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Rocamora

Mi nombre es William, William Rocamora. Los incondicionales inexistentes me apodan Liam y ese ser alado llamado Alison, Willy. Nunca comprendí a ciencia exacta los motivos por los cuales mi madre me adjudicó un nombre de origen germánico, tan inusual en la lengua española. No es que no me satisfaga, pero si hubiera tenido el don de elegir me hubiera gustado llamarme Juan, liso y llano y esto por su sencillez y por esa debilidad que siempre tuve por la letra “jota” cursiva y en mayúscula. Siempre me ha parecido una letra solemne, suntuosa que me recuerda mucho a la clave de sol, símbolo que por motivos misteriosos siempre me ha cautivado sobremanera.


El reloj de pared indica las ocho menos cuarto de la mañana. Sobre un extremo de la mesa, un trozo de chorizo seco, un trozo de pan duro y una copa de vino sin acabar. Un haz de luz solar se cuela por una rendija del postigo semi abierto desembocando, deliberadamente quisiera creer, en la trompeta de Dizzy Gillespie impresa en un afiche de fondo negro que robé una noche en una taberna londinense. Dicho afiche es el único ornamento que decora las paredes mi precaria habitación. Los rompecabezas resueltos en sus respectivos embalajes se amontonan en el rincón, formando una pila de un metro de alto. El actual, el que pretendo resolver en estos momentos, yace desparramado en el centro de la mesa.


No sé qué día es hoy. Tal vez sea lunes o martes o sábado, no lo sé. Deliberadamente me he propuesto no tener noción de los días por una simple y sencilla razón: mi tragedia toma vigor los domingos, generalmente por las tardes. Me he dicho que quizás, ignorando el hoy, podría llegar a relegar ese día funesto al destierro, aunque claro está, corriendo el riesgo que, por suerte desdichada o fortuna adversa, suceda lo contrario: que termine considerando todos los días como potenciales domingos en cuyo caso, el deslizamiento en el tobogán del desaliento y la desidia no sería de un día sino de siete. Pues bien, he asumido correr el riesgo y hasta ahora, mal no me ha ido. También ignoro cuantas semanas he permanecido aquí postrado en este catre, durmiendo, por momentos cavilando, por momentos alimentándome con chorizo seco, sopa enlatada o alimentos en latas de conserva. En otros, resolviendo rompecabezas. Este esbozo de mi cotidianeidad puede resultar absurdo o deprimente, pero a decir verdad, no creo que sea ni tanto más absurdo, ni tanto más deprimente que las vidas de aquellos llamados “normales”. Yo al menos, y por juicio propio, he dejado de hacer pactos con mi conciencia; esas concesiones implícitas, silenciosas, carentes de rigor analítico y tácitamente aceptadas que al común de los mortales les permiten salir a la calle en lugar de quedarse el resto del día postrado en una cama. Asimismo, esta pocilga es el único lugar donde nada me sucede, cosa que considero una sagrada bendición. Por último, ignoro los verdaderos motivos en virtud de los cuales hoy, por tercera vez en pocas semanas, la idea impetuosa de hacer una excepción a la rutina que me acompaña desde hace algún tiempo me invade nuevamente. Quizás tenga algo que ver con este asunto de la comunicación del cual he cavilado últimamente y que me ha mantenido en vilo, no lo sé. En todo caso, esta sería mi tercera tentativa de abandonar por un rato este recinto solitario y taciturno.

La primera de estas tentativas había ocurrido hacía unas semanas atrás. Una mañana, me había levantado con el propósito de pasearme por el parque aledaño. Había tomado una ducha ligera y posteriormente, con un cigarrillo en la mano y un café caliente, me había dispuesto frente a la ventana que da sobre la calle. Entonces, a través de los gruesos cristales de mis anteojos, contemplando como la verdulera en la acera de enfrente apilaba los cajones de frutas, mis intenciones de salir se vieron volatilizadas instantáneamente al presenciar con estupefacción como esta mujer, quien se había puesto en cuatro patas para recoger una manzana que había caído al piso y se había deslizado debajo de un cajón, dejaba entrever la raya entre sus nalgas fofas a la vez que toda su carnosidad comenzaba a desbordar aquel infame pantalón de terciopelo blanco. Aquel dislate me pareció tan, pero absolutamente tan asimétrico y repugnante, que inmediatamente me tiré en el catre y cual oruga importunada por alguien que acaricia su vientre con un palito, reduje mi cuerpo a una bolita y permanecí inmóvil por días debajo de mis sábanas.


El siguiente intento fallido de abandonar el cuchitril ocurrió días después de aquel suceso deprimente, tal vez una semana más tarde. Me había despertado con un optimismo inusitado y luego de una ducha y un café (sin contemplar esta vez el paisaje externo a través de la ventana y así evitar cualquier interferencia perniciosa que pudiera alterar mis propósitos), había tomado las llaves y había abierto la puerta que da a las escaleras. Y fue justamente al momento de franquearla cuando, súbitamente, fui invadido por una imagen que en su momento consideré atroz: imaginé que, una vez afuera y luego de girar la esquina, me iba a dar de bruces con una de esas manifestaciones formadas por individuos en estado confusional agudo, pro-colectivistas, reivindicando la ideología de género, los derechos de algún ser vivo o de algún colectivo en situación de minoría. Quiero referirme a esos grupos de individuos extraviados que se unen a un movimiento u organización y hacen propios los objetivos de esta (a falta de objetivos propios, ¡qué duda cabe!), trabajando y militando para que dichas metas sean alcanzadas y que, una vez logradas, y mismo si su rol en todo el proceso ha sido insignificante, estos infaustos individuos terminan por experimentar un sentimiento rebosante de realización capaz de colmar la totalidad de sus penurias personales. En fin, no me explayaré al respecto pues sería una pérdida de tiempo. Lo que si cabe destacar es el pavor que me invadió y que me obligo a volver sobre mis pasos y a desparrarme boca arriba en el catre.


Durante días reflexioné sobre la primera tentativa fallida. Concretamente, a los posibles motivos por los cuales aquel cetáceo (la verdulera mostrando la raya entre sus nalgas fofas), me había perturbado de esa manera llegando a conclusiones justificativas como “Vamos che, es de muy mal gusto posicionarse en cuatro patas en el medio de la acera y mostrar la raya del culo”, o a conclusiones aterradoras y estremecedoras como la que sigue: “inconscientemente te sientes atraído carnalmente hacia esa mujer, pero tu conciencia lo reprime”.


Hoy tendría mil motivos para no salir de aquí. El paisaje externo así me lo confirma. Por ejemplo, el subnormal aquel que se encuentra sentado en el banco de enfrente con una caja de vino lanzando improperios y obscenidades a los pasantes. Pues bien, ese tipo bastaría para arruinar mi existencia y confinarme de por vida a este tabuco. O si no el otro, el yuppie que habla a los gritos por celular en la esquina sobre algún asunto que él considera esencial y de vida o muerte, asunto por el cual (tiene la convicción, claro está), su consumación o no puede alterar el sentido de rotación de la tierra. Siempre tuve problemas para tolerar a esos vendedores de humo, dicho sea de paso. Y por si todo esto no fuera suficiente, la mirada libidinosa del viejo que espera el bus, observando el trasero de la joven adolescente delante de sus ojos despierta en mí una irritación sin nombre. Todo esto me deprime y me dan motivos suficientes para extraerme de todo. Sin embargo, hoy es un día distinto. Una esperanza apresurada se sobrepone a mi paranoia, a mis temores y a todo el espanto que ingresa por los cristales de mis gafas culo de vaso. Hoy sera un día distinto, así lo percibo.

5 de Noviembre de 2020 a las 21:31 0 Reporte Insertar Seguir historia
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