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Capítulo 1

Vivian detesta esta ciudad. La detesta de tantas indescriptibles maneras que no podría comenzar a nombrarlas. Tiene frío, es obvio que tiene frío, pero se está forzando a no frotarse las manos porque siente que el autobús estaba lleno de gérmenes. A ver si ahora aprendes la lección, Vivian. Considera que su madre debe estar pensando que va a gastar sus ahorros restantes en el próximo autobús y que volverá a casa en la primera oportunidad de escapar. No señor, Vivian Morrison no se rinde así de fácil. En la desesperación de encontrarse en una fila con personas que huelen mal, cruza los brazos. Indirectamente lleva la vista hacia su ropa para hacer una mueca de fastidio por ahora tener más bacterias a lo largo de su persona. Una señora muy adulta, debo decir, exageradamente adulta, la mira haciendo un gesto de decepción. ¿No le gusta mi cara? Vaya y cómpreme otra usted, vieja amargada. Es claro que no le dice eso; sólo le sonríe con mucha hipocresía. La señora se da la vuelta con desconfianza y ella no puede evitar sacarle la lengua cuando tiene su frente fuera de visión. Gira los ojos con desagrado. A Vivian ya le había contado su hermana que Central City está sobrepoblada de personas entrometidas. Aparentemente por una cuestión de preocupación colectiva, o alguna teoría de quien es ajeno a la vida cotidiana de una ciudad grande. Vivian blasfema de su opinión. Lo que ella cree es que Kendall no soportó vivir con su padre, o que esta ciudad extraña terminó por espantarla.

Camina de un lado a otro completamente fuera de sí. Golpetea las palmas de sus manos contra los codos, provocando irritación en toda la fila. Un niño se le queda mirando como si estuviera delante de un alienígena. Discretamente, le muestra el dedo medio con suma educación, si entiendes a lo que me refiero. El niño abre la boca y permanece espantado. Ella le sonríe con descaro, porque intenta imitar su irritante mirada. De un momento a otro, el pequeño se hecha a llorar. Está bien, está bien, me excedí. Hora de fugarme de aquí. Sale de la fila para dirigirse con el empleado sacando las maletas del portaequipaje. En una distracción suya, identifica su pequeña maleta en un rincón y sin pedirle permiso a nadie entra en el compartimento oscuro para sacarla entre gateos.

—¿Qué estás haciendo? No puedes agarrar eso —comenta el propio chófer que también las hace de montacargas y despachador.

—Llegaste tarde, amigo. Ya hice el trabajo por ti, así que no esperes propina de mi parte que, si te soy sincera, ni siquiera te iba a dar.

Vivian se ríe mientras coloca su pase de abordar en la boca y arrastra el equipaje a medio romper por el piso de metal. No se olvida de darle una señal de despedida con la cabeza cuando finalmente sale.

—Deberías registrarte en un gimnasio.

—¿Por qué?

—Para que una mocosa no te humille por hacer lo que te toca.

El empleado no entiende a qué se refiere, hasta que voltea con las personas formadas en la fila y las encuentra riéndose de él. Vivian le muestra un dedo arriba para darle ánimos y después se hecha a correr en dirección de la salida. Vivian no sabe hacia dónde está yendo, sólo que quiere salir de la central camionera en la que ha estado atrapada desde hace una hora. Busca todas las salidas de emergencia que se encuentra en su paso de filtros y chequeos, hasta que da con un conglomerado de personas en la zona principal. A Vivian no le gustan los espacios pequeños llenos de personas pequeñas.

—Puta mierda.

En el transcurso de alcanzar la calle, Vivian es aventada, apretujada y hasta manoseada por manos perversas. Siente asco y repudio, pero no tanto como para detenerse y provocar un escándalo en esa fea estación de autobuses. ¿Por qué no conseguí un trabajo para pagar un vuelo decente hasta aquí? Porque soy una pobre miserable y mi familia no me quiere. Eso que reflexiona Vivian en su cabeza no es verdad, pero vamos a dejar que se exprese como quiera, al final, estamos hurgando en su vida y sus pensamientos. Vivian finalmente consigue arrojar sus pertenencias fuera de las puertas de cristal.

—¡Central City, apantállame! —grita Vivian con los brazos extendidos en una escena nada cómica y sí muy ruidosa.

Alguien la calla con un shh, luego un bebé comienza a quejarse. Vivian lamenta haber sido tan espontanea en el segundo que la madre de la criatura comienza a cantar una canción irritante para adormecerlo. Ese niño necesita aprender a vivir la vida ruda. Yo nunca tuve una noche de sueño plácida en el pueblo, y esta señora viene a callarme para cantarle una canción de cuna afuera de una maldita estación de autobuses. ¡Hay un taxista presionando el claxon justo delante de ella! Bien, Vivian, relájate, no es nada en contra tuyo, no es nada en contra tuyo, no es nada en contra tuyo. Sólo que esta gente está un poco cucú de la cabeza. Ten misericordia de ellos y su ciudad plagada de friquis. Vivian no sabe dónde está su padre, pero no quiere incomodarlo en llamarle. El padre de Vivian trabaja en una constructora, no es el dueño, aunque bien podríamos decir que se mereciera tal puesto. El padre de Vivian se encarga de las cuentas de la compañía, es decir, es contador. Vivian detesta cuando su padre intenta enseñarle de contabilidad, y eso es algo que ha venido ocurriendo con más frecuencia desde que sus padres se divorciaron.

Como Vivian no tiene nada más qué hacer que explorar por ahí en lo que a su padre le ocurre aparecer, se concentra en una persona ofreciendo periódicos. Vivian le entrega al señor de tercera edad $5 dólares por un ejemplar, aunque en realidad costaba menos que eso. Lo extraño es que esta persona termina ofendiéndose por el gesto; como si no necesitara de la limosna, o como si Vivian estuviera siendo grosera por ofrecerle más. En un principio no ocurre otra cosa que un intercambio de dinero por un periódico, pero cuando Vivian se aleja comienza a escuchar al señor quejándose al respecto con el siguiente comprador. Ambas personas la miran con desaprobación. Qué bonito lugar me vine a mudar. Aunque no fue tanto mi decisión como una necesidad de alejarme de mi madre. Últimamente no la soporto. Y con el regreso de Kendall a nuestra habitación, mi privacidad era inexistente. Bueno, puede que todavía lo sea, porque mi padre no me despegará el ojo ahora que cumplí 18 y que estoy vagando por la vida.

Vamos a hacer un paréntesis en esta afirmación, porque es importante aclarar que Vivian vino a Central City gracias a una beca que consiguió en la universidad bajo el mismo nombre (CCU). La cosa es que Vivian tiene la idea de sabotear su primer semestre para poder dejar de estudiar. Si bien es correcto decir que Vivian está vagando por la vida, también es oportuno mencionar que es una chica brillante con una actitud pesada y rebelde. Ella… sencillamente no quiere hacer nada. Y eso puede deberse a que no encaja en ninguna parte, apenas concuerda con la necesidad de ir en contra de los demás, en especial de sus padres.

Sí, sí, soy un desastre. Veamos qué tiene el menú de hoy en la ciudad de los locos. Vivian hojea el periódico, sorprendiéndose de inmediato de lo liviano que lo encuentra. Con tantas noticias que se filtran en los condados aledaños, ella creyó que Central City la recibiría con persecuciones, disparos y un estelar como víctima de un reportaje en vivo. Nada de eso ha ocurrido. Estás personas son demasiado extrañas, ¿qué es eso de pagar para que tu perro tenga una página entera en la sección de deportes? ¿Qué tipo de ciudad es ésta? Yo pensé…

—¡Vivian!

El padre de Vivian le grita para que deje de leer y se suba al auto estacionado a media calle. Las bocinas de los conductores molestos no tardan en aparecer en una caravana de carros ejecutivos. Vivian se guarda el periódico en una mochila que llevaba colgada en el hombro con un poco de descontento. ¿Por qué? Porque justo estaba por leer una noticia que le pareció muy interesante. Sólo alcanzó a aprender que un criminal había entrado a un banco a robar, pero que el mismo había aparecido con los brazos atados unos minutos después en la estación de policía. Vivian ni siquiera les presta atención a los saludos desmedidos de su padre, apenas piensa en la noticia que vaga entre sus pertenencias. Vivian arroja su maleta en el asiento trasero del auto y se deja caer entre el hueco y la puerta. No tarda en bajar la ventana y perder la mirada entre las personas que la observan, pero no les está prestando atención a los prejuicios o gestos incómodos. ¿Cómo rayos una persona se entregaría después de, victoriosamente, robarle a un cerdo, a.k.a. un banco? En su lugar, yo me habría montado una fiesta privada en mi isla apartada. ¿Qué es eso de entregarse con la policía? Peor aún, ¿atado de manos? Esta ciudad está más pérdida que una ballena en una piscina… Entonces, si me mudé aquí por mi voluntad, ¿será que eso me hace estar perdida también? Un misterio, esto es un verdadero misterio. Y yo perdí la cordura por creer que pasar 4 años de mi vida en Central City me daría un poco de diversión. Vaya equivocación.



Vivian no conocía esta casa. Parece que su padre la compró hace poco, pero irónicamente no se ve nueva. Vivian se da cuenta del polvo en ciertos rincones de la planta baja y se siente mal porque nadie estuviera aquí para ayudarle. No que su padre no lo pueda hacer por su cuenta, pero consideremos que el señor siempre ha sido un trabajador desmedido, de modo que prioriza su trabajo antes que la limpieza. Como Vivian no conoce a nadie en esta ciudad y de momento está de vacaciones hasta que comiencen las clases de la universidad, se anotó mentalmente a la tarea de ayudar con los quehaceres cuando su padre estuviera trabajando. ¿Por qué hacerlo cuando su padre no la puede ver para agradecerle? Porque a Vivian no le gustan los elogios o que esperen determinada situación de ella. Si algo le nace, simplemente lo hace.

Su padre cocinó un banquete para su bienvenida. Vamos a resaltar que esa es una de las pocas cosas que la emociona de vivir aquí, porque si bien el señor no es cocinero profesional, hace años que se volvió un aficionado de recrear platillos de internet. Ese pasatiempo le dio una habilidad innata para ser creativo en la cocina y poder copiar una que otra comida extravagante con bastante agilidad y perfección. Vivian se lava las manos en el pequeño baño de la planta baja. Al observar una mancha en el espejo frente a ella, le nace el impulso de limpiarla con la manga de la blusa desgastada. Sé que estás pensando que Vivian se viste como un huérfano en situación de calle, pero la única razón de eso es que no le gusta concentrarse en su apariencia. Vivian detesta los colores rosas y femeninos, por eso puedes imaginarte su guardarropa como una colección entera de prendas oscuras y maltratadas. No está intentando imitar a nadie o encajar con algún grupo social, sólo recicla las ropas hasta que un día llega a casa y no las encuentra más en el armario. Supongo que no podrás seguir haciendo eso ahora estoy aquí, ¿cierto, mamá? Apuesto que a Kendall jamás le has tirado nada de su clóset. “Vivian, los pordioseros de la ciudad se visten mejor que tú.” “Vivian, ¿por qué no acompañas a tu hermana al centro comercial para que te compres algo bonito?” Vivian, Vivian, Vivian…

Vivian termina su tarea de limpiar el espejo con un poco más de coraje del que inició. Antes de que llegue a cortarse o romperlo por la fuerza infligida, se acomoda los mechones de su cabello para que no le estorben al mirarse en la imagen cristalina. Puede escuchar a su padre acomodando la mesa. Cierra los ojos y se concentra en cada sonido. Una cuchara, un tenedor, un cuchillo, un plato. A eso le sigue posiblemente un florero o alguna decoración de vidrio. Vivian aísla el sonido de los cubiertos y se pierde en la mezcla de cosquilleos que esto le provoca a sus oídos. No sabe porqué, pero desde hace unos años adquirió esa manía de prestar atención a los ruidos cotidianos. Vivian supone que nadie aprecia los sonidos que nos rodean, como el producido al escribir en un teclado. Ella sí lo hace, más no siente que una sola persona prestando atención sea suficiente para ocasionar una súbita conciencia colectiva. Es por eso que su experimento lo hace cuando nadie la puede ver, porque en el proceso es importante que cierre los ojos.

Cuando ya no quedan más ruidos de vasos y platos por recibir, Vivian regresa a la visión del espejo. Sonríe a sí misma como a modo de cortesía por ese momento de paz y sale del cuarto de baño en silencio. Con las manos limpias y un apetito creciendo por el olor que emana de los alimentos, Vivian puede hacer poco por ocultar la expectativa de lo que preparó su padre. Él sólo se alegra por su hija menor finalmente estar con él, por eso no interpreta de una u otra forma el que Vivian esté mordiéndose los labios mientras observa lo que hay en la mesa. Sabe que por más rebelde que su pequeña sea, jamás tendrá malos modales en el comedor. O eso concluye porque Vivian aún no se hubiera sentado y no esté sirviéndose un plato. El padre de Vivian entiende esto como producto de la buena educación que le dio y se apura en llevar la jarra de limonada rosa hasta la mesa para que puedan sentarse y comenzar a comer. Extrañamente, la expresión de asombro de su hija se desmorona cuando ve la bebida de color rosa. Disgustado consigo mismo por haber olvidado que Vivian detesta ese color, le pide una disculpa y se dispone a retirarlo de la mesa para tomar cualquier otra cosa del refrigerador.

Vivian lo detiene y, sujetándolo del brazo, le dice:

—Déjalo ahí, papá, está bien. No pasa nada, sólo es agua de color.

—Pero no te gusta el rosa. Lo olvidé, lo siento, hija.

Vivian se obliga a tomar la jarra y colocarla ella misma en la mesa. Luego se sirve un poco en un vaso de cristal y se obliga a beberlo. Su desagrado por el color no tiene nada que ver con la calidad de la limonada, porque ya era de esperarse que tendría un sabor fenomenal. Aquello se traduce en el rostro de Vivian y su padre puede hacer poco por evitar reírse.

—Ya vez, no pasa nada. Tu capacidad extraordinaria para la cocina rescata el pequeño defecto que representa el color. Daño colateral por tener un sabor casi prohibido.

Vivian le guiña un ojo y lo invita a que por fin se sienten a comer en la mesa. Su padre sigue su indicación con gusto, porque le fascina haber cocinado para ella. Le fascina aún más que podrá pasar 4 años con su hija y, quién sabe, tal vez la convenza de quedarse ahí. No a vivir con él, claro, porque Vivian es independiente y jamás aceptaría aquello. Aún le sorprende que su hija hubiera declinado la habitación en el campus para vivir con él de manera parcial. El padre de Vivian cruza los dedos debajo de la mesa mientras la observa servirse una gran porción de todos los platillos, con el pensamiento de que algo en Central City pueda conseguir que su hija decida quedarse. Así como él, que un día llegó por trabajo y de pronto no quiso abandonar esa ciudad, espera que Vivian se tope con alguna cosa, lo que sea, que la haga enamorarse de esa incomprendida ciudad. Para su padre, Central City y Vivian tienen muchas cosas en común, sólo es cuestión de que su hija se permita descubrirlo.

24 de Octubre de 2020 a las 00:07 1 Reporte Insertar Seguir historia
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Continuará…

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Yahaira Flores "𝙴𝚜 𝚞𝚗𝚊 𝚒𝚕𝚞𝚜𝚒𝚘́𝚗 𝚙𝚎𝚛𝚜𝚙𝚎𝚌𝚝𝚒𝚟𝚊. 𝚂𝚎 𝚟𝚎 𝚕𝚎𝚓𝚘𝚜 𝚙𝚘𝚛𝚚𝚞𝚎 𝚕𝚊 𝚘𝚛𝚒𝚕𝚕𝚊 𝚎𝚜 𝚋𝚊𝚓𝚊." —𝙵𝚒𝚗𝚗 𝚎𝚕 𝚑𝚞𝚖𝚊𝚗𝚘 Instagram: yahairafloresofficial

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Oscar Fernandez Oscar Fernandez
¡Me ha encantado el primer capítulo! La narración que tienes es MUY buena, me gusta mucho como escribes, le das un toque personal y eso se nota mucho. Me gusta bastante la protagonista Vivian, sobre todo por su caracter tan rebelde y contestona, eso de que esté en primera persona es un acierto, ya que puedes empatizar más con ella. Me parece muy curioso el hecho de que tenga una visión tan pesimista sobre Central City, ni que fuera Gotham xD. Y me llama eso de que aparezca Flash y nadie sepa algo acerca de él, como si estuviese en sus inicios. En general, me ha gustado mucho, espero que lo sigas en un futuro ya que seguiré tu historia. ¡Buen trabajo! ¡Sigue así! x)
October 28, 2020, 22:26
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