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Es la historia de una mujer cuyo corazón hecho pedazos debía pilotar su mente difuminada.


Drama No para niños menores de 13.

#realismo-magico #258 #drama
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El efecto mariposa del café parisino

Cada paso que daba, era un ruidoso eco de seducción. Todos los hombres que lograban percibirlo intentaban dibujar en su mente a la responsable de lograr disipar sus pensamientos con cada punzada de tacón que daba en el suelo, sin más recursos que sus oídos por temor a toparse con eso que los hace sufrir. Era alta y de una mirada diáfana pero a su vez oscura y frívola, pues sus ojos aunque a la luz del día parecían los de una niña, también intimidaban con la cantidad de historias que se vislumbraban sordamente a través de ellos. Así mismo tenía unas caderas que parecían no tener solución de ningún hombre, una mujer casi etérea, casi inalcanzable. De esa manera, y con un gesto de falsa cordura, aquella mujer saludó al mesero que prosiguió invitándola a sentarse justo en la mesa que flanqueaba una de las ventanas principales de aquel sitio, un claro cristal desde el cual se podía observar las mesas exteriores y la abadía de Saint Germain.

Siempre que iba allí era ella misma, se sentía cómoda intentando observar los vacuos pensamientos de quienes pasaban frente al café. Una vez sentada el mesero le preguntó a ella con la confianza que creía merecer tras seis años de verla casi todos los días.

—Señorita, ¿lo mismo de siempre?, u hoy va a sorprenderme.

Sandrine sonreía por cortesía, pero siempre con un aire de felicidad que no entendía ni ella misma, luego susurró.

—Lo de siempre Moncef, lo de siempre.

Lo de siempre era un café cargado con la suficiente cafeína para poner en alerta roja a su razón, ante cualquier posible motín del corazón durante el día. Cerca de las diez de la mañana, cuando ya los diarios leídos pasan a ser historia, Sandrine estiró su brazo hacia un pequeño mostrador que se encontraba a sus espaldas y tomó uno de ellos esperando como todos los días, encontrar algo inusual, algo que le diera un indicio por pura casualidad, de donde podría estar su gato perdido hace dos años. Lo había perdido una mañana por un simple descuido, una mañana de trabajo en la que uno de sus clientes la esperaba en un suntuoso automóvil frente al lugar en el que ella vivía, un refinado apartamento sobre la Avenue Niel en el distrito XVII de París. La noche anterior a esa mañana, Sandrine habría resuelto abusar de su corazón, estrangulándolo tan fuerte como le fuese posible con canciones, cartas. Torturándolo con humo de cigarrillo y ensopándolo en al menos cuatro botellas de Jack Daniel’s para obligarlo a confesar hasta la última gota de nostalgia que sus ojos en complicidad pudiesen guardar clandestinamente hasta el momento.

En el sopor de la mañana en la que perdió su gato, con las brasas apagadas pero aún tibias de aquella resaca emocional, Sandrine se levantó de un salto de su fea poltrona roja y en menos de treinta minutos, limpió todo rastro de nostalgia y dolor, maquillándolo también con la misma sonrisa, la misma belleza y la misma imponencia con la que entraba al café “Les Deux Magots” casi todos los días. Pero en el afán de su negociado compromiso olvidó cerrar la ventana desde la cual hacía nevar sus cenizas de cigarrillo. Fue cuando su gato —Golfo— tal vez asombrado por la vista desde aquel quinto piso, decidió ver lo que había más allá de su lúgubre “jaula de oro”.

El diario no tenía nada de lo que ella buscaba, sin embargo había una pequeña nota grapada a propósito en su página favorita, la de caricaturas. Una nota que decía: « ¿Por qué no sonríes? me encanta cuando lo haces, ¿qué tal si lo haces ahora? »

— ¿Qué? pero… ¿Cómo llegó esto aquí? —Dijo Sandrine para ella misma con una tenue pero abrumada voz—. No puede ser que él esté aquí.

Sólo había una persona en el mundo que hacía ese tipo de cosas para ella. No importaría si le hubiese dado tan solo un sorbo al café que aún no llegaba, ni el grado de cafeína que éste tuviera, después de ver aquella nota el corazón seguro se tomaría el control de nuevo. Moncef —el mesero— asombrado solo veía cómo ella intentaba encontrar a alguien con la misma mecánica que la de un periscopio submarino, luego dijo desde la cocina:

—Señorita Sandrine, no me diga que vio un fantasma.

—No, nada de eso —Respondió Sandrine—. Yo diría que es un demonio Moncef.

Mientras Moncef se acercaba con una taza de café, ella seguía escrutando el establecimiento sin que nadie le prestara demasiada atención observándola hacerlo.

—Hace poco leí que los demonios odian el olor a café. Así que eso no puede ser.

—Entonces ha de ser uno que no es común y corriente, pero olvídalo todo está en orden, sin embargo dime algo Moncef.

—Si señorita cuénteme —respondió Moncef mientras tomaba asiento—.

— ¿Sabes quién dejo este diario en el mostrador?

—No lo sé señorita, aquí muchas personas dejan diarios para todos en el mostrador, usted lo sabe muy bien, pero si lo acaba de tomar de allí, puede que esa persona no esté muy lejos.

—Es todo Moncef, gracias.

— ¿Es por Golfo?, ¿ha encontrado algo?

—No sé qué hacer para encontrarlo, me preocupa que hace mucho le haya pasado algo y aún yo lo siga buscando.

Moncef había tenido unas cuantas conversaciones con ella, sabía de Golfo y de su historia, así mismo sabía del hombre que se lo había obsequiado a Sandrine.

— ¿Quiere que le ayude a encontrarlo? —Dijo Moncef—. Usted es más que una clienta de aquí, y por eso sé que sola no va a poder, ni siquiera si llega a encontrarlo sabría qué hacer.

Sandrine lo miró con una leve sospecha de creer que había tal vez confiado demasiado a aquel mesero, pero también con una curiosidad un tanto inquietante.

—Gracias por el café Moncef. Creo que hoy lo tomaré mientras camino un poco— dijo Sandrine levantándose de su mesa, no sin antes pagar su café con un beso en la mejilla de Moncef—.

La tarde de aquel día, Sandrine solo pudo estar abrumada, contrariada, con demasiadas preguntas que ella misma se respondía para luego negarlas del mismo modo. Ese tipo de detalles eran del fino gusto de la última persona a la que le había entregado su corazón. Solo recordaba que dicha persona había desaparecido hace cuatro años, dejando tras su pista nada más que un gato y una carta.

El gato era importante por ser un obsequio, un recuerdo de aquel amor, además, portaba en su cuello un pequeño candado con el que Kyllian le habría jurado amor eterno a Sandrine el mismo día que se conocieron, ese era el nombre que firmaba la carta, Kyllian. La joven había resuelto deshacerse del candado por lo que algunos sabían, entre ellos Moncef. La carta era una clase de despedida culposa, Kyllian explicaba en ella, que se iba para morir solo y sin remordimientos, por haberla enamorado cien años, tres vidas más de las que él mismo viviría por causa de alguna enfermedad terminal. Significaba para Sandrine una atadura, pero en el afán diario que vivía cambiando el placer por billetes, iba olvidando deshacerse de aquel candado que portaba el gato en su cuello.

El artífice de la nota en el diario, había sido Moncef, él estuvo enamorado de Sandrine desde hace mucho, pero nunca había tenido la osadía de acercarse a ella, hasta esa mañana en la que grapó la nota, sabía que esas eran las cosas que le revolvían el alma y gracias a que conoció también a su viejo amor, supo cómo hacerlo ese día. Moncef se había despojado en aquel momento de sus patéticos miedos para dejarse a merced del poder más devastador del universo. Se convertiría o en el ángel que le dio a Sandrine la redención sacándola del infierno a cambio de sus sonrisas casi extintas, o en el cordero que sumiso deja que acaricien su cuello con un cuchillo para que todos los que quieran comer puedan festejar. Tal vez de ese modo podría recordarle a ella que su vida actual era tan solo un síntoma agravado por un recuerdo que nunca dejó libre. Fue el momento en el que ella se fijó en esa olvidada costumbre de enamorar con letras, en el que el esbozo de las intenciones del mesero, empezaban a tomar forma. Moncef había ideado entonces una rutina para enamorar a una mujer difícil como ella, etérea. Podría lograrlo solo si insistía lo suficiente en derribar sus fríos muros, hasta que ella bajara la guardia y le permitiera ganar la primera batalla, que de lograrlo se convertiría en una eterna guerra.

Su objetivo ahora sería conocer todas sus aventuras, consagrarse como consejero de muchas de sus dudas. Desde aquella mañana en los cafés que preparaba especialmente para ella, empezó a dibujar corazones en crema todos los Viernes y en los diarios grapar sonrisas sin concebir todos los jueves sería un hábito, los Miércoles enviaría un CD con alguna canción diferente solo para recordarle con el talento que él no tenía, la forma en la que la pensaba. Uno que otro martes estaría dispuesto para invitarla al cine aprovechándose de su muy formal amistad, y así, poco a poco poder descifrar la combinación de perfumes que Sandrine tenía en su cuello y las verdaderas intenciones de sus ojos cuando ambos en las escenas de amor tenso, inconscientes, trataran de sentirse el aliento. Los lunes olerían a esperanza, solo la llamaría los lunes, para hablar con ella a la distancia que separaba su apartamento del café “Les Deux Magots”, todo para hacerse extrañar el fin de semana entero. Una rutina algo inteligente que luego de un tiempo pareció lograr lo que prometía.

Los agasajos no le incomodaban a Sandrine, su corazón no podía notar que lo eran por que se encontraba recluido y encadenado para que no pudiera hacer de ella esa pueril versión en la que mudamos cuando estamos bajo los efectos de sonrisas involuntariamente patosas que nos causa otra persona sin razón aparente. Pero poco a poco ella pecó descuidando la atención avizorada que le tenía, y éste en la misma medida se fue escabullendo entre sus cadenas para hacerse del poder dentro de su ser, y sin ella notarlo la razón en muy poco tiempo era quién servía a su corazón. Sandrine sentía en un principio que accediendo a los inocentes planes de Moncef para compartir con ella, podría distraer su mente y dejar descansar su libido forzado a despertar día tras día por viejos mezquinos con corbata y con más sildenafil que sangre en las venas. Era la única persona en la que confiaba en mucho tiempo, confiaba más en él, que en ella misma, pues una vez su corazón se sentó en el trono, todo protocolo de evasión y alerta roja había sido olvidado, notó muy tarde que empezaba a necesitar de aquellos detalles, de aquella voz, de aquella presencia, de aquella tímida y gesticulada forma de amarla. Ella y su sonrisa se habían tornado auténticamente patosas al ver los corazones en su café cada viernes. Era un hecho cuando lo notó, aquel veneno rosa ya corría por sus venas.

Pasaron dos años desde que Moncef se había encaminado en aquella ingrata travesía. Era miércoles y en el aeropuerto Charles de Gaulle llegaba un viejo conocido de la ciudad, el ex comandante de la policía Francesa y cabeza de la RAID en Paris, (Recherche, Assistance, Intervention, Dissuasion) Edouard Bourgeois. Estaba de paso por la ciudad, para saludar a amigos, viejos amores y así mismo para pasar revista a ellos como solía hacerlo. Dentro de su itinerario de visitas se encontraba el nombre de Sandrine y su gato, que casualmente dos días antes de ir a visitarla luego de su llegada a París, encontró en uno de los tejados de “Le motel”, una noche en la que tuvo que saltar a través de ellos en ropa interior, huyendo del marido homicida de uno de sus viejos amores.

—“Ese candado” —Pensó entonces Edouard—. ¿Golfo?, ¿qué haces aquí? ¿Dónde está la mujer con quién te dejé?

El ex comandante presintió que algo andaba mal en ese momento, no entendía por qué la adoración de Sandrine estaba deambulando en los tejados, cazando ratones cuando tenía su opulenta comida en casa. Pero, más que el gato en el naufragio de las calles parisinas, al ex comandante le preocupaba el estado en el que pudiese estar Sandrine para haberlo olvidado o dejado a su suerte.

—Ven amigo, acompáñame a ponerme unos pantalones, te llevaré a casa —Dijo Edouard al gato, en un tono que reflejaba cierta complicidad entre ambos—.

Algo era cierto, Moncef y Sandrine se encontraban en aquellos días haciendo cada momento que pasaban lo más especial posible, Sandrine había dejado su lascivo e innecesario trabajo, sucumbió ante el perverso pero muy tierno plan de su mesero y se dedicó a pintar. Moncef por su parte seguía en el café “Les Deux Magots” pero como supervisor, tan solo no podía dejar aquel lugar por que amaba lo que hacía. Para entonces Moncef había planeado ya con su ingenio, la forma de decirle a Sandrine sin palabras que salieran de su boca que estaba dispuesto a pasar el resto de su vida con ella, habían compartido el tiempo suficiente para conocerse el uno al otro y creía que debía hacerlo a su tiempo aunque lo había planeado incluso antes de atreverse a grapar notas de amor como un adolescente de corazón contrariado, por supuesto ella no se lo esperaría, pese a que ya cumplían más de un año viviendo juntos, la mente y corazón de Sandrine creían estar en un eterno idilio pero nada más.

Moncef arregló anticipadamente con el director de una galería sobre la Rue de la forge royale “Le cabinet de amateur”, para que llamara a Sandrine el día que le propondría matrimonio con el pretexto de que quería conocer sus obras para exponerlas allí. Mientras Sandrine resolvía su compromiso en la galería Moncef acondicionaría su apartamento para una velada inolvidable. Una botella de Fernet Branca, una comida típica italiana, y de fondo el repertorio de canciones que cada miércoles y sin falta desde hace bastante tiempo le enviaba a Sandrine. Así, cuando la velada haya terminado, la llevaría al balcón y allí observarían la Avenue Niel despoblada. Cerca de las doce de la media noche, en el asfalto se extendería un mensaje; dos casas hacia la derecha y dos más hacia la izquierda, un mensaje que se vería sólo cuando aquellos que se ofrecieron como voluntarios esa noche, encendieran con sus velas cada letra demarcada con gasolina en el asfalto “¿tú veux te marier avec moi?”.

Llegado el día de la velada, esta prosiguió justo como él lo habría planeado, aunque no fue la típica cena en el comedor, en lugar de eso ésta sucedió en la habitación mayor que daba la ilusión de ser un lugar exterior por el decorado de flores en el techo, todo tipo de flores. Además de la luz tenue y una pequeña mesa que les daba a las rodillas sobre el suelo de tapete, lo cual sería suficiente para hacerlo diferente. Como era de esperarse Sandrine estuvo muy emocionada en el transcurso del día, las buenas noticias que recibiría en la galería predispondrían a Sandrine para dejarse llevar ese día de lo que fuera que viniera a intentar llevársela, pero dentro de sí misma y en su aún incrédula imagen de los hombres creía que era una cena especial cuyo objetivo sería únicamente desencadenar en ella una mezcla peligrosamente adictiva de amor y deseo desenfrenado. Sus ojos estuvieron húmedos la mayor parte del tiempo y totalmente dilatados, aunque no por causa de la penumbra, no sabía si hablar de su gran día en la galería o agradecer con besos y caricias estancadas en su aún inocente corazón, cuando al llegar a su casa por un instante recordó esa relegada sensación de sentirse estar por encima de todas las mujeres, la cena transcurrió entre risas, recuerdos, lágrimas de felicidad. Y una vez terminada Moncef llevó a Sandrine al balcón con la excusa barata de que la luna se veía inmensa; la invitó a acompañarlo. Ya era media noche para entonces y expectantes un centenar de personas enmarcaban la acera de la Avenue Niel.

— ¿Qué es esto? ¿Qué hacen todos ellos aquí? —Pregunto Sandrine—. Tu…

En ese momento Moncef se arrodilló y abrió lentamente con sus manos una pequeña caja azul que poco a poco empezaba a brillar en su interior. A la vez que el mensaje sobre la Avenue Niel se extendía en la cómplice oscuridad de la noche. Sandrine se llevó las palmas de las manos a la boca encogiéndose en hombros y justo en el momento en el que sus labios pronunciarían el tan esperado “Je l'accepte” la expresión de asombro de Sandrine se tornaba lentamente en una lúgubre pintura de Maurice Denis. Los recuerdos de escenas perturbadoras que ella misma no sabía que tenía, parecían volver como los viejos amigos que no veía hace muchos años, ahí estaban pese a no recordarlos.

—Si acepto, pero no podemos casarnos —dijo Sandrine entre sollozos que poco a poco se acentuaban y apenas hacían entendible lo que decía—. Solo vete, quiero estar sola ¡vete!

— ¡¿Sandrine que te pasa estas bien?! —Exclamó Moncef exaltado de preocupación—.

—No puede ser, como pude… no es posible, ¡no es verdad!

—De que estás hablando, explícame que te pasa me estas preocupando.

— ¡Lárgate quiero estar sola!

Moncef no comprendía nada, y pese a que intento conciliar con ella, culpándose por apresurarse a tomar aquella decisión de proponerle matrimonio, la ira y el dolor se habían encarnado en la joven al punto de que sus cuerdas vocales perdían volumen a causa de su fuerte llanto. Encerrada en su cuarto Moncef la dejó sin más opción y salió con los puños apretados bajando lentamente las escaleras de aquel edificio. Los espectadores empezaban disiparse tras oír los sollozos y bramidos de Sandrine y sin decir una palabra tras ver salir al novio del edificio, Moncef se sentó en la acera de enfrente y allí se quedó hasta el día siguiente en el que Edouard llegó buscando a Sandrine.

El ex comandante Edouard entró a la recepción del edificio en el que vivía Sandrine la mañana siguiente a la estropeada velada y preguntó por ella a uno de los vigilantes.

— ¿La conoce? Estoy buscándola urgentemente, soy un viejo amigo

—Por supuesto —dijo el vigilante—. Pero… ¿ve a ese hombre que está allí sentado en la acera de enfrente?, creo que puede darle mejor razón de ella que yo, se lo aseguro.

—Parece estar ebrio.

—No, no lo está—responde el vigilante con una carcajada—.

— ¿Qué le sucedió y que tiene que ver con ella?

En ese momento se acercó una mujer de belleza desgastada, con un pequeño bastón y la intención de dejar al vigilante una encomienda personal. Llegó a la mesa de la recepción sin que nadie lo notara, justo al lado de Edouard, acto seguido con la mirada firme en el vigilante y hablando para quién quisiera oírle la mujer dijo: «Él es solo otro hombre que hace demasiado por la mujer incorrecta»—Acompañando su afirmación con un suspiro que olía a oxido de nostalgia—. Luego prosiguió.

—Donatien, Éline vendrá por este paquete a las seis, te lo recomiendo.

Una vez dicho eso se fue con elegante indiferencia de allí. Luego y sin titubear Edouard prosiguió a cruzar la acera para averiguar quién era el inmóvil hombre que allí se encontraba y que parecía ser el foco de atención de todos en la Avenue Niel.

— ¿Moncef? ¿Qué haces aquí? –—preguntó Edouard—.

— ¿Señor Edouard?, vivo aquí, o bueno vivía aquí, aún no lo sé – Respondió Moncef gesticulando desasosiego -. No sabía que había vuelto a Paris.

—Tú y Sandrine…

—Sí, hasta el día de ayer supongo, justo le pedí matrimonio y me echó de su casa, actuando como loca, ni siquiera sé si está bien. O si yo hice algo mal… ¿Ese es Golfo?

El ex comandante conocía a Moncef que casi toda su vida había trabajado en el café “Les Deux Magots” Edouard solía ir allí de vez en cuando en sus días de policía en ascenso, así mismo conocía a Sandrine, tal vez más de lo que Moncef la conocía. Edouard quitó sus ojos de la coronilla de Moncef después de acercársele y miró hacia la ventana de Sandrine esperando verla asomarse, pero no sucedió.

—Bien Moncef, creo que hay algo que debes saber, ella estará bien, y no es tu culpa lo que sucedió, acompáñame a un lugar en el que podamos hablar tranquilos—dijo Edouard—.

— ¿Hay algo que debería saber?, si es así… dígamelo ya. – musitó Moncef -.

—No querrás que te obligue a ir conmigo a otro sitio Moncef, déjate de estupideces y acompáñame.

El ex comandante sabía que Sandrine desde muy joven sufría de episodios de esquizofrenia y trastorno bipolar, muchas veces como policía parisino y en cabeza de la RAID, apenas algunos años atrás, había atendido sus casos, que la mayoría de las veces involucraban a Kyllian, quién era su sobrino y que a su vez aprovechó la posición de Edouard en la policía francesa para pedirle que mantuviera oculto todo episodio que involucrara la imagen de Sandrine, pues no quería que sintieran lástima por ella, o que la juzgaran hasta llevarla a un manicomio o algo similar. Edouard le explicó el caso a Moncef, que atónito se limitaba a responder justo lo que el ex comandante le preguntaba para saber lo que había sucedido entre él y ella los últimos años. En la conversación tuvieron lugar detalles acerca de la desaparición de Kyllian y lo que podría volver a sucederle a Sandrine si esta vez no se tomaban medidas, medidas que Moncef parecía desaprobar con su aspecto. Lo que el ex comandante Edouard vaticinaba parecía ser peor de lo que creía, Sandrine no había tenido episodios en muchos años, y lo único que se le vino a la mente fue la imagen de un volcán hinchado, agrietándose ante una inminente erupción. Una vez terminada la plática tanto Moncef como Edouard se levantaron de un asiento público en el que estaban, cerca al rio Sena, se despidieron como dos hermanos mayores y prosiguieron a alejarse uno del otro.

—Sabes que tendré que irme para no volver—dijo Edouard mientras se alejaba—. ¿Verdad Moncef?

—Quizá el que no vuelva nunca sea yo.

Sandrine se levantó cerca de las 4 de la tarde ese mismo día, desorientada a causa de tanto llanto. Recordaba la velada de la noche anterior y sus sollozos, pero había olvidado la causa de esos sollozos, era el síntoma bendito que le había hecho olvidar lo que en realidad había sucedido con su antiguo amor. De un salto tomó el teléfono y llamo a Moncef quién respondió la llamada de la misma forma en la que lo habría hecho hace un par de días atrás. «No te angusties nena estaré allí en cuanto pueda»

Moncef volvió a casa de Sandrine muy sereno, toco el timbre dos veces, respiro hondo un par de segundos conteniendo un puñado de sangre en su cabeza que se disipó tras exhalar. Ella lo recibió vertiginosamente con el monograma de sus cobijas arrugadas aún impreso en su mejilla.

—Quiero Casarme contigo, mañana mismo, no sé qué me sucedió pero si acepto, acepto una y mil veces. —Dijo Sandrine entre lágrimas—. Perdóname.

—No tengo nada que perdonarte, ve pensando en el lugar de la boda. ¿Adivina quién está en mi mochila?

Todo siguió su curso olvidando aquel feo episodio, era cierto que el ex comandante planeó ir a Paris para visitar a viejos conocidos, pero su principal objetivo era raptar a su viejo amor de las garras de un gordo y adinerado empresario, el mismo que no pudo atraparle por su condición de buda y luchador de sumo, cuando escapaba por los tejados de “Le Motel” la noche que encontró a Golfo. Por lo cual no se quedaría allí sino hasta el día del matrimonio entre Moncef y Sandrine. Luego estaría obligado a desaparecer.

Un año después del matrimonio, el titular del diario más leído en Francia “Le Monde” era acerca de Moncef. Había sido encontrado muerto en el departamento que compartía con Sandrine en distrito XVII de Paris, pero de ella no había rastro. Tan inesperado suceso tuvo lugar en un momento cualquiera del día en uno de esos excesos emocionales que Moncef le causaba a Sandrine, ella no solo recordó cómo con sus propias manos había matado a Kyllian. Esa vez su enfermedad salió de su letargo para hacer con Moncef lo que había hecho con Kyllian. Y después de haberle quitado la vida mientras dormía, se fue dejándolo todo.

La mañana en la que Moncef conversó con el ex comandante, Moncef entendió la situación, supo lo que había hecho el antiguo amor de Sandrine, Kyllian era consiente mientras estuvo con Sandrine, que podría ser mucho más triste dejar la verdad sin riendas y escribió esa carta que ella tenía para apaciguar un poco la inminente pena, pues sabía que lo olvidaría al día siguiente si llegaba a matarlo en uno de sus ataques. Y así mismo hizo prometer a Edouard, que lo mantendría oculto si sucedía. Edouard intentó persuadir tras su explicación a Moncef aquella mañana que lo encontró medio dormido sobre la Avenue Niel, para internar a Sandrine, pero él se negó. Justo antes de que Moncef se levantara y despidiera en aquella plática, le dijo al ex comandante Edouard: «Si Kyllian la amó a costa de su propia muerte, habiéndose enamorado de sus flores, yo no voy a amarla menos, si cuando llegó el otoño, cuando se cayeron todas sus flores, fue que me enamoré más de ella»

18 de Octubre de 2020 a las 18:12 0 Reporte Insertar Seguir historia
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