mazzaro Gabriel Mazzaro karyan2 Nicolas ferrer

Dos perspectivas distintas, abrazándose en el calor de la batalla. Dos guerreros, unidos en combate por encontrar la muerte dividida. A veces, la victoria en una contienda tiene como precio la muerte misma de su campeón. ¿Qué es la gloria? sino, un dragón de dos cabezas que con una de ellas ofrece el triunfo, y con la otra su derrota.


Fantasía Sólo para mayores de 18.

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El guerrero de Nort

Mi nombre es Períonte, y voy a contar mi historia. O a caso una parte de ella. Hace un tiempo atrás era el principal luchador del reino de Nort. Desciendo de la casta real y todos en mi linaje somos soldados. Desde mi padre, hasta mi hermano más pequeño, que aún no conoce sobre la sangre y el sudor de las guerras.

Pero para comprender porque estoy aún aquí, dejando al aire estas memorias, es necesario remontarse en parte al pasado. Puede ser verdad eso de que el pasado no es otra cosa que algo amargo y distante, pero considero por igual su justeza y claridad.

Según tenía entendido, cientos de años atrás, las ciudades de Nort y Torp convivían la una con la otra -llamándose Norttorp, el reino entre las montañas bajas- hasta que Torp reclamó la independencia por motivos aristocráticos.

Nort se rehusó a brindarles su propia insignia patriótica con todo lo que ello significaba, y la ciudad entera se vio envuelta en una guerra civil silenciosa.

Con el paso de los meses, los mercaderes dejaron de compartir sus producto. Los que antes eran amigos, empezaron a rehusarse incluso a intercambiar los saludos, y las familias de milenarias tradiciones, se confrontaban a cielo abierto. Las plazas de Norttorp eran asiduamente visitadas por suelos extensos, que a veces incluían a más de diez participantes por bandos. Era una situación extraordinaria y nunca antes vista en ninguno de los reinos de las zonas aledañas, los cuales decidieron no asistir -bajo ningún punto de vista- a Norttorp en su disputa social. Cada uno de los reyes y reinas extranjeros, sabían con erudición que las disputas de las casas, debían resolverse dentro de ellas, de lo contrario, la patria siempre peligraba ante el asedio ajeno.

En esa época el noble rey, consternado ante esta situación, había pedido el consejo de uno de los sabio nigromantes de una olvidada tribu al norte de castillo que hoy represento aquí. Sin que nadie lo supiese, el rey se reunió en la caverna del mago, y luego de una extensa y ardua conversación, el hechicero terminó informándole que para que NorttTorp no se separase, la única respuesta posible era la muerte. De lo contrario, el reino dejará de existir en pocos años.

Al principio el rey no entendió la revelación, y su ánimo comenzó a decaer con rapidez.

El mago le explicó entonces que él poseía el poder para restablecer la armonía en su pueblo, pero ello llevaría tiempo y desgracias. Pero finalmente, todo llegaría a su equilibrio. Caso contrario, su reino, juntos o por separados, se extinguirían de la faz de la tierra.

El hechicero le expresó que no todas las respuestas eran inmediatas y mucho menos espontáneas las soluciones, que para entenderlo, debía considerar, por ejemplo, los millones de años que había tardado el planeta en florecer de tan variada existencia.

El rey, finalmente, consideró el pacto, preguntándole a cambio qué ganaría él si cumplía esta solicitud. El mago le respondió, que algún día, su descendencia gobernaría sobre Norttorp, pero para ello pasaría muchísimo tiempo.

Con dolor y pesadumbre, el monarca aceptó, pidiéndole únicamente que, cuando llegase su momento de mandar sobre el pueblo, que lo haga con clemencia, puesto que no había nada más importante para él que los súbditos que alimentaban su reinado.

Habiendo cerrado el pacto, el mago le indicó que aceptará la independencia reclamada por la mitad de su gente. Que no se preocupara por la paz, que eso llegaría tarde o temprano. Incluso si levantasen grandes tapiales y se construían fosas y muros en el centro de la ciudad para dividir unas personas de las otras, la tranquilidad llegaría, hasta el momento de volver a unirse al fin.


Muchos años después, una peste cayó sobre ambos pueblos, enterrando a nuestros aldeanos más rápido de lo que podíamos nosotros cavar las tumbas. La llamamos "fiebre del dragón", un nombre bastante apropiado para el caso. En esa enfermedad que llevó muchas almas, de ambos reinos, consigo perdí a conocidos y maestros. Tuve que enterrar con mis propias manos a hermanos de la vida e incluso niños que aún no habían nacido. La naturaleza de la mortalidad, no expresa su más cruda verdad sino en estas granes epidemias que no pueden detenerse a golpe de espada.

Según se me había informado por el joven rey de Nort, nuestro pueblo tenía una posibilidad de escapar de semejante desgracia. Debía yo ir hasta una mazmorra maldita en la punta de una cumbre y dar muerte al animal que ahí moraba. Con esa acción, la magia de la bestia haría que un pueblo pudiese salvarse. Miserablemente, la condición aplicaba de esa forma "un pueblo" y no dos. Ambos reyes sabían esto, puesto que fueron ellos quienes lograron encontrar la respuesta. Y aunque yo desconozco de magias, hechizos y artilugios, sé con ahínco sobre el arte de la guerra y de entregar mi vida por mi rey y por mi pueblo. Llevaría la muerte a cualquier lugar que me solicitasen. Así, debía aniquilar a esa bestia, al parecer uno de los pocos dragones celestes que restaban en la zona. Y, para sumar dificultad a mi tarea, seguramente debería luchar contra Materón, el martillo de las bestias, poderoso contendiente de nuestro vecino reino.

Después de casi doce días de travesía, dos caballos muertos en el camino y algunas infecciones intestinales, logré encontrar la mazmorra principal de la cueva. Era extensa y redonda, construida por entero de grandes bloques de piedra maciza.

«Habrán tardado mil años en construir este lugar» pensé, mientras observa todo a mi alrededor. Podía percibir un olor rancio, a carne en descomposición. Estaba asustado, no hay guerrero que no posea el miedo recorriendo sus venas, pero la decisión no me había abandonado. Eso marcaba, recuerdo decir a mi padre, la diferencia entre un caballero y un mero peleador.

En su centro de la gran sala, un pozo infinito ardía con llamas tan altas como los ogros del este. El ambiente era nauseabundo, pero cálido y hasta cierto punto acogedor.

El rey me había indicado que Torp enviaría a su propio guerrero. Así que consideré que además de batallar contra la bestia que esperaba encontrar en ese lugar, debía vencer al mejor caballero de nuestro pueblo vecino. Me he entrenado para las batalles, he ajusticiado incontables bestias y en honor a mi pueblo entregaría mi vida sin dudarlo. Ahora, me preguntaba ¿Cuál de ambos llegaría primero? ¿Sería el hombre? ¿Sería la bestia? o quizás los dos por igual.

Un tanto cansado por el viaje, puesto que mi armadura para dragones pesaba de forma considerable, me recosté por una de las paredes de la habitación. Habían cuatro entradas principales, y por la que yo había entrado estaba casi seguro de que nadie me había seguido.

Me quité el peto, dejé a un costado mi casco y comencé a recordar porque estaba en ese lugar. Si el dragón llegase, estaría listo en un santiamén. Además, sus extensas masas son fácilmente percibibles por medio de la vibración. En cuanto al caballero contrario, al que debería dar justa y necesaria muerte, conocía su forma de moverse, era indiscreto y siempre avanzaba sin guardar respeto al sigilo. Su bien conocida destreza con la lanza no le ameritaban tales esfuerzos.

Me quité las manoplas también, todas las armaduras para dragones eran sumamente inflexibles y cada parte estaba compuesta por muchas otras partes, escamas de acero que ayudaban a repeler el fuego -o le hielo, dependiendo del tipo de mitológico reptil-. No había traído escudo a la contienda, ni el más pequeño de ellos. Se sabía que no se llevaba escudos a los encuentros con bestias de tipo reptiliano, puesto que no debe jamás dejar que ataquen, sus arremetidas son directamente mortales. La armadura, en cambio, era solo para que mi cuerpo resistiese los golpes que debía propinarle.

Descanse pensando en las llamas. Advertí desde adentro de la caverna, que la noche había caído ya sobre mí. Por alguno motivo, me vi lejano a mi hogar. Creo que en ese mismo momento intuí que nunca más regresaría. Pero no es de lamentar, todo guerrero necesita la buena muerte, aquella con la cual se ennoblece y pasar a la historia de los héroes caídos en el deber. Me debo a mi rey y a mi gente, a mi familia. Pero más aún, me debo al código de la espada. ¿Qué sería del mundo sin personas entradas a la tarea de defenderlo de lo demoníaco?

Luego de unas horas, retomé el aliento. Escuché, metros delante, y por un ingreso distinto al cual había llegado, que alguien se acercaba. Era demasiado grande para ser un hombre y muy pequeño para ser un dragón adulto. Sin lugar a dudas era Materón dirigiéndose hacia mi.

De esta forma, a mi pregunta de quién o qué llegaría antes a enfrentarme: el caballero contrario fue el primero en llegar. Entró sereno, la solemnidad de su fama lo cubría de una soberbia imposible. Me levanté con cautela y coloqué con cuidado mi armadura. De una forma u otra, él respetaría el tratado del enfrentamiento cuerpo a cuerpo.

—Yo tomaré a la bestia por sorpresa y acabaré con ambos. La victoria y el tesoro serán míos y de mi pueblo —le indiqué desde lo lejos.

Las historias eran ciertas, el guerrero de Torp era gigantesco. Esa noche, cargaba una lanza que le aventajaba, por lejos, casi tres cabezas. Además, estaba armado con dos espadas en su cintura: una bracamarte y una espada bastarda. Pero no llevaba armadura metálica, salvo una falda de malla común. Un peto de cuero duro cubría su pecho hasta el bajo vientre, y su casco, más con forma de vincha acorazada, dejaba totalmente expuesto su rostro. Su cara de rasgos duros y toscos lo presentaban. Sus pasos, seguros y coordinados, se acercaron a pocos metros del pozo de fuego. En el cual esperaba yo con ansias que el dragón despertase.

—Jamás —me respondió con su ronca y profunda vos—, la maldición que recae también sobre mi ciudad debe ser resuelta. Niños, mujeres y ancianos caen muertos en las calles por culpa de este demoníaco conjuro.

—Lo sé, —le referí, aprontándome al combate. —De todas formas lucharemos primero, y cuando llegue el dragón, lo ajusticiará quien sea el indicado.

—Me parece noble de tu parte. No pienso compartir el combate de la bestia contigo.

«¡Estúpido necio!» juzgué.

Debía tomarlo por sorpresa, después de todo, la ligereza estaba a mi favor. Sin embargo, el mayor de los cuidados debía ser mío. Un golpe suyo de cualquiera de sus armas -o incluso de sus brazos titánicos, acabaría conmigo.

—Comencemos entonces, —le dije.

Corrí por unos de los costados de la habitación y al tiempo de desenvainar mi espada, salté sobre una de las paredes. No logré la altura necesaria, mi armadura era excesivamente pesada.

El guerrero de Torp trasladó una de sus piernas hacia atrás en posición receptiva e hizo chocar el acero de su espada larga contra mi gran espada. Todo mi cuerpo fue frenado en seco.

Antes de volver al suelo, solté la gran espada e hinqué en su muslo mi daga short seax hasta el mango. Luego me desplomé debajo de él, parte de mi hombro, espaldar y guardabrazo derecho se desarmaron al tocar el piso de la caverna. Fue en ese momento, mientras el guerrero de Torp emitía un grito profundo de guerra -en parte por el dolor de la herida y en otra parte por la furia que había despertado en él-, que cortó con su brillante baracamarte sobre mi hombro descubierto.

Los combates de los guerreros son así: veloces y certeros, no hay más acción que aquella que se dirige hacia la muerte. Cuando uno es joven, es donde más dura en los enfrentamientos. Luego, no se hace otra cosa más que dar o recibir muerte. No hay puntos grises en el combate de los hombres experimentados.

Lo último que recuerdo de ese día, antes que el un extraño hechicero se presentará ante nosotros y no condenara para siempre, fue la sangre del guerrero de Torp salpicando mi cara, calentando toda mi frente con el ardor de su plasma. Cayó rendido frente a mí; él sentado, y yo arrodillado, sujetando aún mi gran espada clavada en el centro de su pecho.

No retiré el acero de su cuerpo ni él retiro el suyo del mío. Solo nos quedamos allí, respirando en agonía y preguntándonos, cada uno a su manera sobre el destino de los pueblos.

«De la noble lucha que habíamos tenido quedarán nuestros cuerpo por siempre en este lugar», recuerdo haber pensado por última vez en ese lugar. Al menos de la forma en la cual estaba acostumbrado a cavilar.

Lo siguiente que aconteció, así de mágico como terrible, fue la verdadera confrontación, la batalla más grande de mi vida, y creo que la del guerrero de Torp también.

Ahí comprendí que, en esa fría mazmorra, habíamos quedado unidos para siempre.

10 de Noviembre de 2020 a las 00:18 0 Reporte Insertar Seguir historia
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