mazzaro Gabriel Mazzaro

Titán, un mundo en pleno florecimiento sociocultural se verá devastado por la llegada de Los Maestros, seres exteriores de tamaño descomunal y porte divino; criaturas tan gloriosas como terribles.


Aventura Sólo para mayores de 18.

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I: viaje al presente

Ockham vivía en Titán, el satélite más grande de Saturno.

Moraba junto a sus padres: Ruibal, de profesión mecánico; y su madre Irma, que se dedicó en otros tiempos a la agricultura.

Ockham, al igual que su familia, era un reptiláe.

Desde que se habían llevado a Berenice, la hermana menor de Ockham, su madre se encontraba en una especie de estado catatónico. Deambulaba por los rincones de la cueva llamándola en plena oscuridad. No había descanso a su pesar, no le quedaba un solo gramo de carne en el cuerpo. Antes era admirada por su belleza, una de las damas más hermosas de la Comuna, una de las cuatro colonias restantes de la raza de titánides.

La Comuna Reptiláe quedaba casi en el centro de Factor H, la única zona habitable del planeta.

Sin embargo, más allá de las diferencias biológicas externas de los diferentes ciudadanos de cada zona, todos los titánides se encontraban adaptados a las inclemencias del planeta. Generaciones enteras de seres inteligentes que fueron evolucionando en períodos relativamente largos de tiempo para adaptarse a un planeta que recibió mucho tiempo atrás el milagro de la vida por medio de un accidente inesperado. Pero, así como la vida en Titán llegó desde el cielo, por medio de los microorganismos extremófilos (origen de la raza de titantes), su desgracia también surgió del mismo lugar. Una de las tantas paradojas que tiene la existencia, chistes sin remate, que se extienden por todo el cosmos del universo observable.

El planeta estaba principalmente constituido por cristales de hielo y material rocoso. Presentaba en su zona habitable, una topografía muy variada que iba desde pequeñas elevaciones de territorio -similares a diminutas montañas- hasta extensas planicies que parecían perderse en el horizonte. Desde el este de Factor H, bordeando toda la costa hacia el sur, se encontraba el Mar de Aurora, un cuerpo denso de metano y etano líquido que brillaba como acero resplandeciente repleto de burbujas perladas que adornaban la superficie.

El clima del planeta incluía vientos y lluvias, tormentas y períodos extensos de calma climática. Era un verdadero paraíso perdido en lo profundo del manto galáctico, con sus dunas, sus ríos, lagos y mares. No obstante, no todo el mundo era habitable para las formas de vida, tan solo un 12% de su superficie total era apta para la existencia.

En otros tiempos, los titánides habían avanzado con increíble maestría en las artes de la terra-formación. Listos para llevar las especies a terrenos más allá de Factor H, la llegada de Los Maestros lo cambió todo. En un período aproximado de mil años, Titán había dejado de ser aquella civilización sumamente avanzada y próspera, para convertirse en un conjunto de comunas dispersas sobre un yermo que moría con lentitud y paciencia. De ser una raza inteligente que ansiaba con expandirse a los recónditos extremos de la galaxia, no quedó más que un recuerdo efímero que salpicaba con desgracia la superficie titánica.

La mayor parte de las grandes familias fueron exterminadas de forma sistemática, quedando solo las más resistentes a los trabajos forzados y a la realidad espiritual que los acongojaba: los Mamiferáe, los Reptiláe, los Acuáe y los Pulpoides. De todas maneras, de estas familias restantes, asentadas prácticamente en el centro de Factor H, y cercadas geográficamente por los Centro de Abastecimiento, Los Maestros tenían un estricto control de natalidad y crianza. Los titánides no podían superar un determinado número de pobladores dependiendo del sector, la estación del año y el oficio que les fuese asignado. Además, estaba absolutamente prohibido, como muchas otras cosas, la mezcla entre las razas, lo cual era biológicamente posible, pero por ley -si así podía llamarse-, era una actividad penada con el exterminio inmediato por medio de la evaporación.

No todos los habitantes de Factor H cumplían con lo establecido, algunos, los más atrevidos y valientes, necios quizás, se relevaban contra el régimen, intentando saquear los sistemas de ordenamiento, las severas costumbres de trabajo y de control natal. Algunos, hasta procuraban ataques infructuosos contra los Centros de Abastecimientos. Pero la realidad era que la resistencia, cada vez menor, se reducía en número y en esfuerzo. No había nada peor para una civilización que el acostumbramiento a la esclavitud. Todas las razas habían acordado que era mejor existir, aunque fuese por un mínimo de tiempo, al hecho de ser borrados de la faz del planeta, como la llama de una vela intentando combatir un huracán.

Los titánides estaban al pendiente de vida extraterrestre mucho antes de la llegada de Los Maestros; sus científicos, que en la actualidad se encontraban extintos, habían detectado sondas de reconocimiento aterrizando en los territorios inhóspitos de los territorios fuera del límite vital al noroeste de Factor H. No obstante, la naturaleza pacífica en extremo de la especie no llevó a considerar la posibilidad de que aquellos otros seres exteriores, fuesen a tener necesidades e intenciones distintas a las suyas.

Para cuando Los Maestros llegaron, todo Titán se revolucionó. Se prepararon grandes banquetes de bienvenida y decoraron con gran énfasis el lugar demarcado para el aterrizaje. Los técnicos, principalmente mamutoides -uno de las primeras razas en ser exterminadas debido a su tamaño y pieles-, se encargaron de tener a disposición las máquinas y dispositivos de soporte vital para los visitantes del espacio. Desconocían sus sistemas biológicos, puesto que no habían logrado concretar ninguna comunicación certera previa al descenso. Al parecer, Los Maestros provenían de una larga travesía a través del cosmos y varios de sus sistemas se encontraban en falla, entre ellos, el de comunicación. Con poca información, grandes expectativas y el ánimo exacerbado de conseguir contactar otras formas de vida distintas a las suyas, los titánides se esforzaron por tener establecer la conexión.

Los viajantes aterrizaron en la costa sur del Mar de Aurora, donde luego sería levantado, pocos años después, el Templo de los Maestros en honor a su llegada. La sola construcción del templo, que requirió de veinte años titánides, había reducido la población autóctona del planeta a casi el 20% de su original.

Los Maestros no traían más que muerte y esclavitud, y los titánides los esperaron con los brazos, tentáculos, patas y alas, abiertas de par en par.

5 de Noviembre de 2020 a las 23:29 0 Reporte Insertar Seguir historia
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