rodriguezleo Leo Rodríguez

«Me pediste que te ame y lo hice Anudé mi alma y me la hiciste entregar Así cuando escapé, sólo conservé mis cicatrices Mi otro yo desapareció Ahora no sé a dónde pertenezco…» Dead Memories, Slipknot. [***] La noche en la que Sotetzeg conoció a Cadwgan supo que su vida no volvería a ser igual. El hermoso guerrero era bañado por la luz de la luna, lo que solo podía significar una cosa: tenía la bendición de la Gran Madre. Era el indicado. Finalmente, luego de siglos de búsqueda y espera, no volvería a estar solo de nuevo. Por lo cual el primer dragón no dudó ni un solo instante en tomarlo como suyo, firmando así su propia condena. Una que ni siquiera la muerte podría romper…


Romance Sólo para mayores de 21 (adultos). © Todos los derechos reservados

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Cuento corto
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Capítulo único

La luz de la luna bañaba el cuerpo del hombre. Amparado por la oscuridad de la noche, Sotetzeg le admiró durante minutos, que pudieron haber sido horas o una eternidad, fascinando por la apariencia del forastero. Si bien «hermoso» no era la palabra que le describía, continuaba poseyendo una belleza tosca y viril digna de un guerrero.

A juzgar por las cicatrices en su bronceada piel, el hombre era uno.

Por primera vez desde su nacimiento Sotetzeg percibió el latido apresurado de su propio corazón y la sangre caliente dentro de sus venas.

El hombre se inclinó para lavarse el rostro en las aguas del Rio de las Almas. Sotetzeg contuvo el aliento, deleitándose con la maravillosa visión del duro cuerpo exponiéndose ante él. De no ser na idea ridícula, hubiera podido jurar que el hombre se ofrecía a sí mismo. Pero ¿qué probabilidades habían? De advertir su presencia, guerrero o no, correría despavorido para ponerse a salvo.

Después de todo, ¿quién en su sano juicio no temía a un monstruo?

Aun así, Sotetzeg continuó fantaseando despierto con el hombre frente a él, anhelando cosas demasiado profundas para entenderlas. El roce de sus labios, caricias de sus dedos, sentirlo en lugres que estuvieron muertos hasta esta noche.

¿Por qué ahora…?

El hombre volvió el rostro. Sotetzeg se quedó dolorosamente sin aliento al encontrarse con aquel magnífico par de ojos castaños que le miraron con curiosidad; no horror, sino el más genuino de los intereses. Y luego, esa sonrisa… ¿Cómo describir con palabras lo que se sentía como una caricia en su, antes, muerto corazón? Maravillosa y perfecta, le pareció la de una deidad.

Ni siquiera la de la Gran Madre era tan brillante y llena de calidez.

—Hey —murmuró el hombre.

Su voz grave y rasposa logró erizar el cuerpo de Sotetzeg. ¿Qué estaba ocurriéndole?, no comprendía. Comenzó a sentirse como un niño, de nuevo, estúpido y sin respuestas.

—Hey —repitió dando pasos lentos fuera del agua—. No me temas. Estoy desarmado, ¿ves?

Sin poderlo evitar, Sotetzeg rio de las palabras del hombre. Armado o no, ¿existía diferencia cuando podría comérselo en un bocado? Sin embargo, él no quería usar su boca o dientes para herirlo.

—No tengo miedo —respondió antes de darse cuenta de lo que hacía.

Sotetzeg deseó golpearse a sí mismo por esto. Hablar cerca de los hombres humanos nunca fue una buena idea, tampoco de las mujeres o niños. Eran fáciles de intimidar y la mayoría terminaba corriendo lejos de él.

Con un poco de suerte, ninguno regresaba; pero cuando lo hacían jamás se encontraban solos.

Para su sorpresa, el hombre no demostró ni un ápice de temor; por el contrario: continuó avanzando hacia él, buscándole en medio de las sombras que Sotetzeg utilizaba para ocultarse.

—Oh, ¿en serio? —dijo, Sotetzeg detectó diversión en su voz—. ¿Y por qué no te muestras? Sé que estás ahí. Aunque no te veo, puedo sentirte.

Asombrado, Sotetzeg estudió con detenimiento al hombre. En el pasado nadie pudo percibir su presencia, era un don —él lo creía una maldición— de la diosa. Un sello bendito y casi irrompible. A pesar de sus reproches, ella nunca dejó de insistir con que lo hizo para protegerlo de la maldad y el horror. Del dolor y la muerte.

Siendo así, que este humano pudiera percibirle, ¿qué significaba?

El recuerdo de uno de sus hermanos uniéndose a quien llamó «la única» le vino a la mente. La manera en la que habló sobre la mujer: ojos brillantes y enorme sonrisa, mientras relataba cómo fue de mágica la noche en el cual la encontró. Sus palabras hicieron eco en la cabeza de Sotetzeg: «La luna brillaba sobre ella, me miró y lo supe. Gran Madre la había creado para mí. Pude sentirlo en mi corazón, hermano, era ella». Al considerarlo, todo cobró sentido.

Era el indicado. Finalmente, luego de siglos de búsqueda y espera, no volvería a estar solo de nuevo. El alma de Sotetzeg lloró de felicidad.

Aunque no fue impulsivo antes de esta noche, tampoco fue capaz de detenerse cuando se expuso a sí mismo ante el hombre. Sotetzeg esperó la sorpresa en su rostro seguida por el terror; gritos maldiciones y la usual huida. Lo que obtuvo, no obstante, le paralizó: una sonrisa, amplia, brillante y preciosa… para él.

Los ojos del hombre se ampliaron ligeramente, después se estrecharon llenándose de afecto mientras él le sonreía y alargaba la mano para tocarle. Incluso si lo hubiera querido, Sotetzeg fue incapaz de moverse. Los dedos del hombre se sintieron suaves sobre su piel y llenaron de calidez su gélido interior, pudo sentirlo como agua tibia recorriéndole. Y, entonces, algo desconocido sucedió: lágrimas. Un milagro.

Los monstruos no lloraban.

—Eres hermoso —murmuró el hombre. Su tono se había suavizado, volviéndose dulce.

Él movió la mano hacia la mejilla de Sotetzeg y limpió las lágrimas con su palma, sin jamás dejar de sonreírle. ¿Por qué no estaba huyendo?

—¿No me temes?

La cabeza del hombre se ladeó y sus cejas se juntaron en un gesto de confusión absoluta.

—¿Quién podría temer a una criatura tan magnífica como tú?

Sin importar que hubiera escuchado las palabras, Sotetzeg no pudo creerlas.

—Todos los humanos nos temen.

—No yo —dijo.

Ni siquiera se molestó en añadir a su declaración. Directo y simple. Sotetzeg no pudo evitar la sonrisa que se formó en sus propios labios.

Respirando profundo, cerró los ojos y permitió al hombre que protegía en su interior salir a la superficie. Sus huesos crujieron al cambiar y la oscura piel que le cubría se retiró hasta exponer la pálida del humano que la Gran Madre colocó dentro de él. Desnudo ante el hombre, no supo cómo debía sentirse.

El desconocido frente a Sotetzeg no se movió. Como si le hubiera esperado durante toda su vida, continuó mirándole con la más ferviente adoración.

—Eso fue impresionante —murmuró.

Sotetzeg inclinó la cabeza, avergonzado, y se rascó la mejilla.

—Sí, yo… —Se aclaró la garganta su voz aún era demasiado feroz—… Yo puedo hacer eso.

—¿Todos los dragones?

Sotetzeg rio entre dientes.

—Solo yo. No hay más dragones de mi clase.

—Oh.

—Realmente, ¿no tienes miedo?

El hombre negó con la cabeza, un movimiento grácil que resultó confuso dada su apariencia.

—¿Debería?

—Soy una bestia, podría matarte.

—Pero no estás haciéndolo. ¿Empezarás ahora, debo correr por mi vida?

—No.

—Bien.

Sotetzeg se mordió el labio inferior, tan nervioso como no lo estuvo antes.

—Me disculpo por haber espiado, yo solo… No quería… Te vi… —Gruñó de frustración—. Madre, ayúdame.

El hombre dejó salir una risa baja y alegre.

—Somos hombres, no me molesta, aunque si es un problema para ti…

—¡No! Quiero decir, la desnudez no es un problema para los de mi clase; pero los humanos… Bueno, creí que les molestaba.

—No a este.

—¿Por qué?

—¿Por qué no?

—Pues, no lo sé. Los humanos son criaturas complicadas.

El hombre apretó los labios por un instante.

—En realidad, somos criaturas simples, en especial los hombres. Todo lo que necesitanos es comida y sexo.

Sotetzeg no pudo explicar la decepción que lo llenó. Fue como si una mano invisible apretase su alma hasta hacerla doler.

—Ah…

—También amor, pero es difícil de conseguir, en especial para alguien como yo.

—¿Por qué?

—Creí que, a estas alturas, ya lo habrías notado.

—¿Qué cosa?

—Estoy tratando de seducirte.

—¿Lo haces?

El hombre rio.

—Lo hago, pero debo de ser terrible o tú… no estás interesado.

Sotetzeg juntó las cejas en un ceño fruncido.

—¿Por qué quieres seducirme?

La confusión llenó los ojos del hombre. Sotetzeg pudo ver el segundo en el cual su alma comenzó a vacilar y a romperse, como si se sintiera avergonzado de sí mismo, de quien y lo que él era. Sotetzeg se apresuró a disculparse, él le interrumpió:

—No lo sé. Debería sentirme aterrado, ¿verdad?, eres un dragón con apariencia humana. Una aberración, un monstruo. Y aun así… —Ahuecó la mejilla de Sotetzeg con su mano—, no puedo evitar sentirme atraído. Dragón u hombre, eres hermoso y te deseo.

Sotetzeg tragó con fuerza. Un nudo de dolor se había formado en su garganta e impedía que pudiese respirar. Este humano desconocido logró poner en palabras lo que él estuvo sintiendo desde que lo vio. Sin dudas, amos se encontraban conectados.

Tembloroso, Sotetzeg extendió la mano hacia el hombre y la presionó contra su mejilla. La espesa barba le raspó la palma y provocó un cosquilleo en su piel.

—Me siento igual —murmuró como respuesta—. Quiero que seas mío.

La nuez de Adán del hombre se movió dos veces, sus fosas nasales se dilataron mientras él respiraba profundo y asentía.

—Me tienes.

Sotetzeg negó con la cabeza, acariciando la mejilla del hombre con su dedo pulgar.

—No entiendes. Mío para siempre, si te tomo nunca te dejaré ir.

—No quiero irme.

—¿Cómo puedes estar seguro? Me acabas de conocer.

—No lo puedo explicar, te necesito de maneras que no comprendo. Te siento en mí, tan profundo que duele.

Sotetzeg creyó que gritaría de dicha, la más absoluta e inexplicable felicidad.

—Tienes que pedirlo, someterte a mí, entregarme todo y yo lo tomaré.

El hombre retrocedió lejos de su alcance. Sotetzeg se preparó para la inminente huida de su otra mitad y el eterno dolor que lo llevaría hacia la muerte. Después de haberle conocido, no podría vivir sin él. Sin embargo, su asombro fue desmedido al verle inclinarse ante él como su esclavo.

De rodillas y con las manos en la espalda, él separó sus piernas como una invitación.

—Por favor, tómame —pidió.

Sotetzeg se aproximó al hombre y le sujetó la barbilla entre los dedos, alzándole la cabeza hizo que le mirase a los ojos.

—¿Cuál es tu nombre?

Él no vaciló.

—Cadwgan, hijo de Braith, señor de Drankelhat y su único heredero. Soldado del rey.

Sotetzeg sonrió.

—Escucha bien, Cadwgan, te diré mi nombre y te atarás a mí por medio de él… para siempre.

Cadwgan le devolvió la sonrisa.

—¿Es una promesa?

—Es un juramento que firmaré con mi sangre. Pero debes saber que mi nombre es mi alma y cualquiera que lo sepa podría matarme.

—Jamás te traicionaría.

—Confío en ti.

Cadwgan movió la cabeza y capturó los dedos de Sotetzeg con sus labios, él respiró profundo.

—Sotetzeg —murmuró afectado—. Mi nombre es Sotetzeg Ipphèas-Vatryen, primogénito de la Gran Madre, a quien los humanos veneran como la Doncella y la Luna, y el único de sus hijos que es un dragón.

El asombro en los ojos de Cadwgan no pasó desapercibido para Sotetzeg, quien a pesar de todo se mantuvo en silencio, por lo que él continuó:

—Ahora que sabes mi nombre, únete a mí.

Cadwgan apretó los parpados, tomando aire tan profundo como le fue posible y se concentró. Sotetzeg aguardó silencioso, sabiendo que el hombre buscaba las palabras en su interior.

Cuando él volvió a mirarle, supo que las había encontrado.

—Yo, Cadwgan, me ato a ti, Sotetzeg Ipphèas-Vatryen, por medio de tu nombre y sangre. Te entrego mi alma para siempre, por favor, tómala… Toma todo de mí, te pertenezco.

Sotetzeg sintió cómo su corazón, que palpitaba furioso, se detuvo por un instante. Cadwgan jadeó cayendo sobre sus manos, Sotetzeg se apresuró a sostenerlo y en cuanto sus pieles se tocaron percibió cómo sus almas se abrazaban una a la otra. Sin embargo, no estaba completo. Por lo que Sotetzeg movió su rostro hacia la curvatura del cuello de Cadwgan y hundió los dientes en su carne, tan profundo como le fue posible. La piel y el músculo se abrieron ante él y la dulce sangre del hombre le llenó la boca.

Un poco más…

Con su larga uña, se hirió a sí mismo en la muñeca y la movió hacia los labios de Cadwgan. El hombre no dudó el beber de ella. Solo en ese momento, corazón comenzó a latir en sincronía con el de Cadwgan.

Estaba hecho.

Se miraron a los ojos. Sotetzeg descubrió una vulnerabilidad que no estaba en ellos antes. Ahora que podía ver el alma de su compañero, también sentía sus emociones, cada una de ellas más profunda que la anterior, lo arroparon.

Cadwgan se movió hacia él. Sotetzeg cerró los ojos al percibir los labios del hombre sobre los suyos, en un beso suave y casi tímido que le supo a gloria. Incluso si él no fue besado antes, supo cómo corresponderle y tomar el control de inmediato.

Sus instintos se encontraban a flor de piel y todo lo que deseaba era dejarlos salir.

El brazo de Cadwgan le rodeó los hombros. Sotetzeg se dejó guiar hasta quedar tendido sobre el cuerpo de su compañero, cómodo entre sus piernas. El calor de sus cuerpos juntos y la sensación de sus pieles rozándose le hizo suspirar de placer.

En el cielo, la luna brillaba hermosa como él jamás la había visto. Como si la Gran Madre los bendijese, ella los cubría con su luz. Y el suave viento de la noche mecía las copas de los árboles, produciendo una sutil melodía. Parecía como si el cielo y la tierra celebrasen su unión con Cadwgan y Sotetzeg pensó que no necesitaba más que este instante para ser feliz.

Porque ya no estaba incompleto ni solo.

—Eres perfecto —susurró sobre sus labios.

Cadwgan le obsequió una sonrisa, aunque pequeña, preciosa y llena de afecto.

—Tú lo eres —respondió—. Hombre o dragón, eres precioso.

Sotetzeg sintió sus mejillas calentarse y trató de esconder el rosto, Cadwgan se lo impidió al volver a besarle. Mientras sus lenguas se frotaban juntas, Sotetzeg sintió la mano de Cadwgan desliarse despacio sobre su pecho y descender hasta el lugar en el cual sus cuerpos se unían. Él tomó ambos penes en su mano e inició un lento vaivén, haciendo que Sotetzeg se olvidara de cómo hablar y formar palabras.

Pronto, el ambiente se llenó de gemidos, murmullos y suspiros de satisfacción.

Las respiraciones de ambos se volvieron irregulares. Cadwgan aceleró el movimiento de su mano. Pronto, sintió como el calor se extendía a lo largo de su cuerpo y la necesidad de hacer… Él no tenía idea de qué, pero lo necesitaba con desesperación.

Cadwgan gritó, aferrándose a él con su brazo libre. Sotetzeg sintió líquido caliente manchar su abdomen. Entonces, él también gimió con fuerza, corriéndose tan duro que creyó haber vaciado su alma dentro de la mano del hombre. Cansado, se dejó caer sobre Cadwgan, quien le abrazó.

Sotetzeg besó la frente de Cadwgan y lo atrajo hacia su propio pecho. La noche estaba fría y la bestia dentro de él comenzó a exigirle proteger al hombre. Si bien Cadwgan era un soldado, eso no le volvía invulnerable. Por tanto, Sotetzeg liberó de nuevo a su dragón y cubrió al hombre con sus alas negras, que poseían destellos azules y rojizos.

Aletargado, Cadwgan alzó su rostro hacia él.

—Tienes ojos hermosos —dijo en tono bajo y cómplice—. Como gemas: zafiro y rubí.

—¿Te gustan las joyas?

—¿Y a quién no?

—Las conseguiré para ti, todas las que desees.

Cadwgan sacudió la cabeza, negando.

—Prefiero tus ojos… y a ti.

Aquellas palabras, tan honestas como las percibió, conmovieron el corazón de Sotetzeg. En ese minuto decidió que, sin importar cuánto le costase o si incluso debía incendiar el cielo, no permitiría que nadie los separase jamás.


[***]


Después de haber cruzado las altas Montañas Purpúreas y el velo que los mantenía ocultos de la humanidad, Sotetzeg descendió en lo profundo del Bosque Sagrado sosteniendo a su compañero con las garras. Cadwgan durmió durante todo el viaje, Sotetzeg supuso que debido a su reciente unión. Él no era ningún experto, sin embargo, le pareció lógico debido a que también se sentía cansado.

Aún ahora lo estaba.

Tan pronto como sus patas tocaron tierra, Sotetzeg dejó a su compañero suavemente y retomó su apariencia humana. Esta vez, la piel del dragón le cubrió el cuerpo como un traje del color de sus alas.

Una sonrisa se le formó en los labios al ver el rostro tranquilo de Cadwgan. A pesar de no saber cómo reaccionaría al hallarse tan lejos de su propio hogar, Sotetzeg mantuvo la esperanza. Ahora que se encontraban unidos, nada en el mundo podría separarlos, solo tal vez la muerte, y él mataría a cualquiera que tratase de alejar a su compañero.

Un sentimiento desconocido hasta ese momento nació el corazón de Sotetzeg. Como fuego propagándose en medio del bosque, lamiendo el agua y consumiendo la vegetación, él comenzó a desbordarse. Tan profundo e intenso que dolía.

Sotetzeg se descubrió a sí mismo rugiendo y gruñendo sin control mientras se enterraba las uñas en las palmas de las manos.

—¿Qué es esto?

La imponente voz de uno de sus hermanos mayores trajo a Sotetzeg a la realidad. Manteniendo la calma, se volvió para encontrarse con el par de ojos desiguales que le observaban con desconfianza.

Oro y sangre con el infierno ardiendo en su interior.

—Un macho humano—respondió con simpleza.

Su hermano mayor resopló molesto. Sotetzeg se preparó para la reprimenda.

—Ya sé lo que es. No me digas que te lo robaste.

—No lo hice.

—Ah, ¿no? Es humano y tú un dragón, dudo que viniera por voluntad propia.

Sotetzeg trató de no sentirse ofendido. Si bien tenía razón, son dejaba de ser doloroso. Él jamás entendería por qué de entre todos los hijos de la Gran Madre era el único al cual los humanos temían y odiaban tanto como para no poder siquiera verle.

Tanto como para iniciar crueles y sangrientas cacerías en contra de los dragones salvajes.

—Es mío.

—¿Tuyo? ¿Cómo que tuyo?

Bueno, Sotetzeg dudaba que su hermano mayor fuera en realidad así de denso. ¿Acaso jugaba a acabar con su paciencia? Esto no tenía sentido. Se preparó para responderle, otra voz interrumpió sus palabras:

—¿Por qué no dejas de molestar? Sabes a lo que él se refiere, Dris.

Sotetzeg miró por encima del hombro de su hermano mayor hacia el otro hombre, que tenía una media sonrisa burlona en los labios. Sus medianos ojos turquesas tenían ese brillo azul que reflejaba a la luna y su cabellera oscura era mecida por el viento.

Sotetzeg inclinó la cabeza como saludo.

—Gracias, Bane.

—Lo que digas —respondió.

Sotetzeg medio rio medio bufó. ¿Por qué se molestaba? Bane siempre había sido un amargado e irónico lobo, al que no le importaba nadie más que sí mismo.

Quizás su pareja.

—Siempre estás arruinando mi diversión —se quejó Dris.

Bane entrecerró los ojos sobre él como una amenaza silenciosa. Sotetzeg dio un paso hacia atrás. Incluso si no era un cobarde y superaba en tamaño y fuerza a sus dos hermanos, no era un imbécil para meterse en sus riñas amorosas. La última vez terminó con el ala lastimada.

—Yo voy a darte tu diversión, maldito gato.

Dris resopló, cruzándose de brazos.

—¿Tú y cuál ejército?

Bane levantó una ceja.

—No lo necesito.

Sotetzeg no detuvo el rugido que vibró desde su pecho. Si sus hermanos querían matarse uno al otro no se interpondría; sin embargo, ellos deberían hacerlo en otro lugar. Lejos, muy lejos de Cadwgan. No iba a arriesgarse a que, por error, el hombre terminase herido.

—Él está despierto.

Confundido, Sotetzeg se volvió hacia la tercera persona que le hablaba. Los ojos perlados de su hermano pequeño se encontraban fijos en Cadwgan, quien parecía a punto de levantarse para huir.

—¿Qué…? —Cadwgan balbuceó.

Una pálida mano apareció frente al rostro de Cadwgan. Sotetzeg no pudo evitar la sonrisa que se formó en sus labios al encontrarse con la genuina curiosidad en el rostro de su hermanito.

—Soy Fyon —añadió con su tono dulce—. ¿Cómo te llamas? Hueles a dragón, ¿eres uno? Nunca había conocido a un dragón, bueno, a otro.

Cadwgan parpadeó confundido.

—¿E-estoy soñando?

Fyon dejó salir una alegre risa baja.

—No, porque yo también estaría soñando y eso sería perturbador. A menos que puedas entrar en los sueños de otros, ¿puedes?

Bane rezongó una maldición.

—Ya cállate, lo aturdes.

El pálido rostro, de mejillas sonrosadas, de Fyon se contrajo por la tristeza.

—Bueno —murmuró.

Sotetzeg sintió pena por el chico. Era demasiado joven, doscientos años, él ni siquiera maduraba todavía.

—¿Por qué no vas a jugar? —sugirió Sotetzeg.

Fyon asintió, moviendo la cabeza casi eufórico.

—Eso hacía, pero no encuentro a nuestra hermana. ¿La han visto?

—¿Ya buscaste cerca del arroyo? Ella siempre utiliza las cuevas.

Los ojos de Fyon se iluminaron.

—¿Cómo no lo pensé antes? ¡Ahora yo seré el ganador! —dijo y comenzó a correr en dirección opuesta—. Nos vemos.

Cadwgan volvió el rostro hacia Sotetzeg. La forma en la cual le miraba hizo que su corazón se contrajese por el dolor y le hizo comenzar a arrepentirse de haberle traído sin preguntar primero. ¿Honestamente?: no pensó que importase; pero ahora lo hacía. Tal vez Cadwgan no había entendido la magnitud de su unión, pensando que solo se trató de palabras sin sentido y sexo. Él hombre podría no estar preparado.

Considerarlo así, hizo que un nuevo sentimiento se despertase dentro de él: oscuro y desgarrador, al que no supo darle un nombre.

—Cadwgan…

—¿Dónde estoy?

Dris dejó salir un silbido y entrelazó sus dedos con los de Bane. Sin decir una palabra, ambos se retiraron, dejándoles solos en medio del bosque.

—Sot…

—¡Shhh!, no digas mi nombre.

Cadwgan tragó con fuerza y confirmó silencioso.

—¿Cómo debo referirme a ti?

Sotetzeg se puso de rodillas frente a su compañero y tomó su mano entre las propias.

—Zeg —respondió—. Es el modo en el que debes llamarme, incluso frente a mis hermanos.

—Pero el niño… me dijo su nombre.

—Ese no es su nombre. —Sonrió—. Al igual que Dris o Bane no son los de mis hermanos mayores.

—Entiendo. —Tomó aire profundamente—. ¿Dónde estamos? ¿Qué es este lugar?

Sotetzeg se mordió el labio inferior, tan inseguro como no se sintió antes.

—Casa —murmuró y luego más alto—: Es mi hogar… Nuestro hogar.

Los ojos de Cadwgan se ampliaron en su rostro, llenos de sorpresa y un poco de temor. Sotetzeg le apretó la mano con fuerza y la atrajo hacia su pecho, donde la sostuvo.

—No mentí cuando dije que, al ser mío, nunca te dejaría ir. No puedo.

—¿Quieres decir que no podré regresar?

Sotetzeg fingió no haber sido lastimado por la declaración de Cadwgan.

—Puedes, si es lo que deseas. No te detendré.

Cadwgan movió la mano hacia el rostro de Sotetzeg y presionó la palma contra su mejilla, sonriéndole con amabilidad.

—Tampoco mentí cuando dije que no me quiero ir de tu lado.

—Pero…

—Aún tengo un padre y una madre, hermanos. No puedo desaparecer, marcharme sin siquiera despedirme.

Hasta ese instante, Sotetzeg no había pensado en la vida humana de Cadwgan. Como dragón, él estaba acostumbrado a ir y venir a su antojo, sin ataduras ni complicaciones. Fue creado para ser libre. Los humanos, no obstante, se ataban a sus vidas terrenales y a todo tipo de obligaciones que él no comprendía.

Sin importar que también tuviese una madre, ella era más una fuerza que los protegía y acompañaba que un cuerpo tangible.

—Perdóname, fui egoísta. Pensé…

—Quiero estar contigo, sin embargo, no puedo abandonar mis deberes.

Sotetzeg movió el rostro hasta besar la mano abierta de Cadwgan y después colocó la suya sobre la de él. Le gustaba cómo se sentían sus pieles al tocarse.

—Hay un modo. Tú podrías ir con ellos cuando y todas las veces que quieras, y volver conmigo.

—¿Es posible?

—Sí. Te enseñaré, solo júrame que nadie lo sabrá. Si los humanos nos descubren querrán matarnos.

—Nunca lo haría.

—Confío en ti.

Sonriéndole, Cadwgan frotó sus narices antes de besarlo. Él dragón se olvidó de pensar.

Los días junto a Cadwgan se escurrían en sus manos como el agua, mientras que aquellos en los cuales se mantenían alejados eran como una eternidad detrás de la otra, en las que sufría un profundo dolor.

A veces, se descubría a sí mismo deseando en secreto la muerte de los padres de Cadwgan para tenerle solo para él. Odiaba compartirle con personas que, sin dudar, lo asesinarían de saber que se unió a un monstruo. A pesar de no entender qué estaba sucediéndole, Sotetzeg abrazaba los sombríos sentimientos que recorrían sus venas como lava y veneno.

Primitivos y peligrosos, ellos le empujaban hacia el abismo sin retorno.

Pronto, Sotetzeg dejó de percibir al alma humana en su interior, esa que debía proteger a toda costa. Como si hubiera sido destruida hasta no dejar rastro, todo cuanto halló dentro de él fue a sí mismo. Fieros ojos de serpiente que le mostraban su verdadera forma, envuelto en las llamas de la corrupción, el padre del absoluto dolor y la miseria. Entonces comprendió la naturaleza de su nombre: Oscuro dragón ardiente, y la abrazó.

Antes de darse cuenta, Sotetzeg perdió toda su voluntad, comenzando a ceder a los deseos de Cadwgan sin importar cuán grandes o pequeños fuesen ni cuestionarlos. El hombre era su compañero y alma gemela, un dios entre los dioses, incluso más importante que la Gran Madre.

Todo lo que necesitaba para ser feliz.


[***]


Sotetzeg jamás fue consciente del tiempo hasta que, sin darse cuenta, transcurrió poco más de medio año.

Sin un alma humana a la cual proteger ni sentimientos más allá de los oscuros y retorcidos que nublaron su juicio, Sotetzeg se convirtió en un verdadero monstruo. Soberbio y codicioso, se dedicó a acumular una incalculable riqueza para su compañero, que obtuvo al derramar sangre inocente. Lleno de una inexplicable ira que se desataba en los momentos menos oportunos, atacó a cada uno de sus hermanos cuando estos trataron de acercarse a él. Solo Cadwgan tenía el poder de calmar la furia que bullía en su interior, aunque sin traer de vuelta al humano, todavía tranquilizaba a la bestia que con el paso de los días se apoderaba de Sotetzeg.

Una noche mientras observaban el cielo nocturno, acostados sobre la hierba húmeda, uno al lado del otro, Cadwgan se volvió hacia Sotetzeg. De forma inexplicable, sus ojos brillaban como gemas carmesíes y en su interior, las almas de los condenados parecían arder en el infierno. Lejos de asustarle, atrajo el corazón de Sotetzeg.

—He estado pensando… —Cadwgan vaciló—, ¿por qué debes someterte a tus hermanos, siendo tú el más grande de todos?

Sotetzeg respiró profundo, considerando la pregunta de su compañero. Desde que rompió el cascarón y fue recibido por Dris, las cosas habían sido de la misma manera: él mandaba y todos obedecían. Sin importar cuán poderosos pudieran ser, ellos respetaban al viejo león debido a que fue su figura paternal mientras crecían.

—No lo sé —confesó en un murmullo, y luego más alto—: Supongo que al ser uno de los menores…

—Pero eres el único dragón, ¿no deberían ellos respetarte?

—Me respetan.

—Te tratan como a un niño.

—¿A qué te refieres?

Cadwgan exhaló de forma pesada y entrelazó sus dedos con los de Sotetzeg.

—Quiero decir, Dris y Bane siempre estás molestándote; Hartz no considera tu opinión importante porque «eres demasiado joven» y Zyun te llama «cachorro». Hasta ese pequeño hurón se burla de ti. No me parece justo.

—Ellos no hacen eso.

—Lo hacen.

Sotetzeg apretó la mano de Cadwgan, sintiendo cómo la furia en su interior se incrementaba con rapidez. Necesitaba calmarse y necesitaba hacerlo ahora, de lo contrario… Tomó una respiración profunda y contó hasta diez, exhaló despacio.

—Creo que tienes razón, pero ellos son mis hermanos.

—Naciste para ser temido, no un simple bufón.

—No soy un bufón.

—Lo eres para ellos; pero para mí… eres lo más cercano a un dios.

Sotetzeg guardó silencio, confundido. La oscura voz dentro de él susurró que su compañero no mentía, ¿cómo no se dio cuenta antes? Hacerlo ahora, gracias a Cadwgan, le hizo sentir estúpido.

Una enorme bestia tonta.

Cadwgan giró hasta quedar frente a Sotetzeg, alargó la mano hacia su rostro y le acunó la mejilla con ella.

—No quise lastimarte —murmuró—, perdóname.

—No lo haces, tú eres el único que puede entenderme.

—Pero…

—Me siento como un estúpido ahora mismo. De no ser por ti, jamás me hubiera dado cuenta y continuaría siendo la diversión de mis hermanos.

—Soy tu compañero, ese es mi deber.

—Te amo.

Cadwgan no vaciló.

—Y yo a ti. Ahora que lo sabes, ¿qué harás al respecto?

—No lo sé. ¿Qué hacen los humanos cuando descubren la verdad?

—Cobran venganza y toman lo que es suyo.

—¿Y qué es mío?

Una sonrisa se trazó en los labios de Cadwgan, pequeña y astuta, ella prometía grandes cosas.

—Eres el rey de los dragones, el mundo entero te pertenece.

El corazón de Sotetzeg palpitó furioso, exigiendo una justa retribución por los siglos de humillaciones a los que fue sometido. Demandó las lágrimas vidas de sus hermanos, incluso las de la Gran Madre.

El maldito cielo sangraría.

—¿Estarás ahí para ser mi consorte?

—Más allá de la muerte.


[***]


Cuando la celebración a la Primera Luna llegó, fecha en la cual la Gran Madre descendería para convivir junto a sus hijos, Sotetzeg se encontraba preparado. Consumido por su propia oscuridad, se alió con los enemigos de la diosa y vendió a sus hermanos, al revelar las debilidades de cada uno, por la promesa de un poder que nunca antes anheló.

Así, por primera vez desde la creación del universo, los humanos fueron introducidos en el Bosque Sagrado, que se encontraba en lo alto de las Montañas Purpúreas y escondido detrás del Velo de la Doncella. Hasta entonces, solo los hijos de la Gran Madre y aquellos a quienes ella creó para ser su compañía eterna tenían permitido cruzarlo.

Esa noche, el cielo se encontraba especialmente adornado con estrellas y la luna, grande y hermosa, brillaba en su punto más alto con destellos de plata. Sotetzeg, sin embargo, no halló nada especial en ella. Le pareció demasiado lejana, gélida como la más feroz noche de invierno, solitaria como su antigua existencia.

La música estridente llenaba el Bosque Sagrado. Mientras los hijos de la Gran Madre y sus parejas se encontraban reunidos alrededor del fuego, Sotetzeg introdujo al batallón al cuan Cadwgan pertenecía.

Ninguno de sus hermanos fue consciente del peligro hasta que se precipitó sobre ellos y les cubrió como una densa sombra de muerte.

Con una satisfacción no experimentada en el pasado, Sotetzeg les vio caer sobre charcos de su propia sangre, muchos de ellos aferrados a sus parejas e hijos. Los gritos se alzaron al cielo y la luna se tiñó de carmesí al igual que sus ojos. Sotetzeg ni siquiera luchó contra la sonrisa que se dibujó en sus labios.

Aquí estaba, ese maravilloso poder del cual Cadwgan le habló. Podía sentirlo ahora, recorriéndole las venas, fluyendo a través de él. Un bramido se construyó en su pecho y vibró todo el camino fuera de su garganta. Dejándose guiar por la oscuridad en su interior, Sotetzeg abandonó la inútil piel humana que le cubría y dejó al descubierto su verdadera apariencia: una imponente bestia de dos cabezas y diez cuernos, negro como el abismo con destellos de sangre.

Dragón de Tinieblas.

Sotetzeg voló sobre el bosque, incendiando todo a su paso. Incapaz de sentir misericordia o remordimientos, destruyó todo aquello que una vez fue importante y llegó a amar. Lo único en su cabeza era oscuridad y la imagen de Cadwgan ofreciéndole su mano mientras le sonreía.

Cuando esto terminase, gobernarían juntos la creación de los dioses.

Desde el alto cielo, Sotetzeg observó la imagen de Dris, en su forma humana, sosteniendo el cadáver de un imponente lobo negro. El hombre lloraba a gritos llamándole, suplicando que abriese los ojos para volver a mirarle. Un segundo después, una espada cortaba su cabeza, la cual el soldado alzó en señal de victoria.

En otro momento aquella imagen le hubiera conmovido; ahora, no obstante, él no podía sentir nada en absoluto.

Un profundo dolor atravesó su pecho, haciéndole caer en picada. Sotetzeg logró estabilizarse antes de colisionar contra los árboles del bosque. Bajó la mirada hacia el lugar donde dolía, se sorprendió de encontrar una enorme lanza perforándole la piel. Sangre negra goteaba sobre el pasto y lo consumía.

¿Qué significaba esto?

Confundido, buscó a Cadwgan con la mirada. El horror heló cada uno de sus huesos al encontrarse rodeado por al menos una docena de hombres armados hasta los dientes, siendo liderados por su compañero.

—¿Cadwgan?

—¡No se separen! —ordenó a sus soldados—. ¡Firmes!

—Cadwgan, ¿qué significa esto? —se atrevió a preguntar aun sabiendo la respuesta.

Los labios del hombre arquearon en una sonrisa que nunca antes vio: soberbia y maliciosa, acompañada de una mirada de profundo desprecio… hacia él.

—Esto nunca hubiera sido posible sin ti —respondió con burla—. Mil gracias, mi señor.

Como si aquellas palabras lo hubieran hecho real, Sotetzeg rugió lleno de furia y dolor.

—¿Por qué?

—Mi nombre es Cadwgan, hijo de Braith, heredero del trono Drankelhat. —Rio entre dientes—… Soldado del rey.

—¿Q-qué?

—Estás atado a mí por tu nombre —continuó— y cualquiera que lo sepa podría matarte.

—No…

—Tu nombre es Sotetzeg…

—¡No! ¡Detente!

—Sotetzeg Ipphèas-Vatryen, primogénito de la Gran Madre, a quien los humanos veneran como la Doncella y la Luna, y el único de sus hijos que es un dragón.

Gritando, con un horrible dolor recorriéndole, Sotetzeg retomó su apariencia humana cayó de rodillas. Una mano fuerte le jaló del cabello hasta hacer que levantase la cabeza, Sotetzeg lloró al encontrarse con los ojos de Cadwgan llenos de odio.

—Adiós —susurró en sus labios.

Sotetzeg gimió al sentir el filo de la espada rasgándole la piel, ella perforó músculo y huesos, hasta alcanzarle el corazón. Lo último que vio antes de cerrar los ojos, fue la sonrisa satisfecha de Cadwgan.

El traidor había sido traicionado, vaya ironía.

16 de Enero de 2021 a las 21:17 17 Reporte Insertar Seguir historia
38
Fin

Conoce al autor

Leo Rodríguez Romántico y demasiado tímido para mostrar mi rostro. Vivo con mi mejor amiga y mascota, Polly, en Caracas-Venezuela. Fanático del Visual Kei, eterno enamorado de Gaara, el Kazekage.

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Abril Esparza Abril Esparza
Dios, fue un capítulo realmente desgarrador. Pensar hasta donde llegó Zeg por amar a un hombre que sólo deseaba poder y que gracias a eso condenó a sus descendientes. Muchas gracias por esto, realmente disfrute de la lectura y me dejo un sabor amargo de boca.
November 01, 2020, 03:43
E Elibeth
Leo, realmente escribes historias mágicas. Me encanta 😍
November 01, 2020, 02:59
Yanina  Yanina
La verdad eres espectacular escribiendo dios me dejaste totalmente intrigada y con ganas de mas. A y Ahora se entiende de dónde reencarnan dris y Bean.es hermoso tu trabajo si tuviera con que pagarte para que escribieras a diario ten por seguro que lo aria
October 31, 2020, 07:28
AS Adriana Saucedo
Khaaaaa? ¿Bane? ¿Dris? ¿Qué está sucediendo aquí? D:
October 31, 2020, 03:26

  • Leo Rodríguez Leo Rodríguez
    La respuesta está en el libro de Bane y Dris uwu October 31, 2020, 07:23
Ivette Oh Ivette Oh
Como que me esperaba este final ;;
October 31, 2020, 02:25
Enith gioana Enith gioana
Hola estoy súper emocionada por está historia por fin. Por cierto que paso con la historia de mi Cédric?
October 29, 2020, 22:54

  • Leo Rodríguez Leo Rodríguez
    Hola! Estará disponible el próximo año October 30, 2020, 21:56
AI Andrea Abigail Ibarra
Donde aparece este dragón en las historias anteriores?
October 23, 2020, 16:34

  • Leo Rodríguez Leo Rodríguez
    En ninguna, es una pequeña introducción a su propio arco. October 23, 2020, 16:35
Jm Jaqueline morales
Que emoción de verdad ❤️❤️❤️
October 23, 2020, 15:23
Abril Esparza Abril Esparza
Aaaaah!!! Me voy a morir de la felicidad
October 23, 2020, 14:26
AL Angelica Linares
💖💕💓💜💟💞🙈😢
October 23, 2020, 14:17
Carolina Sotero Carolina Sotero
Estaba esperando esta historia 😍
October 23, 2020, 12:42
Evelyn  Evelyn
😳😳😍😍😘😘😘😘🤩😘😘😘😘😘😆😘😆😘😘😘😆🧡❤💛❤💗🖤❤❤❤💖❤💗🖤🖤🖤❤❤
October 23, 2020, 12:37
Ivette Oh Ivette Oh
OMG OMG OMG! Llegaron los dragones sklñsk ♡
October 23, 2020, 12:05
~