gabidomenech Gabi Domenech

Con la población confinada por la pandemia, Lino solo deseaba entrar en su casa y descansar, pero Bernardo, un viejo que adoraba los animales y detestaba a los humanos, no se lo pondría fácil.


Crimen No para niños menores de 13.

#asesinatos #confinamiento #odio-vecinos
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La gaita del confinamiento

Antes de salir de casa, comprobó que no hubiera nadie en el rellano. Pegó un ojo a la mirilla, abrió la puerta y bajó por las escaleras sin hacer ruido para no alarmar a los perros del vecino.
Lino residía en la segunda planta de un viejo edificio, con solo tres vecinos. Por encima de él, vivían los alemanes, una familia sueca que tocaba la säckpipa, una gaita típica de su país. Aunque a Lino no le gustaba el agudo sonido de la trompetilla, lo aceptaba como parte del mestizaje que había sufrido el barrio en los últimos años.
Al verlos por primera vez, los bautizó como «los alemanes». Su aspecto los sentenció al sobrenombre, pero resultaron ser suecos. Aunque se enteró meses después, era demasiado tarde para corregirlo.
La pareja se mudó a la casa después de que Lino se trasladara al apartamento de su difunta madre. Los alemanes eran rubios grandotes y tuvieron un niño, también grandote, que lloraba a todas horas y con tonos más agudos que la chirriante säckpipa del padre. «El niño tiene unos pulmones prodigiosos», pensaba Lino.
La madre siempre se disculpaba al verlo. «Tranquila, los bebés siempre lloran», le decía Lino para no incomodarla, aunque jamás había oído nada tan exasperante como el pequeño altavoz rosáceo. Sus bramidos eran insoportables. Probó con tapones, auriculares, pero nada le funcionaba. A menudo, soñaba que el padre, preso por un ataque de locura, arrojaba al niño por la ventana del patio de luces, y que él vitoreaba el lanzamiento. El sueño lo avergonzaba, pero, tras horas de gaita, se repetía.
Una luminosa mañana, el pequeño alemán se despertó y no lloró más. El silencio volvió a la casa y Lino escuchaba el canto de los pajaritos que anidaban en un árbol frente a la casa.
Cuando el pequeño de los alemanes cumplió siete años, el padre tuvo la sensacional idea de comprarle una gaita. El teutoncillo —como a Lino le gustaba llamarlo— gozaba de unos pulmones extraordinarios y se entusiasmó con el instrumento. Los padres lo celebraron con alegría y lo animaban a tocarlo. El mocoso ampliaba y agudizaba su capacidad pulmonar con la gaita más que cuando era bebé.
Regresaron otra vez las pesadillas del niño volador y Lino pidió a los alemanes encontrar una solución. Les suplicó que tomaran medidas para que el niño no tocara a diario; pero no le hicieron caso y continuó con la gaita. Hasta que un día, Lino perdió las formas, subió al piso del vecino y los amenazó de ser él quien les haría la vida imposible. Recibió un portazo como respuesta y regresó a su apartamento.
Aunque no era un hombre violento ni le gustaba estar a malas con nadie, se empeñó en encontrar algo que los molestara. Guardaba una caja llena de casetes con recopilaciones de música española de los años setenta. Enchufó el viejo equipo de música e introdujo la primera cinta que encontró. Sonaba a máximo volumen Vivir así es morir de amor de Camilo Sesto. Reprodujo la canción en un bucle infinito durante más de dos horas, hasta que llamaron a la puerta. Era Bernardo, el vecino de la planta baja, un tipo de mecha corta y resentido con la vida. El hombre sujetaba una escopeta de caza que apuntaba a la cabeza de Lino. Aunque estaba un poco sordo, dijo que no soportaba más la canción y le ordenó apagar la música de inmediato. Lino corrió a hacerlo.
Bernardo hacía las veces de conserje, encargado de la limpieza y presidente de la finca; era un viejo que adoraba los animales y detestaba a los humanos. Compartía el piso con tres sabuesos que ladraban como poseídos cuando alguien entraba en la casa, y con centenares de cucarachas que, al llegar el buen tiempo, salían por una rejilla de ventilación de la cocina a pasear por la escalera.
Con el estado de confinamiento, la situación había empeorado: el niño de los alemanes no iba a la escuela y tocaba la gaita sin parar. El padre estaba en paro y la madre, considerada esencial en tiempos de pandemia, trabajaba a media jornada en una lavandería industrial; Bernardo, asustado por el estado de alerta, se había encerrado en casa. No sacaba a los perros por miedo a que se infectaran, aunque los soltaba un rato por la escalera para que corrieran. Los chuchos se meaban y cagaban por todas partes.
El conserje tomó sus propias medidas de seguridad para el encierro: selló con plásticos la puerta principal, y decidió controlar las entradas y salidas que se realizaran en la finca. Permitía una salida al día por vecino y les advirtió que tenía prohibida el acceso a cualquiera que no fuera de la casa. Dejó las nuevas normas escritas en un papel colgado junto la entrada. Aseguraba que eran medidas necesarias para una situación excepcional y que solo un riguroso control evitaría la propagación del virus en el edificio.
Lino pensaba que el portero se excedía en sus funciones y se otorgaba poderes que no le correspondían. En desacuerdo con las normas, llamó al timbre del portero para debatirlas de manera educada. Bernardo entreabrió la puerta mientras sujetaba a los perros, que ladraban excitados. Lino le manifestó sus quejas y él le insinuó que se largara tras azuzar a los chuchos.
Desde lo alto de la escalera, el alemán los observaba y se reía a carcajadas.
—¿Qué miras, soplagaitas? —le gritó Lino.
Desde el incidente del niño, los dos vecinos se la tenían jurada. Su relación se convirtió en una suma de desencuentros: insultos, sabotajes, amenazas, denuncias, trampas, cualquier cosa valía con el fin de joderse uno al otro. El alemán entró en el piso y agarró lo primero que encontró: un zapato, una manzana y unos briks de leche. Los lanzó sobre su vecino, sin acertar en el objetivo. Mientras Lino corría a refugiarse a su apartamento, Bernardo soltó a los perros para que lamieran la leche desparramada por la escalera.

Era medianoche y el sonido de la gaita todavía resonaba en la cabeza de Lino.
Se miró al espejo y verificó que estaba protegido con el equipo antivirus para salir a tirar la basura: guantes, mascarilla y gafas. Antes de hacerlo, comprobó que no hubiera nadie en el rellano. Pegó un ojo a la mirilla, abrió la puerta y bajó por las escaleras sin hacer ruido para no alarmar a los perros del vecino.
La calle estaba desierta. El resplandor azulado de los televisores advertía del resto de vecinos confinados en casa. Lino se soltó la mascarilla para fumar un cigarrillo y resopló. Al buscar el mechero en los bolsillos, se percató de que no había cogido ni el móvil ni las llaves de casa.
—¡Mierda! —exclamó.
El mechero sí lo llevaba. Encendió el cigarrillo e inhaló una profunda calada antes de repasar las circunstancias de la nueva situación: no tenía llaves de repuesto ni móvil para llamar a nadie; tampoco los vecinos del barrio le ofrecerían cobijo dada la situación de pandemia; y a escoger, prefería dormir antes en un hospital que recibir la ayuda de los alemanes o de Bernardo; era tarde, hacía frío y estaba prohibido andar por la calle sin permiso.
Dio unas caladas más y pensó que lo mejor sería llamar a un cerrajero, confiando en que su trabajo se considerara esencial. Antes debía encontrar alguien que le prestara un teléfono para llamar. Lino se acercó a la persiana del estanco que tenía enfrente de casa. Había decenas de etiquetas de cerrajeros adheridas junto el cierre; se arrodilló para arrancar una. Los faros de un coche lo iluminaron y sonó una sirena.
—¡Quieto, no se mueva! —le gritó un policía.
Lino giró la cabeza y las luces lo deslumbraron. Antes de que pudiera decir nada, dio con sus huesos al suelo y un policía le pisó la cabeza. Trató de levantarse y recibió un manotazo.
—¿Qué pretendes robar, cabrón? —le dijo un policía.
Lino apenas podía respirar y, con un hilo de voz, le respondió que vivía en el edificio de enfrente y de que se había dejado las llaves en casa.
El aspecto de lino no lo ayudaba. Vestía con un pantalón de chándal y calzaba unas zapatillas viejas que usaba para las salidas a la calle en confinamiento. El policía lo registró para ver si llevaba un arma o la documentación. Lino volvió a explicarle que se lo había dejado todo en casa y señaló la finca donde vivía. El policía levantó la cabeza y vio al alemán asomado a la ventana. Sin dejar de pisar el cuello de Lino, le preguntó al vecino si lo conocía. El otro negó con la cabeza y respondió que lo veía merodear por el barrio desde hacía unos días.
—Hijo de puta, ¡diles la verdad! —gritó Lino.
El policía lo agarró del brazo, le colocó las esposas y lo arrastró hasta el coche. A trompazos, lo metió en el asiento de atrás. El alemán lo observaba desde la ventana de casa.
Mientras el coche circulaba en dirección a la comisaría, Lino reconoció a Toby, un perro salchicha que un vecino del barrio arrastraba a disgusto del animal.
—¡Toby! ¡Es Toby! —gritó—. Conozco al perro y al señor que lo pasea. Él les confirmará que soy del barrio.
El coche patrulla se detuvo a la espera de que el hombre llegara a su altura. El vecino, al ver el vehículo parado, se detuvo también.
El policía lo observaba desde el retrovisor; vio que el otro hombre daba media vuelta y se alejaba a paso rápido en dirección contraria. Dieron marcha atrás hasta llegar a él.
—¡Deténgase! —le gritó el agente—. ¿De qué coño huye?
El hombre pidió disculpas y reconoció haber sacado al perro hacía menos de una hora:
—Mi mujer no me deja fumar en casa, y el perro es muy mayor y tiene problemas de próstata…
—¿Te llamas Toby? —le preguntó el policía.
—Yo no, pero el perro, sí.
Desde el asiento de atrás, Lino aclaró que en el barrio apodaban a la gente con el nombre de su perro. El policía le ordenó callar y le preguntó al dueño del animal si conocía al hombre esposado. El amo de Toby se acercó al cristal con una mano sobre la frente para evitar reflejos y lo observó. Lino pegó la cara a la ventanilla y abrió los ojos con la esperanza de que lo reconociera, a pesar de llevar mascarilla. El señor dudó y respondió que, con la cara tapada, costaba identificarlo.
Esposado con las manos en la espalda, Lino arrastró la cara contra el asiento para bajarse la mascarilla, y la pegó de nuevo al cristal.
—Coño, sí es el hijo de la Clementina. Vive aquí cerca, frente al estanco —les dijo el vecino.
El perro salchicha ladraba a los policías mientras le sacaban las esposas a Lino y los dejaban ir.
—Vayan a casa y no salgan más a la calle por hoy —les dijo el policía.
El vehículo se alejó. Lino dio las gracias al señor Toby y le pidió si podía prestarle el móvil para hacer una llamada.
—Me perdonará, pero, con esto del virus, no debería compartir el teléfono.
—Si me puede hacer el favor de llamar usted —sugirió Lino y le mostró el adhesivo que arrancó de la persiana.

Al poco rato, un hombre en motocicleta paró frente la casa de Lino y sacó una bolsa de la maleta. Él lo esperaba sentado en el portal.
—Me dejé las llaves en casa.
—¿Y tiene la de esta? —le preguntó mientras miraba la entrada de la finca.
—No, tampoco.
—¿Llamó a algún vecino para que le abriera?
—Es complicado y tampoco quería molestar a estas horas.
El cerrajero era un hombre mayor con años en el oficio y sin ganas de discutir. Llamó al timbre de los alemanes y esperó. Insistió, pero no respondieron. Llamó al conserje. Lino lo observaba con indiferencia. Sabía que era una pérdida de tiempo y que los vecinos no abrirían, pero tenía la esperanza de que el cerrajero los convenciera.
Después de insistir, Bernardo salió con los perros a la escalera y habló con el cerrajero a través de la puerta. El plástico que cubría la entrada no permitía más que ver la silueta del viejo conserje a contraluz. A los perros sí se les veía la cara cuando golpeaban la puerta con el hocico.
—¡Lárguense! —gritaba Bernardo entre los ladridos de los chuchos. Esta finca está en cuarentena. Todos los vecinos estamos infectados.
El cerrajero dio un paso atrás y miró a Lino, que se puso en pie para darle explicaciones.
—No le haga caso, que está loco.
El cerrajero se dirigió a la moto, cargó la bolsa y se largó como si hubiera visto al diablo.
—Bernardo, ¡eres un cabrón!
—No haber salido, Lino —respondió el portero.
Sin saber qué hacer ni a donde ir, Lino agarró unos cartones del contenedor y se acomodó sobre ellos entre unos setos del parque para pasar la noche.

Con las primeras luces del día, un camión de la basura lo despertó. A pesar de dormir al raso y estar congelado, abrió los ojos y sonrió: tenía un plan.
Esperó en una esquina, cerca de casa, a que la alemana saliera y la siguió. Cruzaron el barrio y tomaron una avenida hasta llegar al lugar donde ella trabajaba. Las calles estaban desiertas y había un extraño silencio. Lino se mantenía a cierta distancia para que ella no oyera sus pasos. La mujer llegó a un edificio y entró por la puerta de un almacén. Unos hombres estaban descargando unas cajas de un camión en una rampa de acceso y Lino agarró una sin que lo vieran. Atravesaron un espacio diáfano lleno de mesas y máquinas. La alemana dejó el bolso junto a una taquilla y entró en los lavabos. Unas mujeres con batas azules arrancaban unas ruidosas lavadoras y otras vaciaban unos carros llenos de ropa. Lino, escondido tras la caja, cruzó el taller sin que se fijaran en él, cogió las llaves del bolso de la alemana y se largó de ahí. Antes de salir, vio unas tijeras sobre una mesa y las guardó bajo el chándal.
Lino sabía que Bernardo iría a por comida para perros aquella mañana. El conserje dedicaba una mañana a la semana a la compra y volvía con un carro repleto de latas de carne para los chuchos.
Esperó hasta verlo salir. Abrió la puerta con las llaves de la alemana y entró en el rellano. Los perros ladraban. Lino se escondió bajo las escaleras, en el cuarto de los contadores, y esperó un par de horas. La gaita sonaba desde hacía rato cuando Bernardo volvió a casa. Entró y soltó a los perros para que corrieran por la escalera. Fueron hacia Lino, que los esperaba escondido con la puerta del cuarto de los contadores entreabierta. Uno de los perros metió la cabeza. Lino le trabó el hocico con la puerta mientras le asestaba repetidos tijeretazos en el cuello sin que el chucho pudiera responder. Otro de los perros consiguió introducir también la cabeza y Lino le clavó las tijeras del mismo modo hasta matarlo. La misma suerte corrió el tercer chucho hasta que se hizo el silenció. De fondo, se oía a los vecinos tocar las gaitas. Lino pateó la puerta para apartar a los perros que se apilaban tras ella. Todo estaba lleno de sangre, las paredes, el suelo, y el rostro de Lino.
Se acercó con sigilo al piso del conserje, que tenía la puerta entreabierta. En el momento en que Bernardo se asomó para llamar a los perros, Lino le colocó las tijeras en el cuello y lo obligó a entrar en la casa.
Bernardo tenía la vivienda forrada en papel film. Sobre una mesa guardaba infinidad de rollos de cinta plástica de cocina. Los muebles, lámparas, libros, la televisión, todo, sin dejar detalle, estaba envuelto en película plástica. A pesar de que Lino no estaba en sus mejores condiciones para juzgar a nadie, le pareció la obra de un perturbado. En la cocina solo había comida para perro. Latas y latas apiladas del mismo producto cárnico que el conserje compartía con sus tres canes.
Lino ató a Bernardo de pies y manos, y lo enrolló también con el film. Lo amordazó y lo dejó tumbado en el suelo del comedor. Se aseguró de que pudiera respirar por unos agujeros en el plástico.
Un ruido en la escalera los alertó. Bernardo, enrollado como un capullo de seda, se agitaba, hasta que Lino le pisó la cabeza. Agarró la escopeta que el conserje había dejado sobre el mueble del recibidor y se escondió detrás de la puerta.
El alemán, que había visto a los perros muertos y las pisadas de sangre que conducían al piso de Bernardo, susurró el nombre del conserje.
Lino abrió la puerta y lo apuntó con la escopeta. Le ordenó entrar, lo ató y envolvió también con el rollo de plástico. Le recriminó a patadas la respuesta a la policía la noche anterior.
Dejó a los dos hombres tumbados juntos y subió al piso de los alemanes, desde donde planeaba descolgarse por la ventana y entrar en el apartamento. Abrió la puerta y se encontró en medio del pasillo al teutoncillo con la gaita entre los brazos. El niño, que esperaba ver a su padre, gritó como un poseído. Lino lo sujetó y le tapó la boca. El niño se puso a patalear y le mordió una mano. La ventana del patio de luces estaba abierta y, como tantas veces había soñado Lino, aupó al pequeño y lo lanzó al vacío. El niño se estrelló en el patio del conserje.
Llovía a cántaros desde hacía un rato. Lino se quedó apoyado en el alféizar de la ventana mientras observaba la lluvia caer sobre el niño inmóvil. La gaita, que quedó bajo el teutoncillo, expulsó el aire que guardaba el fuelle, y emitió un último y lánguido sonido.
Lino buscó sin éxito una cuerda para descolgarse. Bajó a casa de Bernardo y tampoco encontró una. Los envainados vecinos gemían y se agitaban. Lino se acercó al alemán y observó a través del plástico la mirada de odio; tenía los ojos rojos y llenos de lágrimas. Lino se bajó el pantalón y se orinó en su cara.
Alguien llamó al timbre de la puerta con insistencia. Debía de tratarse de la alemana, que regresaba del trabajo y no tenía llaves. Al oírla, el marido se agitó todavía más. Lino se acercó a él y le susurró:
—Es de buen vecino abrir la puerta a otro que olvide las llaves. —Le tapó la boca para que dejara de moverse.
La mujer, resguardada de la lluvia bajo la chaqueta, insistía y llamaba a todos los timbres. Lino le entreabrió la puerta principal y, como si de uno de los perros se tratará, le asestó un fuerte golpe cuando ella asomó la cabeza.
Ella recuperó el conocimiento al cabo de un rato, y se hallaba también envuelta con film plástico y postrada junto el cuerpo del marido, que ya no se agitaba.
Lino subió a casa de los alemanes, cogió unas sábanas y las anudó como había visto en infinidad de películas. Con un doble nudo, se aseguraba de que la sábana resistiera. Ató el extremó a la pata de una mesa y se descolgó por la ventana. La carcomida pata cedió y Lino cayó al vacío. Sonó un crujido al golpear contra el suelo y se quedó tumbado bocabajo frente a la suela del zapato que todavía calzaba. La sangre que le brotaba de la cabeza teñía el agua de la lluvia de color carmín.
A su lado, reposaba el pequeño alemán. Alargó el brazo y agarró una trompetilla de la gaita que el niño tenía bajo el cuerpo. La observó. Era de madera y tenía unos bonitos ornamentos tallados a mano.
Semanas después, la policía acudió a la finca por la denuncia de la desaparición de la mujer del alemán, la única persona esencial de la finca que echaron en falta. Derribaron la puerta y encontraron ocho cadáveres: cinco humanos y tres caninos.
No hallaron restos de virus en las autopsias, y sus muertes no se contabilizaron en las estadísticas de fallecidos por la pandemia.

17 de Noviembre de 2020 a las 17:38 1 Reporte Insertar Seguir historia
2
Fin

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Giles Le Coste Giles Le Coste
Sorprendente
March 17, 2021, 11:48
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