lord_joao Joao Martins

Con un imperio dividido por traidores, desertores y revolucionarios, el Gran Khan se enfrenta a años de malas decisiones en una última batalla mano a mano. Sus dominios están condenados, pero él aún puede cambiar su destino.


Ciencia ficción Futurista Todo público.

#ópera-espacial #bélico #ciencia-ficción
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La Última Batalla


Ambos habían tomado asiento frente al ventanal que permití admirar el Eje de Sombras: el generador de vespasiano que mantenía todo el Consejo aprovisionado de suministro energético. El Khan admiraba aquel inusual azul con toques morados, era un gran cristal de aquel peligroso mineral en gravedad cero, su simple presencia era tan sobrenatural que los dos hombres no podían apartar la vista de él.


El Mariscal dio una calada a su puro, esperaba que el Khan diese otro discurso sobre la supuesta futura victoria de su federación, hablase de las excepcionales recompensas a sus leales o haría mención sobre que aún había tiempo para luchar. Esta vez Damián no trató de suavizar la situación, buscaba ser sincero.


—No hay nada que hacer, Fiodor —dijo Damián tras un largo suspiro —, han sido años donde hemos intentado tapar las brechas que se cargaban mis dominios, pero ya nada aguantará esta crisis.


—Khan, para serle sincero —Fiodor echó las cenizas de su puro en un frasco antes de seguir hablando —: ha faltado mano dura, quizás usted crea que soy un militar muy anticuado, pero sé cuando hace falta unas ejecuciones públicas o un poco de brutalidad policial.


Damián miró de reojo a su oficial, perplejo ante aquellas palabras.


—¿Qué clase de soluciones son esas, Mariscal? —gruñó.


—Las más apropiadas para esta clase de situación, joven —respondió Fiodor, hablaba con tranquilidad mientras se acomodaba en su silla —. Su padre fue un gran hombre, un señor de la guerra ejemplar: vendía armas a toda la galaxia, hacía fortunas con tecnología que él mismo estudiaba y nunca, jamás, fue suave con sus empleados.


—Yo no quería ser como mi padre, Fiodor —insistió Damián—, él era un sádico, priorizaba los negocios antes que a sus propios empleados. ¿Cómo demonios establecería yo una humanidad reunificada si soy un tirano?


—Él llevaba su imperio empresarial como un emperador llevaría sus dominios —explicaba el Mariscal ajustando el cuello de su camisa militar —: mano dura, sin confianzas y dejando claro quien está en el poder.


Damián pensó en aquellas palabras, recordó a su padre y como de hábil era para los negocios, lo intimidante que resultaba al dar órdenes, pero también recordó su final.


—Hablas como si mi padre hubiera triunfado, Mariscal Fiodor, pero él fracasó también.


El Mariscal se rascó el bigote, sabía que ambos Ruíz habían corrido la misma suerte, pero aún añoraba la imponente figura de Andréi, recuerda los días en el que era solo un lugarteniente en la compraventa de armas. Todo empezó con unos trapicheos en su barrio natal, cuando apenas eran unos adolescentes, y terminaron codeándose con naciones y sistemas enteros.


—Joven, los fracasos de tu padre eran culpa de la galaxia en aquellos momentos —explicó Fiodor—: todos pasaban por una deuda muy alta y tu padre seguía haciéndose rico, al final muchos se aliaron contra él. Todo fue nuestra culpa… nos creíamos invencibles, como si todo el mundo dependiera de nosotros, pero usaron las mismas armas que les vendimos contra nosotros.


—Pues no uses a mi padre como ejemplo, al final tampoco éramos tan distintos.

Damián se inclinó en el asiento, cansado de esperar, mientras el aroma amargo del puro de su oficial entraba en sus fosas nasales, le disgustaba aquel olor, pero a la vez le recordaba a su padre. Ambos quedaron en silencio.


—Y a todo esto… ¿A que estamos esperando? —curioseó el Mariscal.


Damián suspiró y dibujó una leve sonrisa en sus labios, volvió a ponerse firme en la silla mientras quitaba el puro de las manos del Mariscal para dar unas caladas.


—Esperando para ver que viene antes: la noche o la muerte.


Fiodor cambió expresión relajada por una mueca de espanto, se sobresaltó del asiento y miró en todas direcciones.


—¿Va a venir ella?


—Tranquilo, Fiodor, toma asiento —suavizó el Khan—, tu vas a estar bien.


—No lo entiende, ¡ella es el demonio!


Damián sacó una pistola de su casaca y apuntó al estómago de Fiodor, el Mariscal cambió su actitud alarmada por una más sumisa, volvió a sentarse nervioso y trató de no mover ningún musculo.


—Quédate ahí, es una orden, y mientras viva aún me debes lealtad —ordenó el Khan—. De todos modos, necesito a alguien que me haga compañía y que me ayude a montarme en mi servoarmadura.


—Espere… ¿Va a enfrentarse a ella? —inquirió Fiodor. —¡Es imposible vencerla sin todo un pelotón!


—Lo sé, Fiodor, lo sé. No tengo pensado ganar —contestó el Khan, bajando el arma —. Hoy terminará todo, estoy seguro, intentaré no morir como el inútil que he sido hasta ahora, daré un poco de espectáculo a los dioses, energías o lo que demonios haya ahí arriba, los mismos que le dan a ella su poder.


—¿Quiere alcanzar alguna clase de redención, señor?


El Khan soltó una breve carcajada, sin apartar la vista del vespasiano.


—No creo en esas cosas, Fiodor —respondió él—. Al menos ahora mismo.


El tiempo de espera se hizo eterno, el Khan meditaba mientras Fiodor trataba de buscar un modo de escaquearse, pero sus planes se arruinaron cuando las puertas a su espalda se abrieron. Damián no miró atrás, pero el Mariscal si: se topó con una figura alta, en armadura oscura que llevaba en la mano su revolver humeante.


—¡Por los Dioses! —exclamó Fiodor levantando las manos. —No me dispares, por favor.


—Tranquilo, Fiodor —insistió el Khan—. Legión, hazme un favor y no dispares a este idiota incompetente.


Legión, a su espalda, apuntó el revolver al Mariscal, pero tras unos instantes redirigió el arma a Damián.


—He matado a suficientes idiotas incompetentes hasta llegar aquí. ¿Qué importa uno más? —preguntó ella, su voz suave e imponente solo hizo que el Mariscal temblase.


—No importaría nada —dijo el Khan—, pero necesito a alguien que me prepare para el combate.


—¿Piensas batirte en duelo conmigo? —preguntó Legión, con un tono de superioridad. —Dime porqué eso es mejor idea que meterte un tiro en la nuca.


Damián se levantó de su asiento, tiró el revolver al suelo y se cruzó de brazos, esperando el disparo.


—Puedes dispararme, ese proyectil recubierto de plasma me daría una muerte instantánea, ¿entiendes? —exponía Damián. —Los dos sabemos que he sido tan “malo” que una muerte tan fácil sería muy simple y piadosa.


Legión frunció el ceño, miró directamente a los ojos castaños del Khan y bajó el arma.


—Quizás tienes razón, ¿qué tenías pensado? —curioseó ella. —Y tiene que ser bueno, porque desmembrarte a disparos iba a ser mi primera idea.


El Khan soltó el aire de sus pulmones, aguantó la respiración esperando que sus palabras no sirvieran de nada y que ella disparase de todos modos.


—Tú y yo, en la Sala del Consejo, un duelo honorable a la vieja usanza —propuso el Khan.


Fiodor espectaba la conversación, sorprendido de como Legión había dejado a un lado su instinto asesino. Pudo ver como ella meditaba la opción.


—Bien, pero los dos sabemos que, en un uno contra uno, estás acabado —soltó Legión.


—Tranquila, tenía pensado ponerme mi servoarmadura, no te lo voy a dejar tan fácil.


Legión volvió a pensárselo, pero terminó aceptando.


—Trae contigo tu arma de mano, esto será divertido.


Fiodor no terminó de creerse que la mismísima Legión hubiera aceptado batirse en duelo con su peor enemigo, pero se alegraba de conservar su vida.



La Federación Valka había mantenido un poder absoluto sobre grandes partes de la galaxia de Eana, pero a pesar de los esfuerzos del Khan por unificar las colonias para combatir a una amenaza mayor: el Kairo, todo fue de mal en peor. Recuerdo estar junto al Khan en sus últimos momentos, antes de que se batiera en duelo con su antigua aliada, pero no llegué a ver el final del enfrentamiento por intentar huir de ahí. Espero que nuestro líder venciera.”
—Mariscal Fiodor Tyra, "declaraciones tras la batalla".


Damián trató de recuperar fuerzas, entre jadeos palpó las abolladuras de la coraza de su servoarmadura: podía sentir como los ataques del arma de Legión habían logrado causarle un dolor insoportable, varias de sus costillas se rompieron ante sus devastadores golpes, pero aún era capaz de luchar.


—Crees que puedes conmigo, ¿eh? —gruñó Damián. —Llevaba mucho esperando este momento, ¿acaso crees que no me enteré de tu conspiración contra mí?


Legión, a unos metros de distancia, se mantenía erguida a pesar de las heridas. Observó el rostro de su rival, pudo ver en él odio y orgullo, como si tuviera ventaja en aquel combate. Damián intentó arrastrarse hacia ella para atacar con su lanza, pero caía una y otra vez al suelo, intentó levantarse, pero se resbaló con el charco de sangre que sus mismas heridas habían causado.


—“El Khan de la humanidad”, “el líder de un futuro próspero” —se burló Legión, con aires de superioridad escupió a su rival —, yo solo veo a un idiota en armadura tratar de no morirse ahogado en su propia sangre.


Su rival escuchaba sus mofas, como se burlaba de su impotencia mientras limpiaba el filo de su espada. Legión, su antigua aliada y alto cargo militar, había optado por apuñalarle en su momento de mayor debilidad: todas sus campañas militares fueron un fracaso, sus comandantes desertaban y su ejército se descomponía; no le quedaba nada.

—¡Hija de puta! —bramó el Khan. —¡Acaba conmigo, si tan poderosa te crees!


Damián logró levantarse del suelo a duras penas, su armadura estaba demasiado dañada y había perdido casi toda la movilidad, pero aún podría luchar hasta quedarse sin aliento. Cargó con todas sus fuerzas hacia ella, pero su rival era mucho más rápida y sin dificultad pudo apartarse a un lado y golpear con la guarda de su espada a su enemigo. El impacto de esta destrozó los revestimientos de los hombros de la servoarmadura y se llevó consigo casi todo el blindaje de su brazo izquierdo.


Aturdido y entrando en pánico el Khan trató de golpear a su enemigo con el mango de su arma. Legión intentó bloquearlo, pero la vara metálica alcanzó su estómago repetidas veces e hizo que perdiera el equilibrio. Entre golpes, insultos y gráciles esquives, el enfrentamiento parecía no tener fin, con cada golpe bloqueado saltaban chispas, ambos desearon tener a mano sus armas de fuego, pero ya no quedaba munición.


Tenían la sensación de haber estado luchando días seguidos, fatigados y sin fuerzas lograban alzar sus pesadas armas para dar otro golpe. Legión apartó la vista de su rival por unos momentos y la dirigió hacia la sala en la que luchaban: veía lo que fue el consejo de la Federación Valka, sus interminables asientos donde cada representante se había sentado por décadas; ahora eran usados como armas arrojadizas para intentar tumbarse entre ellos.


—¿Ves lo que has hecho a este sitio tan hermoso? —preguntó Damián. —Todo por lo estúpida que eres, tenías todo lo que querías y, aun así, preferiste unirte a esos putos revolucionarios.


—Yo no soy el cabrón que usó a mí ex pareja para matarme —rebatió Legión—, ¿de verdad crees que eres el bueno de la historia?


—¿insinúas que tu eres la buena? —rió Damián, pero un fuerte dolor en su pecho le hizo encorvarse. —Tú… —un ataque de tos interrumpió sus ofensas.


—Yo no soy la buena y te lo dije cuando apenas eras un crío repelente que se creía un dios —recordó Legión secándose el sudor de la frente —: yo soy la mala, siempre lo soy, ¿cómo me llamaste hace tiempo? ¿zorra repelente?


Damián recuperó la compostura con una sonrisa, su rostro sudoroso y los cortes que cruzaban su frente le daban la imagen de alguien que sufría tras una expresión de superioridad. A estas alturas, el combate era un entretenimiento para Legión, quien bloqueaba y esquivaba golpes en vez de devolverlos, destrozaba poco a poco su armadura que si cedía ambos sabrían que el combate habría terminado.


A pesar de no querer admitirlo, el Khan sabía que se enfrentaba a una diosa, alguien con una fuerza inhumana que usando su arma podía destrozar uno de los mejores blindajes que tenía la humanidad. Admiraba la letal belleza que trataba de matarle: su cabello rubio se tornó casi por completo en un albo que brillaba bajo los fluorescentes del techo, y sus ojos violetas que empezaban a tener matices rojos; en ella veía a un demonio.


“Era un hombre listo, muy listo a pesar de dar la imagen de alguien sin muchas luces. Su arrogancia siempre afloraba en los peores momentos y más de una vez tuvimos que suavizar alguna negociación por su culpa, al parecer no sabía contenerse.”
—Mariscal Fiodor Tyra, "declaraciones tras la batalla".


El cuerpo entero del Khan se estremecía de dolor, había perdido demasiada sangre para seguir luchando, su armadura trataba de aplicarle los primeros auxilios, pero él sabía que estaba acabado. Por unos instantes pensó en todo el poder que había acumulado durante años, sentía un poder sobrenatural en su cuerpo, pero poco a poco le abandonaba, sabía que era el momento de dar el golpe de gracia y abrazar su merecida muerte.


—¡Se acabó, Legión! —soltó empuñando su lanza a dos manos. —Hoy uno de los dos no saldremos de aquí, y por la suerte que tengo, ese seré yo.


Legión dejó de fruncir el ceño, empuñó el filo de su espada con las dos manos y admiró por unos instantes el reflejo. Veía su rostro y los pequeños cortes y moratones que habían causado los golpes de su rival, era el momento de dar el golpe final al Khan.


—Claro que serás tú —afirmó ella—, cuando acabe contigo me iré a buscarme a otro señor de la guerra que pueda darme la subvención necesaria para mis planes.


—Por mi puedes irte a tomar por culo —respondió Damián—, me la suda lo que quieras hacer.


Legión suspiró, apretó sus manos contra el filo al punto en el que se hizo leves cortes en las palmas.


—Pues ataca ya, estoy esperando.


Damián se quedó inmóvil, apuntando la punta de su lanza contra su rival, admirando sus más de dos metros de altura, que a pesar de que usase una servoarmadura no llegaba a su estatura. Sus esperanzas de ganar se habían desvanecido, tenía un último as en la manga: atacaría de una manera sucia y poco honorable, pero a este punto en el que, humillado y derrotado, ya no le quedaba honor.


El Khan alzó la vista al techo y echó unos rezos rápidos, trataba de buscar la redención antes de morir, su rival solo esperaba paciente a que diera un paso en falso.


—Lo único que echaré de menos de ti es ese acento, es lo único bueno que tienes —se sinceró Damián—, por todo lo demás… espero que te pudras en el infierno.


—Tranquilo, tengo una habitación de lujo reservada para mí —contestó ella, se aseguró de que sus pies estuvieran en posición para responder a la carga enemiga.


Damián tomó aliento y cargó contra ella, sus pisadas hicieron un estruendo en el suelo mientras que los mecanismos aún funcionales de sus piernas permitían que la pesada servoarmadura no se callera a pedazos. Legión leyó cada movimiento, cada paso y mirada de su rival, sabía donde y como atacaría antes de que este diera el golpe. A la distancia suficiente su enemigo atacó con su lanza, el paso atrás de ella solo permitió que rozase su piel causando una herida leve.


En un instante volvieron a golpearse, el Khan trató de detener la espada de su enemiga con el mango metálico, pero este cedió ante el golpe de la guarda, que cual martillo, dobló el metal. Legión tenía a su enemigo donde quería: no tenía escapatoria y su arma estaba inutilizada, con rabia golpeó una y otra vez la coraza destrozando las placas de blindaje mientras arrancaba trozos de acero. En un último intento de cambiar las tornas, su enemigo forcejeó tratando de arrebatar su arma.


Damián escogió el momento exacto para atacar: su enemiga no esperaba que tuviera ninguna estrategia a estas alturas, creía que luchaba por sobrevivir, pero con un rápido movimiento de muñeca el Khan desplegó dos garras de los grandes brazaletes de su armadura, con todas sus fuerzas lanzó un devastador ataque desde la ingle de Legión hasta su frente. El corte doble fue por su vientre, pecho y rostro con tanta fuerza que desgarró la carne como si fuese papel.


Legión chilló de desesperación, sentía la profundidad de los cortes y toda la sangre que saltaba a borbotones, dejó caer su espada y se retorció en el suelo entre gemidos de dolor y lágrimas. Había desfigurado a su rival y con una sonrisa el Khan perdió las fuerzas y calló al suelo en seco; su golpe retumbó en el suelo.


—¡Maldito bastardo! —gritaba Legión tapándose el rostro. —¡Eres un hijo de la gran puta!


El Khan casi ni pudo oírla, estaba perdiendo el conocimiento mientras sentía como el acero de la armadura presionaba su caja torácica y rompía sus costillas, vomitaba sangre mientras fantaseaba con haber ganado el enfrentamiento. Estaba seguro de que habría acabado con ella, su arma era su clave, pero solo funcionaría si estaba lo suficientemente cerca, ahora podía morir satisfecho.


Tras unos minutos Legión volvió a ponerse en pie, Damián podía ver una figura borrosa acercarse, su enemiga hacía honor a sus apodos que la declaraban invencible: a pesar de las heridas y cortes seguía en pie, cubierta de sangre y con los ojos llorosos.


—Realmente eres una diosa —susurró Damián, a punto de morir.


Legión le miró una vez más, pero sus heridas impedían que abriera su ojo derecho, ahora dos cortes terribles cruzaban su rostro y la sangre de sus heridas había ensuciado su pelo. Se agachó con dificultad para agarrar su espada, el Khan pudo ver la armadura rasgada de su enemiga y como la sangre no dejaba de salir, pero a pesar de todo no parecía sufrir igual que él.


—Acertaste —gruñó ella—: uno de los dos no íbamos a salir de esta y ese ibas a ser tú. Tu fantasía de poder termina aquí, y ahora empieza la mía.


—Muérete —contestó el Khan con dificultad.


—eso ya lo harás tú por mí, zorra —se burló Legión volviendo a escupir sobre él.


Se agachó a su lado y usó el filo de su espada para rebanar el cuello del Khan, un corte profundo que destrozó su tráquea y dejó que muriese ahogado en su propia sangre. Sintió la satisfacción de la victoria y disfrutó de los sonidos de desesperación de Damián al tratar de coger aire; era una sinfonía para sus oídos.


“¿Estás seguro de que ha muerto? Supongo que es algo que debería haber pasado, no es una noticia que me haga ponerme a llorar, pero si me deja descolocado. Esperaba que perdiera la vida en algún campo de batalla por culpa de alguna guerra estúpida que hubiera iniciado o incluso que se hubiera ido, dejando de lado esta dictadura militar sin sentido."
—Mariscal Fiodor Tyra, "declaraciones tras la batalla".


La batalla había terminado, Legión arrebató la vida a uno de los individuos más poderosos de toda Eana, pero se sintió insatisfecha: pensó que todo aquel enfrentamiento podría haberse prolongado un poco más, que su regicidio fuese aún más sádico y que pudiera haber saciado todas sus ganas de sangre, pero ningún enemigo estaba a su altura. Malherida fue tambaleándose hasta la silla que ocupaba el Khan y abatida por el cansancio, se sentó esperando recuperarse de sus heridas.


Se desangraba lentamente, pero a pesar de que sus heridas se regeneraban a una velocidad milagrosa, estaba demasiado agotada para resistir el tiempo necesario antes de morir. No podía quitarse la sensación de las frías cuchillas de su rival, era como si aún las tuviera desgarrando su carne. Con torpeza se quitó la coraza —en un estado pésimo como la de su enemigo—, admiró su ropa rasgada y como la sangre no dejaba de fluir, era un dolor al que estaba acostumbrada: tenía muchas heridas de guerra, pero ninguna de esta magnitud.


Al final, casi diez minutos después, Legión cedió a sus heridas mortales y poco a poco cerró sus ojos. Su expresión apesadumbrada, sus lágrimas mezcladas con la sangre y sudor, había tenido muertes mejores, pero esta era una merecida: infravaloró a su rival y le salió muy caro. En aquel momento, en el que su mente quedaba en blanco, solo trataba de descubrir cuando volvería a la vida y cual sería su nuevo destino. Confiaba en la suerte, a pesar de saber lo injusta que era.


“Cuando Legión llegó apenas había unos cuantos guardias fieles al Khan que trataron de protegerle, pero ella los despachó sin mayor esfuerzo. Antes, la marina protegía su palacio al igual que cientos de miles de valientes soldados; ahora la ciudad entera estaba vacía, todos optaron por huir lejos de la tiranía de Damián. Serví en su ejército, si, siempre esperaba ganarme un puesto entre los altos cargos para obtener inmunidad, pero se ve que el imperio del terror que se había maquinado se ha venido abajo por su propio peso. Si me permiten, tengo una nave que coger, me espera una bonita villa en alguna colonia paradisíaca.
—Mariscal Fiodor Tyra, "declaraciones tras la batalla".
25 de Octubre de 2020 a las 10:15 2 Reporte Insertar Seguir historia
3
Fin

Conoce al autor

Joao Martins Hola, soy Joao, escritor de ciencia ficción con algunos toques fantásticos. Soy un procrastinador experto, pero amante de la escritura. ¿Qué más puedo decir?

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Daniel Casanova Daniel Casanova
¡Un estupendo relato! Bien cargado de acción, tensión y belicismo además de un estilo de escritura bastante pulido y muy disfrutable. ¡Sigue así, fiera!

  • Joao Martins Joao Martins
    ¡Gracias por el apoyo, Daniel! Me alegra que te gustase. 3 weeks ago
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