sebaswillis Sebastián Willis

Una ceremonia familiar acabará trágicamente después de las malas decisiones de los padres del protagonista. Esta historia es parte del reto El pequeño largo cuento de la competición de La Copa de Autores.


Suspenso/Misterio No para niños menores de 13. © Todos los derechos reservados

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Decisión final

Era un domingo por la tarde, todos en mi casa se preparaban para el gran almuerzo familiar en celebración de la próxima boda de mi hermana mayor, mi padre era el más entusiasta en que nos reunamos todos después de mucho tiempo. Desde hace días andaba como un loco por los preparativos, los bocaditos para la ocasión, de los trajes que íbamos a usar y de los diferentes licores que se lucirían el domingo. Yo un día antes mientras limpiaba las mamparas de la sala lo observaba impaciente, como si algo lo atormentara desde hace días, prendía uno y que otro cigarrillo, se mordía las uñas, se servía un whisky y se sentaba en el sillón a leer el diario, yo suponía que era por lo del domingo, siempre le gustaba que las cosas salieran bien y más aun si se trataba de asuntos familiares o de convenciones sociales.

En fin, al terminar mis labores el día sábado, me fui a darme un baño con agua fría, era verano y aquí en la ciudad se llegaba a altas temperaturas y el sol se escondía ya cerca a la noche.

Mi madre era la más tranquila de la casa, no se preocupaba tanto de la ceremonia, solo por el tema económico. Recuerdo que días antes del domingo discutió con mi padre por el hecho de que este venía gastando cuantiosas sumas de dinero a costas de algunos préstamos de sus amigos, él solamente le contestaba que devolvería el dinero apenas le den las utilidades de la empresa. Fue así que mi madre logró calmarse por el lado de la plata, que era lo único que la aquejaba, y seguía con sus labores tranquilamente, limpiando los muebles, cocinando con lo que se encontraba en los reposteros días antes del domingo.

-¡Buenos días!- era la voz de mi padre a las siete de la mañana del día domingo- ¡A levantarse, que la casa no se arregla sola!- gritó esto y se escuchaba que iba corriendo hacia el cuarto de mi hermana. Y tocando la puerta de su dormitorio volvió a hablar.

-Hoy es tu gran día Sofía, hoy es un día muy especial.

-Ahí voy padre, me desperté hace rato, fui a bañarme, termino de plancharme el cabello y salgo enseguida.

-Está bien, pero no tardes mucho, el desayuno que pedimos a doña Meche llegará pronto, compré chicharrón con ensalada de cebolla, lo que más te gusta a ti, ves lo feliz que quiero que estés cariño.

-Hoy estás con la felicidad a tope Andrés, no te veía así desde que me dijiste para ser enamorados.

-Por supuesto mi amor-dándole un beso- hoy es día de nuestra pequeña, tanto tú como yo queremos lo mejor para nuestros hijos y qué mejor que nuestra hija se case con alguien que proviene de buena familia.

Yo no pude dormir esa noche, como una especie de ansiedad parecía que se apoderó de mí en la madrugada, concilié el sueño después de dos horas de estar echado en mi cama, me venían pensamientos catastróficos, como si fueran algunas advertencias de algo que sucedería.

Me levanté exaltado, me saqué la pijama, me lavé la cara y bajé inmediatamente para el desayuno. El chicharrón y los panes frescos se lucían con su exquisito olor por toda la casa, al momento de empezar a comer no faltaron las fotos para el recuerdo, todos sonriendo, felices, porque claro, era el día de mi hermana.

Satisfechos todos empezamos a levantar los platos de la mesa, ayudé a mi madre a lavar los servicios, mi padre fue a ordenar el comedor, abría los cajones de la vitrina lentamente, no se vio exactamente el objeto que sacó de alguna de ellas y se lo guardó en su saco y fue hacia el patio apresuradamente, estaba solo, inquieto, nervioso.

Terminé de ayudar a mi madre, el sol se intensificaba y los rayos adornaban el pasadizo que conectaba con la sala de la casa. Subí a mi cuarto, los parientes del futuro esposo de mi hermana llegarían en dos horas, planché mi camisa, lustré mis zapatos marrones oscuros, saqué el terno de mi armario, llevaba una pequeña arruga en el hombro, no soportaba más el calor y fui a darme un baño de agua fría. Ya cambiado y con la casa casi lista, bajé y encontré a mi hermana con un hermoso vestido azul noche, mi padre había salido a comprar y mi madre se estaba arreglando en su cuarto.

Todo ya estaba listo, mi padre regresó de la calle, nosotros solo estábamos esperando a los familiares del futuro esposo de mi hermana, tocaron el timbre, eran ellos, mi padre fue corriendo a abrir la puerta.

-Buenas tardes señor y señora Diez Canseco-con una sonrisa de oreja a oreja mi padre los recibió a los distinguidos señores.

-Buenas tardes señor Andrés, ahorita mismo viene Stefano, fue a estacionar el coche aquí cerca.

-Sean ustedes bienvenidos, entren, ya está todo listo para esta gran tarde.

Mi hermana fue la primera en levantarse, mi madre la siguió hacia los señores, yo solo quedé esperando sentado para saludarlos, enseguida llegó el novio de mi hermana, saludó con un fuerte apretón de manos a mi padre, se saludaron todos afectuosamente, íbamos a pasar a la celebración con champagne por las futuras familias, antes de destapar la botella, mi padre salió hacia el salón de la biblioteca, cada vez se le veía más nervioso, pude verlo manosear una cosa dentro de su saco, no me llegué a percatar del tamaño de este, pero al instante salió y fue a sacar las copas de la vitrina, destapó el corcho y sirvió en las copas. Conversaron un largo rato, hasta que llegó la hora del almuerzo, el asado de carne adornaba la mesa junto con el mantel floral que le daba una visión romántica, las diferentes cremas junto a las papas doradas hechas por mamá eran el complemento ideal para el asado, ahora tocaba el vino que trajo mi padre de su cuarto. Todos ya servidos, empezaron el segundo brindis y a disfrutar de este almuerzo en familia, yo no tenía mucha hambre, comí hasta donde pude, solo tomé la mitad de la copa de vino, estaba un poco desganado, no me contagiaba de esa alegría de mi hermana o la de los señores Diez Canseco quienes empezaron a contar historias pasadas, de algunos negocios fallidos, de las travesuras de Stefano.

Todos ya satisfechos, el señor Diez Canseco dedicó unas emotivas palabras a mi hermana:

-Para empezar, quiero agradecer por el delicioso almuerzo de hoy y por el buen vino de mi consuegro (risas), en fin, se nota la felicidad de mi hijo Stefano, es innegable que se casará con una excelente muchacha, de una buena familia, profesional, simpática, qué felicidad de tenerla como nuera. De parte de la familia Diez Canseco le deseamos los mejores deseos y éxitos para ustedes dos, contarán siempre con mi apoyo para lo que sea.

Todos aplaudimos, a mi hermana se le caían algunas lágrimas, mi madre sonrojaba al ver a los señores Diez Canseco, mi padre se paró de su asiento y fue hacia el salón, en ese momento me llamó, fui un poco asustado y me dijo:

-Hijo, estoy muy feliz por tu hermana, sé que será muy feliz con su pareja y que le irá muy bien de aquí en adelante. Por favor, llama a tu madre que quisiera conversar un rato a solas con ella.

Salí a llamar a mi madre, en la sala se quedaron Stefano, los señores Diez Canseco y mi hermana. Al momento de ingresar al salón me vino un estremecimiento muy fuerte, tanto así que mi madre me preguntó si todo estaba bien, yo la miré fijamente y le dije que no pasaba nada, que todo estaba bien, pero por dentro tenía mucho miedo, no sé por qué.

Yo salí de la sala y me direccioné por detrás de la casa, subí al segundo piso y desde la escalera escondido pude ver lo que pasaba con mis padres, mi madre empezó a llorar, mi padre estaba muy serio, después de varios minutos, mi padre sacó de su saco el objeto que tanto esperaba ver desde hace días: era una pistola con silenciador, mi padre abrazó a mi madre y mi madre sin darse cuenta este disparó, el cuerpo de mi madre cayó al suelo, estaba muerta, mi padre soltó el arma asustado y se fue hacia el otro cuarto, cerró la puerta con pestillo, bajé rápidamente, no podía creer lo que sucedía, estaba tan perplejo que lloraba, tambaleaba, mi corazón latía cada vez más rápido, grité al abrazar el cuerpo de mi madre, desde la sala me escucharon y corrieron hacia donde yo estaba con el cadáver.

El cuerpo de mi madre yacía sin vida en el suelo. Todos pensaron que la había matado, pero no fui yo. Al otro lado de la habitación podía ver a la persona que lo hizo, pero denunciarla me condenaría por completo. Todos gritaban desesperadamente, me culparon porque veían el arma a mi costado, mi hermana era consolada por Stefano, los señores Diez Canseco llamaron a una ambulancia, pero ya era demasiado tarde, me samaqueaban, me decían qué exactamente había sucedido, yo sabía perfectamente quien era el asesino. Al otro lado de la habitación se escuchó un ruido, como si alguien hubiese botado algo pesado, no podíamos entrar a la habitación porque se encontraba con llave, menos mal mi hermana sabía donde se encontraban estas, abrimos la puerta, todos perplejos encontramos al segundo cadáver: era el suicidio de mi padre.





16 de Octubre de 2020 a las 00:09 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

Conoce al autor

Sebastián Willis Soy Sebastián Willis, tengo 20 años y en estos últimos dos años he podido dedicar mi tiempo a lo que me apasiona, como es la escritura y la lectura. Tengo una novela publicada que espero sea de su agrado, en proceso siguen mis poemarios y otras novelas que dedicaré mi máximo esfuerzo para que puedan disfrutar mis escritos, muchas gracias por sus lecturas.

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