tanto le había gustado todo lo que había leído y estudiado bajando tutoriales y hasta siguiendo algunos cursos cortos, que ahora estaba absolutamente convencido que lo suyo era la seguridad. De hecho, y en consideración al sueldo que le pagaban, a la oficina que le habían asignado, a las facilidades que le daban para hacer su trabajo y al agradable ambiente que lo rodeaba en la empresa, Alfredo había perdido el impulso por delinquir. Sentía que tenía la oportunidad de ser alguien. Aunque, claro, la tentación de aquel dinero bajo la mesa siempre estaba presente, tal como le invadía aquella deliciosa visión de libertad y placer recostado sobre la hamaca en una playa de aguas turquesas en algún paraíso tropical.


Pero, la vida es un sueño y el azar se entromete en las cosas como el viento por las rendijas.

Ocurrió que, Helmut Berger Schule, siempre atormentado por sus ansias de venganza en contra del mundo, había decidido que si quería causarle daño a todos aquellos que atentaban en contra de la naturaleza o que explotaban vilmente a la gente pobre o a los inmigrantes, tenía que prepararse aún mejor para darles por donde más les doliera.

Mientras más leía, veía videos y bajaba tutoriales, se convencía que era posible poner una bomba casera en cualquier empresa y dejarles una advertencia que “los obligara a reconsiderar sus prácticas malévolas y abusivas”.

Eran cerca de las 2:00 am, cuando se topó con un artículo escrito por un connotado experto en seguridad y ex miembro del ejército. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para prestarle atención, porque sentía un profundo desprecio por cualquier cosa que tuviera que ver con militares o uniformados. Pero, una frase destacada al principio del artículo llamó poderosamente su atención: “No hay ningún sistema de seguridad que no se pueda romper”.

Al terminar de leer el escrito, lo invadió una emoción que lo llenó de motivación. Vislumbraba una oportunidad porque quedaba más que claro que los niveles de seguridad existentes en la mayoría de las empresas locales eran malos y que siempre existiría alguna forma de esquivarlos. Y justo cuando iba a cerrar la página, alcanzó a ver, al final del escrito, el encabezado de un comentario que le pareció, además de errado, incomprensible

¡FALSO! Todo sistema de seguridad que se rompe es porque está mal hecho. Hacerlo bien es hacerlo imposible de romper. He estudiado mucho el tema y he aprendido que todo sistema debe superar el interés del que quiere romperlo

Lo firmaba un tal Alci (Santiago, Capital).

Entonces, en un arranque, decidió responderle

Alci, te informo que estás totalmente equivocado. Además, lo que dices no se entiende. Estudia más

Firmó su comentario como Mara (Santiago, Capital)

Después, dominado por un impulso repentino, guardó la página en sus marcadores y se fue a dormir.


De las cosas del cartel que más le molestaban a Claudio Maturana, era esa práctica “mafiosa” que tenían los encargados locales de presentarse en el laboratorio a “pagar” con bolsas de dólares. Toda la mercancía que el Cartel Tico negociaba en Chile se transformaba en pago de los contenedores que llegaban a Costa Rica. Después, venía un intrincado intercambio de documentos y giros bancarios que legalizaban la inversión. Mientras tanto, todo ese dinero en efectivo era más un gran problema que simplemente una gran ganancia. Sus socios sufrían de inquietud y temor con esas transacciones, mientras que a él le producían un profundo desagrado. Consideraba que esos pagos groseros en efectivo eran cosas de feria y de verduleros.
Entonces, ocurrió algo que Alfredo no había calculado en ningún momento: le asignaron la tarea de hacer los arreglos con el agente del banco y la bolsa con plata que llegaba cada semana. Cada bolsa llevaba la cantidad exacta de US$ 150.000

En otras circunstancias, Alfredo habría agarrado la bolsa y se hubiera largado a cumplir con su sueño caribeño. Sin embargo, en ese instante, su mente estaba concentrada en hacer un trabajo impecable y en terminar de elaborar el “mejor sistema de seguridad del mundo”. Ni siquiera quiso analizar demasiado de dónde salía ese dinero. Siguió al pie de la letra todas las instrucciones que le dio el empresario y también tuvo que cumplir con las estrictas normas de presentación que éste le pidió. Entre ellas, una vestimenta sobria y muy formal, afeitarse el bigotillo, recortarse el cabello y usar unos anteojos de corte óptico. Además, le pidió que por ningún motivo usara zapatos bicolores.

Claudio Maturana, garrapateó algo detrás de una de sus tarjetas de presentación y se la entregó.

Tome, Alfredo. Vaya a la tienda Casa Real, pregunte por Ricardo Meneses, le entrega mi tarjeta y le pide que lo vista muy formal, de corbata. Zapatos, calcetines y anteojos incluidos.

Cuando se miró en el espejo, vio a un tipo elegante, buen mozo y muy inteligente. Estaba orgulloso de sí mismo y de su nueva apariencia.

Una vez en su oficina, preparó todo meticulosamente. Metió los US$ 150.000 en un maletín de cuero color café y repasó las instrucciones de contacto con el agente del banco.

Cuando su cerebro le dijo ¿A qué lavandería vas con esos pesos?, tan metido estaba en su papel que ni siquiera se rio de su propia ocurrencia.


Helmut Berger Schule, como siempre, estaba frente al computador mientras el reloj de la pantalla anunciaba las 03:00 am. Su mente inquieta y ansiosa, buscaba cualquier cosa que tuviera relación con métodos o fórmulas para intervenir sistemas de seguridad o para desactivar alarmas o cosas por el estilo. En el fondo, Helmut era un niño con ideas estrafalarias. Alguien que no se daba cuenta para nada que lo suyo eran solo fantasías de venganza que no lo conducirían a ningún destino que no fuera el desastre y la cárcel. Sin embargo, su corazón rebelde y rabioso lo empujaba a construir quimeras imposibles.

En medio de tales tribulaciones, observó en la pantalla que tenía la advertencia de una respuesta en el artículo guardado en sus marcadores.

Mara, no seas mala. Te explico: si tienes oro, el que quiera robártelo hará mil cosas para lograrlo y tú necesitarás mucha seguridad para impedírselo. Pero, si tienes lechugas, necesitarás muy poca. ¿Se entiende? Saludos Alci (Santiago, Capital)

A Helmut le pareció una respuesta encantadora y divertida. Como no le ocurría desde hacía un buen tiempo, se sintió motivado y quiso contestarle de inmediato

Alci, ahora entiendo lo que dices. Cada mañana que voy al Café Del Moro y veo las cámaras de seguridad que allí tienen, me pregunto para qué tantas cámaras. No imagino a un ladrón experto tratando de robar café...Saludos Mara (Santiago, Capital)

Apenas su índice pulsó “enviar”, sintió un especial regocijo. Se daba cuenta que le había mandado una señal a un desconocido y que ahora sus visitas al Café Del Moro serían como un viaje a un encuentro furtivo o quizás a algo aún más interesante.


Para Alfredo, el trámite con el agente del banco fue un asunto especialmente desilusionante. A pesar de que lo habían instruido con toda claridad respecto de todo lo que ocurriría, e incluso sobre lo que debería hacer si es que se presentaban ciertos imprevistos, había porfiadamente imaginado una reunión con algún café y una conversación entre “ejecutivos” o algo por el estilo. Sin embargo, lo que ocurrió fue exactamente lo que estaba previsto: entregó el maletín a la persona que lo recibió, lo hicieron pasar a una oficina donde solo había un escritorio y un par de sillas, y tras unos pocos minutos, la misma persona entró, le entregó de vuelta el maletín y luego le extendió la mano a modo de despedida.

Le pareció incomprensible tanto arreglo para un trámite tan simple. Tampoco le encontró demasiado sentido que Claudio Maturana lo felicitara por el “buen trabajo del banco”.

¿Si ya saliste de la lavandería para qué seguir dándole vueltas al asunto? Esta vez, sí le dio risa la frase que le llegó desde el interior de su cabeza.


Frente a la pantalla del computador y mientras trabajaba en sus apuntes del proyecto de seguridad, le llegó a su mente el rostro de Mara creado por su imaginación. La veía rubia, de piel muy blanca, un rostro dulce de nariz pequeña y boca sensual. La imaginó delicada y elegante...

Miró su reloj que marcaba las 10:23 am. Pulsó la tecla de recepción y avisó que saldría a hacer un trámite. Sus piernas le pedían, ansiosamente, moverse. Contuvo el impulso, y en la pantalla desplegó la página del artículo de seguridad del mayor del ejército para irse directamente a los comentarios. Revisó una a una las palabras escritas por Mara

Alci, ahora entiendo lo que dices. Cada mañana que voy al Café Del Moro y veo las cámaras de seguridad que allí tienen, me pregunto para qué tantas cámaras. No imagino a un ladrón experto tratando de robar café...Saludos Mara (Santiago, Capital)

Al contemplar su imagen en el espejo del baño, se sintió satisfecho. Ajustó su corbata, le dio un retoque a su peinado y, finalmente, tras darse un saludo militar, se dijo que estaba listo para irse de conquista.


Nunca había estado en el Café del Moro. Era un local típico de las actuales cafeterías modernas y funcionales. Tenía tres mesas sobre la vereda frente a su amplio ventanal y otras cuatro en el interior.

Lo invadió el olor a café tostado recién molido cuando llegó hasta la puerta de vidrio en la entrada del recinto. Pudo ver que las mesas del interior estaban todas ocupadas. Se instaló entonces en una de las de la calle. Casi inmediatamente apareció una chica morena que le entregó un pequeño menú. Pidió un capuchino.

El lugar de la mesa que escogió para sentarse, le permitía ver claramente todo el interior del local. Haciéndose el que ojeaba el menú, podía observar a las personas que estaban en cada mesa. Solo le llamó la atención aquel chico rubio, de piel muy blanca, que estaba solo, y que parecía, ingenuamente, disimular que no se había dado cuenta de su presencia.

Alfredo, lo observó con más detención. El lado capcioso de su mente le dijo que aquél era, sin duda, maricón.

Cuando sus miradas se encontraron, Alfredo, haciendo gala de su mejor estilo provocativo, le envió una pícara sonrisa.

Helmut, se puso tenso con el gesto de aquel tipo de la mesa de la calle. No era su estilo andar coqueteando con desconocidos

¿Será Alci? - se preguntó mientras un cosquilleo se le encaramaba por la espalda.

Le había agradado lo que furtivamente había podido observar de aquel hombre. Sin embargo, había empezado a arrepentirse de lo que llamó su pequeña aventura. Era la primera vez que había sentido deseos de romper la rutina de su relación con Claudio Maturana.

Justo, cuando se preparaba para darle el último sorbo a su taza de café, Helmut, sintió la presencia de alguien a su lado

¿Mara? - Alfredo, tenía su mano extendida a modo de saludo y una sonrisa divertida que se conectaba perfectamente con un par de ojos chispeantes

La cara de asombro y turbación de Helmut, le confirmaron a Alfredo que, efectivamente, aquel “maricón bonito” no era otro que Mara.

Le dio un amistoso palmoteo en la espalda y se sentó frente a él en el otro extremo de la pequeña mesa

No te preocupes por nada – le puso su mano sobre el brazo. Helmut, aún no terminaba de salir de su azoramiento – Me gustó lo que dijiste en los comentarios

El chico, sonrió con timidez. Hizo un esfuerzo por recuperar su aplomo

Así que...tú eres Alci - Exclamó con un mohín marcadamente afeminado. No sabía enmascarar casi nada de su naturaleza emocional.

Así es – Alfredo, estaba encantado con la turbación de aquel chico. En realidad, y en la medida que pasaban los segundos, podía ver y sentir en aquél más cosas de una mujer que de un hombre. Lo veía hermoso, sensual, coqueto, pero al mismo tiempo lo sentía frágil y quebradizo

No fue mi intención disfrazarme de otra persona – dijo con una voz apenas audible

Tú no te preocupes. Hoy en día es bueno disfrazarse un poco – le regaló una risa de complicidad – Ya ves que yo soy Alci cuando en realidad soy Alfredo – extendió hacia él su mano abierta – Hola, soy Alfredo, encantado de saludarte

Helmut, ingenuamente, extendió la suya y dejó que Alfredo la cogiera. El contacto le hizo estremecerse.

Alfredo, sintió que era la mano más suave, cálida y hasta femenina que había apretado en su vida. Se dio cuenta de sí mismo que estaba algo más que confundido. Una parte de su naturaleza tosca y pedestre parecía estar en rebeldía frente a la ambigua emoción que le producía aquel contacto

A mí no me gustan los maricones...¡Nunca me han gustado! – se dijo convencido

Una parte de sí lo empujaba a pararse y mandarse a cambiar, mientras que otra le hacía proyectar cosas sexuales con aquel rubio delicado y endeble que parecía estar tan al alcance que hasta lo sintió como ansioso de entregarse.

Helmut, luchaba por dominar su sensación de sentirse a merced de aquel sujeto que actuaba como si supiera perfectamente quién era él. No le gustó esa certeza que veía reflejada en su mirada. Siempre odiaba ver deseo en la mirada de un hombre que le escudriñaba su homosexualidad.

No soy puta para que me miren así – sus pensamientos parecieron rebotar ruidosamente dentro de su cabeza

Bueno, Alci, tengo que...irme – levantó su mano para llamar la atención de la mesera

La intuición le dijo a Alfredo que algo había pasado

Pero, aún no me has dicho tu nombre – exclamó con una sonrisa

No importa...si te gusta Mara, dejémoslo así...

Espero que no estés molesto por algo que hice...

Aquellas palabras bastaron para que Helmut sintiera que lo que había imaginado en la mirada de Alfredo no fuera sino una interpretación suya equivocada

No...no estoy molesto con nada – sus ojos azules y brillantes parecían sonreír - Me llamo Helmut...

Vaya nombre para un...chico de tu edad...

¿Qué tiene de malo?

No, nada. Solo que...Helmut parece el nombre de un señor muy serio que vive en Alemania o algo así...

¡Jajajá...! - la carcajada de Helmut hizo que alguna gente en las mesas se diera vuelta para mirarles

Qué loco eres – agregó aún riendo – Pero, sí...mi nombre es muy alemán y significa algo así como guía del espíritu...o timón del espíritu...Creo...

Bien por ti – le dio jovialmente dándole un palmoteo en el brazo

En ese instante empezó a sonar una llamada en su teléfono. Vio la palabra oficina en la pantalla.

Helmut, tengo que irme – extendió su mano – Ha sido un gusto. ¿Tienes un número de teléfono que darme? - exclamó contradiciendo su intención de dar por terminado ese asunto con Helmut

Helmut, dudó. Por un segundo evocó el rostro de Claudio Maturana y le alcanzó para percibir la sensación triste y dolorosa de un episodio en medio de los trastornos bipolares que lo transformaban en otra persona, en ese alguien tan manipulador e insensible

Sacó una tarjeta de su billetera Jeep de color violeta, mientras que Alfredo le dictó el número que Helmut guardó en su teléfono. Tras el intercambio, Alfredo se acercó para darle un corto abrazo que Helmut no supo corresponder, aunque habría querido hacerlo.

Hizo un esfuerzo para despedirse definitivamente de Helmut y tomó raudo el camino de vuelta a la oficina. Por su cabeza pasaban las imágenes de aquellos tiempos cuando él era un delincuente que no escatimaba en gastos a la hora de dejarse llevar por sus instintos más prosaicos. Los años que pasó en la cárcel le sirvieron para que su extravagante compañero de celda le insistiera en implantar en su mente aquello de aplicar el freno y tomar un desvío cuando su intuición le hiciera presentir que el camino allá adelante podía conducir directamente a un despeñadero.

¿Qué te pasa? ¿Te estás volviendo estúpido? ¿¡Qué tanta cosa!? ¿Desde cuando me volví moralista?...

Sacudió las preguntas de su cabeza y trató de concentrarse en las razones por las que había sido convocado a la oficina de Claudio Maturana.


Helmut, caminaba con sus manos en los bolsillos como si el tiempo se hubiera detenido a su alrededor. Estaba absorto en la parte más oscura de su relación con Claudio Maturana. Vislumbraba que gracias a esa velada con Alci había podido darse cuenta que no todo lo que brilla es oro, ni que su vida amorosa estaba tan bien como a veces le parecía. Se le venían encima las imágenes de sí mismo como un estúpido sin coraje ni amor propio. Sin embargo, al mismo tiempo lo invadían sensaciones gratas y alegres al evocar los gestos y las palabras de Alci. Hacía demasiado tiempo que no se reía de verdad con alguien a quien pudiera considerar como genuino y auténtico.

¿Lo es o tú quieres que lo sea? Al hacerse la pregunta, su cerebro echó a correr las imágenes de Alfredo como en una película. Le pareció un tipo encantador que nunca le hizo sentir que estuviera tratando de conseguir algo con él. Sin embargo, íntimamente, presentía que una chispa se había encendido entre los dos. Y eso, lo llenaba de gozo.


Mire, Alfredo...Tenemos un serio problema... - Claudio Maturana, sacó una carpeta del cajón de su escritorio, la abrió y la deslizó hacia él lo justo como para que pudiera apenas vislumbrar su contenido

Aquí, se puede ver que los números en las transacciones del laboratorio con la gente de Costa Rica...pues, no cuadran en absoluto...

Lo que Alfredo logró ver fueron columnas con números y códigos que le resultaron absolutamente incomprensibles. Antes que alcanzara a hacer el intento de agarrar el informe con su mano, el hombre cogió de regreso la carpeta y la metió en el cajón de su escritorio

Esto – exclamó con un gesto rabioso y apuntando con su índice hacia el cajón - ¡Es inaceptable! No voy a tolerar que alguno de esta empresa o...quizás...alguno de mis socios...¡No sé cual!...esté...o estén...derechamente...¡robándome!

Alfredo, estaba de una pieza, sin saber qué decir ni qué actitud asumir ante tamaña acusación.

Es por esto, Alfredo, que voy a necesitar de su ayuda para que aclaremos este asunto de una buena vez... Hay que llegar al fondo de todo esto – dio un manotazo sobre el escritorio y se puso de pie con una calculada brusquedad

¡Claro, señor!...Es decir...dígame usted qué quiere que haga...

Lo que quiero que haga, señor, es vigilar estrechamente a mis socios. Quiero saber qué está pasando y en qué maniobras están metidos...¡No puedo creerlo!

El hombre se dio cuenta que Alfredo estaba entregado a lo que él pudiera decirle. Lo que tendría que hacer ahora era ahondar un poco más en la trama para que terminara de convencerse que sus asociados no eran otra cosa que un par de traidores y ladrones. En un actoral gesto de abatimiento, se dejó caer en el asiento

¡No puedo creer que me hagan esto...nuevamente! - con sus codos sobre el escritorio se tomó la cabeza entre sus manos en un gesto dramático que hizo que a Alfredo lo invadiera una ira genuina en contra de los socios

¿Nuevamente? ¿Cómo nuevamente?...!Malditos sinvergüenzas! - pensó enrabiado

No se preocupe, señor... Déjelo en mis manos...Yo me encargo...

El empresario, parecía estar a punto de quebrarse

Necesitaré de toda su discreción, Alfredo...Tendrá que hacer un trabajo impecable. No quiero que ellos se den cuenta en ningún minuto que usted está detrás de sus maniobras...¿Me entiende?...¿Entiende lo que le digo?

¡Sí, señor...por supuesto! Déjeme estudiar los antecedentes para ver por dónde se mueven esos números...

El empresario levantó un brazo y le hizo un gesto con la mano abierta

No, Alfredo, usted no se preocupe por los números...Dejémosle los números a la gente especializada...

Alfredo, estaba a punto de decirle que era necesario para él tener esa información si quería seguirle la pista al dinero, pero prefirió no extender más las tribulaciones del hombre. Lo veía demasiado abatido y frustrado.

Muy bien, señor. Déjeme ver entonces por dónde puedo empezar para aclarar este asunto...

Claudio Maturana, lo miró con ojos severos

Empiece por vigilarlos, Alfredo. Dedíquese solo a eso...Observe muy bien qué es lo que hacen...a dónde van...con quién se juntan...¡Eso, nada más!

Aunque a Alfredo no le pareció que esa fuera una forma adecuada para desenmascarar el asunto, un presentimiento lo empujó a salir pronto de ahí. Se puso de pie y extendió su mano para estrechar con fuerza la del empresario

Usted no se preocupe. Lo mantendré informado

Gracias, Alfredo. Le recuerdo que este asunto es absolutamente confidencial, entre usted y mi persona. Nadie más...


Siempre le había incomodado estrechar una mano que diera un apretón insulso y sin carácter. La respuesta a su vigoroso apretón, que era una muestra de su convicción y del nivel de su compromiso, fue, nuevamente, una mano blanda e inexpresiva. No supo bien qué pensar de ello, pero le resultó algo más que decepcionante y...desagradable.

Con el convencimiento que tenía buena parte de la tarea hecha, Claudio Maturana echó a correr la segunda parte de su plan. Confirmó, en su calendario sobre el escritorio, que el primer lunes del mes correspondiente a la reunión trimestral de los socios, caía en el día 4 del mes siguiente. O sea, tenía 18 días para hacer que Alfredo pudiera ser claramente documentado haciéndole seguimientos a sus socios.


Durante toda aquella semana, Alfredo estuvo dedicado a verificar todos y cada uno de los movimientos y salidas de Pedro Ramírez y Fernando Benavides. Después de varios días de vigilar y espiar sus movimientos, absolutamente rutinarios, y sin ningún acto especial sobre los cuales sacar conclusiones negativas, ocurrió que aquel viernes, tras abandonar el laboratorio a última hora de la tarde, Pedro Ramírez condujo su coche hasta el exclusivo night club “Le Mistral”. Alfredo, se estacionó en la calle y desde el coche pudo observar que por lo menos había 4 personas controlando el acceso.

Uno de los guardias le hizo un saludo militar a Pedro Ramírez al momento de abrirle el portón.

Alfredo, se sentía extraño. Una parte de sí no tenía la menor intención de hacer nada para saber qué podría estar haciendo allá adentro Pedro Ramírez, y con quién. Sentía que lo suyo era como una misión idiota. No le veía la razón de estar haciendo esos seguimientos cuando el problema de los socios, claramente, tenía que ver con números, movimientos financieros, truculencias de escritorio. De hecho, durante toda la semana de seguimientos se había dado cuenta que los socios eran un par de ingenieros absolutamente concentrados en asuntos técnicos y quienes, a duras penas, tenían vida propia fuera del laboratorio.

¿Entonces, qué hago aquí siguiendo a este señor? ¿Cuál es el complot que dice Maturana? ¿Por qué no estoy investigando los números de aquellos documentos? ¡Esa es la única pista que hay que seguir!

Su mente, insistía en traerle de vuelta la sensación desagradable de la mano flácida del empresario. En ese instante, su cerebro empezó a elucubrar una idea que le pareció tan loca como factible.

¿Cómo unos socios tan serios, abnegados, trabajadores y técnicos iban a estar involucrados en robarse a sí mismos?

No podía ver a Pedro Ramírez haciendo trampas de ninguna especie. Tampoco a Fernando Benavides.

Fue, entonces, que, en su mente, instantáneamente, la figura de Claudio Maturana se le volvió la imagen de un hombre con un plan.

¡Claro que sí! Todo encaja perfectamente...

Con las manos en el volante, Alfredo se quedó con la vista perdida en la imagen del empresario cuando le mostró la carpeta. Pudo, entonces, ver con toda claridad la intención detrás de aquel gesto...

¡Fue un truco! ¡Claro que fue un truco!...

Su mente había empezado a agitarse. Lo invadió un presentimiento de algo oscuro y maquiavélico.

¿Qué podría estar tramando? ¿Que yo descubra algo que le sirva para romper con la sociedad?...¿Que yo los ponga en evidencia?...¿Pero, de qué?...¿O será que...en verdad hay algo en los socios que yo no estoy viendo?

Miró su reloj. Eran las 21:12. Hizo un esfuerzo por vislumbrar en su mente algo oscuro en los socios

¡No...no existe nada con ellos...No hay nada ahí!...¿Entonces?...

Sintió que tenía la garganta reseca. Decidió abandonar la espera y conducir hasta el gran centro comercial de la avenida Kennedy.


Edgar Elices, soltó una maldición. No esperaba que aquel sujeto se moviera de su sitio cuando apenas tenía unos cuantos minutos de haberse estacionado. Tampoco tenía un buen ángulo para tomar la fotografía que retratara a Cifuentes frente a la fachada del centro nocturno. Pensó entonces en dejarlo por esa noche, pero una corazonada le hizo cambiar de idea y se decidió por seguirle.


La cálida ambientación del bar Maverik le hizo buscar una mesa donde tuviera intimidad. Necesitaba concentrarse en sus ideas, tanto como tomarse un trago largo y fresco. Eligió beberse un gin tónica. Lo disfrutó de un solo trago hasta que los hielos rebotaron en sus dientes. El alcohol relajó el frenesí de ideas que se agolpaban en su cabeza. Lo invadió una agradable sensación de calma y placidez, más el respectivo cambio de perspectiva conque su mente empezó a percibir el problema.

Ahora, no le costaba demasiado concebir con cierta claridad las truculencias de Claudio Maturana para meterlo en aquel plan suyo.

Pero...¿Cuál es el plan? - con su vista fija en el vaso de gin tónica recién servido y mientras su dedo índice le daba vuelta a los hielos, Alfredo repasaba los diferentes eventos del pasado que le llamaron la atención sobre la personalidad del empresario. Su flácido apretón de manos le seguía entregando sensaciones incómodas.

Sintió vibrar su teléfono en el bolsillo de su chaqueta.

¿Hola?

Hola, Alfredo, soy Helmut...

Hey, Helmut...¿Cómo estás? - le dio gusto escuchar la voz de aquel chico

Bueno...Bien...Sí, bien...¿Y tú que tal?

Alfredo, evocó algunos detalles del rostro de aquel maricón bonito e imaginó que estaría necesitado de algo

Yo, bien, aquí tomándome un gin en el bar del mall de la Kennedy...¿Te apetece?

¿Ahora?

No, el viernes del mes que viene...jajajá...¡Claro que ahora!

Sí, qué tonto... Bueno, me encantaría... - por su cabeza pasó el fantasma del manejo - No quiero manejar, así que llamaré a un taxi...

Como tú quieras. Después te llevo de vuelta...

Helmut, estaba emocionado

Oca. Te veo en un rato...¿Estás en el Maverik, verdad?

Ahá...

Ok. En 30 minutos estoy ahí. Hasta pronto...

Helmut, apretó el botón del citófono que lo comunicaba con la recepción del edificio

Hágame el favor de conseguir un radio-taxi. Estaré listo para salir en 15 minutos

Se dio una ducha, se cambió de ropa y frente al espejo del closet le dio un repaso a su imagen hasta sentirse satisfecho de lo que veía. Su guardarropa poseía lo suficiente como para vestir a una multitud.

Helmut, con su madre fallecida cuatro años atrás y como hijo único, había heredado el penthouse y varias otras propiedades de su padre tras un fatal accidente en su avión bimotor que capotó hacía dos años en un lugar casi inexpugnable de la Patagonia.

Fueron aquellas dos fatalidades las que cambiaron completamente su carácter y modificaron su personalidad. De ser un chico feliz y extrovertido, pasó a volverse retraído e insociable. Desarrolló una furia enorme en contra del dios que alababa su madre y terminó por convertirse en un ser amargado y rebelde. En ese período oscuro de sí mismo desarrolló el gusto por castigarse hasta hacerse daño. Llegó un momento en el que experimentó con su sexualidad con el solo afán de sentir dolor.


Cuando Alfredo lo vio venir, se dio cuenta que aquel chico tenía para él un atractivo excitante. Pensó que, más allá de expresar marcadamente un lado femenino, poseía ese halo de sensualidad fatal que calzaba perfectamente con su estilo sofisticado de niño rico homosexual.

Se levantó de su asiento para darle un abrazo. Se sentaron uno frente al otro. Helmut, pidió un pisco sour. Alfredo, tomó un largo sorbo de su trago. Inmediatamente, se dio cuenta que el alcohol se le había subido a la cabeza lo suficiente como para tener que estar alerta. El peligro de una lengua traposa estaba demasiado cerca.

Helmut, lo miró y soltó una risa que a Alfredo le pareció graciosa

¡Vaya, veo que me llevas un par de tragos de ventaja...

Noup...solo uno...y este otro...jajajá...

A Helmut le parecía encantador ese aire tosco de Alfredo. Sentía que era un hombre que sabía contenerse y que más allá de cualquier atisbo de vulgaridad, creía ver en él a un tipo de buenos sentimientos que parecía tender a la sinceridad y la camaradería. Estaba emocionado de sentirse tan a gusto con alguien a quien recién empezaba a conocer.

Dejando de lado su natural timidez y recelo, alzó su vaso para chocarlo con el de Alfredo

¡Salud por esta amistad nueva!

¡Bravo por ti! - exclamó Alfredo dándole un manotazo en el hombro – Te veo optimista y muy...digamos que...bien!

Helmut, rio de buenas ganas

¿Y qué me cuentas? - Alfredo tenía una mirada chispeante - ¿Cómo va la vida...eh?

Pues, nada... - Helmut, contuvo el impulso de irse por lo negativo – Ahí vamos andando...haciendo cosas...Bien, en general...

¿Y en comandante?

Jajajá...algo mejor...

¿Y tú?

Bien...y mal. Digamos que algo complicado en el trabajo...con dudas y otras cosas...

Nada grave...imagino

No...no...solo ese asunto incómodo de la incertidumbre...Estoy como en la mitad de un túnel...sin saber si debo ir a la izquierda o a la derecha... - hizo un gesto chistoso con el índice levantado - ...y aclaro que no soy comunista...jajajá...

Helmut, no se rio. Tomó las palabras de Alfredo como una revelación de algo que parecía importante

¿Y qué pasa si te equivocas de dirección?

¡Ahá...he ahí el asunto!... - le dio un leve apretón en el brazo – Sería muy malo que me equivocara...De hecho, no puedo equivocarme...

Intrigante asunto...¿Y cómo podrías estar seguro de tomar la dirección correcta?

Alfredo, enderezó su espalda como si quisiera tomar distancia antes de confesarse

Descubriendo cuál es la verdadera intención detrás del plan de un tipo que...es mi superior...mi jefe...

¡Vaya! Tenemos el mismo problema...

No me digas...¿También tienes un jefe que te cuenta mentiras?

Alfredo, notó una cierta pesadumbre en la mirada de Helmut

No...yo no tengo jefe...Lo que tengo es una especie de amigo...alguien especial. Un hombre mayor que muchas veces me entiende, que es súper lúcido...pero que otras tantas veces parece una persona oscura que tiene la mente llena de ideas de poder o cosas por el estilo...

¿Lo quieres?

Helmut, se sintió sorprendido con la pregunta. Sin embargo, le arrebató el impulso de desahogarse

No sé...Antes...hace unos días...te habría contestado que sí – se bebió de un sorbo el resto del trago y luego suspiró apretando los labios - ...Ahora, no sé...

Perdona la pregunta, amigo...pero ¿tú eres mayor de edad o qué?

¿O qué?...jajajá...¡Qué pregunta tan rara!...- el pisco sour le hacía sentirse relajado y liviano - Sí, señor, soy mayor de edad...Acabo de cumplir los veinte...aunque todos creen que tengo menos...

Sí, yo también lo creí...jajajá... - su cerebro insistía en mirar el lado femenino de aquel chico. Se daba cuenta que había algo en él que le atraía sexualmente. Luchaba por mostrarse indiferente a aquella excitación...Entonces, quiso desviar el curso de esa sensación que lo empujaba a la conquista...

Bueno, pero volviendo a lo de mi superior...tengo que decir que él está metido en algún tipo de complot que no sé cual es...

Helmut, podía percibir la agitación que provenía de Alfredo. Se daba cuenta perfectamente que estaba como ansioso o quizás...algo más.

¡Qué mal! Nada más infame que un tipo con poder... Bueno, a lo mejor me estoy adelantando demasiado...¿Este superior tuyo es un hombre de poder?

En realidad, no sabría decirte...es un empresario muy ambicioso que tiene a la química de su lado...

Helmut, se quedó de una pieza. Sintió un apretón en la boca de su estómago

¿Química?... ¿Me estás hablando en serio?...¿Cómo se llama aquel tipo?

Alfredo, estaba sorprendido por la reacción de Helmut. Pudo notar que se había puesto bastante tenso

¿Por qué?...¿Te recuerda a alguien?

Helmut, no sabía qué pensar. Quiso ver en el rostro que tenía enfrente alguna señal que le hiciera ver que aquel no estaba jugando con él.

No...no sé...Lo que pasa es que me acordé de alguien...un tipo...alguien que es un especialista en asuntos de la química...

Ya veo... - Alfredo, sintió que había algo más detrás de esa respuesta - ...¿Y cómo se llama aquel hombre?

Estee... Juan...Juan Poblete...

Bueno, si de algo te sirve, este tipo del que te hablo, no es aquél... - Alfredo intentaba descifrar el cambio de humor en Helmut

¿Y a qué se dedica Juan Poblete?...Digo...más allá de la química...

Dudó antes de contestarle

Lo único que sé es que es dueño de un laboratorio...

Ahora fue el turno de Alfredo para quedarse perplejo

¿Me estás jodiendo?...Esta sí que es buena...El tipo del que yo te hablo también es dueño de un laboratorio...

Helmut, estaba desconcertado. Por su mente pasaban imágenes de algún tipo de complot en el que Claudio Maturana era el gran protagonista. No podía descifrar si Alfredo tenía algo que ver con ello

No me digas...trabajas para Claudio Maturana...- dijo fijando al máximo su atención en el semblante de su interlocutor

Alfredo, no se inmutó. Ya había comprendido todo

Así que Claudio Maturana es tu Juan Poblete...

Ambos, se quedaron mirando detenidamente. Helmut, quiso interpretar que quien estaba enfrente suyo no era parte de algo premeditado

¡No lo puedo creer! - exclamó – Quiero creer que a ti no te mandó Claudio para algo que no atino a comprender qué podría ser...

Alfredo, lo tomó del brazo

Pues, quédate tranquilo. No hay nada de eso. Yo, estoy aún más sorprendido que tú...¡Vaya puta coincidencia!

Sí...es difícil de creer que estemos hablando del mismo Claudio – exclamó Helmut

Y todo fue por lo del artículo aquel... - replicó Alfredo

¡Sí...qué locura!

Una vez rota la tensión y, en principio, descartadas las sospechas, ambos se quedaron absortos en sus pensamientos por varios segundos. Alfredo rompió el silencio

¿Qué tan bien conoces a Maturana?

No sé...Ahora, como que me doy cuenta que lo conozco muy poco...

Pues, tendré que decirte que lo que se me viene a la mente sobre él no es nada muy bueno. Mientras más vueltas le doy, más creo que tu amigo está metido en algo muy feo...

¿Como qué?

Pienso que tiene que ver con... sus socios...Creo que Claudio Maturana se quiere deshacer de sus ingenieros y socios del laboratorio...

¿Cómo deshacer?...¿Te refieres a eliminarlos?...¿A un crimen?

No sé si tanto, pero pienso que, al menos, les está preparando alguna jugada que los hará salir del negocio...

Bueno, Claudio Maturana, enrabiado, podría ser un enemigo extremadamente peligroso... - Helmut recordó un episodio – Es un tipo muy determinado...capaz de cualquier cosa con tal de salirse con la suya...

¿Y cómo fue que te...aliaste con él?

La pregunta lo pilló de sorpresa.

Creo que me tomaré otro pisco sour antes de contestar a esa pregunta

Alfredo, le hizo un gesto a la camarera y luego le mostró a Helmut la palma de su mano abierta

Perdona, no te quise incomodar. Simplemente, la pregunta llegó sola a mi bocota...

Helmut, le sonrió con simpatía

No te preocupes...Creo que hasta me va a resultar útil contarte cómo fue que llegué hasta Claudio Maturana...

Alfredo, se dio cuenta que con la sacudida, tras el descubrimiento de ambos relacionados con Claudio Maturana, su mente parecía haberse despejado del sopor del alcohol.

Helmut, se quedó absorto unos instantes con el vaso en posición de brindis. Alfredo, alzó el suyo y esperó a que el chico saliera de su ensimismamiento.

¿Por qué podríamos brindar? - dijo Helmut de pronto- ...¿Por...nosotros?

¡Por nosotros! - exclamó Alfredo y chocaron los vasos.

Helmut, se zampó la mitad del pisco sour. En segundos el alcohol se le había subido a la cabeza. Se sentía algo turbado

¿Viene entonces la historia? - la pregunta de Alfredo lo desconcertó por un segundo

¿La historia?

Así es, estimado...la historia que puso a Helmut en el camino de Claudio Maturana...¿O fue al revés?

Helmut, luchaba por coordinar las ideas y encontrar las palabras. Del desconcierto, pasó a una emoción que le apretaba la garganta

Ah, eso...No es la gran cosa...Solo las ganas de no estar solo...- sus ojos parpadeaban como queriendo evitar las lágrimas - ...Ser hijo único de padres...fallecidos...es...una cosa horrible...una tragedia monstruosa...difícil de digerir...

Eh...Claro que sí – Alfredo pensó entonces que era una mala idea llevar a Helmut por el camino de aquellos recuerdos – Lamento escuchar lo de tus padres... ¿Podemos cambiar de tema y hablar de otras cosas...como de lo que haces para vivir, por ejemplo? ¿Trabajas?

No te compliques, Alfredo – sus ojos mostraban que el alcohol había hecho un gran efecto en él – ...No tengo problemas en hablarte...O sea, yo...conocí a Claudio en un lugar equis...una feria...un evento en el parque Araucano...No me gustaba para nada...Era solo un señor grande que comía un sándwich enorme...que le chorr...chorreaba...¡Uf, qué palabra tan complicada!...le chorrrrr...rreaba...los zapatos...

Alfredo, no sabía si reírse o sentir lástima por el momento que pasaba Helmut.

Señor...le dije...el sándwich le está ensuciando sus zapatos. Así fue como lo conocí...

Alfredo, se largó a reír

¡No me digas! ¿Y eso fue todo?

Pues...sí... Así lo conocí...Tonto de mí que andaba buscando cualquier cosa que me hiciera acallar mis pensamientos... Me sentía mal y tenía ganas de hacer alguna estupidez... - le hizo un gesto a la camarera - Necesito agua...

Se zampó todo el contenido mientras su respiración resonaba dentro del vaso

Ahora sí – exclamó poniendo el vaso vacío sobre la mesa - ¡Uf...tenía la lengua pegada al paladar...Creo que ya me llegó oxígeno al cerebro... Jajajá...

La risa de Alfredo retumbó en la sala. Helmut, rió con él. Después, se quedaron en silencio. Helmut, bostezó y el contagio fue inmediato. Decidieron entonces que ya era hora de irse a dormir. Ninguno de los dos estaba en condiciones de alargar la jornada ni tampoco parecía haber ansiedad ni energía para algo más. Un abrazo fraternal dentro del coche fue la despedida frente a la puerta del edificio de Helmut.

Alfredo, lo miró cruzar el umbral del acceso, y pensó que era un chico estupendo...un bomboncito...

¿Un bomboncito? - se sorprendió de su propia expresión - ¿Qué te pasa? ¿Estás caliente o qué?...¿Te gustan los maricones?...¡No, por supuesto que no!...¿Pero, te gusta este, verdad?...

Se recostó en el asiento y se quedó absorto en sus pensamientos durante varios minutos.

Helmut, vio el número en la pantalla del celular y su corazón se aceleró

Hola, de nuevo...estoy aquí, en la puerta del edificio...¿Te parecería bien si subo?

No hubo respuesta, solo el estridente chasquido del seguro de la puerta al abrirse.

¡Vaya, esta sí que es buena! - exclamó Edgar Elices – Hay alguien que no va a estar nada de contento cuando se entere que su mariconcito juega a varias bandas...



19 de Noviembre de 2020 a las 11:28 0 Reporte Insertar Seguir historia
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