vampiredramaqueen Kenia De La Torre

Historias que escribo y no sé dónde poner, pero no se quieren quedar guardadas.


Cuento Sólo para mayores de 18.

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El último hombre sobre está tierra

Todos decían que Golden Lake era el mejor lugar para vivir. El hermoso reflejo del sol en el lago del que el poblado toma su nombre, el bosque que lo circunda, la tranquila vida campirana…

Sí, Golden Lake era todo lo que mucha gente me contó. Tan bello, tan idílico, una postal navideña perfecta. Y todo sería mejor si no fuera yo el único en el pueblo.

Todo comenzó hace una semana, cuando llegué la noche del dieciocho de noviembre en medio de una espantosa nevada, por lo que era de esperarse que la calle estuviera semidesierta a pesar de que los locales están habituados a este tipo de clima. Y bueno, sí había gente, sin embargo, por el cansancio del viaje y las ganas de llegar a la cabaña para descansar, no noté un detalle que ahora me parece tan lógico: El temor.

El temor en sus caras y la prisa con la que hacían todo. Era como si algo estuviera por ocurrir, como si estuvieran huyendo de algo o de alguien. Debí hacer caso a esas señales.

El chófer del taxi que abordé en el aeropuerto, no parecía estar asustado, pero no quiso cobrarme un viaje que debido a la distancia, debía ser costoso. Su explicación fue que llevaba esa ruta y ya estaba fuera de servicio. Y como dicen en mi pueblo "A quién le dan pan, que llore". "A los celiacos", pensé yo y me reí de mi propio chiste idiota.

Cuando llegué a la cabaña, el conductor del taxi abrió la puerta y arrojó mi equipaje al piso, después abordó el auto y arrancó de inmediato sin darme tiempo de agradecer.

—Vaya…

No soy de cargar con una enorme cantidad de maletas, de hecho solo es una y un neceser, creo que así se les llama a esas maletillas donde se guardan cosas como desodorante, rastrillos, calcetines, etcétera, por lo que su ayuda tampoco fue necesaria.

Cabaña, dulce y hermosa cabaña en el centro de un bosque solitario donde cualquiera podría matarme y nadie se daría cuenta hasta el próximo verano cuando el hielo se derritiera y empezara a apestar a podrido. Pero aún así, después de lo vivido a lo largo del año, era el mejor lugar donde podía estar.

Pasaría una larga temporada, ese era mi plan maestro, por lo que no me molesté en desempacar nada. Me tumbé en la cama y vi el techo hasta que me quedé dormido.

Desperté dos horas y media después, cuando el tono de mi teléfono que vibraba además como loco encima del buró, me despertó. Estiré el brazo, pero no alcancé el aparato, así que rodé sobre el colchón hasta poder sujetarlo y darme cuenta que tenía muchas llamadas perdidas de mi ex. Treinta y nueve, para ser exacto.

"Jonathan, contesta".

"¡¿Jonathan, dónde estás?!".

"Jonathan, tienes que regresar".

¡Por amor de Dios! Cuando estuvimos juntos la última vez, juró y perjuró que no quería volver a verme. Es más, me gritó a la cara que estaba muerto para ella. Por eso, medité unos minutos acerca de si debía devolverle la llamada y decidí que si alguien había intentado comunicarse conmigo con tanta vehemencia, era porque algo importante debía estar sucediendo.

Marqué su número de vuelta y me respondió al segundo timbrazo.

—¿Qué pasó, Gladys?

—¡¿Dónde estás?!

—En Canadá ¿Por?

—¿Hace mucho que llegaste, verdad?

—Como dos o tres horas —dije, para después estirárme y bostezar.

—Ay Jonathan, tienes que regresar.

—¿Por qué? ¿Qué pasa?

—¡¿Acaso no ves las noticias?!

—No por lo regular.

—¡Algo horrible va a pasar! ¡Están diciendo en las noticias que un volcán gigante ha estado arrojando cenizas en el medio del parque Yellowstone!

—No puede ser…

—Tus padres me pidieron que te llamara. Están muy asustados, Jonathan. Si puedes, si todavía puedes, regresa.

—Está bien, voy de vuelta, ni siquiera des empaqué.

—Apúrate, antes de que empiece.

Gladys colgó y yo seguía sin creerlo. Llegué a pensar en que continuaba dormido, pero una estampida de animales salvajes me hizo reaccionar.

Osos, pumas, venados y aves escapando juntos en una misma dirección. Tal vez fue una tontería pero abrí la puerta para asegurarme que de verdad estaba ocurriendo. Un oso se detuvo unos minutos y me miró de una forma que me aterró y me conmovió al mismo tiempo. Se paró sobre sus patas traseras y emitió un gruñido con el que juro, me trataba de advertir para que los siguiera. Después, al ver qué solo lo miraba como un idiota incrédulo, regresó a su habitual forma de caminar para continuar la huída.

Pensé que me estaba volviendo loco hasta que empezó a temblar y eso terminó de convencerme de salir de ahí. No en ese momento, sino cuando terminara, pues ni siquiera podía levantarme del suelo.

En mi fuero interno rogaba para que terminara pronto y no me cayera encima algún árbol. Nunca he sido muy religioso, lo admito, pero en ese momento afloró el fiel católico que nunca creí ser y recordé todas las oraciones aprendidas en el catecismo. Todas.

Calculé unos ocho grados Richter cuando terminó y la calma y el silencio reinaron por algunos escasos minutos, porque como es bien sabido, las réplicas que siguen a un terremoto de tal intensidad, suelen ser incluso peores que el movimiento inicial. Me levanté y regresé a lo que quedaba de la cabaña, en busca de algunas de mis cosas para emprender el camino de regreso con mi familia. Si es que aún tenía alguna.

El teléfono estaba intacto, aunque sin carga y obviamente, la electricidad era la gran ausente. Igual lo metí en mi bolsillo trasero del pantalón junto con el cargador, mi maleta con manija, el maletín y emprendí el viaje rumbo a la carretera, con la esperanza de que un buen samaritano pasará de casualidad y me llevará a la ciudad. Y tal vez era una idea muy estúpida, tal vez debí seguir el rumbo que los animales llevaban, pero no podía quedarme en ese lugar. Estaba destrozado porque, no les conté, pero en cuanto salí, un árbol se derrumbó encima de la construcción partiéndola por el centro.

Salir de ahí ya no era una opción, era el único camino.

Sería tonto pensar que después de todo esté desastre, tendría yo la más remota posibilidad de regresar a una casa que estaba a cientos de kilómetros de aquí. Que tal vez ni siquiera pueda llegar a la civilización y si lo hago, encontraré solo ruinas. Pero mientras continúe con vida debo avanzar, avanzar hasta donde se pueda y sobrevivir hasta que la naturaleza quiera que siga respirando.

Adiós, mamá, adiós papá, tal vez nos reunamos pronto. Hasta entonces, seré el último hombre sobre la tierra.

28 de Octubre de 2020 a las 19:56 0 Reporte Insertar Seguir historia
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