mavi-govoy Mavi Govoy

¿Cómo detener a una mesnada de gigantes? ¿Cómo podría enfrentarlos una niña? Cuando el gran caserío del duque es invadido por unos gigantes que hacen dormir a todo el mundo y que dicen buscar a una malvada bruja, solo Cecilia, la hija pequeña del señor, la única que no ha sido hechizada, puede negociar con ellos para evitar que lo destrocen todo. Pero, ¿qué es lo que puede ofrecer ella? –Te desafío... –gritó Cecilia– a un duelo. Si yo te derroto, despertaréis a todos los que habéis hechizado y os iréis para siempre. El gigante se amagó de nuevo ante ella, claramente sorprendido. –¿Y si pierdes? –le preguntó, pronunciando despacio cada palabra–. Si pierdes –prosiguió–, tendrás que ayudarme a derrotar a la bruja, incluso al precio de tu propia sangre. La niña se mordió los labios y se retorció las manos. No podía perder, no podía suceder aquello, porque en los cuentos siempre vencía el que menos opciones tenía de triunfar. –De acuerdo –musitó. El gigante estaba serio y parecía triste. Desde muy arriba le tendió la manaza. –Acepto tu desafío –proclamó–. Un duelo singular a tres asaltos entre tú y yo. * * * Mi agradecimiento a Cherie Ar por la rápida verificación de esta historia.


Fantasía Épico Todo público.

#brujas #328 #217 #gigantes
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La bruja y el gigante

Damián fue el primero en percatarse de la anomalía.

–Se acercan, pero van soplando los cuernos de caza… Eso significa que la presa viene hacia aquí– concluyó con una mirada categórica dirigida a sus hermanas.

–No puede ser –le rebatió Julia–. Para venir hacia aquí, la presa tendría que haber roto el cerco de los cazadores. Y todos son expertos y llevan perros bien entrenados.

Todos sabían que los argumentos de Julia eran irrefutablemente juiciosos y pragmáticos; sin embargo, Damián, año y medio menor, pero ya algo más alto que ella, no tenía intención de dejarse amilanar por la lógica. Levantó la cabeza y taladró a su hermana con sus ojos oscuros.

–Os digo que vienen hacia aquí. ¿No notáis que el estrépito se aproxima? Tú sí lo sientes, ¿verdad, Ceci?

Cecilia, la menor de los hermanos, asintió en silencio, reacia a darle la razón con palabras. Damián pocas veces le prestaba atención; aunque solo tenía dos años más que ella, la consideraba una mocosa de once años y solo en las ocasiones en que quería ganarla para su causa se tomaba la molestia de tener en cuenta su parecer.

Los tres hermanos caminaban por la vereda empedrada que enlazaba la villa con el caserío del señor de aquellas tierras; el alboroto los había sorprendido a medio camino. A la derecha del camino, en suave pendiente ondulada, se extendía un dorado mar de campos sembrados de cereal y legumbre entre los que destacaban las manchas rojas de las amapolas. A la izquierda, el terreno se elevaba abruptamente y daba paso al gran bosque de árboles imponentes, el bosque que cobijaba ciervos, osos, lobos, faisanes y, al decir de algunos, ninfas de manantial y un gran dragón dormido en la cueva más alta de la alta montaña.

Damián corrió hacia la tosca valla que limitaba la calzada por la izquierda y se encaramó sobre ella. Tras una atenta observación, el chico señaló hacia las oscuras copas de los árboles, allí donde las ramas se cimbreaban, se agitaban, se doblaban y volvían a erguirse debido a impulsos que no eran los del flojo viento.

–Tiene que ser un bicho grande… –apreció–. Y veloz, muy veloz.

–¿No será un oso? –se alarmó Julia.

–No. Un oso no corre tanto, ni durante tanto tiempo –le aseguró su hermano con aplomo–. Venid, poneos conmigo, si sale del bosque aullaremos y agitaremos los brazos para asustarlo y que vuelva a los árboles.

Julia y Cecilia se miraron. Julia siempre sabía lo que convenía hacer.

–Hay que hacerlo –decidió la hermana mayor–. Si atravesase la vereda pisotearía los sembrados. Hay que asustarlo para que se quede en el bosque.

Damián saltó desde la valla al camino.

–Coged piedras.

Cecilia lamentó para sí misma no tener consigo su honda. Sus hermanos habían heredado la constitución recia del padre; en cambio, ella era más delgada, como su madre. No podía competir con ninguno de ellos en fuerza, pero sí en puntería. El padre, pese al desacuerdo de la madre, se había empeñado en que todos sus hijos supieran defenderse solos. Tanto Hernán, el primogénito, como Damián, practicaban esgrima, tiro con arco y lucha. Y Julia se manejaba bastante bien como arquera. Cecilia todavía practicaba con un arco infantil. Su padre había decidido hacer de ella una experta hondera, con la promesa de que más adelante llegaría el arco. Pero no tenía allí la honda y sin ella, con sus pocas fuerzas, lo más probable es que no acertase a un buey a ocho metros de distancia.

Los ladridos de los perros y los broncos sones de los cuernos seguían retumbando por el bosque, las aves habían enmudecido, la marejada que mecía las altas copas de los árboles no se detenía ni se desviaba apenas, y se dirigía colina abajo en dirección a la villa. El bosque los ocultaba a todos, cazadores, monturas, perros y presa, pero los árboles y el ruido delataban su presencia. Los niños se subieron a la valla con su provisión de piedras. Poco después, Damián advirtió un movimiento en la espesura y previno a sus hermanas.

Pero ninguno de ellos estaba preparado para lo que salió del bosque.

El movimiento furtivo se convirtió en una sombra que se deslizaba entre los árboles, y la sombra, en un ser cuadrúpedo no muy voluminoso, desgarbado, chepudo, de cabeza roja y cuerpo negro, con algo parecido a crines que ondeaban al viento, que se lanzó en frenética carrera fuera de la protección de los árboles. Pisándole los talones, emergió del bosque otro ser, alto como una torre, bípedo, de rostro verde y melena azulada.

Ambos seres habían surgido a unos veinte metros a la derecha de donde estaban los niños, quienes, pese al desconcierto, se pusieron a aullar y a tirarles piedras. Pero el resultado fue contrario al esperado.

El ser cuadrúpedo giró con brusquedad para encaminarse hacia ellos. Y entonces, al verlo de frente, a los niños se les helaron los gritos en la garganta. Corría a cuatro patas, a su espalda ondeaba una cola larga recubierta de pinchos y sus extremidades acababan en garras largas y aceradas, pero tenía rostro de persona. Hundida entre los hombros y cubierta por un pañuelo rojo que ondeaba al viento, había una cabeza en la que uno de los ojos era normal y el otro era enorme, esférico, con un iris gigante; una cabeza en la que destacaba la boca abierta, ancha, de labios finos y erizada de dientes afilados.

El brusco viraje del monstruo cogió por sorpresa al enorme bípedo que lo perseguía. Derrapó, trastabilló y, cuando parecía inevitable que cayese al suelo, corrigió su marcha para cargar él también contra los niños. Alguien gritó. Tal vez gritaron todos. No reaccionaron a tiempo. No tuvieron ocasión de escapar ni de apartarse para no ser arrollados.

Cada vez que intentaba rememorar aquel suceso, Cecilia recordaba el revoloteo de los ropajes negros con forro rojo por encima de ella, el olor a humo, el duro golpe contra el suelo, el ahogo y el dolor. Las garras que se clavaron en sus hombros y en sus piernas quemaban. No recordaba el mordisco, pero en la parte inferior de su barbilla y sobre la línea de las cejas, tenues cicatrices blancas delatarían para siempre el mordisco de la bruja.

El resto lo sabía porque sus hermanos y los cazadores lo contaron infinidad de veces, pero no lo recordaba. Era el recuerdo de otros lo que le permitía saber que el gigante de melena azulada se abalanzó sobre la bruja y se la arrancó de encima o, mejor dicho, atrapó un informe bulto de harapos negros y rojos, porque en el instante en que el gigante la alcanzó, la bruja desapareció. Se desvaneció en el aire como si nunca hubiese estado allí, y de ella solo quedaron telas rotas.

Por sus hermanos sabía que el gigante no les hizo el menor caso, sino que, con gesto desesperado, con urgencia, palpó y aplastó los harapos entre sus manazas, como si esperase encontrar a la bruja escondida en algún pliegue del sayo o de las rojas calzas.

Para entonces, los perros más adelantados salían del bosque y se dirigían contra él. Un arquero apareció tras los perros, se detuvo y levantó el arma, pero no disparó por temor a herir a los niños. El gigante se giró hacia los perros, estrujó las ropas en un revoltijo y desapareció con ellas sin moverse del sitio. Simplemente se desdibujó hasta desvanecerse por completo, como si hubiera sido un espejismo.

Por los cazadores estaba al tanto de que aquellos seres habían aparecido de la misma manera. En realidad, solo los perros los habían visto aparecer y los perros no podían contarlo, pero los cazadores vieron enloquecer a los lebreles: algunos trataron de huir y otros, los menos, se lanzaron en sentido contrario al rumbo que llevaban. Hubo desconcierto y revuelo en la partida de caza hasta que se dieron cuenta de que los perros que retrocedían lo hacían en persecución de algo nunca visto en el boque, algo enorme, escurridizo y sumamente raudo.

Pero tras su desaparición, ni los mejores perros ni los más diestros rastreadores pudieron dar con los seres perdidos. Las cicatrices de Cecilia fueron el único recuerdo imborrable de lo sucedido.



Volvieron a ver gigantes dos años después.

Al principio, Cecilia no comprendió lo que sucedía. Ella estaba sentada al piano, pendiente de las teclas, de estirar bien los dedos, de la partitura, de mantener la espalda recta y de no hacer muecas… Había que prestar atención a tantas cosas que estaba convencida de que nunca sería capaz de tocar bien. Un suave suspiro de la instructora la sorprendió. Se preguntó si estaría motivado por la desesperación o si sería de aprobación, pero no apartó la vista del pentagrama y continuó ejecutando los acordes sin olvidarse de mantener la postura erguida. Incluso cuando surgió una sombra a su izquierda, persistió en la melodía. Pero se interrumpió abruptamente un instante después, cuando la sombra se materializó en un brazo que sujetó su barbilla y giró con cuidado su cabeza.

Se vio ante un rostro verde, enorme y ancho, que la miraba en silencio. Se apartó de un salto, ahogando un grito. El taburete, al caer contra el suelo, hizo más ruido que ella.

El rostro que la miraba con serio interés no era humano. Tenía los ojos grandes y redondeados, y en lugar de pelo, su cabeza estaba coronada por algo parecido a plumón verdoso. Cecilia vio a su instructora derrumbada sobre el sillón. Esta vez iba a gritar con todas sus fuerzas, pero de la boca entreabierta de la profesora surgió un apagado resoplido. Y la sorpresa de comprender que estaba viva, que no había sido asesinada y que no mostraba ninguna herida, la dejó muda. Pero no inmóvil. Dio media vuelta para huir, pero otro gigante tan verde como el primero bloqueaba la puerta. Eran tan altos que tenían que doblarse y mantener la cabeza hundida entre los hombros para no golpearse con el techo.

El primer gigante se llevó una mano a la frente, con un dedo dibujó dos muescas imaginarias sobre el nacimiento de las cejas y señaló a Cecilia. El otro asintió y sonrió con la boca cerrada. Era una sonrisa de triunfo.

La niña decidió que era buen momento para gritar. Casi a la misma vez que el suyo, otro grito femenino se elevó en algún lugar del gran caserón. Y fue coreado al instante por otro más, en esta ocasión masculino. Cecilia calló desalentada al comprender que no era la única que tenía visitantes verdes.

El gigante más próximo la empujó hacia la puerta, sin brusquedad, pero con firmeza. Ella se revolvió y le dio un manotazo para apartar el brazo, pero solo consiguió hacerse daño en los dedos. Nuevos gritos se elevaban y morían casi de inmediato. Alguien gritaba y corría por algún lado. La niña gritó de nuevo y probó a defenderse a patadas. El gigante se la cargó bajo un brazo como si ella fuese un fardo.

De esta forma salieron de la estancia. De nada sirvieron los gritos, las protestas ni los insultos. Fue llevada a cuestas hasta el patio trasero del caserío, el que compartían el establo, la cocina y la herrería. Allí el gigante la dejó de nuevo sobre sus pies.

Para entonces, Cecilia tenía el rostro regado de lágrimas, porque durante el incómodo desplazamiento había visto que todos los habitantes del caserío caían bajo el sueño mágico provocado por los gigantes. En cuanto estuvo sobre sus pies, se giró hacia todos lados buscando, mirando, viendo: la cocinera roncaba con medio cuerpo salido por la ventana; ante la media puerta del establo, yacía espatarrado uno de los mozos; contra el pretil del pozo, su hermano Hernán y un amigo suyo dormían con las cabezas recostadas una contra otra. Ninguno parecía herido, no veía sangre por ningún lado. Solo dormían.

–¡Quieta! Mírame.

Involuntariamente, la niña dio un brinco al escuchar aquella voz. El tono era mesurado, pero era la voz de alguien acostumbrado a mandar y a ser obedecido. Conocía la entonación, porque su padre era persona autoritaria, y era preferible obedecer presto cuando ordenaba algo. Se giró para enfrentarse al escrutinio de unos ojos violetas. Era el primer gigante al que oía hablar. Sus compañeros se comunicaban por señas o mediante susurros que no alcanzaba a entender.

El gigante de los ojos violetas hincó una rodilla para estudiarla de cerca; aun así era más alto que ella. La contempló en silencio, con gesto serio, largamente. La niña había cambiado mucho en aquellos dos años y medio. Estaba más crecida, más proporcionada, menos huesuda de lo que él recordaba; su liso pelo castaño había crecido y se había quitado el flequillo; su piel estaba dorada por el sol y, salvo por las espinillas de la barbilla y la frente, había mejorado.

–Es ella –concluyó el gigante.

Sonó como una sentencia. Su mirada en todo momento estuvo fija sobre Cecilia, pero habló para los dos gigantes que tenía al lado. La más próxima era una giganta de espesa y larguísima cabellera cobriza. El otro era un individuo de ojos y melena oscura. Todos eran verdes.

–¿Me reconoces? –preguntó el gigante de ojos violetas con una voz clara que él procuró que sonase amable.

La niña asintió en silencio. Sabía quién era. A veces, soñaba con unos ojos violetas que la miraban desde arriba. Hasta entonces, no se había podido explicar el origen de aquel sueño, porque sus hermanos nunca mencionaron que los ojos del gigante fueran violetas y ella, sencillamente, lo había bloqueado todo salvo la aterradora boca de la bruja sobre su rostro y la inquieta lengua bífida. No recordaba, pero conocía aquellos ojos, y supo que estaba ante el gigante que años atrás persiguió a una bruja.

–¿Q-qué quieres? –se oyó preguntar.

No esperaba una respuesta. Sin embargo, el gigante se la dio.

–La otra vez que estuve por aquí, me quitaron algo. Hemos venido a recuperarlo.

–¿Fue la bruja? –le preguntó–. Porque si fue la bruja, os equivocáis de lugar. Ella no está aquí.

–¿Qué bruja? –El gigante parecía que no la entendiese.

–Tú perseguías a la bruja. Te llevaste sus ropas –le explicó Cecilia atropelladamente.

–¡Ah! Esa bruja… Ella aún está aquí, escondida –le aseguró el gigante–. Y la haré salir de su escondite, aunque tenga que remover cada piedra de este lugar.

–Pero es mi casa –gimió Cecilia, y las lágrimas nublaron de nuevo sus ojos–. Es mi gente, y la maldita bruja se fue, desapareció, como tú…

–Se escondió. No es lo mismo.

La expresión del gigante revelaba que estaba convencido de lo que decía y que estaba igual de decidido a demolerlo todo, si era preciso, con tal de dar con la bruja.

¿Cómo detener a una mesnada de gigantes? Ella estaba sola. ¿Cómo enfrentarse a tantos? Los gigantes solían tener el buen gusto de aparecer solo en los cuentos y, en las leyendas, o eran rematadamente tontos y se los podía engañar, o bien mostraban un código de honor un tanto singular. Los gigantes que la rodeaban no parecían tontos…

–Te desafío... –gritó Cecilia–. A un duelo. Si te derroto, despertaréis a todos los que habéis hechizado y os iréis para siempre.

El gigante, que ya se levantaba, se amagó de nuevo ante ella, sorprendido. Al escuchar la inesperada propuesta, otros se detuvieron en torno a ellos y algunos cuchicheaban por lo bajo. Si no hubiera estado tan asustada, tal vez la niña hubiera advertido que nadie se rio de su ocurrencia.

–¿Y si pierdes? –preguntó, serio, el gigante de los ojos violeta. Cecilia no fue capaz de decir nada–. Si pierdes –prosiguió–, me ayudarás a derrotar a la bruja, incluso al precio de tu propia sangre.

La niña se mordió los labios y se retorció las manos. El corazón le golpeaba dentro del pecho y le temblaban las piernas. No podía perder, no podía suceder eso, porque en los cuentos siempre vencía el que menos opciones tenía de triunfar.

–De acuerdo –musitó.

El gigante estaba serio y parecía triste. Desde arriba le tendió la manaza verde.

–Acepto tu desafío –proclamó–. Un duelo singular a tres asaltos entre tú y yo.

17 de Noviembre de 2020 a las 00:00 4 Reporte Insertar Seguir historia
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Humberto Miser Humberto Miser
Me ha gustado, ha sido el primer capítulo de la primera historia que he visto en esta plataforma, me gusta la forma en que está narrado, gran trabajo
May 23, 2021, 16:40

  • Mavi Govoy Mavi Govoy
    Gracias por pasarte y por comentar. Me alegro de que te haya gustado. May 23, 2021, 17:45
Alyse ML Alyse ML
Maravillosamente escrito y descrito! Las descripciones de la bruja y los gigantes me han puesto la piel de gallina. ¡Gracias por compartir!
January 06, 2021, 09:37

  • Mavi Govoy Mavi Govoy
    Gracias a ti por leer ;-) January 06, 2021, 10:58
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