soyfdr Frederick Velasco

Esta novela narra la historia de Leonardo Báez, un niño con una extraña alteración en sus uñas, en el seno de su hogar siempre fue tratado como el tesoro de la familia, pero cuando el pequeño comenzó sus estudios en la escuela fue víctima del acoso escolar . Leo sufre una ola de hechos traumáticos, los cuales van formando su carácter y alimentando su sed de venganza, a lo largo de los años Leo crece pero no olvida todo lo que le ocurrió en su infancia, y termina planificando junto a su primo Joe los más crueles asesinatos de toda la historia de su pueblo.


Crimen No para niños menores de 13.

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I

Finalizando una fresca tarde en la que la brisa acariciaba las plantaciones de tabaco que rodeaban el pueblo de Loreto, se encontraba enfrente de un altar religioso un niño de apenas 4 años llamado Leonardo, él se hallaba ahí de pie observando con sus ojos llorosos aquellas figuras de yeso que acompañaban las fotos de sus familiares fallecidos, su mirada se fue perdiendo en las velas de colores imaginando que pronto se reuniría con todos esos difuntos, aunque no tenía la seguridad si realmente iría al cielo. En su mano derecha empuñaba un cuchillo con la intención de clavárselo en el abdomen a la altura del ombligo, mirando fijamente el lugar donde haría la incisión puso la punta afilada en su piel, tomó el cuchillo por el mango con sus dos manos, cerró los ojos, levantó la cabeza y suspiró profundamente recordando los sucesos de esa mañana…


Leonardo Báez o Leo como lo llamaban sus familiares, nació en el primer mes del nuevo milenio siendo el único hijo de una joven pareja formada por Eva García y Gregory Báez. Leo durante sus primeros meses de vida creció en una burbuja de atenciones por ser el primer nieto de todos sus abuelos, todo parecía indicar que el niño tendría un sano crecimiento, sin embargo, 8 meses después de su nacimiento algo extraño comenzó a desarrollarse en sus uñas de las manos y los pies, estas fueron adquiriendo formas irregulares comparadas con el pico de un ave, se tornaron un poco amarillentas, y sus superficies eran muy ásperas, tanto así que si alguien las tocaba podía lastimarse. Eva se preocupó al ver el estado de las uñas de su hijo, pensó que se trataba de un hongo común que al cabo de unas semanas desaparecería, la primera opción que tuvo la madre de Leo para tratar su malformación en las uñas, fue preparar un remedio casero de bicarbonato y bórax que le recomendó su abuela Margarita Rivera, Eva a pesar de ser enfermera creía mucho en la medicina natural.


Conforme pasó el tiempo, aquellas malformaciones en las uñas del pequeño no desaparecieron, lo que llamó la atención de sus padres quienes en búsqueda de respuestas llevaron a su hijo a media docena de pediatras, los cuales concluían que se trataba de un hongo que debía ser tratado con antibióticos y al cabo de unos días sus uñas volverían a la normalidad, incluso una doctora aseguró que se trataba de algo estético e insinuó a los padres de Leo que el “hongo” se había formado por falta de higiene, Eva salió furiosa de esa consulta porque según ella, la doctora la trato como una mala madre. Pasaron los meses, pero no hubo ningún avance respecto a las indicaciones que dieron los doctores, los padres del niño desistieron en buscar soluciones y aceptaron que así serían las uñas de su hijo. Leo durante sus primeros años de vida sentía que tenía algo diferente, esto lo comprobaba cada vez que comparaba sus manos con las de sus padres, ocasionalmente preguntaba señalando sus uñas:


— “¿Cómo se llama esto?”.


— Sus padres sin tener una respuesta clara contestaban “Tus uñas hijo”.


La familia de Leo nunca lo trató con desprecio por su particularidad, aunque, cuando el niño salía a la calle las personas se quedaban viendo fijamente sus manos, murmuraban asombradas y lo señalaban, él se intimidaba porque se sentía como un extraño, al tiempo se dio cuenta que si cerraba los puños nadie lo observaba y pasaba desapercibido. El primer amigo de Leo fue su primo segundo Joe Márquez, aunque Joe no era hijo único estableció una relación de hermandad con su primo.


Cuando Leo cumplió 3 años, Eva inscribió a su hijo en las clases particulares de Esperanza Benavides, una señora robusta cuya edad no sobrepasaba los 60 años, ella era una profesora retirada que enseñaba y ayudaba desde su casa a sus alumnos con los deberes de la escuela. El pequeño empezó a ir a esas clases desde la 1:00 pm hasta las 4:00 pm, el primer día que asistió a su compromiso con el aprendizaje los demás niños notaron su particularidad, sin embargo, Esperanza era muy amiga de Ana Méndez, la abuela paterna de Leo, ella sabía que el niño tenía unas uñas diferentes, y tal vez esto le traería problemas con sus compañeros, así que un día antes advirtió a todos sus alumnos que, si alguno de ellos se atrevía a señalar a Leonardo, no tendría derecho a sus 30 minutos de descanso.


Por esa razón aquel día cuando Leo fue por primera vez a las clases de Esperanza, observó a todos los niños sentados en unos pupitres de madera en la sala de la casa, de inmediato sintió una tensión en el ambiente, todos querían preguntar por sus uñas, pero ninguno se atrevió a dar el primer paso, desde ese instante adoptó empuñar sus manos en todo momento, esa conducta tiempo después trajo un problema de sudoración excesiva en sus manos, sin importar cual fuera su estado de ánimo, sus manos eran un manantial de sudor.


En este proceso de aprendizaje Leo descubrió que era zurdo, el único de aquella clase, en ese momento se sintió el doble de extraño, por si fuera poco, al cabo de unos días sus padres llevaron a la casa de Esperanza un pupitre para zurdos pintado de color negro mate, que se diferenciaba del resto no solo por su forma sino por su color. No fue tarea fácil que Leo se integrará a los niños de esa clase, de hecho, nunca lo hizo, porque sus compañeros lo trataban con mucha cautela para evitar que Esperanza les quitará su descanso, Leo a pesar de no hacer ningún amigo allí, no presentó inconvenientes para comenzar a estudiar desde temprana edad.

Pasaron los meses y Leo parecía estar contento con su nuevo estilo de vida, en las mañanas compartía breves instantes junto a su madre cuando llegaba de trabajar toda la madrugada en el centro médico de Loreto, y comenzando la tarde iba hasta donde su abuela Ana para que lo llevara a sus clases particulares. Al finalizar la jornada su madre lo buscaba, llegaban a la casa para realizar los deberes que la profesora Esperanza le dejaba al niño, Eva era una mujer impaciente y de un carácter fuerte que solo mostraba ante su hijo, ella representaba la autoridad en el hogar, tanto así que no necesitaba más que gritar para hacer entrar en razón a Leo cuando realizaba alguna tarea mal, innumerables fueron las tardes en las que el pequeño sentado en la silla azul de aquel comedor naranja de su casa, hacía los deberes junto a su madre al ritmo de los gritos.


— “¡Hazlo bien! ¡No ves que se ve feo!” Era una frase que se podía escuchar desde la distancia durante aquellas tardes.


Para ese momento Leo apenas aprendía a escribir y su letra era poco agradable a la vista, pero su madre se enfrascaba tanto en la perfección que exigía a su hijo al máximo, a tal punto que el pequeño no soportaba la presión y rompía en llanto porque nada era suficiente para Eva, más allá de tenerle amor a su madre le tenía pavor. Tan fuerte lloraba Leo durante esas tardes que su abuela Ana lo escuchaba desde su casa al otro lado de la calle, y en un acto de alcahuetería iba al rescate de Leo para llevárselo a su casa, así su nieto podía calmarse para luego volver junto a su madre, a Eva le molestaba que su suegra se llevará a su hijo, sentía que le quitaba la autoridad como madre, no fue extraño que al pasar el tiempo surgieran problemas entre ellas.


La parte favorita de Leo era cuando terminaba aquella faena agotadora de exigencias y podía entrar a su cuarto a jugar, aquel era su mundo mágico, la habitación estaba repleta de juguetes a los cuales Leo les daba la distinción de amigos, por lo tanto, los cuidaba como sus más preciados tesoros, los pequeños autos de juguete eran sus favoritos. El cuarto contaba con una cortina azul que tapaba la ventana, un piso forrado por una alfombra color beige, una pequeña cama de metal Vinotinto y un pizarrón verde de tiza en el que Leo plasmaba sus más alocadas ideas. Entrada la noche Gregory siempre llegaba cerca de las 8:00 pm de trabajar como albañil, el hombre a pesar de su cansancio jugaba con su hijo breves instantes antes de la cena.


Los domingos eran los días preferidos de Leo, al ser este el día de descanso de sus padres, él sabía que podían ir más allá de las calles que normalmente frecuentaba, casi siempre iban a misa por las mañanas a la basílica de Bora, un pueblo cercano a Loreto del que eran originarios sus padres, la parte favorita del pequeño no eran los oficios religiosos, sino que una vez concluida la eucaristía iban a desayunar a los puestos de comida a las afueras de la basílica, él siempre escogía los pasteles rellenos de crema pastelera por ser dulces, estos provocaban un estallido de sensaciones en su paladar que terminaba por dibujarle una sonrisa de agrado ante tremendo manjar. Luego por las tardes iban de visita a la casa de la Bisabuela Margarita Rivera en Palmito, otro pueblo cercano a Loreto, a Leo le gustaba ir allí porque siempre se encontraba a Joe quien iba junto a su padre.


La rutina de Leo se vio afectada al comenzar el mes de septiembre, Eva decidió inscribir a su hijo en el preescolar de la escuela de Loreto a pesar de su corta edad de 3 años, aquello significaba que debía estudiar con niños de mayor edad, pero la fortuna le sonrió al pequeño al enterarse que Joe lo acompañaría en esa nueva etapa. Para el 15 de septiembre llegó el día de inicio de clases, Eva a las 6:00 am despertó a su hijo con el sonido de una diana militar que salía de un reloj de juguete que había en su cuarto, acompañado de un fuerte grito:


— “¡Ya van a ser las siete!”.


Acto seguido Leo se levantó para ponerse su nuevo uniforme que constaba de una camisa amarilla, pantalón azul marino y zapatos negros. Gregory preparo el desayuno y la lonchera del pequeño, una vez listos él y su hijo se dispusieron a ir caminando hasta la escuela llamada “General, José Vicente Gómez Jiménez” quien fue el fundador de Loreto, Aquella era una mañana fría y lluviosa clásica del clima montañoso del pueblo, en la que se podía sentir el aroma de la tierra humedad, en el camino Leo no estaba emocionado, pero tampoco asustado ante la idea de ir al preescolar.


Al llegar a la escuela que se situaba en lo más alto de una loma, Leo pudo divisar todo el pueblo y sus extensos cultivos de tabaco, luego de subir un centenar de escaleras el pequeño al fin pudo observar detenidamente la escuela, la cual contaba con un amplio patio de juegos, los salones parecían pequeñas casas, sus paredes eran de ladrillos y sus techos de tejas de arcilla. Gregory llevó a su hijo hasta la puerta del salón de clases, allí los recibió la joven profesora Dulce Benítez, que lo único que tenía de Dulce era su nombre, Leo se despidió de su padre e ingresó al aula de clases, allí había un montón de sillas pequeñas de colores, mesas de igual tamaño y muchos juguetes por doquier, al entrar colgó su bolso azul y su lonchera roja en el perchero, para luego ir a un pequeño patio asignado solo para los niños de preescolar donde se encontraría a sus nuevos compañeros. La profesora Narcisa Andrade, era una señora que superaba los 40 años, era delgada y de baja estatura, tenía un cabello cortado por los hombros teñido de rojo, ella recibió a Leo en el patio con una sonrisa y un abrazo diciéndole:


— “Bienvenido, ve y juega con tus nuevos amigos”.


El pequeño cayó en gracia con su segunda profesora porque olía a vainilla igual que su abuela Ana. Leo siguió las indicaciones y busco rápidamente a Joe, al encontrarlo lo saludo emocionado, el dúo de primos jugó durante unos breves instantes hasta que la profesora Dulce salió al patio a decirles que entraran a clases. Ingresaron al salón para comenzar la clásica clase del primer día, en la que cada alumno debía presentarse ante todos sus compañeros, los 19 niños se sentaron en forma de círculo en el suelo, Leo se tomó aquello como un juego, cuando llegó su turno se levantó entusiasmado y dijo:


— “Me llamo Leonardo, tengo 3…”.


Leo no terminó de presentarse porque el niño Miguel Colmenares lo interrumpió preguntándole:


— “¿Por qué tienes plastilina en los dedos?”.


— Una niña comentó mirándolo con asco “Tiene uñas de bruja”.


Leo quedó frío sin decir una palabra, se sentó en su lugar y no habló más durante toda la clase, mientras que todos los niños murmuraban sobre lo que había pasado. Finalizó la jornada y su madre fue a buscarlo a la escuela, aquello fue un acto liberador salir de aquel lugar, luego de tan terrible experiencia, Leo abrazo fuertemente a Eva como si tuviera mucho tiempo sin verla, lo que causó una gran impresión en ella porque el niño no le demostraba afecto con frecuencia. Llegó el segundo día de clases y con este no hubo ningún cambio en la escuela, los niños seguían impacientes por saber qué era lo que tenía Leo, ellos preguntaban a las profesoras sobre las extrañas uñas de su compañero, dependiendo a cuál mujer le hicieran la interrogante respondían de diferente forma:


— Dulce les decía “Es un rarito, es mejor que no se junten con él”.


— Narcisa por su parte respondía “Él tiene algo especial”.


Sin embargo, no hay nadie más cruel que un niño que no entiende la diferencia entre el juego y la burla, esta segunda fue la que implementaron los niños contra Leo, para el día lunes de la segunda semana de clases, la impaciencia desbordó a Miguel Colmenares y en plena clase mientras Leo pintaba un dibujo sentado a su lado, dijo en tono de burla:


— “Rarito uñas de bruja”.


Leo se sintió humillado, ni siquiera volteo a ver a Miguel, prefirió seguir con su dibujo y sumergirse en su mundo de imaginación, mientras que todos sus compañeros comenzaron a reír a carcajadas, menos Gabriel Rico, fue el único niño al que no le hizo gracia las palabras de su compañero, Narcisa por su parte les pedía a los niños más respeto. Los comentarios de burlas contra Leo fue el juego favorito de la mayoría de los niños ese día, él no quiso defenderse y prefirió alejarse para centrarse en sus pensamientos donde imaginaba ser un niño normal que podía tener amigos. La profesora Narcisa pensó que al cabo de unos días sus alumnos dejarían de molestarle y se acostumbrarían a ver sus uñas, pero esto no fue así, las escenas se repitieron durante toda la semana, por suerte Leo contaba con una increíble paciencia para no dejarse provocar por sus compañeros, esto sorprendió a Narcisa e hizo que le comenzara a tener cariño. Esa semana Joe falto a clases como haría frecuentemente el resto del año, Leo no tenía con quien jugar en los momentos de descanso, entonces se limitaba a quedarse callado en un rincón del patio deseando que pasara rápido el tiempo.


A la semana siguiente Joe apareció de nuevo en las clases, al menos Leo tuvo un respiro ese día porque podía jugar junto a él, sin embargo hubo un problema, Joe se integró con más facilidad al resto de niños y en ocasiones dejaba a un lado a su primo, pasaron los días y Leo volvió a estar solo a pesar que ocasionalmente su primo iba a clases, por eso decidió que no era buena idea jugar en el descanso, desde que entraba al salón hasta que salía, permanecía en su puesto tratando de evitar las burlas de sus compañeros.


Narcisa se percató de la soledad de Leo y comenzó a brindarle especial atención, se sentaba junto a él para jugar e intentar que este hablara un poco, ya que rara vez se escuchaba su voz en el salón. Pero Dulce no estuvo de acuerdo con que su compañera inclinara su atención hacia el rarito de la clase, por si fueran pocas las burlas que los niños les hacían a Leo, Dulce comenzó burlarse del pequeño de forma descarada a espaldas de Narcisa, se ponía plastilina marrón en sus uñas e imitaba a Leo cuando se sentaba en las esquinas del patio, esto incentivaba aún más las burlas de sus compañeros. Ir a la escuela se convirtió para Leo en una lucha entre el bien y el mal, donde Dulce lideraba un ejército de niños crueles contra la protección que le brindaba Narcisa, conforme iban transcurriendo las semanas la intensidad de aquellas batallas iban en aumento, las burlas comenzaron a subir de tono, durante las clases los niños le arrojaban objetos a Leo, hacían dibujos de brujas para referirse a sus uñas, lo apartaban de cualquier actividad, con el tiempo el pequeño solo era tratado por la profesora Narcisa. Llegó un momento en el que Leo ya no quería ir a clases, y una mañana al levantarse le dijo a su madre:


— “Mamá estoy muy enfermo, por favor no me lleven a la escuela”.


Esto asombró a Eva porque su hijo era un niño muy sano, lo reviso y se dio cuenta que mentía, rápidamente comenzó con su discurso de gritos hasta que hizo levantar a su hijo para que fuera a clases. Leo quiso ponerse unos guantes negros para cubrir sus manos y evitar las burlas, pero su madre cegada por el enojo le pidió quitárselos de inmediato, alegando que en la escuela no le permitirían usarlos, pero en realidad ella quería que su hijo no tuviera miedo de mostrarse tal cual era. Esa mañana Eva llevó a su hijo a clases, pero cuando lo dejo en la puerta del salón, Leo se trepó en su pierna y llorando le decía:


— “Mami por favor no me dejes”.


Ella quedó sorprendida, por primera vez su hijo le estaba haciendo una rabieta, luego de mediar durante un par de minutos logró que se desprendiera de su pierna y entrará al salón de clases. Leo todos los días al levantarse se inventaba una nueva excusa para no ir a la escuela, Gregory era un poco alcahueta y le creía a su hijo, pero Eva por su parte no le gustaba malcriar al pequeño, así que haciendo uso de su autoridad decidió que ahora ella se encargaría de llevarlo a la escuela, pero todas las mañanas Leo lloraba en la entrada del salón para que su madre no lo dejara allí. Estos sucesos eran tan frecuentes que Dulce después que Eva se retiraba, comenzaba a imitar a Leo en su escena matutina delante de todos los niños de la clase, la profesora Narcisa evitaba enfrentar a su compañera porque era la hija del director de la escuela y ella no quería perder su trabajo. Narcisa por su parte sentía que debía alertar a los padres de Leo sobre lo que pasaba en la escuela con su hijo, un día mientras Eva buscaba a su pequeño, ella le pidió unos minutos a solas para comentarle como los niños del preescolar trataban a Leo, la madre escuchó atentamente a la profesora, ella se conmovió por la situación por la que pasaba su hijo en clases, así mismo no lograba entender porque Leo nunca hablaba de ese tema, al finalizar charla Eva le hizo una petición a la profesora:


— “Cuida y protege a Leonardo lo más que puedas, yo no pienso retirarlo de la escuela”.


Narcisa se comprometió con la madre y cumplió a cabalidad su petición, para el mes de diciembre llegó a su fin el del primer ciclo escolar, Leo al fin se daría un respiro, aprovechó al máximo las 3 semanas de vacaciones, aparte de eso era la época de Navidad y se dejó contagiar por la alegría de esas fechas. Eva a pesar de tener un carácter fuerte era una mujer muy creativa, tenía una capacidad artística increíble que nunca quiso explotar profesionalmente, durante la época decembrina fabricaba ángeles de navidad para venderlos, a Leo le encantaba ver como su madre elaboraba con unos simples materiales aquellos hermosos “muñecos” como él les decía. Cada vez que Eva tenía que ir a la ciudad de San Lorenzo por materiales, se llevaba a su hijo para que la acompañara, iban a una pequeña pero muy surtida tienda de bisutería en el centro de la ciudad, allí Leo quedaba anonadado por la cantidad de cintas de colores, telas y flores artificiales que podía observar. Antes del 24 de diciembre, Eva aprovechó sus dotes artísticos para poder comenzar hacer un enorme pesebre que ocupó toda la sala de su casa, a Leo le emocionaba la idea.


— “Es como jugar con mis juguetes” Le decía a su madre.


Pero Eva le prohibió jugar con las figuras de yeso en miniatura y eso molestó a Leo, por eso mismo cada vez que iba a casa de su abuela Ana, se llevaba un camión de juguete para meter las ovejas del pesebre y jugar a ser ganadero igual que su abuelo Luis. El día de nochebuena fue maravilloso, había regalos para él en casa de sus abuelos y en casa de sus padres, esa noche no durmió de la emoción al sentir la necesidad de jugar con cada uno de los juguetes.


Este pasaje sería el último recuerdo de alegría que Leo tendría durante mucho tiempo, pasadas las semanas de vacaciones el pequeño regreso a clases esperanzado con que las cosas fueran distintas, sin embargo, en el primer día de clases del segundo ciclo se llevó la sorpresa que la profesora Narcisa no se encontraba en el salón, con una sonrisa en el rostro Dulce le dijo al pequeño que su querida profesora se enfermó durante las vacaciones y estaría de reposo durante un largo tiempo, ese día fue un completo calvario para Leo. Las mismas escenas se repetían, los niños no lo dejaban tranquilo, incluso se reunían en círculos alrededor de él para cantar en coro:


— “¡Uñas de bruja, Uñas de bruja!”.


El pequeño ante esta situación se tapaba los oídos con sus dedos y cerraba los ojos imaginando que nada pasaba en su entorno. Finalizando aquel día de clases su madre fue a buscarlo como de costumbre, Leo a pesar de no contarle nada a su madre sobre lo que sucedía en la escuela ese día le comento:


— “Mamá, la profesora Narcisa no está”.


Eva quien trabajaba en el centro médico de Loreto, sabía que la amada profesora de su hijo estaba recluida allí porque se encontraba en un delicado estado de salud, ese día en lugar de llevarlo a la clase con la profesora Esperanza lo llevó al centro médico para que pudiera ver a su profesora. El niño ingresó a la habitación donde tenían recluida a Narcisa, Leo casi no la pudo reconocer, la vio más delgada de lo normal y de un color amarillento, él se acercó a la cama mientras ella descansaba con sus ojos cerrados, Eva alentó a su hijo para que le hablara a la profesora, y le dijo:


— "Puedes hablarle que ella te escucha".


— Leo dudoso tomó la mano de su profesora y suavemente saludo a Narcisa “Hola profe, hoy no llore en clases”.


El pequeño sintió como Narcisa intentó apretar su mano, él se emocionó porque sentía que podía seguir hablándole, pero no pudo estar mucho tiempo ahí, Eva sacó a Leo de la habitación antes que alguien se percatara de su presencia, ya que el horario de visita estaba finalizando.


En los días siguientes, Leo en un acto de valentía dejó de llorar cada vez que llegaba a clases, pacientemente soportaba todas las cosas que le hacían o decían sus compañeros, él evitaba defenderse para no tener problemas. Leo a pesar de estar soñando despierto todo el tiempo, en su interior se sentía muy solo, veía con recelo como todos sus compañeros jugaban felizmente mientras que él tenía que estar apartado para evitar que le hicieran alguna burla, esa racha de soledad llegó a su fin un día cuando Gabriel Rico lo invito a jugar, él era el único niño aparte de Joe que no se burlaba de sus uñas, Leo durante la hora de descanso de esa mañana por primera vez después de varios meses volvió a jugar con otro niño en la escuela, esto resultó ser completamente emocionante para el pequeño.


Dulce por su parte detestaba ver a Leo feliz, porque no importaba que castigo o burla le hiciera al niño, él siempre lo toleraba, así que decidió quitarle el derecho a salir al receso para que no jugará junto a su nuevo amigo, Leo se acostumbró tanto a estar solo y excluido de los demás que no le dio importancia al castigo de Dulce, durante las semanas siguientes todo volvió a ser rutinario una vez más, lo único rescatable fue que a finales del mes de enero Leo cumplió 4 años. El viernes 13 de febrero cuando Eva busco a Leo en la escuela, en lugar de ir para la casa se desviaron hacia el centro médico, el pequeño no entendía cuál era la prisa de su madre para llegar a ese lugar, cuando arribaron Eva le explicó a su hijo que estaban ahí para ver a su profesora Narcisa, entraron a la habitación repleta de personas que rodeaban la cama junto a un sacerdote, igual como los que daban misas en la basílica de Bora, pero este comenzó a rezar junto con todos los presentes por el alma de Narcisa, Leo no entendía lo que sucedía, se acercó a la cama miro a la profesora que parecía estar dormida, tomó su mano derecha diciendo:


— “Hola profe, espero que vuelvas pronto”.


Pasados unos minutos él salió de la habitación en compañía de su madre hasta la sala de espera, al cabo de una hora uno de los hijos de Narcisa anunció su muerte, Leo recordó que su abuela Ana una vez le explicó que sucedía cuando una persona buena moría, Leo sonrió diciéndole a Eva:


— “Ahora la profe está en el cielo”.


Su madre lo abrazó y le indico que debían regresar a casa. Al siguiente día de la muerte de la profesora no hubo clases en la escuela, el pueblo de Loreto se vistió de luto, Narcisa durante un par de décadas educó a los niños de aquella población, era alguien muy querida por su personalidad altruista, a pesar de su pequeña estatura su corazón era enorme. Leo fue al funeral en compañía de su madre y de la abuela Ana, fue una ceremonia emotiva donde colegas y exalumnos dieron algunas palabras recordando aquella gran mujer, su tumba fue cubierta por docenas de rosas blancas, al finalizar la sepultura se dibujó en el cielo un hermoso arcoíris mientras comenzaba el atardecer.


Una vez concluido el día de duelo, el pequeño debía volver a clases sabiendo que su querida profesora ya no estaría, Dulce ahora era la única encargada del preescolar, ella no perdió la oportunidad para resaltarle que ya no podía refugiarse en nadie, Dulce comenzó a ensañarse con el pequeño de una forma aún más descarada, ya que no tenía a nadie quien la limitara, trataba de cualquier forma hacer que Leo perdiera la paciencia, le ordenaba que se sentara solo en un rincón para que nadie se le acercara, seguía limitándole salir al descanso, sin embargo no lograba inmutarlo. Dulce un día cruzó un límite en su intento de provocar a Leo, no le permitió comer y para completar, ella se comió su desayuno en frente de él, el pequeño se puso furioso al ver cómo su profesora se degustaba su sándwich, si existía algo que le molestaba era no comer porque lo ponía de mal genio.


Leo durante una semana tuvo que ver cómo la profesora comía en su cara mientras él moría del hambre, esto lo tenía muy estresado, sin embargo, Dulce un día lo dejó salir al descanso para no tener que ver su rostro mientras desayunaba. El niño esa mañana jugó al trencito en compañía de Gabriel, Miguel no perdió la oportunidad de molestar a Leo en la hora de descanso, el bromista invitó a Joe para fastidiar al par de amigos quienes jugaban tranquilamente al trencito por todo el patio, Miguel y Joe comenzaron a imitar el juego de sus compañeros, ellos pasaron al lado de los dos amigos y Miguel empujó a Gabriel, seguidamente Joe empujó a Leo, pero Joe no contaba con que su primo estuviera tan irritado por no desayunar, tanto así que la paciencia de Leo se agotó, él se sintió traicionado, vio fijamente a Joe y en un impulso de ira le dio un golpe con su zurda en toda la nariz, ante el gran impacto Joe cayó inmediatamente al suelo, Leo se puso encima de su primo para comenzar a golpearlo en el rostro, tan fuerte le pego que le partió la nariz, vio como corría la sangre por sus fosas nasales, por alguna razón Leo sintió placer al ver el color rojizo de aquel líquido y quería que saliera más.


Dulce corrió de inmediato a la escena, tuvo que alzar a Leo para encerrarlo en el baño y poder tranquilizarlo. Todos sus compañeros quedaron sorprendidos, ninguno pensaba que el rarito fuera a reaccionar de esa forma, la profesora llamó a las madres de Joe y de Leo a sus casas para que fueran de inmediato a la escuela y se llevaran a sus hijos. Cuando Eva llegó ya se habían llevado a su primo, Leo aún seguía sentado detrás de la puerta del baño pensando en lo sucedido, Dulce comenzó a decirle a Eva una gran cantidad de disparates sobre lo que pasó y comenzó a criticar la actitud de su hijo, Eva guardó silencio y escuchó atentamente, luego de unos minutos Leo salió del baño para irse de la escuela junto a su madre, sin embargo, el niño estaba lleno de odio porque logró escuchar todas las mentiras que dijo la profesora.


Esa tarde Eva fue en compañía de su hijo a la casa de Teresa Ortiz, la madre Joe, para solucionar el altercado de sus hijos, como eran familia y también era la primera vez que esto sucedía entre los dos pequeños, decidieron no darle muchas vueltas al asunto, Eva se comprometió a castigar a su hijo por lo que había hecho, así como también hablaría con él para que no se volviera a repetir esa situación. De ahí Leo y su madre salieron hasta su casa, al llegar, Eva comenzó a regañarlo por lo que hizo en la escuela, mientras ella comenzaba a recoger todos sus juguetes para alzarlos en lo más alto de su armario, Leo se puso aún más furioso, pero no se lo demostró a su madre, tan solo guardo silencio, el regaño no era tan importante porque en ese momento él sentía que debía hacerle algo a su profesora.


Leo esa tarde no tenía deberes ni mucho menos juguetes para distraerse, así que se sentó junto a su madre a ver una telenovela en la sala, en una de las escenas de esa trama Leo vio como una de las protagonistas ponía veneno de ratas en un jugo para asesinar a su enemigo, esto trajo al pequeño la gran idea de envenenar a su maestra ya que esta siempre se comía su desayuno. No lo pensó mucho, inmediatamente fue al cuarto de las cosas sin uso y busco el raticida para guardarlo debajo de su cama, en la mañana siguiente cuando su padre tenía lista la lonchera, Leo la metió a su cuarto para poner a escondidas un poco de veneno en el jugo de fresa y otro poco entre el jamón y el queso del sándwich.


Aquella mañana Leo llegó a su salón como habitualmente lo hacía, lo único diferente ese día fue que los niños no se burlaban de él porque recordaban los sucesos del día anterior, fue irónico que Leo ganara algo de respeto gracias a sus puños, que usualmente mantenía cerrados, pero ese día mostraba sus manos con total naturalidad. Llegó la hora del descanso y como era de esperarse Dulce tomó la lonchera de Leo para comer su desayuno, pero esta vez Leo tenía una sonrisa de complicidad al ver como su profesora comenzaba a beber el jugo y a degustar su sándwich, él disfruto ese momento sintiéndose extremadamente feliz. Terminado el descanso la profesora comenzó a sentirse mal, Leo observo como Dulce se ponía tan blanca como un papel, inmediatamente ella salió corriendo del salón para pedir permiso e irse al centro médico, dejó a sus alumnos solos y al cabo de unos minutos una secretaria de la escuela se hizo cargo de los niños hasta que terminara la mañana, al finalizar la jornada de clases, Eva fue a buscar a Leo y le comento:


— “Vengo del centro médico y supe que la profesora Dulce se enfermó”.


El niño no respondió a lo que le dijo su madre, su felicidad en ese momento se convirtió en miedo, pensaba que había acabado con la vida de la profesora, él recordó que su abuela Ana alguna vez le dijo que si llegaba a matar a alguien se iría al infierno, a Leo le aterraba esa idea, el nerviosismo invadió su pecho y sus manos parecían un río de sudor. Pasados unos minutos, Eva lo dejó en casa de su abuela Ana porque iría a San Lorenzo hacer unos trámites referentes a su trabajo. Esa tarde Leo fue a la clase de la profesora Esperanza, allí asistía Adolfo Benítez, un niño de 9 años quien era sobrino de la profesora Dulce, él antes de entrar a clases comentó:


— “Mi tía Dulce está casi muerta, mi papá dijo que le iba a visitar un cura”.


Leo sabía que significa si un sacerdote visitaba a un enfermo, que al cabo de una hora estaría muerta, la impaciencia y la culpa entraron en lo más profundo de su ser. Salió de clases y su abuela Ana lo llevó a casa, Leo se encontraba distante sumergido en sus pensamientos, recordando todo el sufrimiento que vivía en la escuela, pensó en muchas cosas, en su profesora Narcisa, en que no tenía amigos y que ahora había matado a una persona. Leo estalló en llanto y pensó que la mejor opción era acabar con su vida, nadie diferente a su familia lo iba a querer por tener unas uñas horrendas, como era rechazado nadie lo extrañaría, en un acto de desesperación, el pequeño buscó un cuchillo en la cocina, fue hasta altar religioso que se encontraba en el último cuarto de la casa, cuando empuño con sus dos manos el cuchillo para clavárselo en el abdomen su abuela soltó un grito quebrado, ante aquel susto Leo quedó inmóvil, Ana lo abrazo llorando diciéndole:


— “Que haces hijo mío, quieres que nos muramos de tristeza”.


Leo arrojó el cuchillo y abrazó a su abuela, él estuvo llorando en los brazos de Ana durante varios minutos sin decir ni una sola palabra, de aquella escena no se habló más, su abuela no comento lo sucedido y él tampoco le dijo a nadie. Al entrar la noche Eva buscó a su hijo para llevarlo a casa y le dijo:


— “Pase por el centro médico y tu profesora está fuera de peligro” El pequeño suspiro y respiro con gran alivio.


Al día siguiente Leo no tuvo clases por obvias razones, Eva esa tarde le dijo a su hijo que irían a visitar a la profesora Dulce, pero Leo se negó, ella lo hizo entrar en razón gritándole un par de veces.


— “¡Vamos a ir! ¡Es tu profesora!”.


Leo no tuvo más opción que acompañar a su madre, cuando llegaron al centro médico se encontraban allí varios de sus compañeros junto a sus padres que también visitaban a la profesora, Eva entró en compañía de su hijo a la sala de recuperación, a Dulce no le causo felicidad verlos entrar, en especial al niño, pero como estaban otros padres en la habitación debía fingir ser la profesora amorosa que todos pensaban que era, cuando Leo se acercó a la cama, ella lo tomó de la mano para saludarlo.


— “Hola mi amor ¿Cómo estás?” Preguntó la enferma.


— Leo extrañado ante la actitud de Dulce le respondió “Muy bien” Y le pregunto sonriente “¿Qué tal estuvo mi desayuno ayer?”.


La mujer quedó sin palabras soltó la mano del niño de inmediato, quedó impactada al saber que el pequeño era el culpable de su desgracia, Dulce comenzó a tener un ataque de histeria, intentó levantarse para lanzarse contra Leo, pero esta quedó completamente inmóvil mientras se sofocaba y miraba con odio al pequeño. Eva llamó de inmediato al doctor de turno e hizo que todos los presentes salieran de la habitación, Leo salió asustado y se sentó solo en la sala de espera, mientras su madre trabajaba, pasados unos minutos se podía escuchar como Dulce gritaba a Eva.


— “Ese pequeño engendro tuyo me hizo esto”.


Los llantos a todo pulmón de la mujer se escucharon en todo centro médico, el doctor que la atendía decidido sedarla para poder calmarla, una media hora después Eva salió para buscar a su hijo e irse de aquel lugar. Durante los días siguientes Leo asistía a las clases de la profesora Esperanza, ya que Dulce aún seguía presentando ataques de histeria y no podía volver al trabajo, de hecho, un doctor del centro médico de Loreto la diagnosticó con “locura histérica” y fue recluida en el hospital psiquiátrico de Bora.


Pasada una semana de aquel suceso Leo volvió a la escuela, pero esta vez con una nueva profesora, Gabriela Suárez se llamaba la mujer recién graduada en educación que iba a desempeñar su primer trabajo en la escuela de Loreto, llena de entusiasmo recibió a todos los niños, la primera actividad que hizo fue la rutina de hacer que cada niño se presentara tal como el primer día clases, Leo esta vez no se entusiasmó tanto como la última ocasión en la que se presentó, cuando llegó su turno se levantó de su asiento y miró a la profesora diciendo a regañadientes:


— “Me llamo Leo”.


Esta vez no hubo ningún comentario de sus compañeros y el pequeño regresó cabizbajo a su puesto, Gabriela se percató de la actitud del pequeño, así como también de su particularidad en las uñas, sin embargo, decidió tratarlo con la misma igualdad que a los demás. La buena noticia para el pequeño era que ahora sí podía desayunar tranquilamente y también podía salir al descanso. Ese día regreso a la escuela Joe, el par de primos como buenos niños que eran, hicieron borrón y cuenta nueva.

Leo dejó de ser el motivo de burlas de todos sus compañeros, pero no llegó a integrarse al grupo, cada vez que cruzaba palabras con alguno de ellos recordaba las escenas del pasado sintiendo un gran dolor en su corazón y termina por alejarse. Así fue la vida del pequeño hasta las últimas semanas del año escolar, solo tenía dos amigos, no dejó de ser callado, iba todos los días a la escuela y a sus clases en las tardes, se repetía la rutina de gritos junto a su madre para que hiciera los deberes impecablemente y por la noche jugaba un rato con su padre. Pero en su interior sabía que seguía siendo un extraño, que era rechazado y señalado a donde iba, realmente no era feliz y se sentía solo, se sumergió en la monotonía de su existencia. Hasta que un día cuando Eva llegaba a su casa luego de trabajar, despertó a Leo como de costumbre, pero esta vez fue hasta su cama para abrazarlo y decirle:


— “Un doctor me dijo que conoce un lugar donde pueden curar tus uñas” ...

14 de Noviembre de 2020 a las 01:23 1 Reporte Insertar Seguir historia
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Gabriel Mazzaro Gabriel Mazzaro
Muy bueno comienzo!
November 27, 2020, 14:02
~

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