nadin Nadín Velázquez

Un niño encuentra a su hermana en el cuarto de los recuerdos y ella descubre una siniestra verdad.


Cuento Todo público.

#hermanos #fantasia #paranormal
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El espejo

El cuarto de los recuerdos era un depósito de todo lo que no servía y ella jamás subía porque era una habitación de cosas inútiles, de momentos viejos, de instantes perdidos. Hasta esa noche.

—Si serás chismosa.

La voz de su hermano la detuvo. Un pie quedó en el aire, indeciso, a medio camino de avanzar.

—Pasa. Y trae esa vela, mamá usó las que quedaban en el apagón.

¿Sus padres se despertarían? ¿Podrían oír desde la cama los latidos de su corazón? Palpitaba en su cuello, en sus manos, en la madera bajo sus pies. En la casa, en la tierra. En sus oídos. En la imagen de su hermano sentado frente al espejo de su abuela.

—¿Tú también lo ves? —se animó a preguntar, todavía desde el marco de la puerta.

El pequeño asintió como única respuesta. Camille se acercó por fin. Dejó el candelabro frente a él y miró su reflejo.

—¿Qué ves? —la apuró Tom.

—Los colores… —murmuró—. Siempre los colores. A veces cambia el rojo por el azul, a veces por verde, a veces por rosa. Me veo el pelo violeta ahora. Y la piel es… ¿celeste?

Tom sacudió la cabeza.

—No son los colores, es la profundidad —le explicó—. Te veo más cerca del baúl que tengo atrás y yo me veo al revés. Quiero decir, delante de ti. Como si tú y yo estuviéramos en donde está el otro. Como si…

—Entendí —lo interrumpió, y tosió casi de inmediato; el polvo almacenado entre aquella basura siempre le hacía mal.

El niño calló y se puso de pie junto a ella. Incluso con sus cabezas juntas, una pegada a la otra, seguían viendo diferente.

—¿Crees que sea un espejo mágico?

Camille quiso negar con un movimiento de cabeza, pero se detuvo al ver que su reflejo decía que sí.

—No, no lo es.

Pero los labios de su reflejo formaban un «sí».

Retrocedió un paso. Su pie dio con el candelabro y la única vela encendida cayó al suelo y se apagó.

Oía la respiración de su hermano. La mano de él ascendió por su espalda, palpando hasta dar con su hombro, y con la otra corrió el pelo de su oído.

—No me gusta la oscuridad —susurró—. No te vayas. Todavía no.

—¿A dónde iría?

—Al espejo.

Su reflejo sonrió.

El reflejo de Tom también lo hizo.

Él —el verdadero él— no.

Extendió una mano hacia el cristal, aquella que no había sido apresada por los dedos temblorosos e inquietos de su hermano, y acarició la superficie. Dibujó con el índice la sonrisa de su otra yo y vio cómo se perdía, se convertía en una mueca de dolor, cómo se alejaba dando pasos inciertos hacia atrás.

—¡Se va!

—¡No te vayas con ella!

—¡Se va!

No entendía, Tom no entendía. Su imagen ya no estaba, ya no podía ver sus colores, qué tan amarilla o azul era su piel.

Dio un paso al frente.

—¡No la sigas!

—Basta, basta, despertarás a mamá —le suplicó a su hermano. Giró su rostro hacia él y no lo vio.

El espejo. El Tom del espejo mantenía las manos aferradas al aire, a un espacio vacío, y ella no estaba. Fuera del marco desgastado, ella sentía aquellos roces, aquellos movimientos que le pedían que no lo abandonara en la oscuridad y bajo aquella tormenta.

Él estaba dentro.

Ella estaba fuera.

Y de repente quiso gritar.

La fiebre no era buena, la cabeza le dolía más que por la mañana. El funeral de su abuela se había sumado al resfrío y su madre no le había permitido salir de la cama en todo el día.

El espejo estaba lleno de telarañas. Por su espalda corrió un hormigueo propio de la imaginación, del temor que le producía encontrarse por allí alguna criatura estando ella descalza e indefensa. Sin luz. Sin Tom.

Volvió a buscarlo, a distinguir su silueta con la luz que se colaba por la ventana rota, a tantear en el aire. Pero él no le permitía alejarse demasiado. Se movía en el espejo como si ella también estuviera allí. Pero no estaba.

—No te vayas, la tormenta…

—¿Dónde estás, Tom?

Las lágrimas caían. Levantó una mano para secarse el rostro, pero su hermano la detuvo. El del espejo. El que no era real.

—Tú sabes dónde estoy. Estoy donde me dejaste.

Volvió a toser.

—Mamá limpió esta mañana para traer el espejo.

El agarre sobre su mano se volvió más firme. Firme y tembloroso. Ni parecía real.

—Sí, sí, limpió el día del funeral. De ese funeral.

—Sal del espejo, Tom —le pidió—. Vamos a dormir.

—Estoy donde tú me dejaste —repitió él.

—No te dejé en un…

—Dilo.

—¿Qué cosa?

—Dónde me dejaste.

—Me duele la cabeza. Tom, tuve fiebre toda la tarde, no juegues.

—Te puedo ayudar si quieres.

Camille asintió en silencio. Hacía frío en aquel depósito del pasado.

—Me dejaste… durmiendo.

Durmiendo.

«Está durmiendo, Camille».

Tocó el marco del espejo. Las arañas habían tejido sobre la capa gruesa de polvo.

—No es cómo te dejé, sino dónde. Di dónde, Tom.

—Durmiendo, durmiendo…

—¿Durmiendo dónde?

No temía levantar la voz. Le pesaban los párpados, el silencio de su casa, los gritos de su fiebre.

—Sal de ahí y dime dónde te dejé.

—No puedo —se lamentó. Supo por su voz que él también lloraba.

—¿Por qué?

—Porque tú no quieres pensar en eso.

Se sentó en el suelo. Su hermano —el reflejo de su hermano— se sentó también y la abrazó.

—Hoy no caminamos juntos —le dijo él.

—Caminaste conmigo, junto al cajón de la abuela.

—Caminé junto a ti y al cajón, pero no me hablaste.

—Me pediste que no te hablara.

—Y en un momento me dejaste de prestar atención y te quejaste de mí…

—…y mamá dijo que era la fiebre —recordó ella.

—Era la fiebre.

La habitación se iluminó con la tormenta, fue menos de tres segundos pero a Tom le alcanzó para tenderse sobre el suelo y gritar.

—Quédate hasta que pase la noche, de día no da tanto miedo. —Suplicaba y lloraba. Camille lloraba con él.

—No puedo quedarme —le respondió—. Tengo que volver a la cama, la fiebre sigue…

—Ya sé que sigue.

—Entonces déjame ir, te prometo que volveré mañana.

—¿Me dejarás de nuevo? ¿Otra vez en la noche? ¿Otra vez encerrado?

«Está durmiendo».

Corrió escaleras abajo y entró en su cuarto sin molestarse por el ruido. Lo encontró sentado, esperando por ella al borde de su cama y con una palidez en el rostro que no parecía pertenecerle.

Tenía las mejillas secas. Ella lloraba por los dos.

—¿Es la fiebre? —preguntó cuando el nudo en su garganta le permitió hablar.

—Sí, Cam. Es la fiebre.

29 de Octubre de 2020 a las 01:49 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

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Nadín Velázquez Escritora amateur, rata de biblioteca y hámster de laboratorio. A veces hago algo bien. Amo crear listas en Spotify.

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