tadeoibarra Tadeo Ibarra

Andrés y Pedro se embarcan en lo que ellos creen que es una experiencia sobrenatural. Pero lo que ellos creen que es una aventura más se convierte en algo mucho más siniestro.


Aventura Todo público.

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Un café en Villaluz

Aún tenía resaca del día anterior y eso que ya eran las siete de la tarde cuando salimos del hostal para comenzar nuestra travesía. El guía era alto y bien parecido. Yo no lo recordaba de la noche anterior, pero Pedro, me decía que el muchacho se había ofrecido a acompañarnos el día de hoy; entonces supuse que sería nuestro «guía». El muchacho me miraba de una manera extraña y hasta traviesa, pero no le di tanta importancia. La verdad era que no recordaba mucho de la fiesta. Solamente esperaba no haber hecho algo de lo que después pudiera arrepentirme.

—¿Ya están listos? —dijo y noté que me guiñó un ojo.

Estaba lloviendo y la temperatura del ambiente era de al menos cinco grados Celsius. Yo tenía mucho frío, pero lo estaba disfrutando. «Es parte de la experiencia», pensé. No era la primera vez que visitaba Rosaluz. Anteriormente ya había visitado el país y me gustaba bastante; contrastaba en muchos aspectos con mi país de origen, que era más bien una zona semidesértica, por lo tanto era muchísimo más calurosa. Por alguna razón desde muy pequeño había sentido inclinación por los climas fríos, húmedos y lluviosos, como el de Rosaluz. Hacía ya algunos años, había vivido aquí por seis meses y fue una de las experiencias más gratificantes de mi vida. Ese medio año lo pasé en Villaluz, una de las ciudades más famosas de la zona, por ser un lugar casi universitario y estudiantil en su totalidad, por lo que fiestas y salidas a bares no me faltaron; y tampoco estaban de sobra. En esta ocasión, me acompañaba Pedro, uno de mis mejores amigos. Para él era la primera vez que salía del país y se le veía muy emocionado. En alguna ocasión le mencioné que, para la mayoría, así era al principio, pero al pasar las semanas, lo que al comienzo parecía novedoso y nuevo, se vuelve algo de todos los días y a veces uno comienza a extrañar sus orígenes. Aunque para ser sincero, ese no había sido mi caso. A mi me había encantado Villaluz, su gente y desde que acabó mi periodo de intercambio de seis meses, había buscado regresar al país. De pronto surgió la excusa perfecta.

A Pedro y a mí, se nos daba por ver programas de televisión de temática sobrenatural; nos gustaba todo lo que ese tema abarcaba: desde fantasmas y casa embrujadas hasta ovnis. En una ocasión, vimos un reportaje, donde el equipo de producción había visitado Villaluz, y habían estado recopilando historias de los locales, entrevistándoles y yendo a visitar los lugares que les mencionaban. Nos llamó la atención la historia de un anciano, que contaba que vivía solo desde hacía muchos años y que en una ocasión, en medio de la noche, se le apareció una mujer vestida de blanco. Él viejo le dijo a los reporteros, que la gente solía contar, que al fantasma de la mujer blanca había que seguirle, hasta que uno la viera desaparecer, ya que ahí, justo donde uno dejaba de verla, había un tesoro.

A la semana siguiente comenzamos a planear nuestro viaje. Acordamos no mencionar nada sobre el tesoro a extraños, o gente que no fuera de confianza, iban a juzgarnos de chiflados o de locos.

—Sí, ya estamos listos —respondió Pedro—. Hace bastante frío. ¿Seguro que el viejo del reportaje vive cerca de aquí, Andrés?

—Sí, vive muy cerca —contestó el guía, sin permitirme responderle a Pedro—. Yo lo conozco y también sé de su historia.

Así que Pedro le había contado del tesoro. Le lancé una mirada llena de desaprobación.

—Pero yo no creo eso del tesoro —dijo mirándome de nuevo—. Y tampoco los juzgo, así que no se preocupen. Anoche me divertí bastante, por cierto.

Acto seguido me tocó el hombro, y por un instante creí recordar algo de la noche anterior.

—¿Cómo dices que se llama el señor? —inquirió Pedro, haciendo como que tomaba notas; totalmente sumergido en su papel de turista y sabelotodo.

—Don Fabrizio. Lo conozco desde niño. Solía visitarlo para que me contara historias de fantasmas pero les advierto, desde hace unos meses, justo después de que lo entrevistaran para ese programa de televisión, se ha vuelto un poco ermitaño. Incluso instaló otro cerrojo para su puerta y ya no recibe visitas dentro de su casa.

—Así que lo veremos afuera. Me tendré que aguantar el frío.

—Pedro, no es para tanto. No te quejes, por favor. —A veces me exasperaba que mi amigo tomara esa actitud—. Comencemos a caminar ¿si?

—Vale —contestó el guía—, comencemos.

Caminamos unas cuadras cuando vi que había una cafetería abierta todavía y decidí detenerme para tomar algo caliente. Mi chamarra y pantalones mantenían mi cuerpo caliente, pero mis manos estaban entumecidas. Ambos estuvieron de acuerdo.

—Podríamos sentarnos un poco, antes de seguir —sugirió el guía. Todavía no recordaba cómo se llamaba.

Nos sentamos en una de las mesitas que estaban distribuidas por toda la cafetería, y mantuve mi café entre mis manos. Mis dedos se sentían mucho mejor.

—Entonces, ¿ustedes son solo amigos?

—Sí, Mark, solo amigos. Ya te lo había dicho.

—Qué bien y qué interesante —contestó Mark, sonriendo. Así que ese era su nombre. Ya me imaginaba qué había pasado la noche anterior—. Me divertí mucho anoche y ¿ustedes?

—Yo no recuerdo mucho, la verdad —me apresuré a decir.

—Ya veo —contestó Mark, decepcionado.

Nos mantuvimos en silencio mientras tomábamos nuestras bebidas, y antes de que nuestros cuerpos se acostumbraran demasiado al calor, sugerí que nos moviéramos hacia nuestro destino.

Salimos de la cafetería y seguimos caminando por dos cuadras más. Esa zona nunca la había recorrido cuando hice mi intercambio en la ciudad, parecía un área más vieja, por describirla de alguna manera.

Mark de vez en cuando se colocaba a mi lado, y notaba que quería hablarme directamente, sin la intervención de Pedro, pero no se atrevía. Yo no estaba listo para coqueteos.

Finalmente nos detuvimos frente a una casa de madera, la cual reconocí por haberla visto en televisión. Me pareció muy curiosa, tenía dos plantas, y era grande y amplia, al menos por fuera. Y se me antojó rústica, me imaginé a Don Fabrizio dentro, sentado junto a su chimenea y tomando café, rodeado de libros. Tal como lo había visto en televisión.

—Recuerden que Don Fabrizio, puede ser que no quiera dar entrevistas. Es una buena persona, solo que verse a sí mismo en televisión, le generó estrés.

Nos acercamos para llamar a la puerta, pero esta ya se encontraba abierta.

1 de Noviembre de 2020 a las 23:55 1 Reporte Insertar Seguir historia
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La historia está muy interesante, y con los indicios que va dando ya nos podemos dar alguna idea o imaginar por nuestra cuenta como será. Seguiré leyendo Tadeo, gracias por escribir. c: Manu | Embajador
March 04, 2021, 21:07
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