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nadiaerguia Nadia Erguía

"No mires tu pasado. Eres mucho más valiosa de lo que piensas." Samanta huyó de casa cuando sufrió de violencia doméstica por parte de su padre. Desde ese día juró que solo ella tomaría las riendas de su vida y nadie más. Pero aquella no fue la única decisión difícil que ha tenido que tomar para seguir adelante, pues las circunstancias no le han permitido hacer otra cosa que trabajar para Lucian, un hombre que no escatima en recursos para no dejar escapar a sus preciadas flores de su control. Sin embargo, Sam lo ha hecho. Y ahora su pasado, su presente y su futuro, van a colapsar.


Drama Sólo para mayores de 18.

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LIBERTAD

La chica observó su rostro en el espejo.


La nueva golpiza en su mejilla le dejaría un gran hematoma, de eso no cabía duda. Probó con sonreír al reflejo, pero hacerlo le causó mucho dolor, por lo que solo logró formar una mísera mueca. Abrió un poco la boca, inspeccionando si no tenía alguna hemorragia interna que no pudiera ver, movió la lengua de arriba a abajo, de derecha a izquierda. Todo parecía estar en su lugar. Al menos todavía conservaba los dientes.


Hace rato que debería estar llorando, de hecho, sabía que debía hacerlo en cuanto aquella mano impactó contra su piel. Por mucho tiempo así fue, cuando era más pequeña. Sin embargo, más adelante aprendió a no darle esa satisfacción sobre ella y hoy no iba a ser la excepción, lo tenía decidido, pues llevaría a cabo un plan de escape; esa paliza no la detendría.


Ya estaba cansada de esperar a que su padre cambiara.


Se aplicó un poco de alcohol e hizo otra mueca al sentir el escozor, pero le fue fácil ignorarlo al cabo de un momento. Luego decidió que tomaría su última ducha.


Mientras las gotas corrían por su rostro pensó en lo poco que faltaba para conseguir su libertad y sin darse cuenta comenzó a cantar sin ningún ritmo en concreto. Tarareó, gritó, incluso bailó siguiendo el movimiento de la música imaginaria. Finalmente, cerró la regadera, se enrolló en una toalla y se dirigió a su habitación.


Al abrir examinó detenidamente aquella minúscula alcoba, solo poseía algunas pocas cosas personales que aún le quedaban después de muchos años. La mayoría eran baratijas, demasiado viejas como para que tuvieran algún valor. Lo esencial lo tenía guardado y escondido en su pequeña mochila deScooby Doo. El resto su padre podía quemarlo o tirarlo a la basura, pues ya no le interesaban en absoluto.


Se agachó y abrió la trampilla de su cama. Sacó lo único que le hacía falta guardar, pues había tenido tanto miedo de ser descubierta que no quería correr el riesgo de que él también se adueñara de lo más valioso que tenía: su pequeña caja de dulces.


Acarició la textura lisa de madera oscura, llenándose de antiguos recuerdos.

La dejó en la cama y comenzó a vestirse. Le vino el recuerdo de aquella mujer llamada Karla, quién le había ayudado a conseguir lo que necesitaba para que pudiera huir de todo lo que la ataba allí. Sino fuera por ella, tal vez nunca se hubiera atrevido por cuenta propia.


Ya vestida, tomó la mochila de Scooby Dooy guardó la caja con reverencia. Después solo fue cuestión de esperar muy quieta detrás de su puerta.


Estuvo atenta a cualquier ruido, hasta que por fin percibió que abrían y cerraban la entrada del apartamento. Unos pasos torpes le alertaron que efectivamente, él se encontraba borracho. Ahí se atrevió a rogar por milésima vez para que su padre no se le ocurriera llamarla en ese momento.


—Por favor, por favor, por favor...—susurraba en voz quieta.


Jamás sus oraciones habían sido escuchadas, pero en esta ocasión alguien -o algo-, decidió ayudarle, porque aunque aquel monstruo se detuvo unos segundos ante ella, no ocurrió nada. Lo escuchó murmurar, pero estaba tan asustada que no comprendió lo que decía. Finalmente, después de lo que le pareció largas horas vio la sombra de sus pasos dirigirse a otra habitación.


Soltó el aire que había retenido sin querer.


Esperó unos minutos para estar completamente segura de que él no saldría de nuevo y poco a poco se atrevió a mover el picaporte. Al abrir miró a todos lados para comprobar que el pasillo estaba completamente despejado. Se giró para cerrar su alcoba pero quiso detenerse un par de segundos para contemplarla por última vez. El lugar que consideraba su cueva y la peor prisión de todas. Nunca la echaría de menos, sus antiguas cosas se despedían de ella y las paredes eran como dos largos brazos claustrofóbicos que le rogaban que se quedara; ambos sabían que no sucedería.


—Nos vemos hasta nunca —les dijo antes de cerrar la puerta.


Fue lo más silenciosa y rápida que pudo, dando pasitos pequeños y cortos, pues aunque sabía que su padre tardaría horas en levantarse no quería tentar a la suerte.


Cuando llegó a la entrada, sacó la copia de la llave de su bolsillo. Le dio vueltas en la mano, recordando lo que tanto le había costado el tener que conseguirla.

Otra pequeña ayuda de esa mujer.


Cuando escuchó el sonido del seguro desbloquearse, comenzó a llorar de la emoción. ¿En serio estaba a punto de lograrlo? ¿Había sido tan fácil todo el tiempo? ¿Se iría de aquí y comenzaría desde cero?


Muy despacio abrió la puerta, sacó la llave y...


—¡Samanta!


Corrió despavorida hacia las escaleras de ese complot de apartamentos. Ni siquiera se percató si cerraba la puerta o no, pues una vez que él se despertaba ya no había marcha atrás.


Tenía que alejarse de ese edificio, ¡a la hora de ya!


Saltó de en dos en dos los escalones, sin importarle el escándalo que hacía. Escuchó la velocidad de aquellos pasos siguiéndola y un grito colérico que no cesaba de llamarla.


—¡Vuelve aquí, hija de puta!


Al traspasar la entrada del edificio, no se detuvo a recuperar el aliento. Sus débiles piernas no cesaron ni aminoraron la marcha. Desconocía de dónde provenía aquel arranque de resistencia, pero de lo que estaba segura era que no podía permitirse descansar hasta llegar al punto acordado que le había indicado aquella desconocida.


Afuera estaba oscuro, casi tropezó en esa calle empedrada cuando se dirigió al centro sur de la ciudad. Le faltaba aire, le dolía el costado, apretó los dientes y obligó a sus piernas aumentar la velocidad.


Escuchó resoplidos por atrás y no tenía que darse la vuelta para saber que aquella horrible bestia la seguía.


"Solo un poco más, solo necesito más..."


Percibió un resquemor en la garganta, un fuego ardiente en sus pulmones y la respiración jadeante. El dolor la hizo llorar, pero continuó adelante.


—¡Samanta! —Su aullido se oía más lejos. Pero ella no debía parar.


Fue una carrera intensa, agotadora y terrible. Solo pudo permitirse recuperar el aire perdido cuando por fin llegó al lugar acordado, pero para su estupefacción, no había nadie.


"Esto no puede estar pasando..."


Se atrevió a echar un vistazo atrás, y abrió desmesuradamente los ojos al encontrar a su agresor a tan solo una calle de ella.


Se giró a todos lados, desesperada por hallar algún indicio de su salvadora.

A lo lejos, vio unas pequeñas luces. Su corazón golpeteó contra su pecho mientras suplicaba en silencio que aquella fuera la señal que tanto quería ver.


Las luces se fueron convirtiendo en un auto, éste se detuvo frente a ella, revelando a un hombre que le clavó una mirada dura, pero cuando las puertas se abrieron y revelaron a Karla con dos bolsas de comida en ambas manos, supo que por esta vez, se salvaría de su destino.


—¿Llevas esperando mucho...? ¡Hey!


Ella se metió, cerró la puerta de golpe y solo le salió un único gritó antes de derrumbarse contra el asiento.


—¡Arranca!

16 de Noviembre de 2020 a las 03:26 0 Reporte Insertar Seguir historia
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