louisernandes Louiser Nandes

Un crimen en la ciudad de Kensington envuelve al detective Fletcher en una historia de corrupción, amor y muerte, que cambiarán el rumbo de su vida. El entorno obscuro del personaje hace que se cuestione su realidad y las decisiones que elije a medida que transcurre la historia, ya que cada acción tomada repercute en su camino hacia la verdad, la muerte de un hombre y el despertar del mismo. La vida en su cruda realidad, sin moldes y tan improvisada como siempre.


Crimen Sólo para mayores de 18.

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Cuento corto
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CARMÍN

UNA BALA MATÓ ESA NOCHE

I

El departamento de la policía era un remolino de las cinco hasta las seis de la mañana, café sobre la mesa, expedientes, papeles y más papeles; un jefe enojado, falsas cabelleras, mil delitos sin criminal.

—¡Necesito el expediente del caso Ventour!

—Aquí lo tiene jefe, es el; B-40-404.

—Buen trabajo Brad. Cierra la puerta al salir.

El chico salió de la oficina para dejar a solas al jefe con el nuevo detective del que se rumoraba había trabajado años atrás para el departamento, cosa de la que no estaban seguros los oficiales; ya que la mayoría eran elementos nuevos y a nadie le interesaba trabajar en ese lugar a excepción de Brad, que era algo emprendedor.

—Fletcher, ya sabes cómo se manejan las cosas aquí. Los atrapamos, les damos su merecido y vamos por el siguiente… Pero ya han pasado tres meses desde la muerte de este hombre y nadie sabe nada al respecto.

—En este lugar abundan los casos de esta clase y ya sabes que todo es por parte de Benny Colfini.

—¡No Fletcher! No podemos darle créditos a ese maldito mafioso, ni mucho menos dejar que se salga con la suya, entiéndelo. Debemos tener pruebas para poder encerrar a esa rata y es por eso que te necesitamos —dijo el jefe coléricamente mientras agitaba los expedientes contra su escritorio—.

—Me debes una.

Fletcher salió de la oficina mientras a lo lejos y entre los oficiales se perdía la voz del jefe gritando.

—¡Tú me debes más!

II

La ciudad de Kensington descansaba tranquila. Se percibía en las calles sin gente y las cloacas vaporizantes, en los gatos de los callejones por las noches, en los pasos precipitados de algún hombre corriendo y muy de vez en cuando en los gemidos aullantes de alguna mujer. Desde la cama del motel alcanzó su trago de ron y las fotos de aquel hombre que reposaban en el buró.

—Jean Paul Ventour —dijo en voz baja—, «treinta y cinco años, abogado, 62 Avenue Street. ¿Quién pudo haberlo matado y por qué lo hizo?» Fletcher repasó en su mente la información del caso hasta quedarse completamente dormido.

Independientemente de su forma de vida muy fuera de lo policial, él era el mejor elemento de investigación en todo el estado. Viajaba de un lugar a otro cerrando casos casi imposibles y prácticamente era un vago con empleo; pero dotado con una mente brillante. Una de esas personas que destacan entre millones y que no les importa en lo más mínimo la aceptación del mundo, pasando a vivir aislados del resto por decisiones propias.

Por la mañana el ritual era el mismo de siempre, abrir los ojos a las siete con una alarma estruendosa y crepitante para su dolor de cabeza; esto cuando conciliaba el sueño y no había sido otra noche de insomnio. Un baño de agua fría para bajar la resaca, y un trago de ron sin razón alguna. El lugar era pequeño, acogedor; si no te molestaban las ratas y los gritos de los inquilinos, pero era lo único que podía pagar si quería seguir dándose sus gustos.

—Una cajetilla, por favor —Fletcher salió de la tienda que se encontraba debajo del edificio y encendió un cigarrillo antes de dirigirse a la casa de aquel hombre.

Se respiraba tranquilidad en la zona, un vecindario familiar, niños en las aceras, casas coloniales y a lo lejos una montaña enorme con un risco que daba directo al mar. Se veía que no le iba nada mal a ese «Jean Paul Ventour», pensó mientras observaba la residencia desde su Chevrolet 67. Ese lugar no tenía similitud con el resto de la ciudad, parecía haber salido de una película londinense mientras que los suburbios eran más un filme de terror donde la pobreza era el protagonista de todas las desgracias.

—John Fletcher, oficial de policía —fue lo que dijo después de ver que nadie en casa atendía a la puerta. Siempre se presentaba de formas distintas: Detective, bombero, el tipo del cable. Se pasaba por alto las etiquetas siempre y cuando lograra cumplir su objetivo. A los pocos segundos de insistir, en la puerta apareció una mujer de unos treinta años que extendiendo la mano se presentó.

—Irene Ferrier, viuda de Ventour —dijo aquella mujer vestida de negro—. Pase por favor, póngase cómodo.

La casa era estupenda, tenía una escalera al frente y la caoba le daba al entorno un toque relajante pero de luto, a la derecha un viejo escritorio donde Jean Paul debió haber pasado horas trabajando. Y de una vitrina repleta de tazas que pareciera ser toda una pared, aquella mujer sacó dos.

—¿Cuántas de azúcar para su té? —mencionó como si el té fuera la única bebida existente en ese lugar.

—Una, por favor.

—Esta taza fue traída desde España, es única en su clase. Paul nunca entendió mis gustos, decía que el té me estaba volviendo loca —rió en silencio como si hubiera tenido un lindo recuerdo de su esposo mientras servía el té.

—Cuénteme de él —dijo Fletcher mientras se tomaba su taza de té que prefería mil veces que hubiera sido de ron.

—Era un buen hombre, hasta hace tres meses que le arrebataron la vida —Irene secaba su mejilla, cuando de repente la atmósfera del momento se rompió con el estruendoso pesar de la puerta de entrada cerrándose de un azote, y colapsando el aire en la sala se mostró la figura delgada de una joven que parecía ser lo más hermoso en aquel momento.

—Carmín, él es el señor Fletcher, está investigando lo de tu padre —comentó Irene mientras salía apresurada a lavar su preciada taza de importación que se bebió de un sorbo. La jovencita no debía de tener más de diecinueve años, era rubia y su mirada denotaba una liviandad de la que se percata cualquier hombre adulto, y a la que pocos pueden resistirse.

—Soy Carmín Ventour.

—Lo sé —dijo Fletcher simpáticamente, a lo que ella le respondió con una coqueta sonrisa y llevándose los dedos a la boca para ocultarla.

—¿Me estás investigando?

Ambos comenzaron a reír sigilosamente hasta recordar el luto que guardaba Irene, la cual los miraba de frente.

—Perdone los malos modales de Carmín señor Fletcher, ella no sabe cómo comportarse delante de un oficial.

Carmín subió corriendo las escaleras como si fuera un rayo perdiéndose en la distancia y junto con ella se fue su encanto, desapareciéndose poco a poco mientras llegaba al siguiente piso, primero su torso, después su falda escolar seguida de sus piernas, sus tobillos blancos y los zapatos ruidosos que se dirigían hasta su habitación. Por lo que Fletcher aprovechó para despedirse de Irene y seguir investigando en el departamento, ya que en ese lugar no quedaba nada interesante.

Jean Paul Ventour había tenido una esposa antes de Irene con la que había concebido una hermosa hija llamada Carmín, la cual había quedado huérfana de madre a los catorce años de edad, y quien solamente cinco años después también quedaría sin padre. Paseando sola en el mundo al cuidado de su madrastra Irene.

III

—¿Como va el caso Ventour?

—No muy bien muchacho —respondió Fletcher atareado en su escritorio—, hasta ahora no tengo nada relevante. Lo único que sé es que ese tipo tenía buenos ingresos.

—Brad, me llamo Brad —dijo el joven ayudante.

—John Fletcher. —le contestó con un apretón de manos.

—Es un placer señor, usted tiene buena reputación por aquí, las malas lenguas dicen que se ha encargado de muchos casos en otros estados —dijo Brad como esperando a que Fletcher le contara todas sus hazañas.

—Muchacho —afirmó Fletcher aclarando el panorama—, las personas dicen muchas cosas porque tienen quien se crea sus mentiras. Muchos dicen que dios existe pero yo nunca lo he visto y otros afirman que dios ha muerto. Por eso en este mundo debes cuestionarlo todo.

—Tiene la razón señor —Brad entendiendo la indirecta cambió de tema rápidamente—, de hecho en estos tres meses pude investigar un poco y encontré un nexo que conecta al señor Ventour con la gente de Colfini. Tal vez sea el único hecho fehaciente que demuestra que él tenía contacto con la mafia.

—¿De qué estás hablando muchacho?

—Me colé en los archivos y encontré un cheque a nombre de Ivanovic krastev. Este tipo fue detenido hace tiempo por portación de arma de fuego en los barrios de Colfini, y como no tenía ningún antecedente y contaba con un permiso, lo dejaron en libertad. Pero recuerdo bien su nombre pues no es tan común encontrar un búlgaro en esta región.

El chico era muy astuto, se le había ocurrido la idea de marcar con un lápiz la chequera en blanco que habían recogido de la escena del crimen para poder obtener los datos calcados del último cheque que había extendido Jean Paul Ventour.

—Aquí lo tiene —dijo el chico mostrando el cheque—, Ivanovic Krastev.

Fletcher siempre trabajaba solo, aunque esa vez titubeo al rechazar la compañía de Brad. El muchacho le recordaba su juventud en el departamento y gracias a él tenía una pista, lastimosamente no le gustaba tener que lidiar con aprendices y de copiloto solo cargaba mujeres en su auto.

EL ENCUENTRO

I

El calor era insoportable cuando tenías que esperar dentro del Camaro y aunque su hermosa pintura negra lo hiciera verse como el mismísimo demonio en cuatro llantas, más bien parecía un horno andante. Cuatro horas, dos hamburguesas, una coca-cola y diez cigarros fue lo que se tardo en salir Colfini de su madriguera en la calle Hudson, donde regularmente solía ir a divertirse. Si alguien sabia de Ivanovic Krastev, ese era Colfini. Después de seguirlo por una hora más, por fin Fletcher llego a la residencia de aquel hombre.

—Benny Colfini —dijo Fletcher tranquilamente mientras el hombre bajaba del auto.

—¡Fletcher! —gritó entusiasmado—. ¿Dónde has estado todo este tiempo? acompáñanos a cenar, los chicos estarán emocionados de verte.

La casa era enorme y la entrada se adornaba con naranjos que representaba el inicio de la fortuna de Colfini. Dentro los niños jugaban alrededor de la mesa de mármol blanco, mientras de fondo sonaban al piano música de Sinatra. La esposa de Colfini los acompañaba en la mesa y la empleada cuidaba que los niños no rompieran ningún jarrón de la colección. Y a lo lejos, un mayordomo que parecía una estatua.

—Dime Fletcher, ¿a qué se debe tu inesperada visita? —dijo Colfini mientras levantaba su copa de vino.

—Debemos hablar —la mirada de Fletcher advertía que se trataba de algún asunto importante.

El salón quedó en completo silencio y un solo gesto con la mano de Colfini bastó para que los niños, su esposa y las empleadas dejaran el lugar vacío, a excepción del mayordomo que de verdad parecía un adorno.

—Dime Fletcher, ¿a qué se debe tu inesperada visita? —repitió Colfini un poco molesto por la interrupción de su cena familiar.

— Ivanovic Krastev.

—Primeramente déjame explicarte que ese hombre trabaja conmigo. Y tú más que nadie sabe que yo no intervengo con los asuntos de la policía. Mis asuntos son mis asuntos.

—Lo sé Colfini —comentó Fletcher de manera relajada—, solo quiero saber si conoce a una persona.

—Entonces pregúntaselo tú mismo —asintió Colfini mientras el mayordomo le extendía una tarjeta que marcaba la dirección de Ivanovic—, pero te lo aseguro Fletcher. Ese hombre no conoce a nadie.

II

Benny Colfini lo dominaba todo. A la edad de diez años pidió a su padre que le comprara un caballo y como este no accedió a sus deseos, lo convenció para que le regalara un exprimidor de naranjas en navidad. El inusual regalo que le pidió a llantos y gritos, para enero ya había dado como fruto el dinero necesario para conseguir el caballo. Lastimosamente Colfini no contaba con que el dueño de las naranjas que robo para su negocio, vendría a cobrarle todo a su padre.

A los dieciocho años Colfini ya había acumulado una riqueza envidiable para cualquier hombre maduro, y a pesar de ser un joven inteligente, no podía evitar ser un tirano al que le encantaba impartir la justicia con mano dura. Todos sus amigos se quejaban de que Colfini abusaba de ellos para pagarles una miseria. A pesar de ser el único empleador que aceptaba jóvenes en su distribuidora de jugos.

Un día, dos chicos se las arreglaron para llevar con engaños a Colfini hasta una fábrica en las montañas donde se suponía comprarían maquinas que procesaban jugo. Pero para su sorpresa, en el lugar solo había un tipo armado que amenazaba con matarlo si no le daba todo el dinero que en ese momento portaba. Al no aceptar; lo robaron, lo ataron y lo lanzaron al canal de aguas residuales en venganza por sus abusos. Colfini que era muy joven y delgado en ese entonces, bajaba a través del canal siendo golpeado y arrastrado por la corriente que desembocaba en una caída de quince metros de altura. Cuando se dio cuenta de que ya todo estaba perdido, cerró sus ojos dejándose llevar, sin esperar que de pronto, como caído del cielo, un jovencito y sus grandes agallas se lanzaran al canal para salvarlo. Desesperado y en un intento por animar a ese desconocido, Colfini le dijo que si lo sacaba de ahí, tenía el dinero suficiente para pagarle por haberlo salvado. Segundos después terminó inconsciente, dejando su vida en las manos de aquel desconocido.

Era un dolor de cabeza inmenso y una fogata lo calentaba en el bosque, parecía ser de noche y aquel extraño joven lo miraba de frente. Al parecer había sobrevivido. Colfini buscando sus lentes que seguramente había perdido en el agua. Se sacudió un poco y se presentó.

—Soy Benny Colfini

A lo que el muchacho le contestó.

—John Fletcher.

La paciencia es una virtud que se adquiere con el tiempo. La televisión y los medios hacen pensar a las personas que las cosas van a llegar de un día para otro, y no es así, o al menos eso es lo que pensaba Fletcher cuando salvo la vida de aquel muchacho que con un tronar de dedos pagó el tratamiento de su madre en forma de recompensa. Y eso no pasaba todos los días. A pesar de los esfuerzos, la madre de Fletcher murió justo antes de que él entrara a la academia de policía y Colfini lleno de un odio enorme, se convirtió en un mafioso y desconfiado magnate.

DETRÁS DEL CULPABLE

I

La tarjeta marcaba el lugar del puerto donde se alojaban los barcos pesqueros y en el auto aun quedaban cigarrillos y los restos de una hamburguesa, así que Ivanovic Krastev tenía que aparecer en cualquier momento de la noche.

Una gaviota gigante volaba encima del cadáver de Fletcher que yacía tendido en el puerto mientras que otras se dedicaban a destriparlo y sacarle los ojos, podía mirar como su carne era alimento del mar que enojado se volvía una tormenta y terminaba por desprender las extremidades de todo su cuerpo azotándolo contra las olas. Y la gaviota gigante acercando su rostro en un grito estremecedor, lo hizo salir del mal sueño. Hacía un calor insoportable y el sol de la mañana a través de los cristales del auto lo despertó por completo, al parecer Fletcher se había quedado dormido esperando. Ya solo quedaba un cigarrillo y la bahía no estaba tan lejos de ahí si tomaba un atajo, así que arrancó el auto en dirección hacia su destino con esperanzas de poder tomarse un trago y relajarse un poco.

La bahía de balcones era un lugar estupendo para los turistas que visitaban la ciudad en busca de diversión. Siempre había música en la playa, chicas en bikini, surf y lo preferido de Fletcher; una palapa tiki con mucho alcohol.

—Un mojito, por favor —le dijo al barman, mientras se quitaba los zapatos llenos de arena y estiraba las piernas adoloridas por haber dormido en el auto. A lo lejos unas chicas jugaban vóley, y del grupo, una de ellas se aproximaba trotando despacio. Su bañador rojo era perfecto, combinaba con sus labios. Una coleta sostenía su rubio y lacio cabello que se balanceaba al compás de su caminar, y conforme se acercaba, su silueta daba forma al cuerpo de aquella joven mujer.

—Detective Fletcher —dijo ella mientras se recargaba en la barra del bar muy cómodamente—, qué sorpresa encontrarlo aquí. Las cosas siempre pasan por algo, ¿no cree?

—No creo en las casualidades Carmín, creo en la causalidad de mis actos. El hecho de habernos encontrado, no es más que mis simples ganas de un trago y tu necesidad de divertirte. Aunque a las personas les gusta llamarle casualidad, para no tener que cargar con la culpa.

—Invítame un trago —dijo carmín directamente e ignorando su sabio monólogo mientras se mordía sus labios juveniles como esperando a que él la rechazara por no ser mayor de edad. Pero a Fletcher le encantaban este tipo de situaciones y nunca se negaba a una oportunidad.

El demonio negro estaba hecho un sauna y el bañador rojo se convirtió en un pedazo de tela encogida entre los asientos. Su cuello se curvaba en desesperación al momento en que él besaba detrás de sus orejas mietras sus manos rodeaban su delgada cintura que pedía a gritos sentirse mujer. Eran victimas de sus actos en ese preciso momento y nada les importaba. Querían desaparecer un instante y que todo estuviera tranquilo en sus vidas.

—¿treinta y siete?

—No soy tan viejo —le contestó Fletcher sonriendo mientras acariciaba su rubio cabello.

—¿Entonces treinta y dos?

—La edad es relativa y probablemente tú seas más madura que yo en varios aspectos.

—Entonces tienes veintisiete, como Jim

—¿Como Jim? —preguntó Fletcher.

—Si. Jim MorrisonThe Doors.

—Sé quien es. Solo pensaba que alguien de tu edad no lo conocería.

—No lo conozco. ¡Lo amo! —afirmó Carmín mientras se ponía su bañador, tarareaba Queen of the highway y hurgaba en la guantera de su auto.

—¿Que buscas niña?

—No lo sé, —Decía Carmín al mismo tiempo que sacaba una pequeña Desert Eagle Pistol 9mm color dorado.

—Deberías regresar eso a su lugar, fue un regalo de mi padre y no pienso sacarla nunca de la guantera. —Dijo Fletcher regresando el arma a su lugar y abriendo la puerta del auto para ver a Carmín desapareciendo a lo lejos con la misma ligereza con la que apareció.

II

—¿Se puede saber dónde estuviste todo el día Carmín?

—Con Jim Morrison —le respondió a Irene en forma de burla mientras se preparaba un cereal para la cena.

—Carmín, quiero que te quede claro, que hasta que no cumplas la mayoría de edad, estas bajo mi cargo y yo no voy a tolerar tu comportamiento. Prometí a tu padre hacer todo lo posible por estar a tu cuidado, y no lo pienso decepcionar. ¿Puedes por favor decirme dónde estabas?

—¡Estaba follando en la playa! —Carmín tomó su plato y sínicamente subió a la habitación dejando a Irene sola y desconcertada en la mesa. Odiaba que Irene hablara de su padre, si bien se había acostumbrado a estar viviendo con ella, aun no la toleraba del todo, y había algo que odiaba aún más y era su estúpida colección de tazas.

De todos los recuerdos que Irene guardaba de Paul, el más preciado para ella fue el día que recibió la taza de importación española, la misma en la que tomaba café todas las noches mientras soportaba los ataques de Carmín. Era su favorita, le recordaba el flamenco, el amor, la cultura. Y el hecho de que Paul se hubiera tomado el tiempo de apoyarla con algo tan preciado para ella; como lo eran las tazas: hizo de esa hermosa taza roja con amarillo su preferida.

III

—¿Dónde demonios quedo esa cajetilla? —susurraba Fletcher mientras pasaba la mano por debajo del asiento para encontrarse con el ultimo cigarrillo marcado con lápiz labial, al parecer la niña había estado jugando con sus cosas. De igual manera a las doce de la noche no encontraría cigarrillos y la ubicación de Ivanovic estaba muy cerca.

Era una cortina vieja, de las que suelen hacer mucho ruido cuando se cierran, un tipo de metal pesado, casi como el ambiente del puerto en neblina y lo que pensó que seria como besarla de nuevo al encender ese cigarrillo con lápiz labial, mas bien fue como un golpe en la nuca proveniente de un hombre de acento extraño. El cigarro se apagó repentinamente al caer sobre un charco, todo giraba en su mente. Era el hombre que estaba buscando, ese ser tan violento y su bate de beisbol lo habían derribado con una facilidad impresionante. «Es él». —Pensó Fletcher mientras sonaba el chasquido de la cortina ocultando a Ivanovic.

Esta vez la gaviota era pequeña, y picoteaba los trozos de cigarrillo en el charco, ese dolor de cabeza inmenso, y ni siquiera había bebido la noche anterior. La cortina estaba abierta, era demasiado pescado en un mismo lugar, botas plastificadas, gatos hambrientos, más de cincuenta trabajadores. Lo mejor seria regresar más tarde.

El auto seguía estacionado en el mismo sitio, al encenderlo la radio marcaba las ocho de la mañana, tenía que ser martes y el alquiler se pagaba los martes. La mujer china de la tienda era dueña de todo el edificio, así que no podría pasar desapercibido; si quería fumar tenia que pagar el alquiler ya que ningún supermercado estaba abierto. Ni siquiera contaba con el dinero y aquella niña se había terminado su último cigarrillo.

No había nadie en la entrada a excepción del perro de la china, que guardaría en secreto su llegada al motel; puesto que no ladraba. Solo era cuestión de tomar un baño y salir lo antes posible a la casa de los Ventour para adelantar su investigación. Ese dolor de cabeza inmenso incluía flashazos de Carmín desnuda en el auto y la obscura incógnita en el rostro de aquel animal salvaje. El agua caía a borbotones por su espalda, a veces caliente, a veces fría. Unos golpes acelerados en la puerta al compás de insultos en mandarín terminaron con la tragedia de pensar más de lo que es debido. «Estoy quebrado» —se dijo a si mismo Fletcher.

IV

—John Fletcher —mencionó mientras tocaba la puerta de los Ventour con esperanzas de ver a la niña y para solo encontrarse con aquel rostro de su madrastra.

—Oficial, llega justo a tiempo para el almuerzo. Acompáñeme. Debe estar hambriento, un hombre como usted, partícipe de la justicia merece lo mejor para su plato. —comentaba Irene al compás del vaivén de un entallado vestido violeta que bien permitía mirar su escultural cadera y sus grandes senos. «Nada que ver con la niña de ayer» —pensó Fletcher que miraba con hambre el corte fino que Irene ponía en su plato.

—Señor Fletcher… ¿Te puedo decir Fletcher? —preguntó Irene mientras jugaba con un mechón negro que paseaba entre sus dedos.

—Fletcher me parece bien.

—Muy bien, puedes llamarme Irene. Fletcher; me parece heroico que tu lleves el caso de mi fallecido esposo, —comenzó a decir Irene mientras se servía más vino en su copa de cuello alto— también me parece que te ha gustado su platillo favorito y —titubeando un poco— quisiera saber si vas a poder darme la atención necesaria, porque Carmín no regresa hasta tarde y me siento muy sola en este lugar.

«Olía a violetas, igual que el vestido, la cama era tan comoda como el satín, no podía creer que a pesar de que él vivía en un nido de ratas esa mujer adinerada dependía de él para sentirse querida. Aunque fuera tan solo por un momento, todo se sentía en su sitio. Su piel tan perfumada, el puro, el ron, ni siquiera recordaba el sabor de un buen vino ni la vista de una mujer rendida en la cama».

—Tienes que irte John, Carmín va a llegar en cualquier momento. Toma esto.

—¿Qué es?

—Un adelanto por su silencio, oficial. —Dijo Irene lanzándole un beso.

Para suerte de Fletcher en el sobre había dinero suficiente para sobrevivir un buen tiempo y alejarse de los insultos de la mujer china.

—Dos mil, cuatro mil, seis mil. Eso cubre el alquiler y mis cigarrillos. Por cierto, no olvide el ron señora Chuan —insistió Fletcher mientras veía a la mujer alejarse aleteando con las manos y maldiciendo en lo que debía ser su idioma natal.

VENGANZA

I

Esa misma noche tuvo que regresar al puerto, tenía que hablar con Ivanovic y eso no iba a ser nada sencillo.

Una voz extraña se escucho a sus espaldas.

—Te sobran agallas niño o eres lo suficientemente estúpido para regresar al lugar donde te rompieron el cráneo. —Dijo el hombre con la chamarra de cuero.

—Soy John Fletcher. —Comentó con calma.

—¡No me interesa quien demonios seas! ¿Qué es lo que quieres?

—Respuestas.

—Entonces tú y tu trasero americano tendrán que sacármelas a mordidas.

— Te propongo algo… Una pelea justa.

—¿Qué significa justo para ti, idiota?

—Sin trucos. —Fletcher saco su arma para colocarla en el piso, cuando como salido del mismo infierno Ivanovic se abalanzó sobre él dejando caer su pesado cuerpo, sus movimientos de brazos eran lentos, al parecer solo era bueno con un bate a distancia, era mas viejo de lo que aparentaba, pero tenia coraje. Fletcher desde el piso pudo golpear sus costillas repetidas veces con sus piernas, y así lograr zafarse de tal mastodonte. Tirado era más que sencillo vencerlo, pero Fletcher le dio la oportunidad de ponerse de pie.

—¿Crees que vas a ganar niño bonito? —jadeaba Ivanovic mientras se incorporaba. Su mirada se llenaba de odio cada que se acercaba más y más a Fletcher solo para intentar atacarlo con una pequeña navaja que guardaba en la bota izquierda, la cual no logro desenfundar antes de que Fletcher metiera un tiro en su mano.

—Maldito. —gritaba Ivanovic mientras se desangraba y trataba de alejar su cabeza del cañón que apuntaba Fletcher justo en su oreja—. Tú ganas niño, te diré lo que quieras. Solo déjame en paz; ya estoy viejo para esto.

—¿Que sabes de un tal: Jean Paul Ventour ?

—Ya te lo dijo Colfini, yo no conozco a nadie.

—Ese maldito soplón —sonrió Fletcher con tranquilidad al darse cuenta que colfini había advertido a Ivanovic de su llegada.

—Muchacho; Colfini te tiene respeto desde que le salvaste la vida, me pidió que no te lastimara demasiado, pero yo no puedo asegurarte nada. Si tuviera que terminar contigo para salvarme a mi, créeme que no me lo pensaría dos veces. Todo lo que te dijo Colfini es verdad. Yo no se absolutamente nada, en el barco pesquero llega una carta de vez en cuando, en esa carta viene cierta cantidad de dinero, un nombre, una hora y un lugar en específico. Yo solo me encargo de eliminarlos. Todo puede morir; menos mujeres y niños.

—Pero si Jean Paul Ventour extendió un cheque a tu nombre. Entonces…—comentó atónito Fletcher.

—Lo más probable es que ese tal Ventour me pagara para matar a alguien.

—Dijo Ivanovic terminando la frase de Fletcher con el mismo sentimiento que da el aplastar una mosca.

II

—Brad, muchacho. ¿Cuál de todos era el auto de Ventour?

—Ese, señor Fletcher; LLH-232 ¿Bonito auto verdad?

— Si eres rico te quieren por conveniencia, si eres pobre lo harán por lástima. Dame unos guantes.

—De todos los autos en la bodega estoy seguro de que este es el más lujoso señor Fletcher.

—Brad, dame los malditos guantes de una vez por todas y dime las especificaciones.

—Si señor Fletcher. Expediente: B-40…

—Deja de decirme señor.

—Lo siento... Expediente: B-40-404 Placas: LLH-232 Ubicación vehicular: Km35 causa de muerte: arma de fuego. Le dieron justo en el cráneo.

—¿Qué es esto Brad?

—Papelería sin importancia, volantes, tarjetas…

—¿Por qué un abogado cargaría tanta basura en un auto de lujo?

—Tal vez le gustaban mucho los muebles, la mayoría dicen Patrice‘s Caobas.

—Los actos carecen de relevancia alguna hasta que el individuo les otorga un significado basado en su propio criterio.

Hasta ahora, todas las deducciones carecían de sus fundamentos. Lo único seguro era que Ivanovic había asesinado a cambio del cheque extendido por Ventour. Pero ¿por qué razones? y ¿a quién? Y por si fuera poco ni siquiera podía contarle nada al muchacho. La gente de Colfini estaba involucrada en esto y Brad era muy joven para entender el peligro que eso representaba, alguien tan recto como él no sabría lidiar con un puñado de idiotas corruptos.

La dirección de la tarjeta marcaba un lugar del bosque donde esperaba encontrar respuestas, el mosquitero parecía desquebrajarse ante su mano llamando a la puerta. Tantos troncos secos en el mismo lugar, tantos arboles que alguna vez habían conservado la vida, ahora se convertirían en pedazos de madera muerta que adornarían cualquier espacio en la oficina de algún hombre ostentoso.

—¿Qué se le ofrece? —Preguntó tranquilamente la anciana que abrió la puerta por la cual solo dejaba ver la mitad de su rostro.

—John Fletcher, quisiera hacerle algunas preguntas acerca de un viejo amigo.

—Pase señor Fletcher, póngase cómodo —dijo la anciana señalando una silla incomoda de madera—. ¿Dígame quién es ese amigo suyo?

—Jean Paul Ventour, ¿Sabe algo de él?

—Buen hombre, mi hija siempre lo amó con toda el alma.

—¿Su hija? —preguntó Fletcher un poco desconcertado. La anciana era muy amable, su encorvada figura sacudía el polvo de la mesa de centro.

—Si. Patrice trabajaba como su secretaria, tiempo después Jean Paul le cedió esta fábrica de madera —dijo la anciana mientras observaba el teléfono de Fletcher que se encontraba en la mesa, una luz parecía advertir que le estaban llamando. —¿No contestará señor Fletcher?

Fletcher tomó el teléfono y se levantó de aquella silla que parecía ser la más incómoda del mundo.

—Discúlpeme, debo irme.

—¿Tan pronto? Debería quedarse, además no tardará en calentarse el café.

—De verdad señora, debo irme.

—Entonces vuelve cuando quieras Fletcher, y por favor dime Leonore. Nunca fue de mi agrado que me dijeran señora, me hacia sentir la edad punzando en mis huesos. —Fletcher entendía muy bien lo de las edades y también le resultaba un poco molesto.

III

Cada vez que descubría más; entendía menos. Al parecer esa tal Patrice era amante de Jean Paul y no era de extrañarse, siendo un hombre tan acaudalado de seguro podía estar con cualquiera. El demonio negro estaba bajo de combustible y el motel donde lo esperaba Irene, subía en dirección para las montañas. Si se daba prisa llegaría a tiempo, para subir era necesaria la gasolina, para bajar; el trabajo se lograría con la gravedad. No sabía que le gustaba más; si el echo de saber que tenía a Irene en sus manos o el dinero que ella le proveía. «Maldito dinero» Pensaba Fletcher mientras se le venía a la cabeza la imagen de un monje budista.

La entrada estaba a diez metros, dos arcos enormes, esculturas en mármol blanco, las aves cantaban en los arbustos. Para llegar a la suite se debía tomar el ascensor. Ding Dong fue lo que se escucho al abrirse la puerta. Un pasillo largo marcaba la entrada. Si mirabas a la izquierda y luego a la derecha rápidamente con la mano como si estuvieras empuñando un arma; se sentía igual que ser James Bond.

La siguiente puerta se abrió, luces color purpura y una mujer pagando un champagne al mesero.

—Fletcher, llegas a tiempo.

—Estaba cerca y recibí tu llamada.

—Pide lo que quieras mi amor, mi ex esposo paga. —le dijo Irene al oído mientras lo desabotonaba—

—Irene, ¿alguna vez notaste si Paul te fue infiel?

—mmm… No. Se la vivía trabajando ¿por qué la pregunta?

—Curiosidad —dijo Fletcher pensativo mientras miraba el espejo del techo y en su reflejo una Irene que lo besaba.

—Ya sabes lo que dicen de la curiosidad mi amor.

FAMILIA

I

Después de realizar una acción durante el tiempo suficiente; terminaras por

acostumbrarte. Y la costumbre está a unos escasos pasos de convertirse en aburrimiento.

—Ayúdame con los platos Fletcher y te prometo que esta vez si será la última. ¿Puedes creer que el estofado quedara tan delicioso? Te dije que eran indispensables las avellanas, solo dos minutos más y saldrá del horno. ¡Qué emoción! —Bailaba Irene por la cocina.

—¿Otra vez está haciendo pavo? —preguntó carmín que llegaba del colegio y a lo que Fletcher sínicamente le contestó.

—Si, que novedad. ¿Verdad?

—Menos mal que te tocaron los platos y no ayudarle a esa loca —dijo Carmín riéndose mientras le pasaba una taza con restos de café a Fletcher.

—¡Mucho cuidado con esa taza Fletcher, es única en su tipo! —Gritó Irene como si se fuera a acabar el mundo.

—¿Comienzas a odiar las tazas, verdad? —preguntó Carmín.

—Un poco —le contestó Fletcher mientras miraba el escudo español en la taza que estaba lavando. Los colores le recordaban algo «amarillo y rojo, amarillo y rojo» tenia esa sensación en la lengua; como cuando no puedes pronunciar una palabra que esta ahí. Tal vez el alcohol le estaba afectando al cerebro. Ya había pasado mucho tiempo desde la última vez que había puesto un pie en la investigación. Pareciera como si Irene tratara de mantenerlo fuera de su objetivo y esos últimos meses se hubieran consumido en tontas cosas banales. Era tan odioso fumar puros; que comenzaba a extrañar los cigarrillos baratos que vendían en el motel al que solo asistía últimamente cuando Irene le daba espacio. Al parecer aquel lugar tan pobre y decadente se había convertido en el ejemplo exacto de la libertad que al final de cuentas tanta riqueza no podía darle.

—¡Listo! !El pavo está listo! —Gritaba Irene con entusiasmo— Carmín necesito que pongas cubiertos de gala en la mesa y tu Fletcher, sube a cambiarte. Te compre algo bonito.

—¿Algo bonito? —Debido a los gustos excéntricos que tenía Irene, por un momento Fletcher se imaginó en un smoking; metido a presión y con un sombrero. Le preocupaba el hecho de saber cual era el motivo de aquella cena. Nadie nunca llegaba a la casa. Cada escalón que pisaba se mantenía alfombrado. «La escalera al cielo» Pensó cuando vio aquel cuarto donde dormía Carmín. Y al fondo la habitación de Irene, en la cama se encontraba una camisa de vestir hermosa, justo de su talla. Hacía meses que no se compraba ropa y el azul marino era su favorito. Esta vez se sentía mas comprometido que nunca. Abajo en la mesa, dos mujeres hermosas que lo esperaban.

—Quiero proponer un brindis por Fletcher —dijo Irene después del segundo plato y tintineando su copa con el cuchillo—. Queda claro que en esta casa hacia falta la protección de un caballero. Y Carmín no me va a dejar mentir cuando digo que estoy feliz de tenerte a mi lado. ¿Verdad Carmín? —Preguntó Irene mientras Carmín contestaba un «hujum» llevándose el pan a la boca y asintiendo con la cabeza—.

Por eso es que quiero que oficialmente seas parte de la familia y te mudes con nosotras.

Era como un balde con agua helada, no pertenecía a ese lugar, Irene trataba de meter una pieza equivocada en el rompecabezas, la camisa comenzaba a sentirse realmente pequeña. Y justo cuando estaba a punto de rechazar la oferta; unas simples palabras cambiaron el curso del panorama.

—Culpa a Carmín, fue su idea. —Dijo sonriendo Irene mientras tomaba su copa.

—No se que decirte Irene, de verdad…—titubeaba Fletcher—.

—Di; que sí. —Susurró carmín casi solo moviendo sus labios y mirándolo a los ojos como quien te obliga a tomar una decisión.

Esa noche la ciudad descansaba realmente tranquila, además Fletcher había leído un artículo en el periódico que mencionaba lo beneficioso que era para la salud cotidianamente lavar los platos. En realidad no era molesto hacerlo, era pacifico; te hacía sentir como quien medita.

—Mi amor, arreglé todo para que a las nueve de la mañana esté la mudanza en tu horrible departamento —mencionó Irene mientras acercaba más platos al fregadero.

—Perfecto. Dame esta noche para arreglar mis cosas, y por cierto ¿Tienes algún lugar donde pueda guardar las armas?

—En mi habitación… Mejor dicho; en nuestra habitación hay una caja fuerte. 5543 o ¿prefieres usar el sótano?

—Las cajas fuertes resultan más de mi agrado.

—Muy bien, déjame terminar los platos y mañana nos vemos. —Dijo Irene despidiéndolo con su habitual… Te amo.

Ese fue el viaje más corto del mundo, el demonio negro ya no rugía como antes. La calidad de la gasolina debía ser tan buena en la zona; que al parecer el precioso auto se estaba transformando en algo muy fino. Ningún semáforo estaba en rojo, era como si el destino hubiera predestinado que sería igual que cualquier hombre común. La china ya no gritaba ni el perro estaba en la puerta. El piso sin alimañas, hasta extrañaba los gemidos de la vecina. Daba la impresión de que si cambiabas tu mente; podías cambiar cualquier cosa en tu entorno. Como si se estuviera volviendo un ser vivo.

II

—¡Señor Fletcher! —Gritaba un tipo gordo en la puerta 21 que por 200 seria alquilada al día siguiente— ¡Señor Fletcher son las nueve de la mañana!

Fletcher abrió la puerta sin retirar por completo la cadena del pestillo.

—Hueles a alcohol. —insinuó Fletcher.

—Disculpe… no era mi intención llegar así. —replico nervioso aquel hombre.

—Si tienes un poco; puedes pasar —y quitó la tranca.

Resultaba difícil despedirse de esa pocilga, pero gratificante ver que alguien más hiciera el trabajo duro.

—Esta es la ultima maleta señor Fletcher.

—Súbela al camión y sigue mi auto. —le dijo con un gesto amable mientras apuntaba al demonio negro.

Curiosamente tampoco tocó ningún alto por el camino, eran tantos semáforos verdes que no sabía si las náuseas eran por el rechazo a vivir con Irene o por el gordo cargador de maletas con su barato veneno. No se distinguía entre ron o whisky pero le daba el valor necesario de lidiar con la situación.

—Esta es la ultima maleta señor Fletcher.

La misma frase del gordo; mas esta vez esperando propina en contestación. —El alcohol es el peor enemigo del hombre. Muchacho. Nos hace brutos, nos hace torpes y así como las mujeres; también a veces nos hace felices. —dijo Fletcher mientras ponía la pequeña botella de vidrio vacía en la mano estirada del hombre.

«344, 543» Trataba de dar con la contraseña camino a la habitación de Irene donde la caja fuerte se debería de encontrar cerrada detrás del Bosco de imitación. Y efectivamente ahí estaba. La pintura era; el jardín de las delicias. Y al girar el cuadro como quien abre una puerta, lo recordó. «5543» Las armas estaban seguras, la casa sin un respiro, y en la cama Carmín, sin ninguna ropa.

—Te tardaste demasiado.

—Cállate —dijo Fletcher tratando de no mostrar el asombro que le causaba esa niña. Y en menos de lo que canta un gallo; se abalanzó sobre ella.

De fondo sonaba la música más estruendosa de Jimi Hendrix, ella era como tocar un requinto en la cama del diablo. Nunca hubo duda de que las cosas llegan en el momento perfecto. Carmín era causa; su rostro el indicativo de que quería ser usada, también era el hecho de quererse, las manos ya no median las fuerzas, quedaban los dedos marcados. Su saliva cambiaba el sabor cuando estaba realmente excitada, completamente jadeante, como un animal en celo. Un animal que ya no puede esperar a ser perpetrado. Y al final, un grito que dilatando sus pupilas terminaba por encorvar su espalda; como queriendo formar un puente entre lo indebido.

REVELACIONES

I

Desde el último encuentro con Carmín las cosas habían vuelto a la normalidad según su perspectiva. La casa de Irene ya no parecía una cárcel, era más bien la Fábrica de chocolate y Fletcher tenía el boleto dorado; o se había convertido en el jodido Willy Wonka. El miserable cheque del departamento de policía ya ni siquiera le importaba, el aire que se recibía a través de la ventana del auto le resultaba tan fresco como ningún otro, la brisa sin sal marina parecía proveniente del cielo, como si dios se hubiera equivocado poniendo azúcar en el mar esa mañana. Solo tenía que pasar por la leche y el itinerario del día se completaría. La tienda tenia una de esas campanas que tintinean dulcemente al abrir la puerta, cuenta la leyenda que cada vez que una campana suena un ángel recibe sus alas. Lucifer era un ángel. Qué absurdo. Las bolsas de papel que te dan cuando compras algo terminan resultando estorbosas a la hora de abrir la puerta del auto en el estacionamiento.

—Niño bonito —dijo una voz con un reconocido acento extraño— no vas a saludar a tu viejo amigo.

—Sin rencores Ivanovic.

—Sin rencores —repitió Ivanovic tocando la marca de bala que se encontraba en su mano—. ¿Recuerdas al tipo sobre el que me preguntaste? Un tal Jean Paul —la calma en el rostro de Ivanovic era la de alguien que sube a su auto después de comprar cigarrillos—. Ahora que lo recuerdo era el que quería matar a un tipo en un auto. Decía específicamente en la carta que quería un solo tiro. Debe ser el único idiota que manda matar a alguien sin hacerlo sufrir.

—¿Dónde fue eso? —Preguntó Fletcher desconcertado.

—km 35 —dijo Ivanovic acelerando el auto.

«Era imposible. El mismo lugar donde habían encontrado el cuerpo de Jean Paul Ventour, era ilógico que se hubiera mandado a matar el mismo». —Pensó Fletcher mientras se dirigía a la jefatura.

—Brad, necesito que analicen el cheque del caso Ventour, firma falsificada y huellas dactilares.

—Enseguida.

Fletcher tenía la certeza de que era una trampa, era imposible que Jean Paul hubiera pagado para que lo asesinaran, en ese momento no podía pensar en nada que no fuera una botella de ron y unos cigarrillos baratos para descansar su mente; y el bar que estaba en la calle Hudson tenia lo necesario para darle esa paz. Muchos tragos después solo podía pensar en regresar a su empalagosa habitación violeta con su empalagosa mujer de turno, fue una noche difícil de manejar, las aceras se movían y los semáforos nunca cambiaron por más que Fletcher sonó el claxon, al menos la llave de la puerta entró. Subió las escaleras lo más sigilosamente posible casi con los reflejos de un gato envenenado que ruega por morir pronto, sacó la botella más fría de champagne y casi da un grito en silencio cuando recordó que el maldito sacacorchos no estaba. El sótano era pequeño pero en los cajones debía haber algún artefacto para abrir una botella. El polvo parecía haber vivido ahí por años y en el baúl más grande no encontró nada. Busco hasta llegar a una caja de cartón con papelería muy extraña, el labial rojo marcaba rayones de odio y para mala suerte de Fletcher un mensaje que logró hacer lo que nada nunca en la vida había podido hacer con él. Eliminar su borrachera en un segundo.

¡PERRA MALDITA! Se leía escrito en las hojas con labial una y otra vez. ¡Te odio estúpida secretaria! NUNCA MÁS VOLVERAS A FOLLAR CON PAUL. ¡NUNCA MÁS EN TU VIDA VOLVERAS A VERLO! La sangre de Fletcher casi se detuvo por completo, esos papeles eran la prueba de que Irene sabía que Jean Paul la estaba engañando con Patrice, y probablemente ella era quien había mandado matar a Jean Paul falsificando el cheque y enviándolo a la mafia para cumplir con su cometido.

Fletcher tomó unas cuantas hojas y se apresuro a salir de ahí lo antes posible solo para encontrarse en su camino por la cocina con una Carmín pernoctada y sorprendida de ver la lluvia de papeles que Fletcher dejaba al huir de la casa.

Irene despertó al rugir del auto de Fletcher que se marchaba por la ventana y al bajar, rompió en llanto por culpa de las hojas que había escondido en una caja de cartón al fondo del sótano cerrado.

II

Fletcher tocaba la puerta tan fuerte que el mosquitero se desprendía, y la anciana de de aquella casa no despertaba aún.

—Fletcher, pase ya casi está amaneciendo. ¿A qué se debe su visita? Le voy a preparar una taza de café.

Aun no podía creer lo que había pasado, si Irene había matado a Jean Paul, entonces Patrice también estaba en peligro y tenía que advertirle.

La anciana madre de la secretaria preparo un café cargado para ver si podía ayudarle un poco a reducir la resaca que se podía percibir por el olor a alcohol que Fletcher emanaba mientras estaba sentado en la silla de madera que le resultaba tan incómoda, con las manos en la cabeza y los ojos cerrados.

—Tome, esto le ayudara —dijo la anciana al entregarle una taza en las manos.

Su café era bueno, seco pero bastante bueno pensó Fletcher mientras abría los ojos para ver que en sus manos tenía una taza color rojo con amarillo, idéntica a la taza que según Irene solo existía una en su tipo. Fletcher alzó la mirada y en el estante también había tres tazas completamente iguales. Era obvio que Irene ya había estado antes en ese lugar.

—Señora, —dijo Fletcher con temor— necesito hablar con su hija inmediatamente. A lo que aquella mujer contestó…

—Eso va a ser imposible detective, mi hija falleció hace seis meses.

La fecha cuadraba con la muerte de Jean Paul, Irene los había matado a los dos.

—Estaba en la bañera cuando ocurrió el accidente.

Todo era confuso para Fletcher, Irene había mandado matar a Paul y de alguna forma se había deshecho de la secretaria. No terminó de tomarse la taza y salió corriendo a casa de Carmín, tenía las pruebas necesarias para incriminar a Irene. Subió al auto y se dirigió con la rapidez de un trueno en plena tormenta, si Irene se despertaba y descubría que él había visto los papeles que demostraban su odio hacia la secretaria, Carmín estaría en peligro al seguir en la casa de la asesina de su padre.

El camino se hizo eterno y al irse acercando junto con el amanecer; Fletcher miro a lo lejos la casa, las luces cegaban su mirada y todo se volvió aun mas lento, nunca había sentido tanta angustia en su vida. El sonido de las sirenas de policía al que estaba acostumbrado esta vez era aterrador. Una línea amarilla marcaba el perímetro donde oficiales retiraban a las personas de la escena del crimen, los vecinos asombrados cerraban los ojos al ver una camilla cubriendo un cuerpo con una sabana azul que guardaba una mancha roja. Fletcher bajando del auto y esperando lo peor, como el hombre que lo pierde todo, se acercó al cuerpo para de repente escuchar a lo lejos la voz más hermosa del mundo gritando su nombre.

—Fletcher, porque te has ido? —sollozaba Carmín en lamentos mientras se limpiaba las lagrimas de su rostro.

Al parecer, Irene se había suicidado dándose un tiro con una de las armas que guardaba en la caja fuerte.

Un martes veintiocho Fletcher declaró que Irene había asesinado de un tiro a Jean Paul Ventour para quedarse con su dinero y la prueba estaba en que se había suicidado al no soportar la culpa. A pesar de que esa no era la verdad, Fletcher prefería no molestar a la mamá de Patrice para que no se enterara que la muerte de su hija en realidad se trataba de un asesinato, además de que tampoco podía involucrar a Ivanovic Krastev aunque él fuera el verdadero asesino; pues tenía la protección de Colfini. Pero con Irene muerta; todo se había resuelto.

EL TIEMPO LO CURA TODO

I

Siete años después, la casa Ventour era el lugar perfecto para guardar a una familia amorosa, la habitación rosada de la bebé era espectacular. Lo único que no soportaba Carmín era la vitrina repleta de tazas de colección que había dejado Irene y que por suerte esa misma tarde tiraría a la basura.

John Fletcher no era ni la sombra del hombre que era antes, la viva imagen de que un hombre si puede cambiar para bien. Amar y ser amado. Sus días se veían envueltos en salidas con su esposa Carmín. El señor y la señora Fletcher, y por supuesto el amor de la vida de él, Beatriz su hija. Se sentía pleno a sabiendas de que un hombre enamorado depende de la mujer en todo sentido.

Ni mil cuentos de hadas de los que le contaba se asimilaban a la realidad de vivir con ellas, su vida era como escuchar a Chopin al piano, la vida de un hombre amado, uno que descubre a dios en los ojos de su mujer.

La niña tenía el mismo color rubio de su madre, una pequeña criatura inocente de un año y medio. Fletcher no sabía que había hecho para merecer semejante regalo, su vida había dado un giro enorme, era feliz. Por fin era feliz y podía notarlo. O al menos eso pensó hasta que un comentario de Carmín lo cambiara todo, tomándolo por sorpresa al igual que escuchar las amenazantes teclas graves de un piano tocadas a fondo. Tanto para el erudito como para el ignorante es inhumano recordar que la mayoría del tiempo no buscamos más que la mundana felicidad.

—John, antes de tirar las tazas quiero contarte una historia, —dijo Carmín mientras buscaba en la caja de cartón repleta de tazas vacías— hace mucho tiempo por accidente rompí una de las tazas de Irene, ella se hubiera puesto furiosa si yo no hubiera tenido la fortuna de remplazarla por una igual.

Fletcher quedó atónito cuando del montón de tazas, Carmín tomó la taza preferida de Irene, aquella taza color rojo con amarillo de escudo español, mientras que le pedía por favor se deshiciera de las demás, ya que esa era suya y quería conservarla.

No podía ser cierto, si Carmín había roto la taza original y sabía donde había otra idéntica, entonces ella conocía a Patrice puesto que era el único lugar donde existían más tazas de esas.

—Amor, Carmín, ¿podrías cuidar un poco a la niña? —dijo Fletcher mientras buscaba las llaves del auto.

—¿A dónde vas Fletcher?

—Necesito comprar un poco de comida, solo eso Carmín, no tardo.

II

Fletcher tenía un mal presentimiento, temía que la anciana madre de Patrice no siguiera con vida en aquella casa solitaria, pero al tocar a la puerta pudo verla salir con su emblanquecido pelo.

—Fletcher que gusto verte.

—Leonore, el gusto es mío.

La casa estaba igual, inclusive las cuatro tazas españolas seguían donde mismo.

—Leonore necesito hacerle unas preguntas.

—Dime, Fletcher.

—¿Dónde consiguió esas tazas? —Dijo Fletcher mientras señalaba un mueble antiguo.

—Esas tazas fueron un regalo de Jean Paul Ventour. —Dijo Leonor mientras reía inocentemente— El señor Ventour quería más a mi Patrice que a su Irene, de hecho él le dió todo el juego de cinco tazas a mi hija y a Irene solo le compró una.

—Entonces si Ventour le dió cinco tazas a Patrice ¿Por qué solo hay cuatro?

—Después de que murió Patrice nunca volví a encontrar esa taza.

—¿Puedo saber cómo es que murió?

—Patrice estaba tomando un baño.

No podía ser cierto, debía ser demasiada coincidencia. Carmín había tomado la taza de Patrice para remplazarla por la de Irene. De nuevo Fletcher no sabía qué demonios estaba pasando. ¿Qué tenía que ver Carmín en todo esto?

—Debo irme Leonore

—Muy propio de tí Fletcher, llegas y te marchas inesperadamente —Dijo Leonore con una mirada triste y deseando que se quedara puesto que no recibía muchas visitas.

Ese mismo día Fletcher tenía que reabrir el caso y no podía arriesgarse a poner a su esposa en peligro de nuevo, y mucho menos a su hija. Si se apresuraba aún podría encontrar a Brad trabajando y pedirle un favor ya que aún no obscurecía.

La oficina era distinta, tenía un toque de seriedad que antes nunca había tenido y el pequeño Brad ocupaba un puesto más elevado en la jefatura ya que su tonta iniciativa lo había llevado lejos. Más lejos de lo que había pensado Fletcher.

—Brad, necesito abrir el caso Ventour, espero y esto pueda quedar entre nosotros —Comentó Fletcher esperando una respuesta comprometedora de su antiguo compañero de trabajo.

—Fletcher, el día que tú dejaste el caso cerrado, me echaron de muchas de mis labores, así que por tu maldita culpa no voy a volver a perder mi tiempo, si he llegado hasta aquí es por mis propios méritos, y reabriré el caso; pero tú estás fuera, así que largo de mi oficina.

En ese momento Fletcher tenía muchas preguntas pero pocas respuestas.

III

Por la mañana siguiente todo parecía normal, la pequeña Beatriz podía pasar dormida mucho tiempo y eso era perfecto para poder cuestionar a Carmín. Por lo regular ella pasaba el mismo tiempo cocinando.

—Fletcher, amor, despertaste temprano. Vas a querer desayunar me imagino —Dijo Carmín mientras hacía unos huevos.

—Carmín, ¿puedo preguntarte algo personal?

—Claro mi vida, lo que tú quieras.

—¿Conoces a una tal Patrice?...

Las manos de Carmín se aferraron al cuchillo como si junto con los vegetales también quisiera cortar la tabla.

—No, ¿Por qué la pregunta, amor?

—Curiosidad.

—Lo siento Fletcher no puedo ayudarte. —Se lamentó Carmín— ¿Vas a desayunar?

—Tengo unos pendientes en la oficina, nos vemos más tarde. —Dijo Fletcher tomando las llaves del auto.

—Ayer no te vi llegar con comida... —replicó Carmín enojada como sospechando de su esposo.

—Lo siento Carmín, el trabajo me tiene un poco ocupado. —Dijo él mientras se marchaba.

Últimamente pasaba más tiempo en la calle que en su casa, hasta a veces recordaba aquel viejo motel que fue su techo antes de no tener nada. Aquel pequeño rincón que lo vio llegar a la ciudad de Kensington, sus cigarrillos y el motivo por el que todo había sucedido, y que aun tenía muchas incógnitas por resolver.

Brad lo esperaba sentado en su oficina y al parecer no eran buenas noticias. Ese día hacia frio, se pronosticaba tormenta y nada pintaba bien para Fletcher, tenía un presentimiento que le erizaba la piel. Como si todo se estuviera yendo al carajo y no pudiera hacer nada. Se sentía una mota de polvo en la inmensidad del cosmos.

—Siéntate Fletcher —Dijo Brad un poco molesto y con aires de grandeza—, tengo las pruebas que nunca pude revisar debido a que tu habías cerrado el caso.

—Y bien…

—Firma falsa y huellas dactilares de tu esposa Carmín.

—Esto no puede ser cierto Brad —Dijo Fletcher de forma violenta y agitada—, además el era su padre, Carmín vivía en su techo, todo pudo tener sus huellas, no seas un imbécil.

—Tienes veinticuatro horas para traerla a testificar.

—Brad dame tiempo de hablar con ella, esto tiene que ser un error.

—Veinticuatro horas —Dijo Brad mientras salía de la oficina.

IV

En el fondo Fletcher sabía que algo andaba mal con Carmín pero las acusaciones de Brad eran demasiado. Su maldito dolor de cabeza como él lo llamaba; estaba de regreso y Fletcher tenía que ir a hablar con Carmín. Ese día no podía ser peor.

Pasó casi cuatro horas buscando cigarrillos hasta que recordó a la mujer china que le cobraba la renta en aquel motel, la tienda se veía abierta y estaba seguro que ahí podría encontrarlos. Bajó del auto, de aquel auto negro que andaba lento y ya no arrancaba, puso la llave y al cruzar la avenida pudo sentir como su cuerpo se desplomaba al piso sin poder hacer reparos, su cráneo golpeo en el asfalto y entre sus ojos cerrados como si fuera una cámara lenta el rostro de Ivanovic Krastev y su bate de beisbol aparecieron de nuevo en su vida.

—Un estúpido policía me acusa de haber matado a Ventour. Y eso no era parte del plan Fletcher —gritaba sin cesar—, si ese tal Brad abre la boca, todos estamos jodidos. Arréglalo imbécil. —dijo mientras le escupía en el rostro.

Al parecer Brad había estado atando cabos por fuera y Fletcher tenía que detenerlo o toda la mafia de Colfini los mataría. Lo único en lo que pensaba Fletcher mientras recibía la golpiza de Ivanovic era en su hija Beatriz, en al menos poder verla antes de ser destrozado por ese animal.

«Las horas pasan más lento cuando te golpean». —Pensaba Fletcher y se alegraba de poder llegar vivo a su casa antes de anochecer, abrir la puerta, ver a su hija, poner su rostro en la almohada de una cama vacía donde su mujer no estaba para apaciguar el dolor de cabeza de un hombre moribundo que se quedaba profundamente dormido al cerrar los ojos pensando que lo despertarían para cenar.

CARMÍN

El dolor de cabeza era inmenso, esta vez más profundo que las demás, el despertador marcaba las diez de la noche, y al parecer nadie había entrado a su cuarto, bajó las escaleras alfombradas y en busca de su hija y su esposa, la luz de la casa era tenue. Solo se podía alumbrar por el candelabro de la cocina que estaba encendido, y en la mesa Carmín, y en los brazos la niña.

—¿Vas a cenar Fletcher?­ —Preguntó ella con tono de odio y mientras tomaba una pierna de pavo mal cocinada.

—Carmín, necesito saber la verdad.

—Lo sé…Siéntate y come. —Dijo ella.

Lo único agradable de la mesa era la copa de vino tinto que le esperaba, pareciera que ese día Carmín no había querido cocinar en absoluto. Fletcher tomó un trago y esperó a que el largo silencio de Carmín acompañado de fondo por el mascar de su pierna de pavo, terminara. Solo podía ver como Carmín mordía repetidamente el pavo mientras sus brazos y piernas perdían la fuerza. La vista borrosa y después el habla. « ¿Qué demonios me diste a tomar mujer?», pensó Fletcher mientras terminaba de perder el conocimiento, cerraba sus ojos y se dejaba caer en la mesa.

Una tenue melodía de cuna interrumpió la siesta que Carmín le había obligado a tomar con un sedante. En el sótano llovía igual que afuera, la tormenta había comenzado y los truenos terminaron por despertarlo. Fletcher estaba atado a una vieja silla de madera y frente de él. Carmín cargando a la niña.

—Mira Beatriz, tu papi se despertó —decía ella en voz baja mientras la abrazaba.

Fletcher no podía moverse, apenas y parpadeaba, luchaba por recobrar el conocimiento entre truenos, goteras y el parpadear de los focos de aquel obscuro lugar.

—¡Fletcher! —decía Carmín rápido y repetidas veces como una loca tratando de que él la escuchara— ¡Fletcher! Mi amor, despierta. Te voy a decir la verdad, pero necesito que me prestes atención, mi vida.

Los ojos de Carmín no eran los mismos, se podía ver en ellos que carecían de alma, su sonrisa y sus movimientos erráticos no le pertenecían, la había perdido para siempre.

—¡FLETCHER! —Gritó Carmín desesperada y haciendo romper en llanto a Beatriz—. Necesito que me prestes atención te juro que voy a contarte todo…

Tú me recuerdas a mi padre. El señor Ventour —Decía mientras reía como loca—. Todos creen que fue un gran hombre, uno bueno, y solo era un patán, pero yo lo amaba, era mío.

Cuando solo tenía siete años de edad lo vi hacer el amor con mi madre y fui lo suficientemente ingenua como para preguntar qué era lo que estaban haciendo. Mi padre fue tan gentil de explicarme cada detalle con sutileza. Tocó todo mi cuerpo con la delicadez que solo podían hacerlo las flores, pero todas las flores tienen espinas y te hacen sangrar. La primera vez fue traumática, pero el miedo solo es falta de práctica y cuando se repite tantas veces, comienzas a disfrutarlo y resulta terminando atractivo. Te vuelves más fuerte que aquello que te quería dañar. ¿Dime cuánto dolor crees que puede cargar una mujer en su espalda? Solo era una niña.

Después de que te acostumbras, de que dependes de un hombre, de el único hombre que me hacía sentir amada, porque él así lo decidió, no yo. Ya no puedes vivir sin él, sin su cariño, sin sus caricias por las noches. Como todas las noches que me hacía falta y mi madre me lo quitaba. Lo soporté por tantos años, hasta que un día antes de mi quinceavo cumpleaños tuve el valor para terminar con ella; ahogando su cuerpo en esa maldita tina en la que me veo desnuda cada vez que tomo un baño.

Y sabes… Todo iba perfecto hasta que llegó la estúpida de Patrice a arruinar mi vida, y lo que se hace una vez, no cuesta una segunda. Jean Paul era mío pero él no entendía y seguía suplantándome con mujeres de su edad. Ya casi no me tocaba, se casó con Irene, ella era distinta; a pesar de que yo no la soportara, ella entendía el apego que yo tenía con mi padre, me dijo que era normal sentir amor hacia él, que ella me comprendía, que las mujeres con las que mi padre decidía vivir su vida no tenían la culpa de nada; entonces me di cuenta de que el culpable era él. Por haberme suplantado. Así que tenía que matarlo, él era mío y no estaría nunca con nadie más. En ese momento fue cuando decidí contratar a los mismos hombres que usaba mi padre para matar. Después llegaste tú para llenar el vacío que había dejado él, a pesar de que te metías con Irene yo sabía que no la amabas, y esa noche que te vi salir con una de las cartas de odio que yo había escrito para Patrice y que Irene me había prometido guardar; sabía perfectamente a donde te dirigías, solo era cuestión de tiempo para que Irene te contara toda la verdad sobre mi padre, esa era el momento en el que concluyó mi plan. La oportunidad perfecta para sacarla de nuestras vidas y solo seríamos tú y yo, por fin juntos para siempre. Así que esa noche al subir a su alcoba la recibí con un tiro, de igual manera la culparían de suicidio y le achacarían la muerte de mi padre.

Entiéndelo Fletcher, yo te amo y mira lo que me obligas a hacerte, querías toda la verdad. Pues esa es la verdad y ahora que la sabes, no puedo dejarte ir.

Afuera la tormenta parecía desprender los arboles que se encontraban detrás de la casa, Carmín cubriendo a la niña con un impermeable logró salir por una vieja puerta trasera que daba hacia la montaña, mientras que al compas del sonido de un trueno, por la puerta principal entraba Ivanovic con un palo.

Fletcher recobraba el movimiento al mismo tiempo que Ivanovic lo cercenaba a golpes, la paliza era tan brutal que aquella pequeña silla en la que yacía sentado quedaba hecha pedazos, lo único que podía pensar era en su hija, su pequeña e indefensa bebé en manos de alguien malvado. Fletcher estaba destruido cuando a lo lejos solo logró escuchar las palabras de aquel hombre que lo mataba.

—Párate y muere como un hombre.

Fletcher intentaba levantarse pero una pierna rota no era de mucha ayuda. Ivanovic medía el golpe que terminaría con la vida de Fletcher, como si fuera a despejar una bola; una y otra vez directo hacia su cabeza.

—Di tus últimas palabras —Dijo Ivanovic cuando Fletcher caminando lentamente hacia atrás para recargarse en la pared, con su mano sin fuerza pudo apagar el interruptor de la luz y gritarle…

—Púdrete.

Fueron los 5 segundos de obscuridad máxima más largos del mundo, el grito sordo de un hombre muriendo y una tormenta arreciando.

Al encender la luz, Fletcher pudo ver a Ivanovic muerto en el piso, y en su pecho sangrante; un pedazo de silla rota que tenia marcado con fuego; Patrice‘s Caobas.

—« Quien iba a pensar que aquella silla y su diseño tan incómodo algún día me salvarían la vida» —pensó Fletcher mientras recordaba a la anciana madre de Patrice y se apresuraba a salvar a su hija. En la caja fuerte no había ni un centavo y las armas no estaban ya no podía perder más tiempo y se marchó arrancando el auto camino hacia la montaña.

Brad al no recibir respuestas de Fletcher en todo el día, decide ir a buscarlo solo para encontrarse con el rugido del Camaro alejándose de la casa. Todo el lugar en penumbras y para su sorpresa un cadáver.

Fletcher camino al risco de la montaña pensaba lo peor, toda su cabeza era un zaperoco, recordaba el amor de Carmín y su locura desencadenada, Beatriz su hija, el cáncer cerebral de su madre y la enfermedad hereditaria que terminó con ella, el llanto, su padre.

Al llegar Carmín también lloraba al borde del acantilado, las luces del auto alumbraban la escena, sus esperanzas desaparecían al igual que sus lágrimas. Todo por lo que habían pasado, ya no importaba. Estaban juntos

—Carmín, no lo hagas. —Susurró Fletcher mientras trataba de acercarse a ella y su hija.

—¿Donde está Ivanovic? —Gritó Carmín.

—Muerto. Carmín, tranquilízate, acércate a mí, dame tu mano —Suplicaba Fletcher para poder calmarla, pero sus esfuerzos fueron en vano cuando Brad apareció apuntando con su arma.

—Los voy a refundir en prisión, eres una asesina y tú eres su cómplice Fletcher, ella mandó matar a su propio padre y el arma que termino con la vida de Irene tenía sus huellas. Tú nos mentiste para protegerla Fletcher, ustedes dos son unos asesinos.

—Voy a saltar. —Volvió a gritar Carmín mientras se acercaba cada vez más a la orilla, la lluvia hacia más tormentoso el momento y las rocas se desprendían.

—Baja el arma muchacho. —Suplicaba Fletcher mientras se interponía entre Brad y Carmín que cargaba a la niña en sus brazos.

—No me digas muchacho.

—Carmín. —Dijo fletcher mientras volteaba a ver su rostro— Quiero que sepas que te amo.

Cuando de repente el llanto de la niña paró de golpe al escuchar el ruido de una bala que estremeció todo el lugar, Carmín cayó de rodillas y Fletcher logro alcanzarla, los dos se abrazaron

—Yo sabía que me amabas Fletcher. —Dijo carmín al ver que el cráneo de Brad había sido atravesado por la pequeña pistola dorada que siempre guardaba Fletcher en la guantera.

—Te amo. —Dijo Fletcher cuando el segundo disparo sonó como un rayo atravesando el cuerpo de Carmín.

DECLARACIÓN

El 27 de marzo; John Fletcher declaró ante las autoridades competentes y frente al nuevo alcalde de Kensington; Benny Colfini, que el Oficial Brad Meison había descubierto que Ivanovic Krastev estuvo al mando del asesinato de Jean Paul Ventour recibiendo órdenes por parte de Irene Ferrier. Ivanovic al ser descubierto decidió despojar de sus bienes materiales a Carmín Ventour y a John Fletcher entrando en su domicilio y robándoles todo su dinero para así poder financiar su huida antes de ser atrapado. Ivanovic entro al domicilio, golpeó y maniató a Fletcher hasta dejarlo inconsciente, tomó su arma, y siguió a Carmín quien había logrado escapar con Beatriz en dirección a la montaña. Brad llegó e intento desatar a Fletcher quien prefirió que Brad siguiera al ladrón puesto que tenía una pierna rota. Después de escuchar dos tiros a lo lejos Fletcher terminó de desatarse y pudo ver que Ivanovik regresaba para matarlo. Se ocultó en las sombras y le atravesó el pecho con un pedazo de madera, se arrastró hasta su auto y manejó hacia el risco solo para toparse con los dos cuerpos sin vida. Al parecer Carmín había podido ocultar a Beatriz entre los matorrales para que Fletcher la encontrara sana y salva. Hoy ambos viven tranquilos.

1992

—Carmín, cariño prepárale la tina a tu mamá. Ya sabes que es costumbre que tome el baño cuando papá llega de trabajar.

—Sí, papi. —Dijo gustosa la niña mientras se dirigía al baño que estaba a unos escasos pasos de la alcoba de sus padres.

—Paul, deberíamos esperar a que Carmín se vaya a la cama, aun es muy temprano.

—Es una niña Liliana, no se va a dar cuenta. Además, ¿en qué puede afectarle si nos ve haciendo el amor?

30 de Octubre de 2020 a las 23:37 4 Reporte Insertar Seguir historia
2
Fin

Conoce al autor

Louiser Nandes Nacido el 22 de junio de 1992 En Guadalajara, Jalisco. México.

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Gabriel Mazzaro Gabriel Mazzaro
Muy buen cuento!
November 27, 2020, 14:00

𝐂𝐇𝐄𝐑𝐈𝐄 𝐀𝐑 𝐂𝐇𝐄𝐑𝐈𝐄 𝐀𝐑
Muy buen relato. A pesar de que es algo extenso, no se pierde en ningún momento la fluidez narrativa y las ganas de querer continuar leyendo. Me encantó tu estilo de narración, ¡espero leer más de ti!
November 02, 2020, 03:44

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