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marymarcegalindo Marymarce Galindo

El dios Horus, portavoz del cielo, debe liberar a su tío Seth de la maldición que Osiris dejó en su interior y la única manera cómo puede ayudarlo se encuentra en su simiente. Esta corta historia se desarrolla en un Universo Alterno inspirado en el manhwa Ennead de la artista coreana Mojito. La historia es de mi autoría.


Fanfiction Anime/Manga Sólo para mayores de 21 (adultos).

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Mi simiente

“Maldito está tu interior ¡oh Seth espíritu del desierto!

Si no te deshaces de esa maldición eternamente vivirás sujeto al deseo de quien gobierna la vida y la muerte. Él anhela crear vida por voluntad propia y atarte a su destino con esa herencia.

Tú quieres caminar en libertad.

La única forma de alcanzar tu deseo es darle a ese vientre impostor la función para la que fue creado. Mis ojos me mostraron que después del cumplir su propósito, la maldición tu cuerpo abandonará, cesarán tus pesadillas y las ataduras que te arrastran al Duat se romperán.

Ahora depende de tu voluntad”.

«También depende de aquel que quiera darme su simiente, Thot», respondió en su interior el espíritu maligno Seth y destrozó de la carta.

Dejo una vez más mi semilla dentro del cuerpo de Seth, me estremezco y lucho conmigo para no perder el sentido. Su entrada caliente y húmeda succiona mi sexo. Cuantas noches había soñado con tenerlo y ahora sus besos, su sudor y su aroma son míos, fugaces pero míos. Me detengo unos segundos a observarlo y complacido puedo sentir el latido de su orgasmo.

—Mírame Seth. No cierres los ojos. Fíjate quien te sostiene y quien te está llenando otra vez.

Nuevamente la mirada rubí se ensarta en mis ojos. Una vez más despierta de la asfixiante pesadilla, intenta tragar el cálido aire de la noche, tensa los muslos y reconoce la sonrisa complacida del varón que lo posee.

—Mírame y di mi nombre Seth.

Ardientes, mis manos aprietan la suave línea de su cintura, mi tenso sexo se abre paso hasta ese recóndito lugar que quema con la furia de los volcanes y enfermo de lujuria le arranco un gemido que estremece el cielo.

—¡Dime quién te está penetrando!

Embisto de nuevo y con una torcida mueca en los labios el dios del desierto reclama que fui demasiado bruto, que ya no hay forma de que entre más en su cuerpo; pero su afiebrado interior me aprieta dispuesto a no dejarme ir.

—H-Horus…

Pierde el aliento mientras pronuncia mi nombre, pero no pierde la intensidad de su mirada y aún sostiene la fuerza de su impulso, el ardor de su vientre y el compás loco de sus caderas. Yo me extravío en su suave piel, en su aroma a desierto y en el agudo estribillo de sus gemidos.

Abundante y lechoso líquido baja lentamente por su entrepierna y riega mi pubis. Es cálido y viscoso, huele a deseo y huele a vicio. Acaricio el agudo ángulo de sus caderas y mis manos sujetan con firmeza la blanca piel de sus nalgas, las comprimen y dejan largas huellas encarnadas que me excitan.

Casi sin pensarlo arremeto con fuerza sobre su cansado cuerpo y siento que el corazón se arremolina lleno de gozo. Seth ya no rechaza mi simiente, la toma con sus largos dedos y la mira con anhelo como si fuera una pócima mágica que dispara sus deseos.

Desfallece un instante y sus largos mechones carmesí se derraman sobre mi cara, sus labios descansan sobre mi pecho y sus manos aprietan con fiereza mis costados. Por un instante me siento flotar en la infinita fuente del amor hasta que una vez más despierta la lasciva fiera que vive en mis entrañas anhelando convertirse en el dueño de tan temible criatura.

Una vez más acaricio la rosada y cálida carne de su entrada que permanece abierta. Siento que sus paredes se contraen al paso de mis dedos, los humedecen y los secuestran en su calor. Juego un poco para perpetuar su deseo y una vez más sostengo su cuerpo sobre el mío. Duro como una roca mi sexo conquista su interior, sintiendo sus pliegues y sus nervaduras cuando las rozo con la inflamada cabeza. Seth se contrae y su cuerpo me succiona. La cordura me abandona y mis manos estrujan sin misericordia su pecho.

No puedo evitar gemir y sentir que lo amo más que nunca, que mi corazón se abre ante sus ojos asesinos que se clavan como puñales sobre los míos. Suplico en silencio que me ame, pero él solo tira hacia atrás su largo cabello y deja de mirarme.

Atrapo sus caderas y las bajo hasta que mis tensos muslos rozan el límite de su suave grupa, ahoga un grito y aprieta mi abdomen con sus dedos y yo, con un rápido giro lo pongo bajo mi cuerpo. Una vez más mi pecho se agita sobre el suyo y mis labios buscan su aliento, su beso caliente, su boca furiosa, sus labios agrietados por su propio fuego. Mi lengua deseosa los acaricia y los abre, de un solo sorbo hago mías sus mieles y absorbo su dulce lengua, esa que solo tiene palabras duras para mí y que siempre habla sobre la verdad de su frío corazón.

Le arranco cien besos con sabor a hombre, con sabor a sal, con sabor a sangre y siento que las mágicas corrientes del placer estallan en cada uno de mis nervios. Entro otra vez en su cuerpo, siento que mi sexo resbala en su rebosante interior y mis caderas cobran vida propia, no puedo detenerlas, no quiero detenerlas, no voy a detenerlas.

Lo embisto sin parar.

—¡Seth abre los ojos y mírame! ¡Soy yo el que te provoca tanto placer! ¡Soy yo el que te hace sentir tanto dolor!

Sus ojos se abren para mí y dos lágrimas brillan en ellos. No sé si son lágrimas de éxtasis o de sacrificio, solo sé que me complace ver cómo resbalan lentamente por sus mejillas mientras él maldice por enésima vez. La lujuria se dibuja en el interior de sus pupilas y sus manos sujetan mi pecho con furia, clavando las uñas en mi carne mientras gruesas gotas de sudor bajan lentas por su frente y su aliento se hace uno con el mío.

Me alejo de su calor y de su piel de loto. No quiero privar a mis ojos del maravilloso paisaje de su firme cuerpo. Quiero verlo y llenarme de sus gestos dulces y amargos, de su vientre tenso, de sus contraídos pezones, suaves racimos rosados que parecen pedir a gritos que los retenga entre mis labios. Embisto de nuevo con la fuerza de los potros que corren libres por la arena.

—¡Horus! ¡No tan fuerte maldito bastardo!

Intenta alejarse, pero sus caderas bajan y me buscan, su sexo baila libremente tenso, abultado, afiebrado, mojado y rosado. Lo encierro entre mis manos, lo acaricio con la yema de mis dedos y por la mueca de sus labios advierto que se siente complacido. Sonrío. Aprieto mis caderas y las dejo quietas, él me mira con un gesto de reclamo y comienza a moverse lentamente, dejo que él marque el ritmo de nuestros movimientos, pero también se detiene. Creo advertir en su mirada una chispa de picardía, repasa los labios con su mojada lengua, tensa su trasero y al instante aprieta en su interior mi falo, lo traga y lo quema.

Había soñado tantas veces con este momento que no puedo evitar entregarme por completo a la intensa sensación que corre por mi cuerpo. Mi vientre se contrae, puedo ver el frenético ritmo con el que se mueven los músculos de mi abdomen. Otro orgasmo me obliga a cerrar los ojos y siento que un nuevo chorro de semen llena su tenso agujero.

...

Fue expulsado con deshonor del reino; fue doloroso escuchar la verdadera razón de su locura. Fue vergonzoso saber por qué me odiaba tanto, escuchar la voz de su corazón que lo dijo todo en la balanza y que no guardó ningún detalle frente a la pluma de la diosa Maat, fue como sentir agua hirviente dentro de mi pecho.

Lo vi caer, lo vi vencido, lo vi espantado y lo vi retorcerse sobre su propia vergüenza. Aun así, tuvo el coraje de recorrer el desierto y librar a los inocentes de su fatídica arena. Cumplió su condena con estoica resignación y tuvo que vencer las pesadillas que, desde el inframundo, deseaban invadir su voluntad.

Cuando terminó su penitencia, volvió al que alguna vez fue su templo a demostrar que cumplió su palabra; pero todos le dieron la espalda.

Excepto el dios Thot, que conmovido por tan destino intercedió para que le devolvieran su poder. Y así fue; pero nada ni nadie pudo devolverle el orgullo y el corazón. Nadie le devolvió su lugar en la Eneada y fue expulsado como si fuera una alimaña. Le ofrecí mi ayuda y compañía, él las rechazó. Caminó hacia el desierto y en la lejanía como si fuera un espejismo se fundió con el sol.

Lo busqué por las dunas y por las rocas, visité los antiguos templos, pregunté a las estrellas si lo habían visto y volé cerca al mar para encontrarlo entre las olas; pero ninguna brisa pasajera daba indicios de su magnífica presencia. El dios de la guerra había dejado el reino y también dejó un enorme abismo en mi corazón. Con cada amanecer nacía mi deseo y con cada anochecer moría mi esperanza de volver a verlo.

Seguí buscando, no podía dejarlo ir. No podía marcharse como si fuera un paria sin destino. No sería digno de ser el rey de Egipto si antes no ponía al dios de los desiertos en el único altar que lo elevaría a la altura de los demás dioses: el altar de mi corazón.

Pero un día, cuando el sol aún no había nacido en el horizonte y la nostalgia llenaba mi alma, un día sin brisa, un día sin sonrisas y sin fe, el señor de los desiertos retornó. Desde la lejana frontera gritó mi nombre y yo volé a su encuentro escuchando su quebrada voz.

—Seth despierta. No más pesadillas. Solo ábrete para mí. Recíbeme.

—No puedo… no quiero… no deseo… no más Horus… demasiado… placer…

Mi mano atrapa su enhiesto sexo, lo acaricia, lo restriega, lo endurece y recorre libre sobre sus abultadas venas. Mis dedos desenfundan el delicado capuchón de piel que esconde su sensible glande, se empapan con sus jugos, juegan con sus pliegues y sostiene con firmeza todo el eje moviéndose sin parar. No los detengo porque sé que provocan espasmos delirantes en su vientre, en su entrepierna, en sus filosas caderas, en su pecho, en sus muslos entumecidos, en sus manos que se aferran a mis muñecas y en el tortuoso gesto de su rostro que le obliga a abrir la boca y lanzar un grito que se pierde frente al cielo que nos observa.

Levanta la cabeza, me mira, maldice, intenta detenerme, se tuerce, se agita y tiembla, mientras un delgado hilo de saliva resbala por su mentón.

Su interior me atrapa, me sorbe, me calcina, me engulle, deglute mi sexo, lo moja, lo libera y lo vuelve a succionar. Un chorro potente de semen riega su propio abdomen, su pecho, su cuello hasta que llega la línea de los labios y con agudo quejido repite mi nombre una vez más.

—Horus…

Mis ojos se pierden en su lasciva figura, exploto y mi semilla se esparce en su interior, se acumula, se desborda, gotea, chorrea y yo tiemblo azotado por olas interminables de calor y éxtasis que recorren mi sexo y se esparcen como rayos por mis músculos y por mi piel.

Lo miro, lo bendigo, lo beso, le sonrío y lo amo.

Tengo prohibido hablarle de mi amor.

Entonces lo amo en silencio.

Vino a mí una madrugada, brisa fresca y cuerpo tembloroso. Casi no tenía voz. Guardaba las cicatrices de una lucha cruenta. No quiso decir con quien peleó. Solo temblaba sin control e intentaba hablar con la fuerza de los mares, como el potente dios que siempre se mostró.

Traía en sus ojos el miedo y en sus labios una propuesta.

Me negué al principio. No podía creer lo que me estaba pidiendo, pero conforme explicaba sus razones, la situación cobró sentido y aunque sabía que alcanzaría mi más desesperado deseo, tuve que hacerme a la idea que solo sería sexo. Animal, sudoroso, puro, carnal, instintivo y fructífero sexo entre dos dioses que tenían escrita una historia dolorosa y que debían verse como rivales eternos.

Fueron la mente brillante y las palabras del dios sabio los que le hicieron entender a Seth que solo había una manera de vencer el terror, el odio y el dolor. Yo también entendí que la propuesta era la mejor solución y que mi simiente era la llave para su libertad, entonces se la daría.

Me era doloroso pensar que solo me estaría usando. Sería solo un instrumento para su propósito. El amor por mi tío, ese amor que nació inocente y con el tiempo se convirtió en obsesivo deseo, ese amor que quería protegerlo y retenerlo por siempre, ese amor que deseaba ser su esclavo y su amo al mismo tiempo; ese amor se convirtió en algo útil y ese amor ciego se dejó usar.

La libertad tiene un alto costo.

Para mi tío la libertad significaba obtener una fructífera semilla; para mí, la libertad significó entregarlo todo por nada y ser dueño de una simple ilusión, una efímera noche que me permitiría tenerlo entre mis brazos, solo una noche en la que él me entregaría su cuerpo y yo le entregaría mi alma.

Saldría herido de tal empresa, pero no me importó. Pagaría el precio de tener para mí la gloria del desierto, aunque fuera una sola noche. Una cálida noche sin luna. Una noche de lujuria, ardor, entrega y pasión.

Nos vimos en un pequeño oasis en medio de la nada. El mapa escrito en las estrellas fue el que me guió y el dios sabio recomendó que construyera un muro invisible de protección para que nadie más se enterase de lo que estaba a punto de a hacer el dios de los cielos.

Las mantas de suave algodón estaban tendidas sobre la fría arena. Cual espejo, el lago reflejaba algunas estrellas y la fogata nos daba su amoroso calor. Se detuvo de improviso y apuntando a mi frente con el dedo índice ordenó como un gran señor.

—No dejes que me pierda en mis pesadillas. Debo estar consciente si quiero que la magia funcione en mi interior.

Mi tío Seth cerró los ojos y el brillante tocado que cubría su cabeza desapareció, el shenti cayó al suelo y las joyas que lo adornaban viajaron por el aire, quién sabe a dónde fueron, quién sabe cómo se acomodaron. Quedó desnudo ante mis ojos, al alcance de mis manos, muy cerca de mis labios, a expensas de mis besos y muy lejos de mi corazón.

Mi sangre empezó a calentarse y me acerqué para abrazarlo. Mis torpes manos sujetaron sus brazos con tanta fuerza que dejaron huellas en su piel inmaculada. Rígido, su cuerpo me rechazaba, su rostro ladeado no me quería, su mirada esquiva me alejaba. Yo solo quería hacerlo mío y mentirme que sí me quería siquiera un poco.

—Sin besos.

Ordenó cuando estuve cerca de su rostro y apretó los labios para que no pudiera adueñarme de su aliento.

Quise ser cortés y atenerme a sus reglas; pero el ardor de mi cuerpo traicionó mi intención. Apreté su cintura, acaricié sus labios con mis dedos temblorosos, abrí su prohibida boca y dicté las primeras reglas de tan fugaz encuentro.

—Cómo quieres que me corra dentro tuyo si me rechazas como si fuera una maldición. Si quieres mi semen vas a tener que ser un buen amante y vas a complacerme toda la noche.

Me miró enojado, yo terminé de abrir sus labios con los míos y soporté la furia de sus dientes y también lo mordí con pasión. Y entre beso y beso construí un puente de goce para no perderlo en ese mundo de pesadillas, de retorcidos pensamientos, de punzante terror, de dolorosos recuerdos y de oscuras visiones.

No permitiría que otro se adueñara de su mente. Sería completamente mío. Seth respondería solo a mis labios, a mis deseos, a mi cuerpo, a mi mirada y a mi voz. No dejaría que nadie arrebatase ese momento que se entregaba por completo, ese momento que sembraría mi semilla en su fértil arena.

Y sigo haciéndolo mío. Seth me pertenece. Toda la noche será mi cortesana y será mi dios.

Me corro en su grieta, tiemblo como un niño, escucho mi lejano quejido y sin querer le digo mil veces que lo amo. Ya no lo tomo, soy yo quien me entrego, le doy todo lo que tengo y todo lo que soy.

Aunque sé que él no me ama jamás dudé en hacerlo dueño de mi corazón; pero esta noche he decidido amarlo aún más, porque quiero, porque puedo, porque soy el dios Horus, portavoz del cielo e hijo del sol.

—¡Ya basta!

—No es suficiente Seth. Debo regar bien tu campo. Pediste mi semilla y yo pedí toda una noche. Voy a seguir follándote hasta el amanecer.

Me mira resignado, sus dilatadas pupilas auscultan mi gesto de placer y sus manos toman la punta de mi tocado.

—Entonces déjame ver con quien carajo estoy follando.

Una ligera chispa de esperanza recorre mi pecho. Tal vez al ver mis ojos… No.

Fue hace mucho tiempo y él me confundió. Nunca sabrá que un día entre sus brazos temblé de miedo y que mi corazón de niño disfrutó un tiempo corto con su amor. El más puro, el más sincero. Un amor que no me pertenecía. Un amor que se convirtió en nostalgia. Un amor que me condenó.

Ordeno al viento que eleve mi tocado, abro los párpados y dejo que sus ojos quemen los míos. Sus manos se posan sobre mis mejillas de la misma manera como me tocaron en ese lejano templo destruido. Seth junta el entrecejo y me analiza, me observa con mucha atención. Parece buscar un tesoro dentro de mis ojos y yo lo dejo explorar mi mirada con la esperanza que reconozca mi amor.

—Tus ojos. Creo que… No, es imposible.

Quisiera decirle que alguna vez los vio, pero de qué me serviría. Eso no lo retendría a mi lado. Él no tiene nada en contra mía, pero soy el hijo de Osiris y eso me convierte ante sus ojos en su oponente. No puedo hacerle cambiar de opinión.

Mis manos acarician su firme grupa con cariño y recuerdo que la noche se me va, que al amanecer ya no podré tenerlo, que el pacto terminará en unas horas. No hay tiempo para ser cariñoso, ni para explicar el pasado, ni para hablar de amor.

Seth solo quiere mi semilla. Eso es lo que le daré.

Mirando mis ojos, él ya no se pierde dentro de esas pesadillas que lo desquician. Rozando con mi lengua sus pezones que se elevan en punta vuelve el instinto a mi cuerpo y una vez más me convierto en su dueño, una vez más reclamo la suavidad de su piel y bajo por su vientre hasta besar su ombligo, pequeñito, escondido y tímido. Lo beso y juego con mi lengua sobre él. Seth salta y ríe.

Cosquillas. Siente cosquillas en el ombligo.

Rio junto con él.

Acomodo mi cuerpo sobre la arena seca y fría sigo sintiendo las caricias de su firme trasero y veo ese gesto de urgencia, de hambre, de necesidad y deseo. Sudado y tembloroso, el dios del desierto repasa su cuerpo sobre el mío. Me siento dichoso al ver sus ganas y saber que me busca, que me desea, aunque sea solo por unas horas, quiere ser mío y gozar mis salvajes embestidas y mis amorosos besos.

Acerco sus caderas a mi pecho y sujeto su lánguido sexo, lo muevo, lo aprieto, quiero verlo crecer entre mis dedos, quiero verlo ponerse duro dentro de mi boca. Lo busco, lo saboreo. Quiero beberlo todo, comerlo y quiero que me ahogue con su semen.

Mis manos empujan sus suaves nalgas y las acarician. Su pene aún no está rígido y me es fácil tragarlo entero. Lo sostengo dentro de mi boca y lo absorbo con cuidado, envuelvo mi lengua sobre su frenillo y siento cómo despierta, siento cómo sus venas se llenan de sangre y se ponen rígidas, siento que se le contrae la piel, que crece y que se fortalece. Siento su sabor, dulce como su sonrisa, amargo como su rencor. Un pene que me excita y que me hace querer lamerlo hasta sentir que se derrite dentro de mi boca, hasta sentir que su dueño se derrite sobre mi cuerpo. Un pene generoso, de buena extensión, que vibra cada vez que repaso su suave y caliente cabeza con la aguzada punta de mi lengua.

Lentamente saco su engrandecido falo, lo contemplo elevarse y contraerse un poco con el fresco aire nocturno. Mojo mis dedos con la lengua y vuelvo a introducir la tímida pija de Seth en mi boca. Soy un enfermo dios que disfruta de lo prohibido y me complazco con solo pensarlo. Llevo mis dedos mojados hasta su entrada, siento las estrías de su ano, juego con ellas y elevo la mirada para observar esos gestos que deforman su hermoso rostro. Gestos grotescos provocados por el placer que buscó sentir conmigo esta noche.

—No juegues. Solo penétrame e inúndame otra vez.

Sonrío y no le presto atención. Prefiero escuchar su voz en un gemido o en una palabra sucia que escapa de su boca cuando está sintiendo que va a correrse. Muevo sus caderas mientras trago y saco su inflamada pija de mi boca. Empujo el dedo índice en su interior, imagino la forma en que esa entrada abultada y mojada que se abre para mí y empujo otro dedo buscando el lugar que lo pone tenso y le hace perder el control.

Sobre mí se alza su bella figura y puedo ver que relame sus labios y los muerde y los moja y sus manos buscan un apoyo y su falo se vuelve de piedra y su entrada absorbe mis dedos y su cabello mojado enmarca su rostro y sus dedos pellizcan mis pezones y sus ojos abiertos avistan los míos y todo se vuelve de color rojo y su voz es un canto ardoroso y su lengua parece buscar la mía serpenteando venenosa por el aire.

Lo amo y quisiera que él me amara igual, pero solo tengo esta noche, solo estas horas a su lado, este momento de placer infinito que aprieta mi cuerpo y me convierte en un toro que solo quiere montar. Lo aparto de mi boca y acomodo su entrada sobre mi ardiente sexo. Estoy tan duro y tan deseoso. Siento que tardaré mucho, siento que mi semilla saldrá a raudales, siento que quiero besar sus abultados labios y decir su nombre jadeando sobre su boca, casi como si estuviera agonizando de placer.

Sus caderas descienden y con gran regocijo contemplo mi falo ingresando en su interior. Recuerdo que Seth solo quiere mi semilla y que aún soy un enemigo para él, resiento mis pensamientos y lo embisto sin aviso arrancando un quejido desde el fondo de su garganta.

Monta como un experto jinete, sube y baja, me encanta ver mi falo entrando y saliendo, me enciende escuchar el sonido viscoso que mi sexo hace dentro de él. Seth es mío de nuevo y sus uñas van dejando surcos sangrientos sobre mi piel. Siento que se mueve solo y dejo que sus caderas se hagan dueñas del momento, las veo balancearse de un lado a otro, las veo subir y bajar, las veo tensarse y las veo expandirse. Detengo su lasciva danza, aprieto mis manos sobre sus muslos y envisto sin detenerme, rápido, con la urgencia de mi falo, con la necesidad de mi vientre que, tumefacto, grita su felicidad.

—¿Quieres semen? ¿Quieres todo mi semen? ¿Serás feliz con mi semen? Sácalo, fuerza mi polla para tu placer, Seth.

Seth hace un gran gesto grotesco con la boca, arruga su pequeña nariz, sus ojos brillan y noto que desde hace mucho rato ya no se pierde en ese mundo de horrores. Satisfecho veo que está disfrutando. Si vamos a sembrar una vida entonces tendremos que hacerlo con el deseo expuesto en la piel y la felicidad en el corazón, de otra forma solo sería una triste montada. Si no existe amor de su parte por lo menos debe reemplazarlo por lujuria y pasión.

Sus manos buscan las mías, las sujeto con fuerza y su cuerpo se mueve con adorable descontrol. El ser más temible del reino, el monstruo más bello y el dios más fuerte es completamente mío, se ha convertido en una pequeña sierpe que se retuerce entre mis manos y yo lo acojo con mi amor sin esperanza, lo miro tirar su mojado cabello hacia atrás y morder sus labios cuando su líquido viscoso brota transparente y gotea sobre mi vientre.

—¡Mierda!¡Me vengo otra vez! ¡Soy una maldita puta!

Grita y cae.

Recibo su cuerpo mojado, mientras veo que las últimas gotas de sus jugos bajan desganadas desde su inflamado glande. Gozo con sus temblores. Recibo su sudor sobre el mío y busco tenerlo debajo de mi piel, quiero disfrutar del dios más poderoso, más hermoso y más lascivo.

Lo acomodo sobre el manto, el rostro contra el suelo y el trasero empinado. Está completamente abierto. Entro sin dificultad y busco dejar una nueva cuota de semilla buena para su fértil vientre. Ese que no sé por qué extraña magia late en su interior.

Lo hago mío. Lo poseo. Lo tengo para mí una y otra y otra y otra vez hasta que la luz del amanecer golpea mis ojos y mi sexo ya no puede resistir más. Siento que lo inundo y que él se estremece como por instinto bajo el peso de mi cuerpo. Escucho su último resuello y sus brazos se deslizan sobre mi espalda hasta caer rendidos.

Con la luz del sol rompiendo el cielo le doy el último temblor de mis adormecidos muslos, el último beso sobre su caliente boca y dejo mi último aliento junto a su pequeña oreja.

Me diluyo. No soy yo.

Amanece.

A partir de este momento mi tío Seth no tendrá más pesadillas pues aquello que lo ata al pasado dejó de ser y yo viviré con este intenso recuerdo clavado en mi herido corazón.

A partir de este momento, un hijo creará un lazo eterno entre los dos y hasta que ese niño nazca me convertiré en el perro guardián del dios de los desiertos, de un dios estéril que en pocas horas comenzará a sentir un pequeño latido en su interior.

A partir de este momento tendré dos razones para no despegar mis ojos de este oasis porque los enemigos de mi tío no descansan, tejen peligrosas redes con las que intentan atrapar su cuerpo y su alma.

Me quedo junto a él para proteger mi simiente. Está muy cansado. Sus párpados se cierran poco a poco y su respiración se hace más lenta y profunda.

Quisiera abrazarlo y tomarlo una vez más. Cubrirlo con mi cuerpo. Quisiera retenerlo junto a mí por toda la eternidad. Quisiera verlo sonreír. Quisiera saberlo fuerte. Quisiera volver a luchar con él en el desierto y perder para su gloria. Quisiera…

No puedo, debo cumplir mi palabra.

Si quiero su bien, su libertad y su paz tanto como él la quiere; debo cuidarlo de lejos y un día que tanto temo tendré que decirle adiós.

Lo levanto entre mis brazos y lo dejo dentro del pequeño templo que le sirve de refugio. Le doy un beso en sus inflamados labios, el más triste porque es el último y lo dejo dormido y espero en silencio que mi simiente eche raíces en su interior.



Notas de autor:

Ennead es una de las historias coreanas que más me ha atrapado y que aborda temas tabú que mueven a cualquiera que la lee.

Este es mi primer esfuerzo por interpretar el sentimiento de un dios que parece no tener un buen desarrollo, pero que ha determinado muchas cosas desde su actitud analítica y silenciosa.

Amo Ennead y amo el personaje del dios Horus y espero que este AU pueda acercarse un poco a sus sentimientos y pensamientos.

Gracias por leer y comentar la historia.

15 de Noviembre de 2020 a las 22:04 0 Reporte Insertar Seguir historia
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